Placer y dolor
Llegó el mes de Junio con su sol oblicuo, su luz brillante y suave, su atmósfera diáfana, sus campos verdes, sus flores silvestres, sus brisas frescas y sus variados tintes de luz que hacen de ese mes, después del de Diciembre, el más hermoso y más alegre del año.
Era el 20 de Junio.
Don Manuel estaba en Cali adonde iba por ese tiempo, casi todos los días, a activar y vigilar los trabajos de una obra de interés público que había acometido a su costa; y era la de desviar el curso del río que estaba amenazando destruir parte de la ciudad.
Ya mucho antes, en 1751 , Don Francisco Sanjurgo y Montenegro había dejado, en su testamento, seiscientos patacones para que se desviara el río del lado de la Ermita y se hiciera un pretil en dicha iglesia. Ni el río fue desviado ni el pretil fue hecho, aunque hay tradición de que se construyó un muro junto a esa iglesia, para librarla de las fuertes avenidas; y como el tal muro no aparece a la vista, se dice que con el trascurso de los años ha venido a quedar enterrado.
El Alférez Real, pues, en todo ese año de 1790, hizo abrir el hondo cauce llamado desde entonces "Rionuevo" y echó por él todo el río; pero éste, más tarde, volvió a correr por su antiguo lecho, dejando en el nuevo cauce sólo una pequeña porción de sus aguas.
Era, como decíamos, el 20 de Junio, y era de noche; el tiempo estaba magnífico y había luna. Pasadas las nueve, Doña Inés se retiró a su dormitorio, en el piso alto, con Andrea. Andrea se acostó y se durmió; Doña Inés salió, como lo tenía de costumbre, al corredor, ¡a engolfarse en sus tristes pensamientos y a esperar! Hacía ya un año que Daniel había desaparecido; ya nadie se acordaba de él, excepto ella y Fermín; ya nadie lo nombraba.
En Julio debía ella marchar a Popayán a tomar el velo de monja, y marcharía sin volverlo a ver, siquiera una vez más. ¿Para qué? Para verlo, y en seguida morir.
¡El hombre, por lo regular, no comprende cuánto peso es capaz de resistir el corazón de una mujer en materia de abnegación y sacrificio! Nada sobre la tierra es más grande ni más sublime que el corazón de la mujer.
Esta débil criatura, cuando llega a apasionarse seriamente, atesora en su alma la mayor cantidad de fuerza moral que puede concebirse, comparable sólo con la electricidad, que es la mayor fuerza física de la naturaleza .
Ella, además, tiene admirablemente desarrollado el instinto del bien, y sin las instigaciones del hombre, sería un ser casi perfecto, porque no conoce otro escollo en su vida, mientras que para el hombre hay escollos infinitos.
Doña Inés iba a ser monja, tal vez sin quererlo; ella ocurría a ese refugio como a un puerto de salvación; era amada frenéticamente por un joven lleno de relevantes cualidades que, sin embargo, no podía ser su esposo; y ella le correspondía en el fondo de su alma, pero convencida de que no podía jamás casarse con él.
Estos amores eran para ella un gran tormento en caso de que Daniel continuara perdido; y eran un tormento mucho mayor en caso de que él pareciera y ella siguiera viviendo en el siglo.
No había más remedio para evitar las amenazas de su desgraciada pasión, que el poner un fuerte muro de piedra entre ella y el objeto amado, y el más fuerte todavía de los votos religiosos.
Pero deseaba ver a Daniel por última vez para explicarle el motivo de su resolución, y le pedía fervorosa mente a la misma Virgen del Carmen, su futura Patrona y Madre, le concediera esta gracia antes de partir.
Ysólo faltaba un mes para abandonar para siempre esos lugares queridos, teatro de sus inocentes amores y objeto permanente de sus dulces recuerdos.
Era ya muy tarde, poco faltaría para las doce; la hacienda toda estaba en silencio; ninguna voz humana se percibía, pero sí esos mil ruidos de la naturaleza en el campo, en las altas horas de la noche.
