Selección de poesía Colombiana, años 80 y 90

PIEDAD BONNET
(1951)


Nació en Amalfi, Antioquia, en 1951. Poeta, narradora, ensayista, dramaturga y profesora de literatura de la Universidad de los Andes. Premio Nacional de Poesía Colcultura en 1994. Ha publicado los libros de poemas: |De círculo y ceniza (1989), |Nadie en casa (1994), |El hilo de los días (1994), |Ese animal triste (1998), |Todos los amantes son guerreros (1998) Tretas del débil (2004) y las novelas: |Después de todo (2001) y |Para otros es el cielo (2004)

 

Miserias de la palabra

Cuando

irremediablemente debo detenerme

en tu umbral,

allí donde comienzas, donde acabas,

donde quiere

sembrar mi fuego un incendio indomable,

la palabra es apenas una muleta rota,

una pobre agonía aleteando.

 

Y si en la plana miseria de los días

entra a saco la muerte,

abrupta siempre, como un toque a la puerta

en una madrugada,

y sin embargo

el sol cumple su cita sin hacer aspavientos

y el estornino canta sobre el árbol,

como un puño que pega a una pared

inútil nace la palabra, y sorda.

 

Y si de pronto

un viejo olor inaugura la tarde

y ese niño que eras te saluda

azul desde su eterno paraíso,

y no logras saber cómo era el rostro

de tu padre, en su siesta o en su hora,

la palabra

cómo tartamudea, cómo tiembla

como una brújula que ha perdido el norte.

 

Si la luna es tan luna

que sube la marea del corazón,

naufraga la palabra.

 

Si la mirada

roza la piel y hace nacer el deseo,

se quema la palabra.

 

Si Dios tira sus ases,

trampea alegremente en tus narices,

escapa la palabra.

 

Y sin embargo,

para llamar la luna,

para hablar del deseo,

para llorar a Dios,

como una vieja meretriz desnuda

impúdica se ofrece la palabra.

 
 
Del reino de este mundo

Hablo

de la muchacha que tiene el rostro desfigurado

aa por el fuego

y los senos erguidos y dulces como dos ventanas

aa con luz,

del niño ciego al que su madre le describe un

aa color inventando palabras,

del beso leporino jamás dado,

de las manos que no llegaron a saber que la

aa llovizna es tibia como el cuello de un pájaro.

del idiota que mira el ataúd donde será ente-

aa rrado su padre.

Hablo de Dios, perfecto como un círculo, y

aa Todopoderoso y justo y sabio.

 
 
Asedio

|Si te ponen miedo mis ojos ausentes,
mis ojos noctámbulos, mis ojos dementes...
León de Greiff


No me culpes.

Por rondar tu casa como una pantera

y husmear en la tierra tus pisadas.

Por traspasar tus muros,

por abrir agujeros para verte soñar.

Por preparar mis filtros vestida de hechicera,

por recordar tus ojos de hielo mientras guardo

entre mis ropas un punzón de acero.

Por abrir trampas


y clavar cuchillos en todos los caminos.

Por salir en la noche a la montaña

para gritar tu nombre

y por manchar con él los blancos paredones

de las iglesias y los hospitales.

Hay en mí una paloma

que entristece la noche con su arrullo.

Mi noche de blasfemias y de lágrimas.

***

A LA hora de la siesta

un toro que escapó del matadero

entró a la casa de puertas abiertas.

Sus patas resbalaron en las baldosas del zaguán

antes de que en los corredores iluminados de geranios

se oyera su jadeo desconocido,

el estruendo de su cuerpo inocente.

Por las habitaciones frescas de sombra

erró con una furia ebria,

devastando un universo de cosas minúsculas,

de flores de papel y pocillos y sillas vacías,

hasta llegar a ese cuarto final

al que el silencio temeroso había huido.


La niña, en su precario escondite

sabía que era un sueño.

En la quietud del tiempo detenido

podía escuchar el latir atolondrado de su pecho,

su retumbar acompasado

como de pasos de bestia en la penumbra.

 
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