Harold Alvarado Tenorio (1945-)  

El ultraje de los Años

 

Por julio,

se reunían los despojos de la familia

en un ritual que les hacía creer

en ellos mismos.

Compraban,

en la tienda de importados,

un mucho de antipasto, aceitunas negras, vino moscatel,

paté de carne de diablo, una botella de brandy y otra

de escocés.

El camioncito modelo cincuenta los llevaría hasta el río,

con sus piedras como huevos traídos del principio del mundo

y cocinaban un buen sancocho con plátano hartón

y amplios trozos de carne en tres telas.

La prole, dos hembras, tres varones.

Esperaba la orden de saltar en el agua

y él moría de terror al ver cómo su padre le arrojaba

al fondo de los remolinos.

Si eran buenos los tiempos,

con el anís había música de cuerda y canciones del país.

Ellas parecían felices.

Ellos también.

Era, no obstante, el tiempo de la miseria.

El mundo, afuera, rodaba como cosa vana

para poder vivir largos años.

Los que no tenemos dinero ni poder

llegados a los cuarenta

debemos vivir en silencio

en absoluta soledad.

Así lo entendieron los antiguos,

así lo certifica el presente.

Quien no pudo cambiar su país antes de cumplir la cuarta

década

está condenado a pagar su cobardía por el resto de sus días.

Los héroes siempre murieron jóvenes.

No te cuentes, entonces, entre ellos.

Y termina tus días

haciendo el cínico papel de un hombre sabio.

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