Francisca Josefa del Castillo y Guevara (1671-1742)
 

 

Afecto 46

Deliquios del divino amor en el corazón de la criatura, y en las agonías del huerto 

El habla delicada

Del amante que estimo,

Miel y leche destila

Entre rosas y lirios.

Su melíflua palabra

Corta como rocío,

Y con ella florece

El corazón marchito.

 

Tan suave se introduce

Su delicado silbo,

Que duda el corazón,

Si es el corazón mismo.

Tan eficaz persuade,

Que cual fuego encendido

Derrite como cera

Los montes y los riscos.

Tan fuerte y tan sonoro

Es su aliento divino,

Que resucita muertos,

Y despierta dormidos.

 

Tan dulce y tan suave

Se percibe al oído,

Que alegra de los huesos

Aun lo más escondido.

Al monte de la mirra

He de hacer mi camino,

Con tan ligeros pasos,

Que iguale al cervatillo.

 

Mas, ¡ay! Dios, que mi amado

Al huerto ha descendido,

Y como árbol de mirra

Suda el licor más primo.

 

De bálsamo es mi amado,

Apretado racimo

De las viñas de Engadi,

El amor le ha cogido.

 

De su cabeza el pelo,

Aunque ella es oro fino,

Difusamente baja

De penas a un abismo.

El rigor de la noche

Le da el color sombrío,

Y gotas de su hielo

Le llenan de rocío.

¿Quién pudo hacer, ¡ay! Cielo,

Temer a mi querido?

Que huye el aliento y queda

En un mortal deliquio.

 

Rojas las azucenas

De sus labios divinos,

Mirra amarga destilan

En su color marchitos.

 

Húye, aquilo, ven austro,

Sópla en el huerto mío,
las eras de la flores

Den su olor escogido.

 

Sópla más favorable,

Amado ventecillo,

Den su olor las aromas,

Las rosas y los lirios.

 

Mas ay! que si sus luces

De fuego y llamas hizo,

Hará dejar su aliento

El corazón herido.

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