El paje y Arévalo

Daniel acudió presuroso al llamamiento de Don Manuel.

-Entra, Daniel, le dijo éste, ven a escribir. ¿Cómo te sientes?

-Estoy casi bueno, señor, y ya puedo consagrarme sin peligro a mis obligaciones.

-Es verdad; noto que tienes el rostro muy animado, estás de buen color y tienes la mirada clara y alegre.

Lo celebro mucho. Ven a escribir una carta; siéntate.

Daniel tomó la silla en que acostumbraba sentarse a escribir cuando Don Manuel lo ocupaba, la acercó a lamesa, que estaba cubierta con una carpeta de paño verde que caía hasta el suelo y llena de papeles, con tinteros, salvadera, plumas de ganso, caja de obleas y barras de lacre

Daniel sacó del bolsillo su navaja, tajó la pluma con destreza, la probó en una vuelta de carta y esperó que Don Manuel le dictara.

El papel era florete, grande, sin reglar; éste se partía en cuartillas, y cada una de éstas servía para una carta.

Don Manuel dictó lo que sigue:

Señor Don Fernando de Arévalo.

Muy señor mío:

La presente tiene por objeto comunicar a vuesa merced que Doña Inés de Lara y Portocarrero, mi pupila, no quiere sujetar su cerviz todavía al santo yugo del matrimonio; lo cual me ha encargado diga a vuesa merced, dándole al mismo tiempo las gracias, por haberla creído digna de ser su esposa.

Nuestro Señor guarde a vuesa merced muchos años.

Cañasgordas y Mayo, 30 de 1789.

Terminada la escritura de la carta, Daniel le echó arenilla y se la presentó; él la leyó y puso su firma: "Manuel de Caizedo".

Todos los de esta familia escribían su apellido con y griega y z; Don Manuel ponía la z pero no la y griega.

Daniel cerró la carta, la pegó con una oblea y puso el sobreescrito.

Don Manuel llamó en voz alta:

-Roña .

-Mi amo, contestó Pedro que estaba al lado de afuera de la puerta.

-Vete ahora mismo a Cali; lleva esta carta a Don Fernando de Arévalo, en la plazuela de San Francisco; y vas en seguida a casa de Don José de Micolta y le preguntas de mi parte si tiene qué comunicarme algo.

El paje ensilló un caballo de los que había sueltos en el patio y salió en él a galope para Cali.

Daniel se puso de pie para retirarse y preguntó:

-¿Tiene su merced alguna otra cosa qué mandarme?

-No, Daniel, puedes irte, cuídate mucho, para evitar una recaída.

Creo que ya no hay peligro, señor, antes queria pedir

a vuesa merced un favor.

-Di qué quieres.

-Un amigo mío se casará el domingo próximo y me ha elegido para padrino; yo deseo prestarle ese servicio, si su merced me da licencia, y en ese caso me iría el sábado por la tarde y regresaría el lunes muy de mañana.

-Está bien, puedes ir. ¿Cómo se llama tu amigo?

-Manuel Arce.

-¿y la novia?

-Mercedes Salguero.

-Es de los Salgueros de Catayá?

-Sí, señor.

-Buena gente. ¿y qué piensas llevarles para la boda? Porque supongo que les llevarás algo.

-Nada, señor.

-Eso no puede ser. Dile a Zamora que mande mañana una novilla gorda a Catayá en tu nombre. Yo daré orden a María Francisca para que te dé una botijuela de vino.

Daniel dio las gracias lo mejor que pudo y se retiró muy agradecido.

Entre tanto Pedro, a quien Don Manuel llamaba Roña , seguía su camino en dirección a Cali .

Don Fernando de Arévalo tenía su tienda de mercancías españolas en la esquina de la torre de San Francisco. Entonces no había calle ni barrio especial destinados al comercio de géneros y telas para vestidos; las cuatro o cinco tiendas que había en la ciudad, estaban en calles y barrios diferentes.

