Una mañana volví a la Dirección, y al entrar me fui a sentar en un sofá de los varios que para este uso hay en la oficina de la Subdirección. Dicha oficina estaba atestada de agentes y particulares, quienes entraban y salían, hablaban todos a un tiempo como mujeres, volvían a entrar y retornaban a salir de nuevo. Yo miraba sus movimientos desde mi asiento sin darme cuenta de qué fuera, y algo así como ensimismado, cuando entró en medio del bochinche un hombre alto y delgado, de no mucha edad, casi joven todavía. Estaba en cabeza y con las manos puestas entre los bolsillos, y al notar que yo estaba sentado se volvió a mirarme con mirada salvaje y ceño adusto, diciéndome en alta voz:

-¿Y usted por qué no se pone de pie y saluda? ¿no sabe que quien entra es el Director de la Policía?

A estas voces la multitud se quedó suspensa y fijó sus miradas en mí y en el Director, quien continuó diciendo:

-¿A usted no se le dio aquí un pasaporte para que se fuera? ¿qué es que no se se ha ido?

Miraba en silencio al hombre que acababa de conocer y que ya me insultaba, mientras que muchos agentes allí presentes aplaudían con sonrisa satánica el proceder infame de su Jefe Gabriel González. instantáneamente me puse de pie y salí de esa maldita oficina profiriendo un juramento. Sí, un juramento aunque no de venganza, pues el modo de proceder el Director era la suerte que en mi vía escabrosa me mostraba ese día un hombre más, y un hombre de esos que al chupar y chupar como la sanguijuela del Gobierno de mi pobre país, se hacen orgullosos y cometen abusos que cuando están a solas les pesa....! Sí, les pesa porque al cabo son hombres, y a todos los hombres les taladra la conciencia cuando han hecho el mal; la forma en que sea, no importa.

Una vez que andaba con un amigo sabedor de mi desgracia, nos encontrámos con un señor de nombre
Juan Ignacio Restrepo, quien tenía algunas relaciones con mi acompañante, y a insinuaciones de éste, el señor Restrepo me dio en el mismo almacén en donde el señor Mallarino me diera la primera orden para el administrador del Restaurante de la Calle Novena, una tarjetica para Pedro María Carreño, Ministro de Gobierno en ese entonces. El contenido de la tarjetica era éste:

"Te recomiendo al joven antioqueño Manuel Baena, joven muy distinguido en su conducta, y ojalá lo oigas en lo que él quiera solicitar de ti." Como desconfiaba de la negativa que me pudiera dar dicho Ministro, así como de las tantas que por consejo de varias personas. había tenido del primer magistrado del país, Carlos E. Restrepo, al enviarle tarjeticas y carticas y en las que por Dios le pedía audiencia por unos cuantos minutos sin obtener más que una misma respuesta en todas, y que como yo creo, eran contestadas según la voluntad de un empleado externo que en una simple tarjeta sellada con el sello presidencial, ponía cualquier cosa, sin que la tal carta o tarjeta llegase jamás a su verdadero destino; por esto resolví guardar la recomendación del señor Restrepo como cosa de ninguna importancia para mí; y también porque las veces que había ido, no había logrado tener audiencia. De las varias veces que había hablado al señor Ministro de Obras Públicas, doctor Simón Araújo, sólo obtenía como respuesta de sus labios ésta: ahora no hay absolutamente qué hacer, pero no deje de estar viniendo, que si resulta algo yo lo tendré presente. Estas palabras, como todo el mundo sabe, son comunes en todos los empleados de alto rango para desembarazarse de las muchas solicitudes que a diario les son hechas; mas yo entreveía en el gesto del Señor Ministro, algo de sincero y de esperanza cierta, y al salir de su despacho, le oprimía la mano sonriendo; y le decía: Está muy bien, Su Señoría, aguardaremos, pues.

