CAPITULO XIV

TULIA

Serían las nueve de la mañana cuando se juntaron las dos señoritas Irene y Arcelia para volver a la casita, desatinadas por saber la historia de una lavandera que sabía traducir francés, y que hablaba con el estilo y la soltura de personas medianamente civilizadas. Dijeron, para que nadie las siguiese, que se iban a bañar a un sitio tan retirado y oculto, que nadie daría con él, ni aún Pablo el naturalista, que no dejaba peñasco ni rincón que no examinase; y esto no fue difícil de creer para Virginia, Margarita, Susana, Clelia y las otras bogotanas, de antiguas familias santafereñas, para las cuales el baño ha sido siempre una materia de sumo recato. Fue sumamente feliz el viaje, y mucho más corto porque siguieron la propia senda de la casita, que iba por en medio de la cañada.

La puerta estaba cerrada, la candela de la cocina apagada y la olla boca abajo sobre un pedazo de roca. La señora de la casa no parecía, y cuando la estaban buscando por la huerta, oyeron las dos bogotanas ciertos golpes melancólicos, profundos y dilatados que subían de la hondonada que formaba la quebrada, y dirigiéndose hacía ese punto por una senda apenas marcada con el frecuente uso de los pies descalzos, sorprendieron a Tulia que, vuelta de espaldas y preocupada con el ruido del agua, no las había sentido.

-¡Qué milagro!... les dijo ella, dejando conocer la agradable sorpresa que la dominaba.

-Por venir a verla, le dijo Arcelia, con cierta sonrisa de lo más agradable.

-Muchas gracias, mis señoras: vengan a sentarse aquí junto, en esta mullida grama, que está limpiecita.

-¿Qué mejor? dijo Irene; las hermosas decoraciones de la naturaleza nos gustan más que los ricos y lujosos muebles de los salones de Bogotá, y se sentó en el suelo.

-Muy aseada y muy blanda me parece la alfombra de este salón, dijo Arcelia, después que se colocó cerca del lavadero y de sus compañera y amiga.

Algunas palabras de cumplimiento, que en realidad no lo eran sino expresiones de naturalidad y de franqueza, se siguieron entre las bogotanas y la estanciera; pero es preciso dar a nuestro lector una ligera noticia del solitario paraje en que se reunieron las tres personas mencionadas, en el segundo día de la Pascua de Navidad del año de 18...

La magnífica bóveda del cielo estaba completamente azul, como lo está en los últimos días de diciembre; el horizonte era escaso, fragoso y rocalloso hacía el oriente, aunque se alcanzaba a divisar, allá a lo lejos, al sudoeste, un pedazo de la sabana; la soledad era completa, y el silencio lo hubiera sido también, sin el canto lejano de un bababuy y el susurro, en partes armonioso, del arroyo, que deslizándose suavemente por debajo de los salvios, alisos y tunos, y estrellándose contra algunos picos de roca arenosa, de la misma de que se compone la sierra de oriente, se precipitaba con violencia al despedirse de los páramos para ir a mezclar sus aguas cristalinas con las amarillentas de la sabana, así como la vida de los pueblos, inocentes en su origen, que al atravesar los horizontes de la civilización, son corrompidos, con frecuencia por los que se acercan a sus hospitalarios y caritativos hogares. La sombra para evitar los rayos del sol se componía de un curubo enredado entres arrayanes de poca altura, llenos de horquetas y torceduras, del cual se alcanzaban con la mano las flores rosadas que esmaltaban el frondoso techo, siendo las frutas de un sabor exquisito, llamadas curubas de indio.

El suelo donde estaban la señora y la estarciera era todo tapizado de grama y flores amarillas de pacunga y blancas de tote, y la orilla, bañada por el agua, estaba cubierta por las débiles ramas de la rubia o raíz, con que tiñen de colorado algunas sabaneras, y que se cría en los parajes húmedos y pantanosos de los terrenos estériles, en casi todos los contornos de la sabana. En la propia margen estaba la piedra del lavadero de Tulia y la de su adjunta María, que eran dos lajas traídas de un sitio bastante distante, tocando con sus extremos el pozo, aumentado con arte por unas piedras y terrones que había puesto Tulia. Al lado opuesto se levantaba un barranco como cortado a pico, de cuatro varas de alto, en el cual se veían las fajas de cascajo, arena o piedra de los aluviones de muchos años, pero el borde o ceja llamaba la atención por las exquisitas plantas de que estaba revestido, colgando en racimos los pepinitos, llamados vulgarmente llorones, varias flores celestes y coloradas, que se divisaban por entre las largas hojas de las polipodias, que parecían cintas verdes, puestas adrede para que flotasen por los aires.

Esta era la oficina de Tulia, en donde el trabajo era continuado, y no de cuatro horas al día, y en donde se oía el canto de María Neuque, cuando estaba sola, seguramente para consolarse del trabajo, como dice Ovidio que lo hace el que fuerza las aguas con el remo, y la mujer que saca la hebra con la rueca; pero de todos los trabajos del mundo, el más fatigoso es seguramente el lavadero, porque apenas habrá una lavandera que no cante; o será que el corazón de las jóvenes es tocado de un sentimiento especial por el paraje en que se halla, por la vista de los árboles, piedras o barrancos, por la armonía del agua que se precipita, a la cual se acompaña el eco prolongado, sonoro y fuerte del golpe de la ropa contra la piedra, y para esto que la música es por lo regular melancólica, y la letra nos hace sentir con toda su belleza las ilusiones, quejas y esperanzas del amor, asunto favorito en todas las clases de la sociedad.

La enajenación de las dos señoritas, causada por el bellísimo panorama de la naturaleza, no había sido tanta, que no esperasen con ahínco el principio de la historia ofrecida desde el día próximo pasado.

-¡Comience! le decía Arcelia, que usted nos va a dar un grande gusto.

-¡Quién sabe, mi señora!... tiene mi historia mucho de triste, y temo que las desconsuele.

-¡No, no! dijo Irene. Yo también soy víctima de la ingratitud hace ya cuatro días, y a los tristes les ayudan los tristes, como dice mi hermano Sixto. ¡Ay de mí!... ¡la ingratitud es lo más horrendo que pueda darse!...

-Oigan, pues, mis señoras, dijo Tulia; y sentándose o arrodillándose, torciendo o mojando las piezas, o descansando en ocasiones, le dio fuerzas a su voz, para que llevara hasta los oídos ajenos los pasajes más dolorosos de su vida, de los cuales habían estado muchos en secreto hasta ese día.

