Desaparición
El sábado siguiente al anochecer fue Daniel por su caballo que estaba comiendo un pienso de caña en el trapiche, lo agasajó pasándole suavemente la mano por el cuello y por el lomo, lo condujo al corredor de su cuarto y lo ensilló, Pasó enseguida a la sala principal de la casa y preguntó a las señoras si se les ocurría algún encargo para Cali, y ellas le contestaron que nada se les ofrecía. Al separarse de ellas, recibió de Inés una tierna mirada por toda despedida: esa mirada era lo que él había ido a buscar para poder partir contento. Avisó luégo a Don Juan Zamora que ya se iba, quien le deseó buen viaje, y montando en su brioso corcel salió a paso largo para Cali, a hacer la visita de costumbre a su madre adoptiva, con el corazón henchido de placer y creyéndose el mortal más feliz del mundo.
Don Juan Zamora, después de cenar, se retiró a su cuarto, adonde acudieron el tío Luciano capitán de la cuadrilla, y Fermín, no a recibir órdenes para los trabajos pues el día siguiente era domingo y los esclavos eran dueños de su tiempo, sino simplemente a conversar con él ya oír las relaciones que les hacía de sus viajes y de las costumbres de España.
Inés tomó un libro de Fray Luis de Granada y reanudó la lectura interrumpida la víspera. Todos la escuchaban con marcada atención, pero en particular Doña Francisca que era una santa mujer, y Doña Rosa, la futura monja del Carmen.
Al dar el reloj las nueve, suspendió Doña Inés la lectura y se retiró a su dormitorio; Doña Francisca y sus hijas se retiraron al suyo.
Doña Inés se acostó, acompañada de Andrea, y estuvo largo rato sin poder dormir, hasta que el reloj dio las diez. Al oír las campanadas se regocijó su corazón porque sabía que dentro de poco había de llegar Daniel.
Pero se pasó otra hora sin que rechinara la puerta, ni ladraran los perros, ni los gansos graznaran: el reloj dejó oír once campanadas.
Ya no vendrá, pensó ella; pero ¿qué motivo, se decía, lo habrá obligado a quedarse? Es verdad que una u otra vez suele permanecer en Cali hasta el día siguiente; pero hoy me había prometido estar aquí a las diez, y sólo una causa muy poderosa puede haberle impedido cumplir su palabra. ¿Será que ha encontrado enferma a su madre? ¿O tal vez mi padrino lo habrá detenido para que se venga mañana con él?
A pesar de estas reflexiones tranquilizadoras, no dejó de alarmarse, aunque no temía que Daniel pudiera correr peligro alguno; pero lo amaba ardientemente ya su pesar, y sufría al saber que él no estaba esa noche en la hacienda y que dormía lejos de ella. Ya sabemos por ella misma que cuando Daniel no estaba presente, la casa le parecía un desierto. No temiendo peligro alguno, porque no podía haberlo, al fin, aunque algo apesarada, se quedó dormida.
Al día siguiente, cuando estuvo bien de día, se levantó a tiempo en que ya Andrea andaba por el interior de la casa. Abrió las ventanas de su aposento y vio en el patio a Fermín a caballo, ya Don Juan Zamora y al tío Luciano que hablaban con él, rodeados de varios esclavos, pues, como hemos dicho, era domingo y los negros no tenían ocupación forzosa.
Viendo esto estaba cuando entró Andrea asustada y le dijo:
-Mi señorita, hay una novedad en la casa.
Inés se alarmó en extremo sin saber por qué, y le preguntó:
-¿Qué novedad?
-El niño Daniel se fue anoche para Cali y debió volver a las diez, como lo hace siempre, pero no volvió.
-Ya sé eso: ¿cuál es la novedad? preguntó Inés perdiendo el color.
-Pues bien: el niño Daniel no volvió anoche, y hoy al amanecer, al levantarse el tío Luciano, alcanzó a ver un caballo blanco ensillado y sin jinete en la puerta de golpe, como esperando a que le abrieran para entrar; fue a ver qué caballo era ése y encontró que era el del niño Daniel. De suerte que ha vuelto solo, tal vez desde anoche, sin saberse qué se ha hecho el jinete.
-¿Y no han mandado a averiguar?
-En este momento se va Fermín a buscarlo por el camino, porque el amo Don Juan cree que tal vez lo botó el caballo y que estará por ahí aturdido de la caída, o con algún hueso roto cuando no ha venido a pie.
