CAPITULO VI
ROSA SIN ESPINAS

Eran las once del dia cuando el coronel salió de su pieza de estudio, llamando á Rosa, á quien encontró en la sala. Parada cerca de la ventana que daba á la calle, tenia un pié sobre el poyo, el otro en el piso de la sala, y el cuerpo reclinado contra la ventana, buscando mejor luz, seguramente, para un delicado y tenue tejido de hilo que estaba haciendo. Tan absorta estaba en su tejido ó en sus pensamientos, que no sintió que su padre la llamaba, hasta que no estuvo dentro de la sala.

—Rosa, te buscaba, le dijo: tenemos que hablar.

—Hablemos, padre, contestó sonriendo.

—Cuántos años tienes ya?

—Diez y siete bien cumplidos.

—Buena edad para ser feliz. Pero hace dias que te encuentro muy variada. Estás triste!

—Yo? porqué he de estarlo papá? dijo Rosa, y prendiendo la aguja en la costura, cruzó las manos y las reclinó sobre el pecho de su padre.

—Eso es lo que vamos á saber ahora mismo.

—Y ahora mismo porqué? añadió Rosa alzando su preciosa cara y sus ojos de limpia mirada á su padre, que se sonrió.

—Conque tenemos amores, eh?

—Dios mio! amores con quién? dijo asustada.

—Parece que no pensamos sino en . ...

—En quién, papá?

—Vamos: yo pensaba gastar disimulo; pero no puedo andarme por las ramas. Qué te parece Antonio Córdova?

Una oleada de sangre cubrió de púrpura el rostro de Rosa, pero en el mismo instante se quedó pálida hasta el extremo de que sus labios purpurinos parecian de marfil, y bajó los ojos y se puso á sollozar, apoyando la cara contra el pecho del coronel.

—Vamos, dijo éste. Es que no quieres á Antonio? Tanto mejor para mí y tanto peor para él.

—Si yo . . . si yo . . . no hablo nada con ese señor.

—Lo sé, lo sé; pero lo amas?

—Pero si . . . si él no piensa en tal cosa . . . ni yo tampoco! ...

—Vamos! no hay que andarse por las ramas. Ese señor estuvo aquí hará una hora, y con mil cortesías me ha dicho que te adora, y que me pide permiso para decírtelo. Qué le decimos?

Rosa rompió en llanto. Se le revelaba á un tiempo la causa de la profunda variacion que hacia meses sentia sin saber qué nombre darle: amaba á Antonio y ahora sabia que era amada! Un bienestar indecible, pero lleno de turbacion, la oprimia. Por otra parte, la presencia de su padre la avergonzaba. Tal vez á solas hubiera sufrido ménos y llorado mas.

—Qué le decimos? tomó á preguntar con masculina y desmañada impertinencia el coronel, que jamas se andaba por las ramas.

—Nada, papá. No le diga nada.

—Pero, criatura, algo se le ha de decir aunque sea no. Le decimos que no?

—No, papá.

—Le decimos que venga a decirte que te adora?

—No, no, papá.

—Esto no tiene piés ni cabeza. mes! mes! mes entró apresuradamente al oir la voz de su padre, y palideció al ver á Rosa llorando y abrazada del coronel:  grupo hubiera sido trágico sino fuera por una sonrisa socarrona que esclarecia el rostro del coronel.

—Qué es, papá! Rosa, qué tienes?

—Una desgracia que merece llorarse toda la vida, dijo él sonriendo. Figúrate que Antonio Córdova se me apareció esta mañana, y me pidió dos cosas, el permiso de decirle á Rosa que la adoraba, y la licencia de hablar con el cura si ella se dejaba adorar. Se lo digo á esta niña, y me dice llorando que no le dé ninguna respuesta. Eso no puede ser!

—Papá, papá, usted quiere que andemos como militares. Quena usted que al punto le dijera Rosa que venga Antonio con el cura?

—Pero, en fin, qué diablos! contestémosle eso 6 cualquiera otra cosa; pero el hecho es que yo no sé Cómo me comprometió ese paladin á darle la razon hoy mismo.

—Jesus, qué prisa; vamos, papá, usted no sirve sino para dar órdenes. Déjeme á Rosa, que yo sé preguntar.

—Tómala, y sácale alguna respuesta.

Rosa pasó como un ramillete de flores de los brazos del anciano, á los hermosos brazos de mes que la estrechó amorosamente.

—Mi Rosa querida, le dijo, levantándole la cara: á qué viene tanto llanto?

Los ojos de Rosa se atrevieron á fijarse en los de su hermana. Lloraba todavía; pero sus lágrimas resplandecian en sus ojos como las gotas de rocío cuando las hiere el sol.

