CAPITULO XVI

LAGRIMAS

Estaban reunidas todas las familias sobre un pequeño prado, tapizado por cierta especie de grama sumamente menuda y rodeado de algunos arbustos de tuno, mortiño y raque, árbol que se cubre de flores rosadas hasta perder el verdor de sus hojas, y tal parecía que los alféreces del festín lo hubieran engalanado a propósito para que a su sombra descansasen los convidados, al propio tiempo que por debajo de las taguas y salvios se levantaba una gruesa columna de humo de las hogueras en que se asaban los pavos y las presas de ternera, despidiendo un aroma mucho más agradable que el de las flores, confesado esto por la mayor parte de los concurrentes. En el fondo de este teatro se levantaban las elevadas peñas, siendo la cubierta, el verdadero cielo, y el alumbrado la brillante luz que ilumina el teatro universal de la naturaleza. La música dejaba oír sus melodías, y los ojos más enamorados se buscaban.

-¡A bailar! gritó Ricardo, escogiendo el terreno más a propósito para el objeto, y llevando a Adelaida cogida de la mano.

-¡Contradanza! respondió Teodoro, invitando a Margarita para esa pieza.

-¡A bailar! ¡a bailar! gritaron todos los aficionados, y pronto estuvo ocupado el teatro por una cadena de parejas lindas, robustas y joviales, como las pastoras de la Arcadia; alegres, por la libertad de que disfrutaban en el campo; amables, por su educación y finura; y conservando aún sus blancos y rosados colores, a pesar de los rigores del sol, en una campaña de más de doce días, por los prados y las lomas.

-¡Viva la libertad de los campos!... ¡vivan las bellezas bogotanas!... ¡viva el amor!... ¡viva la alegría de las pascuas!... gritaban a porfía los jóvenes que representaban el drama, a tiempo que los aplaudían con venerable sonrisa los colombianos que no habían logrado pareja, y el capellán que tocaba el tambor en medio de toda la banda.

Pero se notaba que Adelaida, la primera de las tres parejas, bailaba muy seria; no por aspereza de carácter, sino por asomos de involuntaria melancolía, como sus bellos ojos lo expresaban. Y don Elías observó que no habían concurrido ni Irene ni Arcelia a ejecutar sus papeles en el drama del amor, sino que, por el contrario, estaban llorando a la sombra de un salvio, sirviéndoles de asiento las pequeñas ramazones de las plantas inferiores, y los musgos y hojarasca del pequeño matorral. Arcelia le decía a su compañera de llanto:

-¡Qué baile ni qué nada, cuando tengo desgarrado el corazón!...

-¿Y yo, cómo estaré? despreciada por Santiago; y en público, Arcelia, que es lo que más siento, dijo Irene, enjugando sus largas pestañas con un magnífico pañuelo de olán, que tenía en su mano derecha.

-¡Ay! mi querida Irene, que los aguinaldos de Chapinero han terminado para mí del modo más trágico; con lágrimas Irene, y con lágrimas que no serán enjugadas sino por la caritativa mano que arregle la mortaja que cubra mis restos mortales; porque no creo que pueda sobrevivir al triste y cruel desengaño de que acabo de ser víctima. ¡Hipócritas!... ¡no concibo cómo puedan ocultar tanta perfidia y tanto cinismo!...

-¿Qué es lo que te ha sucedido, Arcelia? ¡Por Dios! que no comprendo...

-Acabo de tener un desengaño, contestó Arcelia, cubriéndose el rostro con la mano, y sollozando con toda la libertad que le era permitido por la amistad íntima con Irene, y por la soledad en que ambas se encontraban.

-¿Sí? le contestó su amiga, con suma admiración; ¿y a qué hora? ¿y en dónde?

-Ahora mismo, al frente de la cascada.

-Lo siento, mi querida Arcelia. ¿Y cómo fue eso?

