La autobiografía en Colombia
Vicente Pérez Silva (compilador)

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Manuel Serrano Blanco

Manuel Serrano Blanco, varón de clara estirpe y buen talento, nació en Zapatoca, departamento de Santander, el 24 de agosto de 1897 y falleció en Bucaramanga el 9 de agosto de 1953. En el curso de su vida sobresalió como penalista, político, periodista, escritor y orador de singulares méritos. Entre los años de 1922 y 1923 acudió a la Asamblea de Santander en cuyo recinto hizo gala de extraordinaria elocuencia al lado de Laureano Gómez, Gabriel Turbay y José Camacho Carreño. Años más tarde llegó, con magníficos atavíos intelectuales, al Senado de la República.

De esta primera asamblea —escribe el propio Serrano Blanco— a la cual hube de concurrir entre asustadizo y audaz, quedan muchos recuerdos y algunas obras. No solamente aquellas que se limitaron al torneo oratorio, que andando los tiempos llegara a ser familiar, así en los tonos encendidos de la arenga demagógica como en la oración de fiestas y galanteos, o en las del parlamento y el foro.

Quienes conocieron y escucharon a Manuel Serrano Blanco afirman que fue ciertamente lo que se llama un verdadero orador; un dominador de auditorios y multitudes, un tribuno de gesto arrogante y elegante, un improvisador de verbo acentuado y melodioso. "Fue la llama de la elocuencia —anota convencido Rafael Ortiz González—, el mago de la improvisación, el ángel del verbo, el arcángel de la palabra iluminada". Y luego agrega: "La mayor parte de la obra de Serrano Blanco, como la de los grandes oradores, quedó escrita en el aire. También en la piedra sorda del Capitolio y en el ámbito mudo de las contiendas forales".

Para apreciar la estampa de Serrano Blanco en toda su dimensión, nada mejor que acudir al testimonio ático y emocionado de su coterráneo, el Dr. Rodolfo García García:

"Serrano Blanco fue un hombre de garra y de pelea a la vez que un puro intelectual y un auténtico humanista. Su palabra encendida en la arenga de la plaza pública alcanzó las mayores alturas, y la emoción desbordada de las muchedumbres fue su compañera inseparable. Siempre en el puesto de mayor peligro, no constituyó ese modelo de jefes que, a cubierto de todo riesgo, aparecen a la hora de la victoria para reclamar los beneficios y recibir los honores, sobre el ensangrentado campo de batalla que no conocieron. De la dura y a veces violenta lucha pasaba con sorprendente facilidad a la escena apasionada del foro, donde su elocuencia sin par se imponía para defender al perseguido y devolver a la vida social plena a quienes habían sido privados, casi siempre con injusticia, de su sagrada libertad. Dominaba el derecho penal y conocía los secretos resortes que mueven la voluntad de los hombres. Su verbo inimitable tenía todas las tonalidades y era en él un poderoso instrumento de convicción. Pasaba del suave murmullo de la voz que parecía acariciar apenas las ideas al iracundo grito de protesta contra una sociedad indiferente e injusta, respondía con maestría y a veces con crueldad la hábil interpelación, envolvía en la magia de su elocuencia la dura verdad inalterable, alcanzaba las mayores alturas para lograr casi el éxtasis de quienes al oírlo ya no eran dueños de su propia voluntad. Tenía en abundancia lo que en el moderno lenguaje se llama el carisma, o sea ese conjunto de poderosas y misteriosas facultades que se reúnen en las almas privilegiadas, ese extraño poder de sugestión, ese admirable imán que atrae inexorablemente aun a las voluntades menos dispuestas a aceptar las fuerzas superiores de la inteligencia. Empinado sobre su propia emoción parecía un hombre venido de otros mundos distantes donde los seres tuvieran poderes desconocidos para los humanos, y de la garganta elocuente brotaban las palabras como un torrente encendido."

