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CAPITULO V
SERENATA
La una de la mañana había sonado en el reloj de la sala
principal de la quinta de don Diego, con un tañido sumamente
fatídico para Adelaida, la única persona que estaba despierta.
después de volver toda la familia del baile en el alferazgo de
Susana, que no había durado hasta muy tarde, por no haber
concurrido de Bogotá los cofrades más interesados. Neuque dormía
profundamente, estropeado su cuerpo con el manejo del azadón, y
entorpecida el alma con el narcótico de la ignorancia, que en lo
general mantiene contenta a la que fue rica, poderosa y altiva
nación de los chibchas. Fígaro, el corpulento y venerable guardián
de la familia, también dormía muy sosegado, a tiempo que los
gozques de la aldea velaban, dando latidos tras de latidos, de los
cuales se formaba una horrible vocería, que en tales horas llenaba
de mil pesares a la única persona que en la quinta gozaba de la
facultad de oír.
En tal estado de lúgubre quietud se oyó de repente una voz que
entonaba una sentimental canción, acompañada de la guitarra.
Adelaida se impresionó, como era justo, habiendo sido la
sorpresa su primera emoción, la ternura la segunda, y una mezcla de
gozo, tristeza y aflicción la última de todas, evocando los
recuerdos de alguna dicha pasada, mezclados ahora con la pena de un
sinsabor amargo que la tenía atormentada; los latidos de su pecho
se iban aumentando de una manera extraordinaria, aunque parecía que
ella trataba de comprimirlos con su propia mano, con la mira de
conocer la voz; pero no le era posible, pues la canción se había
perdido con los latidos de Fígaro, que resonaban en los aires, como
los cañonazos que ahogan la música de los batallones en los campos
de batalla. Después de un tierno suspiro, dilatado y profundo,
arrancado de lo más íntimo de su corazón, le dijo la señorita
Adelaida a su hermana, que dormía en una misma alcoba:
-¿Has oído? Lucinda.
-¿Qué cosa? hermana.
-¡La serenata, niña!...
-No toda, porque yo estaba dormida; pero lo último me ha
parecido bien.
-¡Ay! ¡niña!... Demasiado tierno, ¿no te parece'?... Yo no sé
por qué la música y el canto nos conmueven de una manera tan rara,
v más cuando son usados en forma de serenata. No hay fibra sensible
que no experimente una vibración aparte, y en especial los
recuerdos parece que todos son evocados. Yo estoy llena de susto, y
el corazón me late con suma violencia. ¿No te sucede a ti lo
mismo?
-Me ha parecido imponente la música, y confieso que algo tiene
de singular en estas horas para mi corazón, si no es que éste no
tiene una predisposición secreta para algún desconocido género de
ternura, que a mi pesar me arranca los suspiros; pero no obstante
esto me he poseído del mérito completo de la escena, sin el menor
susto, y si no ponme la mano en el corazón y te convencerás. Yo no
sé qué cosa hay aquí de sublime al lado de lo melancólico y de lo
vulgar, ignoro si los troncos de los árboles, si los altos muros
del edificio o si las bóvedas del salón tienen relación con ciertos
sonidos de la música, por sus ecos; o si es que la atmósfera está
templada con el fresco de la noche, o más bien el corazón
predispuesto de una manera más favorable a las impresiones de los
sonidos musicales, porque es la verdad que la serenata de esta
noche me ha causado alguna novedad, quitándome el sueño, lo que es
en mí una rareza, como tú lo sabes.
-¡Ay! ¡quién pudiera decir otro tanto!
-Pero, en fin: la serenata me ha gustado infinito, lo que ignoro
es a quién sea dirigida.
-¿Cómo?... ¿a quién?...
-¿Pues a quién? o es a ti o es a mí.
-A ninguna, me parece.
-¿Lo crees? ¿No viste cómo se acabaron las serenatas en la
cuadra de casa desde que se pasó Dolores a Santa Bárbara? ¿Y no te
acuerdas de las visitas de Santiago?...
