CAPITULO VI

LA CORRESPONDENCIA

También se portó muy bien Justina con su alferazgo: el rosario, la misa y el canto de los villancicos estuvieron primorosos, aunque la música no vino de Bogotá, y se compuso solamente de una guitarra y una arpa que había en la aldea. La comida fue de lo más aplaudido que puede haber en un paseo de gentes de buen humor, de confianza y comodidades. Cabezas de cordero, papas cocidas, ajiaco, mazamorra y excelentes postres, a la antigua, como huevos chimbos, caspiroleta, bocado de la reina, fuera de los platos de la corte para los que no se acomodan con este programa.

Además de algún vino, se sirvió la chicha, el saludable licor de los muiscas, compuesto de dos sustancias a cual más jugosas, y que mantiene, con salud, a la mayor parte de los habitantes de la sabana de Bogotá, usándose en las casas de alto tono, aunque en secreto, como un uso proscrito por los conquistadores y nuevos habitantes del país. El día del alferazgo de Justina fue en el que hubo menos lujo, y el más agradable, dicho por todos: no es siempre la opulencia la que hace la felicidad. El baile estuvo muy ponderado sobre todo: era siempre la parte de los programas en que se ponía mayor esmero. Había una escogida juventud, y para ésta el baile es una dicha, hasta en los pueblos menos civilizados de la tierra. Entre las amables heroínas de los aguinaldos había parejas que sabían apreciar el mérito que tiene el baile, fuera de las tres que llevaban el renombre de las tres parejas, por antonomasia.

Es verdad que la colonia bogotana estaba como embriagada por los exquisitos goces de la libertad del campo, exenta de los monótonos reglamentos de los oficios y de las visitas de cumplimiento, y de los ruidos de los portones y de los carros y de las campanas; ,pero no habían incurrido sin embargo en la ingratitud intolerante y salvaje de incomunicarse de sus consanguíneos de la madre patria: por el contrario, las señoras y señoritas habían escrito, y los señores casi todos viajaban a Bogotá, siempre que les era posible, y de Bogotá iban a Chapinero los viajeros científicos y negociantes, de manera que no había riesgo de perder las costumbres, religión, idioma y afectos. Nada menos que en el día que nos ocupamos llegó el paquete a casa de don Toribio, con la Gaceta y uno que otro periódico, unas cartas para varias de las muchachas, unas docenas de voladores para Irene, una caja de tabacos para doña Pacha, un libro y tres cuadernillos de papel de carta para Arcelia con una carta de remisión, una petaca de buñuelos y una empanada, que una monja le mandaba a una sobrina suya, un tarro de dulce de uchuvas para don Fermín, unas navajas de barba, de regalo, traídas desde la China, para don Toribio de la Paz, una red de cazar mariposas, para don Pablo de la Paz, un cintillo de perlas falsas para Pascuala, unos zapatos de baile para el capellán, unos polvos de teñir el pelo, que no se supo para quién eran, y una carta para Ruperto, el hermano de la bella Susana, y algunas cartas más, que fueron repartidas.

Nada hay comparable con esta colonia, destinada a cultivar las semillas del cariño, la confianza y la libertad en los desiertos de Chapinero, de la cual algo bueno hubiera dicho Mr. Pradt, que agotaba su elocuencia profetizando dichas sin número para los colonos del imperio del Brasil, mientras que Bolívar profetizaba tristemente todas las desdichas para la República de Colombia, que hemos visto cumplidas.

Mucho habría que decir en elogio de aquella emigración de bellezas que, esparcidas por los campos de Chapinero, cantaban las glorias de los aguinaldos al son de la guitarra y de la bandola, gozando de libertad a despecho de las influencias tiránicas del alto tono.

Arcelia leyó su carta entre las cortinas de su catre, en donde se entregaba a la lectura de sus novelas favoritas cuando Ricardo estaba ausente.

Daremos la copia a nuestros lectores, pues que las condiciones con que don Pablo recibió la carta, y más que todo la fatalidad hizo que el mismo día fuese a parar a manos de las personas que menos debieran verla, y decía:

Bogotá, diciembre 18 de 18...

.."Mi querida Arcelia: Tu carta de ayer me ha consolado, y me alegro infinito de que estés pasando unos aguinaldos tan agradables como dices, con excepción de los viajes de Ricardo y de los otros desertores, que las dejan solas algunos días por venirse a Bogotá; pero por Ricardo no tengas cuidado, pues sus visitas a cierta parte no son sino por pasar el rato, aunque ella me parece un poco inclinada. Los días están de lo más hermoso, propios de Navidad. Ayer fuimos a la calle con mamá, y no te puedes figurar la multitud de gentes que había comprando cosas para los bailes y la Nochebuena! Vimos a Laura comprando el traje para su baile y una pastora para las pascuas; le alcanzaron el espejo, y lo consultó; y ya tú conoces su sistema de coquetería... ¡Qué más se quieren ellos que encontrar con bobas para divertirse!

