ATAHUALLPA



I



Habían pasado diez años desde los acontecimientos que quedaron referidos en Huayna Capac.

Encontrábase este postrado en el lecho de muerte en Quitus, a donde se había hecho trasladar desde su palacio de Tumipampa, luego que tuvo certeza del arribo de los españoles a las costas del Pazífico.

Una mujer estaba a la testera de su lecho.

Esa mujer era Scyri Paccha.

Scyri Paccha tendría entonces de cuarenta a cuarenta i cinco años, i se conservaba hermosa todavía. La palidez i el aniquilamiento consiguientes a las vijilias que le causaba el enfermo, habian dado cierto aire de melancolía a su rostro, que sentaba perfectamente con sus rasgados ojos negros i las dos líneas de apagado coral que formaban su graciosa boca.

- Tenemos noticias del Cuzco? preguntola Huayna Capac.

- Sí, señor, un chasqui acaba de llegar, respondiole Scyri.

- I qué noticias trae?

- Malísimas, señor.

- Se habrán internado los estranjeros?

- Sí, señor, los estranjeros han estado en varios pueblos del litoral.

- I qué dicen los sacerdote? Qué han visto en las entrañas de las víctimas?

- Auspicios mui funestos, señor: figúrate que los terremotos se multiplican; que aparecen resplandores de siniestra luz en el espacio; que la luna brilla rodeada de círculos de fuego; que han caido rayos en los palacios reales; i que, últimamente, se ha visto sobre la gran plaza del Cuzco una llecama (águila real) jigantesca perseguida de muerte por varios huamancuna (alcones), i dando gritos lastimeros, hasta caer víctima de sus tenazes perseguidores!

- Ah! todo eso lo presentía yo, observó el Inca con acento de profundo dolor.

- I qué precauciones seria prudente tomar! Tienes algunas órdenes que darme?

- Una sola, í es, que despaches en el acto un chasqui al Cuzco, previniendo al gran sacerdote que se ponga en marcha para acá.

- Obedeceré, señor.

Huayna Capac estaba estenuado de fatiga, por lo que cortó en ese punto la conversacion, i cerró los ojos como si quisiera dormir; pero en realidad porque le cansaba tenerlos abiertos, a causa de haber llegado a ese periodo de estrema languidez que, en las grandes enfermedades, precede a la catástrofe.

Scyri se aprovechó de este sueño aparente, i salió en puntillas a la estancia vecina, ansiosa de respirar el aire perfumado de la mañana, pues el de la alcoba del Inca era pesado i desagradable.

- Qué hai, hermana, preguntole un hombre, al verla, que se entretenía en hacer un penacho de plumas de varios colores para su gorra militar.

- Nada. Solo que Huayna Capac manda llamar al Cuzco al gran sacerdote.

- I eso llamas nada, Scyri! Has olvidado ya que hoi el gran sacerdote es el Amauta, amigo íntimo del Inca i protector decidido de Huascar?

- No lo he olvidado, Challcuchima; pero el que Huayna Capac mande llamarlo, no quiere decir que venga; i si viene, será tarde.

- Tarde?

- Si, porque ántes de poco tiempo Huayna Capac habrá espirado.

- Tan pronto! i sin disponer nada.

- Eso corre de mi cuenta:

- Por fortnna solo tenemos que habérnoslas con el estúpido del Amauta.

- Scyri, no creo al Amauta tan estúpido como lo crees tú; cuidado no nos dé una sorpresa!

- Necio de ti, qué sorpresa nos ha de dar el infeliz? En el Cuzco creen a Huayna Capac ya del todo repuesto de sus dolencia, en su palacio de Tumipampa, pues yo se lo he hecho creer así. Pero aun en el improbable caso de que el estúpido del Amauta (porque me afirmo en mi opinion) llegase a penetrar la verdad, ántes de llegar aquí, tendría que andar quinientas leguas, i ...

- I qué? interrumpió Challcuchima, alarmado por la reticencia de su hermana.

- I qué? Que si se andan quinientas leguas fácilmente por caminos tan buenos como los que hai del Cuzco a Quitus, no se escapa tan fácilmente de la turpuna de Quizquiz i de las de sus cincuenta compañeros.

- Tambien él?

- Tambien él! Lo preguntas, Challcuchima, como si fueran muchos! Merecía otra suerte, que la de ser colgado, el pícaro de Umuc? Ya se ve, como tú i Quizquiz se dejaron desterrar sin decir palabra, todo esto te sorprende. Gua!  Qué mal te sienta ese traje de soldado!

- Búrlate! búrlate; pero ...

- No hai pero que valga; eres un niño; te ha acobardado mucho la derrota. Ah! si no existiera yo, todo estaría perdido en tus manos; i ese maldito viejo que ésta ahí adentro se nos escaparía sin pagar sus deudas.

Huayna Capac llamó en aquel instante.

Scyri fué en su ayuda.

