Juan Gustavo Cobo Borda

Mirándose al espejo
El poeta colombiano se confiesa ante el lector,
remontándose a los orígenes de su poesía

Nací en Bogotá, Colombia, el 10 de otubre de 1948 y he publicado en Bogotá, Caracas, México y Buenos Aires diversas colecciones de poemas y cuatro volúmenes de ensayos. He dirigido, además, desde 1973 hasta junio de 1984, la revista mensual ECO que editaba la Librería Buchholz, de Bogotá. He sido, también, Subdirector de la Biblioteca Nacional de Colombia, Asistente de la Dirección del Instituto Colombiano de Cultura (1975-1983) y desde junio de 1983, Agregado Cultural a la Embajada de Colombia en Argentina.

Siempre he dicho que escribo (y publico) el mismo libro de poemas, cambiándole el título, y es cierto. La última versión de tal avatar se llamó Todos los poemas son santos y apareció en Buenos Aires a fines de 1983. Las anteriores metamorfosis de tal engendro se titulaban: Roncando al sol como una foca en las Galápagos (México, Premia, 1983); Ofrenda en el altar del bolero (Caracas, Monte Avila, 1981); Salón de té (Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura, 1979) y Consejos para sobrevivir (Bogotá, Ediciones La Soga al Cuello, 1974). Esta última editorial era, por supuesto, ficticia: el libro fue hecho con dinero que me prestó mi mujer. Como se ve, las palabras no son inocentes, y la unión de dos de ellas engendra insondables misterios: La Soga al Cuello...

No hago estas precisiones sólo por un prurito bibliográfico. Insinúo, tan solo, que soy un viejo aprendiz de poeta que se siente partícipe de una aventura que, queramos o no, sólo puede ser hispanoamericana. De ahí que mis temas predilectos sean el incumplimiento y el fracaso, la mugre y el deterioro. Todos ellos, claro está, cantados con desenfrenada euforia.

La poesía apenas si tiene que ver con la historia. Es la otra historia. Nace en esa "inmunda tienda de andrajos y osamentas llamada corazón", como la calificó Yeats. Luego se convierte en otra cosa. Gracias a su mediación el mundo se torna claro. Recordamos perfectamente lo que nunca habíamos vivido de ese modo. Las palabras no sustituyen la realidad, pero luego de que la realidad desaparece, sólo ellas la recuerdan. Le dan razón de ser. Solo ellas... y el mundo que parece refutarlas, paso a paso. El mundo, que sin las palabras no sería sino pura nada.

Se ha dicho que mis poemas son irónicos. Recuerdo lo que en 1980 me escribía Rafael Gutiérrez Girardot: "Sólo desde una actitud conservadora es posible el sarcasmo, la burla, el humor". Muecas quizás para disimular el desamparo mis poemas, ahora lo siento, no son más que un largo catálogo de actos de gratitud, de súplica e imprecación. A ciertas mujeres y a ciertos libros; a algunas películas, pescados y vinos. Calles y paisajes. Amigos, más muertos que vivos. A un país que quizás sólo sea honesto querer a distancia y amar con profunda y decantada rabia. Al español, en últimas, único idioma que no ignoro del todo.

Sólo al escribir estos 50 poemas que forman mis obras semi-completas entendí lo que pensaba. Sólo al releerlos supe lo que había pasado. En primer lugar, una ciudad, Bogotá, que era necesario convertir en palabras. Una ciudad que vi cambiar delante de mis propios ojos, derrumbando un pasado honesto en su pobreza y levantando un presente un tanto obsceno en su indecisa pretensión de querer ser moderna. Una ciudad cuya imagen negativa, dada por la "mala prensa" extranjera, es cierta. Inseguridad y violencia, robo y secuestro, niños durmiendo en la calle —lo que se quiera—, pero aun así una ciudad única, en su inconcebible belleza. La oscuridad profunda y verde de sus cerros, la mala leche en el alma, inverosímiles cielos, suspicacia malévola en el sombrío rostro de mestizos desconfiados. Es la nuestra. Una ciudad, además, muy joven, y cada día nueva.

