La autobiografía en Colombia
Vicente Pérez Silva (compilador)

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Guillermo Valencia

Guillermo Valencia, uno de los más grandes exponentes del parnaso colombiano, nació en Popayán el 20 de octubre de 1873.

Poseedor de vastos conocimientos en las ciencias y en las artes, el maestro Valencia sobresalió como humanista, escritor, polemista, político, orador académico y parlamentario, diplomático y hombre de estado. Pero más que todo, en el ámbito de la cultura universal es reconocido como el artífice del verso y su nombre brilla como poeta de excelsas cualidades. En Valencia, se ha dicho con razón, el hombre y el poeta, se integran en una síntesis de eminentes virtudes.

Para mejor recordar o conocer la figura hidalga del bardo payanés, nada más indicado que acudir a los valiosos testimonios de aquellos escritores que tuvieron la fortuna de conocerlo personalmente y, lo que es más, disfrutar los dones de su delicada amistad.

Luis María Mora, el célebre Moratín, autor de Los contertulios de la Gruta Simbólica, nos describe a Valencia de este modo:

Cuando llegó a Bogotá Guillermo Valencia (en 1895) parecía como si todos los más cultos centros literarios le hubieran estado esperando. Desde luego atrajo todas las miradas y a todos encantó con su presencia. Era en ese tiempo un joven pálido, delgado, aéreo, sutil, modesto en apariencia, y de una exquisita y espiritual conversación. Es un poquito belfo, como sus antepasados, los cuales, según sus más adictos admiradores, se remontan hasta el rey Alfonso el Sabio. Diole, pues, la naturaleza una fisonomía muy simpática, la suerte le hizo descender de ilustre familia, la fortuna lo convidó con su riqueza y la inspiración le dobló sus dádivas. No conoció el duro luchar en ninguna forma con una estrella adversa a sus propósitos, y desde el principio no tuvo más que escoger entre muchas rutas luminosas y libres de todo peligro la que más le convenía. La Cámara de Representantes le abrió sus puertas antes de haber cumplido los años que la ley exige; fue gobernador del Cauca cuando quiso y la nación lo invistió con carácter diplomático muchas veces.

De una época más reciente data esta apreciación de la prolífica pluma de Benigno Acosta Polo consignada en su denso y analítico estudio titulado La poesía de Guillermo Valencia:

Haber disfrutado, como nosotros, de la amistad de Guillermo Valencia; haberlo tratado personalmente y haber sentido de cerca el misterio que de él emanaba, es positivo regalo de Dios. Verlo, escucharlo en la intimidad o contemplarlo a distancia, era como encontrarse en presencia de una fuerza espiritual dulcemente avasalladora. Fue uno de esos contadísimos varones que en todos los momentos de su vida suelen dar ascendente impresión de grandeza. Ejemplar de pronunciada estampa castellana, a su señorío de hombre de mundo aunaba el de su inteligencia, su oceánica cultura, su agudo ingenio, una fidelísima memoria e intuición de vidente... La voz, el gesto, la frase intencionada y hasta su manera de escuchar cobraban en Valencia significado especial. Cuando guardaba silencio, dijérase que se le oía pensar.

El escritor y poeta Eduardo Castillo, conocedor como pocos de la vida y la obra de Valencia, consignó este juicio en una de sus páginas:

La obra de este poeta se erige con una belleza concisa y acabada al grado que los ácidos de la crítica apenas pueden morder en su metal de altísimos quilates. Pensamiento noble, emoción limpia, dominio de arduas dificultades de la expresión; sus palabras están rendidas absolutamente al deseo de engendrar hermosos poemas. Se dice: es lo óptimo. Estrofas articuladas soberbiamente, versos remachados con rimas admirables, firmes, dorados a fuego. Su lenguaje tiene el brillo de los más ilustres esmaltadores de la lengua castellana. Su sentido de composición y su buen gusto son impecables. José María de Heredia hubiéralo hecho acólito dilecto de sus iniciaciones, lo mismo que los artistas del renacimiento.

