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CAPITULO XVIII
REVELACIONES
La quinta de don Diego estaba en alarma con motivo de la
enfermedad de la señorita Adelaida. Las señoras y las criadas se
cruzaban para una y otra parte, preparando y aplicando los reme
dios que se creían más eficaces; había visitas en la sala,
lamentos, ayes y gemidos en la alcoba de la familia, entre tanto
que se esperaba con ahínco al médico que debía venir de la ciudad.
En la cocina no dejaban de soplar un momento con los fuelles y
hasta con la boca, renovando a cada instante el carbón, todo lo
cual hacía que las aguas estuviesen con la mayor prontitud. La
enferma gozaba por intervalos de algún alivio, en uno de los
cuales, hallándose sola con su amiga Susana, entró Ruperto a
saludarla.
-Usted ve, le dijo la enferma con la voz entrecortada por la
emoción, ¿cómo he sido expuesta a la vergüenza pública por una
fatal revelación? La muerte me habría sido mucho más conveniente:
la culpa de todo esto la ha tenido quien ha introducido en mi
corazón el veneno de la decepción..
-Ese no he sido yo, señorita Adelaida, exclamó Ruperto; no he
faltado en la más mínima cosa a mi fe de amante y de caballero: lo
juro por lo más sagrado.
-¿Y cuál ha sido, pues, la causa del peligro de que me ha
salvado qué se yo quién?
-Yo tuve el honor de haber salvado a usted, pero la inculpación
no recae de ninguna manera sobre mí.
-Le doy las gracias por el bien que usted me ha hecho, como
caballero que es.
-Como amante fiel, primero que todo.
-¿Para con Irene?...
-¿Por qué fatalidad viene a figurar este nombre entre dos que
están unidos por un amor verdadero? ¿Qué significa esto,
Adelaida?
-Usted lo sabrá, Ruperto; y le suplico que no me hable más de
esto.
-¡Eso no! ¡Absolutamente no!
-¿Cómo no, cuando usted no ha podido guardar el secreto de sus
amoríos con Irene?
-¡Eso no es cierto! ¡por mi honor y por mi amor mismo, no, y mil
veces no!
-¿Por qué reconvino Santiago a Irene el segundo día de
aguinaldos, en presencia de mi tía y de doña Pacha?
-Lo ignoro. Y una tontería de esas dos criaturas, que juegan con
el amor, no debe afectar la tranquilidad de dos verdaderos
amantes.
-¿Y los coqueteos y miradas?... ¡Oh! las miradas de Irene que
parecía querían decir: "para el corazón de
Ruperto".
-Ojos inquietos, y tal vez conductores de las esperanzas para
los corazones indecisos, y nada más; ¿y he de responder yo por los
atractivos que posea una señorita? Y en tiempo de aguinaldos, en
que las voces, las miradas y las sonrisas son excepcionales, y más
en Chapinero; en cuanto a la franqueza y la libertad de modales, se
puede decir que es la república modelo.
-¿Y mi sortija, vista con mis propios ojos en el dedo de Irene,
con los antecedentes que ya tenía?
-Juegos de manos en tiempo de aguinaldos; un mecanismo
insignificante en el que nada hubo de amor, ni aún calificado el
hecho por el criterio de doña Pacha. Estábamos sentados unos tantos
y unas tantas en torno del lavadero de la posada de Irene,
sombreados por las matas de aliso y amargoso, y no sé cuál de las
muchachas, como por diversión, propuso que todos sometiesen sus
anillos a una vista de ojos, resolución que se llevó a cabo de
grado 0 por fuerza, porque las muchachas eran entusiastas, y a los
que no entregábamos los anillos nos los quitaban por la fuerza, y
para eso que el tupido prado se prestaba, como también la fuente
que allí corre, cristalina y helada, las proveía de medios
coercitivos para los que intentábamos la fuga, arrojándonos buenas
totumadas de agua; de modo que nadie escapó de la requisa, y luego
Margarita propuso un cambio general de sortijas, quedándose ella
con la sortija de usted hasta pasados dos días. Cosas de los
aguinaldos y nada más. Aquí está Susana que lo diga: ¿no es cierto
que así fue?
-Eso es todo lo que ha habido, y en esto ha procedido Adelaida
con demasiada ligereza.
-Pero con tantos antecedentes como los que yo tenía.
-Sin embargo...
-Pero cuando la pasión nos domina... y con las restricciones de
no poder hablar a tiempo, sino callar, gemir y padecer, ¿no tengo
yo razón?
