Declaración de amor
Del modo de ser del antioqueño
Belisario Betancur Cuartas
© Derechos Reservados de Autor

DECLARACIÓN DE AMOR
Del modo de ser del antioqueño
Por: Belisario Betancur Cuartas
 
CAPÍTULO IV 
EL LENGUAJE COMO EXPRESIÓN DE LA HISTORIA EN ANTIOQUIA
Discurso de posesión como Individuo Honorario de la Academia Colombiana de la Lengua: octubre 11 de 1991, en Santafé de Bogotá.

 

El lenguaje es la casa del ser; en ella ha establecido su morada.
HEIDEGGER.
 
—Adiós, compadre...
—Adiós, compadre, fue la respuesta con la melancolía del alabao.
—Compadre, preguntó nuestro boga al otro, ¿pa'onde va con esa gente?
La respuesta fue:
—No compadre, si ésta no es gente, ¡estos son unos paisas...!
(Diálogo entre bogas en el río San Juan, Chocó) 1

 

1. INTRODUCCIÓN. LA DOCTA ACADEMIA
El saber desinteresado de la Academia y de la Universidad, hizo siempre amigos pero ganó también enemigos: es explicable que el campo se partiera y que se despertaran sentimientos encontrados sobre un saber que, al buscar el conocimiento y deleitarse en él sin censura, reemplaza el dogmatismo cerrado por la duda abierta y convierte la enseñanza magistral en debate libre. Seguidores y contradictores se medían así en la misma contienda del pensamiento, los unos a veces en la fortaleza apodíctica del magister dixit; los otros en ocasiones en la irreverencia a priori, surgida más de jactancia que de discernimiento, que tal era mi situación.

Fue grande, por eso, mi perplejidad en la mañana del 12 de febrero de 1991: el Padre Manuel Briceño Jáuregui, director de la Academia Colombiana de la Lengua; el académico Ignacio Chaves Cuevas, director del "Instituto Caro y Cuervo"; y el académico Horacio Bejarano Díaz, secretario, me informaron que la víspera, en la primera junta ordinaria de 1991, la corporación había tenido a bien elegirme unánimemente como Académico Honorario, "habida cuenta de sus méritos como periodista y ensayista de pluma ágil y estilo correcto, lo mismo que del mecenazgo que para las letras ejerció durante su período presidencial". En forma solemne, el Padre Briceño leyó una breve recordación de Manuel Fernández Pacheco, Marqués de Villena; quien, en el Madrid de comienzos del siglo XVIII, tuvo la primera idea de fundar la Real Academia Española; cómo se discurrió en convocar personas que compusieran este cuerpo y cómo la grandeza, autoridad y respeto del Marqués, halló quien se ofreciese al trabajo, "por honra propia y lustre de la Patria". Como si fueran pocos los motivos para mi estupor, leyó el artículo 9o. de los Estatutos acerca de los miembros honorarios, los cuales "en este supremo grado de la Institución gozarán de todos los derechos de los académicos de número y no estarán obligados a aceptar comisiones o encargos onerosos". No habían sido obstáculo mis irreverencias adolescentes, ni mis jactancias sin discernimiento, ni el desaliño de mis escritos, para otorgarme honor tan señalado; de donde las perplejidades y los asombros, aliviados por lo que dice don Alfonso Reyes en un ensayo sobre Elio Antonio de Nebrija, considerado el verdadero artífice de la lengua castellana, y quien publicó en 1492 la primera Gramática Española, dedicada a Isabel la Católica. Indica Don Alfonso:

...y como a cada edad toca su verdad, Gracián propone la repartición de la vida de modo que a una época corresponda hablar con los muertos, los libros y el estudio, los años de aprendizaje; a otra toque hablar con los vivos: la experiencia de las cosas del mundo, el trato, los años de viaje; a otra, finalmente, el hablar a solas consigo mismo, los años de meditación y recuerdo, la época de escribir de los griegos...