-¡No creas que sea por mí, eso no!
-Por mí tampoco; Adelaida.
-Entonces será a los sauces o a las paredes de nuestra quinta, a
las que se han propuesto obsequiar con una serenata,
seguramente.
-Lo que yo puedo asegurarte es que no conozco la voz, y si la he
oído en algún tiempo, ahora no la recuerdo; y lo que es más, no
tengo antecedente alguno para esta serenata, ni puedo inferir cosa
que tenga relación con un hecho tan raro en esta quinta. A la
verdad, mi querida Lucinda; no sé a qué atribuir esto, ni conozco
la voz del cantor, ni mucho menos el estilo: ¡nada! ¡nada!... Pero
escucha de nuevo al cantor.
-Pero qué se va oír con los latidos de ese poltrón de Fígaro,
que no sirve sino para hacer alboroto, y comer y dormir todo el
día.
-No, pobre; no lo exageres, porque has de saber que yo le tengo
mucho cariño... Escucha un trozo de lo más interesante... ¿oyes,
Lucinda?...
-Es patético y enérgico, pero no es natural, dijo Lucinda
después de unos tantos minutos de atención, tiene un aire
quejumbroso que parece que busca la impresión mucho antes de
haberla causado, ¿no te parece?
-¡Qué feo!... gritó alguna persona que parecía estar oculta
entre unas matas de espino tabio, que abordaban la chamba, zanja o
vallado de una medianía, distante como algo menos de media
cuadra.
-Un corazón imparcial será el que lo decide, contestó el músico
de la guitarra, y siguió adelante en su canción.
Por segunda vez fue interrumpido el cantor, pero ahora lo fue
por el chillido de un valse del tiempo de la República de Colombia,
que titulaba los pollitos, ejecutado en la flauta, con una
ironía profundamente marcada, y una disonancia tal, que Adelaida no
pudo menos que taparse los oídos con ambas manos y Lucinda soltar
una carcajada, a tiempo que don Diego, dominado por la cólera, cosa
que no sucedía sino en casos muy apurados, y saliéndose de sus
casillas, gritó desde el corredor de la sala:
-¡Señores! ¿es mi quinta algún castillo arruinado para que las
bestias salvajes vengan a conmoverla con sus aullidos?
-Que las voces importunas de un mastín y de una flauta no me
interrumpan, y será usted deleitado por las melodías más
agradables, le contestó el de la guitarra.
-¿Y si tampoco quiero yo melodías en la puerta de mi quinta?
-Usted como ciudadano granadino tiene las garantías suficientes
para taparse las orejas, dijo el de la guitarra con una voz un poco
disimulada.
-¿No tendré yo la garantía de dormir en mi quinta con quietud y
a la hora que se me antoje?
-Lo que puedo asegurar a usted es que yo tengo la libertad de
hacer todo el ruido que quiera, como ciudadano de la Nueva
Granada.
-Habrá dos libertades opuestas, la una contra la otra, será el
resultado; pero en ese caso triunfaría la libertad de dormir
tranquilo en su casa un honrado padre de familia, si es que la
Constitución no se lo estorba.
-A usted le queda la libertad de taparse las orejas, vuelvo a
decírselo, si es que no le gusta la música.
-O la de disparar un trabuco, ¿no les parece a ustedes?
-Con el inconveniente de una represalia en la misma moneda, lo
cual tiene mayores inconvenientes aún.
-Una tiranía es lo que me parece el acto de atacar a los
ciudadanos en sus casas, inquietarlos y burlarlos en nombre de esa
libertad; pero... en fin, será lo que ustedes quieran...