-Pero también la tengo yo de apelar a mi inocencia y a la pureza
de mi amor, y yo siento en el alma tantos males como se han
originado de este falso antecedente; en vista de lo que llevo
dicho, ¿tengo yo de qué arrepentirme?
-¡Dios mío! tanto como estoy padeciendo, herida por las piedras
y las espinas; afectada del cerebro y casi ahogada por una
agitación del pecho que no me deja libertad para respirar. Declaro
que la pena de que me crean hipócrita y de parecer correspondida
ante el público, sin que el matrimonio pueda ser el velo de mis
confidencias, es el verdadero mal de que yo voy a morir: los
golpes, las espinas y la muerte misma causada por el incendio, todo
esto hubiera sido nada en comparación de la vergüenza que al
presente tengo, vergüenza fundada en mi natural pudor y en una
escena demasiado ridícula, que me hizo odiar la publicidad de los
amoríos, por la jactancia imprudente de un atolondrado, de lo cual
Ruperto está muy bien impuesto. ¡Oh Susana! perdóname el que antes
no te hubiera revelado mi secreto, y no me vayas a regalar con el
calificativo de hipócrita sin que antes no me hayas oído mis
descargos... Estoy sumamente adolorida: que me repitan el baño del
pie, y alcánzame el agua, que me estoy ardiendo de sed.
Un criado llamó a don Ruperto al cuarto de don Diego, y mientras
tanto los remedios no cesaban.
-Señor don Ruperto, me ha sido muy extraño el denuncio de mi
hija, de tener dos años de amoríos con usted, y yo sin saber
nada... bien sea que el marido burlado y el padre de familia son
los últimos que saben lo que pasa en la casa.
-Hubiera yo querido hablar con usted, pero un juramento de
sigilo, exigido por la señorita misma...
-¡Hola!... ¿con qué Adelaida goza de autoridad para exigir
juramentos?... ¡Muy bien!
-Fue que la señorita me prohibió toda palabra, todo movimiento,
toda mirada que pudiese hacer sospechar de alguno la intimidad que
reinaba entre los dos.
-¡Intimidad!... Mucha me ha parecido y muchos irrespetos por
sostenerla, según lo sospecho por un denuncio de duendes que me dio
Neuque, por una serenata con tiros de pistola, por un desafío a
causa de unos celos con mi hija, según parece, y del embolismo de
una sortija aparecida entre las fincas del juego de prendas, y por
último, el denuncio de mi hija, que no queda duda. Sí, señor don
Ruperto, mucha delicadeza ha usado usted para conmigo, después de
tantas y tan señaladas pruebas de cariño como usted ha recibido de
mí; doy a usted las más expresivas gracias por todo; ¿quién había
de ser sino usted?
-Lo siento, porque yo he respetado siempre la casa del señor don
Diego.
-¡Oh! ¡sí, señor!... ¡Demasiado!... ¡demasiado!...
-Pero no ha consistido sino en que...
-Usted quería a mi hija, y no hay más que decir. Que yo me
desesperase, que sufriese mi esposa continuos sustos y alarmas, que
la quinta se pusiese en consternación, y que ahora sea mi hija el
objeto de las conversaciones en las esquinas y en las fondas, por
los sucesos de hoy; más digo, que mi hija se hubiera ardido, porque
parece que usted la tiene medio deschavetada: todo esto no
importaba nada con tal que usted siguiese adelante con sus
proyectos. ¡Muy bueno, don Ruperto! usted es un joven que tiene
plata, con la cual está usted autorizado para burlarse de las
familias que usted crea menos acomodadas. Mi hija le habrá parecido
a usted adorable y llena de atractivos, siendo este un título muy
suficiente para que usted nos haya puesto en los conflictos que nos
rodean.
-Pero siendo mi amor legítimo...
-¡Ah, bien! la quiere usted con toda su alma, y le habrá
ofrecido el "para siempre", y un porvenir muy
dichoso, y quién sabe cuántas cosas más, ¿no es así? También le
habrá escrito usted mil cartas rebosantes de poesía, y...
-Dispénseme usted, señor don Diego, pero me parece que usted me
ha incluido en una mala lista; si usted me oye, creo que me dará la
razón y me perdonará esas alarmas en que no tengo parte alguna,
como usted lo ha de ver.
-Dígame, pues, cuál ha sido la causa para tanto secreto y tanto
ruido, porque es la verdad que Adelaida se ha hecho en esta noche
buena una heroína de novela, y yo quiero que usted me diga qué es
lo que hay en esas sombras y en esos misterios.
