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CAPITULO XV
LA CASCADA
Había llegado el día señalado para el gran paseo a la cascada, y
desde por la mañana se notaba grande agitación en cada una de las
familias bogotanas. De las tres parejas dos había que no parecían,
a tiempo que toda la gente se movía con el mayor entusiasmo: Irene,
la cual se quedaba extasiada por algunos momentos en la meditación
de su amor, comenzado y terminado en el cortísimo espacio de tres
días; y Adelaida, que no daba muestras de tener su corazón
traspasado, aunque era sospechosa a los ojos de la señora Tecla, la
cual se despabilaba por cogerle el güiro, como decía. La
más contenta de las tres parejas era Arcelia, la que marchaba de
brazo con Ricardo en donde la naturaleza del terreno lo permitía.
El movimiento general de toda la expedición se hizo del occidente
hacia el oriente, caminando por la falda arriba, todos a pie, menos
los chicos, que iban montados en los cuadriles de las amas y el
oficial de Teresa, que iba caballero en Tomate. Margarita, Justina,
Clelia, Virginia, Lucinda y la excelente Susana, todas ellas
estaban poseídas de un verdadero placer al imaginarse que iban a
conocer un sitio de los más pintorescos, y de que apenas tenían
noticia.
Ahora, por lo que hace a los hombres, tanto los modernos
granadinos como los antiguos colombianos, todos expresaban el mayor
contento, y con sus dichos salerosos, y sus obsequios a las damas,
ayudaban a festejar el paseo, a tiempo que era magnífico el día,
por el brillo del sol y por lo azul del firmamento, que llenaba de
esperanzas todos los corazones en la gran festividad de la Pascua.
También el capellán se mostraba contento, y con suma discreción les
dirigía sus flores a las muchachas. Doña Pacha y doña Tecla, que
seguramente para cumplir con el proverbio que dice: "Dios
las cría y ellas se juntan" marchaban unidas en pos de las
señoras, habían dado ya los primeros tijeretazos con motivo de la
desfachatez de Sixto, que presumía saberlo todo, a tiempo que no
cesaba de criticar los estudios de Pablo y la jubilación de
Ruperto; sobre la agilidad de movimientos y miradas de Irene, y
sobre la admirable decisión de Arcelia por el idioma francés. Entre
tanto, las filas de la expedición se veían serpentear por el camino
arriba, viendo los felices expedicionarios cómo la aldea quedaba ya
bajo sus pies, presentándose a su vista triste, silenciosa y
despoblada, como un pueblo de la sabana después de fiestas.
Con los peones que conducían las municiones de boca se habían
adelantado las criadas con los niños, y con éstos iban los dos
canteros, los cuales de pasada cogían los mejores racimos de uvas
para los muchachos, pensando agradar así a las conductoras, cuyos
brazos solían aliviar, haciéndose cargo de los tiernos viajeros,
que rebosaban de alegría, tan propia en su tierna edad. Enriquito,
montado con la comodidad del más opulento de nuestros viajeros,
sobre el extenso cuadril de Pascuala, y empuñando en su blanca y
tierna mano un ramito de flores, iba cantando algo que no se
comprendía sino por la expresión de su inocente alegría y pudiera
haber servido de personificación de la Pascua. A la gritería de las
criadas se sucedió un profundo silencio, motivado por una bellísima
canción, que a voz en cuello entonaban Arcelia y Ricardo, con
acompañamiento de guitarra; pero esta melodiosa canción, que tenía
como encantados a todos los viajeros, fue interrumpida por unos
espantosos gritos de alarma, cuyos ecos se alcanzaban a oír hasta
en los más retirados cerros; gritos que no se asemejaban ni a la
guazabara de los salvajes, ni a los víctores de los pueblos
civilizados, ni a la espantosa algazara de los bogas del Magdalena;
gritos, en fin, que conmueven los páramos, las llanuras y los
valles más hondos y desconocidos; que producen emociones eléctricas
a la joven modesta, a la anciana venerable, al monje, al literato,
al militar retirado, y son los gritos de la cacería, que electrizan
el corazón humano, tal vez por un instinto que viene sucediéndose
de generación en generación y de pueblo en pueblo, aunque hayan
llegado al apogeo de la civilización humana, atendiendo a que el
hombre primitivo ha sido cazador por necesidad, como el tigre y el
perro de los bosques: estos gritos se oyeron de repente entre la
confusión producida por los latidos de los perros, los silbidos de
los chinos y las risotadas de las mujeres del pueblo.
-¡Cógelo, Tomate!... ¡Cógelo, Cupido!... gritaban todos.
Entraremos en la relación de un fragmento de la historia de Tomate,
para la explicación completa de un hecho extraordinario, que tuvo
lugar al través del alegre paseo de la cascada.