 

HISTORIA DE TULIA

Cuando yo me conocí era una triste muchacha de las tiendas; cuando llegué a mis quince me hallaba en todo el auge del alto tono, y hoy, a los cuarenta años, me encuentro de lavandera. Vean ustedes, mis queridas señoritas, el argumento de mi triste historia, que voy a contarles por complacerlas únicamente.

Desde luego que ningún embarazo siento en decir a ustedes que la casa en que yo nací, y en la que me criaron, era una pieza con sus paredes cubiertas de grabados, cuya antesala servía de patio, cocina, corredor, alcoba, huerta, corral y despensa, modificadas sus divisiones por una cortina y un bastidor, como los que se usan en el teatro. Cuando procuro traer a mi memoria hasta los tiempos más remotos de mi vida, de lo que más me acuerdo es de una muñeca sumamente colorada, de un perico verde, que no tenía otra gracia que la de saber gritar, de una vecina de mi edad, con quien pasaba los días enteros, y de un piano que tocaban en la pieza que quedaba encima de la tienda: Feliciana se llamaba mi vecina.

Mi vida era entonces de lo más agradable. Yo no tenía más obligaciones que la de sacar al sol una mesita con almidón de yuca, y la de dar unos pocos repasones en un libro viejo, que casi estaba desleído, y salir a las tiendas a comprar pan de a cuarto, chocolate y salchichas para el almuerzo; en seguida iba a la plaza a comprar la carne para la comida. Por falta de libertad yo no me quejo, porque mi madre me dejaba toda la que podía apetecer, hasta la de permanecer abizcochándome entre la cama hasta las nueve, en los días que tenía algo de pereza, y la de hacerles todas las travesuras que podía a las vecinas; no sé si esto sería por exceso de cariño, o por lo que les oía decir mi madre a algunos señores acerca de la autoridad paternal.

Muchas veces nos convidábamos con Feliciana para ir a ver hacer el ejercicio a los soldados en la Huerta de Jaime, o para ver las guerrillas de los muchachos en el río de San Francisco, o a los potreros de la alameda, cuidando muy poco de volver con los cachetes tostados por el sol, los vestidos rasgados y las cabezas desgreñadas, porque de esto y de nuestro modo de caminar por la calle, era de lo que menos nos cuidábamos en ese tiempo. En cuanto a rezo, devociones y deberes para con Dios, tampoco me molestaba mi madre, porque decía que ella era tolerante.

Feliciana y yo, sin saber desde qué día, habíamos dado en cuidar de nuestros peinados, de la compostura en nuestros vestidos y del modo de caminar. Teníamos un espejo para las dos, que nos hablaba como un oráculo propicio y del cual habíamos hecho nuestro adoratorio, como si fuese un ídolo como tantos del paganismo.

Yo no sé qué pronóstico halagüeño me anunciaba que no tardaría en ser feliz, porque había ratos que me quedaba como extasiada en una misteriosa contemplación.

A todo esto ya no dirigíamos nuestros pasos a los potreros, ni a las riberas del río San Francisco, sino a la calle real, y a la plaza todos los viernes, a saltar por sobre las hileras de mercado, en busca de las frutas, sufriendo los rigores del sol o del agua en la desnuda cabeza, porque nosotras todavía no teníamos sombrilla, como tampoco desperdiciábamos la ocasión de que nos pudieran contemplar en las funciones más concurridas de las iglesias, porque habíamos entendido que se fijaban mucho en nosotras; así era que donde había más ojos allí estábamos de pie firme como las moscas donde hay miel.

Ya nos comenzaban a decir algunas palabras de galantería, como las de "chinas lindas y graciosas", y otras cosas por el estilo. A Feliciana la miraba mucho un estudiante, que permanecía de centinela avanzado en la esquina las horas enteras, con un libro en una mano, y aunque no tenía espada en la otra, lo llamábamos la estatua de Bolívar, por la circunstancia de tener capa. Un artesano era el que a mí me elogiaba cuando solía pasar por frente a su taller, pero él no dejaba su oficio por estarme mirando.

Los domingos visitaba a Feliciana y a la madre, poniéndonos a jugar todos juntos a la baraja, detrás del biombo, y nos chancéabamos, pero sin hacer sabedor a nadie de nuestros regocijos, no molestando a ninguno de nuestros vecinos con alborotos ni escandalosas riñas, que pudieran ofender a nadie, porque nosotras teníamos mucho respeto por el público. Ahora les confieso a ustedes que ni el estudiante ni el artesano me llamaban la atención con preferencia, sobre los otros que me decían palabritas más o menos agradables.

Yo creo que tenía buen genio a pesar de todo, y tal vez inteligencia y buenas disposiciones, pero en tiempos tan delicados ya me estaban faltando la sujeción y buenos consejos o ejemplos que me ayudasen a formar, a tiempo que las pasiones ya tocaban a mis puertas. La que me asaltó por primera vez no era capaz, por su naturaleza, de hacerme estrellar contra los obstáculos ni deslumbrarme con sus halagos hasta conducirme a un abismo; no, mis señoras: era un sufrimiento que no pasaba de suspiros, contradicciones y una que otra lágrima; era mi amor propio, era mi anhelo por lucir; y para esto que de cuando en cuando me mandaban algunos trajes; sin que yo supiese de dónde, y los zapatos, aunque no las medias, porque ni mi madre ni yo usábamos calzado. Mi deseo de ser vista, el espejo y la moda, eran los motivos que me hacían palpitar y estremecer. Así fue que un día, que no pude conseguir una zaraza como la que tenía una de mis vecinas, lloré lo suficiente para atormentar a mi pobre madre y acabar de aniquilar mis ratos de sosiego. Creo que fue la primera desgracia que me sucedió en la carrera de mi vida. Ratos tenía yo de meditaciones halagüeñas, cuando reparaba en mi largo y abundante pelo, en mi talle gracioso y en mi rostro elogiado por todos; momentos había que me extasiaba en un porvenir misterioso, en una dicha que me sonreía y me llamaba: era la felicidad que yo comprendía a mi modo, llena de halagos indefinibles. ¡Oh! ¡y cuántos nombres pueden darse a la felicidad!... La mía hacía palpitar mi corazón, y ya comenzaba a desvelarme.