Como un anticipo del homenaje que habrá de tributarse a la memoria del autor de Ritos en este año en que se conmemora el centenario de su nacimiento y por cumplirse los treinta años de su desaparición en el presente mes de julio, creemos oportuno reproducir en estas páginas el reportaje autobiográfico que, bajo el título de Guillermo Valencia me dijo, publicó Luis Enrique Osorio en el número 39 de la revista Vida de Bogotá, correspondiente al mes de octubre de 1941. De la lectura de esta página autobiográfica se deduce que ella comprende hasta la época de su primera candidatura presidencial. Como es sabido, la segunda tuvo lugar en el año de 1930.

Cabe anotar que el ilustre payanés también habló de su propia vida en otras ocasiones. Al respecto, tenemos conocimiento de las siguientes entrevistas: con el poeta tolimense Martín Pomala (seudónimo de Jesús Antonio Cruz), que aparece publicada en el número 3 de la revista Renovación de Popayán (abril de 1928); el comienzo de este documento, con expresiones netamente autobiográficas, está reproducido en la antología La poesía en Popayán de José Ignacio Bustamante. Con Camilo Cruz Santos, reproducida en su obra De mi vida inquieta, San José de Costa Rica, editorial Alsina, 1930; con el escritor manizaleño Tomás Calderón, en noviembre de 1940; y con Guillermo Camacho Montoya, la última entrevista concedida por el maestro Valencia, que fue publicada en las páginas literarias de El Siglo de Bogotá, el 19 de diciembre de 1942. En esa oportunidad, Valencia hizo a Camacho Montoya esta manifestación: "Mi mejor discurso es sin duda el que pronuncié en la Quinta de Bolívar. Es un verdadero poema. Dije en prosa lo que no me hubiera atrevido a decir en verso".

Para una mayor ilustración agregamos los siguientes datos que, desde luego, no aparecen en la autobiografía que se reproduce a continuación: fue rector y catedrático de la Universidad del Cauca, institución que le otorgó, en 1922, el título de doctor honoris causa; en mayo del mismo año la Universidad de San Marcos de Lima le confirió igual distinción. Secretario privado del general Rafael Reyes cuando éste desempeñó el Ministerio de Gobierno durante la presidencia de D. Miguel Antonio Caro. En 1906 concurrió a la Tercera Conferencia Panamericana de Rio de Janeiro; en 1922 acudió, como jefe de la delegación colombiana, a la Quinta Conferencia Panamericana reunida en Santiago de Chile y en 1933 asistió, como ministro plenipotenciario, a la conferencia de Rio de Janeiro, efectuada con motivo del conflicto colombo-peruano por cuestión de límites. En 1910 fue elegido numerario de la Academia Colombiana; fue también miembro de número de la Academia Colombiana de Historia. Además, perteneció a numerosas instituciones científicas y literarias del exterior.

Guillermo Valencia falleció en Popayán —la tierra de todos sus afectos sentimentales e intelectuales, "la ciudad callada y bella a la que cantó en versos inmortales"— el día 8 de julio de 1943.

Guillermo Valencia me dijo: Carátula

Al evocar a un hombre, la imaginación nos lo diseña en las actitudes que nos han sido más impresionantes...

Valencia, a quien el cronista conoció cuando una maestra desmirriada pero sentimental le enseñaba, en la escuela primaria, a recitar Las Cigüeñas presentósele ante todo como fotografía de ojos vivaces y mostachos erguidos a la moda del siglo XIX.

Después, muchos años más tarde, cuando llevaba bajo el brazo el Código Civil, y entre sus páginas los primeros devaneos literarios en letra de molde, acudí a las estruendosas manifestaciones que se hicieron al poeta para proclamarlo candidato a la Presidencia de la República... Lo vi ya tal como era, de carne y hueso, delgado y nervioso, vestido de sacolevita, con la melena algo alborotada bajo el sombrero de copa... Pronunciaba discursos ágiles en la metáfora y el corte, rizados por todos los vientos de la cultura humana... Nosotros, impulsados por un anhelo subconsciente de reforma social que aún no entendíamos ni nadie se tomaba el trabajo de explicarnos, le pedíamos a gritos que nos recitara Anarkos...

