La autobiografía en Colombia
Vicente Pérez Silva (compilador)

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José Manuel Saavedra Galindo

 

José Manuel Saavedra Galindo, orador de dotes excepcionales y de "corte romántico de grandes frases armoniosas", según manifestación de Luis Eduardo Nieto Caballero, nació en Guacarí, departamento del Valle del Cauca, el 18 de noviembre de 1885 y murió en Cali el 6 de diciembre de 1931. Hizo las primeras letras en su tierra natal. Más adelante, cursó estudios de bachillerato y jurisprudencia en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, de Bogotá, donde se doctoró el 25 de septiembre de 1909. Como tesis de grado presentó el trabajo titulado La separación de los poderes públicos. De su constante actividad intelectual contamos con las siguientes obras: El carro triunfal, Opúsculo sobre el Ferrocarril del Pacífico, El asesinato de Sucre, Colombia libertadora y Crónicas de Lima. Tradujo del inglés la Generación espontánea. Colaboró con importantes estudios sobre temas científicos y artísticos en muchas revistas y periódicos del país. En Cali fundó el semanario El Zapador y en Bogotá el periódico denominado Osiris. Perteneció a la Academia de Historia del Valle del Cauca y fue laureado en varios concursos de poesía. Fue, así mismo, miembro del Concejo de Cali, diputado a la Asamblea de su departamento y representante y senador de la República en varias legislaturas.

Como orador, Saavedra Galindo tomó parte elocuente en sonados debates parlamentarios, entre ellos cabe mencionar el librado, en agosto de 1925, en torno a la pena de muerte y en el cual intervino en forma sobresaliente el Maestro Guillermo Valencia. Al lado de Antonio José Restrepo, el senador vallecaucano se opuso al proyecto reformatorio de la Constitución Nacional que pretendía el restablecimiento de la pena capital.

El Dr. Juan Lozano y Lozano, al cumplirse treinta años de la muerte del ilustre tribuno liberal, comenzó de este modo su discurso pronunciado en Cali:

Vengo a decir, al pie del monumento que recuerda los rasgos románticos de José Manuel Saavedra Galindo, cuatro palabras de rememoración y esperanza. Este hombre transparente y lúcido, cuya magnanimidad de corazón corría parejas con la fuerza del intelecto, perteneció a la raza privilegiada de aquellos en quienes el verbo se encarna, para habitar entre nosotros. El don prodigioso de la palabra, que eleva al hombre sobre las demás especies vivas y que es la exteriorización aprehensible del espíritu, fue suyo, por gracia natural, en el grado más alto de excelencia. El era como la imagen de la elocuencia pura, por ese conjunto de condiciones misteriosas que concurren a formar la figura legendaria del tribuno del pueblo. La figura gallarda, la actitud dominadora, la fuerza imaginativa, la atracción magnética, la cultura nutricia, la imaginación creadora; y la voz, esa voz suya inolvidable, llena de oquedades y matices, que, como la que cantaba el poeta, tuvo timbres al par de oro y acero, como un damasquinado toledano. En el círculo de sus contemporáneos ilustres, muy pocos hombres pudieron contrarrestarlo o emularlo en el ágora férvida: Laureano Gómez, Demetrio García Vásquez, Enrique Olaya Herrera.

Las páginas autobiográficas que reproducimos a continuación pertenecen al libro de José Manuel Saavedra Galindo titulado Su obra (Cali, Imprenta Departamental, 1964), compilación realizada por Alba Saavedra Lozano y Jafet Morales Urrego. De los XVI artículos que integran el Anecdotario, una de las partes que comprende dicha obra, hemos escogido los correspondientes a los números VII y VIII.

Anecdotario autobiográfico; de Manizales a Bogotá

Largo de cinco meses permanecí en la culta y hospitalaria ciudad de Manizales, que yo había buscado sólo como escala de trabajo para seguir a Bogotá, que era mi cara ilusión para hacer mis estudios.

La imprenta en que me ocupé en la capital de Caldas, hacía parte de la conocida casa comercial de Guingue Salazar & Compañía. Pero la manejaba el primero de los socios nombrados, el señor Jesús María Guingue, venerable institutor de varias generaciones; orador magnífico, caballero cumplido, excelente padre de familia y ciudadano, e inmejorable amigo. El dirigía, además, El Correo del Sur, que se editaba en su imprenta.