-Sé todos los antecedentes, y estoy autorizado para
referírselos; las cosas han pasado de esta manera:
Antes de que Susana saliese del colegio, ya Sixto le había hecho
manifestaciones amorosas cuando la veía por la tarde en el balcón
(esto me lo ha referido ella misma), porque desde las cuatro de la
tarde ya se hallaba Sixto de centinela en la esquina; y cuando
había certámenes, era el primero que estaba listo a comprar unas
chinelas o una cadena de pelo, con tal que fuesen obra de las manos
de la señorita Adelaida. Y luego que ésta salió del colegio, no
había cuarenta horas, ni sermón, ni velación, en donde Sixto no
estuviese de pie firme; en fin, me parece que al fin se ganó su
voluntad. Pero llegó un día en que habiéndole unas amigas dado
broma a la señorita por sus amores con Sixto, y habiéndolo ella
negado, se lo nombraron a él mismo como denunciante, y aun le
citaron ocho testigos varones de mucho crédito, delante de los
cuales Sixto les había dicho que era el dueño de su corazón.
Adelaida se avergonzó de tal naturaleza, que rabió y se enfermó, no
volviéndose a dar por entendida de los obsequios de Sixto, ni a
mirarlo siquiera.
Poco después tuve el honor de conocer a la señorita, amándola
desde ese momento con toda la fuerza de mi alma; la hice sabedora
de mi pasión, y después de algún tiempo conocí que era
correspondido; lo primero que me exigió fue que no hablase palabra,
ni diese una mirada, ni arriesgase un movimiento que pudiese dar a
entender nuestras relaciones, y únicamente nos escribíamos con
signos desconocidos, y nos hablábamos los viernes en la noche,
cuando la familia estaba en la quinta, y los domingos en la casa de
su tía Mauricia, que es una señora de mucha reserva, porque no
quería volver a pasar por otro bochorno como el que Sixto le había
hecho sufrir. También me dijo que usted tenía voto hecho de no
dejar casar a ninguna de sus dos hijas de menos de 17 años, y que
no teniendo sino quince y medio, tendríamos que guardar el sigilo
de nuestras relaciones amorosas, y así lo hemos cumplido, sufriendo
como no hay idea, contando los días y las horas, como el
encarcelado que tiene el día señalado para su libertad.
Yo acudía, cuando la familia estaba en esta quinta, a traer una
carta y llevar otra, todos los viernes de la semana, para lo que
contaba con un agujero de la pared, y por allí nos comunicábamos,
también de palabra, después de asustar al hortelano. Fígaro entraba
en la trama, porque yo lo tenía comprado con algunos regalos
anticipados. Una noche me hirieron con un tiro de munición, que
supe después había sido dirigido por la mano de Neuque: aún
conservo una señal en la cara, que no me dejará mentir. Me parece
que el buen hortelano me tuvo por un duende, pero sin que yo
tuviese culpa en esa fatal impostura.
Sufríamos Adelaida y yo, pero guardábamos el secreto, amándonos
con una ternura que no tenía límites.
Concurrí a la gran función de los aguinaldos de Chapinero, y en
los festines y bailes estuve por los días gozando con los signos
disimulados de amor con que me solazaba, alimentando el aura de mis
esperanzas. Pero Adelaida varió repentinamente, sin que yo supiese
la causa. Le escribí una carta, y al momento fue rechazada. Entendí
que la pobre de Irene era el motivo, y redoblé mis esfuerzos para
tener una entrevista con ella, pero todo fue inútil. Entonces no
pude menos que desesperarme, y me di a pasear por las lomas y
potreros, como si fuese naturalista, dando así que decir a la gente
sobre el estado de mi demencia. Una noche me resolví a llevar una
carta al agujero, torno de mis antiguas comunicaciones, y después
de expiar los momentos para aprovechar alguna circunstancia casual,
me senté, abrumado por la pena, entre unas ramas, a la orilla de
una zanja. Un silencio profundo reinaba en toda la quinta.
Iba ya a retirarme de aquel lúgubre sitio, cuando vi de repente
que un bulto se acercaba a la puerta de la quinta; allí se detuvo,
templó una guitarra, y comenzó a entonar una sentimental canción.