Más tarde le vimos abrir el portalón hospitalario de Belalcázar, su mansión solariega, enclavada entre los horizontes sinuosos del Valle de Pubenza, donde el ganado blanco busca la sombra de los robledales y se acerca a beber, entre piedrones, las aguas turbias del Cauca mozo y turbulento. Vestía entonces pantalón de montar y saco de cuero... Tal vez llevaba escopeta al hombro y la dejaba en amplios corredores, sonoros a mastín y olorosos a brida, para pasearnos por el salón de sillas arcaicas, cuyos muros casi desaparecían bajo los trofeos literarios.

Años después, el grupo de los leopardos le sacó a un balcón de Barranquilla, cuando agonizaba el régimen conservador. La multitud liberal acudió a escucharle, porque ansiaba conocer y ovacionar al poeta... al poeta que entonces se hallaba agazapado y hasta cohibido tras el gesto de cansancio que imponía la lucha erizada de insultos, de pequeñeces.

Página en blanco

Esta vez, cuando el maestro que me corrigió los primeros versos respira los 68 años, he conocido el más atractivo de sus aspectos psicológicos: el confidencial.

El ambiente, preparado al efecto, carecía de oropeles, de adornos intencionales, de objetos evocadores. El salón de un apartamento moderno, tomado para la jornada de unos pocos días. Muros desnudos, sillas confortables y estandarizadas, mesa de cristal sin un libro, sin un papel siquiera.

Ocho días antes debía haber en el ventanal que mira al parque de la Independencia un letrero que decía: "Se arrienda". Hoy está pegada en la puerta del vestíbulo la tarjeta de Guillermo Valencia.

El maestro sabe que hemos ido a husmear en su vida más con cariño que con ansia, y deja rodar la confidencia con naturalidad exquisita, saboreando recuerdos... La erudición con que él matiza hasta sus charlas familiares se apaga como la luz indirecta de los teatros al empezar el enredo del celuloide...

Sus padres

Cuando murió mi padre, el doctor Joaquín Valencia Quijano, don Sergio Arboleda dijo que el país perdía uno de sus más preclaros jurisconsultos, y el conservatismo su primera cabeza... Era un gran erudito: hablaba varias lenguas vivas y muertas, dominaba las altas matemáticas y amaba la literatura. Fue por varios años parlamentario y desempeñó ministerios en los gobiernos de Mallarino y Ospina Rodríguez.

No era rico, porque la libertad de los esclavos llevó a la bancarrota la industria minera de mis abuelos; y vivíamos, por tanto, con provinciana modestia, en un viejo caserón payanés, de esos genuinamente españoles, ajenos a todo ornamento y mueble superfluo.

Mi madre, Adelaida Castillo, era hija de Bartolomé Castillo, quien vino con su hermano a Colombia en 1823 a pedir apoyo a Bolívar para la independencia de Cuba. El Libertador ofreció iniciar esa nueva epopeya, pero luego manifestó que los Estados Unidos de América se oponían en forma perentoria. No pudiendo entonces regresar a la patria, mi abuelo entró al ejército colombiano, llegó a coronel y fundó un hogar en nuestra tierra... De él heredó mi madre un temperamento emotivo que es quizá el hilo atávico de esta vocación literaria que ha sido la alegría y la cruz de mi vida... La misma sangre corría por las venas de Eduardo Castillo uno de los poetas colombianos que más ha reflejado la emoción en el verso... Tanto a él como a mí, esto nos vino de Cuba.

A tal punto llegaba la emotividad de mi madre, que la vi morir de dolor después de llorar durante un mes la desaparición de una hija...

Esa herencia la pulió mi padre sometiéndola al tamiz del estudio, despertando en mí el amor a los libros, haciéndome vivir desde niño entre los anaqueles de su biblioteca.

La niñez

Era yo el menor de los hermanos varones...

