CAPITULO II

LA NOCHE

Se habían reunido en Chapinero gentes de diversas clases: los estancieros, canteros y chircaleños, y hasta los carboneros y leñadores, que viven al otro lado de la encrespada sierra; y no lo extrañe el crítico lector, que en Francia, Italia y España se dan a vuelo las campanas y los instrumentos musicales para la celebración del Nacimiento; y a Belén de la Palestina concurren los peregrinos desde mucha distancia con el mismo objeto, según lo refieren varios historiadores de costumbres.

La primera función de los aguinaldos en Chapinero fue el rosario del día diez y seis por la noche, rezado en la capilla por ñor Joaquín Esparto, residente en la aldea, y después cantado en procesión por los cuatro costados de la plaza, yendo levantada en los hombros de los vecinos la imagen de la Virgen de la Concepción, presidida de una multitud de gentes que iban alumbrando con faroles de papel o con las luces colocadas en arbolitos naturales del monte, o artificiales, de ingeniosas figuras, y adornados con multitud de flores de aguadija y zarcillejo y coral, cogidas en el páramo y algunas de las huertecitas.

Esta función, ejecutada por los aldeanos con suma reverencia, mostraba la gran devoción que se tiene allí por la imagen de la Virgen de la Concepción, trasladada de Bogotá por un devoto para la erección de la capilla en los antiguos terrenos de la familia Sánchez.

Las señoras mostraron también suma devoción, y los jóvenes bogotanos si no la tuvieron, usaron por lo menos de la política debida; ni tampoco era de esperarse que los predicadores de la tolerancia fuesen a deslucirse con actos contrarios a sus doctrinas, con riesgo de represalias, porque bien pudieran los creyentes al ser ofendidos ir a mofarse en Bogotá de los ritos de algún nuevo sacerdote, al ejecutar funciones de un culto nuevamente introducido en la Nueva Granada.

No hubo, pues, irreverencias ni actos de mala crianza, sino, por el contrario, mucho respeto y veneración en el rezo y en el canto, a tiempo que los voladores y los repiques se iban a duplicar con sus ecos en el corazón de las montañas de oriente, y las candeladas de chito y frailejón se reflejaban contra las lomas del frente de la humilde plaza de la función.

No bailaron las señoras en esa primera noche, porque de Bogotá no vinieron con la música algunos caballeros que se habían comprometido; pero se instalaron en tertulia bajo el alar de la posada de doña Salustiana, hasta donde llegaba la alfombra natural de fresca y mullida grama que cubría tanto los potreros como la plaza. Las señoras venerables estaban en el corredor, las criadas y los chiquillos en la puerta de la sala, y a la vanguardia estaba la brillante juventud y algunos de los colombianos, que aunque venerables también, ocupaban los puestos de los jóvenes, como suplentes en la tertulia, la que sabían amenizar con anécdotas, cuentos, chistes y galantes ofrecimientos, siendo de advertir que de los principales llamados por la ley no estaban allí sino Pablo y Ricardo y un estudiante demasiado pepito, sumamente joven, pero que figuraba también de suplente.

Ricardo estaba sentado por casualidad junto de la lindísima Arcelia, y sacando Irene los dos únicos instrumentos con que se contaba por entonces, dio a aquella la guitarra y a éste el tiple, y al instante se les vio poner el oído para templar, pero sin dejar de mirarse mutuamente, como si procurasen poner también en acorde las fibras más delicadas del corazón, y cuando sonó el primer registro, todo el mundo se quedó en expectativa: la primorosa ejecución de los dedos de Arcelia fue la Contradanza de las delicias, tierna, suave y encantadora, aunque sumamente vieja.

Todos se mostraban agradados, pero en especial los músicos, que estaban como encantados, sin perderse de vista ni siquiera por un instante, moviendo la cabeza con asomos de languidez o de vehemencia, según que los sonidos variaban, estando tan acordes éstos y sus sentimientos, que hasta sus suspiros iban a la par de la música.

Por causa del pajizo alar que cubría entonces las familias, no bañaba la luna sino únicamente las personas que estaban más avanzadas hacia la plaza. Aquel grupo de bellezas, vistas a media luz las unas y heridas por los rayos de la luna las otras, era un cuadro verdaderamente encantador en aquellos instantes. Uno de aquellos bellos rostros, justamente el de Arcelia, moviéndose al compás de los instrumentos, se iluminaba y se oscurecía, con asombro de los pocos espectadores que allí había capaces de valorar todo el mérito de aquella especie de seducción misteriosa y sublime.

Que la situación era bella, no hay duda: tiernas miradas y sonrisas, rasgos musicales de una melodía más que deliciosa; no faltaba en aquel momento sino otra clase de público para la más completa celebridad, y que pudiese juzgar con el debido entusiasmo las maravillosas escenas de la hermosura, al través del suave y delicado velo de la luna, que inspira siempre las más deliciosas emociones al corazón humano.