-Te diré, pero es con la condición de que esto no pase de las dos. Antes de ayer me dijo Sixto, que Ricardo había echado una perorata contra el matrimonio, entre una multitud de sus amigos, en la fonda donde va a comer, sosteniendo que la sociedad no necesita de él, y que en el último caso el matrimonio civil sería su recurso. Pablo me repitió que las frecuentes visitas de Ricardo y la demasiada confianza con que nos tratábamos, no era lo que más convenía a mi honor. ¡Pues bien! Ayer nos refirió su historia la lavandera Tulia, y desde entonces me ha comenzado a dominar de tal modo una grande tristeza, una desconfianza y un presentimiento, que no me han dejado dormir, ni comer, ni bailar, como tú muy bien lo habrás notado. La historia de Tulia ha sido un rayo de muerte para mí: peor todavía; porque el terror de un desengaño meditado por la ingratitud es la muerte civil de las mujeres... ¡Bárbaro!... sentenciar así a una pobre mujer, tan sólo por el delito de amarlo. ¡Hipócrita!... hablando en todos sus discursos sobre la protección de los desvalidos y sobre los derechos políticos de la mujer... Yo me hubiera contentado con la garantía de no ser engañada; y para esto que yo no tuve la precaución de ocultar mis francas relaciones con él.

-Cálmate, Arcelia de mi vida, no llores así, que te pueden oír los que cerca de nosotras se están divirtiendo. ¡Mira! los que son injustos y tiranos con las pobres mujeres, no pueden ser republica nos sino de boca, no pudiéndose esperar de ellos otra cosa que el despotismo de los sultanes. Mas vale que nos hubieran desengañado con tiempo, siendo así que nosotras tenemos en contra las leyes, la sanción, a veces injusta, del público y la naturaleza misma. Pero, ¡ay! ¡que yo misma no me puedo consolar de los desprecios de Santiago!...

-Tú lloras, Irene, porque Santiago te ha desengaño a las veinticuatro horas de que lo amabas; pero yo, que no vivía sino con el aliento embalsamado de Ricardo, que no respiraba sino con las efusiones de su tierno corazón, que no dormía sin soñar que lo adoraba, que no me adornaba sino por agradarlo... porque yo había llegado a tal extremo, que no escuchaba más palabras que las de su boca, que no oía, que no sentía, que no veía otra existencia fuera de la de Ricardo. Dime, Irene, ¿será comparable tu suerte con la mía? ¿Un desengaño no es la sentencia de proscripción para una de nosotras? ¿no es terminar nuestra carrera con una derrota? ¿no es anularnos para siempre?... ¡y un desengaño tan ruidoso como va a ser el mío!... ¡crueles!... emplear toda su malicia y la preponderancia con que la naturaleza y la sociedad los han favorecido, contra una débil caña que ellos mismos doblegan...

-Ciertamente que deberíamos morir.

-¡Yo sí! dijo Arcelia con un lamento de lo más angustioso; yo sí, porque al dolor de la malhadada perdida se han de agregar las reconvenciones de mi familia y mis propios remordimientos, por una mala elección; aunque yo te confieso la verdad, que ya comenzaba a sospechar, pero me esforzaba por consolarme con que me tuviesen por novia; pero, ¡ay de mí! ¡que no cuento al presente con otro velo para cubrirme que la lápida que han de poner sobre mi tumba!

-Me desconsuelas, Arcelia; me despedazas el corazón, y quisiera cooperar para que recuperases tu perdida tranquilidad, por otro medio que no fuesen estas lágrimas infructuosas que me haces derramar con tus lamentos; pero si éstas son el consuelo con que proveyó la naturaleza más eficazmente a la mujer porque la hizo más desgraciada, lloremos, Arcelia, lloremos hasta convertir en lágrimas el corazón, que por fin el tiempo...