Por allá en las postrimerías de la federación, cuando la figura de Núñez se destacaba en un ciclo de odios políticos, recelos regionales y guerras civiles, tenía yo apenas 10 años y mi padre me sentaba en sus rodillas, después de la comida tempranera, para que oyese leer de sobremesa los autores de su gusto... En estas veladas de familia comencé a abrir la imaginación al verso... Era yo algo enfermizo, y cuando caía a cama, me entretenía esforzándome para convertir en poema los relatos de un libro de aventuras... Asaltando la librería de mi hermano mayor, aprendí de memoria a Espronceda, Núñez de Arce, Bécquer y Quintana... Me impregnó sobre todo, a través de las lecturas familiares, la figura de don Quijote, que era un huésped en mi casa; y con frecuencia oí comentar la leyenda pintoresca de que el hidalgo había muerto en Popayán. Considerábalo como algo de mi raza, de mi ambiente íntimo, y en más de una ocasión su lanza y sus molinos y sus mostachos caídos se enredaron en el desarrollo ilógico de mis sueños.

Por esa época mi madre, para ayudar a llevar la carga doméstica, tomó en arriendo el caserón contiguo y abrió allí un colegio para señoritas, donde seguía la rutina del programa docente entonces en boga —Gramática, Geografía, Catecismo— y trataba a la vez de formar mujeres de hogar enseñando economía doméstica... Al lado de las muchachas ya púberes nos sentamos en aquellos bancos, más como niños mimados que como alumnos regulares, muchos hombres de mi generación. Mi vecino era Tancredo Nannetti.

Pronto, sin embargo la vida había de fruncirme el ceño.

Murió mi madre, quedaron vacíos los amplios salones donde el canto cariñoso de las chicas y la suave reprensión de la maestra me iniciaron en la sabiduría y se me puso en manos de doña Feliciana Lemus para que me enseñara a leer con cierto rigor... Pasé después pocos días en el colegio mixto de don Rafael Zerda y su esposa, y como ese ambiente algo alado no resultara satisfactorio, se me envió a la escuela pública de don Manuel María Luna, el maestro de los Arboleda. Allí aprendí a escribir con un palito sobre mesas cubiertas de arena que se traía del Cauca y hacían las veces de pizarra; y cuando no anduve diestro, conocí el calabozo y la palmeta. Eran los tiempos en que un tal maestro Vélez tenía este letrero en la puerta de su Instituto:

La letra con sangre dentra.

Hacía controversias sobre los distintos temas de estudio, y el vencido tenía que pagar su derrota con una muenda.

Por las noches, después de oír leer los artículos y comentarios de la Regeneración, dormía junto a mi padre... Las sociedades democráticas pasaban por la calle gritando "Abajo los godos", "El partido liberal no muere". Como nuestra familia era conservadora, nos escribían en la fachada frases agresivas con sangre de res... En cierta ocasión un hombre empujó la ventana, rompió las armellas y tiró al piso de nuestra alcoba un puñal ensangrentado.

Cuando mis hermanos obtenían permiso para ir al campo, en cacería de pájaros, tenían que regresar ya de noche, porque estaban expuestos a que les echaran látigo los enemigos políticos.

Yo guardé por mucho tiempo aquel puñal, que me impresionó hondamente y lo llevé conmigo al seminario, donde se me internó para que siguiera estudios académicos... Allí escribí mi primera obra poética: unos tercetos a San Juan Bautista...

Por qué no fue cura

Entré entonces en el molde clásico. Me enseñaron latín y algo de griego, y me aficioné a perseguir el pensamiento de los autores antiguos. Alcancé a recitar en griego algo de Anacreonte, y aquella famosa defensa de San Juan Crisóstomo al eunuco Eutropio, cuando lo arrebató en Bizancio al furor de las turbas. Me aficioné de manera especial a los Padres de la Iglesia... Tertuliano... San Jerónimo... Sentí en latín a Virgilio, Horacio y Ovidio, y también en su idioma original a los clásicos franceses del siglo XVII.

