Aventuras de un Estudiante
"Para el Mayor Aníbal Angel en prueba de gratitud"
Al entrar en el ancho salón, no percibí en él otra persona, más que el viejo Secretario sentado en un sillón desvencijado y roto, con un trozo de tabaco en la boca y como preocupado en un pensamiento de muchísima importancia.
-Buenas tardes, don Mauro, dije yo al entrar.
-Buenas tardes, don Manuel, me respondió el Secretario, lanzándome
una mirada profunda la cual demostraba como sorpresa o desagrado
por mi presencia inusitada en aquella hora.
Sin dejar de mirarme y sin que él me lo ordenase, tomé un taburete y me senté mirando a la ventana que daba a la calle, un poco corrido de vergüenza al observarle esa actitud y seriedad que nunca hasta entonces le había notado. Entre los dos reinó un silencio profundo. El primero que habló fue él, diciéndome:
-¿Ya pasó el acto público?
-Si, señor.
-¿Estuvo bueno?
-Regularcito, nada más.
-¿Hubo mucha gente?
-Muchísima, ¿usted por qué no asistió?
-Porque creí que no fuera tan pronto y porque he estado muy ocupado
toda la mañana.
El Secretario permaneció otra vez en silencio por algunos momentos, después de los cuales me volvió a interrogar:
-Don Manuel, y usted qué piensa hacer ahora?
-Irme a Medellín, en donde está mi madre y quedarme con ella hasta
tanto que pasen las vacaciones.
-¿Y después?
-Después, lo que Dios quiera.
-Hombre, voy a darle un consejo ¿me lo recibirá usted?
-Según como fuere, don Mauro.
-¿Cuándo piensa irse para Medellín?
-Pasado mañana, lunes.
-Júreme que hará lo que le voy a decir, hombre!
-Diga, don Mauro, que si su consejo me conviene, lo haré de
cualquier modo que sea.
-Usted es aún joven, y el hombre en su edad es capaz de acometer y
realizar cualquier empresa.
-¿Cualquiera, D Mauro?
-Sí, señor, cualquiera, me volvió a repetir en tono grave. el pan
del maestro es un pan amarguísimo, no solo por las decepciones e
ingratitudes que se reciben de los padres del educando y de éste,
que jamás saben avaluar cuánto es el sacrificio que un pobre
maestro hace en su enseñanza, como por parte de nuestro Gobierno,
que no siempre remunera como es debido a tales empleados, y además,
usted siendo Bachiller, es hasta penoso que esté en un pueblo de
estos, enseñando mocosos. Arregle ligero sus cosas y sin decir nada
a nadie, ni aun a su madre, váyase a mañana para Bogotá, y luche
muchísimo allá hasta ver si puede seguir estudiando.
-Don Mauro, pero si no tengo dinero, siquiera para el
viaje.
-¿Cuanto tiene?
-Como unos ochocientos pesos, nada más.
-Puf, hombre! Con eso iría yo cinco veces a Jerusalén desde aquí.
No sea cobarde, que usted no parece ni ser antioqueño, que es la
gente más aventurera que hay, pues donde se le acaben, rebúsquese o
muérase, la cuestión es que se vaya pasado mañana para Bogotá, de
cualquier modo que sea!
En esto entró un hombre en el salón para exponer una demanda, y
el viejo Secretario al dirigirse a su escritorio para atenderlo, me
volvió a mirar diciéndome que pensara en el asunto y que no tenía
porqué vacilar. Salí del salón preocupado por las palabras del
viejo Secretario, y una vez en la calle, me puse reflexionar: que
me vaya pasado mañana para Bogotá, con ochocientos pesos nada más,
como si la capital estuviera desde aquí detrás de la oreja; pero
qué importa, ¿no se van muchos de por aquí con la ruana al hombro
únicamente y siempre no han llegado allá? Y ¿aun no van a partes
más lejanas, y se han muerto de hambre o de frío?.. si que soy
cobarde, bien me lo decía el Secretario!... Pero irme y no
decírselo a mi
madre... qué diablos! ¿en Bogotá también no hay correos y tinta y
papel?... de allá le contaré mi resolución!... empeñaré el baúl
con mis haberes y aumentará más mi capital para poderme ir.
El día precedente al de mi viaje, encontré en la calle un hombre forastero y próximamente de mi misma edad, y quien había ido allí por saludar a una de las maestras, la cual era oriunda de su mismo pueblo y a quien él amaba muchisímo, según yo supe después.