-¿El tiempo, Irene?... Se conoce que no habías puesto la primera pisada en el dilatado horizonte del amor; de este horizonte que se ve tan halagüeño al comenzar a cruzarlo en la mañana del primer amor; pero, ¡ay de mí! que no muy tarde se tropieza con los abismos o los escollos, y las personas que logran pasarlos con mayor felicidad, al fin se encuentran agobiadas por el estrago de los años transcurridos, porque el amor no tiene prórroga, como pueden tenerla los demás privilegios exclusivos. Tú hablas del amor por una impresión por demás pasajera que has tenido, yo por haber bebido en la copa de la esperanza, por haber sufrido mil contrastes, ya de alegría, ya de tormentos; por haber contemplado desde una elevada cúspide de ilusiones la imagen de la felicidad... ¡Qué diferencia! mi querida Irene; ¡qué diferencia la de nuestro amor! sin embargo, tú lloras el pronto desengaño que te dio Santiago. ¡Ah, Irene! antes debes alegrarte, porque así tu corazón no ha podido todavía ser envenenado por el arrepentimiento, por la vergüenza, por la pérdida misma del tirano que lo ha puesto en el martirio. ¡Dios mío! que fatal contradicción la de nuestras miserables pasiones: desengañada completamente, yo quisiera disculpar al tirano de mi corazón, y aun perdonarlo, por conservarlo a mi lado... ¿pero qué es lo que yo estoy diciendo?... Un perjurio, mi querida Irene, porque he jurado no volver nunca a hablar ni una sola palabra con el pérfido, ni oírlo, ni aun mirarlo, debiendo ahogar sus recuerdos con las ideas más extravagantes, porque así lo tengo jurado ante un tabernáculo de roca viva, en donde se encuentra precisamente el Dios de la naturaleza para socorrer a las víctimas de la sociedad pervertida. ¡Esto es hecho! mi suerte está decidida: en llegando a Bogotá me apartaré de la vista de todo el mundo.

-¿Qué dices, Arcelia? ¿qué es lo que intentas?...

-Es que el fin de mi drama se va aproximando; porque después de un desengaño tan cruel no es dable que me vuelvan a ver. La sociedad ha sido conmigo injusta, perversa y cruel, y en este momento me ha venido la idea de abandonarla.

-¿Sepultándote en algún claustro?

-Bien pudiera suceder.

-Te llenarías de oprobio.

-¿Por qué? ¿No han escrito mil elogios de las que se han suicidado en Europa? Yo misma, encerrándome voluntariamente en un convento, de enseñanza, por ejemplo, no puedo hacer algún bien a la humanidad, libertándome de la vista de la sociedad? ¿o es mejor suicidarme?

Arcelia calló, acometida de una convulsión de lo más terrible, a la cual se siguió una completa privación. Su amiga no sabía qué hacer por volverla a la vida, no teniendo otro remedio que llamar.

Era trágica la escena de este drama: Arcelia aparecía recostada al lado de los arbustos y helechos, sin movimiento y con todos los síntomas de la muerte en sus bellísimas facciones, que en todos los aguinaldos habían sido la enseña de la felicidad. La decoración era también de lo más imponente: honduras y peñascos, y una cascada que sonaba con pavoroso ruido.

Socorrida Arcelia con prontitud, pudo volver a reunirse con las demás familias.

En el pequeño prado las cosas pasaban de otra manera muy diferente: el baile se había terminado, y se trataba del banquete. No faltaban hermosuras, pero de las tres parejas más interesantes, dos estaban fuera de la concurrencia. La comida era asombrosa, y el vino, traído de mil leguas de distancia, le daba el mejor agrado. Todos brindaban por la dicha de la hermosa colonia, que estaba para disolverse al día siguiente. Música, gritos, canto, versos y peroratas, todo se intercalaba con los manjares deliciosos. Encomios de los aguinaldos, protestas de una constante amistad, era el tema general de los discursos.

Apenas se había terminado el banquete, cuando se apareció Neuque con una carta para don Diego, llevando consigo a su fiel amigo y eterno compañero Fígaro, que nunca lo abandonaba; al momento que vio a Tomate, se le encaró, revelando en los ojos un rencor profundo, y más que todo envidia, al verlo roer un suculento hueso: gruñó y se esponjó, pero se quedó como en ademán de meditar algún proyecto. El odio de los partidos nunca duerme: Fructuosa, que estaba en uno de los grupos de la entrada, le indicó a Fígaro con un gesto y una castañeta de mano el partido que él no se había resuelto a tomar, y ahora se lanzó de un salto sobre su enemigo.

-¡Ucha, Fígaro!... ¡Cógelo, Fígaro!... le dijo Atanasia al emprender su carrera.