Antes de venir al poder de Teresa dicho animal, era de un indio,
cazador de conejos, del pueblo de Suba, que está situado al
noroeste de Chapinero, habiendo cambiado de profesión o destino de
la noche a la mañana, como le acontece a un esclavo de la república
modelo, por la voluntad de dos contratantes, aunque al parecer este
cambio no le fue sino muy ventajoso, porque no es lo mismo pasarse
sin comer los días casi enteros, de parada en la senda de un
pajonal, o corriendo por entre los zarzarles, para obtener la parte
más despreciable, como son los intestinos de un animal, que servir
de caballo a un mico, y disfrutar de mancomun et insolidum con el
jinete, de los buenos bocados de longaniza, bizcochos o queso. Es
decir, que había pasado Tomate de un estado muy desdichado a la
vida más cómoda y regalada que pueda imaginarse, con muy pocas
obligaciones que llenar por su parte.
Con esta pequeña digresión comprenderán nuestros lectores de una
manera bastante clara, el suceso de que hablaremos en seguida.
Tomate no había olvidado su primera profesión, y al dar con el
rastro de un hermoso conejo, que había atravesado por el camino, se
llenó de gusto, y sin tener grande respeto por el señor oficial que
llevaba sobre sus espaldas, se apartó unos pasos, rectificó sus
indicios, y de una mata de ayuelo hizo saltar la liebre, al exhalar
un latido, y salió corriendo con suma velocidad. La loma estaba
limpia lo bastante para que pudiesen ser observadas las diferentes
evoluciones. Tomate latía como desesperado, y a sus estrepitosos
latidos se siguieron los del gozque de Jacinto, que se había
agregado desde Chapinero. Las alfareras y varios chinos que
igualmente se habían unido a los del paseo, sin esperar la fórmula
de un convite, gritaban con toda su alma, y corrían, animando a los
dos perros. Las señoras se llenaron de una extraña animación, y
gritaban, sin atender a nadie, perdiendo la formación y hasta la
dignidad acostumbrada.
Las criadas también se dieron a correr, sin que los niños les
hicieran el menor peso. La partida de cacería más animada se puso
en ejecución, sin haberla preparado nadie, gozando todos de una
alegría inexplicable, menos el oficial, que no siendo carnívoro
desde su origen, como los hombres y los perros, iba haciendo, mal
de su grado, el papel de un sabanero, cazador de a caballo,
brincando por entre las piedras y las matas, mientras que las
alfareras se morían de risa al contemplar los trabajos en que lo
veían comprometido, entretanto que los gritos resonaban por todas
las peñas y hondonadas, y que los latidos de los perros se
confundían con los de los improvisados cazadores. El conejo se veía
saltar, huyendo desatinado y dando algunas revueltas, y metiéndose
en algunos matones, de los cuales era desalojado en el acto.
Teresa era la que menos gozaba con los placeres de la cacería,
porque veía los peligros a que estaba expuesto el cazador, y casi
llorando llamaba a su perro para que desistiese; pero juzgue el
lector cómo iría Tomate de resuelto, siendo cazador de profesión,
cuando hasta las delicadas señoritas se iban volviendo locas de
gritar y de correr en una revuelta que le hicieron dar al conejo
unos muchachos que iban adelante, haciéndolo pasar por en medio de
todas ellas, evolución que le costó a Adelaida, la más circunspecta
de todas, perder su magnífica sombrilla, por arrojársela, y a don
Toribio su bastón, que se volvió astillas contra una piedra.
Hubo un momento en que todos se callaron y suspendieron su
carrera, porque la liebre se ocultó entre unas matas de hayuelo;
pero rodeado el sitio, y hurgados con varas de tuno los pequeños
escondrijos, volvió a salir corriendo, y entonces lo atropelló
Tomate, cogiéndolo entre sus agudos dientes. Germán les quitó la
presa a los perros, y se la mostró a las señoras, las que gozaron
del triunfo completo, viéndola en sus manos, aunque no dejaron de
compadecer a la víctima. Teresa llenó de caricias al mico jinete,
sacándole algunas basuras que traía metidas en los ojos, estando
acongojada por los tristes chillidos que exhalaba, pues todavía no
le acababa de salir el susto del cuerpo, por haber andado en un
oficio tan contrario a su genio y a sus inclinaciones naturales, y
sin fruto ninguno, porque a él no le gustaban los conejos tanto
como el queso, las tortas y los bizcochos.
Después de tranquilizada la gente, se volvieron a restablecer
los grupos, y la división siguió a su destino, acercándose cada vez
más a las tenebrosas peñas del oriente.
Cuando apareció la cascada, ejecutó la música de viento una
marcha grave y pausada, en cuyos sonidos había alguna cosa de
extraño, producida por los ecos de las profundas cañadas, por el
sordo ruido del arroyo, o por la repulsión de las peñas; las
trompas y el trombón, especialmente, lanzaban cierta clase de
vibraciones que arrancaban emociones desconocidas para el corazón,
fuera de que lo sombrío de las elevadas peñas tenía sobrecogidos
todos los ánimos. Ello es que la música había erizado los cabellos
en más de un espectador, arrancado lágrimas en otros y
estremecimientos nerviosos en los más; un profundo silencio reinaba
ante aquel soberbio monumento, que sirve de valla entre el desierto
de los páramos y las alegres poblaciones de la sabana, quedándose
como petrificados, hasta tanto que fue pasando la primera
sorpresa.