El desconocido luégo que me hubo visto, se me acercó diciéndome:
-Señor, he sabido que usted se va mañana para Medellín,
¿verdad?
-Cierto, señor, y cumpliré sus órdenes con muchísimo gusto.
-Mil gracias, caballero, lo que quiero es hacerle compañía un rato
mañana en el camino.
Di las gracias a ese hombre que acababa de conocer, por la oferta que me hacía y ambos paseamos un rato en la ciudad. Amaneció el lunes, día señalado para mi ausencia, y mientras aguardaba impaciente la bestia que había de conducirme a la Estación de Cisneros, el cielo principió a encapotarse y montones informes de nubes negras lo surcaban en toda dirección. El horizonte fue desapareciendo lentamente hasta que al fin acabó por quedar sepultado en un espantoso caos de negras tinieblas se disolvieron poco después en una lluvia torrencial. Sentado en un rincón del ancho corredor de la casa que me había dado albergue y que ya pronto iba a abandonar, quizá para no volver nunca, oí pisadas de caballos en la calle, corrí y abrí un postigo de la ventana de mi cuarto para ver lo que era, cuando vi al hombre forastero que el día antes se me había mostrado tan jovial y tan fino, que ya se marchaba en compañía de la maestra, talvez sin haberse vuelto a acordar de mí más. ¡Ese es el mundo y eso algunos hombres! me dije con tristeza, cerrando otra vez el postigo, luégo que los hube visto trastornar la última esquina que desde mi aposento se podía ver. Cuando volví al patio interior, encontré la bestia que ya me aguardaba, pero la lluvia no había cesado aún: no obstante me disponía a montar, cuando entró mi amigo chorreando agua.
-Buenos días, caballero, ¿nos vamos?
-Si yo ya lo hacía a usted lejísimos, porque hace mucho rato que lo
vi partir.
-Es que yo lo que prometo lo cumplo; le prometí a usted hacerle
compañía hoy, y aquí me tiene, y juntos hemos de ir a mi casa esta
noche, o mañana, o nunca, porque no lo pienso dejar ya.
Volví de nuevo a deshacerme en gracias y alabanzas para con aquel hombre que tan cortés se mostraba conmigo, pero no sin sospechar algo al notarle en el rostro como mucha inquietud, y ser apenas la segunda vez que lo veía.
Montámos y salímos a galope seguido hasta que unas colinas nos ocultaron el pueblo!... A las once y media llegámos a Cisneros, y al poco rato de estar allí, la campana principió a llamar pasajeros al tren. Inmediatamente devolví la bestia y compré un pasaje hasta Puerto Berrío. Mi amigo me miraba sorprendido porque aún ignoraba mi designio, pero al fin se atrevió a preguntarme:
-¿Que es esto? ¿No me dijo usted que iba para Medellín?
-Sí, señor, pero yo se lo dije ayer, y ya hoy he tomado otra
resolución.
-No vaya usted a cometer un disparate; mire que la maestra y los
suyos quedaron en aguardarnos en la Quiebra para almorzar todos
juntos.
-A mí no me importa la maestra ni su almuerzo, amigo mío; almorzaré
en el puerto a la hora que llegue.
Y diciendo esto, salté al vagón con un atadito en la mano que sólo contenía la cobija y una camisa limpia. Mi amigo viendo que no se trataba de burlas, entregó su caballo a un policial, dándole orden que de alguna manera lo remitiera a Santo Domingo, a casa de su padre, y volando fue y compró un tiquete y vino a sentarse junto a mí.
-Amigo mío, le dije, míra lo que haces, porque mucha mayor
tontería será el que tú me sigas, sin saber todavía a dónde, en
tanto que la maestra te aguarda a almorzar en la Quiebra, y tus
padres en Santo Domingo esta noche.
-Nada de eso me aterroriza, contestó.
El ferrocarril dio un resoplido tremendo, y luégo principió a andar; pocos momentos más tarde Cisneros había desaparecido a nuestra vista.
-Hombre, usted volverá a regresar mañana del puerto, ¿no es
verdad? ¡Qué dirán la maestra y sus padres... que yo lo
sonsaqué!
-No dicen nada; y si dicen, que digan: yo ya no soy hijo de
familia.
-Esa no es razón; los hijos buenos no hacen nunca nada sin
consentimiento de sus padres, y más cuando éstos son buenos, como
supongo que los suyos lo sean.
-¿Y usted a dónde va?
-Todavía no sé, no llevo rumbo fijo.
-¿No se disgustaría usted porque yo le acompañase a cualquier parte
donde fuera?