Para ser admitido a la Facultad que deseaba, era necesario como condición indispensable presentar el grado de bachiller, refrendado por el Ministerio de Instrucción Pública. Con este fin fui un día a dicho Ministerio, pero con el primero que encontré fue con Benjamín Uribe, Subsecretario del Ministro de ese Ramo, quien al leer el diploma que le presenté, exclamó lanzándome una mirada de demonio al través de sus anteojos: Este diploma no es suyo! y llamando un empleado, le dijo que preguntara inmediatamente a Medellín si era cierto que yo había obtenido legítimamente ese diploma en la Universidad de allá. Al otro día contestó el Secretario de la Universidad de Antioquia afirmativamente y el dicho cartón fue refrendado, llevando para eterno recuerdo mío la odiosa firma de Benjamín. Pocos días después, yo logré colarme al Ministerio de Gobierno: Pedro M. Carreño estaba ocupadísimo con varios caballeros, pero al verme se me vino ligero preguntándome que le expusiera la causa que me había hecho entrar allí. Mi asunto es un poco largo, Su Señoría, dije yo, y por eso aguardaré un poco a que se desocupe algo más. El culto caballero me alargó un asiento y se volvió a despedir a los otros señores, después de lo cual se acercó otra vez a mi.

Lo primero que hice fue presentarle la tarjeta del señor Restrepo, y después de leerla muchas veces y mirarme más, llamó a un empleado, mandándole luégo que vino, que me escribiera dos cartas, lo mejor posible, la una para el doctor Borda Tanco, Rector de la Escuela de Ingeniería, y la otra para Benjamín Uribe, Subsecretario del Ministro de Instrucción Pública, que él las firmaría después. Luégo que me despedí del fino Ministro, me dijo que bregaría mucho por hacer algo en mi favor y que iba a ir personalmente a hablar por mí ante los dos señores a quienes iban dirigidas las cartas. Dos días más tarde yo fui a llevar la carta al Dr. Borda y en la cual el Ministro le decía:

Señor Doctor Alberto Borda Tanco.-Presente.
Muy estimado Doctor Borda:
El joven Manuel Baena, que hizo su bachillerato en la Universidad de Antioquia, desea continuar sus estudios en la Escuela de Ingeniería, pero debido a su difícil situación pecuniaria, tropezaría con inconvenientes para su matrícula.
Mucho le agradeceré la atención que usted se sirva prestarle, y la recomendación al señor Ministro de Instrucción Pública, la que a mi vez le haré por mi parte.
Soy su afectísimo, servidor y amigo,
                                                                                                                                            Pedro M. Carreño.

Después que hube entregado esta carta al señor Doctor Borda, fui a llevar la de Benjamín, cuyo contenido era:

«Bogotá, enero 28.
Señor Benjamín Uribe, Subsecretario del Ministerio de Instrucción Pública, -Presente
Muy estimado Doctor Uribe:
El señor Manuel Baena, portador de la presente, hizo sus estudios de bachillerato en la Universidad de Antioquia, tiene la intencion de presentar su examen para obtener el puesto en la Facultad de Ingeniería, y como sus recursos no le permiten su permanencia en Bogotá, lo recomiendo a usted con el interés de que pueda conseguir un puesto que le facilite subvenir a sus gastos y poder así continuar sus estudios. El señor Baena posee buenas recomendaciones.
Su afectísimo, servidor y amigo,
                                                                                                                                                                            Pedro M.ª Carreño.