Una noche, como a eso de las nueve, entró de visita a la tienda un señor de alta categoría. La visita fue de tono, porque no se cruzaban sino palabras indiferentes; a veces notaba yo ciertos signos de turbación y embarazo, que no podía comprender. Todos tres estábamos sentados en el canapé de zaraza amarilla, que adornaba un costado de la tienda, al frente de las dos camas.

Bien pronto se hubo agotado la materia de la conversación, y después que mi madre y el caballero hablaron unas dos o tres palabras en secreto, cuando fui a encender dos tabacos hechos por mi mano, se me dirigió mi madre en estos precisos términos:

-Tulia, ¿conoces a este señor?...

-Nada más que de vista, le contesté, pero siento por él un particular aprecio.

-Es tu padre, niña.

-Y vengo a llevármela, me dijo el autor de mis días, para colocarla en el rango de señora, que usted bien merece.

Poco duró la visita, y al despedirme de mi querida madre, la vi llorar, y yo también no pude por menos que sentir una efusión tan natural, tan tierna y desconsoladora, como es la despedida de una madre y una hija que se separan por la primera vez de su vida.

Por la calle me dijo mi padre una multitud de palabras halagüeñas para mí, pobre criatura, que nunca había pronunciado la consoladora palabra de padre; para mí, que había llorado tanto, pensando y meditando sobre mi orfandad, unos pocos días antes.

Me sorprendió la grandeza de la casa paterna; pero el recibimiento de mis tías y de las criadas me hizo entrar en no sé qué desconfianza, y más cuando alcancé a oír el apodo de china, que tiene dos significados: de cariño, como por ejemplo: "una bonita china"; y de oprobio, como cuando dicen: "una china patoja de la calle". Pusieron a mi disposición ropa, baúles, costurero y tocador, en un cuarto cómodo y primorosamente adornado. Tal vez no me lo creerán ustedes, pero cuando estuve sola lloré por la tienda en que había nacido; me acordé de mi pobre madre, de mi vecina querida, del artesano y el estudiante y hasta del perico y mi taza de mejorana.

Al otro día me puse a las órdenes de mis dos tías, como dueñas de casa y como mis maestras de religión, costura, buenos modales y urbanidad, y a las de los maestros de geografía, escritura, música, aritmética y gramática castellana y francesa. A mí no me faltaba inteligencia, pero al escoger la materia que más me conviniese, poco a poco fui desechando aquellos ramos que más falta me hacían, como la aguja, por ejemplo, por separarme de las tías, con quienes antipatizaba, y me dediqué a traducir francés, que me agradó infinito, por lo tierno y sentimental del idioma, y más que todo por la amabilidad del preceptor, que me trataba no solamente con indulgencia sino con amor, según me parecía por sus miradas y por las recomendaciones que me hacía de los pasajes más amorosos de las novelas, que él mismo me llevaba para que las tradujese. Esta conducta estaba en contradicción con la de mis tías, las cuales trataban de corregirme de mis inveterados caprichos, chocándome más que todo el modo como me hacían estar en la iglesia, pues me obligaban a oír la misa en medio de las dos, leyendo el cotidiano y sin poder alzar a mirar a nadie ni descubrirme la cabeza, ni sonreírme siquiera, y para esto que mi mantilla les hacía también la oposición resbalándoseme a cada momento. Tal vez no me supieron conducir mis tías con paciencia, o tal vez echaba yo a mala parte sus amonestaciones, y de aquí dimanó toda mi desgracia.

El poco afecto a las maestras me había hecho dedicar con preferencia a la gramática castellana, al francés y a las novelas. Mi trato en la casa llegó a ser únicamente con los libros, y mi padre estaba muy gustoso con mi aplicación, porque él creía que me había entregado al estudio de la historia y geografía, cuando lo que leía era la Matilde, la Extranjera, la Lechera, la Nueva Eloísa, la Clara Harlowe y otras novelas por el estilo, escogidas por mi maestro. Y yo, que aunque tenía un corazón formado como el de todas las jóvenes, pero que carecía de paternales y juiciosas prohibiciones, era preciso que al fin sufriese las consecuencias. Por eso no deben admirarse ustedes que a mi corta edad me dominase ya una segunda pasión, aunque a la verdad no era, según después me convencí, sino una pasión ficticia, una pasión artificial, un deseo sin objeto, una teoría formulada por los cuadros de mis lecturas, una veces halagüeños, otras temerarios y a veces lascivos, aglomerados todos en mi imaginación, próximos a estallar como el fuego que sube bramando desde la cámara del horno del chircal, redoblado por el combustible que se le arroja, como ustedes lo habrán visto en la aldea, y que al fin asoma por la parte superior, lo que llaman los alfareros botar el fuego. Yo había visto al joven Emilio Sánchez Bernal, y me había llamado la atención, por la casualidad de vivir en el cuarto del zaguán de la casa; el cual me miró con atención, y quedó establecida entre los dos una correspondencia amorosa. A los ocho días reinaba entre ambos la confianza de dos amantes de muchos años; fue llegado el momento de la práctica, porque la teoría estaba toda en mi memoria.

Por este tiempo aumentaban día por día las finezas de mi padre para conmigo. Teatro, visitas, tertulias, paseos y, sobre todo, mucho lujo.

He dicho a ustedes que la pasión del amor propio había sido para mí una cosa terrible, anhelando sobresalir y hacerme visible sobre todas las señoritas más lindas de mi tiempo: con esto sufrí mucho, aún estando al lado de mi padre, porque yo veía cómo lucían en Corpus, Semana Santa, fiestas y teatro las hijas de hombres de medianas comodidades, lo que me chocaba, porque los consideraba como triunfos de mis verdaderas rivales. Hubo golpes de estos que me quitaron el sueño, haciéndome odiar el lujo, y para esto me apoyaba en los escritores y predicadores de la moral y buenas costumbres, porque a mí me parecía que sólo mi padre podía gastar, en razón a que estaba bien acomodado. En cuanto a darme gusto, no tenía yo por qué quejarme, pues que me concedía todo lo que yo quería, siendo uno de los pensamientos favoritos de mi padre el proporcionarme un buen matrimonio; por cuyo motivo me presentaba en público con el mayor esplendor, sin advertir que el ruido dei terciopelo y del raso ahuyenta a los mejores pretendientes, pobres, pero virtuosos y trabajadores, como los hay en Bogotá, entre los cuales no sería difícil hallar uno que me conviniese.

Por ese tiempo mi vida era rumbosa, pero no tranquila.

