De Cañasgordas a Cali

El jueves siguiente por la mañana estuvo Don Manuel trabajando en su cuarto con Daniel en el arreglo de algunas cuentas. Luego que terminaron le dijo Don Manuel:

-Zamora me ha dicho que te agrada mucho un potro de la hacienda.

-Es verdad. señor.

-¿Cuál es ese potro?

-Es uno rucio, que Don Juan ha destinado para mi silla.

-¿Y es muy bueno?

-Es magnífico señor: yo no le encuentro defecto, ni Don Juan tampoco.

-Celebro que sea bueno y que te agrade, para tener el placer de regalártelo. Llévatelo, pues.

-Mil gracias, señor; le agradezco de todo corazón tan hermoso presente.

-Bien. Dile a Zamora que a las cuatro de la tarde saldremos para Cali.

-Está bien. señor.

En efecto, a las cuatro de la tarde estaban ensillados los caballos en el corredor. Esperando sus preciosas cargas.

Las monturas de las señoras eran sillones aforrados en terciopelo azul, con bordados de oro en el espaldar. Flecos de lo mismo en rededor, y grandes chapas de plata en los brazos; grandes gualdrapas de paño colorado con bordados de seda; y las cabezadas de los frenos llevaban también chapas y hebillas de plata; las cabezadas se llamaban jaquimones, y mascaron es los adornos de plata.

Los caballos eran escogidos de entre los mejores y más mansos de la hacienda

Daniel había tenido la galantería de ensillar su hermoso potro rucio con el sillón de Inés, y se había esmerado en almohazarlo, cepillarlo y peinarlo. Sentía una grata satisfacción al pensar que esa noble y linda dama iba a montar el mismo caballo que él montaba.

El de Don Manuel, que era un vigoroso y manso castaño, estaba ensillado con una silla que tenía dos cabezas, pues el fuste se levantaba alto y curvo adelante lo mismo que atrás, con chapas de plata, lujosas pistoleras y estribos de cobre.

Eran ya cerca de las cinco cuando salieron las señoras ataviadas para montar; el vestido era la misma basquiña, de burato de seda, y de lana, con un corpiño del mismo género, y mantellina de seda o de paño. Sobre la mantellina se ponía una manta blanca, alistas, de lasque tejían en el Reino; y sombrero blanco de paja, con su funda blanca de lienzo de lino, y una arandela al rededor de ella, que daba más sombra al rostro y lo refrescaba, agitado por el viento.

A las cinco partieron. Las criadas del servicio interior con Martina y Andrea habían salido adelante, juntamente con dos negros que llevaban dos cargas de petacas en que iba la ropa de las señoras, sus libros y sus labores de aguja.

Daniel se desvivía por conversar con Doña Inés, pues aunque hacía ya tres meses que él habitaba bajo el mismo techo que ella, no había tenido el placer de que le dirigiera alguna vez espontáneamente la palabra.

Al pasar la quebrada de las Piedras y entrar en ese callejón que hay entre esa quebrada y Meléndez, y que estaba limitado aun lado por carboneros siempre florecidos, y al otro por bosque alto y espeso, trató de emparejarse con ella para hablarle.

Ella iba adelante y él le servía de escudero; las otras jóvenes en medio, a las cuales servía Fermín; Doña Francisca iba la última, acompañada de Don Manuel.

El potro rucio caminaba más que los otros caballos.

Daniel, pues, se atrevió a preguntarle:

-¿Le parece suave el andar de ese caballo?

-Suavísimo, contestó ella, nunca había montado un caballo tan voluntario ni de andar tan reposado; podría llevar un vaso de agua y no se derramaría.

-Así es; en la hacienda no hay otro que camine como él, y es además muy manso.

-Siendo tan suave, debieron ensillarlo para mi madrina.

-Su merced no se acostumbra en otro sino en su retinto, porque ya lo conoce, aunque ése es de andadura.

-Entonces deben destinarle éste, que es mucho mejor; indíqueselo a Don Juan Zamora.

-Ese potro es el mío.

-¡Ah¡ ¿éste es el de usted?

-Sí, señorita.

Ella guardó silencio y él no se atrevió a decir más.

Continuaron su camino felizmente; a eso de las seis y media entraron en la ciudad, ya un rato estaban en su casa de Cali, que era la que queda diagonal a la iglesia de San Pedro con la plaza de por medio.

Luégo que se desmontaron, se dirigieron a sus habitaciones interiores, y desde ese momento estaba Daniel allí de más.

Fermín y los otros criados desensillaron los caballos, guardaron las monturas en un cuarto destinado a eso, rabiataron las bestias unas de otras, y se dispusieron a partir.

Entonces se le oprimió el corazón a Daniel; iba a separarse del objeto de su adoración, por la primera vez después que la había conocido, ya volver a la hacienda, en donde tendría que vivir sin verla durante muchos días

Le era forzoso partir; entró en el cuarto de Don Manuel a pedirle órdenes, y éste le dio las que creyó convenientes; entró en seguida en las habitaciones de las señoras a despedirse.