Aquello, sin embargo, no saciaba mi apetito de lectura. Considerando que el horizonte intelectual del seminario era algo estrecho, aprovechaba las salidas para llevar ocultas, entre el forro y el paño de mi vestido las obras más interesantes que hallaba en la biblioteca de mi padre... Voltaire... El Contrato Social de Rousseau... El texto de Tracy, y la tan combatida filosofía de Bentham... Todo aquello lo bebí rabiosamente, mientras en la tribuna del refectorio nos leían a Antonio de Solís y a don José Manuel Groot.

Puede decirse que éste fue mi período de formación mental. Los estudios clásicos me sirvieron para amar la mesura, la claridad, la síntesis y hasta para esforzarme en ser diáfano; pero dentro de ese molde que procuré asimilar, aspiré a poner luego todas las inquietudes del programa intelectual que me fue posible entrever.

No me orienté hacia la carrera eclesiástica, porque desde un principio fui declarado inhábil para el sacerdocio, a causa de mi temperamento rebelde.

Pasé entonces a la Universidad del Cauca a estudiar Derecho, más por necesidad que por afición —¡había visto sufrir tanto a mi padre!—, pero no alcancé a recibir el grado. Recibí apoyo generoso de una figura política que esplendía —el general Rafael Reyes— y gracias a él realicé mi primer sueño dorado: venir a la capital.

La vida de cenáculos literarios

Bogotá era entonces la Santa Fe de los entusiasmos literarios. Se llegaba a sus calles empedradas y sus casonas españolas después de varias jornadas de mula; pero bajo los anchos aleros andaba una juventud que consideraba las letras como una de las más atractivas ocupaciones humanas.

Entonces conocí a mi maestro queridísimo Baldomero Sanín Cano... Haciendo la cuenta, Sanín tiene hoy cerca de 80 años... tendría por entonces 35. Era la figura intelectual más prestigiosa de la ciudad, y el primer erudito. En torno suyo nos reuníamos todos los muchachos ansiosos de saber, cualquiera que fuese el grupo: porque había dos cenáculos que se diferenciaban, tanto por la orientación literaria como por la tonalidad de la vida: el círculo bohemio y alegre de Julio Flórez, Enrique Alvarez Henao, Jorge Pombo y Casimiro de la Barra, y el grupo retraído, al que yo me acercaba, en el que intimé con Víctor M. Londoño, Max Grillo, Aquilino Villegas...

Todos acudíamos, naturalmente, a casa de Sanín, que era nuestra basílica intelectual. Allí el maestro nos informaba sobre las corrientes literarias de Europa y nos abría los ojos a las firmas más prestigiosas del viejo mundo en aquella época: Anatole France, Bourget, Maupassant, Daudet, Emilio Zola; y en el campo de la crítica Taine, Renán, Le Maitre, Saint Beuve... Nos interesaba Macaulay, y de manera especial la maravillosa historia universal de Marius Fontane, el hombre a quien se perdonó la pena de presidio a condición de que terminase esa obra maestra.

Sanín no circunscribía su inquietud a la mentalidad francesa e inglesa, sino que penetraba en ese gran horizonte de pensamiento de los filósofos alemanes. A través de él nos enfrascamos en Nietzsche, y en todos aquellos prestigiosos germánicos del siglo XIX que a su turno habían sido discípulos de la generación de Goethe...

Aquélla fue, sin duda alguna, la época definitiva de mi carrera literaria. Todos ansiábamos producir y superarnos. Las lecturas en casa del maestro, donde se comentaba y pulía la obra de todos nosotros, sin distinción de escuelas ni prevención de grupos, era el estímulo para seguir adelante. De allí salíamos siempre, sedientos de nuevas emociones, a la librería de don Jorge Roa, en busca del autor nuevo que llegaba de Europa. El correo del viejo mundo tenía entonces para nosotros mayor atractivo del que ofrecen hoy los tableros de noticias cablegráficas.

Este ambiente inolvidable explica el que se hubiera producido entonces tanta obra notable en todos los géneros; porque a más del halago de crear una poesía, o una novela, estaba el de sentirse aplaudido y admirado por una muchachada que vivía para el arte y lo consideraba como ocupación de inmortales.

