Selección de poesía Colombiana, años 80 y 90

FLOBERT ZAPATA
(1958)


Nació en Filadelfia, Caldas, en 1958. Poeta, editor y ensayista. Ha publicado, entre otros, los libros: |Copia del insecto (1991), |Después del colegio (1994) y |La manzana oxidada (Tres poetas del viejo Caldas, 1996). Ha obtenido los siguientes premios: Casa de Poesía Fernando Mejía Mejía en 1991; Universidad de Antioquia en 1993; Icfes-Cres Centro Occidental de Colombia en 1996 y Premio de Poesía de la Gobernación de Caldas Caldas 100 años en 2005, con el libro |Ataúd tallado a mano.

 
 
Epitafio

Viajero:

si acaso te detienes en mi tumba

orina, por favor.

No me niegues

tan cálido charco

de espuma y de ámbar.

Aunque no puedo

ya beberla,

me consuela

tan viva y tan sonora

evocación de la cerveza.

***

Don Francisco profesor de historia

se dormía mientras nos explicaba sentadosiempre

Nunca reclamamos ni nos burlamos

callábamos y nos ocupábamos en

otrs cosas mientras él roncaba

Cuando tocaban para el cambio de clase

lo llamábamos se desperezaba

se disculpaba se iba

Gracias don Francisco

por habernos enseñado poco por

habernos hecho menos daño en aquellos

tiempos en los que la educación

iba por un lado y la vida por el otro

 
 
Ráfaga de perforaciones

Una ráfaga de viento

ha levantado la falda

de una estudiante joven y hermosa

que espera en el paradero

del Parque de los enamorados

Por la displicencia con que ordena su falda

fácilmente se sospecha

que está cansada

sitiada por el apetito

Debajo de los prenses de lino

y de los cuadritos rojos y azules

se dejan ver unas tangas blancas

y unas piernas trofeo o promesa

duras inmejorables

y unas nalgas quietas distraídas

La imagen (no sé por qué sagrada)

estremece y subvierte

Un obrero la ha visto agradecido

seguramente su almuerzo tendrá mejor sabor

los muertos del noticiero

serán menos tristes

el trabajo de la tarde más liviano

el pequeño salario menos punzante

Un chico más o menos de su edad

se ha puesto pálido

y desde un lugar estratégico

espera que el viento repita la fechoría

El empleado del almacén de muebles

guardará la imagen para la noche

cuando su mujer sea una víctima agradecida

Y la alumna

pendiente sólo de la buseta

se irá a su casa

serena

sin nada que contar

aparte de los exámenes de fin de año

sin saber de las vidas que ha perforado

por un rato unas horas unos días.

 

 
 
 
Declaración sobre la escritura

Las palabras son hilos con los que tejes una red.

Frente al papel en blanco comienzas tu trabajo.

Pero los hilos no siempre te obedecen: se revientan,

se enredan, son insuficientes, muy gruesos o demasiado delgados,

su textura no es la apropiada, no los

encuentras del color que necesitas,

su tono no es el preciso.

Entonces luchas, te debates, maldices.

Y en ese forcejeo inútil abandonas lo que habías

comenzado, quizá para siempre; es tortuosa la empresa

de crear una nueva red con los materiales de

siempre.

O empiezas una y otra vez.

(Miras con ojos agrios el cesto inundado de redes

fracasadas).

Hasta que encuentras el camino.

Por fin ahí está la red de palabras sobre el papel.

Es como la querías.

Como la necesitabas.

Como la intuías.

Casi te niegas a creerlo.

Desconcertado, te preguntas cómo lo conseguiste.

Hasta ahí tu aventura.

Ya esa red no te pertenece.

Con ella el lector debe pescar en la oscuridad pro-

funda que ruge debajo de las aguas blancas de la hoja.

Puede que el lector atrape algún ser maravilloso.

Puede que se vaya sin nada en las manos.

Si no hay pesca el vacío es un símbolo.

Si hay pesca el mérito es para el lector,

el poema es tan sólo un instrumento.

 
 
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