-Eso jamás, pero sólo lo siento porque no traigo dinero; y supongo
que usted, por venir haciendo un viaje en que quizá nunca había
pensado, tampoco los traiga.
-Bien lo dice: dinero no traigo, voy completamente pelado;
pero no es la primera vez que hago esta clase de excursiones en
iguales circunstancias.
El calor se hacía sentir cada vez más, a medida que íbamos descendiendo, y el tren se detenía a cada momento para tomar pasajeros.
-Qué gentío! ¿quiénes son tantos?
-Son antioqueños, que diariamente emigran a todas las partes del
país y a otras repúblicas.
-Si, los antioqueños somos la raza maldita, la raza judía de
Colombia, que nunca estamos quietos sino andando, para acá y para
allá, y sólo es raro cualquier rincón del mundo en donde no se
hallen.
-Y lo mejor es que gozamos de mucha fama en todas partes.
-¿Si? y de qué?
-De todo lo imaginable: de aventureros, de cacos, de navajeros,
etc., etc.
-No es tan bravo el león como le pintan, y las gentes vulgares, que
son las más, en todas las épocas y en todas partes suelen juzgar
una región y a veces una nación entera por lo que es un grupo
insignificante de individuos de esa misma región o país.
-Así es.
Nosotros no volvimos a hablar más por mucho rato, y mientras tanto yo observaba atentamente aquel hacinamiento de gentes de todas las edades, y sexos que cantaban, reían y charlaban sin pensar talvez la mayor parte de ellos, que atrás quedaban muchos seres amados que ya dejaban quizá para no volverlos a ver nunca.
Ah! Antioquia mía, pensé yo viendo aquella gente al parecer tan alegre; muchos de tus hijos, así como tus arroyos, han visto la luz primera en tus montañas, pero tanto los unos como los otros las abandonan para ir a buscar refugio a otras partes muy lejos de ti, Antioquia amada!...
A las seis y media se detuvo el tren. Ya estamos en el puerto, fue la voz común de todos los viajeros. Una nube de muchachos invadió los vagones del ferrocarril buscando equipajes para llevarlos al hotel; y el río Magdalena, la arteria de Colombia, se deslizaba perezoso y sin hacer ruido, a corta distancia de nuestros pies.
-Amigo mío, y ahora?
-Ahora vamos a solicitar al maestro de aquí, que es un grande amigo
de mi padre, y puede ser que él nos proporcione modo de pasar la
noche.
El señor Benjamín Posada, maestro del lugar, estaba jugando con
otros amigos en una lujosa cantina. Me le avoqué, y después de
hacerle un corto pero eficacísimo discurso, se despidió de sus
compañeros y nos llevó a la escuela, en donde él, en compañía de
otro, se refugiaba también durante la noche. Luégo que nos hubo
arreglado dos lechos, lo mejor que le fue posible, nos condujo a su
asistencia. Ambos lo seguíamos detrás, y mi amigo al disimulo me
hincaba la uña en las nalgas, como dando pruebas de grandísima
alegría por lo bien que nos había salido nuestra primera
entrada.
En el Puerto quedamos cinco días con el señor Posada, durante los cuales mi compañero y yo habíamos convenido en subir o bajar, según que el primer buque que asomara, subiese o bajase, pero felizmente (y es como lo he juzgado yo), un violento pitazo nos anunció la llegada de un vapor en el Puerto, que iba con rumbo a la Dorada, zarpámos en él según lo convenido, y al otro día a las 7 de la noche desembarcámos en este otro puerto, que no es más que un pequeño grupo de casas infelices, pobladas por gentes enclenques y enfermizas, pero que desde allí arranca el ferrocarril que conduce hasta Beltrán pasando por Honda. Al día siguiente, a las 9 de la mañana, tomámos el tren y a las 2 de la tarde llegámos a Honda, a Honda, la ciudad de Colombia y la única en el mundo, en donde, según la expresión de un paisano mío, las gallinas ponen los huevos fritos, aunque no me pareció tánto. Al otro día, a las 7, volvimos a tomar el ferrocarril, y a las 12 llegámos a Beltrán, y mientras desembarcábamos, un buquecito lanzaba pitazos en el Puerto llamando pasajeros. Mi amigo fue ligero y compró dos tiquetes de tercera, y media hora después, estábamos a bordo del Gualí, que así llamaba el vaporcito. Al principio, los dos permanecimos en la bodega, sentados sobre unas cajas de jabón, y allí se nos acercó un hombre, en cuyo traje mostraba ser algo más que esos infelices negros encargados de cargar y descargar el buque en los puertos, el cual dirigiéndose a mí, me dijo:
-¿Qué pasaje trae usted, señor?
