Juan de Castellanos (1522-1607)
 

 

Un soberbio Panche
 

Y antes de comenzarse la subida

vieron venir un panche dando voces

de gran disposición y horrible gesto,

solo, sin otras armas en la mano

que macana de palo poderoso;

y los nuestros creyendo ser mensaje

o para dar la paz o mayor guerra,

pararon todos e hicieron alto,

con intención de conocer la suya.

La cual él hizo luégo manifiesta,

pues por salutación, en el primero

dellos que se halló más a la mano,

a quien llamaban Juan de las Canoas,

el palo descargó con ambas manos,

que, como vio venir el golpe,

puso la cóncava rodela por delante

donde lo recibió; mas el escudo quedó

desmenuzado, como cuando

del fulminoso fuego que desciende

de la región aérea fue tocado el duro

material que lo deshace, y las briznas

y astillas van volando, por una y otra

parte divididas. Y aunque mozo,

robusto y animoso, faltóle fuerza

para sustentarse sobre sus pies,

y con oscura nube de que sus ojos

fueron ocupados, cayó desacordado

y aturdido. Lo cual visto por nuestros españoles,

Acometiéronle por todas partes,

y el Céspedes a voces les decía

Que por ninguna vía lo matasen,

Sino que sin herillo lo prendiesen,

Por saber la razón de su locura.

Mas el soberbio panche con el leño

Y portentosa fuerza se defiende,

Los unos y los otros oxeando

Con buen compás de pies y gallardía,

Según maestro práctico de esgrima

Que en plaza pública se desenvuelve,

Jugando de florero con montante,

Rodeado de gente que lo mira,

Que porque no les toque revolviendo,

Los unos y los otros se retraen,

Dejando campo desembarazado

Donde pueda jugar a su contento;

Que bien desta manera lo hacía,

Aquellos que tentaban de prendello,

Cada cual resguardando su cabeza.

Mas Juan Rodríguez Gil, mozo valiente,

De monstruosas fuerzas, corpulento,

En viendo tiempo, dio veloce salto

Por las espaldas dél, y con los brazos

Nervosos lo ciñó por los ijares,

Según el torvo tigre que, rastrando

El pecho por el suelo, sin ruido

Se va llegando para hacer la presa

En ancas del cornígero juvenco,

Y con velocidad imperceptible,

Subiéndose sobre él, asió las garras

Y el mísero novillo por librarse,

Da brincos y corcovos, brama gime,

Sin se poder valer ni aprovecharse

Del arma que le dio naturaleza.

Desta manera lo tenía preso,

Sin le dejar usar de la macana,

Que con dificultad se la quitaron

Los otros compañeros de las manos,

Ligándoselas luego con esposas

Y pendiente cadena del pescuezo.

Y el Juan de Céspedes con una lengua

Mosca que declaraba los acentos,

Pregunta: "Díme, bárbaro valiente,

¿Cómo te poseyó tan grande demencia

Que siendo solo contra tanta gente,

Presumieses venir a competencia?

Porque moverte tú tan solamente

Sin emboscada de mayor potencia,

No me parece vero testimonio,

Y si lo es, tú debes ser demonio".

El indio le responde: "Yo soy hombre

Por tal y por mi nombre conocido,

Y aquí donde resido fui criado.

Antier me fue forzado salir fuera,

Y ayer, que no debiera, ya muy tarde,

Vi con temor cobarde gente pancha

Que nunca de tal mancha tuvo nota.

Dijéronme ser rota y abatida,

Privando de la vida muchos buenos

Vosotros que sois menos, y tan pocos

Que no tuve por locos desconciertos

Pensar dejaros muertos por mi mano

En pago de un hermano y de un tío

Y un mozo hijo mío, y otras gentes,

Mis deudos y parientes, cuya muerte

Me turbó de tal suerte, que con saña,

Sin convocar compaña de los tristes,

Intenté lo que viste por las muestras

Cuando probé mis fuerzas con las vuestras.

Todos de ver el término soberbio

Y atrevimiento con que les hablaba,

Quedáronse admirados, y quisiera

El Juan de Céspedes que lo llevaran

A Bogotá, ligado con prisiones;

Mas Juan de las Canoas que corrido

Estaba por haberlo derribado,

Con otros compañeros impacientes,

Luégo que el capitán movió la suya,

Al indio le cortaron la cabeza.

Comentarios (0) | Comente | Comparta