Al llegar, me detuve en la puerta de la oficina de Benjamín, porque éste con otros señores, examinaban a unas muchachas, no se para qué; también había algunas señoras. Mientras yo observaba atentamente a todas las personas allí presentes, el Subsecretario, sin saber cómo, ni cómo nó, vino a pasar junto a mi, y entonces le alargué la carta que tenía en la mano, a este movimiento, todos los presentes nos miraron y guardaron silencio. Tomó la carta y se puso a leerla en silencio, pero aún no la había terminado cuando exclamo rugiendo como un loco furioso: El Ministro lo que me pide aquí es que yo le dé una colocación a usted, yo no tengo aquí colocación que darle, pero vea si quiere que yo o alguno de los empleados aquí presentes quiere hacer renuncia de su puesto para cederselo a usted, pero yo no tengo aquí puesto que darle, y diciendo esto, hizo la carta mil pedazos y la arrojó al canasto de la basura, volviéndose después a su primitivo puesto.

Los circunstantes nos miraban con sorpresa: a él porque abusaba de un derecho que no tiene ningún hombre, el ser grosero; a mi, porque lo miraba sonriendo y sin desplegar los labios como un idiota.

Perdida, pues, toda esperanza, no me quedaba otro recurso que volver al lado de mi madre. La mañana que precedía a la en que había de poner por obra mi determinación, fui a sentarme debajo de un árbol, en el parque de los Mártires o huerta de Jaimes como tambien se llama. A mi frente y al pie de una puertecita baja, se paseaba un soldado con un fusil en el hombro, mas adentro en una especie de zaguancito, charlaban otros. Me levanté de mi sitio y fui al centinela, le ordené que llamase al oficial de guardia, y venido éste, le principié a interrogar.

-Qué es esto?
-El cuartel de Artillería.
-Bajo las órdenes de quién está?
-Del General Rafael Urdaneta.
-En dónde se le puede hallar?
-Ahora está aquí dentro.
-Me pudiera usted hacer el favor de anunciarme a él?
-Con mucho gusto.

El soldado desapareció rápidamente de mi vista y pocos momentos más tarde Volvió a venir, dando orden a la guardia que me dejara seguir. La guardia me hizo campo, y el soldado me condujo al través de un patio espacioso, a un cuartico pequeño. Cumplida su orden, mi general, dijo el soldado poniéndose firme, a un hombre cuyo cinto sostenía una enorme espada y que estaba sentado en la mitad de la salita leyendo un periódico. En un rincón del mismo aposento, estaba otro hombre vestido de particular y agachado sobre un escritorio, como escribiendo algo; más lejos, pero en la parte de afuera, estaba otro, envuelto en un gran mantón negro, arreglando unas maticas. Por todas partes reinaba el reposo. Después que hube saludado y sin aguardar a más nada, entregué al hombre de la espada la carta del señor Alcalde. La leyó detenidamente y después que hubo acabado exclamó, escarmenándose todos los bolsillos: Qué demonios hago yo ahora, si me cojiste más pelado que el diablo, qué vaina!... Los otros dos seguían preocupados en sus oficios respectivos, sin apercibirse de nada. En tanto que el General continuaba escarbándose y refunfuñando, yo le hice un ligero discurso de mi situación y del proyecto que tenía de volverme, por ya serme del todo imposible permanecer más tiempo en la ciudad. Al terminar mi relato, el General llamó al hombre del mantón negro, diciéndole: González!

-Firmes, mi General.
-Usted me le puede dar desayuno, almuerzo y comida a este muchacho, a partir de hoy?
-Si usted lo ordena, mi General, si.
-Entonces déle y hágalo conocer de la guardia para que lo dejen estar entrando a buscar sus alimentos.

Dicho esto, González y yo fuimos a la cocina. El hombre del rincón, continuó aún escribiendo sin apercibirse de nada, y el General, como antes, leyendo su periódico.

Diez días después de mi salida del cuartel, bajaba una tarde por el costado sur de la Avenida Colón, cuando pasó rozando mis vestidos un jovencito vestido de cadete, iba a paso ligero, pero esto no obstó para que yo le hablase acerca del régimen interno y de los superiores de su plantel. Me respondió que ambas cosas eran buenas, pero que si quería detalles más circunstanciados, me podría hablar con el Subdirector de la Escuela, D. Aníbal Angel. Dicho esto, el cadete desapareció rápidamente, sin que yo lograse preguntar su nombre, el que ignoro hasta el día de hoy.

