CAPITULO III.
 
La choza de los huérfanos.

LA historia del señor Rafa llamaba ciertamente la atencion,empezaba a interesarnos, pero no era prudente nuestra pemanencia ensu casa por mas tiempo: habiamos llegado a ésta, solamente por eldeseo o curiosidad de conocerla: era mui justo seguir nuestrocamino a pesar nuestro. En efecto, despues de haber hablado algomas, le dije:

-Hemos tenido suma complacencia en haber conocido a usted i ledamos las gracias por la jenerosa i amable acojida con que nos hafavorecido i esperamos que nos cuente usted en el numero de susamigos, en donde quiera que nos hallemos, puede darnos sus órdenesi serán cumplidas con mui buena voluntad.

Diciendo esto le tendí la mano en despedida.

-Yo esperaba, nos dijo, que honrarian mi casa con la permanenciade ustedes en ella hasta mañana. Han venido con el objeto deconocer el paisaje ¿no es verdad? pues la vista mas preciosa de él,especialmente la del bosque i el lago, es la que presenta a laclaridad de la luz de la luna, i como ésta se levanta ahora antesde la média noche, alumbrando con esplendidez, debian ustedes hacerel sacrificio de la demora a cambio de presenciar ese panorama enlos misterios de la noche.

Yo contesté, repitiéndole las gracias i añadí:

-Seria mui grata para nosotros esa vista, i sobre todo la amablecompañía de usted, pero es posible que estemos embarazándolo en susocupaciones i…….

-No, señores, dijo, estimaré que me favorezcan hasta mañana consu presencia.

Mi compañero se escusó absolutamente de quedarse, diciendo queno podia demorar su viaje sin perjuicio. Yo acepté la invitacion,de buena voluntad; deseaba sobre todo, oir la conclusion de lahistoria empezada; en ella esperaba hallar algo que se asemejara alos acontecimientos de mi vida. Uno se complace en hallarsemejanzas en su condicion social, i cuando éstas son por el ladode la desgracia, se sienten como un consuelo. Ademas, yo no teniaurjencia de continuar mi viaje i me hallaba bien allí, sentia algoque me atraía, un sentimiento confuso i misterioso me dominaba enel sentido de permanecer en esa deliciosa morada. Me quedé, pues;mi compañero se despidió.

Mi huésped se manifestó mui complacido por mi demora i continuóprestándome toda clase de atenciones, con suma delicadeza i sin lamenor afectacion. Una hora despues se presentó un sirviente apreguntarle si preparaba el caballo. Entónces mi huésped medijo:

-Si usted quiere, podemos salir a dar un paseo; iremos a unagranja cercana. Así, conocerá algo mas de esta posesion i yo gozaral mismo tiempo de su estimable compañía.

Le manifesté mi reconocimiento. Dió la órden para que prepararandos caballos, i algunos minutos despues de esto, nos pusimos encamino. A cada paso hallaba nuevos paisajes que admirar i objetosvariados dignos de contemplacion. La Naturaleza sonreía en el campoque atravesábamos: grupos de árboles i arbustos formandobosquecillos ornados de festones colgantes de colores varios iplantas trepadoras o enredaderas, formando pabellones i finjiendogrutas; la llanura accidentada por colinas tapizadas de verdura;las casitas de los labradores, embellecidas por los caimitos,cauchos i cocoteros, dando éstos sombra i frescura a losalrededores de ellas; las aguas diamantinas, deslizándose porcauces caprichosos, cuyas orillas estaban bordadas de yerbasgateadoras, acaules i bellas florecillas de nardo i terciopelo. LaCampania con todos sus encantos, la Italia con todas sus bellezas,envidiara el esp1éndido i vistoso panorama que ofrece aquelparaiso.

Yo esperaba que en las horas del paseo continuaria mi huésped lahistoria que habia enjendrado mi curiosidad i que esperaba condeseo supremo; pero debo confesar que me equivoqué absolutamente,pues mi huésped tomó por único tema de la conversacion, el interes,el cuidado i la proteccion que demanda la niñez.

-Los niños, me decia, son ánjeles proscritos, puestos por laProvidencia en este planeta al cuidado del hombre: el desarrollo desu sér físico i la direccion de su espíritu hácia el bien,dependen, sin dudarlo, de la instruccion, moralidad e interes desus padres; mas si éstos faltan o se hallan hundidos en el abismode la ignorancia o en el de la miseria, es un deber sagrado i unavirtud laudable socorrerlos con el sustento del cuerpo i con el pandel alma. Los adultos se hallan en posibilidad de buscar uno i otropor medio del trabajo, que es dón del cielo, pero los niños sehallan en impotencia física i en la oscuridad moral. El que no seenternece al oir llorar a un niño desvalido, no tiene corazon o haperdido lo mas precioso de su sér, el sentimiento de caridad i debenevolencia. De todos los placeres inocentes, me decia, ¿haialguno mas grato i delicioso que el inspirado o infundido por lamájica sonrisa de los niños?