Concurrí a todos los paseos que entonces eran de regla: al Salto de Tequendama; a las mejores haciendas de la sabana; a Monserrate, a Villeta y a Ubaque. El valle de Fusagasugá me pareció excepcional, por los tipos y costumbres de las gentes, como también por el clima y los pintorescos paisajes; allí pasé los días más felices de mi vida. Quiera Dios que no sea turbada nunca la tranquilidad de esas pacíficas y sencillas gentes!...

Emilio se hallaba como atraído por mil felices casualidades donde quiera que mis tías y yo nos hallábamos, porque han de saber ustedes que era hombre que no perdía un solo momento, ya en tratos de agio, o en comisiones administrativas, o en busca de la suerte, porque él era de opinión que ésta debía buscarse, o bien con las pintas del dado que rueda sobre la carpeta, o con toda clase de tratos comunes. Por ese entonces conocí a Chapinero, en un paseo que dieron unas tantas familias, y allí también se hallaba Emilio, porque había sabido granjearse la voluntad de la menor de mis tías; bailábamos toda la noche, paseábamos y retozábamos todo el día; entonces conocí esta casita en que vivo: i cuan lejos estaba yo de pensar que había de ser un día mi morada y el único recurso de mi vida!...

Mucho me acuerdo, mis señoras, de todas las circunstancias de mi venida a este solitario paraje. Tengo presente hasta el traje que tenía puesto ese día, y eso no baja de diez y ocho años y algunos meses; y les diré cómo fue para conocer esta casita:

Vivía en ella una mujer llamada María del Rosario; ésta era la que lavaba la ropa de la casa de mi padre, y por casualidad la de mí madre, cuando no podía ir al Boquerón a lavar ella misma, bañarse y bañarme a mí. La pobre me quería como a su propia hija, y yo también le correspondía su cariño, porque en medio de toda mi grandeza no había dejado de mirar bien a las gentes del pueblo que lo mereciesen; ella me convidó para que viniese a pasear a su casita Me obsequió como no hay idea: me tenía dulces preparados, uvas camaronas, que se dan espontáneas a la entrada de los páramos, frutas de Chile, curubas y otras varias frutas; en ese día había puesto muchas flores en su altarcito y un arco de laurel sobre la puerta; vine con otras amigas, nos bañamos, aquí en este mismo pozo, y estuvimos muy contentas. Ninguna gracia hacía yo después en recibirla bien en casa y en darle la mano en la calle, porque al hombre ingrato que en la ciudad se hace desconocido con el humilde estanciero que lo ha obsequiado, o que lo ha sacado de algunas difíciles necesidades de la vida, lo contemplo yo con menos sentimientos que los perros, de los cuales se ha dicho que se acuerdan siempre del que les ha dado de comer, como lo ha cantado algún poeta del pueblo pobre.

Entretanto mis amores habían progresado de una manera incalculable. No era que yo fuese de naturaleza distinta a la de todas las jóvenes de mi edad, era que se le habían aglomerado combustibles a mi corazón, como a la fortificación que se quiere destruir se le arriman algunos quintales de pólvora, suficientes para que quede arruinada. Mis lecturas habían preparado una pasión artificial, que no era producida por un amor tímido e inocente, por el cual se guía la joven recatada y pudorosa hacia los fines recomendados por la honradez; mi educación primaria me había eximido del pudor, que es un baluarte para la mujer, por cuyo motivo había perdido ya la vergüenza, y por lo que hace al miedo, ese me lo habían hecho perder las novelas, con la representación de las frecuentes tramas, con las pinturas demasiado patéticas de las primeras emociones del amor, o de las segundas o de las terceras; por las resistencias, obstáculos y triunfos de los amantes en todo el curso de su carrera; por la dicha suprema de las almas bien correspondidas. Sí, mis señoras: "valor y atrevimiento" podía yo haber dicho que era mi divisa, como "valor y constancia" era la de alguna otra heroína de los tiempos pasados.

Sin pudor, sin vergüenza, sin sentimiento alguno religioso, sin consejos ni prohibiciones maternales, porque a mis tías les había perdido el cariño, ¿qué piensan ustedes que me sucedería, mis seño ras? Para mis cartas ocurría yo a los modelos de Eloísa y Abelardo; así es que yo no le pintaba a Emilio lo que sentía, sino lo que sintió Eloísa, encerrada en un castillo o en un convento de la Francia; para mis meditaciones me servían los pasajes más escogidos de mis novelas, como la cita de Lovelace y la famosa Clara Harlow, como el encuentro de la Extranjera con Arturo, como las conferencias de Adriana y el príncipe Djalma, como el encuentro de Ursula y Lancri en el bosque de la hacienda de Maran, imágenes que yo tomaba siempre por la parte menos santa, porque a ustedes no quiero ocultarles nada, mis señoras, porque tal vez pueden ustedes sacar alguna utilidad de mis aventuras, aunque sea para referirlas, o para escribirlas si a ustedes les place. Les hablo con toda franqueza: mis novelas favoritas me habían hecho ver la pasión como la ve la hija del pueblo. Lo que yo leía, no era otra cosa que lo que el libertino conversa, y el carretero, y el presidiario y el boga del Magdalena; con la diferencia de que esa malévola lectura estaba encubierta con las flores de la elocuencia y con los primores de un lenguaje culto, suave, fino y extremadamente agradable; o sería tal vez que yo tenía la simpleza de tomar estas cosas por el peor lado, porque esto también pudiera suceder.

Otro gravísimo daño me habían causado las novelas, cual era el de que me habían fortificado en mi tibieza por la religión católica, único consuelo del hombre en la vida, llegando hasta odiar el matrimonio y protestando contra toda autoridad, minando así los fundamentos de la sociedad humana. Así es que, aun cuando a mí me hubiesen visto leyendo el devocionario poético en la iglesia, el hecho era que yo no podía considerarme sino como una joven pagana. Para eso que mi maestro me había dado a leer las Ruinas de Palmira, en las cuales opina el autor que todos los cultos son iguales; pero no me enseñaba que observase debidamente el mío. No obstante, yo gozaba de suma felicidad.

