Selección de poesía Colombiana, años 80 y 90

WILLIAM OSPINA
(1954)


Nació en Padua, Tolima, en 1954. Estudió Derecho en la Universidad de Santiago de Cali y Literatura Francesa en la Universidad de Nanterre (Francia). Es miembro fundador de la revista Número. Ganó el Premio Nacional de Poesía Colcultura en 1992 con |El país del viento. Algunos de sus libros de poemas son: |Hilo de arena (1986), |La Luna del Dragón (1992), y |Con quién habla Virginia caminando hacia el agua? (1995). Dentro de sus libros de ensayo más reconocidos están: |Es tarde para el hombre (1994), |Esos extraños prófugos de Occidente (1994), |Los dones y los méritos (1995) y |Un álgebra embrujada (1995). En 2005 publicó |Ursúa, su primera novela.

 

La luna del dragón
Hablábamos de los dones de la tiniebla,

de los amores muertos,

cuando se perfiló sobre el oeste

el oro espeso de la media luna.

"Mira: es la Luna del Dragón" - me dijiste.

Y los dos la miramos

como si algo terrible pesara sobre el mundo.

 

El hemisferio gris parecía lleno

de hondos presentimientos.

No había una estrella sobre el mar en calma

de humaredas y torres.



Nadie dijo: "Es la luz que hace al Dragón visible".

Nadie dijo: "Es la casa donde el Dragón habita".

Nadie dijo: "Es la luna que ampara a los dragones".

Miramos simplemente el cuerno rojo,

la sobrehumana forma que doblega al cielo,

y pensamos acaso en los terrores

de la culpa y la fiebre.



" Sólo es la Luna del Dragón" - me dijiste.

Pero algo negro ascendió de mi infancia

y di gracias a Dios de no estar solo.

Seguimos en silencio

mientras las nubes negras cercaban en la hondura

aquel objeto de alta magia y belleza.

Talvez el nombre viene de las baladas celtas.

Yo no sé por qué pesa y aflige como un sueño.


Era la Luna del Dragón, y nadie

parecía comprenderlo.


Iban las multitudes ruidosas, urgentes,

atentas sólo a su pequeño misterio,

mientras sobre las hondas avenidas

un oro atroz vertía su intemporal influjo,

y algo terrible y bello batía sus alas rojas

como un polvo impalpable sobre las tristes tierras.

 
 
El amor de los hijos del águila

En la punta de la flecha ya está, invisible, el corazón del

pájaro.

En la hoja del remo ya está, invisible, el agua.

En torno del hocico del venado ya tiemblan, invisibles, las

ondas del estanque.

En mis labios ya están, invisibles, tus labios.

 
 
En las mesetas del Vaupés

Qué son las canoas sino los árboles cansados de estar

quietos.

Qué son los postes de colores sino los árboles hundiendo

sus raíces en el cielo.

Qué son los puentes colgantes sino los árboles jugando

con el vértigo.

Qué son las alegres fogatas sino los árboles contando su

último secreto.


Follaje de las ondas que va quedando atrás con el golpe

del remo,

Follaje de sonidos que en torno de los postes enardece al

guerrero,

Follaje de invisibles caminos que comienza en el confín

del puente,

Follaje de humaredas que ascienden en desorden entre las

titilantes orquídeas.


Con granadillo hice el bastón para espantar a los malos

espíritus.

Con la madera del caobo hice las cuentas de un collar para

tu pecho oscuro.

Con fruto seco del tekiba hice la copa en la que le ofreciste

el agua.

Con la madera del laurel hice esta flecha.



El condenado en la pirámide

Piedra a piedra la tierra busca el cielo.

Paso a paso hacia el sol suben mis plantas.

La brasa de la vida aún palpita en mi pecho.

Y ocioso está en la piedra el cuchillo de piedra.


Si eres toda la vida, ¿para qué necesitas mi corazón?

Si eres el fuego inmenso, ¿para qué necesitas esta brasa?


Cada peldaño me borra un recuerdo,

Y cuánto se parece a mi alma esta sombra alargada y

quebrándose

Sobre las últimas piedras del mundo.

 
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