¿Qué libros me han marcado? Como toda mi generación padecí el atractivo de Borges y Cavafis. No me arrepiento: son, ambos dos grandes escritores muy personales. Pero por allí rondan también Los cuadernos de Maltte Lauris Brigge, de Rilke. Nadja y El amor loco, de Breton. El bosque de la noche, de Djuna Barnes. Páginas de Octavio Paz, Alvaro Mutis, Gabriel García Márquez. Un poema de Pablo Neruda: "Las furias y las penas". Un cuento de Onetti: "Bienvenido Bob". Las coplas, de Don Jorge Manrique. Garcilaso... Pero no seamos tan refinados: hace poco, en una antología de la poesía romántico española, redescubrí uno de los primeros poemas que me habían conmovido, siendo muy joven. Se trataba de la "Canción del pirata", de José de Espronceda, descubierta en una enciclopedia infantil: El libro de nuestros hijos. Allí estaba aquel célebre comienzo:

"Con diez cañones por banda,
viento en popa a toda vela,
no corta el mar, sino vuela,
un velero bergantín",
y ese ritornello que no puedo dejar de escuchar, sin emoción:
"Que es mi barco mi tesoro
que es mi Dios la libertad,
mi ley la fuerza y el viento,
mi única patria la mar".

También por las páginas de aquel libro, rojo y gordo, andaba Vicente Aleixandre, con un incandescente poema de amor: "Se querían, sabedlo".

"Se querían de noche, cuando los perros hondos
laten bajo la tierra y los valles se estiran
como lomos arcaicos que se sienten repasados:
caricia, seda, mano, luna que llega y toca".

¿Descubrí allí la poesía? ¿O fue en Lorca? Me gustaría saberlo. Pero la poesía no se daba sólo en la letra impresa. Estaba también en el cine, no en el video. Películas como West Side Story o El Tesoro de la sierra madre pueden ser tan definitivas como cualquier libro. Y el deslumbramiento no concluye: Los siete samurais, El testamento del Dr. Mabuse, La heredera, de William Wyler. Ayer mismo: El espejo, de Tarkovski. ¿A qué seguir? Películas o líneas de Benn, Lowell, o Vladimir Holan, se confunden con lo que de algún modo soy. También, claro está, demasiados libros de ensayos: el de Hugo Friedrich, sobre la lírica moderna; Edmund Wilson y Walter Benjamín. Pero mejor cortemos aquí este catálogo de librería.

Suena horriblemente pretencioso pero, por desgracia, es cierto. ¿La razón? No tuve infancia. Abandoné cualquier posible carrera universitaria —derecho, filosofía, idiomas— por ser gerente de una librería de siete pisos, en pleno centro de Bogotá. Era la librería Buchholz, en la Avenida Jiménez de Quesada con la carrera octava. Sería el año de 1968. Luego, durante ocho años, a partir de 1975, fui editor de 300 títulos en el Instituto Colombiano de Cultura y durante año y medio (influjo de Borges: tenía la sabiduría pero me faltaba la ceguera) subdirector de la Biblioteca Nacional, antes de saborear el amargo caviar del exilio desde esta canonjía diplomática. Como si lo anterior fuera poco, biblio-gráficamente hablando, durante toda esta década, del 73 al 84, dirigí ECO, una muy seria revista literaria que si bien ha publicado a todos los escritores latinoamericanos de valía, su especialidad era, lejos de cualquier broma, eruditos trabajos de ensayistas alemanes. Ante tales circunstancias ¿cómo no incurrir en el vicio de acumular libros, citarlos, e incluso leerlos? Sólo que mis dioses tutelares siguen siendo en realidad otros: Groucho Marx o Isabel Sarli. La risa y la carne. O, como diría Ernest Lubitsch: To be or not to be.

A pesar de tan espurio cosmopolitismo mental siempre vuelvo a Bogotá. Allí me formé, o me deformé, entre un padre que había luchado en la guerra civil española, al lado de Don Manuel Azaña y una madre cuyos primos hermanos, Jorge y Eduardo Zalamea Borda, a quienes no conocí, habían sido ambos conocidos escritores. El primero, excelente traductor de Saint John Perse al español; el segundo, autor de una novela sobre la Guajira —Cuatro años a bordo de mí mismo— y descubridor de ese continente llamado García Márquez. La metáfora, aclaro, no es mía: es del propio García Márquez. Los parricidios hay que iniciarlos temprano.