Dirigiéndose a Doña Francisca, le preguntó:

-¿Tiene la señora alguna cosa qué mandarme, pues ya me voy?

-Ninguna, Daniel.

-¿y las señoritas?

- Tampoco, contestaron a la vez; pero Doña Inés nada contestó y se limitó a mirarlo un momento.

-Entonces, con su permiso.

-Vaya con Dios, Daniel.y Daniel se separó de allí como un cuerpo sin alma. Había obscurecido ya.

Al salir a la plaza, ordenó a los criados que se fueran para la hacienda, y él con Fermín se dirigió a la casa de su madre.

Siguió la calle que va de la plaza a la Merced, y alllegar a la plazuela dobló sobre la izquierda. En esa cuadra, a mano derecha casi al llegar a la esquina, había una casa bastante vieja con un pequeño zaguán, y con dos ventanas; una volada, en la sala, y otra rasa, pequeña, al nivel de la pared, en el aposento.

La ventana de la sala estaba ya cerrada, pero se veía que había luz adentro y se oía que en ese instante, que eran las siete, estaban allí rezando el rosario, como era costumbre en toda la ciudad a esa hora.

Tuvieron que esperar largo rato, porque Doña Mariana Soldevilla, además de que rezaba muy despacio, adornó su rosario con otras muchas oraciones.

Al fin concluyó el rezo.

Daniel dio un golpe en el portón, que era de palos sin labrar, colocados verticalmente uno al lado de otro y fijados con clavos. Al punto salió la tía Juliana. abrió la puerta y viendo a Daniel dijo en voz alta: Es el niño. Daniel saludó con cariño a la negra vieja y se acercó a su madre que lo esperaba en el corredor.

-Hijo. Le dijo ella. No te esperaba, pues no sueles venir sino los sábados, y hoy es jueves.

-Sí, madre, pero el señor Don Manuel se vino hoy con toda su familia a pasar la Semana Santa, y Fermín y yo hemos venido acompañándolos.

-Desmóntate. pues; desmóntate Fermín; Juliana, prepara la cena.

La negra se fue a la cocina; Doña Mariana se puso a preparar la mesa, mientras que Daniel y Fermín ataban sus caballos a un naranjo que había en el patio.

No pasó mucho rato sin que Doña Mariana y sucriada se presentaran en la sala llevando una bandeja llena de carne asada. y pan de maíz. queso, chocolate y dulce.

-Fermín, dijo Daniel, ven a cenar.

-¿En la mesa? contestó Fermín; ¿cómo voy yo a comer en mesa? ¡No faltaba más!

-No te afanes. Daniel, dijo Doña Mariana, que él cenará ahora con nosotras; cena tú.

Fermín se fue a la cocina, al lado de la tía Juliana, y sentado en un banco de madera, cenó a su gusto.

Después de la cena. Daniel informó a su madre de lo bien que lo pasaba en la hacienda, del cariño que todos le tenían y del regalo del caballo que ese mismo día le había hecho Don Manuel, informe que señora y criada oyeron con sincero placer.

Daniel convidó a Fermín para ir a dar un paseo por la ciudad mientras daban las nueve. y al estar en la calle le dijo:

-Deseaba salir por fumar un cigarro.

-¿Y por qué no lo encendió allá adentro?

-¿Delante de mi madre? ¿Estás loco?

Fermín sacó candela en su eslabón, utensilio que siempre llevaba consigo; uno y otro encendieron su cigarro y tomaron calle abajo en dirección a la plaza. Daniel quería volver a pasar por las ventanas de esa casa en que estaba Inés.

Detúvose largo rato en la esquina, escuchando, con la esperanza de oír su voz, pero nada oyó. Bajaron algunas cuadras más, ya un momento estuvieron en el mismo punto.

Cerca de las nueve, Daniel, a quien la pasión no le hacía olvidar su deber, dijo a Fermín:

-Vámonos, que ya pronto tocarán la queda.

¿Eso qué le hace? Demos un paseo por el Vallano, quizá habrá por ahí algún baile y vemos bailar un rato.

-No nos expongamos; después de la queda sale el Alcalde con la ronda a velar por la honra de Dios, y si nos encuentra nos llevará a la cárcel. ¡Qué vergüenza para nosotros.¡

-Eso no es fácil, porque Don Andrés Camarada anda con linterna.

-Sí, pero a veces la apaga, y hasta suele desaparecer, sin que nadie sepa en dónde se metió. Ya se ve; ¿al Alcalde quién lo ronda? Vámonos, Fermín: la obligación antes que todo.

Al llegar a la puerta de la casa, dieron las nueve en la grande y sonora campana de San Francisco. Montaron prontamente en sus caballos, se despidieron y tomaron por esa calle abajo en dirección al llano, sin atravesarse una palabra.