Al otro día fui a la puerta de la Escuela Militar, y a medida que hacía preguntas al portero en averiguación del Mayor, demudaba el rostro dando señales manifiestas de muchísimo disgusto. Me mandó ir a la Escuela Superior de Guerra, pero en ésta se me dijo que en todo el día no se había dejado ver. Otra vez en la calle, pasó cerca a mí un hombre alto, de tez morena y bien proporcionado; de su cintura pendía un largo sable y su cuerpo lo cubría una capa, también larga, de color castaño. Caminaba a grandes botes y miraba al suelo. Era el Mayor Angel, pero yo no lo había visto nunca.

Vuelto donde el primer portero, me preguntó si lo había encontrado, y al contestarle que no, me dijo:
Vea, ese señor que pasó junto a usted, es, métale carrera. Desaparecí como el rayo tras el hombre que volaba también calle abajo. Mientras lo seguía, juzgaba descortés el llamarlo para tratarle un asunto que de ninguna manera le podría convenir, y además, caminaba tan ligero..., pero decidirme de una vez de esa nueva aventura, sería lo mejor, y así pues, me resolví a llamarlo. Si usted me quiere tratar algo, dijo, se tiene que venir al pie mío, porque no me puedo detener un solo instante. Ambos volábamos en alas del viento, y así, lo mejor que pude, le hice una breve narración de lo que pretendía de él, quien me respondió luégo que hube terminado, que para dar crédito a mis palabras, era necesario que le presentara una famosa carta del propio puño de mi Rector, para él a su vez, mostrársela al Coronel Montero, y ver si así se me podía conseguir algo, pero que la cosa la creía muy difícil. Me dijo también que si conseguía la carta, lo aguardase ese mismo día, a las 2 de la tarde, en la puerta de la Escuela. Volví a mi Escuela, y después de adquirir la dicha carta, tal como el Mayor me lo había ordenado, se la fui a llevar a su propia casa, y vine a aguardarlo a la hora convenida, a la puerta de la Escuela Militar. Las horas se sucedían unas a otras sin darse tregua un solo instante, pero el Mayor no parecía. Ya me iba a ir desilusionado de la respuesta de mi carta, cuando asomó, y al verme que todavía aguardaba, me hizo señas de que me le acercase. Bueno, me dijo, se le ha conseguido aquello, pero sólo le advierto que su manejo ha de ser ejemplar y que nuestras comidas son sanas y abundantes, pero son preparadas como para comunidad numerosa, en que nunca es posible obtenerlas con la finura que es de desearse. Luégo que hubo acabado de hablar, se entró rápidamente al interior del edificio.

Era la segunda vez que yo vela al Mayor Angel, pero observé en su semblante una desazón e incomodidad tales, que al menos que no fuera ese su modo de pensé yo, alguna pena profunda roía su alma. Y fue, en efecto, como lo supe después, que la despiadada muerte había segado ese mismo día, la vida a una de las prendas más queridas de su corazón, a uno de sus hijos. Por esto lo he absuelto una y mil veces después, cuando la memoria me trae el recuerdo de la carrera, que para manifestarle mi desgracia me hizo dar.

