|
|
|
CAPITULO XVI
LAGRIMAS
Estaban reunidas todas las familias sobre un pequeño prado,
tapizado por cierta especie de grama sumamente menuda y rodeado de
algunos arbustos de tuno, mortiño y raque, árbol que se cubre de
flores rosadas hasta perder el verdor de sus hojas, y tal parecía
que los alféreces del festín lo hubieran engalanado a propósito
para que a su sombra descansasen los convidados, al propio tiempo
que por debajo de las taguas y salvios se levantaba una gruesa
columna de humo de las hogueras en que se asaban los pavos y las
presas de ternera, despidiendo un aroma mucho más agradable que el
de las flores, confesado esto por la mayor parte de los
concurrentes. En el fondo de este teatro se levantaban las elevadas
peñas, siendo la cubierta, el verdadero cielo, y el alumbrado la
brillante luz que ilumina el teatro universal de la naturaleza. La
música dejaba oír sus melodías, y los ojos más enamorados se
buscaban.
-¡A bailar! gritó Ricardo, escogiendo el terreno más a propósito
para el objeto, y llevando a Adelaida cogida de la mano.
-¡Contradanza! respondió Teodoro, invitando a Margarita para esa
pieza.
-¡A bailar! ¡a bailar! gritaron todos los aficionados, y pronto
estuvo ocupado el teatro por una cadena de parejas lindas, robustas
y joviales, como las pastoras de la Arcadia; alegres, por la
libertad de que disfrutaban en el campo; amables, por su educación
y finura; y conservando aún sus blancos y rosados colores, a pesar
de los rigores del sol, en una campaña de más de doce días, por los
prados y las lomas.
-¡Viva la libertad de los campos!... ¡vivan las bellezas
bogotanas!... ¡viva el amor!... ¡viva la alegría de las pascuas!...
gritaban a porfía los jóvenes que representaban el drama, a tiempo
que los aplaudían con venerable sonrisa los colombianos que no
habían logrado pareja, y el capellán que tocaba el tambor en medio
de toda la banda.
Pero se notaba que Adelaida, la primera de las tres parejas,
bailaba muy seria; no por aspereza de carácter, sino por asomos de
involuntaria melancolía, como sus bellos ojos lo expresaban. Y don
Elías observó que no habían concurrido ni Irene ni Arcelia a
ejecutar sus papeles en el drama del amor, sino que, por el
contrario, estaban llorando a la sombra de un salvio, sirviéndoles
de asiento las pequeñas ramazones de las plantas inferiores, y los
musgos y hojarasca del pequeño matorral. Arcelia le decía a su
compañera de llanto:
-¡Qué baile ni qué nada, cuando tengo desgarrado el
corazón!...
-¿Y yo, cómo estaré? despreciada por Santiago; y en público,
Arcelia, que es lo que más siento, dijo Irene, enjugando sus largas
pestañas con un magnífico pañuelo de olán, que tenía en su mano
derecha.
-¡Ay! mi querida Irene, que los aguinaldos de Chapinero han
terminado para mí del modo más trágico; con lágrimas Irene, y con
lágrimas que no serán enjugadas sino por la caritativa mano que
arregle la mortaja que cubra mis restos mortales; porque no creo
que pueda sobrevivir al triste y cruel desengaño de que acabo de
ser víctima. ¡Hipócritas!... ¡no concibo cómo puedan ocultar tanta
perfidia y tanto cinismo!...
-¿Qué es lo que te ha sucedido, Arcelia? ¡Por Dios! que no
comprendo...
-Acabo de tener un desengaño, contestó Arcelia, cubriéndose el
rostro con la mano, y sollozando con toda la libertad que le era
permitido por la amistad íntima con Irene, y por la soledad en que
ambas se encontraban.
-¿Sí? le contestó su amiga, con suma admiración; ¿y a qué hora?
¿y en dónde?
-Ahora mismo, al frente de la cascada.
-Lo siento, mi querida Arcelia. ¿Y cómo fue eso?