Inés se sentó para no caerse y quedó anonadada con tan infausta noticia. Al pasarle esa especie de vahído se acercó de nuevo a la ventana y vio que ya el grupo se había disuelto y que Fermín había partido.
Andrea salió, y ella se quedó rezando y encomendando a Dios a Daniel.
Llegó la hora del almuerzo, que era siempre entre siete y ocho de la mañana, porque en aquel tiempo no se tenía la costumbre del desayuno, ni nadie tomaba café. En la mesa no se habló sino de Daniel, con grande interés, porque era un mozo simpático para todos. Inés oía angustiada las diversas suposiciones, tomando parte en la conversación y haciendo esfuerzos extraordinarios para no dejar conocer su dolorosa zozobra.
A las nueve regresó Fermín: Don Juan Zamora lo condujo a la presencia de las señoras para que dijera delante de ellas las noticias que traía.
He aquí su relación: en el camino no encontró a Daniel, ni vivo ni muerto, y aunque averiguó por él a cuantos iban y venían por el camino ya los habitantes de las pocas casas que por allí había, no halló uno solo que diera razón de él. En una casita que había en el paso del río de Meléndez, en dos o tres que había en Cañaveralejo y en las pocas casas de la ciudad al lado de la Chanca, le dijeron que lo habían visto ir en dirección ala ciudad a eso de las siete y media de la noche, pero que no lo habían visto regresar. Fue a casa de la señora Mariana, y ésta le dijo que había permanecido con ella hasta las nueve en punto, y que al oír la primera campanada en la torre de San Francisco, había partido para la hacienda.
Con noticias tan poco satisfactorias crecía el cuidado de las señoras, y en grandes proporciones la angustia de Doña Inés.
Doña Francisca dijo a Don Juan:
-Es preciso que mande usted el número de criados que crea necesario, por diferentes partes, hasta que lo encuentren; no es posible que se quede así perdido por tanto tiempo: en alguna parte ha de parecer, pues no se lo ha de haber tragado la tierra.
-Es lo que yo digo, es preciso examinar no sólo el camino, sino también los bosques de uno y otro lado y las haciendas circunvecinas. Ahora mismo voy a mandar a los sirvientes más vivos y sagaces para que hagan cuantas pesquisas puedan, hasta dar con ese pobre muchacho,
En efecto, Don Juan reunió algunos criados de los que hacían el oficio de vaqueros y los distribuyó de dos en dos en diferentes direcciones. A Fermín le tocó ir a Cali a averiguar en todas las casas que formaban la calle desde la entrada de la ciudad hasta aquella en donde vivía la madre de Daniel; otros dos fueron destinados a las haciendas de Meléndez, con cuyo nombre había dos, una aliado de arriba del camino público, que pertenecía a Doña Teresa Riascos, madre de Fray Pedro Herrera y que se llama hoy San Joaquín y otra al lado de abajo, de Don Jerónimo Escovar; otros fueron destinados a El Limonar, Cañaveralejo e Isabel Pérez, Don Juan, acompañado del tío Luciano, se encargó de explorar los alrededores de la hacienda. Hacia el lado de Jamundí no había para qué buscar al perdido.
Los exploradores pasaron el día en sus pesquisas, cada par de hombres en los sitios que respectivamente se les había señalado.
Don Juan y el tío Luciano recorrieron la parte baja de la hacienda, orillando la ceja del monte por el lado de Morga, trazando una gran curva, hasta salir al río Jamundí. De allí tomaron hacia arriba, y después de caminar largo trecho, se detuvieron en la mitad de la colina, desde donde se descubría toda la parte limpia de la hacienda.
Examinaron con la vista, la extensa comarca en todas direcciones: allá a una gran distancia, al pie de las lomas, por las cabeceras del Pance, se alcanzaban a ver dos águilas que revoloteaban sobre un mismo punto.
-Hombre, Luciano, dijo Don Juan, ¿qué habrán visto aquellas águilas que revolotean al pie de la loma?
-Eso indica, contestó el tío Luciano, que algún esclavo ha prendido los pajonales: vea su merced el humo. Las águilas están allí para caer sobre las sabandijas que salgan huyendo de la candela.
-Vamos, hombre. Luciano. a ver qué hay por allá.