Su obra poética

Antes de venir a Bogotá ya había publicado yo varios poemas; pero casi toda mi obra inicial, todos los versos de Ritos, los escribí en la fiebre de aquellos años de vida bogotana, entre el noventa y seis y el noventa y siete.

Comencé con el soneto Decadencia, seguí con Ovidio en Tome y Las cigüeñas, y después vino el impulso incontenible de creación, estimulado por el aplauso de los círculos y aun por la crítica que provocaban las audacias inusitadas.

Por esos mismos días, en 1897, escribí Anarkos, para recitarlo en un concierto de beneficencia.

La obra de nuestra generación circulaba a la vez en periódicos de todo orden, tan numerosos y variados como reducidos en su tiraje: El Telegrama, de Jerónimo Argáez, decano de los diarios capitalinos, El autonomista, Santo y Seña, La Epoca, Gil Blas, la Revista Gris, de Aguilera y Grillo, Trofeos de Víctor M. Londoño, y El Nuevo Tiempo, El Correo Nacional, que estuve a punto de dirigir a principios del siglo y fue a dar luego a manos del poeta Ismael Enrique Arciniegas.

La publicidad de que entonces se gozaba, aunque muy restringida, porque había de esperarse semanas y meses para que un papel impreso fuera a lomo de mula a toda la República, si acaso iba, nos satisfacía y halagaba mucho más que los grandes tirajes de hoy, porque los pocos lectores, ajenos a otra disciplina que no fuera la lectura de libros y periódicos, eran cálidamente comprensivos.

En esos mismos años ocupé también una curul en el congreso, representando a Cundinamarca, y pronuncié mis primeros discursos.

Viaje a Europa

Terminaba el siglo cuando se me abrió un nuevo horizonte: el viaje a Europa.

El general Reyes, nombrado Ministro de Colombia en París, me llevó consigo como secretario. Hay que pensar lo que eso significaba para una persona como yo, que tenía fiebre de lectura y estudio y que, a pesar del íntimo contacto con Sanín Cano, sólo podía asomarse a la Europa moderna a través de la librería de don Jorge Roa.

Comencé a asimilar cultura con verdadera furia. Quería saber de todo, y en el afán de abarcar cuanto fuese posible perdía la noción del plan. Temeroso de que la oportunidad fuera corta, vivía día y noche en los museos y bibliotecas, oía a todos los catedráticos de la Sorbonne, cualquiera que fuese su materia: ciencias políticas, medicina, helenismo... A veces mi cabeza trataba de estallar. Procuré al mismo tiempo relacionarme con todo lo que había de ilustre en las ciencias y las artes, y penetré en el alma francesa a través de cada uno de sus grandes hombres.

Hasta que un día dejaron de llegar sueldos... al menos los de los secretarios. Había estallado la guerra de los mil días, y el fisco —el de la República del siglo XIX— no estaba para lujos diplomáticos. Tuve que regresar a Colombia.

No encontré ya los cenáculos donde el verso era la primordial preocupación capitalina. Marroquín, el patriarca bucólico de Yerbabuena, era la primera figura en el Gobierno del Estado, firmaba decretos de orden militar y miraba con ojos guiñeantes pero enérgicos las defensas que habían ordenado levantar en las ventanas de Palacio ante una posible caída de la capital en poder de los liberales.

La visión de Europa y la influencia de sus emociones y pensamientos me había elevado mucho quizá sobre las pasiones locales... Pero sentí que el destino me ordenaba un rumbo distinto del que tomé en los últimos años del siglo que quedaba atrás... Sentí lo que se experimenta en la niñez cuando termina el recreo y nos llaman a la tarea árida...

Acepté entonces al señor Marroquín la jefatura civil y militar del Cauca.

El político

Desde entonces —esto hace ya cuarenta y siete años— mi vida tomó un rumbo que casi no ha cambiado. He vivido entre Popayán, la ciudad de mis padres, y Bogotá, la de mis horas de juventud.