-Te diré, pero es con la condición de que esto no pase de las
dos. Antes de ayer me dijo Sixto, que Ricardo había echado una
perorata contra el matrimonio, entre una multitud de sus amigos, en
la fonda donde va a comer, sosteniendo que la sociedad no necesita
de él, y que en el último caso el matrimonio civil sería su
recurso. Pablo me repitió que las frecuentes visitas de Ricardo y
la demasiada confianza con que nos tratábamos, no era lo que más
convenía a mi honor. ¡Pues bien! Ayer nos refirió su historia la
lavandera Tulia, y desde entonces me ha comenzado a dominar de tal
modo una grande tristeza, una desconfianza y un presentimiento, que
no me han dejado dormir, ni comer, ni bailar, como tú muy bien lo
habrás notado. La historia de Tulia ha sido un rayo de muerte para
mí: peor todavía; porque el terror de un desengaño meditado por la
ingratitud es la muerte civil de las mujeres... ¡Bárbaro!...
sentenciar así a una pobre mujer, tan sólo por el delito de amarlo.
¡Hipócrita!... hablando en todos sus discursos sobre la protección
de los desvalidos y sobre los derechos políticos de la mujer... Yo
me hubiera contentado con la garantía de no ser engañada; y para
esto que yo no tuve la precaución de ocultar mis francas relaciones
con él.
-Cálmate, Arcelia de mi vida, no llores así, que te pueden oír
los que cerca de nosotras se están divirtiendo. ¡Mira! los que son
injustos y tiranos con las pobres mujeres, no pueden ser republica
nos sino de boca, no pudiéndose esperar de ellos otra cosa que el
despotismo de los sultanes. Mas vale que nos hubieran desengañado
con tiempo, siendo así que nosotras tenemos en contra las leyes, la
sanción, a veces injusta, del público y la naturaleza misma. Pero,
¡ay! ¡que yo misma no me puedo consolar de los desprecios de
Santiago!...
-Tú lloras, Irene, porque Santiago te ha desengaño a las
veinticuatro horas de que lo amabas; pero yo, que no vivía sino con
el aliento embalsamado de Ricardo, que no respiraba sino con las
efusiones de su tierno corazón, que no dormía sin soñar que lo
adoraba, que no me adornaba sino por agradarlo... porque yo había
llegado a tal extremo, que no escuchaba más palabras que las de su
boca, que no oía, que no sentía, que no veía otra existencia fuera
de la de Ricardo. Dime, Irene, ¿será comparable tu suerte con la
mía? ¿Un desengaño no es la sentencia de proscripción para una de
nosotras? ¿no es terminar nuestra carrera con una derrota? ¿no es
anularnos para siempre?... ¡y un desengaño tan ruidoso como va a
ser el mío!... ¡crueles!... emplear toda su malicia y la
preponderancia con que la naturaleza y la sociedad los han
favorecido, contra una débil caña que ellos mismos doblegan...
-Ciertamente que deberíamos morir.
-¡Yo sí! dijo Arcelia con un lamento de lo más angustioso; yo
sí, porque al dolor de la malhadada perdida se han de agregar las
reconvenciones de mi familia y mis propios remordimientos, por una
mala elección; aunque yo te confieso la verdad, que ya comenzaba a
sospechar, pero me esforzaba por consolarme con que me tuviesen por
novia; pero, ¡ay de mí! ¡que no cuento al presente con otro velo
para cubrirme que la lápida que han de poner sobre mi tumba!
-Me desconsuelas, Arcelia; me despedazas el corazón, y quisiera
cooperar para que recuperases tu perdida tranquilidad, por otro
medio que no fuesen estas lágrimas infructuosas que me haces
derramar con tus lamentos; pero si éstas son el consuelo con que
proveyó la naturaleza más eficazmente a la mujer porque la hizo más
desgraciada, lloremos, Arcelia, lloremos hasta convertir en
lágrimas el corazón, que por fin el tiempo...
-¿El tiempo, Irene?... Se conoce que no habías puesto la primera
pisada en el dilatado horizonte del amor; de este horizonte que se
ve tan halagüeño al comenzar a cruzarlo en la mañana del primer
amor; pero, ¡ay de mí! que no muy tarde se tropieza con los abismos
o los escollos, y las personas que logran pasarlos con mayor
felicidad, al fin se encuentran agobiadas por el estrago de los
años transcurridos, porque el amor no tiene prórroga, como pueden
tenerla los demás privilegios exclusivos. Tú hablas del amor por
una impresión por demás pasajera que has tenido, yo por haber
bebido en la copa de la esperanza, por haber sufrido mil
contrastes, ya de alegría, ya de tormentos; por haber contemplado
desde una elevada cúspide de ilusiones la imagen de la felicidad...