Inés estaba recostada sobre la baranda del balcón con el pecho sobre los brazos, y viendo a ratos para un lado, a ratos para otro, y a ratos no viendo nada.
Por el patio pasaba la gran acequia que conducía el agua al molino del trapiche, y dejaba oír su incesante murmurio, ya fuerte, ya apagado, según la dirección de la brisa.
Un perro viejo ladraba lentamente a la luna, afuera de la puerta de golpe, sentado en el camino;
La lechuza que tenía su dormitorio en la iglesia inmediata, pasaba revoloteando, y chillaba al pasar;
Allá lejos, por el lado de Morga, se oía el bramido aterrador, bajo y profundo, de algún toro extraviado de la vacada, bramido que terminaba por sonidos agudos como los de un clarín de guerra.
El cielo estaba limpio de nubes y la luna alumbraba el patio, las cabañas de los negros y toda la comarca.
De repente en el llano inmediato a la puerta de golpe alzaron el vuelo cantando unos pellares; ésa era señal de que habían sentido gente.
Inés pensó que alguien pasaba por el camino, y fijó su vista en la puerta de golpe.
Luégo se estremeció al ver un bulto que abría la puerta y entraba en el patio. Al ruido que hizo la puerta, que siempre rechinaba cuando la abrían, despertaron los perros y se lanzaron ladrando hacia allá; pero al acercarse al bulto sin duda lo reconocieron, porque al instante callaron.
Una vez adentro del patio, Inés pudo distinguir quequien entraba era un hombre; éste permaneció un rato inmóvil, viendo para todos lados; por último, fijó al parecer sus miradas en el balcón, observó por un momento, y en seguida se dirigió hacia allá.
A Inés le latía el corazón con violencia; casi no podía respirar. Esa persona que llegaba se le parecía a Daniel, en la estatura, en el andar y en el color del vestido, que era igual al que llevaba el día que desapareció. Se apoyó contra el pilar para no caerse y esperó ansiosa, con los ojos fijos en ese individuo que avanzaba hacia ella. Ese individuo continuó avanzando hasta que estuvo al pie del balcón; al llegar allí, se detuvo, levantó la cabeza y con voz baja y temblorosa, dijo:
-Inés!
Ella contestó al punto:
-¡Daniel!
Apenas oyó Daniel esa respuesta, se lanzó hacia la escalera y en cuatro pasos estuvo arriba.
Inés se quedó como clavada en el mismo punto, y sólo volvió el frente a la grada.
Daniel apareció en el corredor y en el primer ímpetu se precipitó hacia ella y abriendo los brazos y repitiendo ¡Inés, Inés! La estrechó contra su corazón; pero los labios ardientes del apasionado mancebo la tocaron en la mejilla, y ella asustada lo apartó diciéndole:
-Daniel, ¿qué es lo que haces?
Inés en medio de su alborozo lo trataba de tú por la primera vez, sin caer en la cuenta.
Daniel contestó:
-Déjeme, señorita, esta compensación a tánto como he llorado y he sufrido.
-¿En dónde estabas? ¿De dónde apareces?
-Vengo de Cartagena.
-¿De Cartagena? ¿Qué fuiste a hacer allá?
-La noche del último día que nos vimos, un poco después de las nueve, cuando salí de mi casa para acá, pensando en usted y cuando apenas había caminado cuadra y media, me vi rodeado de repente por seis soldados armados que estaban ocultos, al parecer, al voltear la esquina, esperándome; cogieron la rienda de mi caballo y me dijeron; "¡alto! Desmóntese usted". "¿Con qué objeto?" pregunté; "Servicio del Rey", contestaron. A esta orden, que nadie sería capaz de desobedecer, me desmonté; ellos me echaron al centro y me mandaron que siguiera; yo les pregunté; "¿y mi caballo?". "Él se irá para su casa", dijo el oficial, que tenía en la mano la espada desnuda; y dándole con ella un fuerte cintarazo en el anca, el caballo, que no sufría látigo, dio una estampida y salió corriendo calle abajo, como en dirección a esta su dehesa.