El músico registró de nuevo su guitarra, y comenzaba a cantar, a
tiempo que fue interrumpido por el mismo valse de los pollitos, que
mezclado con la voz humana y el acompañamiento de guitarra,
producía cierto género de disonancia de lo más repugnante y
ridículo que pueda darse, y perjudicial, sobre todo, para la
solemnidad de una tierna serenata, suave en extremo, conmovedora,
que había hecho suspirar a las dos lindas señoritas de la quinta;
esto debió molestar en sumo grado al empresario de la serenata,
porque volviéndose hacia el punto de donde parecía que venía la
ridícula sonata, se expresó en estos precisos términos:
-Se calla el cobarde, o yo ejecuto un dúo de pistolas contra ese
árbol que lo favorece.
No se oyó otra respuesta que la del consabido valse, el cual, a
su vez, fue contestado con el estallido de una pistola, alarmante
en sumo grado para toda la familia en general, con excepción del
joven Teodoro, que aún no había regresado de la aldea, agregándose
a esto los latidos de Fígaro, que volvió a tomar cartas en la
cuestión, estando enroscado cerca a la puerta del cuarto del
hortelano, como lo tenía de costumbre.
-Aquí hay pistolas para escoger, gritó el de la guitarra, en un
tono disfrazado, si el de la flauta es algún caballero.
-¡Bravo! gritó don Diego también; que se lleve la trampa a los
defensores de las garantías del alboroto, para que dejen vivir a
los hombres sosegados, y a sus familias, y a sus perros y a sus
gatos. La garantía de la paz era la que nos habían de dar los que
tanto conversan de garantías.
El de la guitarra se había dirigido en busca del músico de la
flauta, y era muy de temerse una pelea de encarnizados rivales;
pero la distancia a que estaban era un obstáculo para que las voces
se pudieran oír desde la quinta.
Dejémoslos que discutan sus primorosas garantías con la lógica
de las bocas de fuego, mientras que pasamos a dar cuenta de don
Diego, el cual se retiró de la puerta lleno de afán, por las
consecuencias de semejante acontecimiento. Se dirigió a la pieza en
que dormían sus dos hijas, con una vela en la mano, preguntándoles
en el momento:
-¿Ustedes saben qué alboroto es este?
-No, señor; respondió la señorita Adelaida.
-¿Ni tú, Lucinda? le preguntó directamente a la otra.
-Yo, menos, señor; ¡ni me parece que esto sea por ninguna de
nosotras!...
-Este asunto ha comenzado por serenata, dijo la esposa de don
Diego, y como éstas no se dan sino a las buenas mozas...
-No parece que todo esto sea sino por vagamundería de algunos
tunantes, dijo Adelaida.
-De veras... ¿no conoces tú esas voces?...
-No tengo antecedente ninguno sobre la tal serenata; no conozco
la voz ni sospecho nada: estas no son sino vagamunderías, como
después lo sabremos.
-Pero vagamunderías que interesan al reposo de una familia
entera, y que si yo saco mi carabina, el diablo puede llevarse a
cualquiera de ellos, si es que no me matan a mi primero. Pero si
los que asaltan las paredes de mi casa tienen apoyo en la parte de
adentro, o si con ellos simpatiza alguna persona de mi familia, lo
que en política llaman... no sé de qué modo...
-¡No, no, papá! ¡nosotras no! exclamaron las dos señoritas.
-Porque habiendo traición la llevaría yo perdida.
-¡Por mi parte no! exclamó Adelaida: repito que no tengo
conocimiento ninguno, la voz del cantor me es enteramente
extraña.
-Ni yo tampoco, añadió Lucinda con la tranquilidad y la firmeza
de expresión que dejan asegurada una verdad. más que el testimonio
de dos testigos idóneos.
-Pues entonces ignoro lo que pueda ser, dijo don Diego, que se
había impresionado más de lo necesario por una de tantas
serenatas.
-Yo creo, dijo doña Marcelina, que algunos cachacos de los que
vienen a los bailes de Chapinero, se han propuesto, a causa de
alguna buena chispa, venir a darnos un mal rato con el santo fin de
divertirse.
-¡Barajo con la diversión! exclamó don Diego.