-Pasaje de tercera, caballero.
Pues le hago saber, tanto a usted como a su compañero, que Girardot está lejos, y que hasta mañana en la tarde no llegaremos allá, y los viajeros de tercera, no tienen alimentación en este buque, así es que si no trajo...
Con los ojos hice una señal de sorpresa a mi amigo, el, que palideció un poco, y el hombre subió las escaleras rápidamente.
-¿Qué diablos hacemos ahora? me dijo mi amigo con angustia, en tanto que el buque por la mitad del rio, iba ascendiendo lentamente.
¿Qué vamos a hacer? Aguantarla, que estamos cogidos.
-Cuánto dinero queda?
-Ciento diez y nueve pesos, nada más.
Cargué sobre mis hombros el atado de la cobija, le dije a mi
compañero que me siguiera, y ambos empezámos a ascender las
escaleras por donde poco antes habíamos visto subir al hombre que
nos trajo la fatídica noticia.
-Ustedes no pueden subir aquí, señores, porque son de tercera,
me dijo un espantoso negro apenas hube asomado la cabeza en el
salón.
-Tú eres el que no puedes estar aquí, sirviente arrastrado, le
respondí con ánimo resuelto, al notar trataba de impedirme el que
siguiera adelante, pero sin hacer más caso a sus palabras, me entré
en un camarote que creí sería la vivienda del Capitán.
Aquí había varios hombres que estaban revisando los pasajes.
-¿Cuál dé los señores aquí presentes es el Capitán? dije yo
dirigiéndome al grupo.
-A sus órdenes, joven, dijo un hombre de regular edad, dando un
paso hacia mí y alargándome mano.
-¿Con quién tengo el honor de tratar?
-Con Osvaldo Abello, un servidor suyo.
-Un millón de gracias, señor Abello. ¿Tendria usted la amabilidad
de oírme unas pocas palabras aqui afuera?
- Con muchísimo gusto, joven, dijo el Capitán, saliendo tras de mí
y yendo ambos a detenernos junto a la baranda de la parte delantera
del buque.
Una vez recostados contra la baranda, el Capitán miró hacia abajo, fingiendo distraerse con las olas tumultuosas del río, que iban a azotar con furia los peñascos de la orilla, al mismo tiempo que yo hacia un triste bosquejo de mi vida y le exponía la causa que había motivado mi viaje en aquellas circunstancias.
Luégo que creí haber dicho lo bastante para obtener lo que deseaba, permanecí en silencio, y entonces el Capitán se volvió a retirar a su oficina diciendo:
-Hombre, por Dios, eso sí que está malo, malo, malo!...
Me quedé en aquel mismo sitio, todo confuso por no haber obtenido una respuesta decisiva, y volví a mirar hacia el lado de las escaleras. Allí estaba mi amigo, con su gorra en la mano, y como muy apenado también. Me preguntó con los ojos la respuesta del Capitán, pero yo me encogí de hombros y seguí mirando la ribera, que siempre cambiaba de aspecto a medida que el buque avanzaba.
Estando así sumido en una abstracción horrible, sentí una suave palmada en las espaldas, volví a mirar y vi un muchacho de vestido blanco, que me dijo:
-Vea, señor, que tenga la bondad de pasar al comedor con su
compañero.
-Mil gracias, hombre, te agradezco mucho.
En el comedor se sirvieron rápidamente dos lujosos puestos (pues todos los demás pasajeros habían almorzado ya), los que fueron ocupados inmediatamente por mi compañero y yo. Cuando estábamos comiendo, el criado que poco antes se había mostrando intranquilo por nuestra presencia allí, corrió al Capitán y le dijo:
-Mi Capitán! ¿quién habrá autorizado a ese muchacho negro y a su compañero para que se sienten a la mesa?
El Capitán al oír esto, salió rápidamente a la puerta de su camarote y desde ella se puso a mirarme fijamente. Al cruzarse nuestras miradas, yo temblé de horror porque creí haber sido engañado por el muchacho del vestido blanco, y ya me había puesto de pie, cuando me hizo señas con la mano, que permaneciera sentado, y se volvió a entrar sonriendo apaciblemente. Desde ese momento mi amigo y yo fuimos atendidos como pasajeros de primera, hasta el día siguiente a las doce y cuarto en que el Guali se detuvo al frente de Girardot. Mi amigo y yo, después de haber estrechado tiernamente la mano al Capitán Abello y al Contador don Miguel Lafauri, descendimos a la playa.