Pero de repente se nubló el claro horizonte de mi vida. Mi padre no tuvo a bien arrendar más el cuarto del zaguán; así fue que tapando la puerta lo dejó para el servicio de la casa. A pocos días me advirtió que la conducta de mi pretendiente no le daba garantías para el manejo de la dote de que me iba a hacer poseedora, desde el momento que me legitimase, como pensaba hacerlo, y supe que a Emilio lo hizo sabedor de su desaprobación. A mí me hizo varias y justas reflexiones, me dio muchos consejos, que yo no tardé en llamar actos de tiranía: aquí fue donde seguí al pie de la letra los consejos de mis novelas. Me hice a la confianza de una criada, medianamente hermosa, que hacía los mandados; conseguí que Feliciana arrendase accidentalmente una tienda, al frente de la casa, que por casualidad estaba desocupada, al propio tiempo que Emilio daba también todas sus providencias. De manera que con la lucha nuevamente entablada, me creía yo la mujer más feliz del universo, y hasta me llegué a comparar con la más famosa de las heroínas de mis novelas.

Mis señoras, ustedes van a compadecerme o a aborrecerme más bien, por un suceso que les va a parecer escandaloso: noté que mi ser estaba duplicado, cuando más engolfada me hallaba en mis ensueños de felicidad.

Más aturdida no me hubiera dejado una centella, cayendo a mis pies; me llené de horror, desesperación y vergüenza; a tiempo que otra nueva emoción se levantaba por entre los temores mismos que me agitaban. Lloré mucho, quedando en un anonadamiento completo, hasta el punto de ir a la cama; no pudiendo soportar por otra parte la presencia de mi padre, ni las preguntas y cuidados de mis tías, porque todo me parecía horrible hasta la exageración. Tal vez creyeron que mi mal era consecuencia de lo mucho que lloraba, pues que mis ojos no descansaban de día y noche; al mismo tiempo que alcanzaba a divisar por entre las amarguras de la desdicha, una tierna y hermosa esperanza: la de ser madre... ¡Ojalá que lo hubiera sido conforme a los deseos de mi padre!... Sus cuidados por mi desconocida enfermedad no tuvieron límites: sus ternuras me agobiaban.

Mi alarmante estado no pude ocultarlo por más tiempo: el médico lo avisó a mis tías, y éstas luego a mi padre. La casa se puso en conflicto, y no se hablaba sino lo puramente necesario. Las miradas de mis tías eran lúgubres, y parecía que lamentaban una desgracia mucho mayor que la de mi muerte, aunque después comprendí que no era sino su propia vergüenza. Mi padre no me volvió a hablar, pero ni a mirar siquiera; y en tal estado de temores y angustias se había pasado toda la semana.

Una noche me decidí a hablarle a mi padre: serían las doce de la noche cuando entré a su cuarto a implorar el perdón de mis faltas, y a saber qué suerte era la que me esperaba. Atravesé todos los corredores hasta llegar a la puerta sin causar el menor ruido, empujé, y la puerta cedió fácilmente; no alumbraba la vela con toda su claridad, porque tenía por delante el velador; las sombras que se proyectaban me representaban a mi padre mucho más grave y sombrío de lo que en sí estaba. Tenía los brazos apoyados sobre la mesa, y su rostro escondido entre las manos. Me estremecí de susto, compadeciéndome al mismo tiempo al pensar que yo era la causa de su abatimiento, y quise volver atrás, pero ya era tarde; seguí, pues, hasta el pie de la silla, sin que mi padre hubiese variado de postura. Yo me hinqué con la cara cubierta por el pañolón, y apoyando mi mano en el brazo de la silla, abrí mis labios, y con los ojos anegados en lágrimas, imploré su perdón, diciéndole:

-¡ Padre!...

Y no pude continuar porque las lágrimas ahogaron mi voz.

-No tiene usted padre, me contestó el venerable autor de mis días; usted, ha despreciado mis paternales consejos; usted ha puesto los pies en la calle, como lo pudiera hacer una mujer sin pudor; usted ha corrompido una criada del servicio doméstico, para que entrase en sus planes de allanar puertas y cometer otra multitud de faltas; usted, no respetando mi casa, ha dado motivo para que sirva de diversión a los desocupados de la cuadra, según lo he sabido después; usted, en fin, ha llevado su afrenta y la mía hasta el punto de...

-¡Compasión, padre mío!... ¡Compasión a una mujer desgraciada!...

-La sociedad no la compadece ni la perdona a usted, como tampoco me perdona a mí, contestó con severidad mi padre.

-¿Y si yo, antes que una desgraciada mujer, hubiese sido hombre, y hubiera cometido el delito de robo o asesinato?...

-Eso lo olvida o perdona la sociedad sin dificultad alguna.

-Pero mi debilidad... mi inexperiencia...

-Eso no sirve de excusa ante el terrible e inexorable tribunal del público.

-¿Usted me abandona entonces?... le dije a mi padre, y las lágrimas rodaban en abundancia por mis mejillas.

-A usted le queda un recurso, me contestó, haciéndome levantar del suelo; usted puede volverse a la casa materna... Venga usted conmigo, que la voy a entregar a su madre.

Tomó mi padre su sombrero y su bastón, y me dijo que lo siguiese. Yo no sabía lo que entonces me pasaba: lo seguía maquinalmente, e ignoro si por cortesía o por cariño, o por un movimiento involuntario, mi padre me ofreció el brazc para bajar la escalera. ¡Ultima fineza del autor de mi existencia, que conservo grabada en lo más íntimo de mi alma!... En todo el trayecto de la calle no me dirigió una sola vez la palabra, y cuando mi padre tocó a la puerta, al punto abrió mi madre, quedándose como petrificada al verme.

-¡Mucho extraño la visita de mi hija, dijo mi madre con seriedad; porque como está tan en grande!...

-Pues ya vuelve a estar en pequeño, porque no ha tenido a bien seguir viviendo como señora.

-¿No se acomoda en su palacio? repuso mi madre.

-¡Se ha portado indignamente!... está deshonrada...

-No lo creo, caballero; no lo creo, ni aunque usted me lo jure.

-Como usted lo oye... Hay pruebas de bulto, que ni ella misma las podrá negar... ¡Vergüenza para la desdichada, para sus tías y para mí!...

-¡Estando bajo la vigilancia de su padre, y de unas señoras tan cuidadosas!... ¡Imposible!...

-Pero las influencias de tienda... los ejemplos de usted...

-Esos ejemplos, caballero, contestó mi madre con amargura, son los del que me sacó con engaños de la casa del honrado artesano que me dio el ser, y que me estaba educando en las prácticas de nuestra santa religión. ¿Por ventura no se acuerda usted ya de los inicuos medios de que se valió para sacarme de mi honrada casa?