Cuando llegaron a la Chanca detuvieron el paso. Fermín dijo entonces a Daniel:

-Hace días he querido decirle una cosa, y no me he atrevido.

-Dila, Fermín, sea lo que fuere.

-Lo que quiero decirle es que usted ama a mi señorita Inés.

-¿De dónde sacas eso? ¿Me crees tan estúpido que vaya a levantar mis pensamientos a tánta altura?

- Yo no sé si será estupidez, pero la verdad es que yo he descubierto que la ama, y mucho, y sin esperanza.

-Dime ¿en qué lo has conocido?

-En que usted, cuando va donde mi madre, no habla sino de ella, aunque no venga al caso; en que usted, cuando la alcanza a ver, se queda inmóvil, contemplándola, como si viera un santo en una procesión; en que hace días suspira mucho y anda triste y pensativo; en que hoy le dio su caballo para que viniera a Cali; ¿por qué no se lo dio a mi señora, que es de más respeto? y en que esta noche fue dos veces a situarse frente alas ventanas de la casa en donde está ella, y allí permaneciera  toda la noche a no ser por el temor de la ronda. No debiera yo meterme en sus asuntos; pero sí quiero que sepa que puede contar conmigo, porque la verdad es que mi señora Doña Mariana no podrá quererlo más que yo, y que estoy dispuesto a dar por usted mi vida, aunque ciertamente la vida de un esclavo vale bien poco.

No, Fermín, no hay tal amor; sin embargo, te agradezco tus afectuosas palabras, y te aseguro que yo también haré por ti cuanto esté en mis manos.

Luégo, para cambiar de conversación, preguntó a Fermín:

Ahora, dime tú: ¿no amas a nadie? ¿No piensas en casarte?

-¿Casarme? ¡Jamás! Mi madre me ha dicho que viva y muera soltero; que a su merced le duele haberme dado la vida; que es muy doloroso tener hijos esclavos, en quienes manda otro y no la madre, ya quienes castiga otro a pesar de la madre.

-¡Cómo se conoce el buen juicio de Martina! Yo, si fuera esclavo, nunca me casaría, aunque también es cierto que siendo libre como soy, jamás me casaré.

-Y usted ¿por qué no? ES hombre libre y puede buscar una muchacha libre y de su clase; estoy seguro de que ninguna lo desairaría. Haga la prueba y verá.

No, Fermín, ¡nunca! Estoy resuelto a morir soltero.

¿No le digo? ¡Niéguelo todavía! ¡y qué lástima! Si usted fuera blanco y rico, se casaría con mi señorita Inés, nos compraría a mí ya mi madre; yo le serviría a usted, y mi madre a mi señorita Inés. ¡Qué felices seríamos!

-No hables disparates. Lo que has de hacer es decirme si a pesar de que estás resuelto a no casarte, ¿no hay por ahí alguna mujer que te guste?

-Eso sí; y aunque usted no tiene confianza en mí para confesarme su secreto, yo sí la tengo en usted; la única muchacha que me gusta y con quien me casaría si ella y yo fuéramos libres, es Andrea.

-¿Andrea? ¿La criada de Doña Inés?

-La misma; y no es por vanagloriarme, pero es la verdad que ella me quiere tanto a mí como yo a ella. ¡Si viera usted cómo me atiende! Ya sabe que yo cómo en la cocina de la casa grande, porque mi madre pertenece a las criadas del servicio interior: ¡si viera usted cuánto me cuida! Los pañuelos que la señorita le regala, me los da a mí. Vea éste, que me dio ahora al despedirme de ella en Cali.

Diciendo así, sacó del bolsillo un pañuelo blanco de fino cambray, todavía perfumado, y se lo enseñó.

Daniel 1o tomó, lo desdobló y observó al tacto que además del bordado tenía ciertas protuberancias que podían ser letras.

-Estos pañuelos blancos, dijo Daniel, son muy buenos para atarse uno la cara, cuando le duelen las muelas, ya mí suelen dolerme. Si quieres, cambiemos; toma éste que es de seda, y me das el tuyo.

-No es necesario cambio, niño Daniel; tómelo usted, yo tengo mucho gusto en cedérselo.

-No, hombre, recibe el de seda, que es nuevo, muy fino y regalo de mi madre, y te sirve para regalárselo a Andrea; no es justo que ella te obsequie siempre con algo, y que tú nunca la obsequies con nada. El hombre debe darle a la mujer, que no la mujer al hombre; eso es lo natural y lo decente.

- Tiene razón; admito su pañuelo para darme esa lucida con Andrea.

Daniel se acercaba el pañuelo blanco a las narices, como para olerlo, y más que por olerlo, era por besarlo. Al fin lo dobló con religioso respeto y lo guardó en el bolsillo de su chaqueta. Ya no se creía tan desgraciado.

¡De cosas así tan pequeñas e insignificantes, se forma las más de las veces la felicidad del hombre!

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