CAPITULO VIII

BRAVATAS

Aún no se habían extendido los rayos del sol por toda la sabana de Bogotá, cuando ya estaba ocupado don Diego en componer las matas de sus huertas, lo que no hubiera interrumpido hasta la hora del almuerzo, si no lo hubieran asustado los latidos de Fígaro, que amenazaba romper la cadena, saltando y ladrando con una furia desconocida, dirigiendo su terrible mirada hacia las puertas de la quinta. Don Diego dirigió también la suya para la misma parte, por ver qué endriago, qué espanto, qué horror fuese el que así sacaba de tino al venerable guardián de la familia, y lo que vio fue objeto que no merecía por cierto la pena para tanto escándalo.

Era el oficial de Teresa, caballero en Tomate, y situado en toda la mitad del camellón de la entrada, como unos doce pasos más adentro de la puerta. Estaba de tiros largos, con casaca colorada y calzón amarillo, muy ajustado a la pierna, con corbatín de charol, y de la gorra le salía un papel que parecía una carta; espuelas no tenía, porque a Teresa le había parecido un gasto inoficioso, sabiendo que el mico tenía su secreto para hacer galopar al perro, y aún para hacerlo andar a la carrera cuando era necesario, secreto que a entrambos les valió un tesoro todo el tiempo que vivieron en compañía, manteniéndose de queso, huevos y longaniza, a costa del principio de la tolerancia que predicaba Teresa.

-¡Adelante! gritó don Diego, suponiendo que Teresa estaría por allí cerca; pero no asomó sino Petronila, la prima de Teresa, que no tenía más gracia que la de saber hacer más dengues que el mismo mico.

-Vengo a traerle una carta al niño Teodoro, dijo la aldeana, con más seriedad que la que usaba cuando iba a comprar cebollas para los bollos de los domingos.

-Pero él está dormido en este momento, le contestó don Diego.

-Lo esperaré un cuarto de hora, porque tengo que llevar la contestación indefectiblemente.

-¿Y no podré yo saber el asunto de la carta?

-Me parece que será con el objeto de cobrarle los aguinaldos.

-¿Quién?

-Don Santiago tal vez; pero la carta lo rezará.

-Entonces puedes dejármela, que yo se la entregaré tan luego como se levante, porque él suele dormir hasta las once cuando estudia demasiado por la noche.

-¿Y la respuesta?

-¡Dale con la respuesta!... Pues la respuesta no tardará mucho tiempo en darla. Se echa de ver que es asunto de cobrar, y como él lleva todas sus cosas al estilo comercial, ya habrá girado la cuentecita.

Petronila llamó a Tomate, y sacándole al oficial de entre la gorra de paño la carta de la embajada, se la entregó a don Diego, y éste fue a ponerla en manos de Teodoro, el cual, rompiendo la nema con que estaba pegada, leyó lo siguiente:

Chapinero, diciembre 12 de 18...

"Caballero Teodoro: En el potrero del Rosal lo espera a usted y a un testigo su ofendido de anoche, según quedamos convenidos.

Suyo, SANTIAGO".

-Pues hay que contestar aceptando, dijo el joven Teodoro, porque si no, ¿qué se diría de mí?

-Que digan lo que quieran, la vida únicamente le pertenece a Dios.

-Es propiedad de cada uno, según dicen en el colegio, contesto Teodoro, vistiéndose y mirándose al espejo.

-Existir es el precepto primordial de la naturaleza, dijo don Diego con la gravedad de un católico rancio.

-Pero los héroes, papá, como Ricaurte y tantos otros ilustres granadinos que sacrificaron su vida...

-Por la patria, que es el compendio de todas las existencias juntas; y lo demás es un principio antisocial, y anticatólico sobre todo.

-¿Y el honor... que vale más que la vida?

