Fernando Arbeláez  (1924-1995)
 

 

El Viejo de la Ciudad (1)

 

Cuesta mucho luchar contra los deseos del corazón: todo lo que quiere obtener lo compra al precio del alma.
Heráclito de Efeso

Una muralla y otra hasta colgar del cielo

sobre tu corazón la corona que encierra

el doble puerto, los lagos salobres, las calles

confusas con sus túmulos del tiempo, los escombros

donde sólo quedan las inscripciones del invencible

Diocleciano,

la columna del Pompeyo, unas piedras de la Biblioteca,

los muelles con sus lentas cargas de cebolla y algodón.

Cierra los ojos y las cosas se abren para ti

tu corazón malamado hace brotar relicarios, rostros,

esmaltes, ramos de jacintos, la estatua de basalto

que hizo erigir Ptolomeo Filadelfo y el espejo mágico

de su Faro, el delicado rumor de la colina de los tilos

el sacro precinto que cada día se va corriendo sobre el alma

y, más adentro, las termas deleitosas, las crónicas de Ana

Comnena

las pequeñas intrigas de las familias imperiales, el estuche

elegante de tu otra Roma con sus reyes silenciosos y tristes.

Te invade el olor metálico de la Ciudad, las ruinas sombrías

de tu vida, los goces fatales de la calle Anastasi

los muchachos destruidos por el sufrimiento y las baratas

complacencias,

los ojos murmurantes que señalan al viejo vicioso buscando

hechizado la presión de una mano en las salas de billar

transfiguradas por las lámparas de petróleo, el súbito

contacto

en las mesas del chaquete o los cuartos de lance

en cuyas puertas las rameras sirias lucen sus juegos

de abalorios.

Vienes del tercer círculo de Riego en donde sólo conocen

tu rostro de niño envejecido, tu habilidad para las lenguas;

de tu vida puntillosa despachando correspondencia;

de los ingleses que te mantienen a distancia, asediado

por la tiranía de una fiebre inmemorial, con toda el alma

concentrada en la piel, en la avidez de ese movimiento

como una planta carnívora, la joya sonámbula

de una mirada cómplice, el lecho voluptuoso

donde el capricho pasajero te entregó tantas veces

el doloroso poema para un efebo muerto,

la oscura resonancia del deseo, el reprochado espejo

mudable siempre, la asombrosa imagen inmortal

a cambio de unas pobres monedas. Mas tú buscabas

el anverso del instante, la proliferación del espíritu

en los sentidos atentos y esa separación que cada vez se repite

pues el tiempo se cuenta por los cuerpos amados

y las bellas bocas ávidas, y la única libertad

de que gozamos está en los miembros fuertes

dispuestos al placer, los jadeos, las fatigas dichosas,

las memorias espléndidas, la curiosidad exaltada,

la intimidad

que a través del poema nos hace esclavos para siempre.

La premonición del escándalo te lleva de nuevo

a la calle Fuad,

a la Vía Canópica, a la Gran Cornisa, a los alrededores

del Cecil, a la plaza donde Conón arrancó del cielo

la cabellera de Berenice, a la esquina donde Arrio

sufrió su último ataque de epilepsia. Ahora

la herida del sexo se ha vuelto una con tu fantasía,

con las trágicas gemas, la indispensable palabra,

y surge de tu oscuridad el rostro que deslumbra

tu sabia ternura visitada por las glorias de la muerte.

Tú sabes sin embargo, infortunado, que nada es cierto:

los diamantes

y las sedas no valen más que un yambo. El aire escéptico

de la ciudad con sus arenas violetas ilumina de repente

tus amores miserables, el culto antiguo de tu raza disoluta

golpeada por la pobreza, la fácil lascivia de las tabernas,

los amigos sospechosos y ardientes. —Aquí yació untiempo

el cuerpo del gran Alejandro bajo el cristal solitario

en el sótano de una trastienda—. Un viento que viene

del Mareotis

barre el polvo de la difícil inscripción en tu hermosalengua

muerta y recuerdas al Tracio con su lira enlutada:

"La ironía de los dioses somete los seresinmortales

a las simples miserias de los mortales". Avidamente

saboreas entonces el orgullo voluptuoso de tu fracaso.

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