En un añejo volumen de discursos académicos di con los orígenes de la Academia Colombiana, en 1872, por iniciativa de don José María Vergara y Vergara, narrados de mano maestra por don Antonio Gómez Restrepo y don José Caycedo Rojas. Quien recuerda que se declaró como fecha clásica de la institución el 6 de agosto, aniversario de la fundación de Santafé por el Adelantado don Gonzalo Jiménez de Quesada en la tercera década del siglo XVI; y que se fijó en doce el número de sus miembros (ahora son 29 de número y 80 correspondientes), en memoria de las doce edificaciones pajizas levantadas en la ciudad primigenia, de "casas de paredes sólidas, templos y edificios públicos, con los cuales se formaban calles bastantemente rectas aunque no muy anchas" 2.

Héme ahora recogiendo las expresiones de mi reluctancia juvenil frente a las academias y a los académicos. Y héme, asimismo, expresando a la docta institución y a sus miembros mi reconocimiento por haber querido exaltar en la persona de quien sólo ha usado el lenguaje escrito para expresarse con defectos en la actividad pública, a los libros que ha amado y al periodismo que ha ejercicio desde los días estudiantiles. En aquel entonces la tolerancia de los maestros del oficio autorizaba licencias que más de una vez me llevaron sin fortuna a la lírica y al relato costumbrista. Cada tarde habían de ser llenados espacios en un periódico ortodoxo que vivía en la inopia, e improvisarse en temas y estilos al conjuro de la necesidad, lo que condujo a que hiciera de cronista de policía, editorialista, armador de titulares y, aun de "señorita redactora de la información social". Confío en que de aquellas enseñanzas y de las hablas de mi tierra que recogieron tantos como don Tomás Carrasquilla, don Efe Gómez y Manuel Mejía Vallejo; que enalteciera Suárez, y estudiaran el Padre Félix Restrepo, Emilio Robledo, Ñito Restrepo, Julio César García y Luis Flórez, entre otros, algo haya quedado para discurrir en torno al lenguaje y modos de ser del antioqueño. Sobre el cual, me cuenta Kurt Levy, especialista —si los hay— en Carrasquilla, que le oyó decir al Maestro Baldomero Sanín Cano: "En Bogotá hay casi más antioqueños que gente".

2. LA DUDA SOBRE EL ORIGEN JUDÍO DE LOS ANTIOQUEÑOS
Nada he encontrado en mis andanzas, tan semejante como el castellano levantino y el castellano hablado por los campesinos de Antioquia, los de Caldas, Risaralda, el Quindío, el norte del Valle del Cauca, el norte del Tolima y el oriente del Chocó. En pláticas con ancianos humildes de Jerusalén, en Israel, entre ellos un vendedor ambulante de empaques de papel que contenían tierra, Tierra Santa para que los peregrinos la trajéramos como recuerdo, no sabía si mi interlocutor era un montañero de Sonsón o un mendigo de la corte de los milagros. Son los descendientes de los judíos desterrados de España en el siglo XV por Fernando e Isabel. Pregunté al fachendoso traficante con objeto tan sagrado como la tierra que Cristo pisara, dónde había aprendido castellano, y me respondió que no conocía tal lengua. De nuevo lo interrogué sobre el idioma español y me contestó que tampoco lo conocía. "Solamente hablo el ladino, que es la lengua de mis mayores: lo aprendí en Salónica". Era el mismo hablar terso de Jacobo García, el conductor de taxi en Estambul, que para él seguía siendo Constantinopla. Cuando en el muelle nos avisaron que el barco tardaría cuatro horas, me dijo: "Esta demora va por cuenta mía. Quiero convidarlo a merendar en mi casa, para que sepan mis nietos que también en América hablan ladino". En su hogar me leyó noticias y chascarrillos escritos en el lenguaje vulgar del cierre de la edad media, no ya el del vulgo sino el de Mingo Revulgo: Jacobo y yo sabíamos de memoria aquello de "non vale el açor menos/ porque en vil nido siga/ nin los ensiemplos buenos/ porque judío los diga". Al zarpar el barco, alborozado por este tope y agradecido con mis anfitriones, alguno de los cuales vistió por la cabeza una prenda no tan ancha como la ruana ni tan angosta como la mulera, percibí que no hacían falta más probanzas sobre el origen hebraico del pueblo antioqueño.