Los dos fragmentos de roca arenisca, perpendiculares en algunas
partes, por medio de los cuales se hicieron su camino las aguas del
arroyo que viene de los páramos, conducen a la meditación de los
siglos que habrán transcurrido para verificarse la obra, de los
cataclismos que habrán sacudido esta parte del globo, y del tiempo
que habrá de durar, todo envuelto en el misterio para los hombres,
aún para los que más presumen de sabios. La música había cesado
para dar campo a un delicioso canto ejecutado por Susana y
Margarita, en compañía de Sixto y Pablo, y ahora la sensación era
doble, unidas las frases de la poesía a las armonías de los
sonidos, especialmente cuando se oían las palabras dolor, amistad,
juramentos, amor, dicha y esperanza; los ojos se desprendían del
panorama general, y se buscaban con alguna especialidad, como para
convenir en la exactitud de la idea proferida con la elocuencia de
los sonidos musicales, elocuencia que conmueve, arrastra y persuade
los corazones más fríos, de lo que hay muchos ejemplos en la
historia, no hablando de Nerón, que tuvo el salvaje deleite de oír,
mezclados con el sonido del arpa, los desgarradores gritos de sus
vasallos, que parecían en medio de las llamas que él mismo había
encendido para reducir a cenizas la capital del imperio más
poderoso de su tiempo. Pero volvamos a la cascada.
No se busca en lo hondo por los bramidos aparentemente salidos
de las entrañas de la tierra, como el salto de Tequendama; se ve de
frente, a lo largo de una inmensa cañada, revestida de una rica
vegetación, y mostrando en otras partes los trechos de roca viva:
allí hiere la vista la corriente del agua, deslizándose sobre un
plano oblicuo, tan rápido, que poco le falta para ser
perpendicular; este trayecto se halla dividido en secciones
distintas, brillantes todas, y animadas por la rápida acción de las
aguas, como un camino cristalizado. Al fin viene a practicarse una
mudanza rápida, arrojándose las aguas por una pendiente de diez y
seis varas de profundidad, por en medio de unos grandes peñones, de
superficie plana, delineados como los sillares que constituyen una
gruesa muralla. Es admirable en realidad esta semejanza de la
fracción de un templo derruido, con su columna brillante en la
mitad, con los adornos accesorios de los largos helechos que
cuelgan de las hendeduras de las piedras, con las flores de las
plantas bejucosas, con los verdes musgos de las paredes, y con la
vista de algunas mariposas y tominejas, que suelen visitar la
mansión solitaria, con designios más vitales que los hombres, que
buscan las emociones propias de la soledad, como el ruido de las
aguas, la vista de las peñas fracturadas, para oponer un contraste
al tumulto de las sociedades humanas, porque así es el hombre, que
busca con la variedad el elemento de, la felicidad, y hasta se
desvive en ocasiones por perder un bien seguro por un placer
arriesgado. Pero también es justo que el lector vea lo que pasa por
el ánimo de algunos de los personajes que tenemos al frente de la
cascada.
Adelaida se había quedado inmóvil, recostada contra un fragmento
de piedra, con riesgo de haber pasado por un adorno del sagrado
recinto, para el viajero que hubiese visitado la cascada en busca
de novedades que referir en su país, después de un dilatado viaje.
En su ilusión se habría creído transportado a las ruinas de algún
templo de Grecia, quedando absorto al contemplar la hermosura de
una Minerva, porque Adelaida, de cutis sumamente blanco, cara
ovalada, de ceja delgada y espaciosa, de nariz algún tanto
prolongada y facciones muy pronunciadas, era el verdadero tipo de
la raza latina, ascendiendo hasta la raza griega. Irene, a pesar de
su viveza tan ponderada de todos, con excepción de doña Pacha,
había permanecido sentada por algunos minutos junto de don Elías,
intervalo en que habían rodado dos torrentes de lágrimas por en
medio del pobladísimo bosque de pestañas que adornaban sus
párpados, como esos matorrales que se veían en la margen de la
quebrada, dulces, amenos y cargados de frescura; siendo de advertir
que Irene lloraba sin gesticulaciones, seduciendo y causando
lástima, al recordar que su ingrato Santiago no se hallaba entre
las filas de los jóvenes del paseo.
Arcelia se había quedado con el brazo izquierdo apoyado en el
hombro de Ricardo, penetrada de la grandeza de la escena que por
unos instantes había desviado sus ojos, mas no su corazón, que al
ruido natural de la cascada y al sonido armonioso de la música,
parecía que se agitaba con dobles emociones de amor.