Era domingo, y yo antes de irme al hotel fui a oír la santa misa, que un sacerdote español, compañero de viaje, celebró apenas hubimos entrado en la ciudad. Terminada la santa misa, nos fuimos a refugiar al hotel Ricaurte. Al otro día muy temprano partió el tren par Bogotá, pero nosotros no nos pudimos venir en él.
Todas las gestiones que hice el mismo día de la salida del tren por abandonar pronto la ciudad con mi amigo, fueron inútiles; sabía, sin embargo, que un antioqueño, Luis F. Osorio, era el Gerente de esa Empresa, y que tal vez él pudiera facilitar los dos pasajes, pero desgraciadamete no se encontraba por entonces en la ciudad, y el jefe de tráfico, el bogotano , Alejandro Osorio que quedó haciendo sus veces durante su ausencia, al hablarle me dijo que él no podía darle pasajes sino a presos políticos o a personajes de mucha dignidad, pero que a tipos cualesquiera, no; sin embargo me aconsejó que pusiera un telegrama a Luis quien se hallaba en la capital, a ver qué me contestaba. Logré obtener que él mismo me lo pusiera gratis por el hilo de la Empresa; pero al dictárselo al empleado, le hizo una señal con el ojo contrario al del lado mío, lo que hizo comprender al telegrafista que sólo se trataba de una mera salida del señor Osorio para conmigo. Al despedirme me mandó volver al día siguiente para cerciorarme del resultado.
A las seis de la tarde del otro día volví, seguro de la negativa, y al preguntarle si habían contestado me dijo que no, pero que volviera al día siguiente a la misma hora para ver qué había habido.
Sin decirle una palabra más me salí a la parte de afuera porque ya estaba cerrando las puertas de la oficina para irse a comer, y aguardé su regreso, sentado en un banco que había en un rincón. A las ocho volvió a entrar, y al salirle al encuentro, me dijo:
-Hace mucho tiempo que yo lo hacía durmiendo hombre.
-En tales circunstancias como en las que estamos aquí mi compañero
y yo, es imposible dormir, señor Osorio.
-Volvamos entonces a poner otro telegrama a ver si por fin
contestan algo.
Nos dirigimos juntos a la telegrafía, pero una vez allí le dije:
-Es en vano, señor Osorio, poner otro telegrama como el primero,
porque no lo contestarán nunca.
-¿Por qué?
El hombre me miró fijamente con alguna sorpresa, y sin decir una palabra se volvió a su escritorio. Allí le seguí yo, y mientras él en su mismo silencio hojeaba un cuaderno, yo le principié a hacer una arenga tál, que sin dejarme terminar tomó la pluma y en un papel limpio escribió:
- "Señor Conductor del ferrocarril de Girardot-Presente.
- Los señores Manuel Baena y... tendrán pasaje libre en ese ferrocarril hasta Facatativá.
- Alejandro Osorio"
Me alargó el papel y yo le estreché la mano con efusión, me volvió a mirar fijamente por algunos instantes y me dijo:
-Que lleve viaje muy feliz, hombre!...
Cuando eran las seis de la mañana del día siguiente al en que había recibido la orden para el Conductor, los vagones principiaron a ser ocupados por los viajeros de tal manera, que a las siete todos los puestos de todos los carros estaban completamente llenos.
La locomotora principió a pitar y a dar unos resoplidos espantosos; después empezó a deslizarse lentamente; después fue apresurando un poco más, y después acabó por perderse en la llanura, tan rápida como un rayo, pitando horriblemente, lanzando chispas en todas direcciones, bocanadas tremendas de humo negro y resoplando aún con un ruido feroz.
-Pareciera que volviéramos para Antioquía, pues. Girardot va
quedando al Sur, me dijo mi amigo.
-Sí, pero es que parece, nada más, le contesté yo.
Los viajeros a cada momento hablaban menos, y acabaron al fin por guardar un silencio sepulcral. Entonces me volví a acordar de mis queridísimas montañas en donde, tres individuos únicamente, forman una algazara tremenda.