A todo esto Daniel no soltaba la mano de Inés, que oprimía amorosamente entre la suya.
-Sí, dijo ella, aquí llegó el caballo ensillado y sin jinete, ya usted lo han buscado por largo tiempo inutilmente: ya yo pensaba que había muerto.
-No, véame aquí, a sus plantas loco de amor; más que antes, ¡y feliz porque al fin vuelvo a verla!
-¡Ay! Daniel, ¡somos muy desgraciados! Mañana le diré todo; ahora, váyase no sea que alguien lo vea.
-¿Irme? No; si acabo de llegar directamente de Cartagena; anoche dormí en Buga; a las nueve venía por Arroyohondo; a un rato estuve en Cali, entré en mi casa por un momento, abracé a mi madre y me vine ala misma hora prometiéndole que volvería mañana. Pero ¿qué hacía usted acá arriba?
-Yo vivo aquí, en ese cuarto.
-¿Sola?
-Me acompaña Andrea.
-Llame, pues, a Andrea, si no quiere estar sola conmigo, porque yo no me voy todavía, hasta saber cómo le ha ido a usted en mi ausencia.
-He padecido mucho, y pedí este cuarto para tener el consuelo de estarme aquí en este corredor todas las noches hasta muy tarde, viendo para la puerta por si acaso usted venía.
-¡Oh delicia! Premiados quedan con esas pocas palabras todos mis sufrimientos.
-Pero ¿qué hicieron con usted esos soldados?
-Me llevaron a la casa del Ayuntamiento. La noche era obscura y las calles estaban desiertas porque ya habían tocado la queda; entré en esa casa y allí vi a muchos hombres acostados sobre los ladrillos; pregunté al oficial qué quería hacer conmigo, y me contestó que él obraba por orden superior y que al día siguiente me lo explicaría todo. Comprendí que ya esa noche no me pondrían en libertad, y me tendí como los demás en el enladrillado del corredor.
A las tres de la mañana nos hicieron levantar; éramos como cuarenta. A esa hora salimos formados de a dos en fondo, custodiados por una escolta de veinte soldados venidos de Santafé a órdenes de un Teniente Prieto, y tomando calle arriba, pasamos por la iglesia de Nuestra Señora de las Mercedes y seguimos como para tomar el camino que conduce a las Juntas del Dagua.
Al pasar el río hicimos alto; a la izquierda están los restos de las paredes de la antigua iglesia de Santa Rosa, iglesia que dio nombre a ese paso del río 1; sobre esas ruinas nos sentamos, siempre custodiados, mientras que el Teniente fue a una casita que queda a la derecha, junto a una palma real, a comprar aguardiente y a encender cigarro, pues ya había gente levantada y se veía candela en la cocina.
A un rato estuvo de regreso y al llegar junto anosotros alumbró con el fuego del cigarro la muestra de un reloj de oro, y, diciendo que eran las cuatro, nos mandó poner en marcha. Al comenzar a subir la colina, oímos las sonoras campanadas del alba en la torre de San Francisco. Siempre me había causado alegría el toque de esa campana a esa hora; pero en ese momento se me oprimió el corazón.
Después de las Juntas del Dagua tomamos el camino del Chocó, hacia Citará; en todos los ríos encontramos canoas y guías, prevenidos de antemano por las autoridades para conducirnos, de suerte que nuestro viaje no sufrió demora alguna. Al salir al mar, fuimos recibidos en un pequeño navío que nos condujo a Cartagena. De Cali salí en Junio, y a Cartagena llegué en Agosto.
De los cuarenta hombres que formábamos esa recluta, veinte éramos de Cali. En Cartagena se nos vistió con uniforme de soldados y se nos entregó al Gobernador de la Plaza.
