CAPITULO VII

ADELAIDA EN SU DIA

La quinta misa era la que le tocaba a la señorita Adelaida, según lo dispuesto en la junta preparatoria del día 15. En vez de la pandereta y los tiples, quiso la señorita que su misa se entonase con flautas, trompas y violines, ordenando que no se tocase torbellino, bambuco, ni san juanito.

Todas las flores de la quinta sirvieron para el adorno del altar. Adelaida era entusiasta por este cultivo, y ¿qué destino más propio que ser ofrecidas en holocausto al Ser Eterno que las sacó de la nada primero que a todos los animales'? Los ridículos, la preciosa flor de San Pedro, la flor morada del tuno, que en otras partes llaman de Mayo, con todas las demás flores de la cordillera de los Andes, y por otra parte las rosas, geranios, digitales, clavellinas y margaritas, con las demás que han traído de Europa, lucían todas juntas en el altar, sin que al parecer quedase una flor en el mundo que no estuviese en exhibición. Adelaida se había reservado para el adorno de su pelo un pequeño ramo de zulia, que cuadraba perfectamente con su traje blanco, con su pelo negro, peinado con sencillez, y con su frente blanca y pura, elevada sobre la base muy ancha de sus espaciosas cejas, iluminadas con los dos luceros de sus ojos grandes y rasgados, que hacían amar la aristocracia en el país en que más se sueña con la amable democracia.

Todas las veces que Adelaida se había acercado al altar con el fin de dar sus disposiciones acertadas, había dado también una idea de la bella sacerdotisa de los tiempos de los druidas.

El rosario de la noche, cantado, fue de lo más solemne, como era de esperarse de la piedad de la familia de doña Marcelina, y de la riqueza de que gozaba por entonces.

Al medio día toda la quinta estaba en candela. Desde muy lejos se advertían los golpes dados en el almirez, los aletazos de los capones y pavos en la puerta de la cocina y el sonido de los platos que las criadas fregaban en la orilla de la alberca; a Adelaida misma se le vio salir de las arboledas más tupidas de la huerta, trayendo en su mano las hojas de naranjo y de laurel para los postres. Las criadas, peinadas con una moda más antigua que la de sus señoras, y vestidas con el mayor asco, aprontaban copas y manteles, como para la boda de alguna de las señoritas propietarias de la quinta.

Cuando las familias se acercaban nada había que no estuviese ya preparado. Iban éstas por grupos o por parejas, según sus inclinaciones y voluntades. Arcelia y Ricardo iban de brazo, y cuando la hermosa hija de don Toribio reparó en la fachada de la quinta, se explicó en estos términos, demasiado tristes para un día de aguinaldos como era aquél.

-¿Sabes, amigo, que la vista de la quinta me ha llenado de tristeza?

-Y a mí de alegría; y siento que no estemos de acuerdo.

-¡No, Ricardo, no digas eso, por Dios!

-Sí, mi adorada. Después de los palacios suntuosos, siguen en la escala de la vida social las quintas, y de aquí se retira el hombre a las haciendas, y luego siguen las chozas, desde las cuales ya no se alcanza a saber lo que es la vida. Después de la casa de Bogotá una soberbia quinta, esto es cuanto me place.

-Así será, pero en este momento me hiela la tristeza y melancolía la vista de esas paredes blancas, por encima de las cuales se asoman las copas del sauce pálido y funerario, que han dedicado tan acertadamente para el adorno del cementerio.

-¿No te parecen muy imponentes esas cúpulas y tejados entre las arboledas de nogales y de cerezos? ¿no te parece muy linda toda esa perspectiva?

-Me desgarra el corazón, como si estuviera en presencia de algunas ruinas.

-¿No te agradan tampoco esos imponentes ladridos de los mastines, y el graznido de los gansos y pavos? ¿No recuerdas esos tiempos de Lúculo, esas canciones báquicas, esos deliciosos vinos de que nos hablan los historiadores de Roma? Me parece que veo atravesar por aquellos corredores las Fulvias, Antoninas y Paulinas, con sus transparentes capas y sus borceguíes apuntados con piochas de diamantes por encima de los tobillos, y sus penachos de gasas y flores, y los rizos de su pelo castaño, flotando por el aire. Esos romanos de entonces conocían mejor el lujo que los romanos de hoy, porque seguían con franqueza las doctrinas de Epicuro, que es el socialista que mejor ha comprendido la naturaleza humana. ¿Por qué no ha de extender el hombre la esfera de sus placeres hasta donde la imaginación y las proporciones se lo permitan? Me gusta don Diego! es un buen católico dándose todo el gusto de un sibarita. ¿Qué falta en su deliciosa quinta? Se encuentra todo lo más escogido del arte y de la naturaleza en sus árboles, sus flores y sus edificios, se cuida bien, tiene libros, y sus dos hijas cantan y tocan divinamente. No pudiera decirse que en Bogotá se encuentran muchas semejanzas ¿No pudiera decirse que en Bogotá se encuentran muchas semejanzas con la voluptuosa ciudad de Atenas? El ascetismo no se ha inventado sino para la destrucción del género humano.