El señor Guingue me cobró gran cariño y confianza en breve tiempo. Me hizo jefe de la imprenta y me entregó las llaves, a pesar de mi tierna edad. Al propio tiempo me presentó como amigo de su familia y me hizo contertulio de su casa. En una palabra, en la casa del señor Guingue no fui yo un obrero de los talleres tipográficos sino un amigo de tan gentil y eminente maestro y hombre de letras (q. e. p. d.).

En la imprenta trabajaba también un joven de Medellín, llamado Pedro Arango; buen oficial, pero un poco inclinado al placer de las copas. Vivía él admirado de mi "juicio", y me decía:

—¿Usted debe estar mamaíto, no?

—¿Qué quiere decir eso, Pedro?, le repuse.

—Con plata, en lenguaje antioqueño, porque usted no se toma un trago, ni trasnocha, me contestó, risueño, como vivía siempre. Y una noche me insinuó Pedro que le leyera alguno de los manuscritos que él veía que guardaba y leía yo en mis horas de descanso. Y le leí alguno. Al terminar, me dijo:

—Hombre: quisiera yo ser usted, paisano, dentro de diez años.

Durante mi permanencia en Manizales, conocí a Eduardo Peláez, natural de Abejorral. Hice desde luego con él una sincera amistad. Teníamos la misma vocación para el estudio; y ambos acariciábamos la aurora de los 16 años. Peláez y yo resolvimos irnos a estudiar a Bogotá.

Y al amanecer de un día de junio partimos solos, a pie, con nuestra ropa a la espalda, por el camino antiguo de Manizales a Honda, por Mariquita. El señor Guingue agotó sus esfuerzos para que no me marchase. Me ofreció mejor salario, enseñarme idiomas, hacerme colaborador de El Correo del Sur. Le agradecí en el alma. Con él me habría quedado para siempre. Pero yo había salido de mi casa a estudiar a Bogotá, y cumplía ciegamente mi destino.

Un grupo de amigos salió a acompañarnos a la salida de la ciudad; y todos ellos lloraron al vernos ir tan pobres, tan solos y tan niños. Tomamos Peláez y yo, como dos peregrinos adolescentes, por la vía de la Rocallosa y la Moravia. Bajo el sol del mismo día de la primera jornada, fatigados en esa marcha a pie, con maletera, que nunca había hecho, ya ibamos a botar la ropa, para aligerarnos, cuando nos encontramos un hombre que regresaba de Honda, con un buey pintado, vacío, con la enjalma. Lo engatusamos, y el hombre se volvió con nosotros feliz, llevándonos la ropa en el buey, hasta Honda.

En el ascenso de la dura y elevada cuesta del Páramo del Brasil, caí desmayado en el corredor de una casita. Al volver en mí, me vi en una cama humilde, pero limpia, al lado de una anciana, que lloraba frotándome la frente con aguardiente. Al frente estaban sus dos nietas, dos botones de rosa de la montaña, como jamás los he vuelto a ver. Bellas como las azucenas.

—¿Por qué llora usted, mi señora?, le dije a la anciana.

—Porque tengo un hijo ausente, hace mucho. Nada sé de él; y tal vez no tenga como usted el amparo de una choza.

Al llegar a Honda, no pudimos seguir a pie. Se nos hincharon tanto los pies, que tuvimos que bañárnoslos con agua tibia tres días para poder calzarnos. Alquilamos a unos recueros dos mulas con enjalma, a $2 cada una, y en ellas llegamos a Facatativá.

Allí tomamos el tren de la Sabana a Bogotá. Fue para nosotros un buen augurio, que en ese tren en que entramos a la Capital, iba el Presidente Marroquín, con todo el Ministerio. Era Ministro de Instrucción Pública el doctor José María Rivas Groot, y nos trató con cariño. Al entrar aquella mañana a Bogotá, nos quedaban a Peláez y a mí $2, por toda cuenta, a cada uno.