Hacía un día propio del mes de diciembre, y a una hora que no recuerdo bien, el tren se detuvo en San Javier. Qué impresión causa San Javier en el espíritu de los viajeros que, como yo, por primera vez lo conocen! Aquí hay una casita dentro de un jardín, con un ancho corredor lleno de mesitas limpias y bien aderezadas, en cuyas cimas humean sazonados platos servidos por gallardas muchachas, y puestos allí para satisfacer el vientre de los viajeros (pero pagando), aun los más exigentes; allí hay otras casitas y como anexas a la primera, si mal no me acuerdo, con sus puertas abiertas y mostrando en sus salitas enormes bateas repletas de papas o turmas, como también las he oído llamar, gallinas casi enteras, con las patas entre el buche, sobrebarriga, chicha por mundos, y en fin, unas verdaderas bodas de Camacho. Allá se lanza el pueblo, es decir, aquellos cuyo bolsillo no les permite concurrir a las mesitas, y una vez aquí, formando un ruido semejante al del huracán que barre el mundo, con una papa en una mano y una presa de gallina o de sobrebarriga en la otra, principian a engullir ligero por miedo de que los deje el tren. Más allá, y como un nido de condores suspendido de un peñasco, La Mesa, en un ramal de la cordillera oriental, que sólo conserva recuerdos de lo que fue en otro tiempo, cuando Girardot y su ferrocarril no habían absorbido su comercio y su vida.
Un silbo agudo hiere los oídos, y todos saltan a sus puestos. El monstruo comienza a moverse lentamente, y momentos más tarde, llenando de pasmo y admiración a los que en su seno encierra, principia describir a curvas, a desandar lo andado, a mostrar allá arriba y casi en línea perpendicular, el camino por donde tiene que pasar; y después, allá abajo, el camino por donde pasó ya, y así, andando unas veces para adelante, otras para atrás, y bufando y resoplar horriblemente como fiera herida, se remonta desde las playas de la arteria de Colombia hasta la hermosa Sabana dé Bogotá, en la cima de la cordillera oriental.
A las seis y media de la tarde llegamos a Facatativá, y aquí fue
el llanto y el crujir de dientes para mi compañero y yo: el frío se
hacía sentir con todo
rigor; el pasaje ya había surtido sus efectos y solo nos quedaban
tres pesos papel moneda, sume del todo imposible para responder a
nuestras necesidades en una población en donde no conocíamos a
nadie. Llamé un muchacho y le dije:
-Tóma estos tres pesos y condúceme inmediatamente a la
Alcaldía.
-La Alcaldía a esta hora ya está cerrada, y yo no sé a dónde viva
el Alcalde, señor, pero si quiere, le mostraré dónde es la oficina,
siquiera.
Nosotros seguimos al chino, y otro ferrocarril continuó hasta Bogotá el viaje que había sido empezado por el de Girardot. Al voltear una esquina, descubrí entre las sombras a dos hombres que caminaban en sentido opuesto al nuéstro.
-Aquí tienen la Alcaldía, dijo el chino deteniéndose junto a una
puerta, y ahí tienen al señor Alcalde y a su Secretario, continuó
el niño, mostrándonos a los dos hombres que acababan de
llegar.
-A sus órdenes, señores, dijo el Alcalde, buscándome la cara que
competía con las tinieblas reinantes ya, mientras que sin dar
tregua a más empecé en presencia de todos a hacer un ligero
bosquejo de nuestra situación actual, y tanto, que de él dependía
nuestra suerte en aquella noche. Aún no había terminado cuando el
señor Alcalde, cuyo nombre desgraciadamente no he podido recordar,
volviéndose a su Secretario le dijo:
-¿Cuál será el mejor hotel de aquí?
-Yo creo que el Libertador, contestó el Secretario.
-Pues allá con ellos.
Y sin entrar a la oficina principiámos a andar cuadras y a voltear esquinas hasta que llegámos al dicho hotel. El señor Alcalde, llamando a la administradora le dijo:
-Aquí le traigo estos muchachos, asístamelos lo mejor que le sea posible; en primer lugar me les da una buena cena, porque según creo, no han comido nada en todo el día. Satisfaga su deseo en todo cuanto quieran, que la cuenta correrá de mi parte.
Dicho esto, el Alcalde y su Secretario se volvieron a salir después de haberse despedido de nosotros amigablemente, y la señora administradora cumplió fielmente la orden que le había sido dada.