-Saliendo de Bogotá, yo no quiero sino la casita de mi posada de Chapinero y sus alrededores -con exclusión del oficial de Teresa- y las cañadas y lomas, los bosquecillos y las quebradas, porque a Chapinero le soy deudora de una suma inmensa de felicidades.

-¿Quieres ser ermitaña y mártir, como Santa Rosa, según la describe el Año cristiano? ¿o quieres quedarte más bien de estanciera?

-Pero Ricardo, ¿no es verdad que los dos hemos estado más a gusto en Chapinero que en Bogotá?

-Lo mismo, mi Arcelia.

-¡No, Ricardo! Allá las gentes, el tono y la impertinencia, interrumpen con frecuencia la atmósfera magnética que rodea a los verdaderos amantes. Aquí ya se sabe que nos pertenecemos mutua mente. ¡Oh! ¡Cuánto gusto he tenido en traducir francés a tu lado, en la orilla de la quebrada! ¡Y cuán gravadas en la memoria tengo todas tus lecciones!

-Boberías, Arcelia. El amor es un dios que se halla presente en todo lugar. Lo que importa es tributarle su debido culto.

-¿No ves cómo te estuviste dos días en Bogotá, y yo atrasándome en el francés?

Terminó la conversación al llegar a las puertas de la quinta, las cuales estaban abiertas de par en par, y por entre las dos hileras de brevos, manzanos y ciruelos del camellón principal, iban a parar los ojos a las altísimas puertas del salón, y por ellas, y por encima de los tejados, se veían los encumbrados nogales del fondo principal de la huerta. De las secciones pintorescas de los cuadros de flores se desprendían aromas y brillo, y lo mismo de los manzanos y duraznos, aún sin haber atravesado la elegante portada de curubos enredados en una armazón aparente. Neuque se veía por allá muy distante, con un azadón en la mano, y desde allá se viro batiendo la cola Fígaro, lo cual fue interpretado como bandera blanca; y en efecto, Fígaro no tenía mal humor en ese día de grande alboroto, a lo que se agrega que él tenía grandes consideraciones de amistad por uno de los señores de la comitiva, aunque aquello no era sino un secreto diplomático, que al fin tuvo que saberlo toda la familia.

-Doña Marcelina, Lucinda y Adeiaida salieron muy contentas a recibir las familias. Todas las señoras, menos Irene, parecieron contentas del buen recibimiento, pero el tumulto no dio lugar a que se notase el más pequeño desagrado en ninguno de los concurrentes. Sentados todos en la sala, sonó la orquesta desde los corredores del interior, en donde ya estaba preparada con tiempo para dar una agradable sorpresa a las familias. Las fisonomías mostraban por una parte el contento y por la otra la gravedad que imprime la riqueza y el alto tono. A favor del gran ruido de la música se inclinó el capitán Elías al oído de Irene para conversarle.

-Te noto muy seria, Irenita. Veamos, ¿qué es lo que tienes? ¡tú que no puedes estar nunca triste!

-Me choca esta quinta de don Diego, como no hay idea, y me choca la música con tanto ruido de platillos, y clarines, y trompetas.

-Tienes razón; no hay como nuestras diversiones campestres de Chapinero. Yo me he acordado mucho en estos aguinaldos de los felices tiempos de Colombia, cuando comíamos carne a lo llanero y bebíamos chicha en las hermosas copas de cristal, en las barracas de la alameda, en compañía del general Santander y los libertadores de Venezuela y Nueva Granada, y con algunos de los próceres salvados de la cuchilla española, recibiendo los víctores y los abrazos de los honrados artesanos, y oyendo el canto de las emigradas. ¡Viva Colombia! ¡viva Boyacá! ¡vivan los libertadores! y que entonces los colombianos no hacíamos revoluciones para matarnos y saquearnos los unos a los otros. Y tú me has recordado esas ilustres señoras, pertenecientes a las familias de los mártires de la Independencia, que allí recibían los homenajes del pueblo de entonces, sencillo, virtuoso y agradecido con los que trabajaban por la causa santa de la verdadera libertad. ¡Vivan los libertadores! ¡vivan los fundadores de la Independencia! ¡Oh! ¡tan linda como tú me pareces, al pie de los laureles y los arrayanes, en nuestros paseos a las quebradas y bosquecillos!