La "antioqueñóloga" —tremendo neologismo, llama a este término el gran historiador Jaime Jaramillo Uribe, nacido en Abejorral 3—, Ann Twinam trae la siguiente anécdota del médico Eduardo Zuleta:

Un día al llegar a Bayona entró al tren en que iba yo hacia Madrid una señora de un parecido extraordinario a una amiga mía de Medellín. Como la señora notó mi sorpresa, me miró con atención y al cabo de algunos minutos me dijo: "Creo que nosotros somos hermanos en religión, pues me parece que usted es israelita". Díjele que había nacido en un pueblo de Colombia cuyos habitantes se creía que eran de origen judío, pero que nada había podido demostrarse de cierto a este respecto. "Cuando usted regrese de Madrid, éntre a Bayona y visite el barrio judío que quizá puede interesarle". Así lo hice y cuál sería mi sorpresa cuando noté la increíble semejanza de estos judíos con los antioqueños y cuando supe que muchos de ellos tenían los mismos apellidos que hay en Antioquia. 4

Más tarde he ponderado tales pruebas indiciarias y no las hallo concluyentes por sí solas. Ni las hallaron concluyentes don Marco Fidel Suárez en los "Sueños de Luciano Pulgar", aunque el señor Suárez no fuera un científico en estas materias; ni don Emilio Robledo, ni otros estudiosos de profundo calado intelectual. En todo caso y con lo que se ha visto y se está viendo por estas calendas en Europa, Asia, África y Norteamérica, que sugiere amagos de retorno al tribalismo, nos hallamos ante un tema cuyos ingredientes pueden desencadenar dañinos condicionantes; tema que no tendría sentido en países que apenas se forman, como Colombia.

Pero quiero reconocer que no había fenecido la generación de los Reyes Católicos cuando ya, en nombre de su nieto Carlos I de Castilla y V del Imperio, en mi tierra se habían fundado y prosperaban Santafé de Antioquia, Santiago de Arma, Santa Ana de los Caballeros, Zaragoza y Cáceres, sin contar con los reales de mina y los hatos de vaquerías que con celeridad fueron asentándose por los extremos de aquellas montañas grandes y esos valles pequeños, cañones que llamamos en el habla de cada momento. Los vocablos y giros que trujeron —como se dice en Antioquia, en Jerusalén y en las coplas de pie quebrado de don Jorge Manrique—, eran los mismos que la judería desterrada llevó hasta los confines de la diáspora. No encontraron aquellos fundadores, poblaciones indígenas abundantes que hicieran el mestizaje de sus dialectos con la lengua imperial. Quedaron alejados de la corte virreinal, del mar de Cartagena de Indias y de la gobernación de Popayán; y así, encerrados en sus cordilleras y en sus quehaceres mineros, conservaron como en una alacena bien cerrada, las voces y su trama sintáctica, tal como las habían recibido de Castilla y Andalucía, un poco agrias por los vascuenses que las habían aprendido, pero también dulcificadas en sus formas y tonalidades por los gallegos.

3. LA LENGUA ES EL TESORO
Si se aplica el rigor de la metodología a nuestro lenguaje, se halla doctrina bastante en los estudios de dialectología de Luis Flórez y en el Atlas lingüístico de Colombia publicado en buena hora por el Instituto Caro y Cuervo: en 1952, 1953 y 1954, de pueblo en pueblo por veredas de Antioquia, fueron elaborando papeletas lexicográficas los expedicionarios, pacienzudos como benedictinos, de estas investigaciones. Y se valieron ya de nuevos instrumentos como la grabación magnética para la fonología, el cinematógrafo y la fotografía para los elementos folclóricos del contorno, y la cinta fonóptica para el tono y el gesto, que pertenecen también al idioma.

Ocurre, con todo, que los mapas y los diccionarios, la televisión y el cine, los millares de apuntes y la memoria de las computadoras aportan acopios gigantescos de datos, pero no recogen la armonía estética del panorama. Los horizontes son fotografiables con dificultad. No hay cámaras fotográficas que abarquen como la retina, aunque sean enfocadas al infinito. Los pintores capaces de sugerencia llegan adonde las técnicas no alcanzan, como en el óleo memorable del Maestro Cano, "Horizontes". Pero el paisaje, lo mismo el físico que el lingüístico, es para ser vivido, contemplado e interiorizado, hasta convertirlo en sangre, más que para ser retratado, filmado o descrito.