-Ya usted ve que hoy en el día hay libertad para divertirse cada
uno de la manera que quiera; la otra noche se propusieron quemar
con la vela todos los bastidores de percala de las ventanas y las
palmas de ramo de las pocas casas que quieren seguir una tradición,
que por lo menos es inocente.
-¡Intolerante libertad! exclamó don Diego; así como la de no
dejarme dormir a mis horas. Por eso es que algunos viejos suspiran
por la tiranía del tiempo de la Colonia, que en nombre de la ley
les aseguraba a todos la verdadera libertad, y todos vivían
garantizados por la autoridad; pero esos eran otros tiempos... hoy
somos republicanos, y debemos seguir la República, porque no hay
otro remedio... En fin, vamos a dormir, antes que nos amanezca
sirviendo de víctimas de una burla, ya que no será de unos amores,
porque, efectivamente, yo no creo que el amor de ninguna de mis
hijas sea la causa de que nos hayamos trasnochado todos los de la
casa; vamos, pues, a dormir, que son cerca de las cuatro.
Don Diego mandó al hortelano que saliese por la puerta del
potrerito de la vaca y los venados, para lo cual le dio la llave, y
que saltase las pequeñas tapias y fuese a indagar el paradero de
los músicos rivales; y luego se retiró a su cuarto, y aún no se
había recostado en su cama, cuando oyó que empezaba de nuevo el
canto, pero con mayor solemnidad, según parecía. Adelaida y su
hermana Lucinda también lo oyeron, y abriendo la ventana de su
dormitorio, que daba hacia la portada, se propusieron velar hasta
que terminase la serenata.
La voz era muy diferente de la primera, la guitarra modulaba
perfectamente los acentos, y hasta había un segundo que parecía ser
el cantor que había comenzado el acto primero. Fígaro no latía,
sino que, por el contrario, exhalaba los expresivos y tiernos
aullidos con que los perros saludan a las personas de su mayor
predilección. Adelaida, afectada seguramente de una manera
extraordinaria, se retiró a su cama, atacada de un síntoma de
convulsión, que en ella era muy frecuente, no pudiendo menos de
renunciar al final de la doble serenata. Neuque volvió de hacer su
espionaje cerca de los músicos, y sin que lo oyesen las señoras,
hizo a su patrón la relación del modo siguiente:
-Fui, dijo el cauteloso muisca, hasta muy cerca de donde estaban
los señores, y a favor de la luz de la luna los vi por entre los
rosales y salvios de la orilla de la zanja. Tal me pareció que se
iban a matar sin confesión, porque se mostraban unas pistolas muy
relumbrosas, y se manoteaban como alegando; ¡Jesús credo!...
-¿Pero qué decían a todo esto?
-Yo no les alcanzaba a oír su murmullo, pero le vi sacar a uno
de los señores una carta de su bolsillo y se la mostró al otro.
-¿Y qué sucedió?
-Que bajaron las armas y se abrazaron.
-¿Y de ahí?...
-Que templó su guitarra el uno y sopló su flauta el otro, y se
vinieron juntos para la puerta de la quinta de su merced, y no supe
más, porque yo me vine para acá.
-¿Y eran decentes?
-De capa y casaca, mi amo.
Las dos señoritas se habían acostado. A Lucinda la esperaba la
dicha positiva del sueño, dicha que su almohada nunca le había
negado en los quince años y medio de su carrera en este mundo, y
tenía las pestañas perfectamente trabadas sobre sus encantadores
ojos, como el velo que oculta alguna preciosa reliquia; su
respiración era quieta, sosegada y fácil, como la de una inocente
criatura que se acaba de dormir en el seno de su cariñosa madre.
