Selección de poesía Colombiana, años 80 y 90

FERNANDO HERRERA
(1958)


Nació en Medellín, Antioquia, en 1958. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Antioquia. Ganó el Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia en 1985, con el libro |En la Posada del Mundo. En 1993 la Universidad del Valle hizo una edición aumentada de este mismo libro. En ese año ganó una beca de creación en poesía otorgada por el Instituto Colombiano de Cultura, producto de la cual es el libro |La Casa Sosegada (1998). Ha trabajado como editor de obra gráfica. En 2002 fue ganador del premio Cote Lamus con el libro |Sanguinas.

Arizona

En estas estériles llanuras

donde antes el humo

fue palabra entre los hombres

ahora el asfalto

el ruidoso desasosiego de las máquinas

o la radio que repite

descoloridas canciones de amor

en la gasolinera desolada

Nadie podrá usurpar jamás sin embargo

su vasta morada a los reptiles

en cuyo encendido ocaso

crepitan milagrosamente

los cactus y las zarzas

 
 
Russian river

Sobre la verde lentitud del agua,

madurada por el drástico verano,

una hoja amarilla de sauce me revela

que ese sofocado paisaje

que huye y que se queda, es un río.

También sé, por la trucha que salta

a cazar un insecto, que el agua está viva

y que es misteriosa y clara,

y que lejos, muy lejos,

para que esto suceda,

se abrazan los astros.

Desnudo, tendido sobre la arena,

humildemente,

como otro animal cualquiera,

también yo festejo el verano

 
 
El miedo

En cualquier lugar puede ocultarse el miedo.

Buscas detrás de las cortinas, en el armario,

entre las sábanas, buscas debajo de la cama

a ese cruel rostro indescifrable que gime con el viento,

que acecha en el casi imperceptible temblor de los

aaaaa cristales,

que ríe entre los leños.

Buscas, en vano buscas a ese ser despiadado

que habita los álgidos nervios del agua,

la oscuridad de la casa vacía,

que habita la palabra que no se atreve a pronunciar

aaaaa tu garganta

desde la noche más horrible de tu infancia.

 
 
La carroza de piedra

Por algún sinuoso sendero de la memoria

ha regresado a esta noche

la enorme piedra negra

que para los días de la infancia

fue carroza.

Como si una droga temeraria

me guiara hasta el ensueño,

he vuelto a verme

sentado con mi amigo en el pescante,

fustigando con varas de bambú

a los temblorosos caballos

hundidos en el fango.

Y los venerables líquenes

se han convertido en joyas

apetecibles para los villanos

por su maciza heráldica de plata.


Otra vez,

como en la ilusoria huida de aquel tiempo,

al ver nuestro oscuro carruaje

varado entre la hierba,

he dirigido con mi amigo

la mirada hacia lo alto,

y hemos visitado de nuevo,

como hace tantos años,

por entre el variable paisaje de las nubes,

las azules y olvidadas

comarcas del cielo.

 
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