-Eso no viene al caso... Lo que importa es que usted se haga cargo de su hija... Hay le dejo esos cien pesos para lo que se le ofrezca... ¡Adiós!...

En las palabras que mi madre me dirigió no encontré tanta amargura como en las de mi padre, pero el repentino cambio en mi vida parece que sí la molestó.

Agobiada por mis pesares, y fluctuando entre mil temerarios pensamientos, me encontró la luz del nuevo día. Lamentaba la desaparición de Emilio, pues que no lo había vuelto a ver, así como tampoco me había contestado ninguna de mis cartas, por lo cual sospechaba se habría ido de Bogotá, como en efecto había sucedido.

No quise que me viesen mis vecinas, sino únicamente Feliciana, que lo pasaba entre la cama conmigo. Sentía todos los pasos, distinguía las voces de los conocidos, oía las piezas que tocaban en el piano, contribuyendo todo esto a que mi prisión me pareciese mucho más triste. Tenía motivos más que suficientes para volverme loca: la desaparición de Emilio, mi repentina caída, la pérdida de un padre querido, y el advenimiento de un nuevo ser, que me llenaba a un mismo tiempo de esperanzas, de vergüenza y de ternura. Dos noches pasé llorando; a la tercera, rendida ya por el peso de mis desdichas, me quedé dormida, pero soñando con Emilio, a quien oía tocar la guitarra admirablemente, cuando de repente me despierto y oigo al estudiante dándole una serenata a mi linda vecina, en compañía de dos amigos. ¡Ay de mí!... Si estos acentos llegan hasta las fibras más íntimas del corazón de la juventud, si los recuerdos se avivan en los viejos y la conmoción en los corazones indiferentes y helados, ¿cuánto no sufriría yo, infeliz mujer, agobiada con el peso de tantas y tan inauditas desgracias?... ¡Ay! ¡me parece que oigo todavía los desgarradores sonidos de los clarinetes y flautas! ¡Y, cosa rara! ¡cosa prodigiosa! la idea del joven artesano era la que más se me representaba, y llegué a figurarme que aquella era la iluminación pura y legítima de mi amor, borrada por una revolución anticipada de delirio; y esta sola idea me hizo aborrecer al amante teórico, al amante del cuarto del zaguán, elegido por mi fatal estrella en el frenético delirio de mis ideas estrafalarias.

Quince días llevaba de meditar en mi triste situación, temblando por lo que pudieran hablar de mí la gente de la cuadra y todos los que me rendían sus homenajes cuando estaba en la opulencia, y que ahora se convertirían en los mayores verdugos de mi deshonra. Fuera de Feliciana, con la única que hablaba era con ñuá María del Rosario; y después que lloró conmigo, conmovida de mis desgracias, le conté dos planes descabellados que había meditado: el de irme de criada con una familia que seguía para Ambalema, o el de meterme en los páramos de Subachoque, esperanzada en las limosnas de los carboneros; después de oírme atentamente, me dijo: que no hiciese tal disparate; que a su casita nadie arrimaba, por estar escondida entre las peñas, y que allí podía yo ocultarme por el tiempo que tuviese a bien. Yo le acepté la propuesta, sin que lo supiese ni mi madre ni siquiera Feliciana.

Muy diversa me pareció esta habitación de lo que era la tienda donde nací y de la que fue mi casa paterna. Pero la soledad, la pobreza y el abandono completo de la soledad era lo que más me convenía, siendo este el primer día que respiré con desahogo, desde que conocí mi crítico estado.

Estas peñas que ustedes ven levantarse al oriente, estas enormes piedras rodadas, y estas lomas de tan escasa vegetación, esta fuente cristalina, y esta casita visitada por casualidad por algún leñador, me hubieran hecho creer que me había apartado por lo menos cien leguas de Bogotá, si en las horas más silenciosas no hubiera oído el triste y monótono tañido de las campanas, que me hacían arrepentir de mi vida cenobítica, prorrumpiendo en amargo llanto por la separación de mi madre.

El aseo de la casita y los modales y la finura de mi compañera me hacían la suerte medianamente soportable. La oía hablar siempre del temor de Dios y del cumplimiento de los mandamientos del decálogo, la veía ejercitar las virtudes, sin hipocresía, rezaba siempre el rosario y sus devociones particulares, con tanta unción y santidad, que yo no podía menos que conmoverme hasta el punto de arrepentirme de mis pasados errores, acostumbrándome a rezar con ella, a sufrir con paciencia las escaseces y a hacer algunas obras de caridad, y con ella fue que aprendí la virtud de la paciencia y de la conformidad, esperando en la posesión de una vida mejor, que se alcanza sufriendo con resignación las amarguras de ésta.

Para mi tiempo crítico había preparado María del Rosario una mujer inteligente, siéndome la suerte demasiado favorable. Un bellísimo niño fue el que di a luz, al que saludé con un torrente de lágrimas. ¡Oh! ¡si desde ese momento las madres guardásemos las lágrimas que derramamos por nuestros hijos, qué inmensa cantidad no recogeríamos!... Fue mi comadre mi benefactora misma, y al niño, bautizado en las Nieves, se le puso el nombre de Germán. Una nueva desgracia tenía lugar para mí en ese mismo día, y era la muerte de mi madre, de que no tuve noticia sino muchos días después, y la amarga pena que sentí, ya ustedes se la podrán imaginar. Yo no tenía, pues, padre, ni madre; y esto fue lo que me hizo no apurarme por volver a Bogotá.

Me había acostumbrado a caminar descalza, y con traje de estanciera, y a trabajar para mantenerme. Mi hijo crecía, y mi única patria era este triste rincón o ermita, porque tal me parecía esta estancia escondida entre los cerros, ignorada de todos, y venerada por mí como el recinto de esas piadosas señoras que sirven a Dios en los conventos de Bogotá. Ya me conocían hasta en las chozas más lejanas, y aún en la aldea, con el nombre de Julia o Juliana, sin que se hiciese extraño el traje que usaba, común a todas las estancieras de la sabana.