"¡Ay! ¡no sabes el sacrificio que yo hago cuando tengo que ir a la calle real! Y con respecto a Santiago, yo no sé qué hará por fin con el convite de Laura y el de Irene: para Laura sería un chasco de lo más horroroso que Santiago prefiriese el convite de su rival. En fin, ahí lo veremos. Por aquí se habla de unos nuevos amores, cuales son los de Susana y el estudioso Pablo: dime todo lo que haya sobre esto. Se dice también que Ruperto está jubilado, y yo entiendo que es por unos amores viejos, según ciertos antecedentes que me dijeron muy en secreto las Hernández nada menos.

"Por aquí hay bailecitos, pesebres y misas de chirriadera, pero tú sabes que mi corazón no está para nada; a Chapinero hubiera ido yo con muchísimo gusto, por buscar entre las peñas una gruta donde ir a leer las horas enteras, y por gozar de tu compañía, sin interrupción de ningún género y dejando a un lado los reglamentos del alto tono, porque el gobierno de Chapinero no lo considero yo sino como la más bella de las anarquías, pero ya tú sabes que mi presencia es allí enteramente incompatible. ¡Ay! ¡cuándo!... ¡era menester no tener corazón!...

"Cada día tengo más experiencia de lo que son los hombres: Santiago ha dicho en la fonda que no hay más fórmulas de matrimonio que las establecidas por Dios en el Paraíso, y que sólo con éstas se dejaría coger; dicen que estaba embriagado, pero, ¿no es cierto que los locos, los muchachos y los... son los que dicen lo que su corazón siente? No lo extrañes de Santiago; tú sabes qué principios son los que profesa. Yo no sé por qué aborrecen tanto el matrimonio católico en estos tiempos: ya ves como nadie se casa; dicen que Laura sí está muy esperanzada... ahí lo veremos. También dicen que Ricardo se explicó muy a lo lindo.

"Te deseo muy buenos aguinaldos, y que tus felices ratos no sean acibarados nunca por la copa de la amargura, contando eternamente con la fidelidad de tu desgraciada amiga. DOLORES".

Irene recibió en el mismo día una carta anónima que decía:

"Mi querida y pensada Irene -sé que se van esta tarde a pedirte los aguinaldos Salomón, Santiago, Faustino y Sildano. Te lo aviso para que tú no te vayas a dejar sorprender. Entiendo que van a dejar los caballos lejos y que se estarán ocultos entre el bosquecillo más inmediato a tu posada. El asunto es que tú se los ganes a ellos: estudia tú una buena salida y le darás a Santiago una magnífica sorpresa. Los otros dos tienen personas determinadas a quienes ganarles los aguinaldos con una treta bien estudiada. Te encargo que no vayas tú a salir con una buena bobada,

Tu amiga, DORILA".

A consecuencia de la anterior carta, se convinieron Irene, Margarita y Justina para ganarle los aguinaldos a Santiago y sus compañeros con una pegadura con la cual quedasen burlados para toda su vida.

Cuando se acercaban las seis de la tarde pusieron en el corredor de la posada de Irene, mirando para el almanaque, tres muñecas o figurines que las representasen a ellas mismas, con sus propios camisones; pañoletas y pastoras. Los señores, que habían dejado los caballos a alguna distancia, se vinieron muy en oculto para sorprender a las señoras con el grito tan alarmante en esos días de "¡mis aguinaldos! ¡mis aguinaldos!" pero en lugar de ellas se hallaron los palos de las escobas, las esteras y las almohadas, a tiempo que las verdaderas señoras les gritaban por la espalda a los agresores:

-¡Mis aguinaldos! ¡Mis aguinaldos!...

Y entre los gritos y aplausos del vencimiento, se ratificó el hecho de haber ganado los aguinaldos Irene y sus dos compañeras, triunfo que fue celebrado con palmaditas de manos, con gritos y regocijos públicos y privados.

Cuando fue calmado el justo regocijo de la espléndida victoria, los bogotanos fueron introducidos a la sala, y a tiempo que respondían sobre lo más importante de la crónica de Bogotá, de una alcoba oscura salió la temible voz de:

-¡Mis aguinaldos! señorita Irene; ¡mis aguinaldos! señorita Justina; ¡mis aguinaldos! señorita Margarita...

Y quedó resuelto que Pablo, Ruperto y Sixto los habían ganado de una manera tan legal como se ganan los aguinaldos y algunas elecciones por las fórmulas del voto universal y secreto.