Y más adelante el Dr. García García precisa en sus bien logradas páginas de evocación:

"A su labio que fue en veces amargo e irónico asomaba en ocasiones una fina sonrisa de desprecio que se parecía mucho a una sutil venganza. Aquel hombre pálido y elegante, fino y pulcro, diabólico y bondadoso, sutil y refinado, desconcertaba y aturdía. De la altura de sus pensamientos, del mundo fantástico formado por su poderosa inteligencia, bajaba a veces con los picos de su pluma a la gangrena dolorosa de la vida ordinaria, y era implacable."

Como periodista, Serrano Blanco fue fundador y director, por muchos años, de El Deber de Bucaramanga, periódico en el que realizó una prestigiosa e infatigable labor en pro de los intereses de su comarca, a la que amó de modo entrañable, y de su causa política. Fue, así mismo, fundador de la Academia de Historia de Santander. Como escritor de bien forjada pluma, nos dejó las siguientes obras: El libro de la raza (Bucaramanga, l941), Valencia (Bucaramanga, 1945), Las viñas del odio (Bucaramanga, 1949) y La vida es así: confidencias en tono menor (Bucaramanga, 1953). Sobre este último aspecto en la vida de tan eminente colombiano, el historiador D. Juan de Dios Arias dice lo siguiente:

"Serrano Blanco es un escritor a quien con toda propiedad, y en su mejor acepción se le puede aplicar el apelativo de castizo. Nacido en una villa docta y tradicionalista, perteneció a las más auténticas cepas de la raza, por una sangre que ha florecido en vendimias de selecta humanidad. Entregado a serias disciplinas mentales desde su mocedad, se regosta en ese pan ázimo pero vivificante del derecho y de la filosofía. El sabor, la riqueza, el desenfado y la gallardía de su lenguaje son de la más genuina estirpe castellana, de la cantera fabulosa explotada con magnificencia en la época áurea de la literatura española."

El reportaje autobiográfico que se reproduce a continuación lo hemos tomado de la revista Rumbos, Bucaramanga, núm. 4, junio de 1939, y el artículo Maquiavelo, el clero y yo del libro La vida es así que salió a la luz poco antes de la muerte del ilustre santandereano. La firma del personaje que nos ocupa aparece en una carta dirigida al autor de esta nota, el 28 de febrero de 1952.

I. Manuel Serrano Blanco en la intimidad

—Yo soy un gran madrugador, que a las cinco y media de la mañana, cuando apenas empiezan a repartir los diarios locales y la hora trágica de los barrenderos comienza su cancaneo, ya estoy metido en una ducha de agua helada, que tonifica el alma, los músculos y las emociones. Es natural que comenzando tan temprano la jornada, el tiempo me alcance para todo: para informarme de todos los periódicos del país, para saber un poco de noticias extranjeras, para saborear buenos libros, para dialogar con los amigos, para hacer mi tertulia cotidiana en el Café García Rovira de don Eustorgio Ordóñez, para cambiarme diariamente la camisa, para hacerme con delectación el nudo de la corbata, para leer cuatro o cinco libros, para triscar por juzgados y oficinas, para estudiar mis pleitos, cultivar mis caprichos y todo lo que se puede hacer en este mundillo insignificante, pobretón y sencillo.

—Me interesa saber cómo hace usted sus discursos.

—Para ser ingenuo le diré que yo nunca creí ni quise ser orador. Realicé mis estudios de derecho y de literatura en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario durante nueve años de internado, y siendo como fueron condiscípulos míos hombres de tan poderosa inteligencia como Darío Echandía, como Antonio Rocha, como Eduardo Zuleta, como Gonzalo Restrepo, como Lozano y Lozano, como Alejandro Bernate, tengo la vanidad tontarrona de que fui el mejor de los estudiantes, y que en el Rosario no se ha presentado el caso que yo realicé: haber sido declarado fuera de concurso y de examen, excluido, como se dice en el argot pedagógico, en todas las clases de literatura y de universidad. Pero luego la vida me empujó de manera inmisericorde y habiendo obtenido mi grado de doctor en derecho en una edad que para mis circunstancias era precoz, un buen día fui elegido diputado a la Asamblea de Santander y ahí comenzó mi carrera de orador. No supe si en mí existía la musa vociferante de la elocuencia, pero las gentes me oían con agrado y la única cosa que sabía era que de mi garganta fluían las palabras sin una vacilación y sin un tropiezo.