Pronto supo el Jefe de la fuerza que yo escribía bien y que sabía hacer cuentas, y me dio colocación en la Comandancia y me trató con muchas consideraciones. Todos mis trabajos han consistido únicamente en estar lejos de usted; ¡pero ya estoy aquí!
-¿Y cómo hizo para venirse?
-¡Gracias al Padre Escovar! A poco de haber llegado a Cartagena, se me ocurrió escribirle a ese Santo Sacerdote, dándole cuenta de todo cuanto me había sucedido; le rogué al Comandante hiciera llegar mi carta a Cali por el correo, y él me prestó ese servicio. Esto fue en Octubre. En Abril de este año recibí la respuesta del Padre, y al mismo tiempo el Gobernador de Cartagena recibió orden del señor Virrey Ezpeleta para que me diera de baja en la guarnición de la plaza y los auxilios de viaje para trasladarme a Cali. El Padre Escovar debe de ser amigo del señor Virrey o de algún grande de Santafé. -¿Y por qué no escribió usted a mi padrino? ¿Por qué no me escribió a mí?
-¿A su padrino? ¿A usted? No escribí a su padrino, porque tenía sospechas de que él, habiendo descubierto mi amor a usted, me hubiera hecho prender y llevar a Cartagena; y no le escribí a usted porque temí que mi carta fuera interceptada por los que me arrebataron violentamente de aquí.
-Mi padrino no tuvo parte en eso, ni ha concebido la más leve sospecha de nuestro amor; él sintió mucho la desaparición de usted, y puso en movimiento a todos los criados de la hacienda, y aun a los Alcaldes de Cali, para buscarlo.
-Me alegro de saberlo. Ahora le confieso que he llegado de noche, porque temía que él me viera; mi intención era hospedarme en la casa de Fermín y desde allí avisarle a usted de mi regreso. Si Don Manuel, pues, no tuvo parte en el rapto de que fui víctima, el autor de todo ha sido ese otro, ese Don Fernando de Arévalo
-De él había sospechado yo.
-¿Qué se hizo ése?
-Dicen que vendió por junto sus mercancías y regresó a su tierra.
-Ojalá que nunca vuelva a atravesarse en mi camino. ¡Ay de él. si algún día llegamos a encontrarnos!
-Pero ¿por qué el Padre Escovar no nos dijo que usted estaba en Cartagena?
-Porque él sin duda creía como yo que Don Manuel era la causa de todo.
-¡Tal vez! Pero. Daniel, váyase; temo mucho que alguien llegue a verlo aquí, váyase, Ya he tenido el placer de verlo. y por ese lado descansa hoy mi espíritu. Esta noche, después de un año, que me ha parecido eterno, será la primera en que puedo dormir tranquila.
-Me voy, aunque me resta mucho que preguntarle y que decirle; pero, ¿nos veremos mañana?
-Sí, nos veremos allá en la sala.
-¿Y por qué no aquí, de noche?
-¿Aquí y de noche? No, Daniel; esta entrevista a semejantes horas es única y es última.
-Pero ¿qué teme usted? ¿Piensa acaso que haya olvidado mi antiguo respeto?
-No pienso eso, y si usted lo olvidara, perdería mucho en mi estimación. Además, otra entrevista a solas, a nada conduce. De ésta me alegro, por ser la primera en que lo veo después de tan larga ausencia; nuestras siguientes entrevistas serán pocas y de día y en presencia de toda la familia.
-Pero ¿por qué tanto rigor? ¿Le parece que he sufrido poco?
-¡Ay, Daniel¡ ¡Usted no sabe todavía hasta adónde llega mi desventura!
-¿Qué ha sucedido pues? Sus palabras me alarman.
-En el mes entrante debo partir para Popayán.
-¿Qué va a hacer usted a Popayán?
-Me voy de monja.
.-¿De monja? repitió Daniel en el colmo del estupor; ¿de monja usted?
-Sí, de monja del Carmen; ya estoy admitida y aquí tengo el vestido, es decir el hábito y el escapulario.