En efecto, continuaron su camino, bajo los rayos de un sol abrasador, porque era más de medio día, hasta llegar al pie de las lomas: examinaron las colinas inmediatas sin hallar indicio alguno de lo que buscaban. Un negro andaba por esas faldas quemando pajonales, pasando en esa diversión el día de fiesta.
Las cuatro de la tarde serían cuando regresaron ala casa Don Juan y el tío Luciano; a las cinco llegaron los demás sin haber recogido noticia alguna de importancia.
Sin embargo, algunos vecinos de la calle que conducía de la casa de Doña Mariana hacia el llano, le dijeron a Fermín que después de las nueve de la noche habían oído pasar un caballo a todo correr, como si fuera desbocado, por la calle abajo, y que parecía ir ensillado y sin jinete, según se colegía por el ruido de los estribos. En el paso de Cañaveralejo le dijeron exactamente lo mismo, sólo que el caballo iba al trote y no al escape.
Si el caballo había botado a Daniel, había sido sin duda en las calles de la ciudad.
Las señoras habían pasado el día en ansiedad, pero Inés, particularmente, en mortales angustias. Cuando estuvieron de vuelta los exploradores sin Daniel y sin noticia alguna acerca de su paradero, la agonía de la pobre joven llegó a su colmo y se retiró a su habitación, temerosa de que descubrieran el lamentable estado de su alma.
A las seis llegó Don Manuel con su paje: las señoras salieron a recibirlo al corredor e inmediatamente le refirió Doña Francisca la novedad que había ocurrido. Don Juan Zamora estaba presente.
-¿Y qué han hecho para averiguar el paradero de Daniel? preguntó Don Manuel.
-He mandado diferentes partidas, contestó Don Juan, por diferentes partes y yo mismo he recorrido con el tío Luciano gran parte de la hacienda, y hemos regresado todos sin haber conseguido averiguar nada.
-¿Y cuál es su opinión, Don Juan, acerca de este acontecimiento?
-Yo creo que el caballo, que es muy brioso, lo habrá botado, y que debe de estar en alguna casa en donde lo habrán recogido.
-Creo lo mismo, Don Juan; no se pierde en Cali así tan fácilmente un individuo. Desaparecerá por una semana, pero luégo tendrá que resultar de donde menos se piense.
-Es lo que yo digo, señor Don Manuel; si no lo hemos encontrado, ya vendrá él por sus pies cuando menos se piense.
-Si no resulta esta noche, escribiré mañana a Don José Micolta para que ponga en movimiento a los Alcaldes, Alguaciles y Regidores, hasta que den con él vivo o muerto.
Al servirse la cena, Doña Inés se excusó por medio de Andrea de asistir a ella, pretextando que le dolía fuertemente la cabeza.
A las nueve se acostaron todos, como de ordinario, solamente Inés permaneció despierta en su cuarto, sin acostarse, asomándose a cada instante a la ventana, que había dejado entreabierta.
Inés creía que su amor era un secreto para todo el mundo, y sin embargo, no lo era para Fermín y Andrea, aunque éstos no se atrevían a hacer la más ligera alusión a eso, pues comprendían que la pasión de Daniel era un disparate y conocían muy bien el orgullo y el recato de Doña Inés.
Andrea, viendo que su señora no se acostaba, se atrevió a preguntarle qué tenía; Inés contestó que le dolía la cabeza pero que ya le iba aliviando, y le mandó que se acostara.
Andrea obedeció por no contrariarla y porque comprendió que ella quería estar sola; pasó, pues, a su dormitorio y se acostó, pero sin poder conciliar el sueño, porque le atormentaba la triste situación de su ama, y más viendo que no podía darle alivio.
Doña Inés pasó toda la noche llorando, a veces a sollozos, y Andrea oyéndola llorar.
A la hora del almuerzo avisó Andrea que su señorita continuaba con mucho dolor de cabeza, y que almorzaría en su cuarto. En efecto, allá se le sirvió, pero ella no pudo pasar nada.
Después del almuerzo fueron las señoras a visitarla ya ver qué remedio le hacían. Inés estaba a media luz, casi en el obscuro, para evitar que le vieran los ojos y conocieran que había llorado. A poco rato entró Don Manuel, la saludó con mucho cariño, le tomó el pulso y se informó de que sólo sufría un ligero dolor de cabeza que no era de cuidado, e indicó a Doña Francisca el remedio que debieran hacerle para aliviarla. Ninguna de ellas sospechaba la causa de su encierro. Doña Francisca le dijo:
-Lo que te ha hecho daño, Inés, ha sido el sol de anteayer, cuando fuimos al baño.