-¡Oh! ¡miren qué honor!... Que el calavera de Santiago pide satisfacciones porque mi hija tuvo un ataque de nervios al tiempo de hacer la figura de la contradanza con la coqueta de Irene?... ¡ Vaya con el honor! O tal vez, y esto es lo más cierto, entre ellas hay algunos celillos platónicos, porque todo puede suceder; y por esto habías de ir tú a que te mataran, a tiempo que ya estoy yo para entregar mis cuentas a Dios, y tus hermanas, que están en los quince, y que necesitan de tu brazo y de tu respeto luego que yo no exista... Lo que hay es que nos vamos juntos ahora mismo para quitarle de la cabeza esas vanidades al caballero de la alegre figura.

En consecuencia de esto salió don Diego hasta la puerta de afuera a decirle a Petronila que dentro de un cuarto de hora estaría Teodoro a las órdenes de don Santiago.

-¿Pero la contestación? le preguntó Petronila.

-No hay más contestación, le gritó don Diego; lárguese usted de aquí con sus meneos y sus dengues, antes de que Fígaro se suelte y no quede ni el polvo de Tomate ni mucho menos el de ese indecente mico. ¡Miren qué mensajero para traer una carta de desafío!... Estas son cosas de la democrática Teresa, sin que me quede duda.

-Fue que mi prima se valió de mí, y como Tomate se amaña tanto a salir conmigo... Pero allá lo que necesitan es la contestación, y yo no me voy sin ella, porque fue lo primero que me encargó mi prima.

-¡Vaya usted con Dios!... Diga usted que al punto va Teodoro en persona a llevarles la contestación.

Teodoro, al salir, se puso en los bolsillos de la levita un par de pistolas de munición, y se fue para el potrero del Rosal en compañía de su amado padre.

Tuvieron que ir a la aldea de pasada, y estaba la gente acudiendo a la misa del alferazgo de Margarita, y como a ese tiempo pasase don Santiago, don Diego le dijo que le concediese el favor de esperarlo mientras oía la misa.

Las señoras de la quinta estaban allí, y si don Diego se hubiera fijado un poco, habría observado que Adelaida estaba muy distraída mientras que Lucinda rezaba y meditaba con el mayor fervor.

¡Pobre Adelaida! No era que ella estuviese iniciada en las doctrinas que comenzaban a helar los corazones de algunas de las señoritas, por aceptar el partido opuesto a las creencias de sus padres y a los preceptos de pudor y verdadero recato, sino que algún secreto cuidado la atormentaba, mientras que sus ojos debieran estar fijos en el altar mayor o en su librito dorado que sostenía con su linda mano, blanca como el alabastro, y adornada con luceros de diamantes. ¡Pobre don Diego! que oraba con tanto fervor oyendo aquella misa, como que pedía a Dios salvase del extravío a sus dos hijos, imbuido ya el uno en las perversas ideas de los colegios, y la otra que ya le había dado motivos para pensar mal, después de una serenata y un acto de descortesía que había provocado un desafío nada menos.

Al fin llegó don Teodoro, acompañado de su padre, al potrero del Rosal, en donde lo esperaba Santiago con el capitán don Elías, que era el testigo o padrino que había buscado.

-Parece que no tenemos más que esperar, dijo don Santiago, si es que hemos de hacer algo.

-Nada, don Santiago, dijo don Diego con humildad, no haga usted caso de muchachadas; perdone usted la falta que hubieran podido cometer mi hija y Teodoro, y no vamos a enlutar los famosos aguinaldos de Chapinero con un entierro. ¡Pobres muchachas! déjenlas ustedes que se diviertan ahora que les toca, y que no se vuelvan cubiertas de luto para Bogotá.

-¡No, señor! el desafío se consuma sin haber la menor excusa; y es en este mismo momento.

-¿Y qué es lo que usted adelanta, señor don Santiago?

-¡Quedar vengado, y que se me respete, como caballero que soy

-¿Y si usted muere?...

-¡Muere con honor!

-¡Morir!... ¿cuando no hay fundamento ninguno para este duelo, pues que fue un simple accidente de nervios el que hizo incurrir a mi hija en esa descortesía? ¡Vaya! ¡vaya!...

-Por lavar, como se debe, la mancha de una ofensa.