Visto así todo el paisaje de la plaza, bajo la iluminación de la luna de diciembre, en la segunda o tercera noche de menguante, era una escena magnífica, aunque melancólica para algunos, digna de la mayor atención para todos. El grupo de las más hermosas hijas de Bogotá, las gentes de los corredores vecinos; el esplendor de las paredes de la capilla; la cima de la estupenda y dilatada peña, tocando con la bóveda del cielo en aquella parte por donde miran al pueblo las siete cabrillas con suma curiosidad, y las tres Marías, y los ojos de Santa Lucia; por otra parte, la libertad, la confianza, el mullido asiento en la verde grama...

¡Oh noches! ¡Oh recuerdos de Chapinero! ¿Qué pluma habrá que pueda pintaros debidamente?... Díganlo más bien los corazones de aquéllos que fueron heridos o curados en la época a que nos referimos.

Después de cantar algunas canciones adecuadas a la situación, convinieron en bailar las señoras unas con otras, como por ensayo meramente, y dando las gracias negativas a los colombianos y a los pepitos que se ofrecieron de parejas; se citaron para bailar sobre la grama de la plaza, y era de verse aquella danza de hadas, moviéndose a media luz al compás de la bandola y la guitarra, con la confianza que inspira la igualdad del sexo, a tiempo que los rezagados contemplaban la escena, provocados de tanta hermosura, que la opaca claridad de la luna apenas permitía divisar con el auxilio de la perspicaz imaginación, que en ocasiones no se detiene ante el velo de los misterios. Sin embargo, Arcelia y Ricardo nada miraban, porque sus ojos eran pocos para mirarse mutuamente; y el desperdiciar una sola mirada habría sido un motivo de arrepentimiento para toda su vida.

Al mismo tiempo sonaban los palmoteos, las risotadas y los gritos en mitad de la plaza, provenientes del juego de la mariposa, que tenían instalado las criadas con Teresa y todos los chicos de las diferentes familias. Pascuala hacía de mariposa, y sufría, con los ojos vendados, los ruidos y provocaciones de toda la chusma, como un Presidente de América en tiempo de revolución; pero logrando al fin una de sus muchas tentativas, le echó mano al criado de don Toribio, el cual, vendado según todas las fórmulas de la ley del juego, se dio a correr y dar embestidas hasta que logró ponerle la mano a Teresa.

Teresa no era republicana, aun cuando se preciaba de serlo; Teresa no era en realidad sino la mujer más idólatra de su persona, y muy amiga de hacer su gusto en todo, por todo y para todo. La más bonita de la aldea, la más viva, la más graciosa, la más adulada de todos, ¿cómo iba a permitir que ninguno la dominase? Por el contrario, ella había de dominarlo todo, desde el juzgado hasta las mismas piedras del lavadero; y sus opiniones o caprichos no habían de hallar la menos contradicción, porque entonces los dicterios, la burla y los sarcasmos de su linda boca, herían como rayos a sus contraventores. Era exaltada en opiniones; pero, en fin, de Teresa no nos admiremos... Le habían echado mano, como dijimos, y arbitraria como era, bregaba a soltarse por no sujetarse a que la vendasen, y hacía dengues, y daba gritos y sacudones, pero al fin implorando Encarnación el orden y la justicia, la mantuvo sujeta hasta que la vendaron y la pusieron en mitad de la plaza, diciéndole la fórmula acostumbrada:

¿Mariposa, qué buscas?

-Tres agujas y un dedal.

-Da tres vueltas.

Y échalas a buscar.

En el instante le zumbaron las orejas con el ruido de las palmadas, y todos la provocaban sin dejarse apañar, y todos la llamaban hacia diferentes partes, y todos se divertían con ella, y sin remedio, porque las instituciones del juego no permiten descubrir los ojos al vendado hasta que coja víctima que lo reemplace; pero un sustituto era tan difícil conseguirlo como los sustitutos de todos los empleos que no tienen sueldo por la ley. Por fortuna contaba Teresa con una garantía en medio de los azares de su destino, y era lo blando de la yerba y lo plano y extenso de toda el área de la plaza, único recurso que tenía para no maltratarse por los muchos porrazos, que eran consiguientes a su nuevo destino.

Las señoras se retiraron para dar un paseo nocturno en rededor de toda la aldea, y como hubiesen notado una negra columna de humo que se levantaba del pie de la loma, quisieron acercarse hasta el mismo punto de donde salía, que era de un horno de tejar encendido, el que aún existe hoy en el mismo punto.