Cuando esto hablaba, llegábamos a una casa pajiza de pobreapariencia, pero de esmerado aseo; al sentirnos salieron cincoanjelitos, alegres como el paisaje, risueños como la aurora ibulliciosos como los cabritos que triscan en contorno de la madre;todos se dirijieron a mi huésped, gritando "mi padrino, mipadrino;" éste se hallaba ya en tierra i todos lo rodearon; alzó enlos brazos al mas pequeño i acariciaba a todos con la ternura de unpadre; sacó luego del bolsillo algunas golosinas i se las repartió,entrando en seguida a la habitacion. La escena fué para míconmovedora; envidié a ese hombre, a quien reputaba en ese mismoinstante como el mas feliz de los mortales. Yo habia sido padre ipodia valuar el goce que producen la gratitud i las sonrisas de lainfancia. Habia sido amoroso i tierno con mis hijos, indiferente iáspero con los ajenos, i confieso que me avergoncé ante mi propiaconciencia al presenciar tan bella como elocuente leccion iprometí, en mi interior, enmendarme en adelante.

Pasados unos minutos salió mi huésped de la choza, montó iregresamos.

-Estos cinco niños son huérfanos, me dijo, su padre murió en unabatalla prestando sus servicios a la patria, pero como era un pobreagricultor, un hombre del pueblo desvalido, ni la patria, ni elgobierno recuerdan su sacrificio, ni protejen a sus hijos. La madrede éstos se halla postrada, enferma i sin recursos. Por esto vengocada tercer dia a fin de consolarla en sus penas i a entretener alos niños; el mayor de éstos es mi ahijado, pero todos me llaman supadrino; pobres criaturas, se han quedado tristes por mi prontadespedida; siempre me detengo para darles algunas lecciones.

Guardó silencio i yo le dije: perdóneme usted, puesinvoluntariamente he causado una pena a usted i a los niños, puestoque por atenderme se ha privado usted de una satisfaccion i ellosde sus lecciones i del placer de estar con usted; yo habriaesperado i visto con suma complacencia el tiempo empleado en esacaritativa ocupacion; i diciendo esto recojia las riendas de micaballo, deteniéndolo, como para indicarle que podia volver.

-No, me dijo, mañana subsanaré la falta, sigamos. ¿No sienteusted siempre afecto hácia los niños?

-Le contestaré a usted con verdad i franqueza que, a escepcionde mis hijos, he visto a los demas niños con indiferencia, i aveces, con desden. Esto sin premeditacion, ni cálculo sino como unefecto de mi naturaleza o modo de ser; pero debo confesar que laescena conmovedora i tierna, que ahora acabo de presenciar, hadespertado en mí la idea de la ventura encarnada en lossentimientos de afecto hácia los niños i la necesidad de amarlos,aun por egoísmo, para esperimentar el dulce goce de las caricias dela inocencia. Mi carácter ha sido mui duro o por lo ménosinaccesible al afecto hácia la niñez.

-No lo estrañe usted, pues esto sucede casi siempre a todos: elhombre por lo jeneral es víctima de un error de cálculo: juzga quesu bienestar consiste en atesorar los goces para él solo o cuandomas para las personas de su hogar, sin advertir que la dicha sehalla en razon directa del ensanche de relaciones afectuosas, en laespansion de ese grato i dulcísimo sentimiento del amor. ¿No esverdad que los placeres que otros séres gozan por causa nuestrarefluyen sobre nosotros mismos con la agradable dulzura de lasatisfaccion del bien? La fruicion es intensa siempre que unoconsidera que es autor de la felicidad de otros. ¡Feliz el queemplea los medios que posee en aliviar la suerte del desgraciado!No estrañe usted esa indiferencia, probablemente involuntaria, deusted respecto de los niños, pues yo los veía lo mismo i aun meincomodaba su presencia, sus travesuras, sus gritos i su llanto.Ahora siento de un modo diverso i me siento bien.

- ¿I cómo ha podido usted variar?

-Por la gran misericordia del Creador.

En los sucesos notables de mi vida, que he ofrecido relatar austed, si tiene a bien, hallará la causa de la metamórfosis que haesperimentado mi espíritu, o la razon del cambio en todos misprocederes.

 

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