Susana estaba junto de Pablo, oyéndole sus explicaciones sobre
la naturaleza de la roca secundaria, y los estratos paralelos de
aquellos cerros, deprimidos un poco hacia el oriente. Todos los
demás, que se habían dejado poseer del silencio en los primeros
instantes; ya comenzaban a comunicarse con sus compañeros, y a
retirarse buscando los objetos secundarios que les llamaban más la
atención; una flor, un fragmento de musgo, una grieta que observar,
una sombra, un arrayán coloreando de frutas, o cualquier cosa que
moviese la curiosidad.
Carlotica había promovido la cacería de una mariposa amarilla, a
la cual se habían afiliado Concepción, Pascuala y las otras
criadas, persiguiéndola por entre los grupos de chusque y los tunos
pequeños. Las vueltas y revueltas, saltos y carreras, con los
gritos correspondientes a toda cacería, habían atraído a Susana, la
cual tuvo casi cogida la presa tirándole el sombrero por el aire,
pero la mariposa con su vuelo en ángulos repetidos, había escapado,
retirándose a descansar sobre un ramo de salvio. De allí la espantó
Salomé, y pasando por encima de Pablo, que ya había extendido la
red, fue aprisionada y destinada para la colección, después de
pasar por la vista de Enriquito, Epaminonditas y Milciaditos, que
la disputaban, con lágrimas conmovedoras y que no la cedieron sino
por un rescate de caracoles, que habían recogido entre Concepción y
su señorita Susana para regalárselos al señor don Pablo.
Sixto, el jurisconsulto, que le hacía la crítica a Pablo,
siempre que podía, le estaba diciendo a Ruperto:
-¿No ves la vagamundería de Pablo? ¿Qué ganancia tan triste con
esta miserable cacería, prescindiendo de un coqueteo disimulado de
Concepción, que por cierto es tan bonita como Irene, aunque más
reposada, según me parece? ¿Qué se suple con que la gente lo tenga
por estudioso, si a pesar de la tiranía de dar la muerte a estos
pobres animalitos, no ha de ganar pesetas, que es la verdadera
ciencia de la vida?
-Me placen tus discursos de proteccionismo acerca de una criada
y de una mariposa. Convengo en que esta última es digna de lástima,
y la primera digna de elogio por su comportamiento y hermosura;
pero no por eso tiene Irene más tacha que la de ser demasiado
viva.
-Yo lo que ataco es la pena de muerte.
-Sin embargo, no me parece que seas tan cuidadoso de la vida de
los hombres como lo eres de la vida de las mariposas.
-¿Por qué me lo dices?
-Lo digo porque estudias actualmente legislación, y pronto irás
a los Congresos a decretar constituciones y leyes para que los
hombres se degüellen por centenares, por el prurito de, legislar
sobre teorías que en nuestro país son inaplicables; por no estudiar
las costumbres del pueblo, que es la base de toda legislación bien
ordenada. Hablar de abolición de la pena de muerte, y cooperar a
que los pueblos se devasten con las revoluciones, es la hipocresía
más detestable; y tú serás un hipócrita si después de echarle en
cara a Pablo la muerte de una mariposa, vas mañana, u otro día, a
decretar leyes disociadoras, atendiendo a que es menester educar
los pueblos en la posesión de la industria, en el sentimiento de la
sanción moral, y en los hábitos del trabajo y no en los asesinatos
civiles.
Pero dejemos disparatar a nuestros políticos y volvamos al campo
del amor, que es el objeto primordial de los aguinaldos de
Chapinero. Arcelia y Ricardo se habían retirado a sentarse debajo
de una palma, y después de un largo rato de tiernas conversaciones,
en que se deleitaban al abrigo de la soledad, fueron recayendo en
el inesperado fin que en seguida copiamos:
-¿Y bien, de la cascada qué me dices? le preguntaba la señorita
al soberano de su corazón.
-Una vulgaridad de la naturaleza, y si algo tiene de bello, es
empeñado por la monotonía, que es el tormento de las ilusiones,
como nuestro amor, por ejemplo.
-No comprendo, Ricardo: háblame más bien en francés.
-¿No es verdad que los dos nos amamos hoy como nos amábamos
ahora un año?
-Es verdad, mi querido Ricardo; porque no habrás notado la menor
variedad de mi parte.
-Pero eso no es lo bastante, Arcelia.
-¿Qué, pues?
-Nuevas ilusiones todos los días, porque el amor que no es
progresivo no es amor. Y no sé por qué fatalidad el statu quo de la
política ha venido también a detener los progresos de nuestro amor.
¡Pues bien! creo incompatible el statu quo con la naturaleza del
amor.
-Ahora te comprendo, Ricardo; me hablas del matrimonio...
-¿Del matrimonio?... Ni lo pienses; porque esta institución no
es sino la rémora del amor, que debe ser libre, como fue inspirado
por Dios a los primeros hombres.
Arcelia se quedó muda, y apoyando su cabeza contra la palma, se
detuvo por varios instantes, sin levantar los ojos de la
tierra.