—Papá, dijo mes, si á usted le es grato y si no tiene ningun obstáculo que oponer á las pretensiones de Antonio, dígale que...

Rosa estrechó á su hermana y sumió literalmente la cabeza en su seno.

—Dígale que yo lo estimo mucho y que Rosa lo estima mas.

—Bueno! pero que venga ó que no venga?

Ines se sonrió, y pasó su mano de reina por la cabellera destrenzada y magnífica de Rosa.

—Esas cosas no se dicen, papá. Basta con darle el permiso para que siga visitándonos.

—Pero yo no entiendo de diplomacias. Me comprometió á escribirle hoy mismo, diciéndole sí ó no, como Cristo nos enseña.

—Bueno, escríbale . . . no, usted le diria alguna de sus cosas de ramas  Déjeme poner el papel . .

—Hazlo; pero mira que estoy comprometido á darla razon hoy.

—Bien, papá: váyase, que yo le llevaré el borrador dentro de un momento.

El coronel salió. Apénas quedaron solas las dos hermanas, mes le hizo levantar la cabeza y sentarse á su lado.

—He simpatizado con Antonio desde que le conocí, le dijo: ya que alguno te ha de sacar de nuestro lado me place que sea ese excelente jóven. Qué dices, Rosas Rosa la volvió á ver con tan plácida y dulce mirada, que mes no quiso hacer aguardar mas á su padre, que era tan impaciente.

He aquí el borrador que escribió y aprobó el coronel, como lo habia hecho con otras cartas, porque mes, que era muy inteligente le ayudaba mucho en su correspondencia.

Señor Antonio Córdova.

Su casa, 25 de agosto de 1855.

“Mi apreciado señor y amigo : cumpliendo la palabra de contestarle hoy mismo, lo hago para decirle que puede usted seguir visitando mi casa, que en ello recibiré honor, pues aprecio en lo que valen las buenas cualidades que lo distinguen; y porque sé que usted la respeta tanto como debe hacerlo un caballero. “Por lo demas, nada tengo que añadir, sino que deseo que me considere como su mejor amigo,

José Félix Sarmiento’

El dia se pasó en un momento. No se pensó en el paseo de los domingos de verano á las vegas del Riorecio.

Era una tarde de agosto. Cuán bella estaba esta bella naturaleza ecuatorial!

El azul del cielo reverberaba de azul : un azul tan brillante, tan tenso, que unas nubecillas blancas y escarmenadas andaban hacia rato divagando lentamente, buscando donde adherirse al cielo, como un pájaro encerrado entre un aposento: estucado. Aquí sí! se decian, y se paraban un instante; pero viendo que se resbalaban, emprendian otra vez el camino.

El sol estaba velado, como lámpara que se oscurece. La naturaleza habia encontrado oportunos la hora y el dia (era domingo) para asear sus habitaciones, los llanos y las montañas, ventilarlos y sahumarlos. Con tal motivo habia soltado unas tantas brisas que registraban hasta el último rincon para secarlo, é iban de paso regando esencias suaves, llenas de paz y de recuerdos del campo.

Las avecillas, que acababan de alzar de obra, andaban muy de prisa llevando sus provisiones á sus niños y buscando sus nidos. El campo multiplicaba sus ruidos quejumbrosos y quena aprovechar la última hora de la tarde para poner en órden todas sus cosas, ántes de que cerrara la noche que venia muy de prisa, tendiendo velos.

La ciudad de la Paz estaba plácida pero silenciosa. Toda su pequeña población habia mandado á las vegas del Riorecio los niños á echar cometas, y los que no eran niños á verlas echar. Al decir toda la poblacion no debe entenderse que no hubiera quedado alguna parte en las casas; pero lo que es por las calles, no se veia sino uno que otro perro mísántropo y algunas criadas que pasaban á hacer el mandado.

Entre las personas que se habian quedado en la ciudad estaban todos los héroes que figuran en esta conseja. El coronel Sarmiento y su familia no habian salido á paseo: Margarita tampoco, porque no iba Antonio : Antonio, porque estaba en casa del coronel:

Cárlos, porque sufria aún del brazo; y Cifuentes y Parra, porque habian sabido que la familia de Sarmiento no iria á paseo.

Antonio se presentó de visita á las cinco de la tarde.

Lo recibió en la sala el coronel; pero como él no se andaba por las ramas en nada, y calculando que Antonio no venia precisamente á verlo á él, ordenó que llamasen á las muchachas. Salió Inés sola, y tendió cariñosamente la mano á Antonio. El coronel se retiró á su cuarto con cualquier pretexto. Sabia que esa tarde se decidirja de la suerte de su hija querida, y esto lo tenia conmovido. Si por un lado lo llenaba de gozo establecerla con un hombre tan estimable como Antonio, por otro le dolia el corazon al ver que, segun su lenguaje, tocaba á disperrsion en su familia. Abrumado con estas ideas, tomó cuarteles en el sillon de su gabinete.