-Olvide usted todo, es lo mejor; y si usted quiere le daremos una satisfacción en público.

-No, señor; contestó don Santiago con suma energía; no, señor; no, señor.

-¿Pues sabe lo que hay, don Santiago? que se ejecuta el desafío; que la sangre corre hoy en este potrero como puede correr en un campo de batalla; y que uno de los dos, o usted o mi hijo, va a descansar en el seno de la tumba dentro de pocas horas; porque el duelo ha de ser a muerte, con pistola, y a cuatro pasos de distancia, ¿me comprende usted?

-¿En este momento?...

-Ahora... en el instante... mi hijo Teodoro no volverá a la aldea sino conducido en un ataúd, o contando la hazaña de haber hecho morder a su adversario la grama empapada en su sangre.

-¿Me permitirán ustedes volver por mis pistolas, que dejé olvidadas con la prisa de venirme? suplicó don Santiago.

-Tengo aquí las miras, dijo don Teodoro, señalando unas pistolas de húsares, que traía ocultas entre la levita.

-Son incompetentes entre caballeros, dijo Santiago, porque son muy ordinarias.

-Son magníficas, dijo don Diego; a veinticinco pasos de distancia mi hijo Teodoro no les yerra tiro a los copetones.

-Pero si esto se pudiera diferir por unas seis horas siquiera, porque me he acordado que tengo que escribir unas cartas sobre intereses con una casa de comercio: esto me convendría a mí demasiado, porque ustedes deben saber lo que es una casa de comercio...

-¡Nada! ¡nada!... Se bate usted, o lo hago aparecer mañana en los periódicos como el hombre más cobarde.

-Sería necesario un padrino para mi enemigo, en todo caso.

-¿Y yo?... contestó don Diego con suma viveza.

-Hay impedimento de primer grado de consanguinidad, y nuestro desafío ha de ser enteramente legal, según los principios de la materia.

-¿Y será la primera vez que un padre sirva de padrino?

-Por lo menos nuestras leyes de caballería no lo aprueban, dijo el padrino de Santiago; y como se pueden transar todas estas disensiones es con una satisfacción dada a las dos señoritas ofendidas.

-¡Oh, sí! ¡las señoritas!... exclamó Santiago con mucho respeto; por las señoras se puede hacer cualquier sacrificio, hasta el de no matarse, y sólo de esa manera depondría yo las armas.

-Yo no tengo inconveniente en dispensarle a la señorita Irene la mala partida de salirse del baile antes de que se hubiera terminado, dijo don Diego, si le da satisfacciones a mi hija.

-Ni yo en dispensarle, a nombre de mi pareja, a la señorita Adelaida un acceso de mal humor, o de nervios, como ella dice ofrezco que todo se arreglará como lo pide el señor don Diego.

-Entonces estamos despachados, dijo don Diego; mi honor está satisfecho y la sangre humana se ha economizado: vámonos en busca de nuestros campamentos, y que terminen los aguinaldos con toda felicidad.

Margarita dio la comida en su posada, y por la falta de elementos hubo de servirse sobre el suelo, aunque no por esto dejó de haber mucho y muy grande regocijo, tanto que después de los magníficos asados y ensaladas, tortas v papas preparadas al horno, hubo postres hasta para untarse las caras, en una especie de juego que acabó por gritos, carreras y emboscadas en los corredores v alcobas. Irene tenía la cara amarilla de caspiroleta, a tiempo que a la de Adelaida no le había sucedido nada.

Después de comer convidó doña Pacha a doña Tecla a fumar sus cigarros cerca de un bosquecillo, diciéndole que tenía que comunicarle cosas de mucha importancia, y luego que estuvieron emboscadas entre los arrayanes y demás arbustos, doña Pacha se expresó en estos términos:

-¡Ni el diablo con los aguinaldos de Chapinero, niña de Dios!...

-¿Qué tienen? le preguntó la otra señora.

-Que aquí no se le guardan, consideraciones a las personas de respeto, como usted y yo.

-Explíquese, doña Pacha; ya usted ve que estamos en un desierto.