Débora implorando la inspiración de Jehová sobre uno de los
puntos más arduos que se le presentaban, legislando para su pueblo,
bajo los palmares de Canan, no se presentaría en forma más
interesante que nuestra bella bogotana en el momento supremo de
pronunciar la sentencia decisiva de su suerte.
-¡Usted no me ama, Ricardo! le dijo con cierto tono de majestad
dolorosa, y por consiguiente nunca jamás volverán a pronunciar mis
labios el nombre de usted.
-Sería un voto temerario; una lucha del corazón con los labios;
por otra parte, sería un suplicio continuado.
-Y siendo usted el tirano, me sostendré hasta la muerte.
-¡ Pero, Arcelia!...
-¡Ni una palabra más entre los dos! Lo juro por este sagrado
monumento de la naturaleza que se levanta en el desierto, en el
cual queda extinguida para siempre mi última palabra de amor. Esto
lo dijo Arcelia caminando con pasos precipitados a juntarse con su
familia.
A este tiempo doña Pacha y doña Tecla habían tomado una
situación muy aparente, desde la cual se ocupaban en la inspección
de la vida ajena, después que fue calmando en ellas la justa
admiración por la magnífica obra de la naturaleza que a su frente
se había presentado. La primera de estas señoras nunca se
descuidaba en su propósito de hablar mal de todos los que se
querían, y la segunda, que estaba dotada de una calma inalterable,
los defendía, pero mezclando siempre en sus alegatos la sátira y el
sarcasmo.
A la vista de las dos señoras se hallaban en aquel momento la
encantadora Susana, conversando con Sixto; Lucinda, que se había
quedado contemplando una hermosa flor, que había recibido de Cenón,
y ahora la estaba colocando en su cabeza, y entre la división de
las criadas y los niños, alcanzaba a distinguir la señora Pacha,
por en medio de algunas ramas flotantes de chusque, los cariños que
al niño Enriquito le hacia Jacinto.
Tampoco habían separado sus ojos de la misma escena don Diego y
don Pablo; pero con la diferencia que ellos no los fijaban sino en
las decoraciones de la naturaleza. Una Débora legislando para un
solo corazón, era un drama que seguramente interesaba; sin embargo,
las hojas de la palma que ondeaban suavemente sobre su cabeza,
mecidas por la brisa en aquel instante, no eran en ninguna manera
despreciables en aquel teatro, y mucho menos con la presencia de un
naturalista tan aplicado como lo era Pablo, el cual le dijo a su
compañero:
-¡Vea usted qué palma tan linda!
-¡De veras! ¿y qué palma es esa?
-La palma de Bogotá; la palma de las tierras frías.
-¿No son de tierra caliente todas las palmas?
-¡Señor don Diego!... exclamó todo admirado el profesor; usted,
con sesenta aguinaldos a las costillas, horticultor y propietario
de una bellísima quinta, ¿ignora que hay palmas en nuestra tierra
fría?
-Pues no tenía la menor idea, hablando con toda franqueza.
-Esto me admira, tanto más, cuanto que a usted lo he oído
lamentar frecuentemente la barbarie de los misioneros y de los
conquistadores, que dejaron perder las tradiciones de los
indios.
-Y con mucha razón, señor don Pablo.
-¿Y qué hubiera hecho usted con esas noticias, cuando no sabe
siquiera que hay palmas en los contornos de Bogotá, entre los
mismos bosques que deslindan la sabana por todos lados?
-Tiene usted muchísima razón... ¿Y qué palma es esa?
-La ceroxylon andicola de los botánicos, la cual en su
mayor altura tiene un mástil de sesenta varas de largo, según el
barón de Humboldt, y una copa elegante y majestuosa de más de
treinta varas de circunferencia, con hojas de un verde blanquecino,
por entre las cuales se descuelgan los grandes racimos de su fruto.
La madera superficial de esta palma, hasta la profundidad de dos
pulgadas, es enteramente sólida, y se emplea para bastones o mangos
de paraguas, y por fuera cría una sustancia que mezclada con sebo
sirve para alumbrar como las bujías de cera blanca.
-¿Y dónde se ven esas palmas?
-Todos los años está usted viendo sus hojas en las procesiones
del domingo de ramos.
-¿Esas?...
-Las mismas: y sus tiernos cogollos los está usted viendo todos
los días en los sombreros de los caqueceños y tenzanos.
-¿Y en dónde se producen?
-En los bosques de Subachoque, de Cincha y Tequendama, en los de
Pasca y otros varios.
-¿Esas de sesenta varas?