Desde que cumplió Germán trece años, medité en la carrera que debía seguir, y al mismo tiempo deseaba que no se ausentase de mi lado; resolví al fin que aprendiese la cantería con un maestro de intachables costumbres, que trabajaba en las inmediaciones. ¡Oh, cuántas veces el golpe de la almadana, confundido con el que producía el lavadero, venía a formar el último eco en las profundas cavidades de mi corazón! Era mi hijo un adicto al trabajo y muy obediente a su madre; pero no estaba libre de una de las mayores calamidades de la vida. Fue asaltado un día, a las cinco y media de la tarde, por un piquete de soldados y un oficial. La intimación fue que se rindiese, e inmediatamente lo amarraron para conducirlo al cuartel como recluta, llevándose, además, tres ovejas que había en el corral. No puedo explicarles a ustedes cómo me quedé en aquel instante. No supe si era un sueño o una realidad lo que me estaba pasando: el dolor y la sorpresa me anudaron la lengua, y cuando ya pude articular, me dirigí al jefe con las siguientes palabras nacidas del corazón, según fue la confianza con que las pronuncié:

-¿Cómo se llevan ustedes a mi pobre Germán, cuando es el único consuelo de su madre?

-Es para sostener la causa del derecho y de la justicia, me respondió el oficial, quedándose muy tranquilo.

-¡Pero si mi hijo no quiere revoluciones, ni yo tampoco las deseo!...

-Pero los defensores del derecho sí las queremos.

-¿Y mis ovejas?...

-Son para sostener a sus defensores, porque es muy justo que se alimenten.

-Por Dios, señor oficial... ¿no le digo que yo no quiero revoluciones?

-No quiere usted ¿entonces que se reformen las leyes?

-Sí, señor; pero no por medio de las armas, porque los males que causa una revolución son peores que una mala ley.

-Eso será bueno donde hay gobiernos constituidos, pero no en la América del Sur.

-¿No es la Nueva Granada una de las Repúblicas que marchan a la vanguardia? Y suponiendo que haya muchos a quienes les guste la revolución, ¿con qué derecho obliga usted a Germán a pelear en favor de una revolución que él no quiere ni yo tampoco? ¿Y por qué se lleva usted mis ovejas, cuando yo soy una infeliz que no cuento con más propiedades? ¿No es eso una atroz injusticia?... Yo he oído decir que en las naciones civilizadas los que hacen revoluciones toman dinero a rédito, y levantan ejércitos de voluntarios solamente. ¿No es verdad, señor oficial?

-No admito discusión. ¡Soldados!... ¡marchen!...

Se llevaron a Germán, mis señoras, siguiéndole yo los pasos hasta ver a qué cuartel lo llevaban; mis gemidos y lamentos se oían por todas estas lomas. Yo le pedía por Dios al oficial que soltase a mi hijo; pero en vano, mis súplicas no fueron oídas. A los dos días lo sacaron para la campaña, con su fusil al hombro, y yo regresé a esta choza, donde no dejé de llorar un sólo día.

¿No les parecen a ustedes guerras de salvajes estas que asuelan nuestro país casi periódicamente? ¿No creen ustedes que disminuyéndose así los dos millones y medio de granadinos, que anhelan el nombre de civilizados, marcharemos irremediablemente al salvajismo en que yacen los indios del Orinoco y Caquetá?... ¡Oh, los salvajes!... ¡Entre ellos no hay luchas de padres contra hijos, de hermanos contra hermanos, de paisanos contra paisanos!... ellos pelean de nación a nación, aun cuando es cierto que sus naciones o tribus sean poco numerosas, y con sus enemigos no tienen la crueldad de hacerlos pelear contra sus opiniones y gobiernos; porque antes se los comen, lo cual es menos bárbaro que lo primero.

Dios se sirvió escuchar mis ruegos, y un día se me apareció Germán, casi desnudo, flaco y lleno de piojos, y con una herida, aunque muy leve; venía derrotado, y yo lo mantuve por cerca de tres meses escondido en una cueva, mientras que pasó la guerra de los civilizados granadinos.

Otro golpe terrible se me esperaba: mi superiora llevaba una semana de enferma, a pesar de mis cuidados, los de Germán y la mujer que me asistió en mi enfermedad. Un día me llamó y me dijo: que ella conocía que su muerte se acercaba; que fuese Germán a traer dos testigos para que se hiciese un documento de cesión de la estancita en favor mío; añadió que ella no tenía quien la heredase, así como no había heredado a sus padres, aunque ricos, porque era echada al hospicio; me dio cinco pesos para su entierro, haciéndome dueña de todo lo demás. Murió a los tres días: la lloré y acompañé su cadáver al cementerio, en donde alquilé por tres pesos una bóveda para depositar allí sus restos.

Yo les confieso a ustedes la verdad: después de colocados los restos mortales de María del Rosario en un cementerio bendito, yo no quería que los anduviesen removiendo por ciertos tiempos, como hacen en Bogotá, para lo cual ponen edictos en las esquinas.

Ya era yo la propia abadesa del monasterio. No tenía madre, ni tenía padre, no tenía compañera, ni más doliente que mi Germán. Lavaba con el nombre y bajo la responsabilidad de ñuá Juliana la ropa de varias casas de Bogotá, entre ellas la de la casa de don Diego, la cual recibe y entrega una buena mujer de la aldea. Yo he continuado rezando las mismas oraciones y devociones de la antigua propietaria, como por una obligación sagrada. Doy de vez en cuando una pequeña limosna a una infeliz estarciera, que ya no puede lavar, a consecuencia de un chancro que le salió en el pecho. Hago todo el bien que puedo con mis obras y mis consejos. Los recuerdos de mis padres y de María del Rosario me embargan los sentidos durante varias horas del día. Por fortuna pronto pude borrar de mi memoria a Emilio y al artesano, porque no hubo tiempo de que las raíces del sentimiento se profundizasen en mi corazón. Vivo en paz con todo el mundo; amo a mis prójimos, amigos y adversarios, y ruego a Dios hasta por el oficial que me reclutó a mi hijo. Todos los días me encontrarán en este mismo oficio: las aguas de este arroyo y los surcos de mi huertecita, son los que constituyen mi subsistencia; estas breñas, que a ustedes les parecerán tal vez sombrías, me defienden contra mil molestias, salvo las de los salvajes que de tiempo en tiempo despojan las haciendas y hasta las chozas más miserables, lo cual miran con indiferencia los señores de las ciudades, tal vez porque los guerreros no se llevan los canapés, alfombras ni librerías. Hoy tengo a mi lado esta indiecita, de trece años, que me sirve y acompaña, la cual es huérfana, y está desheredada de la tierra, que le pertenecía como herencia de sus mayores. Le enseño la doctrina cristiana, porque es una sagrada obligación para con estas infelices criaturas, que llevan el nombre de criadas, si no queremos criar paganas a nuestro lado. ¡Pobre María!... ¿Me creen ustedes que ni aún siquiera se afecta cuando le hablo de la independencia de su nación, y del oro y galas con que se adornaban las señoritas Neuques, Quinches, Combas y Guantivas? ¡Qué coincidencias las de la miseria, mis señoras! ¡María del Rosario abandonada de sus padres, Julia despedida de la casa por su padre y María Neuque despojada de su tierra por los conquistadores españoles, por los legisladores liberales y por los magnates y agiotistas de su pueblo!...