¡Qué diferencia! mi querida Irene; ¡qué diferencia la de nuestro
amor! sin embargo, tú lloras el pronto desengaño que te dio
Santiago. ¡Ah, Irene! antes debes alegrarte, porque así tu corazón
no ha podido todavía ser envenenado por el arrepentimiento, por la
vergüenza, por la pérdida misma del tirano que lo ha puesto en el
martirio. ¡Dios mío! que fatal contradicción la de nuestras
miserables pasiones: desengañada completamente, yo quisiera
disculpar al tirano de mi corazón, y aun perdonarlo, por
conservarlo a mi lado... ¿pero qué es lo que yo estoy diciendo?...
Un perjurio, mi querida Irene, porque he jurado no volver nunca a
hablar ni una sola palabra con el pérfido, ni oírlo, ni aun
mirarlo, debiendo ahogar sus recuerdos con las ideas más
extravagantes, porque así lo tengo jurado ante un tabernáculo de
roca viva, en donde se encuentra precisamente el Dios de la
naturaleza para socorrer a las víctimas de la sociedad pervertida.
¡Esto es hecho! mi suerte está decidida: en llegando a Bogotá me
apartaré de la vista de todo el mundo.
-¿Qué dices, Arcelia? ¿qué es lo que intentas?...
-Es que el fin de mi drama se va aproximando; porque después de
un desengaño tan cruel no es dable que me vuelvan a ver. La
sociedad ha sido conmigo injusta, perversa y cruel, y en este
momento me ha venido la idea de abandonarla.
-¿Sepultándote en algún claustro?
-Bien pudiera suceder.
-Te llenarías de oprobio.
-¿Por qué? ¿No han escrito mil elogios de las que se han
suicidado en Europa? Yo misma, encerrándome voluntariamente en un
convento, de enseñanza, por ejemplo, no puedo hacer algún bien a la
humanidad, libertándome de la vista de la sociedad? ¿o es mejor
suicidarme?
Arcelia calló, acometida de una convulsión de lo más terrible, a
la cual se siguió una completa privación. Su amiga no sabía qué
hacer por volverla a la vida, no teniendo otro remedio que
llamar.
Era trágica la escena de este drama: Arcelia aparecía recostada
al lado de los arbustos y helechos, sin movimiento y con todos los
síntomas de la muerte en sus bellísimas facciones, que en todos los
aguinaldos habían sido la enseña de la felicidad. La decoración era
también de lo más imponente: honduras y peñascos, y una cascada que
sonaba con pavoroso ruido.
Socorrida Arcelia con prontitud, pudo volver a reunirse con las
demás familias.
En el pequeño prado las cosas pasaban de otra manera muy
diferente: el baile se había terminado, y se trataba del banquete.
No faltaban hermosuras, pero de las tres parejas más interesantes,
dos estaban fuera de la concurrencia. La comida era asombrosa, y el
vino, traído de mil leguas de distancia, le daba el mejor agrado.
Todos brindaban por la dicha de la hermosa colonia, que estaba para
disolverse al día siguiente. Música, gritos, canto, versos y
peroratas, todo se intercalaba con los manjares deliciosos.
Encomios de los aguinaldos, protestas de una constante amistad, era
el tema general de los discursos.
Apenas se había terminado el banquete, cuando se apareció Neuque
con una carta para don Diego, llevando consigo a su fiel amigo y
eterno compañero Fígaro, que nunca lo abandonaba; al momento que
vio a Tomate, se le encaró, revelando en los ojos un rencor
profundo, y más que todo envidia, al verlo roer un suculento hueso:
gruñó y se esponjó, pero se quedó como en ademán de meditar algún
proyecto. El odio de los partidos nunca duerme: Fructuosa, que
estaba en uno de los grupos de la entrada, le indicó a Fígaro con
un gesto y una castañeta de mano el partido que él no se había
resuelto a tomar, y ahora se lanzó de un salto sobre su
enemigo.
-¡Ucha, Fígaro!... ¡Cógelo, Fígaro!... le dijo Atanasia al
emprender su carrera.