Un rayo no me hubiera causado más daño que aquel canto; al momento
lo tuve por el de un rival desconocido. Intenté dispararle un tiro,
pero luego reflexioné, pensando que la mejor venganza que podía
tomar era ponerlo en ridículo. Al efecto, puse por obra mi plan,
gritándole: "¡qué feo! ¡qué feo!" y ocultándome
en seguida. Por el momento conseguí mi objeto, pues que no pudo
continuar cantando. Al cabo del rato volvió a comenzar; entonces
saqué una flauta que llevaba conmigo, y con el ruido que hacía en
ella, logré interrumpirle por segunda vez la canción. Conocí que se
había enfurecido, porque descargó, al tanteo, una de sus pistolas.
Inmediatamente le reté a un desafío.
Se vino para el sitio en que me encontraba, y no pude menos que
encolerizarme al verme provocado por un rival. Salté a lo limpio, y
le propuse que el desafío fuese a seis pasos de distancia, a la voz
de uno, dos, tres.
Estábamos ya en el puesto, y él había gritado: ¡uno!... y yo le
había contestado: ¡dos!... cuando él me gritó:
-¡Ruperto!...
Y yo le contesté:
-¡Sixto!...
Porque ambos nos reconocimos en el acto; propusimos en seguida
una suspensión de hostilidades.
-¿Por qué nos vamos a matar a balazos? le dije a mi amigo.
-Por Adelaida, seguramente, me contestó él.
-¿La quieres?
-Y ella me corresponde.
-¿Me pudieras dar una prueba?
-Estas cartas, me dijo, mostrándome una, de la que sólo leí el
renglón de la fecha, y resultó ser muy atrasada.
-Esta carta es de fecha muy atrasada le dije yo.
-¿Tienes tú otra que sea de fecha más reciente?
-¿Me prometes, como caballero que eres, guardarme secreto sobre
todo lo que yo te diga?
-Por mi honor y por el nombre de Adelaida.
-Tengo cartas de fecha más reciente.
-Asunto concluido, me dijo Sixto, y poniendo la pistola a un
lado, se arrojó en mis brazos.
Después de esto me refirió Sixto que había tenido sus amores con
la señorita Adelaida, pero que de la noche a la mañana había
variado; y que no sabiendo que su corazón estuviese enajenado,
había insistido hasta que lo desengañó por completo.
Antes de retirarnos de la quinta, invité a Sixto para que
cantásemos a dúo la canción más triste que se me vino a la memoria;
terminada ésta, nos volvimos juntos a Chapinero, sin que nadie nos
viese: eran ya las cuatro y media de la mañana, y nos retiramos
cada cual a nuestra respectiva posada.
Los aguinaldos de Chapinero no eran para mí, sino como una
campaña en Casanare; porque yo no sabía si comía la carne con sal,
porque tenía el gusto perdido; no sabía de qué modo estaba vestido,
porque no me arrimaba al espejo; ignoraba si había muchas bonitas,
porque mi pensamiento no estaba fijo sino en Adelaida; y si paseaba
no era sino por los arrabales, en donde solía encontrar a Pablo
cogiendo algunas mariposas y saltones, tan entretenido, que no
advertía mi presencia si yo no le hablaba primero, y creyéndome
decidido por la ciencia, se ponía a explicarme por dos o tres horas
los géneros y las especies de animales por todos los sistemas
conocidos. ¡Ay de mí! la ciencia que yo buscaba era la de tener una
explicación con la simpática Adelaida.
Había noches en que no hacía otra cosa que vagar por los
camellones de las quintas, alborotando una multitud de gozques, que
me perseguían hasta mi casa de habitación.
Así es que los aguinaldos de Chapinero no dejaron en la historia
de mi vida sino tristes y amargos recuerdos.
El día de la nochebuena, después de la misa del gallo, salí a
caminar, ya con los últimos rayos de la luna, y llegué hasta la
reja de esta quinta; al notarla abierta, no pude menos que seguir
adelante. Pasé toda la alameda hasta llegar a las escaleras del
terraplén; una vez allí me saludó Fígaro, que estaba echado al
frente de la puerta principal de la sala, puesto que había escogido
para cumplir mejor con su consigna, sin embargo de que en el
presente negocio no era más que un capeador que se entendía conmigo
por debajo de cuerda. Subí en seguida a los corredores, y desde la
puerta de la sala, que estaba entre abierta y a la luz de la
lámpara que ya empezaba a espirar, vi las arañas y cuadros y un
gran retrato al óleo, el que me llamó de tal modo la atención, que
me quedé como electrizado contemplando sus magníficas perfecciones,
como si fuese la misma beldad en persona, y hasta le llegué a
hablar de la injusticia con que me estaba tratando; y si no
hubieran sonado en el reloj las cuatro y cuarto, me habría quedado
allí convertido en una estatua.