Tampoco conocí a mi abuelo materno, quien editaba un periódico llamado La gaceta republicana y exportaba orquídeas colombianas a Londres. Así, entre el digno silencio de un exiliado que había perdido la guerra y el orgullo, un tanto resquebrajado, de una familia inteligente venida a menos, inicié mi aprendizaje de lector. Copiando, subrayando lo que leía, creyendo que era mío, me convertí, sin darme cuenta, en escritor.

Colombia, en estos como en aquellos años, semejaba continuar con su bobería sempiterna, en apariencia. No era cierto. La faz oscura de la luna aparecía cada mañana, en los detonantes titulares de los periódicos: muerto Camilo Torres, nuevo asalto guerrillero, escándalos financieros, asesinado Rodrigo Lara por narcotraficantes. Colombia cambió radicalmente en estos últimos quince años, pero como Borges aclaraba con resignación, todas las épocas son de cambios radicales. Al meditar sobre el fenómeno me sorprende nuestra naturalidad ante tales hechos. Nos cubría una costra no de cinismo sino de condescendencia. Las cosas eran así y serían, cada día, peores. Nuestra misión no era cambiar el mundo. Tan sólo conocerlo. Sólo que los rótulos que le aplicaban a tal desastre no terminaban por convencerme, en ningún momento. ¿Violencia política, iniciada en el mismo año en que había nacido -1948? ¿Injusta distribución del ingreso? ¿Tercermundista dependencia? ¿Inflación y deuda externa? ¿Cocaína y guerrilleros?

Quizás entonces, como reacción, buscaba las palabras que estuviesen cargadas de peso. Bolívar, a los 46 años y pesando 40 kilos, había muerto desengañado bajo un árbol de tamarindo. (¡Qué linda la palabra tamarindo! ¡Cuán sana y aromática!). Su testamento, sintetizado en una carta al general Juan José Flores, fechada en Barranquilla el 9 de noviembre de 1830, era demasiado tajante para no encerrar una verdad profunda. Decía así:

"Mi querido general: Ud. sabe que yo he mandado veinte años, y de ellos no he sacado más que pocos resultados ciertos: 1º, la América es ingobernable para nosotros; 2º, el que sirve una revolución ara en el mar; 3º, la única cosa que se puede hacer en América es emigrar; 4º, este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles de todos los colores y razas; 5º, devorados por todos los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignarán conquistarnos; 6º, si fuera posible que una parte del mundo volviera al caos primitivo, éste sería el último período de la América", y concluía: "Ud. verá que todo el mundo va a entregarse al torrente de la demagogia, y ¡desgraciados de los gobiernos!".

Un documento así no podía menos que estremecer a cualquiera. Fui descubriendo entonces la fuerza de vocablos que uniéndose entre sí quedaban vibrando y nos esclarecían la relación entre el hecho y el pensamiento, entre el lenguaje y la tierra. Entre la acción y la conciencia. Que mantenían, intacto, algo del perceptible malestar difuso que dilapidábamos en chistes fáciles. Lo que decía Bolívar no era una broma ni un producto escéptico de su desilusión y su fatiga. Encerraba también una clave para acceder a la historia de América.

Mi asunto, es obvio, no fue la política. Preferí internarme en los terribles laberintos literarios preguntándome todavía cómo un adolescente que jugaba básquet empezó a escribir lo que otros llamaban "versos". Cosas como:

"el búho otea

el cuervo grazna".

Aún me lo pregunto. Sospecho que por no saber bailar y sudarle las manos. Por haber crecido demasiado rápido. Por no hallar dónde esconderse midiendo un metro con noventa y tres centímetros. Por timidez y rechazo. Por intentar llamar la atención y buscar una desesperada forma de diálogo. Por soñar lo que no se debe e imaginarse cosas que no le corresponden. Asombrosamente la poesía las conseguía, pero no en el momento en que él pensaba. Pero los poemas, curiosamente, podían irse releyendo, a medida que se les caían, por sí solas, las hojas falsas. Iban quedando allí, más ajenos que propios. Los recuperábamos, sólo, cuando alguien los citaba. ¿Eran nuestros?