Fígaro arremetió derecho, contrariando las órdenes de Neuque, que lo llamaba a grito entero; Tomate, que tal cosa vio, se dio a correr como un venado. Así es que el oficial dio la vuelta entera por todo el campo, exhalando los chillidos más horrorosos y estimulando a Tomate para que corriese más ligero, con el secreto que él poseía, que no consistía sino en apretarle el rabo, que lo llevaba siempre acomodado por debajo del rabo del perro, a guisa de gurupera, por una propensión innata de todos los de la raza, de aferrarse de cuanto pueden con el largo y flexible resorte que la naturaleza les concedió desde que los hubo destinado para vivir en los árboles más elevados.

La risa estalló en todos los corrillos, aun de la gente más moderada, y hasta se oyeron los silbidos de las alfareras, y de su círculo, pero hubo la desgracia de que la corrida parase en una verdadera catástrofe, porque, aun cuando el mico era muy de a caballo, no pudo tenerse al brinco que dio Tomate por sobre una de las hogueras, compuestas de enormes tizones, donde se habían asado las carnes, cayendo el infeliz animal boca abajo para su mayor desgracia; se ardió los ojos y sus vestidos se prendieron con las llamas, a tiempo que Fígaro ya lo alcanzaba. Las gentes se agolparon a la novedad, y Teresa, con el denuedo de su reconocido genio, sacó de entre las brasas a su oficial, quitándole al momento la levita y los calzones para reconocer el daño, el cual no estaba sino en el cerebro, porque el enfermo no se quitaba la mano de la nuca, al mismo tiempo que tenía los ojos cubiertos de ceniza.

Es de inferirse la pesadumbre de Teresa. El raudal de sus lágrimas hubiera bastado para apagar todas las hogueras del campamento. Las gentes la rodearon, condoliéndose de la catástrofe, menos las alfareras, porque tal es el espíritu de partido, que hace insensible el corazón y anula toda clase de sentimientos, aun en el sexo tímido y compasivo, de lo que hemos visto muchos ejemplos en nuestras malhadadas cuestiones políticas.

Las señoras le brindaban algunos recursos a la desolada joven, escogiendo ella el partido de irse a la quebrada, llevándose su enfermo, para evitar tantas impertinencias, que siempre son moles tas en semejantes casos. Le dio al oficial un baño de cuerpo entero, y al enjugarlo ella misma con su pañuelo y darle a oler Pascuala, que la había seguido, un frasquito de agua de Colonia, que siempre llevaba en el seno, dio las boqueadas de la muerte, quedándose estirado de pies y manos.

-¡Qué hago yo de mi oficial! exclamó Teresa, llorando amargamente. ¡Tanto que me quería, y tan célebre como era!... ¡Qué hago yo, Pascuala de mi alma!... ¡Porque si Dios le hubiese mandado la muerte, yo me hubiera podido consolar algún día, pero haber sido víctima de la envidia, y nada más!... ¡Miren en dónde se le esperaba su fin al pobrecito!... ¡Se acabó toda mi diversión, niña Pascuala de mi alma!... ¡Se acabó mi único consuelo!...

Germán y Jacinto habían bajado a la quebrada para consolara Teresa y ofrecerle sus servicios; después de hacerle algunas justas observaciones sobre el excesivo dolor a que se había entregado, excavaron con los cuchillos y una palanca del duro palo de tuno una fosa en la orilla de la quebrada, y cuando estaban ya para echarle la tierra, llegó Sixto a ofrecerle sus servicios a Teresa con sus elocuentes razonamientos, teniendo el tiempo suficiente para improvisar un corto discurso, que fue del modo siguiente:

-¡Oh tú, animal el más inocente de todos los mundos! recreo de la bella Teresa, y honra y gloria de toda la aldea; tu muerte ha sido prematura, pero regada con lágrimas las más preciosas... Sube a la inmensidad de la nada, de donde bajasteis, y que la tierra te sea ligera... tan ligera como mis palabras. He dicho.

Los comedidos echaron tierra sobre el cadáver, pisaron la sepultura y se ausentaron; Teresa y Pascuala se quedaron sentadas, sin hablar una sola palabra, cuando se apareció don Fermín con sus pasos largos, su continente moderado y su barba blanca y poblada como la de un patriarca de Israel, y se dirigió a Teresa en términos muy caritativos.

-¿Es justo que te des a la muerte por ese animal no muy aseado, que tantas molestias te ha causado? ¿No veías cómo sufría con sus gracias de poco gusto toda la gente de la aldea?