-Mil gracias, don Elías; es que usted se alucina con los recuerdos de las fiestas de los libertadores de Colombia, porque yo no merezco tanto.

-¿Y bailamos el primer valse que se toque?

-No puedo bailar, don Elías.

-¿Porque no es Santiago el que te saca?

-Yo no sé qué hay para que todos me estén embromando con Santiago: en cuanto a mí le aseguro que me hallo tan libre como de saber el día en que me he de morir. Si no bailo es porque tengo un grave motivo... Mire, don Elías, aquí donde usted me ve, siento ardida hasta el alma...

-Lo siento, preciosa Irene de mi corazón, y ve en qué puedo servirte, aun cuando sea con mi espada.

Cesó la música y con ella varias conversaciones de colombianos y pepitos, de que se oyeron escasamente las últimas palabras, aunque sería imposible deducir nada sobre el tema sostenido por los interlocutores, como le sucede al que se despierta al fin de un sermón, que no oye sino unas pocas palabras, y el final acostumbrado de "el Señor nos lleve a todos, amén".

Después de servir las onces se internaron las familias en las diversas calles de los jardines, por convite de don Diego.

Daba gusto ver las figuras de las reparticiones, y contemplar tanta variedad de flores y frutas de América y de Europa, y ver algunas plantas humedecidas por los goterones v lloviznas de las pilas hidráulicas, formándose con la luz del sol una reverberación de lo más sorprendente para la imaginación de los espectadores y de grande frescura para las plantas. De los jardines pasaron las familias convidadas a poner los pies sobre la verde grama del potrero destinado para la vaca de leche, que parecía un castillo por lo grande, y en su compañía pastaban cinco venados, de los cuales uno sobresalía por su cornamenta de ocho puntas, como el árbol seco sobre las tiernas plantas que lo van a reemplazar.

Ricardo y Arcelia prefirieron descansar en un pabellón formado por las verdes ramas de un curubo tachonado con sus propias flores; sitio encantador y delicioso en que Adelaida acostumbraba leer de las cuatro a las cinco de la tarde, y lo llamaba ella el Pabellón del Reposo, y aquí se quedaron los dos convidados, leyendo o hablando en francés, por no perder tiempo, habiéndose quedado junto Pascuala con Enriquito, la cual, aunque no sabía francés, entendía que se trataba de alguna lección, de las muchas que ella solía presenciar; la modesta Encarnación se había quedado con Epaminonditas y Carlitos recogiendo fresas y frutas de chil sobre la mullida alfombra de estas plantas.

Susana y Adelaida se habían quedado en la casa para inspeccionar los preparativos de la comida, y estando solas en la despensa hablaron de esta manera:

-Ha dado la música en entristecerme demasiado, decía Susana, y no sé qué es lo que tengo en mi corazón, que me inquieta.

-¿Sixto al fin?...

-¿Pero qué?... floreos, y coqueteos como todos... Eso se queda para ti, porque ya se dice...

-¿De mí'.'... ¿Qué se dice?... ¿Quién dice?...

-Que tienes amoríos.

-¿Y con quién?... ¿o es que se les antoja decir?

-No me han dicho sino que tú estás enamorada.

-Y entonces...

-Dicen que con tus amoríos tienes misterio, nada más que por hacerte singular entre todas nosotras.

-¿Irene?...

-Esa pobre no habla mal de las demás: si es coqueta es sin perjuicio de nadie.

-Es que se hace la boba.

-¿Pero hay algo de lo que te digo?... Háblame con franqueza.

-Te diré lo que yo pienso sobre este cuento de los amoríos: creo que ellos se deben dirigir inmediatamente al único fin que nuestras costumbres y dogma les tienen asignado, al matrimonio: esta es mi creencia, Susana; y te encargo que lo tengas presente para que des algún día tu fallo con acierto.

-¿Pero no siendo sino platónicos?...

