Eduardo Cote Lamus

 

EL VÉRTIGO

Para Alfonso Costafreda
Todo se va cayendo, todo es piedra,
molino que cambia aire por harina
como el hombre es igual a lo que anhela.
Todo se va cayendo, todo es plomo
que cae ceniciento por la piel.
Y todo va cayendo al miedo. Alguien
usa la voz como perfume: cae
sobre su sombra y la destruye, cae
envuelto de pasión sobre sus pasos:
los borra, los sepulta, los camina.
Todo se va cayendo, todo es sueño:
la luz para encenderla tiene un nombre,
otro para apagarla. Todo es sueño.
Alguien se fue quitando días, poco
a poco, hasta quedar sin años, para
meterse en tierra y embozarse en ella.

 

LA VIDA EN VANO

Siempre fue igual el amor a caminar despacio bajo la
                                                                            [lluvia,
a saber el deseo, donde se dura, presa en otro cuerpo,
a volver los ojos al hombro y ver el horizonte.
Pero la libertad concluye cuando deja de entregarse.
Y si el amor ya no acompaña, ¿a dónde ir?
Mas el amor varía como las estaciones.
Algo suena en el río amenazando sombra:
se contaba en la infancia que las piedras
estallan cuando vienen las crecientes
y siniestras creaturas se liberan
que van corriente abajo destruyendo.
De nada tienen piedad hasta que vuelven
a meterse en las rocas. Así el amor.
 
 
Sucede, en los amantes, que siempre hay uno que ama
                                                                                [más,
y él dirige, activa, muere y muere, se ahonda o sube
mientras el otro en la serena sombra se desliza
donde el día puede dormirse y estremecerse en sueños.
Pero la amada entonces recibe del amante
el amor, como una corona en la frente.
 
Siempre fue el amor como el comienzo de otoño,
el profundo labrarse del hombre como piedra en el agua,
como cuchilla en la piedra, el ir preparando día tras día,
sin saberlo, el hallazgo de un sueño:
entonces yo
puse cuerdas al sueño y sonó como un arpa.
 
El amante siente que algo sucede entre su pecho
porque la amada lo ama más. Y poco a poco
lo supera: él, definitivamente perdido.
Donde parece que no cuenta el tiempo, en las prisiones,
se ven salir después de la condena
jóvenes rostros que al sentir la libertad se vuelven viejos.
Así el amor. Como en Alemania de post-guerra,
cuando después del trabajo se reúne la familia
en el antiguo símbolo de la mesa, y todos van llegando
con la edad: el joven y su esposa con la
llama azul de sus ojos y con el hermoso hijo de la mano;
el abuelo, magro y severo, todavía como el sabor de la
                                                                            [cerveza,
y la madre, más severa aún: entonces, al juntarse en los
                                                                            [manteles,
todos envejecen, mientras
por la frente del niño cruzan las arrugas del
bisabuelo del retrato. Porque en ese instante piensan
que no existe el futuro sino las sillas vacías en la mesa.
Así el amor.
 
Siempre fue el amor igual a poblar una doncella,
a verla convertida en siembra porque todos
los días busca nuevo nombre, y así, llena de nombres
hasta la concepción.
 
Allí cayó el amor, se dice, y uno lleva
los huesos ardiendo, al rojo vivo.
Todo se siente en la oscuridad: el arco tenso,
ceniza el corazón, por suelo el pecho,
el otoño con su máscara de frutos, el cielo de mañana,
el apetito de volver aunque no sea sino los ojos.
 
Allí cayó el amor, se dice, y se dice
que Tereo comió la carne de sus hijos
y respiró hueco, su cuerpo hueco y a la merced del viento,
mientras la golondrina y el ruiseñor iban cantando.
Siempre fue el amor igual a salir todas las noches
a buscar una estrella entre el ancho cielo.
Y no encontrarla es un mal signo, porque todo
está marcado como las cifras en la piel de las bestias.
 
Y se continúa buscando y esperando. Digo a propósito
que en el Barrio Chino de Salamanca, rodeado de
                                                                    [conventos,
llevaba Luisa, ya octogenaria, flores de papel
en la cabeza.
 