Adelaida estaba despierta, luchando con un embolismo de ideas a
cual más exageradas y contradictorias. Dos cantos diferentes,
flauta y guitarra, sonidos armoniosos y melancólicos; burla,
seriedad y amenazas; galanteos y menosprecio de la urbanidad;
libertad y fraternidad, humo de paja, y por último unas
capitulaciones: de todo esto le era imposible hacer completa
ilación, y la sangre de su cabeza _v hasta su pelo mismo le parecía
que se le quemaban, buscando la solución del misterio, o mejor
dicho, el laberinto de tantas contradicciones. Su respiración se
convertía en gemidos algunas veces, de tal modo que hubo de
despertar a Lucinda, la cual, asustada, dijo a su hermana: -¿Qué
tienes, Adelaida? ¿estás mala?
-Estoy un poco desvelada.
-¿Te hizo daño el haberte levantado a escuchar la segunda
serenata?
-Es que me afecta la música cuando es demasiado triste.
-De veras que has dado en ser muy sensible.
-Demasiado desgraciada es que soy.
-Desde hace poco, ¿no Adelaida?...
-¿Por qué?
-Porque se ha verificado un cambio absoluto en nuestras
relaciones, ¿no es así?
-No te comprendo, Lucinda.
-Tú eres la incomprensible, y si no dime, ¿no es verdad que
ahora suceden en la quinta muchas cosas que antes no sucedían?
-¿Cómo qué cosas?
-Tus paseos nocturnos por entre las arboledas, no sé qué cuentos
de espantos de que habla Neuque y la serenata de esta noche, por
ejemplo...
-¿Y yo tengo la culpa?...
-Sí, Adelaida; y lo que más siento de todo, es que tú me hayas
negado tu confianza.
-Esas son ilusiones tuyas.
-¡Bonitas ilusiones! cuando te veo triste, cautelosa y
reservada, y cuando ha desaparecido absolutamente la confianza que
nos unía desde la niñez, y tú sabes que la intimidad de la familia
es lo único que hay de positivo en la vida. Desde que has dado en
ser disimulada, veo tus facciones cubiertas por una sombra de
melancolía que te va aniquilando día por día; veo que te marchitas
como las plantas que nacen sobre las paredes de la quinta con los
rigores del sol; ¿y podré permitir que así te aniquiles?... Háblame
con franqueza: ¿es posible que estés dominada por alguna
desgraciada pasión? ¿Pero cuál puede ser ésta, que no alcance a
llenar el fin de las aspiraciones de una joven decente? Tú no amas
un imposible, estoy seguro de ello: háblame y verás cómo todo se
allana; papá no es un tirano que pueda gozar con el martirio de
ninguno de sus hijos.
-Soy desgraciada, es lo único que te puedo decir.
-Por lo mismo debes hablarme, que en todo caso es mucho mejor
depositar toda tu confianza en los mismos de la familia, que dar
ocasión de censura en la vecindad.
-¡Oh, Lucinda de mi vida!... yo conozco lo que me quieres, tengo
mucha confianza en tu discreción y buen juicio; pero nada hay al
presente de particular que yo pueda confiarte: perdóname, si me
crees obstinada; ten compasión de mí y espera al tiempo que me ha
de justificar. Sobre todo, te ruego que no me creas desviada de
nuestros principios de pundonor. Hay una fatalidad que me prohíbe
descubrir mi corazón a nadie, y es con el más positivo sentimiento
que estoy obligada a guardar silencio. Guárdame el secreto sobre
estas palabras, que a la verdad nada dicen, y perdóname y
compadéceme.
