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CAPITULO IV
LA VENTA
A Susana le habían señalado para su misa, rosario y comida el
día diez y siete, y ayudada por Adelaida, salió con mucho
lucimiento. El baile, sobre todo, estuvo más divertido que el de
Arcelia, y duró hasta las cuatro de la mañana.
Hubo un suceso en este día, que aunque es todo perteneciente al
pueblo pobre, como son canteros, alfareros, criadas v lavanderas,
no podemos prescindir de darle cabida en este capítulo, como parte
de la historia de los aguinaldos, en el día señalado para el
alferazgo de la modesta hija de doña Jacinta.
Teresa tenía un mico, que amaba como a las niñas de sus ojos,
según se lo había indicado a don Pablo desde el día que le arrendó
la casa para la familia. Acostumbraba en los días de fiesta
vestirlo de soldado v sacarlo montado caballero sobre Tomate, para
lo cual le ataba la mano izquierda a la cintura, con el fin de que
se mantuviese derecho; siendo estas salidas verdaderas funciones
para los chicos y gentes de poco valer, que para la gente principal
no era el mico sino un motivo de odio, por los daños que decían que
les causaba, en compañía del perro, porque al menor descuido le
echaba mano al pan, huevos o longaniza de las tiendas o despensas,
y dando el brinco sobre el perro, este salía a todo escape hasta
parar en un lugar oculto, en donde partían de la expropiación,
salvo que no fuese de frutas, porque entonces no había partija para
uno de los socios.
Los huevos los preparaba el oficial, que así lo llamaba Teresa,
dándoles algunos golpecitos contra una piedra hasta abrirles un
pequeño agujero, y luego metía el dedo y los rebullía, y en seguida
alzaba el codo y sorbía del mismo modo que lo hacía Teresa con los
huevos tibios, aunque ella no era con el dedo sino con un palito
con lo que practicaba la operación.
Estas y otras gracias del mismo tenor traían continuamente
molestos a los vecinos, _v ya se habían dirigido a Teresa, y aún a
los jueces, para que encerrase el mico; pero ella intrigaba, y
alegaba, y se hacía la ofendida, y el mal seguía adelante, porque
se había ganado todo el prestigio de un verdadero gamonal, esto es,
de salirse con lo que ella quería. Era un gamonal con enaguas, y
esto lo explica todo; tenía por doctrina decir que era libre, y
delante de este bello principio sucumbían los derechos de los otros
vecinos, siendo las expropiaciones, en concepto de ella, una de
tantas diversiones.
Teresa vistió su oficial con chaqueta colorada y calzones
verdes, y las criadas vistieron a los niños con sus trajes de seda
y sus calzones de muselina con arandelas, y se fueron al paseo.
La licencia concedida a las criadas era para que se fuesen con
los niños a coger moras y nidos de chispas a los potreros; al
efecto, tomaron por el camellón del Norte, y saltaron las chambas o
zanjas para ir a un potrero muy pastado, donde hicieron correr a
pie y a caballo al jinete de Tomate, como también a los chicos, que
se divertían a todo su gusto; cogieron algunas moras, uchuvas,
llorones }, un nido con huevos, lo que originó serias disputas y
llanto, porque Carlotica lo quería para sí, y Enriquito,
Epaminonditos, Milciaditos y todos los demás niños también se lo
disputaban, pero a costa de algunas lágrimas, se resolvió que sería
para el que se atreviese a montar en ancas del oficial, y Enriquito
lo obtuvo, porque se halló con buen ánimo para cumplir con la
condición requerida.
Los niños querían seguir toda la tarde en sus diversiones, pero
Teresa y Pascuala también querían divertirse. Estaban convidadas a
la venta, y con el pretexto de que había toros bravos en el
potrero, apuraron a los niños a la vuelta. Pronto estuvieron en la
venta, en donde la pandereta y el tiple parecía que se iban a
reventar en manos de los canteros y alfareros, tocando el popular
torbellino en una sala cómoda, en donde estaban reunidas las
hermosuras del pueblo pobre: estancieras, carboneras, alfareras y
lavanderas, notables por sus rosados carrillos, que imitan el color
del papelillo, y sus pies limpios, colorados y muy pequeños. La
provisión de la venta tampoco era mala, porque Teresa, Pascuala y
compañía fueron obsequiadas con mantecadas, buñuelos y tortetes,
aparte de los licores, que no eran otros que la sofocante mistela y
la saludable y sustanciosa chicha de los ínclitos sabaneros.