-Eso es sin duda, ya se me había ocurrido.
-¿No te comenzó el dolor de cabeza desde ayer7 -Sí, señora.
-Pues para que veas.
-Y lo creo tanto más cuanto que siento ardor en los ojos y la luz me ofende.
-Estate aquí, recogida, no salgas, y verás cómo a la noche estás buena.
-Así lo haré, madrina.
Este encierro era precisamente lo que Inés quería que le recetaran.
De esta manera se pasaron ese día y la noche y el día siguiente, sin que Daniel pareciera y sin que Inés hallara consuelo. La invención de que sentía ardor en los ojos le servía de pretexto para permanecer en el obscuro, a fin de que no notaran las señales de su llanto.
En todos esos días no cesaron los criados de la hacienda de buscar a Daniel: Fermín era incansable, porque amaba sinceramente a su amigo y no podía hallarse bien sin su compañía. Don Juan lo había autorizado para que se ocupara exclusivamente en esas indagaciones, porque Don Juan le profesaba también mucho cariño al joven perdido.
Don Manuel en su carácter de Alférez Real y Regidor Perpetuo, dio a los Alcaldes de Cali las órdenes respectivas para que buscaran a Daniel, y ellos hicieron realmente por su parte cuanto pudieron, sin ningún resultado favorable.
Lo único que sostenía un poco el valor ya casi agotado de Doña Inés era la seguridad que tenía de que Daniel estaba vivo. Ni a ella ni a ninguno de la casa se le había ocurrido pensar que hubiera sido asesinado: el asesinato era un delito rarísimo. Las simples heridas que un hombre causara a otro, eran motivo de general alarma. En esos días, a consecuencia de que uno hirió a otro en Roldanillo (que pertenecía a la jurisdicción de Cali), se reunió el Muy Ilustre Concejo Municipal, con la totalidad de sus miembros, todos escandalizados, y expidió decretos, órdenes y providencias para el castigo del culpable y para precaución en lo futuro. Un asesinato en ese tiempo habría sido motivo para que todos los frailes de todos los conventos salieran a dar misiones por todo el Valle.
Así trascurrieron los meses de Julio y Agosto. Don Manuel solía hablar de vez en cuando de Daniel, con su mujer y con sus hijas. y se quejaba de la falta que le hacía; Don Juan hablaba del mismo constantemente con Fermín; Inés agonizaba en silencio sin hablar con nadie del desaparecido, pero no pensaba en otra cosa.
Andrea, compadecida de su señora, sacaba a Daniel cuantas veces podía, en sus conversaciones con ella, con el buen deseo de darle indirectamente algún consuelo.
-Yo no puedo olvidarme, señorita, le decía, del niño Daniel, porque era el grande amigo de Fermín, y desde que él desapareció, está Fermín intratable, siempre meditabundo y distraído, y casi no se fija en mí. Pero yo no dudo de que el niño Daniel se nos presentará bueno y sano el día menos pensado. A mí se me pone que él salió de Cali por algún otro barrio que el acostumbrado, y que el caballo lo botó, y que tal vez se golpeó, y que algún vecino lo recogería y estará curándolo, y que así que sane lo tendremos aquí.
-Pero ese vecino, decía Inés, habría avisado.
-Quizá no lo conocerá ni sabrá que vivía en esta casa.
-Entonces habría avisado Daniel mismo.
-Es verdad, contestaba Andrea.
Y de ese modo se le acababan sus argumentos consolatorios, a pesar de su buena voluntad.
El sufrimiento de la pobre Inés era intenso, profundo y sin descanso, porque no tenía siquiera el alivio de comunicar su pena con alguna amiga; ni deseaba tampoco comunicarla, porque veía que con tales confidencias sufría su amor propio y comprometía su decoro.
Al principio lloró mucho, hasta que al fin aprendió lo que aprende toda persona que es por largo tiempo infeliz: aprendió a tragarse las lágrimas, o como si dijéramos, a llorar por dentro, como lloran tántos y tántas en la sociedad, ¡sin que nadie lo sospeche!