Don Diego estaba acostado, pero tampoco dormía. En su cabeza
bullían un mundo de ideas, agitándose continuamente sin mudar de
situación; su corazón no estaba muy enternecido por las melodías de
la guitarra, cuanto sobrecogido por la libertad de alboroto
sostenida como principio constitucional por una voz demasiado hueca
o tal vez disimulada; su pensamiento no era capaz de descifrar las
contradicciones y disparates de aquellos dos ciudadanos, a los
cuales había oído gemir, gritar y combatir, y que según las
noticias de Neuque, habían terminado por unirse, quién sabe con qué
objeto y por cuánto tiempo; su memoria le estaba representando en
un cuadro sumamente rápido, pero de colores vivos, algunas escenas
de sus pasados tiempos, cuando les quitaba el sueño a algunas de
las muchachas de Bogotá, en unión con sus amigos, dándoles
deliciosas serenatas e interrumpiendo el sueño a la vez a las
madres y a todos los habitantes de la cuadra, y para esto que su
imaginación le estaba pintando la cuadra, la ventana, la muchacha
tal como la veía, llena de amor, sensible y grata al tiempo de
aceptar el noble tributo de su decisión. Milagros de la música que
le representaba con exactitud ahora lo que había pasado cuarenta
años antes. Pero en otro vuelo de su exaltada imaginación se le
presentaban sus dos hijas, ya casaderas, y lindas como esas
bogotanas que él despertaba con su guitarra y su canto, las más de
las veces por divertirse; y entre tantas ideas que se le venían a
la imaginación, recordó la sentencia de la Sagrada Escritura, que
dice: "Con la vara que mides serás medido", y
sobrecogido por los recuerdos, sentóse en la cama, y exclamó:
-¡Oh Lucinda! ¡Oh Adelaida! que mis preceptos y consejos, que la
educación de vuestro corazón, dirigida por la mano de la mejor de
las madres, os lleve al término señalado por las virtudes, ¡sin que
vosotras seáis las víctimas de los que gustan de tales
diversiones!...
De este modo declamaba don Diego en su desvelo, sin poder dormir
sino el sueño de las pesadillas, porque su imaginación no le
permitía otra cosa.
Doña Marcelina tampoco había podido dormir, porque las madres
tienen más parte que ninguna otra persona en el rato de desvelo que
causa una buena serenata. La madre juzga del corazón de sus hijas
por el de ella misma, conoce las divinas inspiraciones de la
música, sabe que ella toca con las simpatías, los afectos y los
recuerdos, infundiendo amor en los corazones, terror o bravura,
según la predisposición y según la mente del compositor; sabe que
los sonidos dulces y tiernos cuentan con una fibra sensible, cual
es la del amor; pero no ignora que este amor bien dirigido en las
hijas pudorosas y recatadas, tiene su término feliz a donde es
conducido; no obstante se temen las malas influencias al contacto
de las grandiosas armonías de la flauta y la guitarra, y de una
bandola que penetra más que todos los instrumentos juntos los
órganos destinados a recibir la impresión eléctrica de las
armonías, a la cual no se han resistido ni los salvajes del
Paraguay, cuya pacífica conquista la debieron en gran parte los
jesuitas a la melodía de sus flautas. En fin, doña Marcelina estaba
impresionada.
Neuque y Fígaro se habían vuelto a dormir. Los mastines gordos
no se afanan sino en el último caso, al contrario de los gozques,
como Tomate y los otros de la aldea, que hacen sus esfuerzos, y
luchan, y vigilan desde que sienten el primer ruido del ataque
dirigido a la huerta de la casa. El pobre Neuque, sin patria, sin
riqueza, sin un pedazo de tierra y sin tradiciones ni aspiraciones,
estaba roncando, que así se desquitaba siempre de todas las
privaciones de su estado social: entre él y Fígaro se pudieran
haber hecho algunas comparaciones, menos la de holgazanería, porque
Neuque no cesaba de trabajar en toda la semana.
Adelaida,, viéndose combatida por la irritación de su cerebro, y
sola, porque Lucinda era la imagen viva del sueño en aquel
instante, se levantó, saliéndose al corredor, así que oyó las
cuatro, y recostada de brazos sobre la baranda, esperó la serenata
del alba dada por todos los pájaros silvestres de las huertas y los
campos, y de los que vivían prisioneros en sus lindas jaulas de
alambre. La fragancia de las flores era muy pura y agradable,
porque éstas, lo mismo que la música, tienen también sus horas
apropiadas para la impresión más eficaz de sus tesoros, preparados
por la naturaleza para el encanto de los sentidos.