El paje llegó a la tienda de Arévalo a tiempo en que éste estaba en ella, al lado de adentro del mostrador, leyendo, porque en ese momento no había comprador alguno.

El negro saludó con la frase de costumbre dictada a los esclavos, que era ésta; "Alabado sea el nombre de Dios", y el saludado respondía; "Alabado sea para siempre", frases que solían acortar diciendo: -"Alabado sea Dios". -"Por siempre".

Arévalo salió prontamente afuera del mostrador cuando conoció que ese negro era el paje del Alférez Real.

Pedro entregó la carta y dijo:

-Adiós, mi amo.

-Espérate, dijo Árévalo, por si fuere necesario contestar algo.

Abrió la carta con precipitación, la devoró con la vista, y se quedó callado, profundamente descontento.

Al cabo de un rato dijo al paje:

-Da la vuelta por el portón y entra, que tengo que hablar contigo.

El paje dio la vuelta y entró en el patio, a tiempo que Arévalo salía por la sala al corredor, habiendo dejado cerrada la puerta de la tienda.

-Desmóntate un momento, dijo al paje.

El paje se desmontó en la gotera de la casa, y entró en el corredor.

Arévalo se sentó en un escaño que allí había, y el paje quedó de pie.

- Tú eres el paje de Don Manuel, ¿no es así?

-Sí, mi amo.

-¿Estás siempre en la puerta de su cuarto y ves qué personas entran en la casa y cuáles salen de ella?

-Sí, mi amo.

-Dime, pues; ¿sabes si Doña Inés de Lara tiene algún novio?

-No, mi amo, no sé.

-¿Crees tú que nadie la ame ni la visite, ni que ella tampoco ame a nadie?

-No, mi amo; cómo voy yo a saber eso, dijo el paje, riéndose y mostrando sus limpios y blancos dientes, y admirado de que un blanco conversara con él sobre asuntos tan altos.

-Pero tú sabes algo, puesto que te ríes. Toma ese patacón, para que compres cigarros; y dime lo que sepas.

-Pero si no sé nada, mi amo, dijo el paje, siempre riendo maliciosamente.

Arévalo se fijaba en esa risa maliciosa.

-¿De manera que tú crees que esa señorita tan hermosa no tiene quién la quiera?

El paje, que había recibido y guardado el patacón, contestó deseando satisfacer a Arévalo.

-Lo que es quererla, eso sí; yo creo que no falta quién la quiera mucho.

-¿Y quién es ese sujeto?

-El que parece quererla mucho es el niño Daniel.

-¿Quién es Daniel?

-Es el escribiente que tiene mi amo en la hacienda.

-¿Un joven blanco a quien le está apuntando apenas el bozo, que comió en la mesa con la familia el día que estuve allá?

-El mismo, mi amo.

Los ojos de Arévalo despidieron centellas. Luégo continuó.

-¿Por qué crees tú que la quiere?

-Por nada, es que se me pone.

-Cuéntamelo todo, pues ya me has dicho lo principal. Vengo a regalarte un hermoso pañuelo para tu novia.

Fue en efecto a la tienda y sacó de ella un pañuelo de algodón de colores vivos y lo dio al paje. En seguida le dijo:

-¿Por qué crees que la quiere?

-Porque el otro día que su merced estuvo enferma, el niño Daniel llegó a la cama, le besó la mano y se puso a llorar.

-¿Viste tú eso?

-No lo vi yo mismo, pero lo vio Tomasa y me lo contó. Después, el día que su merced estuvo en la hacienda, porque dijeron los criados que ella iba a casarse con su merced, el niño Daniel cayó enfermo al momento y casi se muere; y hoy, antes de salir de la hacienda para acá, los vi conversando a solas en la sala con mucha animación.

-¿y crees tú que ella lo quiere?

-Sí lo creo, principalmente desde hoy.