Fígaro arremetió derecho, contrariando las órdenes de Neuque,
que lo llamaba a grito entero; Tomate, que tal cosa vio, se dio a
correr como un venado. Así es que el oficial dio la vuelta entera
por todo el campo, exhalando los chillidos más horrorosos y
estimulando a Tomate para que corriese más ligero, con el secreto
que él poseía, que no consistía sino en apretarle el rabo, que lo
llevaba siempre acomodado por debajo del rabo del perro, a guisa de
gurupera, por una propensión innata de todos los de la raza, de
aferrarse de cuanto pueden con el largo y flexible resorte que la
naturaleza les concedió desde que los hubo destinado para vivir en
los árboles más elevados.
La risa estalló en todos los corrillos, aun de la gente más
moderada, y hasta se oyeron los silbidos de las alfareras, y de su
círculo, pero hubo la desgracia de que la corrida parase en una
verdadera catástrofe, porque, aun cuando el mico era muy de a
caballo, no pudo tenerse al brinco que dio Tomate por sobre una de
las hogueras, compuestas de enormes tizones, donde se habían asado
las carnes, cayendo el infeliz animal boca abajo para su mayor
desgracia; se ardió los ojos y sus vestidos se prendieron con las
llamas, a tiempo que Fígaro ya lo alcanzaba. Las gentes se
agolparon a la novedad, y Teresa, con el denuedo de su reconocido
genio, sacó de entre las brasas a su oficial, quitándole al momento
la levita y los calzones para reconocer el daño, el cual no estaba
sino en el cerebro, porque el enfermo no se quitaba la mano de la
nuca, al mismo tiempo que tenía los ojos cubiertos de ceniza.
Es de inferirse la pesadumbre de Teresa. El raudal de sus
lágrimas hubiera bastado para apagar todas las hogueras del
campamento. Las gentes la rodearon, condoliéndose de la catástrofe,
menos las alfareras, porque tal es el espíritu de partido, que hace
insensible el corazón y anula toda clase de sentimientos, aun en el
sexo tímido y compasivo, de lo que hemos visto muchos ejemplos en
nuestras malhadadas cuestiones políticas.
Las señoras le brindaban algunos recursos a la desolada joven,
escogiendo ella el partido de irse a la quebrada, llevándose su
enfermo, para evitar tantas impertinencias, que siempre son moles
tas en semejantes casos. Le dio al oficial un baño de cuerpo
entero, y al enjugarlo ella misma con su pañuelo y darle a oler
Pascuala, que la había seguido, un frasquito de agua de Colonia,
que siempre llevaba en el seno, dio las boqueadas de la muerte,
quedándose estirado de pies y manos.
-¡Qué hago yo de mi oficial! exclamó Teresa, llorando
amargamente. ¡Tanto que me quería, y tan célebre como era!... ¡Qué
hago yo, Pascuala de mi alma!... ¡Porque si Dios le hubiese mandado
la muerte, yo me hubiera podido consolar algún día, pero haber sido
víctima de la envidia, y nada más!... ¡Miren en dónde se le
esperaba su fin al pobrecito!... ¡Se acabó toda mi diversión, niña
Pascuala de mi alma!... ¡Se acabó mi único consuelo!...
Germán y Jacinto habían bajado a la quebrada para consolara
Teresa y ofrecerle sus servicios; después de hacerle algunas justas
observaciones sobre el excesivo dolor a que se había entregado,
excavaron con los cuchillos y una palanca del duro palo de tuno una
fosa en la orilla de la quebrada, y cuando estaban ya para echarle
la tierra, llegó Sixto a ofrecerle sus servicios a Teresa con sus
elocuentes razonamientos, teniendo el tiempo suficiente para
improvisar un corto discurso, que fue del modo siguiente:
-¡Oh tú, animal el más inocente de todos los mundos! recreo de
la bella Teresa, y honra y gloria de toda la aldea; tu muerte ha
sido prematura, pero regada con lágrimas las más preciosas... Sube
a la inmensidad de la nada, de donde bajasteis, y que la tierra te
sea ligera... tan ligera como mis palabras. He dicho.
Los comedidos echaron tierra sobre el cadáver, pisaron la
sepultura y se ausentaron; Teresa y Pascuala se quedaron sentadas,
sin hablar una sola palabra, cuando se apareció don Fermín con sus
pasos largos, su continente moderado y su barba blanca y poblada
como la de un patriarca de Israel, y se dirigió a Teresa en
términos muy caritativos.
-¿Es justo que te des a la muerte por ese animal no muy aseado,
que tantas molestias te ha causado? ¿No veías cómo sufría con sus
gracias de poco gusto toda la gente de la aldea?