Un torbellino entre cuatro se instituyó luego, siendo sacada
Teresa por Germán y Pascuala por Jacinto, que era otro cantero,
íntimo amigo del primero. Pascuala se tardó un poco mientras que
encontró a quién poderle endosar a Carlitos, pero luego que ella
desembarazó su robusto cuadril del peso diario del niño, se
trasladó a la mitad de la sala, y la pieza fue ejecutada con
soltura y bizarría, aunque censurada por las alfareras que se reían
y la miraban con malicia, sin querer ofenderla a las claras.
Micaela y la prima de Teresa bailaron el siguiente torbellino, y
como Teresa se asomase por la loma, y viese que las señoras estaban
por allá muy, entretenidas cantando, tocando y leyendo, no hizo por
despedirse en momentos en que más les estaba gustando la diversión
a todas sus compañeras.
Muy agradable habría sido este paseo a la venta sin la triste
ocurrencia que vamos a referir:
Estaban las criadas y su bella conductora sumamente divertidas,
cuando sonaron en la calle los chillidos amargos del oficial. Se
asomó Teresa, y viendo que un chino de los del chircal le tiraba
con menudas piedras, y que la alfarera llamada Atanasia se lo
celebraba, le tiró al agresor con un canto tan bien dirigido, que
por hallarse agachado un poco no sufrió el golpe sino en el
sombrero.
-Que vuelva a hacer la gracia la Teresa, y sabrá lo que es bueno
y barato, gritó Fructuosa en el instante.
-¿Y para qué le tiran piedras a mi oficial?...
-¿Y él para que es grosero y chocante? ¿para qué se puso a
alzarme la ropa al pasar por junto a mí?...
-¡Válgame Dios!... ¡qué señora tan recatada!...
-Si lo tuviera sujeto, para que no estuviera molestando a todo
el mundo... le contestó Atanasia.
-¿Y qué le importa a la zarrapastrosa, mugrienta,
niguatera?...
-¡Vuélvemelo a decir, orejona malcriada!
-¡Ahora sí nos la sacamos con la señora bogotana!... Será porque
está vestida con la ropa vieja de las señoras, que se la ganaría
cargando la múcura de agua...
-¡Y vos lavándoles el mugre, que es un poco peor!
-¡Más vale tener oficio! repuso Teresa.
-¡Miren qué oficio!... lavar cuatro piezas, y largarse a pasear
a Bogotá. ¡Vagamunda!... ¡filimisca!... ¡entonada!... ¡cavilosa!...
¡presumida!... ¡buscapleitos!... ¡adulona!... ¡sonsacadora!...
¡mentirosa!... ¡que si no fuera por ella la aldea no estuviera
alborotada!...
No había acabado de recitar Fructuosa su retahíla, cuando
recibió de Teresa un fuerte puño en un cachete, y luego Pascuala,
que se había desembarazado del niño, entregándoselo a la primera
que se le presentó por delante, le contestó otro del mismo género,
a Atanasia, con esta frase de mucha satisfacción para ella:
-¡Así se pega! demonio de voluntaria.
Al decir esto, arremetieron tres alfareras sobre Teresa y
Pascuala, y a esta última le echaron por tierra, y prendiéndosele
Anastasia del pelo, le rasgó Fructuosa la camisa, y le reventó las
narices para su mayor desgracia. Pero Jacinto, apartando a la
alfarera de un puntapié, levantó a la criada del suelo, lo cual no
dejó impune el maestro Mateo, el director del tejar, porque de un
puño le pagó Jacinto el desacato con la gente de su
establecimiento, y entonces la pelea se trabó entre los dos
maestros por separado, sin perjuicio de las palabras insolentes con
que seguían tratándose, y de los arañazos, pescozones y tirones de
cabellos en que estaban empeñadas todas las criadas contra las
alfareras, sosteniéndose por algunos momentos indeciso el combate,
hasta que se echó la ruana al hombro el maestro Germán y arremetió
contra Mateo y Pascasio, que le tiraban juntos a su camarada. No
fue menester más que un solo puño, porque cayó a tierra Mateo,
llevándose por delante dos o tres de sus copartidarias, que ya
llevaban a mal traer a Teresa y sus defensoras.
Por fin cesaron las hostilidades, y el maestro Mateo, que se
levantó del suelo como atolondrado, tocándose la cabeza, le dijo al
dueño de la tienda, que ya se había atrevido a sacar las
narices:
-¿No ve usted. cómo ese atrevido me ha pegado con la almádena de
partir piedra?