-Es que en esta Nueva Granada no pueden ver a nadie con libertad, respondió la aldeana, reasumiendo un tono que ya daba alguna esperanza de que se consolaría pronto.

-Es que tú llamas libertad a la tiranía, bella Teresa; y debes dejarte de derramar esas lágrimas que marchitan tu distinguida hermosura.

-No me venga con esas, don Fermín, que es usted un poco godo, si no me equivoco.

-No sé, Teresa; pero sí ayudé a sacar, con mis compañeros de armas, a los godos de esta tierra, y contribuí a fundar la República; pero veamos cómo es el cuento de esa libertad de que tú me hablas. Defiendes la libertad que el finado tenía para hacer todas las travesuras que se le viniesen a las mientes, y yo acuso ante Dios a la persona que tales cosas permitía, porque la libertad de un mico travieso es tiranía para todos los que tenían que sufrirlo; y la aldea donde no hay leyes vigorosas capaces de sujetar uno, dos o más traviesillos de la clase de tu lindo oficial, no es buena sino para emigrar de ella, como decía de nuestra tierra el difunto Bolívar, libertador y profeta de Colombia. Óyeme, querida: tú le dabas mucha larga a ese traviesillo, y te ha sucedido con él lo que sucede a los padres de familia que contemplan demasiado a sus hijos.

-¿Y para qué es la libertad, pues?

-No seas tonta, Teresa; es que el dolor te hace exagerar tus principios de amor propio y de espíritu de partido; pero suponte que a otra lavandera de tu aldea le de por tener pavos que tengan el mal instinto de picar a los niños en los ojos y dejar así ciega la generación venidera; que al cura le dé por tener un carnero bravo, que vaya maltratando a iodos los vecinos que quieran entrar a la iglesia; que a otro le dé por cultivar lechoso o manzanillo, apacua, Pedro Fernández y barbasco, para que se hinchen y atosiguen los que descansen bajo su sombra; que a un mentecato le dé por solicitar nidos de abejones para soltarlos en las puertas de las casas, tan solo porque todas estas gentes son amigas de la libertad: ¿dime, Teresa, tal estado de cosas no encendería el infierno de la discordia? Y esta discordia, aunque tú la celebres como muy divertida, ¿no es verdad que es un ataque de los más directos a los que gustan de la tranquilidad?... Consuélate, Teresa de mi alma, no derrames esas lágrimas tiernas y preciosas, por un animal que tantas molestias te aparejaba: ya viste todo lo que hubo con esa carta que reveló; ahora esas expropiaciones en las tiendas y despensas, ¿no son también un ataque a la libertad de los propietarios? ¿o es que quitarle a otro lo que es suyo, no crees tú que se llame robo?... No llores, Teresa, que tus lágrimas son muy preciosas para que sean mal gastadas por un animal tan asqueroso. Ocúpame, si crees que yo puedo servirte en algo, pues que ya en otras ocasiones te he manifestado lo que te quiero.

-Ya usted debe dejarse de todas esas ofertas, don Fermín, y si me quiere, encomiéndeme a Dios para que sea buena cristiana, y nada más, y por hoy déjeme llorar, que un sentimiento como el mío no se quita así con esos cuentos de autoridad y de leyes fuertes, de que me ha estado usted hablando; sólo que usted se animará a dármele unos azotes a la alfarera Fructuosa, que fue la causa de la muerte del oficial, sólo así le diera crédito a sus opiniones.

-No deja de tener sus dificultades esa prueba que tú me exiges.

-Tener ánimo, ¿y qué más?

-Y hacer uso de un poco de libertad, ¿no es esto?

-Eso por supuesto, ¡mire qué gracia!

-¿Y Fructuosa no es libre para tener su pellejo inmune de los ultrajes del fuerte?

-Pues así, con esos escrúpulos, no hay que pensar en hacer ningún negocio. Y para que vea que usted no es tan amigo del orden y de la justicia como me lo está aquí aparentando, dígame: ¿por qué no me habla usted también contra la libertad de don Diego para tener ese perro tan endemoniado, que ha sido el autor de la muerte de mi oficial? ¿De él no habla usted, porque es perro grande y gordo, y porque es de un rico, no es así?