Al poco rato de entrado el Mayor, salió un hombrecito pequeño, de aire festivo y bien pergueñado. Tenía anteojos negros, y aunque me miraba mucho y hablaba más con todos los que estaban allí, yo no podía biografiarlo bien en mi imaginación sobresaltada Se entraba y volvía a salir; reía, charlaba y me seguía mirando. Quién diablos será este mico con figura de hombre, me dije, luégo que lo hube observado bien y aunque estaba con el alma llena de tristeza, esto no obstó para que de vez en cuando me echara a reir cuando decía alguna gracia buena. De pronto se deshizo de sus amigos, se avanzó a donde estaba, y cogiéndome del brazo izquierdo, dijo: Cuando el caballero quiera comer, no tiene más sino hacerme una señita. Le di las gracias, y él sin soltar aún mi mano me introdujo en el plantel. Me condujo al través de un bello patio, de un pasadizo y de otro patio más pequeño que el primero, a un cuartico donde había una mesa desnuda. Me hizo sentar y mientras un criado servía activamente varias fuentes, él arreglaba, activamente también, un puesto. Cuando el puesto estuvo terminado y los platos servidos, me hizo acercar a comer; se sentó a mi lado, y a medida que iba devorando, él me iba diciendo que jamás fuera a creer ni un momento siquiera, que yo iría a estar humillado allí, pues tanto el Coronel como el Mayor, eran el tipo de los caballeros perfectos, y que por parte de ellos (los empleados), se pondrían a mis órdenes para ofrecerme cuanto estuviera a sus alcances. El hombre que así me hablaba, era el ciudadano bogotano, D. Enrique García. Yo de nuevo le volví a dar mis más expresivas gracias, y de quien antes me hubiera formado una idea muy contraria, ahora ya le amaba con delirio, y empezaba a mirarlo como un antiguo familiar. Cuando me despedí de él, ya era muy tarde, salí a la calle, y dando infinitas gracias a Dios, autor de todo bién, encaminé mis pasos al Restaurante de la calle 9 en donde me quedaba aún.

A la una de la tarde del día siguiente volví al Ministerio de Obras Públicas. Cuando iba en la primera Calle de Florián encontré con un hombre que ya conocía, me dijo cómo el Director de las Obras Nacionales era antioqueño, y que tal vez él al saber algo de mi historia podría hacer mucho en mi favor. Sabedor de esta noticia, quise ya más bien encontrarme con el señor Director que con el señor Ministro, pues a éste no siempre podía hablar las veces que quería sino las que él me daba audiencia, que no eran muchas. Al penetrar en la Dirección se me dijo que el señor Director no había llegado aún, por lo cual yo determiné ir a aguardar su regreso por el lado de las oficinas de correos. Aguardaba con el pecho arrecostado a la baranda del balcón, cuando al poco rato de estar allí, se detuvieron a corta distancia de mi sitio, dos hombres que trataban acaloradamente un asunto de maderas. Yo aguardaba y aguardaba al hombre que en toda mi vida no había visto nunca, y los dos señores alegaban y alegaban el asunto de maderas. A mi lado vino a pasar un sujeto, y al preguntarle muy quedo sí él conocía al doctor del Corral, y si acaso lo había visto entrar ya, se me acercó mucho. mucho para decirme:

-Vea, de esos dos caballeros que están hablando allí, el que tiene la espalda vuelta hacia nosotros, ese es.

El desconocido se alejó y yo quedé observando al señor Director, no se me fuera a desaparecer sin darme cuenta. Cuando los dos negociantes en maderas se estrecharon las manos para decirse adiós, yo me acerqué al señor Director.

-Haber, amigo, me dijo con voz grave, lo que usted quiera decirme, venga dígamelo aquí adentro por que estoy más cansado que el diablo.

Nos colámos juntos en la oficina, cerrando él tras de mí la puerta con pestillo. Se sentó y a mí me hizo que me sentara a su frente, mandándome después que desembolsara todo lo que le quería decir. Todo el tiempo que duró mi relato (que no fue mucho), el doctor del Corral acariciaba su perilla con la mano derecha, y me miraba fijamente sin pronunciar palabra. Cuando creí haber dicho lo necesario guardé silencio, y entonces el señor Director poniéndose de pie, exclamó:

-Hijue los demonios, hombre, esto si que está bien malo, yo no veo nada absolutamente qué ponerlo a hacer. Si no tenemos nada ahora porque todos los puestos están ocupados...