Miéntras tanto, se sostenia una serena y grata conversacion entre mes y Antonio. Era mes franca, inteligente y amable; un poco reservada para las personas que no le gustaban ó con quienes no tenia relaciones; pero espansiva con las personas de su familia. Su madurez habia sido precoz; y á la edad de veinte y tres años en que se encontraba, ya no era raro que tuviera todo el tacto y el aplomo necesarios para asumir los oficios de madre con Rosa, á quien quena con ternura. Habia echado de ver fácilmente su tristeza cuando Antonio partió para Bogotá; su tendencia al retiro de su cuarto, de donde salia con los ojos mas bellos pero mas brillantes, señal cierta de que habian derramado lágrimas; su alegria callada pero intensa cuando regresó Antonio; y su actitud silenciosa pero conmovida siempre que venia él á la casa.

No habia querido darse por entendida de nada con Rosa. Conocia su inocencia de ángel y no quena golpear á la puerta de su corazon para despertar ese amor que existia en él, pero dormido blandamente. Si por una parte las miradas y la asiduidad de Antonio no le dejaban duda de que amaba profundamente á Rosa; por otra no habia dicho aun una palabra y podia desvanecerse esta pasion. A qué pues llamar la atencion de Rosa hácia un arco iris que podia disiparse?

Cárlos les habia contado cien veces y con un calor de elocuencia que no conocian en él, las prendas personales de Antonio; el heroismo de su sacrificio por él, su valor, su bondad. mes se habia encariñado por Antonio; lo amaba profundamente como á un amigo; y no aguardaba mas sino que él le dijera hermana, para llamarlo hermano.

Para saber que Antonio era de un mérito sólido y nada comun, tenia mes otra prueba á la mano. Era Cárlos un mozo desapacible y poco formal : desde su venida de Bogotá no cultivaba otras relaciones que las de Antonio, y se habia convertido en un hombre formal y labobrioso. Vivia entregado al trabajo y á la lectura, y habia adquirido modales distinguidos. mes no habia tenido nunca por él sino un simple cariño de pariente: lo encontraba inferior á sí misma. Poco á poco lo habia visto engrandecerse á sus ojos; y á medida que esto sucedia, lo distinguia mas. Los frívolos obsequios de enamorado que en otro tiempo le habia presentado, habian terminado desde su vuelta de Bogotá.

Esta transformacion de Cárlos la achacaba mes, y con mucha razon, al trato con Antonio; y de allí deducia que Antonio debia ser uno de esos hombres superiores, que es una dicha encontrar en la vida.

La confirmación de sus esperanzas, es decir, que Antonio amaba á Rosa, no la sorrendia, pero la llenaba de tranquilidad y de gozo. El anonadamiento de Rosa ante aquella revelación le probaba lo que ya sabia: cuán profundo era el amor que se habia arraigado en ese inmaculado corazon.

Así fué que la visita de Antonio fué recibida por mes con íntima alegría. Antonio echaba de ménos, es Cierto, á Rosa, que aun no salía; pero estaba encantado con la conversacion de mes, que estimaba por mas de un motivo.

Pasado largo rato se aventuro a preguntar por rosa.

—Voy á llamarla dijo mes; creo que no estaba vestida.

Cuando entró al cuartito de Rosa, que quedaba al fin del corredor sobre la huerta, se sonrió y hubiera querido que Antonio hubiese visto lo que ella estaba viendo.

Rosa se habia puesto un camison blanco y habia arreglado en largos rizos su cabellera espléndida. Un cinturon azul oprimia su airosa cintura y una cintita negra su cuello morbido y blanco. Su cara mostraba la alegría mas infantil; pero sus ojos asustados y su corazon que palpitaba como el de un pajarillo recien aprisionado, le hicieron ver a mes la causa de la tardanza en salir.

—Vamos le dijo estrechándola segunda vez entre los brazos: es preciso que vengas a la sala.

—Imposible Ines! Me muero de verguenza!

—Aunque te mueras de vergüenza, le contestó sonriendo, es preciso que vengas.

—Pero voy contigo?

—Por supuesto.

—Y no me dejas sola?

—Cuenta con ello.

—Pero no, no, añadió Rosa empujando con sus manitas a mes no te acompaño Véte.

—Niña, niña! siempre niña! Ven.

Logro al fin comprometeria y emprendieron el viaje á la sala. Viaje lo llamo porque á Rosa se le figuraba una vez que llegaban demasiado pronto, y otras que no llegaban nunca.

—Dominante, le decia mes, mientras caminaban.