- Dame de beber, Scyri.

Scyri le alcanzó una copa de oro con agua, en la que echó, a la luz de una lámpara, unas cuantas gotas de color rojo.

Huayna Capac le apuró de un solo trago.

I bien, Scyri, ha marchado el chasqui?

- Ha marchado, señor.

Huayna Capac volvió a cerrar los ojos, i Scyri a salir en puntillas.

...

Debemos algunas esplicaciones a nuestros lectores.

Despues que Quizquiz i Challcuchima cayeron en desgracia con Huayna Capac, por el descubrimiento de la conspiracion en que tan notable parte tuvieron el Amauta i Umuc, salieron efectivamente desterrados del Cuzco i en direcciones opuestas, so pretesto de ir en comisiones urjentes del gobierno.

Tuvieron en el destierro algunos años; los bastantes para que su memoria se perdiese en el Cuzco, cosa bien fácil en una sociedad acostumbrada a presenciar escenas semejantes, i aun peores, pues las mas de las vezes no era al destierro a donde se iba, sino al cadalso. Por fortuna, el Inca había querido ser jeneroso en aquella ocasion.

Una vez separados Quizquiz i Challcuchima, i no solo separados, sino vencidos, abandonaron enteramente sus planes, o, por lo ménos, los dejaron para mejores tiempos; alimentando en silencio sus esperanzas para lo futuro.

El tiempo, que todo lo olvida, o, mejor dicho, que todo lo hace olvidar, hizo olvidar a Huayna Capac la traicion de sus dos antiguos amigos; i, pudiendo mas en su ánimo jeneroso el recuerdo de su cariño, que el sentimiento de la justicia, un día despachó a los dos ilustres proscritos dos chasquis con el quipus siguiente:

"Huayna Capac, hijo del Sol e inca, por especial i reiterada instancia de su mui amado hijo Huascar, el auqui heredero, te levanta el destierro."

Dejando a su cuidado el derecho de interpretarlo.

El quipus surtió su efecto; i los dos amigos, pasados algunos días, entraban por distintas vias, i en calidad de incógnitos, en el antiguo palacio de los scyris de Quitus.

He aquí la razon porque se encontraba Challcuchima al lado de su hermana Scyri Paccha.

Pero se hallaba, no en calidad de hermano, sino de simple yana de aquella segunda reina de Tavantinsuyu; que, debido tal vez a la edad, se había vuelto mañosa, i no quería que el tal se le apartase de su lado.

Entre tanto Quizquiz hacía el papel de capitan de bandoleros en los alrededores de la ciudad, i tenía casi interceptadas las comunicaciones entre Quitus i el Cuzco; ni mas ni ménos que como las había tenido interceptadas entre Tumipampa i las dos capitales cuando el Inca, ya doliente, residía allí.

En cuanto al modo como Scyri había vuelto a reconquistar el afecto de Huayna Capac, empezaremos por decir que ella nunca lo había perdido; i que fué tal su astucia en la primera vez que el Inca le movió conversacion sobre la conspiracion, que este no pudo sacar nada en claro, terminando por convencerse de que la bella Scyri, como él decía, estaba inocente de todo.

- Has olvidado, Scyri, tus proyectos de venganza? le había preguntado una ocasion Huayna Capac.

- Completamente, señor; ellos no eran sino locuras de mi juventud.

- Te creo, Scyri.

- Haces bien, señor, porque es la pura verdad.

Pasado lo cual, el Inca, como hombre verdaderamente grande, i que siempre descansaba en la palabra de los demas, no volvió a hacer memoria de lo sucedido. Por lo que Scyri, léjos de Coya, su poderosa rival, se adueñó completamente del corazon del anciano Inca; el que tomola tanto cariño, que al fin no tenía mas confidente ni consejero que ella.

- Quién está ahí? solía preguntar Huayna Capac en las altas horas de la noche, durante los largos insomnios de su enfermedad, al oir pasos por su estancia, o el ruido de uno que otro beso perdido, bastante lascivo para ser fraternal, con que se regalaban, de cuando en cuando, la enfermera i su inseparable compañero.

- Es Arilpa, es mi yana, respondía Scyri con naturalidad; i el Inca volvía a adormecerse sin la menor inquietud.

Scyri, la astuta Scyri había despedido toda la servidumbre de Huayna Capas que no gozaba de su entera confianza, por lo que en los últimos dias del enfermo monarca, nadie se acercaba a su lecho de amargura sino con el espreso permiso de aquella, a la sazon su única enfermera. Pero qué enfermera! que no dormía, que no pensaba sino en su enfermo, administrándole ella propia las medicinas, i cuidando siempre de saturarlas con ciertas gotas de un licor rojo, un tanto sospechoso, que traía a todas horas consigo desde los primeros síntomas de enfermedad que combatieron a Huayna Capac.

Eran ellas el bálsamo de la vida o el brevaje de la muerte?

No lo sabemos.

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