Vine al congreso de 1903, una vez firmada la paz que desde entonces no se ha vuelto a interrumpir en Colombia y después he seguido ocupando una curul, con intermitencias que me ha impuesto la salud, o la vida de familia. Aquí he procurado ser legislador, siempre con el deseo de servirle a Colombia por sobre todo afán banderizo. Allá he seguido siendo poeta, y a la vez cazador, ganadero empírico, hombre de hogar.

Desde principios del siglo he sido jefe de mi partido en el Cauca.

En tanto, mi afición literaria ha ido acumulando versos y discursos, no ya con el impulso del año 96, pero en cantidad suficiente para completar un nuevo volumen de poesías y varios tomos oratorios.

El candidato

En 1916, cuando iba a terminar el período presidencial del doctor Concha, mi carrera política llegó a un momento álgido. El conservatismo se hallaba dividido, y yo formaba parte de la disidencia, que sin ir contra el principio básico de unión entre la Iglesia y el Estado, aspiraba a que el presidente de la República fuese nombrado efectivamente por el voto popular.

Los disidentes, que éramos los del grupo histórico, provocamos descontento clerical... Mire usted la circular que pasó el obispo de... a sus párrocos, ordenando que a todo conservador disidente se le negara la absolución, y que sólo se le administraran los sacramentos cuando se arrepintiera de su pecado y firmara una retractación declarando que era lícito que el clero interviniera en la política.

El ex presidente general Ramón González Valencia, que era de los nuestros, se halló en la más difícil situación. Hostilizado en su tierra como un Federico Barbarroja o un Enrique IV de Honstaufen, pero sintiéndose a la vez católico fervoroso, tenía que ensillar su mula y vadear el río Táchira para oír misa y comulgar en un pueblo venezolano.

En cuanto a mí, vivía por entonces una de las épocas más afortunadas de mi vida. Bogotá consideraba como suyo el éxito obtenido por mi obra literaria en toda América y me colmaba de agasajos; y esta gloriola, que no desvinculaba al poeta del político, empezaba a influir en mi prestigio parlamentario.

Ya se esbozaba, como candidato de los nacionalistas, don Marco Fidel Suárez, quien, modestamente temeroso de que yo le perturbase, instigó a Esteban Rodríguez Triana para que me atacara en Gaceta Gráfica, tratando de ridiculizarme... Supe que aquello era obra velada de don Marco, porque Esteban me lo confesó cordialmente dos años después.

Mis relaciones con el señor Suárez se agriaron entonces hasta el punto de que él me solicitó le devolviera los originales de todas las cartas que había escrito...

Regresé a Bogotá, sin embargo, con el deseo de trabajar por la unión del partido y lo hice de buena fe. Pero cuando los históricos pedimos que se rehabilitara al general González Valencia nombrándolo primer designado a la Presidencia de la República, don Marco me ofreció hacerlo y don Jorge Roa, encargado de hacerlo, no lo cumplió.

Entonces, pasados algunos días de plazo, formamos la coalición con el liberalismo.

...Y estoy seguro de que ganamos las elecciones... Cometimos el error de publicar, en un momento de entusiasmo ingenuo, el resultado de las urnas en las principales ciudades del país, y entonces funcionó el fraude. Se enviaron canastadas de papeletas a todos los pueblos, y hubo aldeas de Nariño que contaban con quinientos electores y pusieron tres mil votos...

Comentarios de última página

El maestro Valencia ha hablado hasta la media noche...

Quienes le hemos escuchado en la tribuna, en la plaza pública, en el escenario, podríamos comparar esa reminiscencia con el suave y monótono correr del río Cauca bajo las arboledas del Valle, después de su fragor quebradizo por entre las piedras de las gargantas andinas.

Y como una gran sombra... aquella que suelta la nube pasajera sobre el agua gris en las tardes vallenses, cuando el Cauca lame los panoramas del Risaralda... un silencio discreto vela dos pasajes en la autobiografía del gran hombre.

