Selección de poesía Colombiana, años 80 y 90

| VÍCTOR GAVIRIA
| (1955)


Nació en Medellín, Antioquia, en 1955. Es director de cine, poeta y cronista. Son reconocidos sus largometrajes |Rodrigo D. No futuro, |La vendedora de rosas y |Sumas y restas. Ha publicado: |La luna y la ducha fría (1980), |Con los que viajo sueño (1980), |El campo al fin de cuentas no es tan verde ( |poesía y crónica 1983), |El pulso del cartógrafo ( |poesía y crónica, 1986), |Los días del olvidadizo (1988), |El peladito que no duró nada ( |crónica periodística 1993) y |El rey de los espantos (1993). Fue ganador del Premio Nacional de Poesía Eduardo Cote Lamus en 1978 y del Premio Nacional Universidad de Antioquia en 1979.

 

Navidad

En el monte hay caminos que sólo existen para extraviar.

Ramos de flores diminutas, cuevas de bambú

y una vieja biblioteca de bosques.

El diciembre anda por la montaña

quebrando espartillos y ramas enfermas

para que vuelen los olores del campo,

que son los perfumes de los pobres.

De pronto el cielo de la noche está oscuro

como el fondo de un baúl, en donde hay alfileres brillantes y

aaalámparas de plata.

Del año venidero llega la Vía Láctea,

cuello blanco y femenino que vigila sobre el monte.

Sobre las hojas y las semillas de los senderos

cruza la caravana de los niños sin nacer,

como las estrellas fugaces.

 

 

La muerte

Que el hijo sea anterior al padre,

que salir primero que entrar,

que al día no siga la noche sino el resplandor

de un cielo más diurno que el alba,

que lo pequeño al acercarse se haga más pequeño,

como el dolor y la sublime tristeza de olvidar,

que en el fondo del cajón esté el aroma del nacimiento,

que la pared sea más transparente que la puerta

y la madera más vieja que la piedra,

que los objetos perdidos, mi padre y el zumbido

de su respiración den órbitas

en el aire de este desorden universal de mi cuarto encerrado,

que lo perdido sea anterior a lo hallado

y el beso anterior al amor.

 

 

CUÁNTAS LÁGRIMAS se desperdician en los cines

o en los libros, o aun las lágrimas espontáneas

de los aficionados al fútbol cuando se reúnen por millares.

Porque cuando salen del cine, o dejan a un lado los libros, o se

aa separan de la multitud,

los hombres y mujeres miran las calles con ojos secos

que lo hacen todo transitorio:

¿para dónde van tan de prisa,

pensando en otras cosas?

Van hablando con ellos mismos

el diálogo del que no pregunta nada

ni nada responde.

Lluvia, agua humilde del cielo,

hazme blando como esta tierra.

 
 

 

En la calle

Yo trabajé con los niños de la calle:

alguno de ellos aparecía con una bolsa de plástico negro en la

aa
cabeza, por máscara;

me miraba a través de los dos agujeros y volvía a pedirme plata,

una vez más, para engañarme,

pero yo lo retiraba de un golpe que lo hacía tambalear

no por mi impulso, sino por su propia borrachera,

que lo convertía en payaso de la noche

¿Para dónde van los niños de la calle,

me pregunto,

si no es dando eses, dando bailes y danzas

como los papeles borrachos que enaltece el viento?



Yo trabajé con ellos haciendo una película durante meses,

y ellos me recibieron con los brazos abiertos

porque el mar de su noche es una larga travesía

en la oscuridad,

y les presté chaquetas

que llevaron con elegancia y carácter hasta que se perdieron,

y lucí sus relojes robados que brillaron siniestros,

huérfanos en mis manos,

hasta que también se perdieron,

y cachuchas que cambiaron tan fácil de cabeza

que parecían hijas de sus propios días perdidos.

Los objetos que uno amaba se perdían tan fácil

en aquellas noches,

que yo miraba las ramas de los árboles en el parque

y no lograba ver el viento del tiempo que todo lo hurta

y lo arrastra como una tormenta.


Yo también jugué fútbol en las calles del amanecer,

que tienen un aire de escenario

como ningún otro deporte,

tal vez por la delgada película del rocío

que ilumina el balón y la piel de los brazos,

tal vez porque no hay público,

excepto los arbustos que parecen personas, así mirados de rapidez,

y los ecos de las carreras y llamadas se desdoblan

con un eco de pozo.

Y estos partidos los ganaban las sombras contrarias,

porque los payasos de la noche pierden siempre sus partidos

cuando caen de espaldas con las piernas abiertas,

y el laurel, el jazmín de noche y la solemne ceiba

se echan a reír de sus muchachos.

Además toman pastillas para olvidarse de sí mismos

(para curarse del recuerdo de sí mismos),

para andar sonámbulos buscando las puertas de los parques,

y los he visto de pie frente a los bancos de cemento,

conversando con ellos...

tal vez por toda esa gente

que pasó por allí durante el día.

El viento rellena de aire sus chaquetas

y los hace ver altos y gruesos como los globos del diciembre.


Vivimos cinco meses en la calle,

hasta que me fui, director de noche invitado;

y no he vuelto a saber de sus abrazos

que me adormecían suavemente,

para luego meter sus dedos flacos y largos en lo hondo de mis

aa
bolsillos.

Qué estarán haciendo,

me pregunto al cruzarme con ellos una noche cualquiera,

¿quién se ríe ahora de sus heridas pálidas como el jazmín de

aa
noche,

de sus heridas oscuras como las rosas de los jardines de San

Joaquín,

quién disfruta de su película

de nunca acabar?

 
 
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