-Las de sesenta varas las vi yo en la montaña del Quindío. Iba
una vez por aquel camino con otros viajeros, y al pasar raspándome
con los troncos, alcé la vista en busca de las copas, y me quedé
aturdido como por un golpe eléctrico. Por allá entre las nubes fue
a dar mi vista con el prodigio: algunas de las hojas estaban unidas
con las vecinas, porque era un grupo el que había, y esa
notabilidad vegetal sobrepuesta a las cimas de todos los árboles
antiguos, me hizo adorar en la divinidad la omnipotencia creadora
de la planta soberana de todo el reino vegetal. Limpiaba mis ojos,
fatigados de seguir un campo de plantas a que no se hallaban
acostumbrados; seguía mirando, extático por demás, como el
estanciero que por primera vez tiende su vista por las columnas de
la catedral de Bogotá, hasta fijarse en los arcos solemnes que se
entretejen, cubriendo con su sombra majestuosa el sitio venerable
consagrado al culto y a la oración; y tan extasiado me había
quedado, que allí sin duda me hubiera cogido la noche, si uno de
mis compañeros no me hubiera gritado:
-¿Se queda, compañero?
-Me quedaría, le contesté, por disfrutar por más tiempo de la
vista de este paraje, que es un verdadero encanto.
-¿Y el tigre?...
-¿Y mi escopeta?...
Al fin me persuadió mi camarada, más por las buenas razones que
por los temores del tigre; me apresuré, pues, por alcanzar a todos
mis compañeros, que iban ya muy adelante. Aquella escena selvática
en toda su extensión, es la más importante de cuantas he visto en
mis excursiones a los Andes. La figura de las palmas y su
elevación; lo enmarañado del bosque y la distancia a que queda de
las poblaciones humanas; el silencio, el nombre mismo del Quindío,
todo me pintaba, y aun me pinta todavía en la imaginación, un sitio
venerable, majestuoso y gigantesco como ninguno; porque yo no creo
que los Apalaches, los Alpes, el Carmelo, ni los Apeninos pudieran
presentar en una exhibición de todas las producciones vegetales del
mundo una muestra descriptiva de una planta mayor, quedando así
vencedora la América del Sur sobre todos los países conocidos de
los viajeros, conquistadores o misioneros.
-En verdad, señor, exclamó don Diego, que para la omnipotencia
de la mano creadora es decorosa la relación de usted, y para la
Nueva Granada, que posee la planta más grande del mundo; ¿pero qué
tiene que ver todo eso con los horticultores, como usted me
decía?
-Que las huertas y los paseos públicos, dejando los sauces para
el adorno de los sepulcros y cementerios, estarían engalanados de
palmas de distintas magnitudes, pues las hay desde el tamaño más
pequeño, propias como para ponerlas en taza, hasta la altura de
sesenta varas y un poco más; que las haciendas presentarían sus
balcones, tejados y corralejas, con una vista magnífica por entre
las copas de las palmeras, batiéndose majestuosamente con los aires
de julio y agosto; que Bogotá, ciudad andina, desde mucha distancia
les mostraría sus torres a los viajeros, alternando con los
cogollos de las palmas, como en las antiguas ciudades del Asia y
algunos pueblos de tierra caliente en esta República; y todo esto
sin trabajo, porque si estas palmas se trasladasen desde chicas,
seguirían creciendo, como en los montes de donde fueron
traídas.
-¡De veras! dijo don Diego, que nosotros somos muy majaderos...
Pero déjese usted estar, que me voy mañana mismo con Neuque y mi
criado Cirilo a arrancar palmas chiquitas para sembrarlas en la
quinta, para lo cual voy a dejar una orden terminante para que
corten todos los sauces, tanto los llorones como los que no lo son,
y los reduzcan a leña para el horno, que mi quinta no es la mansión
de los muertos sino el albergue de la dicha de los que estamos
vivos por la misericordia de Dios.
-Espérese un poco, señor don Diego, que estas palmas le pueden
venir a usted con más facilidad de la que puede imaginarse.
Encárgueselas usted a los que traen el ramo para la Semana Santa,
que a peso por cada una le traerán a usted tantas, que con el
tiempo pondrán oscura la quinta, con la sombra espesa de todas sus
hojas reunidas por encima, como la mancha que me detuvo en el
camino del Quindío en el año de cuarenta y nueve.
-¡Oh! ¡me parece que las veo!... y tanto le agradezco al señor
don Pablo la receta, que muy bien quisiera llenar con ella los
huecos de los almanaques.
-Yo tengo un proyecto relativo a palmas, dijo don Pablo, para
presentarlo cuando me hagan regidor del Cabildo, y es que se pase
la plaza de mercado a otro local, y se encierra un área en la plaza
de Bolívar, con enrejado de fierro alrededor de la estatua, y se
siembren dentro ciento o doscientas palmas de cera, y luego muchas
de las plantas andinas que gozan de mayor aprecio, como la quina.
¿No le parece a usted bueno, mi amigo don Diego?
-¡Magnífico, señor!... ¡el héroe de los Andes; las palmas de los
Andes!... ¡Oh! ¡Lo más gigantesco y lo más asombroso de todo el
mundo; todo reunido en la hermosa plaza de Bogotá!... ¡Una estatua
monumental adornada con palmas también monumentales!... Pero esto
debe hacerse en el momento: mañana mismo, porque a mí no me gusta
dejar las cosas al tiempo.