-Es porque él no causa los daños que Tomate y los otros gozques que hay por los caminos; ¿no viste cómo tu perro iba volteando al pobre de Pablo, que siempre anda distraído? Y que esa clase de gozques molestan tanto a los transeúntes.

-No es nada de eso, sino que el dueño de Fígaro tiene mucha plata, señor don Fermín: los daños que causan los perros de los ricos no pueden ofender a nadie, lo entiendo perfectamente: libertad para los ricos, y los pobres que giman bajo la coyunda de la tiranía.

-¿Pero no has visto que Fígaro no hace más que imponerles miedo a los cobardes que tiemblan ante sus miradas de matón?

-¡Está bueno! los ricos pueden asustar y molestar con sus perros, y yo cometía un delito en divertir a los muchachos con Tomate y el mico. Ahora sí voy comprendiendo cómo entiende usted la libertad.

-Es que tú intentas ahogar las cuestiones con una vocinglería bien sostenida, pues no es verdad que don Diego tenga tiranizada la aldea. Pero en todo caso puedes estar segura que las leyes fuertes que restrinjan tanto la libertad de los micos dañinos como la de los perros, sean grandes o chicos, para que no puedan hacer daño a nadie, y que les aseguren sus derechos así a los ricos como a los pobres, esas leyes son las que aseguran la verdadera libertad de los ciudadanos, y no te quede la menor duda. De manera que tu mico ha muerto para el bien de toda la aldea, y tú no debes echarte a la muerte por eso. Así pues, no llores más, y abandona estos solitarios lugares para buscar el consuelo en la sociedad. Ya verás cómo todos se alegran por la muerte que tú lamentas.

-¿Cómo don Sixto habló tan bien de él en su discurso?

-Porque es de tu opinión, Teresa; porque a él le caían en gracia las travesuras de tu oficial. Un día lo vi casi privado por la risa al ver al oficial corriendo, montado en Tomate, y arrastrando, a guisa de rejo de enlazar, unas varas de longaniza, que se acababa de robar de la tienda de don Chepe; le gustaba verlo a caballo con la elegancia de un mameluco; le encantó la acción de haberse sacado la carta dirigida a Arcelia por las fatales consecuencias que produjo; y, en fin, le parecía que no había un animal más inteligente, más simpático, ni más útil en toda la aldea; pero esto va en opiniones, Teresa, y el verdadero mérito quien lo sanciona es la fama pública y quien lo deja archivado para siempre no es sino la historia. Vamos, Teresa, para el campamento; enjuga tus lágrimas y ponte de buen humor: ¿qué dirá Germán al ver que te entregas a la desesperación por una cosa de tan poco mérito?

-¿Y él por qué? dijo entonces Teresa con una mezcla de risa y de cólera, que expresaba muy bien el primer síntoma de consuelo.

-Tú lo sabrás, contestó don Fermín con una sonrisa maliciosa.

-Son cuentos de las alfareras, porque lo trato con cariño; ¿lo mismo no están diciendo de la niña Pascuala y de Jacinto? y así lo estarán creyendo algunos: pero del decir al hacer hay mucho que ver. ¡Así todos como Jacinto!... ¡Avemaría!... que no es hombre capaz de faltarle a ninguna persona; y muy servicial y muy atento que es, pero no es por hipocresía sino porque su genio es así. Y es también la envidia y la maledicencia que no les deja la lengua quieta a esas amasanderas de greda, porque Fructuosa estuvo apasionada de Germán, y éste no la quiere, porque, como dice el dicho: el que tiene las hechas tiene las sospechas; y ellas se están figurando que todo el mundo es Popayán; pero así se engañan más de cuatro, y el tiempo los ha de desengañar.

Don Fermín comprometió a Teresa a que se retirase del pavoroso sitio de la quebrada, y la acompañó por toda la senda, llevándola de brazo mientras que no era visto por las señoras del campamento, continuando ella siempre con los elogios de Germán, y poniéndole muchos argumentos para probarle que nada tenía con él, y defendiendo igualmente a Pascuala con respecto a lo que las alfareras habían propalado.

Al llegar Teresa al campamento, se sentó junto de Arcelia y de Irene, las que tenían los ojos irritados de llorar, y allí enjugó sus últimas lágrimas por el oficial.

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