Lo anterior da pie para reflexionar sobre lengua y habla, conceptos dicotómicos que tienen como base —según Saussure 5— la naturaleza multiforme y heteróclita del lenguaje, la cual a primera vista se revela como realidad inclasificable, al mismo tiempo física, fisiológica, síquica, individual y social. El habla representa, entonces, la parte puramente individual del lenguaje (fonación, realización de reglas y combinaciones contingentes de signos). La lengua es el lenguaje menos el habla: una institución social y un sistema de valores. La lengua es la parte social del lenguaje. El habla es esencialmente un acto individual de selección y de actualización. Pero no hay lengua sin habla y no hay habla que esté fuera de la lengua; en este intercambio estriba la auténtica praxis lingüística, como ha indicado Merleau-Ponty 6. La lengua es un conjunto de tipos esenciales que el habla realiza en modos infinitamente variables. La lengua es el tesoro depositado por la práctica del habla en los sujetos que pertenecen a una misma comunidad; y dado que es suma colectiva de huellas individuales a nivel del individuo aislado, no puede por menos que estar incompleta: la lengua no existe perfectamente sino en la "masa hablante"; y es posible tan solo a partir del habla, pues históricamente los hechos del habla preceden siempre a los hechos de la lengua (el habla es lo que hace evolucionar la lengua). En definitiva: la lengua es a la vez el producto y el instrumento del habla.

Detengámonos primero en el modo de ser, para llegar después al modo de hablar.

4. EL MODO DE SER DEL ANTIOQUEÑO
Porque hay un modo de ser del antioqueño: con él tuvo que ver en gran manera la minería para darle paciencia en la concepción, persistencia en la acción, constancia en la asociación, certeza en la acumulación. Fueron primero la pereza y la desgana: así lo advirtió en las últimas décadas del siglo XVIII el gobernador Francisco Silvestre en su Relación sobre Antioquia y métodos para mejorarla 7. Y lo convirtió en pedagogía el moralizante Oidor Mon y Velarde, quien informaba a la Corona sobre "el concierto de mujeres libertinas" en el Medellín de entonces; sobre "la vida de las mujeres estragadas", de las "mujeres mal entretenidas", de las "mujeres que hayan dado mala nota", o "mujeres perdidas", a todas las cuales se deberá "intruir en la doctrina cristiana, enseñándoles todos aquellos ministerios propios del sexo mujeril, manteniéndolas con honestidad y recato". Era grande la obstinación del Oidor en la misa dominical, ya que no querían salir del monte para nada; su preocupación por la compostura durante los oficios religiosos, al punto de establecer penas de dos meses de cárcel a los de color humilde, libres o esclavos, y de diez pesos de oro a los nobles que concurran al atrio de la iglesia "a las horas en que se celebran los oficios divinos y están abiertas las puertas del templo, formando corrillos, haciendo tertulia, manteniéndose con el sombrero puesto en escandalosa irreverencia en la casa del Señor" 8.

Lo que Silvestre y Mon encontraron fueron pobreza, pereza, falta de educación, desocupación, vagancia, desgreño administrativo. En 1729 don Antonio Manso y Maldonado informaba a la Corona "que la Provincia de Antioquia estaba en los últimos términos de aniquilarse". En 1783 decía Silvestre "que estaba en las últimas agonías de su vida"; y Mon: "de aquí resulta que ni para sí ni para el Rey son útiles estos vasallos y muy perniciosos a la sociedad común, pues siendo ellos unos vagabundos, sin destino ni ocupación, no cuidan darle a sus hijos y dentro de poco tiempo será un enjambre de gente sin Dios, sin rey ni religión". Silvestre empezó el cambio de rumbo. Mon, destinado el 2 de agosto de 1782 por el Arzobispo-Virrey Antonio Caballero y Góngora a hacer una visita que se prolongó por más de dos años, enderezó más aún las costumbres con medidas para dar la tierra a quienes sí la explotaran: "No parece irregular que habiendo muchos pobres que quieren cultivar estas tierras", escribía, "haciéndoseles oposición por alguno que hace años las tiene abandonadas y acaso jamás se acordó de que las tenía, se le obligue a éste a que a lo menos manifieste el título en que funda su intención, para saber lo que comprende y remediar al miserable en lo restante". Estanislao Zuleta observa que en la posición anterior está la clave de la tarea regeneradora de Mon y de los ataques de que se le hizo víctima 9.