—He logrado —concluye—, en más de quince años, realizar toda clase de oratorias: la literaria, la política, la demagógica, la forense, la diplomática y la parlamentaria.

—Si usted me preguntara —agrega— cuál ha sido para mí el triunfo oratorio que más me ha complacido, le diría que fue el que obtuve sobre José Camacho Carreño, considerado con razón y con justicia como el primero y más grande orador de la república.

—¿Cómo fue ese debate...?

—El escenario fue menos amplio del que en otras ocasiones he tenido, pero se había creado un ambiente de tanta agitación y de tal emoción política siendo yo secretario de Gobierno en la administración García Cadena, estando el partido conservador en los últimos aleteos de su existencia, teniendo a la vista el celebérrimo ocho de junio, la caída de Rengifo, que toda esa cauda de acontecimientos políticos convirtieron la república en un horno de pasiones y de emociones. Camacho Carreño había obtenido en la Cámara de Representantes su más resonante victoria parlamentaria, y como era diputado a la Asamblea de Santander y adversario del gobierno departamental, se dirigió a nosotros en un telegrama campanudo y agresivo, diciendo que nos preparáramos para su feroz acometida, en la cual nos iba a agredir con hacha de sílex. Y agregaba en un tono para mí muy satisfactorio y muy injusto para mis compañeros de gobernación, que al único que le daba beligerancia intelectual era al secretario de la política. El secretario de la política era yo.

—Así planteada la situación —continúa— presenté con Juan Cristóbal Martínez un proyecto de honores a José Vicente Concha que se tradujo en el monumento al gran demócrata que hoy existe en la Plaza de Antonia Santos y que es el único monumento artístico que hoy existe en Bucaramanga. Camacho saltó como una flecha y propuso que el proyecto quedara sobre la mesa, porque en torno de él haría al día siguiente el debate contra mí en forma inmisericorde. Recuerdo, como un episodio gracioso, que horas después, al salir yo del consultorio del médico doctor Luis Ardila Gómez, en donde seguía algún tratamiento insignificante, Camacho, con esa sonrisa maravillosa suya, me preguntó:

—¿De dónde sales y qué haces?

A lo que yo le repliqué:

—Aquí, de donde Ardila Gómez, quien me acaba de aplicar una inyección de estricnina. Así, pues, debes tener buen cuidado, pues si me muerdes la lengua, te vas a envenenar.

...

—El debate se hizo dentro de una grandiosidad que no volverá a ver Bucaramanga en muchos años. Presidía la Asamblea Emilio Pradilla y formaban parte de ella hombres de estampa nacional como Gabriel Turbay, como Juan Cristóbal Martínez, como Carlos V. Rey, como Alejandro Galvis Galvis. Las gentes llenaban no solamente el recinto sino la plaza contigua, y para colmo del dramatismo el piso de madera de uno de los pasillos destinados al público se hundió y sepultó, sin consecuencias fatídicas, a más de cuatrocientos espectadores.

...

—Camacho Carreño comenzó su discurso con palabras de agresiva elocuencia para mí, que yo supe desdibujar con interpelaciones, igualmente feroces, siguiendo ambos como norma insuperable no empequeñecer aquella controversia que habría de pasar a la historia política del país. Durante dos días y dos noches hablamos en turnos seguidos y Camacho comenzó su postrera oración refiriéndose a mí con estas textuales palabras: "Pláceme saludar al gallardo adversario. Cada vez que lo miro me parece que contemplo un lienzo de Vandik...".