Al día siguiente pude proporcionarme algún dinero para pagar los gastos que habíamos contraído en el hotel; al medio día recorrí la ciudad, y luégo después fui a visitar las piedras de Tunja, llevado por la curiosidad de todo lo que de ellas había oído decir, pero que para mí no son más que piedras a las que el pueblo sencillo atribuye multitud de anécdotas. Al caer de la tarde, tomámos el último tren que nos había de conducir definitivamente a Bogotá. Cuán encantador es un viaje en tren desde Facatativá a Bogotá, en una tarde de verano! La inmensa Sabana cubierta a uno y otro lado de la vía, por ganados lozanos, los cuales al oír y ver la locomotora, el espantoso monstruo inexplicable para ellos, corren en distintas direcciones haciendo mil piruetas; el grande hacinamiento de las gentes paseantes que en los cuatro paraderos intermedios recoge el tren para conducirles otra vez a la ciudad, y que al disponerse a tomar puestos, lo hacen empujándose, riendo, charlando y haciendo un ruido de demonios; los últimos rayos del sol de la tarde que al penetrar oblicuamente al través de los cristales de los carros van a herir el ojo del viajero que por primera vez contempla el hermoso panorama, y en fin, en fin el trepidar horrendo de la feroz locomotora que no corre sino vuela por llegar.
A las 5 se detuvo el tren. Estamos pues en Bogotá, me dije interiormente, y luégo descendiendo atravesámos por entre la multitud y vinimos a pararnos al pie de un árbol, junto a las estatuas de Colón e Isabel.
-Amigo mío, ¿qué dinero queda?
-Veintisiete pesos, nada más.
-¿Nada más?
-Nada más.
-¿Por dónde cogemos?
-¿Ah, yo no sé!, me respondió lanzando un profundísimo
suspiro.
-No desconfiéis nunca de la divina Providencia, amigo mío, cuyo
soplo sostiene todo cuanto existe y nada perece sin ser su
voluntad; para Bogotá veníamos, en Bogotá estamos, ¿qué temer,
pues? Estas palabras animaron a mi amigo y ambos principiámos, a
avanzar por el ancho y hermoso camellón de la Avenida Colón, o la
calle 13. Al llegar a la Plaza de San Victorino, encontrámos un
Oficial de infantería, quien en otro tiempo había conocido a mi
compañero en Medellín, le preguntámos, y él nos aconsejó un
hotelito de ventanas verdes situado al frente del Pabellón de
Carnes. En el hotelito de las ventanas verdes, tomámos sopa y
chocolate, y luégo después fuimos a buscar refugio al Restaurante
de la calle 9.ª, que también está al frente de dicho Pabellón.
Amaneció el viernes, la consecución pronta de un empleo en la ciudad, es cosa muy difícil por hábil que sea el solicitante, a causa de la aglomeración de las muchas personas, que a diario acuden de otras regiones del país en busca de empleos. Nuestra situación a cada momento empeoraba más; yo entonces volví a traer a la memoria el Alcalde de Facatativá en la tremenda noche de nuestra llegada a esa ciudad.
Un día, cansado de sostener una lucha espantosa cuyo término yo no alcanzaba a bislumbrar, tomé el diploma de bachiller, lo envolví en un papel, y sin decir nada, volé a la alcaldía. Cuando llegué era ya la hora en que todos los empleados abandonan sus oficinas para irse a almorzar. Al entrar en el despacho del Secretario, penetró tras de mi un hombre esbelto, robusto y como muy precipitado en todos sus movimientos, se juntó a otro que había de pie en medio del salón, y al preguntar yo cuál de los dos era el Alcalde, el hombre de movimientos rápidos se avanzó hacia mí, mirándome fijamente, y arrebatándome el envoltorio de papeles de entre las manos, me dijo: "Haber, usted trae ahí memorial, o qué es la cosa." Sin aguardar mi respuesta, desató el envoltorio, leyó el diploma y volviéndome a mirar exclamó: Bueno, ¿y qué es lo que quiere usted con esto? Yo que ya llevaba estudiado lo que le había de decir, se lo dije en menos de nada, añadiendo, además, la causa que había motivado mi viaje. Cuando di por terminado mi discurso, el Alcalde miró al otro hombre, que jamás pronunció una palabra, y le dijo en alta voz: Ajá, eso si está mejor; y dirigiéndose a mí, me dijo que lo siguiera junto con su Secretario. Salimos y principiámos a andar por la calle de Florián, en seguida descendimos por otra, y vinimos a detenernos al pie de un almacén.
-En dónde está su papá? Preguntó el Alcalde al único joven que
había allí.
-Aún no ha regresado del viaje que hace, señor.
-Entonces cuando venga, digale que yo le traje aquí un muchacho que
piensa estudiar, y que según se le ve, es un muchacho honrado, y
por ahora usted me va a prestar su escritorio y un papel. El
Alcalde se sentó y después de haberme hecho algunas preguntas,
escribió:
- "Señor Administrador del Restaurante de la Calle 9.ª
- Tenga usted la bondad de darles a los señores Manuel Baena y ......., la dormida y los alimentos hasta nueva orden, que yo responderé después.