-¿No ve? ayer me acerqué a la posada de doña Salustiana, y como todos andaban de paseo di con la entonada de Arcelia, que se había quedado leyendo, y sin levantarse de donde estaba recostada, con el libro en la mano, me dijo fría y bruscamente:

-¿Qué hace por aquí?

Y siguió su oficio, y así anda todo; porque de nosotras nadie hace caso; y yo estoy resuelta a irme para Bogotá esta tarde, a la oración, y esto era lo que tenía que decirle... ¡Me voy esta tarde para mi casa, y tope en lo que topare, y aunque tenga que estrellarme con los demonios!... ¡Me voy!... ¡me voy!... ¡me voy!...

-Es mejor reconvenir a Arcelia, que tal vez no lo hizo sino por lo distraída que estaba, y ella le dice entonces que la dispense, y está todo concluido. Arcel¡a es muy buena muchacha, lo que suele tenerse sus pretensiones de literata y de romántica, pero de ahí no pasa.

-¡No lo crea, niña de mi alma! Yo no vine a ser estropajo de nadie, ni le estoy comiendo nada a ellas. Luego porque Arcelia tenga maestro de francés, ¿ya nos quiere tener a todas por debajo? ¡No faltaba más!...

-Lo ha hecho distraídamente, como le digo, ¿no ve usted que yo la conozco como a mis manos?

-Hablemos claro, doña Tecla: es que Arcelia piensa que ya no tiene deberes para con la sociedad desde que está enamorada de Ricardo, y eso no puede ser.

-Esas no son más que suposiciones y juicios temerarios, de que usted tendrá que acusarse cuando se confiese.

-¡Bonitas temeridades!... cuando esa niña ya no oye ni misa, ni siente con otra vida que la de Ricardo, ni baila con otro que no sea Ricardo, ni pasea con otro que Ricardo, ni quiere hablar con más ser viviente que Ricardo, y para eso que han dado en hablar en francos, en achaques de aprendizaje, y el diablo que los entienda; cuando Ricardo se va para Bogotá, se contrae única y exclusivamente a leer novelas, y no hace caso de nada ni de nadie. Que aguanten los demás si les agrada, que yo no quiero pasar por tan de carga, y me voy a Bogotá, después de decirles a la hija y a la madre, que no han visto la urbanidad ni por el forro.

-No haga tal cosa; mire usted que doña Salustiana es muy orgullosa, a título de que el marido tiene plata; y que de enemiga es todavía mucho más temible que los antiguos agentes de la Inquisición, que sacrificaban víctimas sin que el pueblo lo advirtiera.

-Les haré ver todo lo mal que Arcelia se conduce, y después que brinquen como quieran.

-¡Imposible! ¿no ve usted que en los amoríos de la muchacha la gente no ve sino una estrecha amistad? ¿No ha reparado usted que el amor es amparado hasta por las leyes, como menor de edad?

-¿No conocerán que está loca de amores la niña?

-Tal vez no, porque el otro día oí que criticaban a Irene por sus coqueteos con Santiago, y usted ve que esta niña es como las mariposas, que deslumbran sin ofender.

-Eso consiste en que la paja no se ve sino en el ojo ajeno.

-Por lo mismo, es bueno que usted se revista de paciencia.

-¿Y Pablo no conocerá lo que todos estamos viendo?

-El no atiende a lo que dicen en la calle ni a lo que pasa en la casa, ni aún a lo que dicen de él mismo, por el afán de reunir todas las mariposas, insectos y caracoles de las lomas de Chapinero, que maldita lo que le han de servir, porque eso de ciencias naturales no se usa en un país que va a la vanguardia, como el nuestro.

-Que aguanten, que disimulen, que ignoren o que celebren los que quieran; pero yo estoy resuelta a cantar todo lo que hay en el caso, y decirles que me voy huyendo de Arcelia, y también de su criada, que ya no se puede aguantar desde que tiene a la Teresa por guía.

-Mañana verá usted que Arcelia le da satisfacciones, y usted sigue mirando con piedad sus platónicos amores, como que es la enfermedad que anda.