...

—Para abreviar estos recuerdos y para no olfatear todavía, sino en otra ocasión, sobre las controversias oratorias del Senado, le contesto su pregunta sobre la manera como facturo mis discursos. Yo no preparo ningún discurso político. Cuando tengo que hablar sobre estos temas, hablo, como decía Julio Holguín, "de lo que dé la olla". Tengo y sufro necesariamente de un nerviosismo, que disimulo valientemente, antes de tomar la palabra y en una época, asaeteado por todos los prejuicios y peligros santanderea-nos, no podía pronunciar yo palabra si no sentía acariciando mis ijares un buen revólver legítimo. Y esto, aunque no hubiera por ninguna parte el menor peligro, en el ambiente más apacible, en medio de caras amigas y de manos cariñosas de aplauso. Pero tan peregrina manía la abandoné desde que en pleno Senado me ocurrió la más extravagante y graciosa comedia que a persona alguna pudiera ocurrirle: se discutía el protocolo de Rio de Janeiro y yo contestaba un discurso de Eduardo Santos, maravilloso y erudito. En el calor de la peroración yo acostumbro moverme y caminar un tanto, a la manera italiana, y en la agitación del discurso y en el movimiento de la acción, en la mitad del hemiciclo de la Cámara de senadores, sentí que por mis extremidades se escurría un cuerpo frío y metálico que no era otra cosa que el malhadado revólver, que salió brincando sobre el tapete escarlata del Senado y fue a depositarse tranquilo a los pies de Eduardo Santos, quien lo recogió y me lo entregó con eufórica sonrisa.

—¿Los del foro?

—Los discursos del foro sobre asuntos de importancia los preparo y los pienso con deleitosa morosidad. Leo lo que encuentro y lo que tengo sobre el tema que se va a discutir, repaso y pienso los casos semejantes, y durante horas y horas tengo pendiente como única preocupación aquel episodio de la vida judicial. Pero nunca tomo un apunte, nunca acuño una frase, nunca pienso la forma de las palabras, la entonación de los períodos, la fonética de la dicción. El día que lo hiciera quedaría mudo, totalmente mudo, como aquel perro de que habla el Evangelio.

—¿Piensa intervenir en la política...?

—Yo tengo para mí que lo único que sé hacer bien en la vida es escribir. No tengo vanidad de orador, vanidad de profesional, ni vanidad de político, porque creo que no realizo el tipo perfecto de esos tres ejemplares. Pero considero que soy o puedo ser un escritor. Regueros Peralta me hablaba recientemente de la necesidad de formar en el país la profesión de escritor, que hoy acaso tan sólo explotan Sanín Cano y Germán Arciniegas. Siendo esto y por ahora casi imposible para mí, me habré de consagrar a mis pequeños pleitos judiciales, porque tengo temperamento de abogado y porque en ellos encuentro la vida de los demás con todas sus pasiones, grandezas y mezquindades, y me gano mi vida y la vida de las personas a quienes amo de manera muy noble y muy honrada. Pero es imposible prescindir de la política en estos medios, en este ambiente socarrón y mansurrón en donde la política es el único espectáculo posible, junto con el cine vespertino, las riñas de gallos y la misa mayor de las nueve de la mañana.

—En Colombia —dice— la política solamente se agita cuando hay unas credenciales de diputados o senadores para jugar en la lotería del manzanillaje electoral. Hay que acabar con ese criterio oportunista y mediocre y llevar la política como una disciplina de la inteligencia, como un ejercicio espiritual, como un método para servir los intereses de la patria y los intereses del partido. Aquí no se puede ser única y exclusivamente político, como en todas las partes del mundo, en donde el político, lo mismo que enseñó el Evangelio, cuando dijo que quien predica el evangelio, viva del evangelio, debiera también repetirse a sí mismo: que quien practica la política viva de la política.