Es de figurarse la zumba que sufrieron las señoras por los gananciosos y por los deudores, y la lástima fue que los traspasos de esta clase de deudas no se usasen como en todo lo demás, porque si no habría quedado todo pago con una pequeña operación. El único que no aplaudía ni reprochaba la petición de aguinaldos era Santiago, el cual, entonado un poco por ser riquito y buen mozo y estar en moda en las tertulias y coqueteos de todas las buenas mozas, se puso serio desde que vio salir a los tres actores del fondo de la alcoba, por entre los telones de las cortinas de colcha.

Veamos cómo se preparó esta segunda parte.

Teresa había ido a Bogotá, y como llegaba a la tienda de don Santiago, con quien, desde los anteriores aguinaldos, eran conocidos y marchantes para los pollos finos que sacaban sus cluecas, y además tenía mucha entrada en las casas de tono; con este motivo alcanzó a comprender la treta que a Irene se le preparaba, y al llegar de su viaje de Bogotá, se lo comunicó a Germán, que era su adorado tormento, y éste se lo dijo a Pascuala, y Pascuala a don Pablo; y entonces los caballeros estudiaron el modo de ganar los aguinaldos al mismo tiempo en que las señoras los estuviesen pidiendo a los viajeros. Dos escondites sirvieron a la vez para la buena obra de ganar los aguinaldos: el grupo de alisos y amargosos, que está junto al lavadero de la casa, que entonces sirvió de posada a Irene, en el cual saltaron y agonizaron de sorpresa, y no sabemos si de amor, los tres corazones de las señoritas, y la alcoba de éstas, en la cual permanecieron escondidos por las instrucciones de Jacoba, que estaba vendida a don Sixto, y aunque entraba y salía a buscar los caudeleros y despavesaderas, no se dio por entendida de los amos que estaban entre las camas, esperando la ocasión para ganarles los aguinaldos a las señoritas.

Pero a don Santiago no le había gustado la estrategia por la especie de predominio que él quería tener en la casa, como floreador de Irene, y como rico, gracioso y vestido más a la moda que todos los otros amigos de la casa; y por este privilegio, que sólo tenía lugar en fuerza de la mucha moderación de los cachacos de Bogotá, y de su genio contemporizador, se apartó de toda sociedad a conversar con Irene en un lugar donde no fuesen oídos.

-¿Y qué tal por Bogotá? le preguntó la señorita a don Santiago.

-Todo triste para mí.

-¡Quién los oye!... Bien contento que habrá estado usted por allá.

-¿Sin ti? ¡qué disparate!... Tú eres la que lo has pasado muy bien con los aguinaldos, según lo estoy viendo.

-Oír misa, comer, cantar, bailar y correr a todo mi gusto...

-¿Y coquetear con el predilecto no es eso?...

-Pasar el rato con todos, y... ¡vivan los aguinaldos!

-¿Igualmente?

-Teniendo usted la preferencia, se entiende.

-La preferencia es que aquí Ruperto te florea sin misericordia; Pablo cuando viene cansado de perseguir las mariposas y los grillos; Ruperto en sus ratos lúcidos, porque dicen que se está volviendo loco; el capitán cuando está la plaza vacante, porque es la suerte de los suplentes en la carrera de amor; don Fermín, siempre que puede, sin atender a sus barbas de fique-, pero Ruperto es el más aplicado, según varias revelaciones.

-¿Y luego a todas no nos florean por igual?

-A las que viven sólo de las flores.

-¿Y quién es el que puede marcar la línea entre la conversación y trato corriente y los floreos, y los coqueteos y las frases de doble sentido, y los equívocos amorosos, y tantas cosas como nos dicen a todas? ¿Quién es el pintor que parte la línea tirada entre dos puntos dados? Y que a todas nos florean, y todos florean, desde los pepitos como Sixto, hasta los colombianos como don Elías, y don Fermín, y el capellán, a ratos.

-¡Eso no es verdad!...

-¿Que nos florean? ¡Avemaría!

-Pero no a todas.

-Sin que le quede duda.

-Menos a Arcelia, que en ausencia de Ricardo se muere para la sociedad, y mucho menos a Adelaida, que se hace tratar con suma dignidad, por su fisonomía aristocrática y sus contestaciones discretas, sentenciosas y muy señoriles siempre: el mono sabe en que palo trepa.

-Y si le dicen, ¿qué hace ella?

-Es que nosotros les decimos a las que conocemos que les gustan que les digan.

-Ustedes nos dicen, y en ocasiones más de lo necesario, a las que tenemos un genio condescendiente y afable; nos dicen a las pobres, porque hasta en eso tiene que hacer la plata; nos dicen a las que no tenemos apoyo, como yo, que soy huérfana, atenidos a que les hemos de congraciar por las circunstancias: esto es lo que hay en el caso.