-¡Dios de mi alma! Exclamó Daniel con vehemente furor; ¡y para saber eso he venido desde Cartagena¡ ¡Para saber esto he caminado tantas leguas, la mayor parte a pie, ansioso de llegar; sin hacer caso del sol ni de la lluvia, del calor ni del cansancio, del hambre ni de la sed! ¡Por qué no perecí en el camino! ¡Por qué no me ahogué en la mar! ¡De monja! ¡Y se va dentro de un mes! ¡Y tiene valor para hacerlo y valor para decírmelo! ¡Y sabiendo que la adoro, que es ella el único lazo que me liga a la vida, que ese paso que da me sumirá en la desesperación y que de allí pasaré pronto a la locura o a la muerte! ¡Y yo, insensato, que pensé que me amaba!
Diciendo esto se recostó sobre un pilar. Y ese Daniel, joven ya de veinticuatro años, rompió a llorar como si fuera un niño.
A Inés se le partía el corazón viendo correr ese llanto amargo, y eso en el momento en que el pobre muchacho acababa de llegar, después de una larga ausencia, desolado por verla.
-Daniel, le dijo ella con la mayor ternura y con profunda lástima, no me atormente más de lo que estoy; mire que sin eso soy ya muy infeliz; óigame; nuestro amor es una locura; yo, aunque quisiera, no podré ser jamás su esposa, y mi conciencia me prohíbe amarlo de otro modo; y sin embargo, ese amor profundo y firme es el que me ha movido a retirarme aun claustro a rogar a Dios por usted; quizá llegará a ser feliz.
-¿Feliz yo? respondió entre sollozos; ¡toda otra felicidad que no sea la de su amor, la maldigo!
-Daniel, cálmese; yo soy más infeliz y sin embargo no lloro.
-Tiene usted razón; contestó Daniel, manifestándose cruelmente ofendido; ¿qué derecho tengo para quejarme? Debo irme.
-Mire, Daniel, deje usted que yo también me calme; si usted está impresionado, yo lo estoy más, y no sé qué decirle. Sepa solamente que la prueba más grande y más fina que puedo darle de que mi alma sufre sin consuelo por ese amor sin esperanza, es la de hacerme monja. Mañana nos veremos.
-¿En dónde? preguntó Daniel, ansioso de volver a verla.
-Aquí mismo, pero de día; yo le avisaré por medio de Andrea.
Inés le tendió la mano; él la tomó y aplicó en ella sus labios con profundo respeto.
Inés entró en su cuarto a dar gracias a Dios por la vuelta de Daniel, ya llorar a su turno.
Su amor a Daniel, que se estaba haciendo ya apacible y resignado con la idea de que no volvería a verlo, se reanimaba ahora con una fuerza espantosa. ¡Qué hermoso le parecía Daniel! Ese abrazo y ese ósculo en la mejilla, se reproducían a cada instante en su memoria, le abrasaban el alma y le causaban pudoroso deleite.
Ya pesar de todo, debía partir dentro de un mes; ¡para esto no había remedio! y lloraba inconsolable el triste fin de su ardiente amor, al cual ella misma con su monjío había condenado a prematura muerte. Para eso no había remedio.
Daniel bajó la escalera, atravesó el patio, y sin llegar a la casa de Fermín donde había pensado dormir, se dirigió ala puerta de golpe, la abrió con cuidado y salió al extenso y limpio llano a pasear por él su dolor ya refrescar su frente que le parecía que iba a estallar, tal era el fuego que la abrasaba.
Siguió distraído por el camino real, hacia el Sur sin destino ni rumbo, sin darse cuenta de lo que hacía y hablando solo.