A medida que hacía una pausa, yo le hacia mil conjeturas distintas, y temblaba de horror al ver que ya movía los labios para decirme cerradamente "no hay qué darle.," cuando abriendo la puerta contraria a aquella por donde habíamos entrado, principió a cruzar por una especie de corredor cubierto y ocupado por oficinas, hasta que fue a sentarse al lado de un hombre de cabeza calva aunque no muy viejo, de conversación tranquila y suave mirada. Yo le había seguido detrás hasta allí.

-Doctor Gómez, qué infiernos hacemos con este muchacho, está estudiando, pero es más pobre quel diablo, y es hasta paisano, qué le parece. ¿Qué hacemos, ah?
-Pues yo no sé doctor; hacerlo figurar en las listas sin estar asignado a alguna parte, es imposible y yo no veo el modo.
-Qué hacemos, qué será lo que hacemos, ah?

Observaba atentamente a aquellos dos hombres, de cuyo sí dependía parte de mi suerte, pero de un modo especial miraba al doctor del Corral, en cuyo rostro leía el afán que se daba por hallar un hueco en donde meterme, según decía él. Se levantó rápidamente de su asiento, diciendo:

-Mientras usted piensa algo, doctor, voy yo a hablarle al señor Ministro. Salió, y el doctor Gómez quedó en la misma posición que tenía antes el doctor del Corral cuando oía mi historia.

El señor Director entró de nuevo y al volver a ocupar el mismo puesto de antes, exclamó: Haber, Ud. qué ha pensado? Pues a mí me parece que mientras resulta algo, lo podríamos poner como vigilante de los parques.

-No, lo que vamos a hacer con él, es lo siguiente: aquel viejecito Aguilar que ha estado de vigilante en el Cuartel Bolívar, pero que ya no puede asistir a causa de su enfermedad, a mi me parece que puede ser reemplazado por el señor Baena, y en tal caso, lo que hacemos es: partir el sueldo del viejo General, para dar la mitad a cada uno, y si más tarde el viejo se muere, pues nada tiene de raro, le damos todo ese sueldito a Baena. ¿Qué dice de esto, Dr. Gómez? La proposición del señor Director fue bondadosamente acogida por el doctor Gómez y cuatro días después (el 5 de mayo), había yo principiado a ganar sesenta centavos por día, que era lo que correspondía justamente a la mitad del sueldo del viejo General, que pocos meses después había descendido a la sima del sepulcro, pero la promesa hecha por el señor Director todavía no se ha cumplido; mas, sea de ello lo que fuere, mi agradecimiento es inmenso, pues por este medio me he podido sostener, aunque muy económicamente, en la fe que prometí al viejo Secretario el día que dije adiós a mis nativas montañas.

Los días se fueron deslizando uno a uno, y yo asistía siempre a mi escuela, hasta el 24 de noviembre, en que los cadetes de la Escuela Militar se fueron a Anolaima a hacer su campaña acostumbrada de finalización de año, y yo me vine a buscar refugio al Dormitorio de San Vicente de Paúl, del que pocos días antes había sido nombrado celador, y una vez aquí, después que he dictado la clase que me fue encomendada, y cuando ya todos los niños se han quedado dormidos, yo he resuelto hurtar algunas horas a las acostumbradas de mi sueño, para al. son de sus suaves ronquidos dedicarme a escribir estas líneas, que he encabezado con el mote de Aventuras de un Estudiante, que, a decir la verdad, no son más que un ligero bosquejo de la historia completa de mi vida, y que por estar ya para empezar el nuevo año escolar, dejo aquí para ir otra vez a acometer la ruda tarea del Colegio, en tanto que mi madre, mi amadísima madre, autora de mi existencia, allá en las lejanas breñas de la hermosa y jamás olvidada Antioquia, orará por mí al buen Dios y a su santísima Madre, para que ellos me conserven sano y me ayuden a vencer en la empresa que he acometido.

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