-¿Quieres decir, tan puros como la amistad que tenemos las dos?

-Un poco más interesados, quizá.

-¿Sin riesgo de pasar más adelante?

-¿Quién sabe? Adelaida.

-Yo te hablo con toda verdad: muy difícil me sería sostener el papel de enamorada delante del público, y al comparecer como tal por un fatal destino, creo que habría de morir de la vergüenza.

Mientras que había personas que se lamentaban de no estar paseando y comienzo mazamorra en las orillas de los arroyos de Chapinero, otras se complacían en el boato espléndido de la quinta, y se bañaban, como se dice, en agua rosada, de ver el servicio y la grandeza de todo el tren de comida. Tales eran don Fermín, que hablaba con mucha seriedad de los restaurantes de París; don Pablo de la Paz, de las mesas de los Estados Unidos; don Diego de las cabezas de ternera de las islas, a medida que se principiaba la comida, sirviendo a las señoritas.

El alto tono cuenta siempre sus adoradores y secuaces que le atrae el imán secreto de la plata, cuya esperanza es infinita, aunque sea infundada. Los que hablaban de grandeza tenían siempre la palabra, y los pobretes los escuchaban con la boca abierta. Los cumplimientos dictados por los reglamentos de la urbanidad eran fielmente observados. Las señoras eran servidas, pero cuando el vino y los potajes a la italiana y a la francesa animaban el sentimiento gastronómico y el espíritu se comenzaba a iluminar, entonces la gravedad del alto tono hacía retroceder las conversaciones a los temas de la respetabilidad.

El comedor de la quinta era también serio por su construcción, y ¡os retratos que lo presidían le daban la última mano de melancolía: eran el difunto padre de don Diego y algunos próceres de la Independencia. Los cuadros de esta naturaleza nos llevan a las puertas de la tumba y nos recuerdan algo de la historia patria. Parecía que Lozano y Nariño se disculpaban de sus pequeños errores de la patria boba, echándoles en cara a los próceres de hoy la sangre granadina que corre por los campos, caminos y calles, por no dar con la legislación apropiada, después de cincuenta años de experimentos y a pesar de tanto estudio sobre legislación. Parecía que el abuelo de Adelaida miraba con lástima el vástago más precioso de todos los descendientes de la familia. Y cuán primorosa se hallaba la nieta en su distinguido puesto de alférez, recibiendo arengas en estilo diplomático, a las cuales no contestaba sino dando las gracias con la dignidad de una princesa.

La comida fue espléndida, el Oporto y el verdadero Jerez no se escaseaban, pero también es cierto que el Rhin no pasó de ciertas notabilidades.

El baile se comenzó a las nueve de la noche, sin la agradable confianza de Chapinero, aunque el personal era uno mismo. Era que los espejos, floreros y cuadros habían desterrado las ideas democráticas de los jóvenes corazones. Las parejas desplegaron su habilidad en el puesto, y en particular la alférez; pero dándole cierta gravedad al baile que los amantes de la libertad de Chapinero hubieran querido decorar más bien con los sencillos adornos de la confianza, de la franqueza y del amor.

Tres piezas habían pasado, inspiradas por la seriedad del alto tono, cuando se vio bajar en una contradanza a la célebre Irene, comprometida por los ruegos de don Santiago, y después de pasar por cerca de Adelaida, se fue a sentar a su puesto, y se le oyó que refunfuñaba, tomando su pañolón para salirse, y diciendo con voz demasiado clara:

-Yo no sé qué es lo que le está pasando a Adelaida, que al saludarme lo hizo con el tono de una reina, y ahora pasó sin hacer conmigo a la figura. Si está engreída con el fausto de su quinta, con irme está todo concluido... Soy pobre, pero hasta ahora nada me ha faltado con el trabajo de mis manos.

Santiago, que bailaba con ella, se dirigió a Teodoro, el hijo de don Diego, que estudiaba legislación en uno de los colegios de la capital, en estos términos, un poco fuertes a la verdad:

-Me parece que la señorita Adelaida está en el caso de dar satisfacciones a mi pareja, si es que no quiere oír una corrección digna de su falta.

-Yo no tengo porqué darle satisfacciones a nadie, dijo Adelaida; es que sufro de los nervios cuando la música es demasiado fuerte.

-Me entenderé con el caballero Teodoro, mañana a las nueve, porque la respuesta de la señorita no tiene nada de satisfactorio, y hay de por medio una falta muy grave a mi pareja, tan digna de respeto como la mejor de este baile.