—Yo tengo un conservatismo —anota— muy metido en la inteligencia y en los afectos. Una vez dije aquí en una asamblea que yo era conservador porque había nacido en viernes santo, porque me había ganado todos los premios de religión, metafísica y apologética, y porque sabía demostrar la existencia de Dios por tres sistemas distintos. Y ese conservatismo lo aprendí a rezar y a rezongar desde la más lejana infancia, cuando mi abuela, doña Petronila Plata, una vieja de ojos verdes, me decía que en nuestra familia no había habido ni ladrones ni liberales.

—De manera que...

—Intervendré en la política —dice meditando un poco—. Pero según la enseñanza de Goethe, como las estrellas, sin prisa y sin pausa. Y quiero decirle a usted, que lo sabe también como yo, que esta grandiosa frase que suelen citar algunos políticos de alto y bajo calado no es del presidente del Comité Municipal de Pitalito ni de Bogotá, sino de Goethe, el gran Goethe.

—¿Qué rutas ve para su partido?

—El conservatismo entra ahora en una nueva vida y en una nueva orientación. Va camino de hacerse moderno, de hacerse humano, de hacerse actual, de vestirse mejor, de pensar mejor y de servir mejor. Quienes tenemos una posición grande o chica en el escenario nacional no podemos ni debemos hacernos a la vera del camino para mirar, con sonrisa distraída, lo que está ocurriendo o pueda ocurrir en la orilla opuesta.

—Sus libros predilectos...

—Yo fui un gran devorador de libros. De recién graduado y durante ocho años, toda la ciudad de Bucaramanga me vio leyendo libros sin una distracción, sin una deslealtad, sin una ociosidad para cosas distintas que no fueran mis lecturas. Fue tal mi consagración, que Jaime Barrera Parra, que solía pasar todos los días y todas las noches por frente a mi casa de la carrera séptima, donde hoy se levanta el palacio de la policía departamental, escribió, inspirado en esa actitud mía, una bella nota que se llama El hombre que lee. Así pude adquirir una gran erudición libresca sobre asuntos clásicos y modernos y he logrado adquirir una biblioteca seleccionada que es lo único que ampara mi pobreza franciscana.

—Después en la mareada de la vida, habiendo hecho todo lo que puede hacer un hombre, en la parábola maravillosa de la vida misma, he mantenido una constante fidelidad a los libros, hasta el punto que compañeros míos, inteligencias privilegiadas del país, han tenido muchas veces el olvido para esos compañeros insustituibles del alma, mientras que yo he seguido fiel a ellos, lo mismo que el turco a sus doctrinas. Ahora la literatura se ha comercializado, se ha encarecido. España, que nos mandaba junto con frailes y toreros lo mejor de su espíritu —los libros—, los abandonó, los olvidó para entregarse a matazones imbéciles. Nos quedan tan sólo el libro francés y el libro inglés que siendo como son flor de la inteligencia, en muchas ocasiones no nos llegan al alma, lo mismo que los libros españoles. Y nos quedan los libros americanos, esa literatura americana que ha producido algo tan extraordinariamente bueno como Don Segundo Sombra, como Doña Bárbara, como Canaán, como La Vorágine y que ha producido algo tan extraordinariamente malo como esas matachinadas de la Casa Ercilla y de los editores piratas que han asolado la belleza literaria a mansalva y sobre seguro. Mis lecturas hasta ahora se han visto un tanto anarquizadas porque en la ciudad no se consigue todo lo que uno deseara, a pesar de que en los últimos días Tavera & Cía., J. V. Mogollón y la Librería Voluntad le han dado un nuevo aporte a la cultura comarcana. Nos toca a todos los hombres pobres leer libros baratos, traducciones chambonas, lo mismo que nos toca a todos los hombres pobres viajar en bus o en tranvía, porque no tenemos un automóvil de doce cilindros.

II. Maquiavelo, el clero y yo

"En un libro denso que en estos días leo se cuenta cómo el conde Cagliostro conquistó la Europa entera en las postrimerías del siglo XVIII, desnudando la daga, trazando con su punta virgen un círculo mágico y dando a los vientos estos vocablos: Helión, Melión, Tetragrammatón.