-Con un dedo, porque para él no necesito de más, contestó el
vencedor de los alfareros.
-¿Y a usted quién lo ha metido, interpuso Fructuosa, en una
cuestión que no ha tenido otro origen que el mico? ¿Usted es
abogado de ese animal, o de la Teresa, o de las criadas? Y lo mismo
Jacinto, que a la sombra de Teresa parece que ya no quiere trabajar
más en la cantera, porque se halla muy bien cuidado con el vino, y
las aceitunas, y las pastillas de chocolate que salen de las casas
grandes; porque, como dice el adagio, debajo del sol no hay nada
oculto.
-A ti no te consta, perra fullera, gritó Teresa con ademán de
volver a la carga; pero el ventero, que no había querido tomar
parte anteriormente, ahora reconvino a los beligerantes,
diciéndoles con mucho garbo:
-¿Cómo es esto? ¿Mi casa es algún cuartel, para que me vengan
ustedes a faltar de tal modo?
-Pero ¿cómo quería usted que yo dejara apedrear al mico? dijo
Teresa. Y esto no se queda así no más, porque a la cárcel voy a
hacer meter a las alfareras, o las hago desterrar de Chapinero para
que sepan quién soy yo...
-También es que usted tiene muy contemplado a su oficial, y por
eso es que le pasan estas cosas, niña Teresa.
-No es más que la envidia... y no les he de dar en la muela,
porque yo soy libre para tener micos, y perros, y gatos, y
demonios, y todo lo que se me de la gana, para que usted lo
sepa...
-No, niña Teresa; es que ese animal es dañino de deveras, y
usted no lo quiere creer, porque el cariño la ciega.
-Testimonios que le levantan todos ustedes.
-No son testimonios, niña Teresa, mire que antier no más vino y
se llevó medio queso que tenía yo guardado para mi Nochebuena, y
fue a comérselo en compañía de Tomate; y usted no quiere creer que
quitar lo ajeno es robar, sino que, por el contrario, quiere que
todos le celebren la gracia... Ya se ve que en los tiempos que
corremos han cambiado hasta el significado de las palabras.
-¿Y luego no sabe usted que las cosas han de ser para el que las
necesite, como aquí lo han dicho muy buenas personas? y si no
dígame ¿por qué hay tiempos en que se toma de un potrero, sin
consentimiento del dueño, el ganado que se necesita, como yo lo he
visto en este Chapinero?
-Es que usted no mira sino su persona, y su gusto, y su
libertad, pero no tiene en cuenta la libertad que los demás tenemos
de comer queso, de hacer tejas, de tener gallinas echadas y de
vivir a gusto...
-Sobre todo, lo que yo necesito de los consejos de usted, que
todo no es sino por sostener la miseria, y las ideas rancias y la
pichicatería; y al que me tenga envidia que se muerda el codo. Y
todo ese mugre del tejar que se ande con mucho cuidado, y no digo
más, porque donde se mata la res se paga la alcabala.
Las alfareras y sus defensores habían desfilado sin ser
advertidos, y ganada la batalla por las criadas y Teresa, lo que
ahora más importaba era sacar con bien a Pascuala ante sus señoras,
ya que al principio había salido tan mal con las alfareras.
Mientras que Teresa recibía ropa limpia, que había mandado traer
de la casa, sobre el mismo campo de batalla le lavó muy bien las
narices, los brazos y toda la cara, le arregló lo mejor que pudo el
pelo, del cual faltaban algunos buenos cadejos, y cuando le llegó
el auxilio de la ropa le hizo mudar casi del todo, porque las
enaguas de crespón y la pañoleta de seda no quedaron ni aún para
dar de limosna a un pobre; a Concepción, la criada de doña Jacinta,
le salió faltando un zapato, que nunca volvió a aparecer; a
Enriquito le hicieron romper una Venus de porcelana, que había
costado un doblón, con dos juguetes más de la misma materia, al
ejecutar el traspaso del niño de los brazos de Pascuala a los de
otra pobre mujer que tuvo la bondad de prestar su cuadril para que
montase el asustado niño.
La vuelta de los viajeros, aunque un poco tarde, no tuvo, sin
embargo, malos resultados; porque las señoras se tardaron más que
ellas en su paseo; y por lo que respecta a los aruños de la cara de
Pascuala fueron atribuidos a los toros bravos que las habían hecho
correr y saltar por las zanjas de los potreros, a cambio de que no
les sucediese nada a los niños.
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