Y se regeneró la Provincia: las costumbres se tornaron austeras alrededor del hogar que mantenía su unidad mediante la dirección de la madre, quien con astucia discreta hacía que pareciera como que todo se movía bajo la férula del patriarca, entre sobriedad y conflictos, virtudes y rigor. Ha sido ésta del hogar, constante de aquella historia, de su dinamismo; y no es para sorprenderse de que ahora, con tantas reconstrucciones como se emprenden, por ejemplo en Europa, los censos para medir las posibilidades de éxito sean formulados no sobre individuos sino sobre familias.

La conformación geográfica de Antioquia, su lento desarrollo y su aislamiento de las demás regiones de Colombia, fueron determinando un particular crecimiento y una singular forma de vida. Su visión del mundo se fue estructurando a partir de la lucha de gentes que, obligadas por el medio, se abrieron paso a través de la maraña de una región inhóspita. Tales condiciones se convirtieron en el terreno apropiado para que se configuraran los rasgos característicos del pueblo antioqueño: el amor a la libertad e independencia, el sentido práctico y positivo, los hábitos de ahorro y previsión, que han estimulado el sentimiento de altivez propio de las gentes de la montaña, resueltas a vivir sólo de sí mismas.

5. EL PRAGMATISMO NATURALISTA
La muralla que la naturaleza impuso entre el pueblo antioqueño y las demás regiones de Colombia, le atenuó los efectos devastadores de las guerras civiles y los levantamientos de nuestro sigo XIX; dio perfiles menos duros a la lucha política y suministró base a una visión afanosa del desarrollo económico, sin que ello permita hablar de un nuevo paraíso terrenal: no por nada se produjeron las grandes migraciones originadas en la pobreza y en la presión demográfica; y por algo, más que todo como referencia a la epopeya de la colonización, habló don Alejandro López de la batalla entre el hacha y el papel sellado.

El padre en la aventura de climas cálidos malsanos pero la prole en las alturas a cargo de mujeres virtuosas, emprendedoras, fecundas y sanas, así se hizo, hace 200 años, la colonización. Roger Brew pone los movimientos demográficos como catalizadores de la riqueza minera 10. Octavio Arismendi Posada advierte que el crecimiento de la población y la insuficiencia de la economía minera para brindar subsistencia a las familias numerosas, estuvieron en las raíces de las motivaciones migratorias 11, porque la familia era siempre un reto a la creatividad a fin de "sacarla adelante", como se decía. Para Álvaro López Toro, en cambio, la familia numerosa fue más que causa, efecto, consecuencia de la colonización 12. Y sobre esta última formula la novedosa hipótesis, según Jaramillo Uribe, "del desarrollo desequilibrado entre sector agrícola y sector minero, fenómeno que crea un verdadero `cuello de botella' en el desarrollo económico de la región y que el grupo resuelve con la expansión colonizadora del occidente colombiano..."13 . A tiempo que Eugene Havens, en un riguroso trabajo sobre la estructura de la sociedad en Támesis, sostiene que las corrientes inmigratorias tuvieron como causaciones los excedentes poblacionales.14

En Antioquia se desarrolló un pragmatismo naturalista que asumió un carácter seudo-étnico, visible no sólo en las características del industrial, sino también en sus manifestaciones culturales, entre ellas, el comportamiento rutinario. La razón de ser de esta gente es palpable en su historia y su folclor, en el alma de los campesinos, en las leyendas que estructuran sus mitos y en la cultura ancestral que cuentan sus trovadores.

El antioqueño es romántico por naturaleza, pero su romanticismo no está hecho de sueños y melancolía; es el sentimental que se aferra a sus tradiciones, elevando un exaltado canto a su tierra.