A las cuatro dio principio la mirla blanca, desde la copa de un
nogal que había escogido para su dormitorio. Esta ave, que se
encuentra en todos los alrededores de la sabana de Bogotá, es de un
color cenizoso, con algunas plumas blancas y negras, y menor que un
toche, pero tiene la cola mucho más dilatada; su canto es
extremadamente variado, ejecutado siempre por horas seguidas, y
uniendo a lo grave y enérgico, lo dulce, suave y delicado, pasando
con rapidez de los bajos al primo más levantado, pero ejecutando
caprichos, como decía de algunas de sus obras un famoso guitarrista
de Bogotá. En el canto de esta avecilla se encuentra dulzura y
armonía, y se recibe el entusiasmo, que es el producido de la
música, en un grado eminente. Más tarde se siguió la orquesta
general de los copetones, paparotes, mirlas negras y cucaracheros
de la huerta, confundida con los melancólicos acentos del noche,
que desde su jaula prestaba su contingente para la melodía general
de todos los individuos de su reino, que celebraban la llegada de
un nuevo día como la celebraban antiguamente los pueblos de la
Nueva Granada, cuando eran inocentes y piadosos, con el canto y el
rezo a la madrugada. El cucarachero, de humilde plumaje y cuerpo
sumamente pequeño, mucho menor que el de un canario, exhala su
canto con tal vigor, que se haría tener por una ave de mayor tamaño
para el que no la conociese, arrebatando, como la bandola
granadina, la atención de su auditorio, para dejar impresiones de
gusto, de ternura y de la más suave delicia. El copetón, apenas se
hacía notar por la frecuente repetición de sus gorgeos, con que nos
avisa que está presente, porque apenas habrá huerta, corral,
sementera, patio, jardín o tejado en donde el copetón no se
presente como eterno compañero de la familia humana en los valles
fríos de Bogotá y sus alrededores.
Lucinda se levantó poco después de Adelaida, reuniéndose con
ella para oír la sinfonía, y gozar de los mil placeres anexos a la
decoración, como era la vista de las flores que amanecían con todo
el brillo de sus colores y con todo el aroma de sus pétalos y
estambres, al tiempo que un segmento de la esfera celeste se
blanqueaba sobre las peñas del Gavilán, con una luz que iba por
grados invadiendo los dominios de las estrellas.
-Lindo es el espectáculo de una bella mañana después de una
noche de angustias y sobresaltos, como la que hemos pasado, decía
Lucinda, fresca v apacible como las rosas de una taza que estaba
cerca de ellas.
-Noche exclusiva de serenatas, le contestó Adelaida.
-Sí, Adelaida, porque hasta los gatos cantaban a dúo con sus
aullidos acostumbrados, que angustian el alma en altas horas de la
noche. ¡A mí me horrorizan las serenatas de los gatos! ¡uy!...
Ciertamente que la noche había sido rara en los anales de la
historia de la quinta de don Diego, y que en toda la ciudad no
habría ocurrido nunca un embolismo de tantos sucesos, tan extraños
y contradictorios. Ambas hermanas vieron al hortelano que salía con
su azadón al hombro, cuando ya la claridad estaba en todo su
esplendor, y entonces fueron a ocuparse de los preparativos de la
familia para asistir a la misa de Margarita, que iba a ser un poco
más temprano que lo habían sido todas las otras.
Don Diego madrugó a tomar algunas declaraciones de las criadas y
de Neuque, pero nada sacó en limpio de todo el bochinche de la
noche anterior, sino una ligera sospecha de la iniciación de alguna
intriguilla amorosa que aún no se podía adivinar si sería o no bien
acogida; en la cual, si la había, le pareció que andaba Fígaro,
salvo un juicio temerario, porque desde el momento mismo en que
sonó la segunda canción se retiró callado, como quien dice,
salvando su responsabilidad.
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