-No se afane usted, don Diego, que se necesita que me hagan
cabildante en primer lugar, y en segundo, que recomiende yo mi
proyecto, y que disipe todas las objeciones que se le hayan de
oponer. Y en todo esto hay que esperar la lucha de las
preocupaciones, las antipatías de los individuos y el espíritu de
partido que reina, como usted lo sabe, en todas las asambleas.
Estoy seguro que don Melquíades rebate mi proyecto con todas sus
fuerzas, porque somos de distinto color político, y además de eso
rivales de visita en casa de Felisa; y no se admire usted, porque
así es todo lo de las asambleas y los cuerpos colegiados.
-¡Tal vez!... pero sería mucha lástima. Y entonces sería mejor
dejarlo en ese estado, siempre que don Melquíades esté enamorado de
mi señorita Felisa.
-Pero diciéndoles a algunas notabilidades que se empeñen con él,
pueda ser que se logre el acuerdo.
-Eso sí; con buenos empeños...
-¡No ve usted qué palma tan linda!
-Sí, señor; y presumo toda la dicha de que actualmente disfrutan
los felices amantes que se hayan asilados bajo su sombra. Sin
embargo, me parece que no disfrutan en muy amable tranquilidad de
las ventajas del paraje; creo que están disputando, y no hace mucho
que se limpiaba los ojos con una señorita, lo que es indicio de
llanto, si es que yo no me equivoco.
-Yo no sé qué haga con esta Arcelia, señor don Diego. Hace días
que le hablé como buen amigo sobre esto de sus amoríos con Ricardo;
pero es que la tiene magnetizada; le ha trastornado la imaginación
con las novelas y el corazón con sus halagos. ¡Pobre de mi
hermana!
-¿Y cuál será el pensamiento de ella?
-Ella no piensa... Su voluntad sola se absorbe las otras dos
partes integrantes de las potencias reconocidas del alma: el
corazón no piensa, señor don Diego.
-Pensando estoy yo también cómo saldremos con las muchachas de
casa. ¿No ha oído usted decir algo?...
-¿Por qué, señor don Diego?
-Porque ya comienzan las serenatas en la cuadra y hasta en la
quinta; y fuera de todo eso he comenzado a notar ciertos visos
oscuros y confusos que me están haciendo pensar... Y como el padre
es el último que sabe lo que pasa en la familia!... Yo tengo no sé
qué sospecha de mi hija Adelaida: si usted sabe algo, dígamelo con
toda franqueza.
-Francamente le digo a usted que no sé nada. La señorita
Adelaida tiene un manejo con el cual se adquiere la adoración de
sus adictos, mas no la profanación de los hipócritas.
-Mil gracias, don Pablo, ¿pero de qué le provendrá la tristeza
que la consume en estos aguinaldos?
-Yo no me ocupo sino en averiguarles la vida a las mariposas y a
las cucarachas; pero creo que no haya nada, salvo que ella nos
oculte sus amoríos con el velo de la circunspección, al contrario
de Arcelia, que a todos les da a conocer sus amores, como si se lo
estuviesen preguntando.
-¡Pobres muchachas! siquiera cuentan con el velo del noviazgo,
que todo lo cubre.
-Pues ya ni aun eso, porque por una carta que me mostró la
señorita Irene, escrita por mi señora Dolores a Arcelia, se sabe
que Ricardo ha hablado en público muy mal del santo matrimonio, y
esta boba de mi hermanita yo no sé en lo que estará pensando
todavía.
-¿Y cómo vino a dar la carta en manos de Irene?
-El mico de Teresa, que por ir a mirarse en el tocador de
Arcelia, dio con ella y se la sacó, yéndose en seguida para el
tejar, y las alfareras se la quitaron, entregándosela en seguida a
Concepción, y ésta se la dio a su señora.
-Yo no sabía nada de eso.
-Ha sido una cosa muy ruidosa en la crónica de los aguinaldos,
señor don Diego.
-Así nos sucede a ratos a los padres de familia, que somos los
últimos que sabemos las novedades relativas a la familia. Única
cosa buena que habrá hecho ese mico del diablo; porque mire usted
que la Teresa sí que nos tiene atosigados con ese animal; y para
eso que todas las demandas que se ponen por los excesos de este
mico, las vuelve tablas Teresa, porque ésta es un verdadero gamonal
con enaguas. El otro día se apareció el mico en el patio de la
quinta, muy sí señor, caballero en Tomate, y Fígaro, que no se
aviene con esa clase de visitas a lo llanero, le metió un empellón
de lo más fuerte, y si no las empluma el ciudadano a todo escape,
quién sabe los resultados; y en venganza de ese pequeño ultraje fue
por lo que se suscitó el día 17 esa asonada de perros, lavanderas,
canteros y chinos, que si no ha sido por las alfareras que salieron
de mediadoras, no hubieran quedado ni los polvos de Fígaro y
Neuque, que son unas almas de Dios que no se meten con nadie; y en
medio de la pelea se dejó decir la Teresa, que ella no tenía
ninguna clase de consideraciones con los ricos propietarios
(escuche usted bien), ni con los perros gordos de las quintas,
porque ella era libre, y muy libre (así lo dijo). Con que ya usted
puede ver si yo estaré ardido con ese mico; y por otra parte, que
lo han mandado a la quinta a llevar una carta de desafío para mi
hijo Teodoro. ¿Qué le parece a usted?...