-¿De dónde es ese Daniel?

-De aquí de Cali.

-¿Quiénes son sus padres?

-No tiene padres, es huérfano.

Arévalo estuvo cavilando un rato. Al fin dijo al paje:

-Vete; la carta no necesita contestación.

El paje montó en su caballo y se dirigió a la casa de Don José Micolta, que quedaba a la diagonal, con e] convento de San Francisco de por medio.

Don José Micolta entregó al paje un pliego cerrado para el Alférez Real y lo despidió.

A las cinco estaba de regreso el paje en la hacienda; entregó el pliego a su amo, desensilló el caballo y volvió a situarse en su puesto habitual, en la puerta del cuarto.

El Alférez Real abrió el pliego de Don José Micolta Alcalde Mayor, en que le hacía saber que había llegado de Santafé una escolta con su correspondiente oficial, a recibir los reemplazos que había pedido el señor Virrey para mandar a Cartagena .

Cuando Daniel salió del cuarto de Don Manuel, se sintió perfectamente bueno de alma y cuerpo. La influencia del espíritu sobre su organismo, había sido tan manifiesta, que con sólo haber hablado de su amor con Doña Inés y haber escrito él mismo esa carta de negativa, se sentía tan sano y vigoroso como si nunca hubiera estado enfermo.

Salió, pues, alegre y comunicativo, deseoso de encontrarse con Don Juan Zamora o con Fermín, para conversar con ellos, no de su amor que era un secreto, sino de cualquier cosa. Quería hablar con algún amigo, para dar expansión a los variados afectos de su alma, ya que no le era lícito cantar y bailar sin llamar la atención.

Pero Zamora y Fermín estaban en los trabajos con la cuadrilla, y Martina ayudaba en la cocina a las criadas del interior.

Le fue forzoso entrar en su cuarto; allí se puso a meditar en su buena suerte ya pensar también un poco en lo futuro.

Del abismo del desconsuelo había subido de repente a la cumbre de la felicidad; había tenido la audacia de declarar su amor a la señora de sus pensamientos; y la dicha inefable de saber que era amado.

Pero ¿qué había adelantado con eso.? Su situación era tal vez peor que antes; un matrimonio entre él y Doña Inés era de todo punto imposible; el solo pensar en eso era un disparate; él era plebeyo, ella noble; él era huérfano y ni siquiera sabía quiénes eran sus padres; ella contaba una prosapia ilustre; él era sumamente pobre, ella era muy rica. A esto se agregaba que era pupila del Alférez Real, el señor más orgulloso que había en todo el Valle y el más intransigente en materia de nobleza; y que si éste llegaba a descubrir  tal insolencia, sería capaz de mandarlo a los presidios de Cartagena.

Tarde o temprano ella tendría que casarse con alguno que fuera de su misma clase, y entonces él moriría de celos y desesperación.

¿Qué haría pues?

En sus largas cavilaciones buscaba algunos pasajes de la Historia o de la Fábula, que fueran análogos a su situación; pero ni ésta ni aquélla le indicaban medio alguno de salir del apuro.

Entre esos pasajes que revolvía en su memoria se presentaba a cada instante el rapto de la griega Helena por el troyano Paris.

Daniel no había leído a Homero, pero había traducido a Horacio. Tomó el ejemplar que tenía de las obras de este poeta, y se puso a leer la famosa oda Pastor cumtraheret .

Después recapacitó mucho y concluyó por decirse:

"Paris era un príncipe, y yo soy un pobre huérfano desheredado de todo; ya pesar de que aquél era un príncipe, ese rapto le costó caro a él, a su familia ya su patria. ¡Dios me guarde! La oda es muy bella, pero no se debe tomar como ejemplo si no es para recordar los estragos que refiere. Además, Doña Inés no es Helena, ni habría príncipe en la tierra que consiguiera hacerle olvidar su deber y su decoro".
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