En este momento del discurso, permítaseme precisar que esta ojeada sobre Antioquia no constituye alarde provinciano. Inclusive con manifestaciones aterradoras como en los Balcanes, las regiones se han vuelto a expresar en el mundo entero. Y no me refiero a los caminos que abrió la reforma constitucional de 1991. Dondequiera se oye la pregunta sobre el futuro del Estado-Nación, sea a la luz de bloques como el de la Comunidad Económica Europea y los esfuerzos que se hacen en las tres Américas, o por consideraciones culturales y económicas más localizadas, que buscan rectificar caprichosas fronteras políticas de tiempos lejanos o recientes. Lo que quiero destacar es la grata sorpresa que se experimenta al ver cómo, a propósito de un tema que en 1991 es de actualidad prioritaria, ya en 1979, es decir, hace doce años, el universal historiador Jaramillo Uribe escribía:

...Uno de los rasgos sorprendentes del momento histórico contemporáneo parece ser el renacimiento de la idea de región. De región como concepto histórico, político y cultural. Tras el siglo del nacionalismo y de la nación como objetivo de la historia, parece resurgir en numerosos países la idea de identificar el patriotismo con la defensa de las regiones y con la lealtad hacia ellas: escoceses y galeses en Gran Bretaña; bretones y occitanos en Francia; vascos, catalanes y andaluces en España. Para la historia y para el historiador el fenómeno no puede pasar desapercibido. Parece como si, aparte de la constelación de intereses políticos y económicos que pueden estar operando para producirlo, el hombre contemporáneo fatigado de abstracciones sociales como la nación, el Estado, la clase, el partido, buscara su identificación con algo existencialmente más inmediato y este algo parece ser la región. Ahora bien, sin que podamos decir que la historiografía moderna ha sido indiferente ante las realidades regionales, sin embargo, es evidente que según las alternancias del interés real o de la moda, el foco de su atención ha estado en las naciones, los estados, las épocas, las generaciones, las clases, los partidos y las culturas en un sentido muy amplio y relativamente abstracto... 15

Tal es el centro alrededor del cual se estructuran estas páginas, que pretenden esclarecer la relación existente entre el pueblo antioqueño y su creación cultural: así como el medio agreste de las montañas forjó un tipo humano diferente al que habita en el resto del país, de igual modo dicho pueblo fue moldeando una literatura, una música, una danza, unas costumbres, unas leyendas con vida propia, con matices singulares y con una identidad que no le impide integrarse en el gran óleo de la cultura colombiana.

6. LA LECTURA UNIDIMENSIONAL
Siempre que se ha hablado o escrito del modo de ser del antioqueño —en favor, o en contra—, el énfasis se pone con sesgo en el homo oeconomicus, que trataba de no depender de nadie distinto de sí mismo. En aquellas descripciones parecería que al antioqueño no pudiera caracterizársele más que en función del dinero. En unas ocasiones, las más pretenciosas —puesto que se figuran a sí mismas como conclusiones objetivas y científicas—, la observación se presume neutral: ahí está este pueblo, que por su aislamiento durante siglos se convierte en conejo de laboratorio perfecto. Otras veces, las descripciones se insuflan de pasión, ya el entusiasmo por la "raza" emprendedora y arriesgada, ya el recelo de los propios pobladores frente a lo que ven como envidia o como instinto de defensa, y que llevó a decir al ingenio popular que la vida es la lucha del hombre contra el antioqueño.

Naturales o sesgadas por un sentimiento, hemos visto cómo desde los informes coloniales son abundantes estas corografías, diseñadas con los lenguajes de cada época. Acaso demasiado abundantes porque, en definitiva, ciertos modos de vida, ciertas migraciones hacia afuera y hacia adentro, y ese aislamiento inicial —privilegiado para el investigador—, confirieron a este pueblo características marcadas y diferenciadas. Condiciones de laboratorio, se diría, que eliminan variables y se enuncian para explicar el misterio aparente de por qué una provincia atrasada en el siglo XVIII, se convierte desde comienzos del siglo XIX en poder financiero y desde los inicios del siglo XX en epicentro de la industria colombiana.

El libreto del tema está compuesto por el encadenamiento entre la minería del oro, el comercio, el café y la industria manufacturera; y el protagonista resulta creando aquella riqueza gracias a su espíritu de competencia para superar su marginamiento, a su laboriosidad, a su hábil manejo de las transacciones, a la persistencia ante condiciones hostiles, a su perfeccionismo; y a unos valores éticos que conferían a la religión, mientras fue una sociedad campesina, el poder de controlar las conductas. Y también, gracias a su amor al dinero como compensación calvinista y puritana para el esfuerzo —si se le quiere ver como virtud— o gracias a su codicia, si se lee el fenómeno con la óptica desde la cual lo vieron Carrasquilla y Fernando González, León de Greiff y Gonzalo Arango. Esta lectura corresponde al peso específico del determinismo económico inherente a la teoría marxista que no se aplicó a la evolución histórica del pueblo antioqueño y se aplica a su naturaleza, como si el paisa, por el hecho de participar de un conjunto de características y valores, tan sólo poseyera una visión crematística del mundo.