Esta es mi historia, mis señoras; la cual nadie habría sabido, si ustedes no me hubieran visitado; dispénsenme lo cansado y disparatado de mi narración y las comparaciones y recuerdos que haya podido suscitar en ella, porque no es posible hablar en orden cuando el corazón está agobiado por los pesares.

-Mil gracias, doña Julia, le contestó Irene a la historiadora: usted nos ha referido sus memorias por complacernos, y le quedamos sumamente agradecidas.

-Dispensen todas las faltas, mis queridas señoras.

Levantada la sesión de la orilla del lavadero, las señoras fueron conducidas a la casita, y allí tomaron frutas de la misma huerta, y unos bizcochos que las señoras habían llevado. Quisieron coger unas flores, y quedaron sorprendidas al ver los palos secos y los surcos de papas completamente arrasados, donde un día antes se extasiaba el corazón contemplando tanta verdura; admirada Arcelia al observar este repentino cambio, no pudo menos que preguntar:

-¿Qué se hizo la sementera de papas?

-Se la comió el muque, contestó la estanciera.

-¿Algún animal de los páramos, más grande que las dantas y los venados?

-Unos gusanos de menos de una pulgadas de largo. -¿Y siendo tan pequeños, hacen tanto daño?...

-Sí, mi señora, tanto daño así. Suelen aparecer un poco antes de que la turma esté en flor, y en uno o dos días devoran sementeras de una o dos fanegadas en cuadro.

-¿Y conoce usted el origen de esa plaga infernal? preguntó la señorita Arcelia.

-Nadie sabe de dónde proviene, ni aún los propietarios, que aprenden a sembrar papas y trigo, por los métodos que aconsejan los periódicos y manuales, como lo hace don Diego.

-Es seguro que procederán de alguna mariposa, dijo Irene, pero los naturalistas debieran conocerla, para clasificarla, como están clasificadas las conchas antediluvianas.

-Nada, mi señora, por aquí ha pasado un señor que anda siempre en cacería de los saltones y mariposas, y yo le pregunté esta mañana, y no me dio noticias. ¡Pobre! según las trazas que tiene parece estar jubilado...

-Ese es Pablo, mi hermano, contestó Arcelia; y él se tiene la culpa de que los estancieros lo miren poco más o menos, y hasta tal vez los hacendados, por estudiar las ciencias naturales en un país en donde no se estima sino la política, las artes de socaliñas y la carrera de los empleos. ¡Y dicen que estamos muy civilizados!... -Perdone usted, mi señora, que yo no lo conocía. ¡ Pobre!... Yo le di las noticias que me pidió y unas flores de mi huerta.

-¡Cómo siento que esa plaga le hubiera devorado su sementera! exclamó Irene, llena de tristeza.

-¡Paciencia, mi señora! ya usted ve que otra plaga me dejó sin ovejas.

-Los salvajes, interrumpió Arcelia; pero algún día se hallará el remedio para ambos males con el estudio de la naturaleza y de la verdadera ciencia de la política, que consiste en asegurar las personas y las propiedades de los asociados.

-Quién sabe, mi señora, continuó la estanciera; pero yo la pérdida la siento por no haber podido ofrecer un plato de papas arrayanas al pobre de mi hijo, que le gustan tanto. Estos regalos, que yo arranco de las entrañas de la tierra con mis propias manos, para mi idolatrado hijo, creo que suplen a los jugos de la lactancia, porque el día que se come Germán una mazorca de mi huerta, me parece que lo estoy arrullando sobre mis rodillas, y que lo acaricio en mi seno. ¡Oh!... ¡los misterios de la maternidad jamás serán bien conocidos y venerados!

La señorita Arcelia guardó unos gusanos, de los que aún permanecían en los tallos de las matas de papas, dentro de un frasquito, para llevárselos a Pablo, y ambas señoritas se despidieron de Tulia con abrazos y mil protestas de fina amistad.

Cuando bajaban de la loma las viajeras, una tras otra, a causa de que la senda era sumamente angosta, le dijo Arcelia a su compañera:

-Es rara, pero nada tiene de imposible la historia de Tulia: sé una muy parecida. Lo que me parece exagerado es eso de las novelas.

-Yo te digo la verdad, Arcelia; les he cogido miedo desde que me pasó un acontecimiento con Santiago, y no leo los libros que mi madre, mis hermanos o el prelado eclesiástico me hayan prohibido.

-¿Cómo fue lo de Santiago? ¿me dices?

-Pasó de esta manera: cierto día me dijo Sixto que una novela que Santiago me había dado para leer era inmoral, y como yo no se lo creyese, me aconsejó se la prestase a las hermanas de Santiago, y esperase los resultados, porque al comenzar la lectura, él mismo me avisaría, y yo quedaría convencida. En efecto, les di el libro; no pasó mucho tiempo sin que Sixto me convenciese de la verdad de su dicho: Santiago se puso furioso; les prohibió el libro a sus hermanas, diciéndoles que era una de las novelas más corruptoras e inmorales que podían darse.

-¡Hola! ¿con que quiso corromperte a ti, si es que el libro tenía tales cualidades, y a él no le gustaba que sus hermanas se corrompiesen?

-Pues de eso me parece que hay algo por dondequiera.

-Algo, Irene; ¿y sabes que me está haciendo entrar en cuidados la tal historia?

El encuentro de las señoritas con Ruperto, que también se acercaba a la aldea, pues venía de hacer un paseo solitario, les interrumpió a las señoritas sus observaciones, y todos juntos se presentaron en la posada de Irene, cuando ya se trataba de comer. Nada hubo de particular en la crónica de la tarde sino los preparativos para un famoso paseo al sitio llamado "La Charca", que es una especie de cascada que forma un arroyo al atravesar el encumbrado cerro que domina a Chapinero.

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