"Y para esto era, decía, ¡tanto empeño por venir y tanto anhelo por llegar! ¡Para esto sólo! ¡Para verla una vez más y perderla en seguida para siempre! . . . ¿Qué fatalidad es ésta que no se cansa de perseguirme? . . . ¡Tentaciones me dan de maldecir. como Job, el día en que nací! ¿Qué culpa tengo yo de haber venido al mundo? ¿Qué culpa en no tener padres? ¿Qué culpa en no haber nacido noble y en no haberme mecido en cuna de oro? Yo siento que valgo tánto como cualquier otro, por noble que sea, y no cambiaría la altivez de mi alma por la de ningún mortal. ¡Pobres padres míos, quienesquiera que hayáis sido, si ya no existís, veréis ahora desde el otro mundo los tormentos de vuestro hijo y lo compadeceréis..¡¡pero qué haré yo. Dios mío, qué haré yo!".
Calló durante un largo rato, mientras buscaba en su imaginación algún recurso que lo sacara de una situación tan dolorosa. De repente se detuvo al encontrarse junto a esa enorme piedra que queda a orillas del camino, y sólo entonces vino a darse cuenta de que iba siguiendo la vía pública como en dirección a Jamundí.
Estuvo un momento indeciso, hasta que no sabiendo qué hacer ni adónde dirigirse, subió sobre la piedra y se sentó, dando la espalda al camino y el frente a las selvas del Cauca. Era la una de la mañana; el cielo permanecía limpio y la atmósfera diáfana; la luna, pasado el zenit, se inclinaba majestuosamente hacia el ocaso. Daniel dirigió una mirada al rededor; en la dilatada extensión que abarcaba su vista, no se alcanzaba a ver ni una sola casa ni un cortijo; allí cerca estaba un hatajo de yeguas paciendo; más allá, un gran grupo de vacas echadas, dormitaban rumiando; a su olfato llegaba, en alas de la brisa, ese olor particular y agradable que exhalan las bestias cuando pacen y las vacas cuando duermen; en la extensa llanura, al lado de abajo, se distinguían los árboles y la sombra que proyectaban sobre el césped; al Oriente, del otro lado del Cauca, se alzaba la gigantesca cordillera central, de altura uniforme, como una gran muralla de color verde oscuro, cuyos largos perfiles se dibujaban distintamente sobre el fondo azul claro del cielo; y sobre esa inmensa mole se destacaban las dos empinadas cumbres del Huila, con su blancura mate, como de plata sin bruñir. Nada de esto veía Daniel; su imaginación estaba en aquel corredor en donde había estado un momento antes con Inés, y la escena que había pasado allí entre él y ella, se reproducía sin cesar con toda su viveza ante los ojos de su alma. A esa sola escena aludía en sus soliloquios.
Sentado sobre la ancha piedra se quitó el sombrero y presentó su frente ardorosa a la brisa que soplaba del lado del Cauca; esa brisa era fresca, casi fría, como lo es en esa región ya esa hora; cuando los nevados del Huila están descubiertos.
Pronto comenzó a hablar, porque no podía estar callado, y repitió como antes; ¡Qué haré yo, Dios mío! ¡Precisamente muero o me vuelvo loco!
Buscando algún consuelo humano, se acordó del padre Escovar y de sus consejos, y le vino a la memoria aquel pasaje bíblico que solía repetir tantas veces; "¡Pondrá su labio en el polvo por si acaso hay esperanza!". Apenas cruzó por su mente la palabra "esperanza", levantó los ojos al cielo y dijo en voz alta; "Providencia Divina, ¡manifiéstateme! ¡Haz que te vea, o haz que te sienta!".
-¡Niño Daniel! Dijo una voz alegre a su espalda, al pie de la piedra. Daniel volvió a mirar y se encontró cara a cara con Fermín.
A pesar de su abatimiento no pudo menos que alegrarse de volver a ver a su amigo, y le dijo:
-Fermín, ven acá.
Fermín subió sobre la piedra y Daniel lo recibió en sus brazos.
-¿Cómo estás aquí.?
-He venido desde casa detrás de usted, sin que usted me haya sentido, por venir hablando solo.
-¡Ay, Fermín, soy muy desgraciado! Ya no guardaré más el secreto; ¡la amo con todas las fuerzas de mi alma, y esta misma noche he llegado, la he visto y me ha dicho que va a hacerse monja!
