Fernando Arbeláez
EL VIEJO DE LA CIUDAD
"Cuesta
mucho luchar contra los deseos del corazón: todo lo que quiere
obtener lo compara al precio del alma".
HERÁCLITO DE EFESO
- Una muralla y otra hasta colgar del cielo
- sobre tu corazón la corona que encierra
- el doble puerto, los lagos salobres, las calles
- confusas con sus túmulos del tiempo, los escombros
- donde sólo quedan las inscripciones del invencible
-
[Diocleciano,
- la columna de Pompeyo, unas piedras de la Biblioteca,
- los muelles con sus lentas cargas de cebolla y algodón.
-
- Cierras los ojos y las cosas se abren para ti
- tu corazón mal amado hace brotar relicarios, rostros,
- esmaltes, ramos de jacintos, la estatua de basalto
- que hizo erigir Ptolomeo Filadelfo y el espejo mágico
- de su Faro, el delicado rumor de la colina de los tilos
- el sacro precinto que cada día se va corriendo sobre el
alma
- y, más dentro, las termas deleitosas, las crónicas de Ana
-
[Comnena
- las pequeñas intrigas de las familias imperiales, el
estuche
- elegante de tu otra Roma con sus reyes silenciosos y
tristes.
- Te invade el olor metálico de la Ciudad, las ruinas
-
[sombrías
- de tu vida, los goces fatales de la calle Anastasi
- los muchachos destruidos por el sufrimiento y las baratas
-
[complacencias,
- los ojos murmurantes que señalan al viejo vicioso
-
[buscando
- hechizado la presión de una mano en las salas de billar
- transfiguradas por las lámparas de petróleo, el súbito
-
[contacto
- en las mesas del chaquete o en los cuartos de lance
- en cuyas puertas las rameras sirias lucen sus juegos de
-
[abalorios.
-
- Vienes del tercer circulo de mego en donde sólo conocen
- tu rostro de niño envejecido, tu habilidad para las
-
[lenguas;
- de tu vida puntillosa despachando correspondencia;
- de los ingleses que te mantienen a distancia, asediado
- por la tiranía de una fiebre inmemorial, con toda el alma
- concentrada en la piel, en la avidez de ese movimiento
- como una planta carnívora, la joya sonámbula
- de una mirada cómplice, el lecho voluptuoso
- donde el capricho pasajero te entregó tantas veces
- el doloroso poema para un efebo muerto,
- la oscura resonancia del deseo, el reprochado espejo
- mudable siempre, la asombrosa imagen inmortal
- a cambio de unas pobres monedas. Mas tú buscabas
- el anverso del instante, la proliferación del espíritu
- en los sentidos atentos y esa separación que cada vez se
-
[repite
- pues el tiempo se cuenta por los cuerpos amados
- y las bellas bocas ávidas, y la única libertad
- de que gozamos está en los miembros fuertes
- dispuestos al placer, los jadeos, las fatigas dichosas,
- las memorias espléndidas, la curiosidad exaltada, la
-
[intimidad
- que a través del poema nos hace esclavos para siempre.
-
- La premonición del escándalo te lleva de nuevo a la calle
-
[Fuad,
- a la vía Canóptica, a la gran Cornisa, a los alrededores
- del Cecil, a la plaza donde Conón arrancó del cielo
- la Cabellera de Berenice, a la esquina donde Arrio
- sufrió su último ataque de epilepsia. Ahora
- la herida del sexo se ha vuelto una con tu fantasía,
- con las trágicas gemas, la indispensable palabra,
- y surge de tu oscuridad el rostro que deslumbra
- tu sabia ternura visitada por las glorias de la muerte.
-
- Tú sabes sin embargo, infortunado, que nada es cierto: los
-
[diamantes
- y las sedas no valen más que un yambo. El aire escéptico
- de la Ciudad con sus arenas violetas ilumina de repente
- tus amores miserables, el culto antiguo de tu raza
disoluta
- golpeada por la pobreza, la fácil lascivia de las
tabernas,
- los amigos sospechosos y ardientes. Aquí yació un
tiempo
- el cuerpo del gran Alejandro bajo el cristal solitario
- en el sótano de una trastienda. Un viento que viene
del
-
[Mareotis
- barre el polvo de la difícil inscripción en tu hermosa
-
[lengua
- muerta y recuerdas al Tracio con su lira enlutada:
- "La ironía de los dioses somete los seres
inmortales
- a las simples miserias de los mortales".
Ávidamente
- saboreas entonces el orgullo voluptuoso de tu fracaso.