La llegada a Bogotá

Ya se ha visto cómo llegué a Bogotá en compañía de mi amigo Eduardo Peláez. Como dos átomos imperceptibles quedamos los dos niños entre el bullicio de la capital de la República.

En el tradicional tranvía amarillo, tirado por mulas, nos trasladamos de la Estación de la Sabana al centro, y nos bajamos del vehículo, entonces de cinco centavos el puesto, en la plazuela de San Francisco. Pensamos allí que los pobres no deben andar juntos, sino separados para conseguir algo. Nos dimos un estrecho y doloroso abrazo de separación, después de convenir el sitio en que volveriamos a vernos, y nos despedimos, como dos sendas que se separan en el llano, hasta perderse en el confín del horizonte.

Un agente de policía me condujo al "Hotel de la Reina", en la calle 14, expresándome que era un hotel recomendable y barato. Dejé allí mi escasa valija; y me tiré a la calle en busca de trabajo. Busqué la casa del doctor José María Rivas Groot, y logré que me diera audiencia. Era él, como se ha dicho, Ministro de Instrucción Pública de Marroquín.

Le di mi oscuro nombre. Y en su escritorio privado me recibió el bondadoso y eminente doctor Rivas Groot, futuro autor de la novela Resurrección y de la comentada Pax, novela política en colaboración con Lorenzo Marroquín. Los críticos bogotanos le atribuyeron a Rivas la parte culta, y a Marroquín la maleante de la acerba obra sobre personajes de la época.

—No vengo yo, doctor Rivas, le dije, a pedirle empleo público. Sé trabajar; soy tipógrafo; sobrino del doctor Aníbal Galindo, su amigo y compañero de gabinete de abogado. En recuerdo suyo (ya el doctor Galindo había muerto), vengo a pedirle una tarjeta de introducción para conseguir trabajo en una imprenta. Yo soy uno de los dos jóvenes que entraron con Ud. y el Sr. Presidente en el tren de la Sabana. He venido a estudiar, a la sombra de mi trabajo de taller.

—¿Y de dónde han venido ustedes?

—Peláez, de Abejorral, en Antioquia. Yo, del Cauca, doctor Rivas, le repuse.

Me trató con cariño, y me dio una esquela de recomendación para la imprenta Eléctrica, de un señor Molino, que estaba entonces en la esquina sureste de la plaza de Bolívar, frente a la agencia mortuoria de Remigio Hernández y cerca de "La Botella de Oro", lugar de cita de los poetas bohemios, en donde recitaban e improvisaban Flórez, Soto Borda, Alvarez Henao, etc.

Allí conseguí trabajo estable, no mal remunerado, $2 diarios de entonces, porque yo era un obrero juicioso y de cierta instrucción; no hacía lunes; ni bebía; y mis "tiras" salían limpias. Mas como el primer trabajo fue un folleto oficial, y el Gobierno es tan moroso, y hasta tramposo, se demoraron en pagarme mi mano de obra, y pasé en el intervalo las duras y las maduras; pero sin molestar a nadie, habiendo podido hacerlo con antiguos amigos y paisanos.

Se me desató el paludismo de tierra caliente en tierra fría, y sudaba el frío y la fiebre sobre los chibaletes de la imprenta sacando mi jornada.

Un día llegaron a la imprenta unos franciscanos de Cali, preguntando por mi nombre, por recomendación de mi padre. El administrador, señor Rafael Lombana, preguntó entre los obreros por mi nombre, y nadie respondió a él. Yo había jurado que no se volvería a saber de mí si no surgía como hombre de provecho, y eso, o que me tragara la vida; había ocultado, por eso mi nombre en la imprenta. Se me desgarró el corazón; pero callé.

Aquel día, al ir a almorzar al "Hotel de la Reina", supe que costaba $1 diario. Pagué el almuerzo, y me instalé una cuadra abajo, en una fonda humildísima, llamada "El Resbalón", que me costaba $0,25 diarios, con desayuno, almuerzo, comida, cena y dormida. Así pasé la mora sufrida en mi primer pago.

¿Cómo sería aquella existencia

Noticias Culturales, Instituto Caro y Cuervo, Nº 143,
Bogotá, 1º de diciembre de 1972, pp. 6-8.

   

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