Como toda mi generación puedo parecer un producto norteamericano que se ha vuelto, de golpe, profundamente colombiano. Mi traje de etiqueta son los bluejean y los tenis. Mi diversión mayor: una buena película norteamericana. Pero es cierto, también, que no conozco países como los nuestros con una capacidad tan grande para incorporar, tiñendo con sus colores propios y asimilando con sus potentes jugos gástricos, cualquier influjo extranjero. No sé si como en Caracas las antenas de T.V. acompañan el crecimiento de los barrios de invasión colombiana, carentes de energía eléctrica. Sólo sospecho que para nuestros pueblos la más avanzada tecnología no es una conquista más del hombre en su búsqueda del bienestar aquí en la tierra sino apenas otro renglón más para incorporar al diversificado contrabando. Y está bien que así sea: bajo la luz del trópico, e incluso a 2.600 metros sobre el nivel del mar, cualquier objeto experimenta metamorfosis sorprendentes. Nada se emplea en aquello para lo cual fue hecho pero todo, de algún modo, no es útil para continuar vivos y seguir resistiendo.

Desde hace quince años por lo menos mi amigo José Emilio Pacheco me anuncia el apocalipsis inminente. Ahora lo comprendo: el apocalipsis ya pasó y somos sus sobrevivientes o, por lo menos, el apocalipsis se repite todos los días: basta leer los titulares del periódico. Una agonía tan larga resulta incómoda o por lo menos requiere de la elegancia que tenía la abuela de Borges pidiendo disculpas por morir tan despacio. De ahí que me aburra la queja, primer paso hacia la gruñona complacencia. Si exudamos el rencor nos sentimos aliviados pero, en definitiva, ¿qué queda? Admiro, por ello, las enseñanzas de Pedro Henríquez Ureña: hay que trabajar. Vale incluso más la obra prematura que la inacción. Por ello aspiro a que mis poemas expresen el goce y el encanto, la emotividad honesta y la dicha a flor de piel. Mi perplejidad oblicua y mi furia purificada. Como dice el maestro Obregón: mi oficio es estar inspirado.

Por ello, también, me gusta escribir sobre los libros que amo y denigrar de los que detesto, aun cuando, como me lo recordaba Guillermo Sucre, la lucidez también es errática y cruel. No hay que permitir que ella nos convierta en jueces. Sin embargo, ambos ejercicios —amar y odiar por escrito, razonándolo— agilizan la prosa y vuelven mucho más preciso el gusto. Se aprende a concretar admiraciones y desprecios, tarea tan necesaria en estas tierras yermas y pusilánimes.

De ahí mis cuatro libros de ensayos: La alegría de leer (1976), La tradición de la pobreza (1980), La otra literatura latinoamericana (1982) y Letras de esta América (Bogotá, Universidad Nacional, 1986). De ahí mis inmersiones en el pasado, rescatando y prolongando textos de Baldomero Sanín Cano, Hernando Téllez, Germán Arciniegas. De ahí mis Albumes de poesía colombiana (1980, 1981). De ahí mi Antología de la poesía hispanoamericana (México, Fondo de Cultura Económica, 1985).

Haciéndola, y repasando para ello nuestra tradición inmediata (la que se inicia con Rubén Darío y llega hasta nuestros días) por primera vez me sentí partícipe de una empresa común. De un proyecto si se quiere político, en el buen sentido de la palabra, que trascendía las balcánicas fronteras nacionales. Aquellos poemas que escogía eran, en definitiva, los mismos textos que hubiera querido dejar escritos. Alentaba en ellos una fe crítica y un apasionamiento tan lúcido que hacían pensar en un rico y diversificado continente dialogando consigo mismo y con el mundo. Era una poesía de primer orden, en su excelencia artística.

La poesía nace del silencio y vuelve a él. Al silencio del lector que enriquece con su mirada, esos renglones tan precarios. Por ser lector de poesía me convertí en redactor de algunos poemas. Que se vea en ellos, apenas, un homenaje de admiración a algunos, eso sí, auténticos poetas. A un país, a unas gentes, a una lengua. "Lo mejor de la poesía son los amigos que nos da", decía Raúl Gustavo Aguirre. Eso también es cierto, aun cuando uno de ellos, Alastair Reid, sea el culpale de este strip-tease un tanto obsceno, pedido para acompañar una traducción de poemas míos, vertidos por él al inglés. La poesía, lo dije antes, es un acto de gratitud.

Mirándose al espejo, en Correo de los Andes, Nº 47-48,
Bogotá, octubre-diciembre de 1987, pp. 124-127.

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