-¡Muy platónicos!... ¡caramba con usted!...

-Y ¿cómo sabe usted que no lo sean? doña Pacha.

-¿Pues no los ve usted en el grado más alto?

No veo sino que se tienen cariño, porque al conversar, mirarse, visitarse, eso todos lo hacen; y si por eso decimos que todos se quieren, el amor sería una Babilonia, una confusión, un enredo, que no lo entendería ni el diablo, que será el que más sabe de todo eso.

-Eso no; porque el amor cuando es bueno sale a los ojos como el aceite a la superficie del agua; y que hay ciertos movimientos, atenciones y cuidados que no dejan duda. A Arcelia lo que la tiene deschavetada es la lectura de toda clase de novelas. Están picadas de la araña, y luego se fijan en los pasajes más inmorales, y no es menester más; y que ellas no atienden a que estén o no prohibidas, como si no fueran niñas católicas, que están obligadas a respetar la autoridad de la Iglesia; ya se ve que no serán católicas... pero entonces que se dejen de librito y camandulita, y de ir a la iglesia con sus cabezas descubiertas, para que todo el mundo les vea los peinados; que no sean hipócritas, porque yo le digo la verdad, doña Tecla, que yo conozco hipócritas abolicionistas, que son los fariseos del partido demócrata: las palabras para alucinar y las obras para medrar. Ahí está leyendo Arcelia, La Lechera, en francés, que dicen que es una linda historia de cuartel, y así ni aunque tengan corazones de piedra, porque eso no es sino arrimarle pajas al incendio.

-Es usted muy escrupulosa, doña Pacha, y los tiempos ya son otros: ¿no ve usted que todo ha cambiado con las modernas ideas?

-Todo será, pero yo me voy, porque no es solo Arcelia, sino todas, las que están hechas el patas, hasta Gertrudis y Pascuala, aunque es verdad que Encarnación se está portando muy bien; porque de todo ha de haber en el mundo; y esa sí que es gracia, porque ellas ¿por qué lo hacen? ¿qué premio se les espera?

-Divertidas es lo que están las muchachas.

-¡Caramba con la diversión!... Bailan y juegan hasta la madrugada, como si fueran lechuzas; saltan y gritan como las cabras; comen como sabañones; juegan de manos como si fueran chiquitos; pero eso se les pudiera dispensar si guardaran consideraciones de respeto a las personas de edad.

-¿Pero a qué vinieron entonces, si no fue a divertirse? Y aunque usted tenga algo que reparar de Arcelia, ¿no están ahí Margarita, Clelia, Justina y las otras señoritas, que nada tienen de reprensible, ni aún esa pobre de Irene, que es la imagen de la igualdad, porque ella si coquetea es con todo el mundo, y sin conceder privilegios exclusivos, que son la piedra de escándalo de los buenos republicanos?

-¿Y por qué no imitan todas a mi sobrina Adelaida?

-¿A Adelaida?... ¡vaya con el modelo!

-Y aunque le pase a más de cuatro envidiosas.

-¡No me haga hablar, por Dios! doña Pacha.

-Pues hable usted, y verá que mi sobrina es la excepción de la regla, prescindiendo de un poquito de fatuidad por lo hermosa que se considera, otro poquito por lo sabida y otro poquito por lo rica.

-Pues yo sé que hubo en la quinta una pelea con don Diego, y un desafío a pistola por yo no sé qué cuento de una serenata y una carta, entre dos caballeros embozados.

-Esos son cuentos, doña Tecla, y cuando muy menos son de la entonada Teresa, que en el pueblo echa contra la gente decente, y luego se les mete a las señoras por el ojo de una aguja; y todo no es sino por venganza contra Fígaro, porque él no tiene genio para congraciarse con Tomate y el mico, y en verdad que somos del mismo gusto.

-Pues el tiempo nos lo dirá.

-Pero bien, ¿quién es él?...

-Eso será, cuando más, un misterio; pero el tiempo nos ha de desengañar, y tal vez antes de que se acaban los aguinaldos, según se están poniendo las cosas.