Una de las peculiaridades de Antioquia ha sido la comunicación positiva y descomplicada entre las clases altas y la gente llana. La verdad es que al formarse la idiosincrasia de ese pueblo, el dueño de la hacienda o de la mina era tan campesino como el peón, con quien compartía madrugadas y fatigas, sin contemplaciones ni privilegios, como un jornalero más con responsabilidades diferentes. Sus inflexiones dialectales eran las mismas. El labrador de aparcería logró hacerse dueño de la hacienda, como el cañero o metelagómez 16 o fanfarrón en "Que pase el aserrador", el cuento de Jesús del Corral. Y el "mazamorrero" o "baharequero", en un golpe de suerte había sacado tal "oral" que compró varias veinticuatravas de la mina. La ruptura que está padeciendo Antioquia, vino más tarde cuando se estableció el ausentismo y los señores empezaron a vivir en la ciudad: se crearon entonces dos subculturas, la citadina y la campesina, que en tanto que no se hermanen, producen violencia. Pero durante muchos años la gente de la llamada buena sociedad se ufanaba de ser descendiente de los arrieros y tenía a honor su raigambre campesina, la casa siempre abierta y el "bien pueda proseguir" que oían los caminantes al entrar y el "bueno, que mi Dios la tenga aliviadita, pues, ¿oye?" que también se lee en Calderón de la Barca 17. Un arriero en su juventud, don Alejandro Ángel, llegó a ser el primer magnate del café. El carpintero de la mina del "Zancudo" en Titiribí, don Alejandro Echavarría, fue el fundador y primer propietario de Coltejer; y su sobrino don Ramón fundó a Fabricato en Hatoviejo, más tarde llamada Bello en memoria de don Andrés, estudiado con profundidad por don Marco Fidel Suárez, nacido allí en el hogar de una lavandera. A don Pepe Sierra le convenía —en el sentido ambivalente de fatalidad y de ventura— comprar haciendas en la carrera séptima de Bogotá que, según él, empezaba en la Plaza de Bolívar y terminaba en la del mismo nombre en Tunja.

El origen agrario, artesano, arrieril y minero de los modernos empresarios industriales de Antioquia, es indudable. Y el telón de fondo de su creatividad es el modo de ser del antioqueño, estudiado por propios y ajenos.

Sin embargo, si se examina el repertorio de artistas que han nacido en esa región —pintores, novelistas, poetas, escultores, humanistas—, los nombres refutan la lectura unidimensional. Se diría, en beneficio de aquella tesis, que este grupo ateniense fue siempre la disidencia en su medio fenicio, a la cabeza su filósofo Fernando González y su poeta Gonzalo Arango. La interpretación que propongo, es bien distinta: consiste en que, en el fondo, polos positivo y negativo, blanco y negro, tanto ese espíritu perfeccionista y emprendedor como aquella disposición para emigrar o asimilar novedades, esa persistencia y sobre todo el sentido de identidad con su origen, han servido para estimular una creación de valor estético significativo.

7. LA ASPÉRRIMA ANTIOQUIA
Acaso Porfirio Barba Jacob con su imagen de bohemio, perdido y marihuano, con su auto-fomentada máscara de amoral, observado por la superficie pueda mirarse como antítesis de la austeridad y la religiosidad de sus mayores. La antítesis comienza a disolverse cuando Barba se identifica con el espíritu antioqueño, que llevó a los paisas a colonizar más al sur de las selvas del Quindío; a las llanuras vírgenes circundantes de sus montañas hacia el Magdalena, el Cauca y Urabá; y aún más al norte, desde los cincuenta, a colonizar el Queens en Nueva York. Con la diferencia de que el paisa coloniza y se instala, y Barba Jacob transhumaba con el sino del prófugo más que con la esperanza del peregrino. Esa antítesis que la superficie señalaba, se disuelve cuando se examina la manera como Barba Jacob asumió su vocación poética, su oficio con las palabras, más allá de la fachada escandalizante. Entonces, cuando, cual fantasma que viaja a través del tiempo, alguien penetra en el cuarto solitario del poeta, en La Habana o en Barranquilla, en México o en Lima, en ese momento en que Barba trabaja sus poemas, se podrá reunir una obra breve, pulida por el paso de los años y los insomnios. Se cuenta que el poeta fijaba en la pared sus poemas para vigilarlos durante sus encierros y, en iluminaciones sucesivas, cambiar una palabra hoy, otra cuando pasen los años, siempre con persis-tencia vigilante, fuera del escenario, en el taller artesanal de un obsesivo perfeccionista.
 