Para llegar al horno era necesario pasar un arroyo, en cuyo fondo se veían las pedrezuelas, reflejando la luz de la luna, y se veía la misma luna, y se pintaban las sombras de las señoras al pasar por encima de unas piedras y de un pedazo de viga, que les dio campo a los señores suplentes de ofrecer sus servicios, muy a tiempo, porque la mano no era allí de cumplimiento, sino de un socorro absolutamente necesario.

El horno estaba encendido, y bajo la dirección del maestro mateo se metían ramas de chilco, tuno, hayuelo y amargoso, con la propiedad que los artilleros cargan sus cañones, con lo cual se aumentaban los negros borbotones de aquel humo pestilente, y la cámara del fuego se presentaba espantosa, dando bramidos como los que producen los volcanes.

Las señoras se habían sentado en la grama a contemplar aquel espectáculo, y allí mismo oyeron la explicación que les hizo don Pablo de la naturaleza de los volcanes, y terminada ésta, dieron principio con una patética canción, en estilo vehemente, que fueron cantando algunas de las señoras hasta la plaza, de donde se retiraron alarmadas por el ruido de una pelea que empezaba a dar malos resultados.

Era una asonada de perros y mujeres del pueblo, que se originó por la causa siguiente:

El día antes había ido Petronila a comprar cebollas a la quinta de don Diego, y había, por su desgracia, llevado a Tomate con el mico a cuestas, vestido de soldado, y cuando estuvo en el patio no quiso tolerar Fígaro, el mastín de dicha quinta, la presencia de dicho caballero, y le acometió, haciendo caer al jinete, y dándole un mordisco a Tomate en una oreja, no tan de chanza que no le hubiese causado la efusión de algunas gotas de sangre, suceso de que quedó muy resentido el gozque, molestándose igualmente su dueño cuando lo supo.

Había venido en esta noche de que hablamos el hortelano, llamado Neuque, por unas velas a la aldea trayendo a Fígaro en su compañía; luego que éste fue columbrado por su enemigo, fue acometido con furiosos latidos, que alborotaron todo el hogar. Los gozques raizales de la aldea se hicieron todos al partido de Tomate, pero no tan en orden, que no sufriesen algunos golpes en los varios rechazos, dando tales aullidos que atrajeron a varias mujeres del pueblo, entre ellas a Teresa, la cual desde muy lejos alcanzó a distinguir los quejidos de su perro.

En una furibunda carga de la chusma, el magnate de la quinta sufrió una herida en el rabo, y lleno entonces de coraje le dio un empellón a Tomate y lo arrojó a tierra. Teresa, que tal vio, acometió con un palo al vencedor; pero el hortelano, que estimaba al opulento Fígaro como a su compañero y amigo, se puso en guardia con la ruana echada al hombro, y le dijo a la adversaria:

-¡Haga la gracia... por gusto!...

-¿Qué que qué? le gritó Germán, el cantero más respetado entre todos por su muñeca; ¿amenaza así a la niña Teresa?... ¡ja! ¡ja! ¡ ja!...

-¿Y quién lo mete a usted en camisa de once varas? ñor Germán.

-¿Luego usted es algo de la niña Teresa? le gritó una de las alfareras, que había acudido al alboroto. ¿No ve usted que el pobre de ñor Neuque no hace más que defender a su perro?

-¿Y a vos quién te ha llamado aquí? perra mugrienta, gritó Teresa; ¿no era mejor que te fueras a lavar el barro que se te ha prendido en el chircal? Agradecé que hay caballeros y señoras en la aldea, que si no...

-Todavía nos queda tiempo; porque, como dice el dicho, hay más días que longaniza, y en la venta nos toparemos...

El pobre de Neuque estaba acribillado en otro grupo por el cantero; y Fígaro, que vio el cuento mal parado, estaba con el rabo entre las piernas, muy arrimado al hortelano.

-Indio miserable, largáte a dormir la chicha, antes de que yo te desbarate de un manazo la poca figura que Dios te ha dado, le decía el cantero al defensor de Fígaro.

-Miserable... porque los blancos así lo han querido, despojándonos de nuestras riquezas y sonsacándonos nuestras tierras; pero no le hace, que Dios es grande...

-Para ladinos, ahí los tienen; pero no valen un comino. Y bien te puedes ir largando con tu perro, antes que a mí se me entripe y... Teresa gritaba por otro lado:

-¿No lo ven?... porque Tomate es chico, y porque es perro de una pobre lo han maltratado en la quinta, y lo aborrecen y lo persiguen; pero yo soy tan libre para tener perros como lo son los ricos, porque para eso estamos en tiempos de libertad, y el día que yo vuelva a ver el perro de la quinta en este pueblo, le doy su paliza, y a ver qué me hacen.

Germán apaciguó a la joven Teresa, y Neuque llamó a su perro en retirada; las señoras recogieron a las criadas, volviéndose a quedar la aldea en profunda paz.

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