-¡Y yo que quiero tanto esa raza de micos!... No hay sino cuatro
variedades en nuestros bosques: los que llaman chaos, los colorados
bramadores, los pardos, llamados zambos, y los micos, que son con
los que más simpatizo, por su propiedad de imitar al hombre: yo
tuve uno que molía la azúcar con una piedrecita, porque así lo
había visto hacer a la cocinera; pero tuvo la desgracia de
suicidarse con una composición que tenía ácido sulfúrico. ¡Oh
cuánto lo sentí y cuánto lo siento todavía!
-Ojalá que el de Teresa se hubiera degollado él mismo con las
navajas de don Toribio, el día que ensayó afeitarse con ellas, para
no tener que fusilarlo yo con mis manos el día que se me vuelva a
presentar en la quinta, a pie o a caballo; porque ya no es sino un
verdadero tirano de la aldea, empuñando el cetro dorado de la
libertad, de que Teresa nos habla sin cesar, en medio de sus
sátiras contra los ricos; y que no hay una cosa que a mí más me
choque que son las sátiras.
-Tiene usted razón.
-Pero lo que sí está malo es que la señorita Arcelia no se case,
después de ser tan públicos sus amoríos.
-Será casamiento a pistola, porque si no se casa lo desafío en
pasando las pascuas.
-¿El duelo?... Eso está prohibido, don Pablo.
-Es en los pocos casos que yo lo admito, porque, ¿qué se hace?
Las leyes no alcanzan a obligar en estas materias del honor de las
familias, ni la sanción moral de nuestra tierra, y no queda más
arbitrio. Ayer le hablé muy claro a mi hermana, y ofrecí quemarle
cuantas novelas tenga en Bogotá, que son las que le han acabado de
trastornar la cabeza, así como hizo cierto cura con las novelas de
cierto caballero, de que usted tendrá noticias.
-Adelaida también se ha leído muchas novelas desde que salió del
colegio; pero ella no lee sino las que yo no le prohíbo. ¡Pobre de
mi hija!...
-Eso muda de especie, porque ningún padre ha de permitir que sus
hijas pierdan la quietud del corazón con novelas perversas e
inmorales, y si lo permiten, que se culpen a sí mismos por los
resultados.
-Y volviendo a nuestro primer asunto de las palmas, ¿de dónde
cree usted que vendría esa semilla de que nació la hermosa palma,
debajo de la cual se han sombreado tan largo rato la señorita
Arcelia y el caballero Ricardo?
-Estará la mancha o tribu al otro lado de los cerros, en una
chapa de monte que allí existe, y esa semilla la traería alguna de
las crecientes de la quebrada: por ahí estarán las otras. Aquí
vienen a Bogotá cogollos de estas palmas cubriendo las bocas de los
costales en que traen el carbón, lo cual acaba de confirmar la
existencia de las palmas alrededor de la sabana. Es muy lamentable
la guerra que se les hace, quitándoles el cogollo a las pequeñas y
destruyendo las grandes para fabricar los sombreros de piña, o para
llevarlas el domingo de ramos a las iglesias; siendo muy laudable
el indulto que una de estas palmas alcanzó a merecer de la
severidad del hacha destructora en las cercanías de Fusagasugá, la
cual tendrá como cuarenta varas de altura, y su vista es de atraer
toda la admiración del pasajero. Está sola, porque el bosque ya lo
han convertido en un bellísimo prado, y aun se ha visto debajo una
hermosa sementera de trigo. Sus hojas tienen como diez varas de
largo, por lo menos, y en la extremidad de una de ellas ha durado
por muchos años un nido de guapa, que es mecido por el impulso de
los vientos, con orgullo de la madre, que desde otra de las hojas
ve su familia segura de los ataques de los ulamaes, zorros y monos;
soberanía verdadera, como la que simboliza el pabellón de un pueblo
que tiene población y riqueza, flotando al aire en algunos de
nuestros puertos. Ojalá que esta palma de Chapinero fuese cuidado
por el dueño de estas tierras.
A este tiempo se iban ya retirando todos de la cascada,
confundiéndose los diálogos con los sonidos agradables de la música
y el torrente. Arcelia iba llorosa y a alguna distancia de Ricardo;
Irene, aunque había llorado, se reía a carcajada suelta, de una
anécdota referida por don Fermín; Adelaida imperaba por su andar y
talle majestuoso, y en su semblante no se adivinaba pasión alguna.
Todas las otras reían, triscaban y jugueteaban, según lo requería
la felicidad de que todas gozaban.
La retaguardia la llevaba ahora Teresa con el oficial, y toda la
chusma de las criadas y niños.
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