Viene luego la asignación de los días vacuos,
de los días mercenarios que se quisieran alquilar,
casi sin fecha,
tal vez para llenarlos como un cántaro.
Entonces viene la pregunta: ¿a dónde ir?
 
 
 

ELEGÍA A MI PADRE

A mis hermanos
Una vez tendido le dio por morirse como
antes le había dado por vivir
por talar los eucaliptos y hacer la casa
y se echó a morir porque sabía
que de esa no pasaba.
Acaso, cuando los bueyes se cansaron
de arar, ¿no se había puesto alguna vez
en la nuca y en los hombros la coyunda?
Y la tarea quedó cumplida mucho antes
que la sombra, ya que las estrellas.
Tenía que terminar también su asunto
a cabalidad y como fuera.
 
En su mano derecha la firmeza
como empuñando un arma
o dirigiendo el surco o trazando
el círculo de su vida, cerrado,
arbitrario, pero tan propiamente suyo
como el bastón de tosco palo,
como el sombrero o los zapatos
o la ropa que llevaba, que ya era suya,
hecha por él, como sus actos.
 
 
Su mayor riqueza consistía en ver los potros
galopar libres bajo el ancho cielo
o enlazar alguno con certero silbo,
marcarle el anca y darle nombre,
un nombre fácil: Cascofino, Dulcesueño, El Palomo,
enjalmar la mula., hablar de las heladas.
 
La tierra vino a él mas no en su ayuda.
Y decía palabras, preguntaba
por amigos que allí no se encontraban
y de sus brazos que iban y venían
como alentando el fuego del herrero
de su propia existencia, le caía
fuerza, sudor como yunques, dominio;
desde sus brazos le caían los días
que vivió, uno a uno, a borbotones.
 
Pero murió porque le vino en gana,
porque tenía que hacer del otro lado
junto con su mujer, la que le tuvo
los días listos para su trabajo,
dulzura en la mañana, el pan servido
al alcance del corazón, la ventana abierta
cuando volvía hecho trigo de los campos.
 
Yo no te cuento pero debo contarte:
te llevamos a una casa con amigos
del alma, te acompañamos, ya los sabes,
y al otro día tuviste tres entierros
como te correspondía; en la mañana
te llamabas más Pablo aún, respondías
más a tu nombre: eras silencio.
 
Por el aire te pusimos en las manos
de otros recuerdos, y tu tierra era entonces
tan cercana. Río arriba, entre los climas,
te nos hiciste piedra en el pecho,
te nos ibas hundiendo pecho adentro
porque tú estabas en él y te nos ibas.
 
Entraste a Pamplona como silo hubieras hecho
a caballo: tomamos el potro de las bridas
y descabalgaste igual que siempre, entre cipreses.
 
Como estabas muy alto tus hermanas
no podían verte y una de ellas trajo una banqueta
sobre la que subieron y te llamaron Pablo Antonio,
te nombraron paulinamente Pablo entre las lágrimas.
 
Pero estabas de espaldas como un río.
En la cuesta tu cuerpo se hizo plomo:
poco después el peso fue liviano
como si hubieras tú metido el hombro
y te llevaras a enterrar tú mismo.
 
Te colocamos con cuidado, con flores, con ternura.
Yo creo que tenías entre tus manos
una cuerda y un trompo y una espiga
y un rumor de mucho cielo en tus oídos.
 
Sabes muy bien lo que te cuento
pero te lo digo. Estaban
con el sombrero en la mano
a pesar de la llovizna
todos los que te querían:
el que te vendía la carne,
el que te compraba el trigo
y el hombre de azadón que respetabas.
 
¿Hallaste allí la paz? es mi pregunta.
Mas yo no debo preguntarte nada.
Tú no querías la paz sino la dura
tierra para sembrar, el aire para
vencer con árboles, cosas difíciles.
Viejo campesino, Padre mío,
en palabra y en acto igual que el hierro:
tan de una vez, tan para siempre:
viejo de a caballo, viejo macho.
 
Pablo eras no más y Pablo somos.
Padre, qué poco Antonio te llamabas.
Comentarios (0) | Comente | Comparta c