-Y del capellán, ¿qué me dice usted? ¿No les florea también a las muchachas que él mismo confiesa?

-Son apariencias de usted; don Elías y don Fermín son los que les dicen sus cosas a las muchachas, como si tuvieran patente de novios o pretendientes, los que tienen las barbas blancas y las rodillas hinchadas.

-Eso es porque estamos en tiempos de aguinaldos, y en Chapinero, pero no por otra cosa.

-¡Caramba con su Chapinero!... Entonces lo que hay es que Chapinero es la tierra clásica de la planta llamada amor, como lo ha sido Bolivia de la mejor quina.

Al decir esto se oyó que salía de entre las matas una ligera aspiración de comprimida tos, y parándose doña Pacha para cerciorarse de lo que había, vio a la señorita Irene con un libro en la mano, y a Arcelia junto, las cuales encubiertas con el ramaje de los árboles, estaban recostadas sobre la hojarasca, como si se aprontasen para pedir los aguinaldos.

-¿Y a ustedes quién las manda venir a escuchar lo que otros conversan? les dijo doña Pacha, ¿no saben ustedes que esa es mala crianza?

-¿Y usted está al cabo de saber que tuviéramos intenciones de oírlas? ¿quién las mandó a ustedes que se pusieran cerca a nosotras? ¿Y para qué, Dios mío?... Para no dejarnos pellejo sano. Pero que no se les ha quedado ni el capellán, ni los pobres señores que nos acompañan, ni las criadas, ni Teresa... y a todos se lo voy a decir para que sepan lo que es usted... ¡Cómo nos ha convenido retirarnos a leer a este sitio!

-¡Es que ustedes no han oído bien!... no sean temerarias.

-¿Más?... ¡Avemaría! repuso Arcelia, cuando de mí se han puesto a decir que soy la mujer más detestable; y me voy para Bogotá, para no darles más que sentir aquí. ¡Quién se lo iba a figurar de una mujer tan rezandera como doña Pacha! Pero con irnos para Bogotá está todo acabado. Digan ustedes en nuestras casas que nos fuimos por no escandalizar más a las gentes de Chapinero. ¡Adiós, doña Pacha! ¡yo me voy muy agradecida de usted!... ¡Adiós!...

-¡No hagan tal cosa, mis hijas, porque esto sería causar un trastorno de lo más grande!

-No, señora: para Bogotá nos vamos en este momento, y nadie me lo quita de la cabeza. ¿Nos vamos? Irene.

-Háganlo por sus familias; no sean tontas, hijas mías, les dijo doña Tecla; doña Pacha lo que quiere es su bien espiritual y temporal; perdónenla ustedes, que ya no lo volverá a hacer.

-Solo que nos vuelva el crédito que nos ha quitado...

-Estoy pronta a decir que ustedes ni siquiera conocen lo que es el amor... y que no se ofrezca nada en adelante de lo que ha pasado entre nosotras.

-Solo así, dijo Arcelia; y se puso en camino para Chapinero; detrás venían las dos señoras indultadas.

Nunca más hablaron del pasado suceso, cumpliendo así las dos señoritas con lo que habían prometido.

El baile dado por Margarita estuvo magnífico, si se atiende a la diversión que les proporcionó a las familias, pues había muchos jóvenes bailadores, tanto que las suplentes o designadas entraron a funcionar, así es que doña Pacha y doña Tecla bailaron contradanza, y lo mismo doña Jacinta y doña Marcelina.

Los músicos tocaron la mandracha del tiempo de los españoles; la libertadora y las delicias del tiempo de Colombia; también tocaron el sanjuanito, la jurga y el mollejón para que bailarán los venerables, no quedándose nadie esa noche quien no bailara torbellino y bambuco hasta el amanecer.

Los reconciliados y reconciliadas, viejos y mozos, todo el mundo contribuyó con su contingente de alegría para solemnizar la noche más espléndida, -y como no se esperaba por las peripecias ocurridas en el día-, de todos los aguinaldos de Chapinero.

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