Manuel M. Mallarino."
Cuando entregué la carta al administrador, la leyó varias veces, y en seguida, dirigiéndose a otro que estaba junto, le dijo:
-Qué le parece a usted!... orita que me fui yo a confiar de los antioqueños, que son más condenados que el diablo.
Yo ardía de cólera al verme insultado con todos los míos por un hombre que a mi no me conocía, y hasta pensé defender nuestro honor por la blasfemia inferida, cuando el hombre que había sido interpelado por el administrador dijo:
-Esa firma sí es la del Alcalde diaquí porque yo la conozco
mucho.
-Para mí también es, respondió un tercero que se había acercado al
grupo.
-Eh, a todo se arriesga! dijo el administrador, mandándome seguir
al comédor.
Cinco días después, una tarde que estábamos comiendo, el administrador se acercó a nosotros y nos dijo que hasta esa tarde nada más, había sido efectiva la orden del señor Alcalde. La noche se venia ya, corrí otra vez donde el señor Mallarino, y éste le volvió a escribir:
- "Déles hasta mañana al desayuno.
Manuel M. Mallarino."
Mientras que la primera orden del señor Alcalde nos proporcionaba alimento y dormida en el Restaurante de la calle novena, yo no había estado un momento ocioso, pues ya había hecho mil gestiones distintas, todas ellas sin ningún resultado risueño, y ya maldecía al viejo Secretario cuyo consejo, a mi modo de pensar, era la principal causa que me había traído hasta la horrible postración en que me hallaba, cuando concebí un proyecto de cuya realización, según yo, dependía el único medio que tenía para volver a mi pueblo. Fui pues otra vez donde el señor Alcalde, y al manifestarle mi pensamiento me dio una carta cuyo contenido era:
- "El Alcalde de Bogotá
- CERTIFICA:
- Que los señores Manuel Baena y .......vinieron a esta ciudad procedentes de Antioquia, con magníficas recomendaciones, con el anhelo de continuar sus estudios y coronar una carrera.
- Que después de grandes sacrificios logró colocarse con los RR. PP. Salesianos el señor ......., quedando su compañero sin recurso alguno y en la necesidad de volverse a su casa.
- Que es necesario para el señor Baena cubrir las acreencias que tiene por gastos de alimentación durante el tiempo que ha permanecido en Bogotá.
- Por tal motivo, el Alcalde se permite suplicar a la colonia antioqueña se digne tomar en consideración la apremiante situación en que está colocado el señor Manuel Baena y estudiar la manera de apoyarlo, si no para que él logre su anhelo, a lo menos para que pueda volverse, después de cubrir las deudas de alimentación que se vio precisado a adquirir. Esto debe hacerse cuanto antes para no agravar su difícil situación.
- Bogotá, enero........
- Manuel M. Mallarino."
La carta del señor Alcalde había sido firmada poco después por los señores.
Marco Fidel Suárez, Jesús Restrepo, Joaquín Angel, Marcelino Uribe A., Luis Eduardo Villegas, Luis María Isaza, Domingo Alvarez, Marco Antonio Isaza, José Antonio Villegas, Julio Grillo, Guillermo González, Luis Bernardo Gómez, Emiliano Isaza, Esteban Jaramillo, Marco A. Restrepo, Pedro L Barreto (cundinamarqués), Tomás Sanín, Mariano Restrepo, Francisco Ortiz, Santiago Restrepo, Jorge Alvarez, Alfonso Arango (que Dios Nuestro Señor tenga en su santísima paz), un grupo de estudiantes bogotanos, Pablo E. Vásquez, Antonio José Cadavid, Ramón Lince, Ricardo Jaramillo, Benjamín Palacio Uribe, Jorge Mercado y Ramón J. Cardona.
Yo podía vivir cómodamente en Bogotá algunos meses con las cuotas que produjo la carta del señor Alcalde, mas no viendo brillar ningún horizonte que me fuera propicio, determiné regresar a mis montañas; y con el fin de hacer menos costoso mi viaje, quise ir a la Dirección de la Policía Nacional para conseguir un pasaje con el Director de dicho cuerpo, Gabriel González, a quien no conocía aún. Por estar éste ausente de la oficina ese día, le hablé al Subdirector, Guillermo, y después de grandes súplicas Logré el que me diera medio pasaporte hasta Girardot, con el carácter de Agente en comisión. Recibí el pasaje y lo guardé en la cartera, se pasaron varios días, pero yo no me atrevía a abandonar la ciudad.