-Yo me dirijo de preferencia a las simples, por divertirme, y a las conceptuosas por entretenerles el orgullo de espirituales, porque a todas les gusta que les echen flores, y porque bien puede suceder que las flores no se pierdan en la dilatada peregrinación del amor. Pero esto no sucede con Arcelia, que ha jurado banderas a la faz de toda la colonia de los aguinaldos, ni con Adelaida, que las echa de misteriosa y recatada.

-¿Y yo?...

-¿Tú?... Dos años hace que yo te hablo de amor, y parece que tú juegas y te ríes de mis suspiros. Yo soy como el rey de los gallinazos.

-¿Qué es eso de rey?...

-Es una ave blanca con los extremos negros, guarnecida de adornos blancos en su cabeza, la cual, cuando se acerca a la res muerta, los gallinazos, gualas y carracos se apartan, dejándole el campo libre; y que cuando está presente no se le arriman ni a treinta pasos.

-¡Ah cosa linda! dijo Irene, permitiéndose una carcajada de lo más burlesco que puede darse; ¿con que usted es la hermosa ave, y yo soy la cosa más despreciable, y los otros jóvenes son los imbéciles que tiemblan delante de la augusta presencia del señor don Santiago? ¡Linda comparación! que revela la modestia que lo domina a usted. ¡Pobre de la que llegue a enamorarse absolutamente de usted!

-¿No lo estás acaso tú? ¿No me lo has dicho otras veces?

-¿Que lo quiero?...

-¡Mil ocasiones! Irene.

-Porque usted es tan exigente de palabras, como pródigo de ellas; pero usted sabe que esto no ha pasado de palabras.

No era posible que Irene jurase banderas; unas veces risueña, otras llorosa, otras desdeñosa, y coqueta siempre, a Santiago lo traía pendiente de un hilo, que él mismo no se atrevía a reventar, por haberse gloriado ya de su conquista, ni le era fácil cargarle todas sus fuerzas, porque al mismo tiempo tenía dirigidos sus tiros a una fortaleza no menos importante en el barrio de San Victorino.

Había sucedido por la tarde una novedad de mucha consideración, debido al genio emprendedor e inquieto del oficial de Teresa.

Luego que Arcelia leyó la carta de Dolores, la puso detrás del tocador de su alcoba, a tiempo que todas las señoras se levantaron asustadas por el ruido de una carga de chusque que una yegua sacudía en la mitad de la plaza, dando furibundos brincos por haber sido asustada por un cohete que reventaron en el atrio, y prevalido de esta circunstancia el vigilante mico se entró a la alcoba a mirarse en el tocador de Arcelia, y cogiendo la carta salió en dirección hacia el chircal, seguido de Tomate, que se equivocó, creyendo que era queso o alguna tajada de pan lo que se llevaba. Y como pasó corriendo sobre las tejas que estaban acabadas de parar, el encanto animal fue acometido, pero muy justamente, por una lluvia de cascos de teja cruda, que caían sobre su cabeza como granizo, lanzados por las alfareras que lo entendían, con ímpetus de orgullo, de venganza y de defensa propia, porque la pérdida de tejas era muy considerable, acompañando el ataque con estas notables palabras del maestro Mateo, que estaba lavando el buey pisabarro en la quebrada:

-¡Maten ese diablo, aunque diga la Teresa que para eso es libre!...

-¡A frondio! decía Fructuosa, y le menudeaba cascos, primero a quema-ropa y después a tiro de pistola, porque Tomate se puso al lado para que montase, y luego que estuvo encima lo hizo correr, usando de un secreto que el mico tenía para los casos de mucho apuro.

Agachado el oficial de Teresa sobre su corcel, caminó como los llaneros de las guerrillas del tiempo de la Independencia, saliendo salvo hasta su casa, sin más lesión que la de una escalabradura muy leve y la pérdida de la carta, que estamos seguros que él no supo en dónde la dejó, ni quién tuvo la suerte de recogerla.

Fructuosa pensó, y con algunas apariencias de razón, que la carta era un despojo que le pertenecía, y aunque tenía las manos embarradas, la recogió y la guardó en su seno, mientras que mandó llamar al sacristán para que se la leyese, lo que se hizo delante de algunas curiosas, entre otras, Encarnación, la cual prestó la carta con cualquier pretexto, y con todo sigilo se la dio a leer a su señorita. Es muy fácil juzgar que no le haría la misma impresión que a las alfareras, y poniéndola en su bolsillo, le dio un real a su criada para que la comprase.

El lector verá muy pronto las funestas consecuencias de esta correspondencia violada por el mico, cuyas calaveradas había que soportar porque a Teresa le gustaban los micos.

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