Domínate, porque no habiendo hablado contigo Antonio, tu excesiva emoción podria hacerle creer que tú ... estabas demasiado apresurada. Entra como si tal cosa hubiera, y cuando hables con él, está con serenidad.

—Pero es que yo no voy á hablar con él!

—Pero el hablara contigo. Pues no vamos a conversar todos tres.

—No; tú hablarás con él y yo le oigo.

Aquel le oigo aquella ambicion que no aspiraba si no á oir hablar al que mamaba tanto, hizo sonreir otra vez á Ines.

Habian llegado á la puerta de la sala.

Antonio palideció : tartamudeó palabras sin concierto, y por último Se dejó caer sobre su asiento.

La visible turbacion de Antonio dió mas serenidad á Rosa. No habia ojos que la observaran, puesto que esos ojos á quienes temia estaban turbados. Por otra parte, las emociones fuertes destrozan al hombre como el viento quiebra el roble; pero apénas doblan á la mujer, como el viento dobla apénas el junco.

Todo está compensado : también tiene su fuerza la debilidad.

Ines era dueña del campo; y con su tacto habitual dominó la situación y trajo la serenidad y la confianza á aquellos corazones conturbados. Sabia que sobre el alma de Antonio era todopoderoso el nombre de su madre, y que hablando de ella, lo hacia con un calor y una energía de elocuencia propias del cariño, de la veneracion que le tenia. Arrojó su nombre á la palestra: Antonio contestó, pero en pocas palabras. mes entónces improvisó rudamente un elogio de Margarita, y contó sus pesares en la ausencia de Antonio. Este, puesto en aquel terreno, era fuerte: la excitacion del momento, dirigida traidoramente por mes al nombre de su madre, le sirvió para hablar con mas elocuencia. Cantó un himno á sus recuerdos de infancia y á las virtudes de Margarita. Estuvo admirable.

Rosa, seducida por aquella palabra entusiasta, calorosa, concluyó por fijar sus ojos en el orador, y los del uno y de la otra se encontraron al fin sin turbacion ni embarazo, y se unieron en un solo rayo de luz. El punto de discusión habia concluido, é mes echó entónces como una bomba el nombre de Cárlos, que recogió Antonio, y hubo materia para otro rato de elocuencia.

Serenadas ya aquellas dos almas, pudieron hablar de cosas indiferentes; Rosa llegó hasta conversar sin “morirse de vergüenza” y recobró su azucarada risa.

Ines comenzó á eclipsarse poco á poco, como una estrella que ve acercarse al sol.

Era este el momento en que las sombras empezaban á cerrarse sobre la ciudad. mes pretextó que iba á pedir luces y salió.

El momento solemne habia llegado.

Los corazones de Antonio y de Rosa latían con violencia, y callaron ambos.

Rosa . . . , dijo tras un rato de silencio Antonio.

Rosa se mona literalmente : tenía un inmenso deseo de lanzarse á Antonio, contrariado por otro inmenso deseo de alejarse, de estar á mil leguas de distancia.

—Rosa, continuó Antonio: nunca he querido hablar á usted de mis sentimientos, porque quería que para que mis palabras fuesen dignas de usted, llegasen á sus oidos dichas por su noble padre. Pero él me ha autorizado ya, y puedo decírselo ahora. Rosa, yo la amo
a usted, la venero como á un ángel ...

Una cascada de rizos blondos habia caido sobre el seno de Rosa, porque ella habia bajado la cabeza. Aquellas palabras se le clavaban en el corazon. Quena decirle: “Antonio! te amo hace un año! He llorado pon ti todas las noches, no he pensado sino en ti! “ Pero callaba.

—Y espero no mas, continuó Antonio, espero una palabra. Puedo seguir amándola?

Rosa callaba.

—Respóndame una sola palabra. Yo no le dirijo á usted una flor de baile, no vengo á llamar á su corazon para que me ame hoy. Quiero solamente una palabra que me diga que puedo amarla sin que usted me rechace . . . . que . . . . tal vez me amará algun dia . . . . No me contesta?

Rosa desfallecida habia dejado caer la cabeza sobre su mano; pero tendió la otra á Antonio que dió un grito al recibirla sobre las suyas.

En ese instante entraba una criada con luces; y Rosa levantó la cara y fijó en Antonio una mirada serena y modesta, tan intensa y amante que era preciso ser ciego para no leer en ella todo lo que decia.

—Oh! gracias! gracias! murmuró Antonio ante la confianza de aquel amor que lo santificaba. Toda mi vida no alcanzará á pagar esa mirada!

La entrada de mes en ese momento no fué una importunidad. Ambos volvieron á verla con gozo. Un testigo como aquel en una conferencia como aquella, era un velo de encaje para una pintura delicada.

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