Nada dice respecto a su segunda candidatura, cuando la división del conservatismo permitió el triunfo plebiscitario de los liberales. Declara apenas, muy prudentemente, que el desacuerdo entre vasquistas y valencistas no era motivado por hondas diferencias ideológicas, sino por puntos de procedimiento administrativo.

Si el recordar la polémica con Suárez aviva en él las aristas del político combativo, la segunda página de la odisea sólo le lleva a expresar un desencanto acre. El hombre cuyo prestigio intelectual llenaba al continente, el dominador de la forma elegante, el captador de emociones sutiles y elevadísimas, viose arrollado entonces por las pequeñeces del odio banderizo. La calumnia se dirigió contra él en todas las formas imaginables y para provocar su derrota se le llegó a acusar hasta de ateísmo.

Como en esa época le atribuyeron sus enemigos una frase maquiavélica —"Esta vez no necesito electores, sino alcaldes"— y como se avivara mi sospecha de que el maestro había llegado a dudar de la fuerza del sufragio y a esperar en el apoyo oficial para emprender en Colombia una obra de cultura y democracia, me atreví a insinuar el tema.

Valencia reaccionó con energía contundente:

Nunca he autorizado ningún fraude, menos contra el sufragio. Testigo el Cauca, donde he ejercido mi jefatura en otros días. Así lo expresé a raíz de mi vencimiento, en 1930, en un telegrama de respuesta al doctor Eduardo Santos, Luis Cano y muchos otros distinguidos políticos: "Si se hubieren hecho fraudes para ayudarme, los repruebo y repudio; si para vencerme, los rechazo e invalido: así lo exigen la ética política y una rudimentaria equidad".

Me moriré sin haber ejecutado, aconsejado o permitido un fraude electoral que estuviese en mis manos evitar. Alguna vez se me exigió la orden para derribar un rudimentario puente de cuerdas sobre el río Cauca, en la región de El Playón, a fin de impedir que los liberales obtuviesen la victoria sobre nosotros sirviéndose de él, porque de otra manera no habrían podido llegar al lugar de las votaciones. Todo fue oír la propuesta y conminar con la acusación inmediata a los proponentes si el caso ocurría. Este y otros muchos antecedentes me obligan a no aceptar dudas sobre mi perenne actitud respecto a la política.

 

Disipada esta sombra, sólo quedaba por despejar el poema de su vida íntima.

Pero no me atreví a insinuar el tema, porque esperé que aquello brotara espontáneamente; y luego pensé en la frase del genio inglés:

To say is to destroy...

To suggest is to create.

Guillermo Valencia, que heredó de su madre una gran emotividad, no ha sido emotivo tan sólo con la pluma; pero la irradiación de aquella matrona procera le ha guiado siempre.

Cuánto sugiere la frase, al parecer trivial, de su relato:

En Popayán he seguido siendo poeta y a la vez cazador, ganadero empírico, hombre de hogar...

Valencia tuvo en el amor, como en los versos que evocan el paisaje de todas las latitudes, su cruz y su alegría. Quizá muchas mujeres ya canosas leerán estas páginas ansiando encontrar la anhelada reminiscencia, siquiera sea vaga, del hombre que las conmovió no sólo con versos...

Mas sin ser un temperamento rutinario, de esos que por falta de savia y fantasía siguen la línea recta, en Valencia triunfó el apego a la sonrisa suave, en realidad nada enigmática de la mujer que inmortalizó Vinci sobre un fondo de tentaciones azuladas, remotas y desvanescentes.

Si un puñal ensangrentado le amedrentó cuando niño, siendo ya hombre debió alarmarle la aventura, y prefirió encerrarse en su valle sereno, cerca a una mujer como su madre, dulcemente prolífica, cuya sombra flota aún en los muros hidalgos de Belalcázar.

Virgilio le enseñó a escribir a través de la Eneida y a vivir a la sombra de las Geórgicas.

Noticias Culturales, Instituto Caro y Cuervo, Nº 150,
Bogotá, 1º de julio de 1973, pp. 2-8.

 

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