-Es verdad, dijo Fermín, en el mes entrante iremos a llevarla a Popayán; ya está todo preparado y ella tiene consigo el vestido de monja, ya veces se lo pone porque las señoras se lo exigen; hábito mono, manto blanco y toca blanca; ¡qué bien queda así! ¡Si usted la viera!
-¡No, Fermín, no quiero verla así! Yo me muero, yo no resisto este golpe.
-Pero, ¿en dónde ha estado usted? Andrea y yo pensamos que ella resolvió hacerse monja cuando se convenció de que usted no volvería jamás.
-He estado en Cartagena, fui arrebatado por la noche a la fuerza y llevado con escolta, y ahora vuelvo, ¡y al llegar recibo semejante noticia! ¡Fermín, yo me muero, no hay remedio!
-Mire, niño Daniel, vámonos para casa, hablemos con mi madre; su merced sabe dar buenos consejos porque es mujer de mucha experiencia y ha tratado siempre con los amos; vamos a verla.
Daniel estuvo un rato irresoluto, hasta que al fin se levantó diciendo:
-Vamos.
Entraron en el patio sin hacer ruido. Fermín abrió la puerta de su casa y llamó a Martina diciéndole:
-Madre, levántese su merced, aquí está el niño Daniel.
En seguida encendió la vela.
-¿Daniel.? repitió ella, sentándose sorprendida y vistiéndose.
Pronto salió a la sala; Daniel la abrazó.
-¿De dónde, le preguntó ella, aparece usted después de tanto tiempo?
Daniel le contó todo lo que le había pasado, y a continuación le reveló su insensato amor y el tormento que en ese instante le oprimía el alma.
-Ese amor es un disparate, niño Daniel, esa niña es muy noble, muy rica y muy orgullosa. El consejo que yo le daría sería que la olvidara.
Daniel volvió sus ojos hacia Fermín, con el mayor desconsuelo; luégo repitió:
-¡Olvidarla¡ Eso es imposible; ¿acaso está en mi mano?
-Entonces queda un remedio; así que amanezca, váyase a Cali y cuéntele todo al amo el Padre Escovar; si su merced no encuentra remedio, pierda usted toda esperanza.
-Ya he pensado en el Padre Escovar; ¿pero cómo hablarle de eso, cuando yo lo respeto tánto?
-No hay otro remedio. ¿No dice usted que la ama con locura? Cuando se ama de veras, todo sacrificio se hace. Además, el amar usted a la señorita es una locura manifiesta, pero no creo que sea un delito; ¿quién tiene la culpa de que ella sea tan linda, usted joven, y que vivan ambos en una misma casa?
-Tiene usted razón.
-Y si no, se hará monja, eso puede usted jurarlo; esa niña no volverá atrás aunque le cueste la vida; mire que la conozco hace años.
-Iré, sí, iré, suceda lo que quiera.
-Pero cuéntele todo, no le oculte nada; mi amo el Padre es muy bueno, como que es un santo y siempre se compadece del infeliz.
-Así lo haré; pierda usted cuidado; una vez que me resuelvo a revelarle mi secreto, lo haré por entero.
Martina le preparó cama a Daniel en una barbacoa de guadua. Al cabo de media hora dormía éste profundamente, pues estaba rendido de alma y cuerpo. Pero Martina y Fermín no volvieron a conciliar el sueño; ella, preocupada con el secreto que acababa de revelársele; y él, loco de alegría por el regreso de su amigo.
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Allí estuvo esa iglesia, dedicada a "Santa Rosa de
Santa María del Perú". En 1693 fue trasladada al sitio en
que hoy existe; y ese sitio en esa época quedaba fuera de la
ciudad. Los devotos que componían la hermandad de Santa Rosa y que
hicieron la traslación fueron: Don Cristóbal Caizedo y Salazar,
Juan de los Arcos, Antonio Rodríguez Villaseñor y Manuel y José
María Vivas Cedano
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