Discípulos del astuto napolitano, unos vicarios, unos párrocos y unos presbíteros de estas tierras se han dado a conquistar el mundo de la política con palabras retumbantes. Y se han lanzado también sobre mí, no con la hoja de labrada empuñadura y finos gavilanes, sino con el mandoble que perdió el jayán en la contienda castellana. A broncos gritos, entre jacarandosos, agresivos y sardónicos, han pretendido atomizar a este renegado, que no les deja cerrar la desvelada pupila.

Fácil es mi posición, porque no hago sino defenderme, y la defensa para mí es trivial, aun cuando ellos se apandillen numerosos y poderosos, contra un ciudadano modestísimo, que, por misericordia de Dios, todavía no ha perdido el uso de la palabra para recibir y devolver la acometida.

Desconocen y vociferan contra un gobierno que dirige un ciudadano que es orgullo de esta tierra. No es extraño, ya que igual desconocimiento hacen en público e iguales vociferaciones lanzan en privado contra monseñor Ismael Perdomo, primera autoridad sagrada de la república.

Se ocupan y preocupan de mi presencia en la Secretaría de Gobierno. Pues bien, yo, según lo dijo el otro, estoy en este cargo como los testigos en los testamentos: llamado y rogado. Y es una declaración que para mis perseguidores eclesiásticos y para todo el mundo hago de una vez para siempre.

Son tantos los cargos, son tan ásperos y oscuros los que el "Manifiesto" formula contra mí, que esta nota, que yo deseara ágil y ligera, habrá de ser soñolienta y mustia como la literatura electorera que la provocó.

Comienzan por decir que ellos son "la brújula celestial que dirige y orienta a las multitudes". La estrella que guió a los reyes de Oriente el camino, la verdad y la vida. Por desgracia esa estrella, esa brújula y ese camino no tienen los suaves deliquios del "poverello" de Asís, ni la serena meditación del Fray Luis de los versos y de las filosofías, ni siquiera la desembarazada alegría del Arcipreste de Hita, ni tampoco el rencor orgulloso y señorial del Canónigo de Swift. Es todo el manifiesto un erizo de odios, de aspereza y de pasión.

Maquiavelo en literatura y en política me dicen. El cargo es muy solemne, pero es también monótono y ridículo. Pobre el filósofo florentino a quien se cita, se denigra y se anatematiza de oídas, sin leerlo y sin comprenderlo. Maquiavelo no hizo otra cosa que escribir sátiras contra los tiranos: los tiranos del espíritu, los de la conciencia y los de la sociedad. Maquiavelo fue un patriota de ardiente corazón, que luchó toda su vida por la unidad de Italia y la expulsión de los extranjeros. Maquiavelo enseñó al Renacimiento muchas cosas, y entre otras el arte de juzgar a ciertos hombres tales cuales son: ambiciosos, utilitaristas, envidiosos, perseguidores y crueles. Esto he aprendido yo del torturante y locuaz amigo del purpurado señor de Borgia.

Pero no está mal traída para nuestro ambiente la cita del autor de El Príncipe que contra mí se hace. Nuestra ciudad, como la Florencia en que vivió el filósofo bajo el poder de los Duces, está habitada por dos clases de hombres: los hombres gordos y los hombres flacos, il popolo grasso e il popolo minuto. Los gordos quieren seguir siéndolo y los flacos pretenden engordar. Es natural que se indignen los que defienden su robusta humanidad, que ven desinflarse momento a momento como balón perforado.

Que yo pedí que se regaran las democracias con sangre. Si la frase fuera verdadera, que no lo es, la explicaría diciendo: "sí, que se bañen con sangre, pero no con la sangre de los buenos, de los que luchan caballerescamente y de los que honradamente trabajan para sí y para sus ideas, sino con la sangre de los malnacidos y de los descastados.