Con aquella nueva animación de mi espíritu seguí más adelante, y
en la mesa de cajón, sobre la cual había visto escribir a la
señorita unos pocos días antes estando de visita con mi familia,
alcancé a ver un tintero y papel: me senté al lado de la
puerta-ventana, con el objeto de refrescar mi frente calenturienta.
Se me vino, no al pensamiento, porque en aquella mañana yo no
pensaba, sino a la imaginación, que era la que dominaba todas mis
facultades, la idea de escribirle a Adelaida, y dejarle una sortija
dentro del cajón, que por casualidad estaba abierto, juzgando que
nada arriesgaría en el supuesto de que teníamos signos
convencionales, y tomando la pluma puse unos renglones en un papel,
con la firme seguridad que nadie podría leerlos sino la
señorita.
"Noble Adelaida, ídolo de mi corazón: usted ha
procedido con una ligereza inconsiderada. Dígnese oírme, dígnese
leer la carta que le he dejado en el sitio de nuestra
correspondencia, y se convencerá de que la sortija de usted no está
profanada, de que yo no he dejado de serle fiel ni por un solo
momento, y que...".
Las pisadas de gente que abría la puerta principal me hicieron
huir, dejando sin acabar la cartica y sin guardar la sortija, que
sentí caer al suelo, aprovechando la oportunidad de que la puerta
ventana estuviese abierta, para salvar la baranda y correr a la
puerta. Fígaro me fue consecuente, porque aun cuando se resolvió a
desenroscarse y estirarse con lentitud, según lo entendí por un
latido que dio cuando ya estaba yo muy lejos, aquello no era sino
una estratagema diplomática, para quedar bien con los de la
casa.
La sortija de Adelaida resultó después en la copa del sombrero
con las demás prendas de los juegos de penitencia, en la casa de
Arcelia, pero la que respondió por ella no fue sino Adelaida. El
juramento que había hecho de guardar sigilo, era la muerte para mí
en aquellos momentos: no podía averiguar nada, ni preguntar, sin
embargo de estar viendo que mis amores estaban descubriéndose como
la espuma que surge del asiento de un oscuro pozo de agua, sin que
nadie vea la causa que la produjo. Adelaida no me oía, no me
miraba: ¡desgraciados aguinaldos! ¡que nada me ofrecían sino una
verdadera cama de tormento!...
Fuimos todos al paseo de la cascada, v después de la comida, se
retiro Adelaida, con un libro en la mano, a un sitio solitario;
aunque a alguna distancia, le fui siguiendo los pasos, cuando de
repente oigo una voz que pedía socorro: era que aquel punto se
había incendiado instantáneamente por un cambio de aire; un
instinto secreto del corazón me hizo volar al lugar de donde partía
la voz; encontré a Adelaida rodeada por las llamas, la tomé en mis
brazos y seguí con ella hasta ponerla en los de su familia. Uní mis
lamentos a los de sus parientes y amigos, y cuando menos lo pensaba
descubrió el secreto de nuestro amor, por tanto tiempo
guardado.
Hoy la señorita se encuentra atormentada por la revelación de
nuestras relaciones, y sólo que usted consintiera en rebajar el
plazo de los 17 años, podría tener consuelo, porque Adelaida me
concedió su mano; y si usted lo tiene a bien, le dijo Ruperto
poniéndose de pie, rebajar el plazo por usted establecido, se puede
subsanar este grave mal; porque siendo por naturaleza vergonzosa la
señorita, y habiendo sufrido un bochorno por la indiscreción de
Sixto, y temiendo ahora la desenfrenada crítica, es seguro que
puede enfermar de muerte si se la sujeta a esperar un año más; por
lo que hace a mí, estoy pronto... mañana mismo si usted quiere.
-¿Mañana?... le contestó don Diego: esto es andar muy aprisa, y
fuera del voto que tengo hecho de no casar a mi hija sino hasta que
cumpla los 17 años, tengo otros motivos poderosos para que este
casamiento no se efectúe sino hasta pasados dos años: además, tengo
que averiguar algunos otros hechos.
En ese momento se oyó un inmenso tropel por los callejones, y
una voz dulce y sonora que gritaba:
-¡El doctor!... ¡el doctor!...
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