-Es que en esta Nueva Granada no pueden ver a nadie con
libertad, respondió la aldeana, reasumiendo un tono que ya daba
alguna esperanza de que se consolaría pronto.
-Es que tú llamas libertad a la tiranía, bella Teresa; y debes
dejarte de derramar esas lágrimas que marchitan tu distinguida
hermosura.
-No me venga con esas, don Fermín, que es usted un poco godo, si
no me equivoco.
-No sé, Teresa; pero sí ayudé a sacar, con mis compañeros de
armas, a los godos de esta tierra, y contribuí a fundar la
República; pero veamos cómo es el cuento de esa libertad de que tú
me hablas. Defiendes la libertad que el finado tenía para hacer
todas las travesuras que se le viniesen a las mientes, y yo acuso
ante Dios a la persona que tales cosas permitía, porque la libertad
de un mico travieso es tiranía para todos los que tenían que
sufrirlo; y la aldea donde no hay leyes vigorosas capaces de
sujetar uno, dos o más traviesillos de la clase de tu lindo
oficial, no es buena sino para emigrar de ella, como decía de
nuestra tierra el difunto Bolívar, libertador y profeta de
Colombia. Óyeme, querida: tú le dabas mucha larga a ese
traviesillo, y te ha sucedido con él lo que sucede a los padres de
familia que contemplan demasiado a sus hijos.
-¿Y para qué es la libertad, pues?
-No seas tonta, Teresa; es que el dolor te hace exagerar tus
principios de amor propio y de espíritu de partido; pero suponte
que a otra lavandera de tu aldea le de por tener pavos que tengan
el mal instinto de picar a los niños en los ojos y dejar así ciega
la generación venidera; que al cura le dé por tener un carnero
bravo, que vaya maltratando a iodos los vecinos que quieran entrar
a la iglesia; que a otro le dé por cultivar lechoso o manzanillo,
apacua, Pedro Fernández y barbasco, para que se hinchen y atosiguen
los que descansen bajo su sombra; que a un mentecato le dé por
solicitar nidos de abejones para soltarlos en las puertas de las
casas, tan solo porque todas estas gentes son amigas de la
libertad: ¿dime, Teresa, tal estado de cosas no encendería el
infierno de la discordia? Y esta discordia, aunque tú la celebres
como muy divertida, ¿no es verdad que es un ataque de los más
directos a los que gustan de la tranquilidad?... Consuélate, Teresa
de mi alma, no derrames esas lágrimas tiernas y preciosas, por un
animal que tantas molestias te aparejaba: ya viste todo lo que hubo
con esa carta que reveló; ahora esas expropiaciones en las tiendas
y despensas, ¿no son también un ataque a la libertad de los
propietarios? ¿o es que quitarle a otro lo que es suyo, no crees tú
que se llame robo?... No llores, Teresa, que tus lágrimas son muy
preciosas para que sean mal gastadas por un animal tan asqueroso.
Ocúpame, si crees que yo puedo servirte en algo, pues que ya en
otras ocasiones te he manifestado lo que te quiero.
-Ya usted debe dejarse de todas esas ofertas, don Fermín, y si
me quiere, encomiéndeme a Dios para que sea buena cristiana, y nada
más, y por hoy déjeme llorar, que un sentimiento como el mío no se
quita así con esos cuentos de autoridad y de leyes fuertes, de que
me ha estado usted hablando; sólo que usted se animará a dármele
unos azotes a la alfarera Fructuosa, que fue la causa de la muerte
del oficial, sólo así le diera crédito a sus opiniones.
-No deja de tener sus dificultades esa prueba que tú me
exiges.
-Tener ánimo, ¿y qué más?
-Y hacer uso de un poco de libertad, ¿no es esto?
-Eso por supuesto, ¡mire qué gracia!
-¿Y Fructuosa no es libre para tener su pellejo inmune de los
ultrajes del fuerte?
-Pues así, con esos escrúpulos, no hay que pensar en hacer
ningún negocio. Y para que vea que usted no es tan amigo del orden
y de la justicia como me lo está aquí aparentando, dígame: ¿por qué
no me habla usted también contra la libertad de don Diego para
tener ese perro tan endemoniado, que ha sido el autor de la muerte
de mi oficial? ¿De él no habla usted, porque es perro grande y
gordo, y porque es de un rico, no es así?