"La hipocondría crónica de mi adversario repite frases que mis labios no pronunciaron; porque tan sólo son concebibles en espíritus de plebeyez ilímite. Es éste un deporte un tanto cínico y dionisiaco, al que tributo el homenaje de mi desdén".

Fue aquélla una pugna desconcertante, en que se olvidaron muchas cosas, y entre ellas el respeto, ya que de lo sagrado llovían injurias y admoniciones, y de lo profano se contestaba en un lenguaje que si tenía la nobleza de los vocablos nobles, también cumplía el mandato del viejo Nebrija, de que la contestación estuviera proporcionada a la enunciación o pregunta.

Acaso de ahí vino cierta leyenda sobre los sentimientos anticlericales del autor, cuando en verdad no tuvo ni tiene sino acatamiento hacia los miembros de la Iglesia, lo mismo sea la figura excelsa del Pontífice que la recatada y acuciosa del cura de aldea. Y es que en esos sentimientos se formó, como que entre gentes de su sangre muchos han vestido el hábito talar; fue educado por un verdadero príncipe de la Iglesia, monseñor Rafael María Carrasquilla, de quien en algún libro se dirá cuánta fue su grandeza y cuál fue su obra; y mantiene excelentes relaciones con la Jerarquía, que en Colombia, olvidados episodios que iluminó equivocadamente la pasión partidista, tiene brillo y prestigio por la pureza de la vida, por las lumbres de la inteligencia, por el patriotismo, y por aquel hálito que imprime su carácter, a la vez divino y humano.

En esta pugna de las candidaturas presidenciales del año 30, desgraciadamente el episcopado se dividió, los unos con Valencia y los otros con Vásquez, y todo reino dividido será vencido. Y en este debate pusieron tal vivacidad y un estilo sápido, que hacía olvidar su carácter sacerdotal, para quemar la túnica de amianto de que habló el señor Suárez. Yo puse en todo ello mi deber oficial de secretario de Gobierno, de dar garantías absolutas, hasta el punto de que en el debate, a lo largo de aquella larga y brava lucha, no hubo arbitrariedad alguna, todos ejercieron sus fueros políticos y el balance de la violencia en todo el departamento, en el proceso preelectoral, electoral y poselectoral fue de una sola herida, que en un encuentro ocurrido en las regiones de "Aguirre", entre los de Valencia y los de Vásquez, sufrió uno de los contendores en leve lesión física. ¡Qué tiempos aquéllos!, suspirará quien los compare con otros.

Y esto demuestra la lealtad a la república, la imparcialidad en la política, el buen ánimo de quienes llevaban su dirección y responsabilidad, y lo injusto de aquella campaña voraz, que mantuvo sus candelas encendidas y atizadas durante varios meses.

Para mí sirvió de experiencia esa actividad gubernamental y esa responsabilidad política. Y toda la tarea, que fue intensa como pocas, la realicé con cierta alacridad, que no me quitaba ni el sueño, ni el apetito, ni la risa y la sonrisa, porque sabía que obraba bien y que el tiempo, que todo lo purifica, como el dolor, habría de otorgarme no sólo la razón sino el premio, como así ocurrió cuando a los pocos meses el conservatismo en masa de mi departamento me aclamó y eligió senador de la república. El único senador que correspondía al partido conservador por Santander.

Los tiempos han corrido apresuradamente, y vistos esos episodios desde esta colina de las lejanías y de la serenidad, aparecen sin nubes, sin opacidades y sin fulgores de hoguera. La vida recobró su curso y los que ayer estuvieron separados por montañas y abismos que parecían insalvables, hoy se unen al amparo de las ideas. Acaso para mañana volver a dispersarse, porque ésa es la natural inconformidad y veleidad de los hombres.

Noticias Culturales, Instituto Caro y Cuervo, Nº 158,
Bogotá, 1º de marzo de 1974, pp. 6-11.

 

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