Don Diego y su familia se interesaron en detener a Irene, pero no fue posible, y desde entonces tomó el baile nuevos aires de gravedad. A las doce había terminado la función, y cuando Adelaida estuvo sola, se acercó su hermana para decirle:

-Niña, ¿qué le hiciste a Irene, que se ha ido echando chispas de candela, y lo mismo Santiago, de cuenta que la florea?

-Que no alcancé a hacer la figura con ella por un acceso de los nervios... ¿yo qué culpa tengo?...

-¡Jesús!... ¡Qué nervios los tuyos, que va no dejan de causar novedades todos los días!

-¿Pero yo qué culpa tengo? Lucinda.

-¿No entras a dormir para que no te haga daño el sereno?

-Déjame tomar el fresco de la madrugada, porque tengo necesidad de un poco de desahogo.

Se fue Lucinda con el objeto de dormir, comenzando por su oración a la Virgen, cuya imagen estaba fijada junta de su cama, y estando ya para desnudarse se propuso primero buscar a su hermana, y no hallándola en el corredor, se puso a mirar para aquellos sitios de la huerta que ella más frecuentaba, viéndola al fin aparecer por una de las esquinas de las paredes, y ocultarse entre las tupidas ramazones de los naranjos y laureles que rodeaban toda la alberca.

-¿Qué es tu juicio? niña; le dijo cuando la halló. ¿Qué te suples con buscar los parajes más retirados y pavorosos para engolfar tu imaginación en las ideas más lúgubres y aterradoras para una joven como tú?

-Es porque así creo tener algún consuelo.

-A mí lo que me parece es que la lectura de las novelas te está volviendo loca, y que estás pensando en algún caballero encantado; y si el tal caballero ignora la penitencia que tú haces por él, los desvelos, los ratos amargos que pasas entre los árboles, la privación de algunos paseos, los ayunos, los suspiros y los gemidos; si él ignora esto, digo, tú estás perdiendo el tiempo miserablemente.

-Muy vulgar, muy inexacta es tu comparación, y demasiado ofensiva para tu pobre hermana. ¿En qué se puede parecer una señorita al penitente de Sierra Morena? Vaya, que sólo tú pudieras dar con el símil más inadecuado del mundo.

-¿Y qué tiene?... Conforme don Quijote se maltrataba por la dama de sus pensamientos, ¿no habrá en Bogotá, o en alguna quinta, una dama que se maltrate por el caballero de sus pensamientos?...

-¡Por Dios, hermana!... ¿qué es lo que tienes ahora?

-Y no es eso solo, sino que te voy a quemar las novelas, como hicieron con los libros de caballería de don Quijote.

-¿Sabes, pues, que yo tengo alguna novela que haya sido prohibida por mi padre o por mi hermano Teodoro?

-Sé que lees con exceso, y era mejor que te entregaras al estudio de la geografía, la historia y el dibujo, que recrean, ilustran y sirven de mucho. Vamos a dormir, que las trasnochadas no sirven sino para agravarte. Vámonos a dormir, Adelaida.

-Vamos; pero no pienses que las cortinas de una alcoba sean menos lúgubres para una imaginación aterrada con el peso de las desdichas. Es lo mismo para mí oír el murmullo del agua que cae a la alberca y el ruido que con el viento hacen las ramas de los árboles, que oír las oscilaciones del reloj y los aullidos funerarios y extremadamente pavorosos de los mastines de las vecinas quintas. Apártame el crespón funerario que cubre mi corazón, como a la urna del dolor, y entonces la almohada será mi delicia.

-¿Me descubres ya el dolor que te agobia?...

-Sí; el gran misterio es que tu hermana vive desgraciada por un secreto muy sagrado: pero eso no lo sabrás sino cuando estemos en Bogotá.

Eran ya las cuatro de la mañana cuando se acostaron las dos propietarias de la quinta. Cualquiera que las hubiese visto, despojadas de todos los adornos del día, habría observado con facilidad, en sus semblantes, cuál de los dos era el verdadero tipo de la dicha, y cuál el de los insomnios y los cuidados. Lucinda dormía sin interrupción; Adelaida se estremecía a cada instante, tratando de pronunciar ciertas palabras, difíciles por cierto de descifrar. Sólo el nombre de Irene lo pronunció claramente, mientras que su corazón parecía que se agitaba por algún espantoso sueño.

Comentarios (0) | Comente | Comparta