-Es porque él no causa los daños que Tomate y los otros gozques
que hay por los caminos; ¿no viste cómo tu perro iba volteando al
pobre de Pablo, que siempre anda distraído? Y que esa clase de
gozques molestan tanto a los transeúntes.
-No es nada de eso, sino que el dueño de Fígaro tiene mucha
plata, señor don Fermín: los daños que causan los perros de los
ricos no pueden ofender a nadie, lo entiendo perfectamente:
libertad para los ricos, y los pobres que giman bajo la coyunda de
la tiranía.
-¿Pero no has visto que Fígaro no hace más que imponerles miedo
a los cobardes que tiemblan ante sus miradas de matón?
-¡Está bueno! los ricos pueden asustar y molestar con sus
perros, y yo cometía un delito en divertir a los muchachos con
Tomate y el mico. Ahora sí voy comprendiendo cómo entiende usted la
libertad.
-Es que tú intentas ahogar las cuestiones con una vocinglería
bien sostenida, pues no es verdad que don Diego tenga tiranizada la
aldea. Pero en todo caso puedes estar segura que las leyes fuertes
que restrinjan tanto la libertad de los micos dañinos como la de
los perros, sean grandes o chicos, para que no puedan hacer daño a
nadie, y que les aseguren sus derechos así a los ricos como a los
pobres, esas leyes son las que aseguran la verdadera libertad de
los ciudadanos, y no te quede la menor duda. De manera que tu mico
ha muerto para el bien de toda la aldea, y tú no debes echarte a la
muerte por eso. Así pues, no llores más, y abandona estos
solitarios lugares para buscar el consuelo en la sociedad. Ya verás
cómo todos se alegran por la muerte que tú lamentas.
-¿Cómo don Sixto habló tan bien de él en su discurso?
-Porque es de tu opinión, Teresa; porque a él le caían en gracia
las travesuras de tu oficial. Un día lo vi casi privado por la risa
al ver al oficial corriendo, montado en Tomate, y arrastrando, a
guisa de rejo de enlazar, unas varas de longaniza, que se acababa
de robar de la tienda de don Chepe; le gustaba verlo a caballo con
la elegancia de un mameluco; le encantó la acción de haberse sacado
la carta dirigida a Arcelia por las fatales consecuencias que
produjo; y, en fin, le parecía que no había un animal más
inteligente, más simpático, ni más útil en toda la aldea; pero esto
va en opiniones, Teresa, y el verdadero mérito quien lo sanciona es
la fama pública y quien lo deja archivado para siempre no es sino
la historia. Vamos, Teresa, para el campamento; enjuga tus lágrimas
y ponte de buen humor: ¿qué dirá Germán al ver que te entregas a la
desesperación por una cosa de tan poco mérito?
-¿Y él por qué? dijo entonces Teresa con una mezcla de risa y de
cólera, que expresaba muy bien el primer síntoma de consuelo.
-Tú lo sabrás, contestó don Fermín con una sonrisa
maliciosa.
-Son cuentos de las alfareras, porque lo trato con cariño; ¿lo
mismo no están diciendo de la niña Pascuala y de Jacinto? y así lo
estarán creyendo algunos: pero del decir al hacer hay mucho que
ver. ¡Así todos como Jacinto!... ¡Avemaría!... que no es hombre
capaz de faltarle a ninguna persona; y muy servicial y muy atento
que es, pero no es por hipocresía sino porque su genio es así. Y es
también la envidia y la maledicencia que no les deja la lengua
quieta a esas amasanderas de greda, porque Fructuosa estuvo
apasionada de Germán, y éste no la quiere, porque, como dice el
dicho: el que tiene las hechas tiene las sospechas; y ellas se
están figurando que todo el mundo es Popayán; pero así se engañan
más de cuatro, y el tiempo los ha de desengañar.
Don Fermín comprometió a Teresa a que se retirase del pavoroso
sitio de la quebrada, y la acompañó por toda la senda, llevándola
de brazo mientras que no era visto por las señoras del campamento,
continuando ella siempre con los elogios de Germán, y poniéndole
muchos argumentos para probarle que nada tenía con él, y
defendiendo igualmente a Pascuala con respecto a lo que las
alfareras habían propalado.
Al llegar Teresa al campamento, se sentó junto de Arcelia y de
Irene, las que tenían los ojos irritados de llorar, y allí enjugó
sus últimas lágrimas por el oficial.
|