Existe otro ángulo por donde se concretan las cualidades del comerciante, del vendedor y el perfil del poeta, más allá de la habilidad con las palabras que a los primeros les sirve como medio de persuasión y al poeta como instrumento para el éxtasis. Es el modo de vida vagabundo; el vivir del cuento a costa de viejos o nuevos conocidos, protagonizando, más que al poeta maldito que pretendía, al pícaro, —el "vivo" que llaman—, arquetipo de una sociedad semirrural, subproducto del ingenio y del arte laborioso de vivir sin trabajar, en disfrute de los dividendos o de la quimera. En el fondo, recogiendo con su huída un repertorio de antivalores que tienen la utilidad de producir escándalo —es decir, resonancia— y de exhibirse lejos del escenario donde el poeta creció, "la aspérrima Antioquia"; y guardando en su corazón el temor que sintió cuando —casi adolescente, maestro en Angostura— el padre Mariano le quemó rugosos manuscritos; y cuando, a la hora de la muerte en México, el sacerdote académico Méndez Placarte lo invitó a confesión.
 
8. LOS DISIDENTES
En algún trayecto de su vida, Barba Jacob se encontró en La Habana con un paisano suyo, el escultor Marco Tobón Mejía. Es el momento de abandonar al poeta de "Acuarimántima" para saludar al escultor que aprendió en Francia el oficio de fundir bronces y medallas, y perfeccionó la maestría en el tallado de la piedra. Al contrario del poeta que no puede vivir de sus versos, el escultor era un artesano que derivaba la subsistencia de su quehacer. Tobón Mejía es el primer ejemplo, el fundador de una tradición entre los artistas antioqueños que salen a asimilar las sutiles perfecciones del oficio en el lugar donde más saben de él. Y en esto no existe distancia con los que, al principio por el comercio del oro, salieron a asimilar técnicas que fueron aplicando de manera gradual y sabia con la colaboración inteligente de técnicos ingleses, suecos y alemanes, afincados en sus montañas. Así viajaron a estudiar ingeniería de minas en California los primeros empresarios paisas de la minería moderna, los mismos que al regreso fundarían la brillante Escuela de Minas de Medellín, como continuación de la obra visionaria del gobernador Berrío. Y así fueron a estudiar la metodología del beneficio del café en Centroamérica, bajo los auspicios de don Mariano Ospina, lo que les ayudó a inventos ingeniosos como la despulpadora, que impulsaron aún más dicha industria.

Como Tobón Mejía, más tarde Fernando Botero saldría del escenario local en persecución de las formas de Uccello: entre los artistas antioqueños, es el arquetipo de valores como persistencia y perfeccionismo. Después de la emoción pictórica, primera percepción ante un cuadro de Botero, lo que sigue es el estupor ante la ejecución técnica de sus obras: son cuadros realizados por un maestro que domina, a fuerza de investigación y de trabajo, los secretos del quehacer. Desde otro ángulo, el reconocimiento universal del arte de Botero, cuya apoteosis está constituída por sus esculturas en Florencia y Montecarlo, ha contado de parte del artista —además de la maestría, la laboriosidad y perfeccionismo—, con la sensatez del antioqueño para gobernar el éxito. Es lo que ha hecho también Rodrigo Arenas Betancur, desde cuando, sólo con el fuego de su talento, partió hacia México en 1945, a estudiar con los muralistas.

Es aconsejable volver a los disidentes para observar en sus comportamientos, como en un espejo, la proyección de valores que tienen en ellos la virtud de hacer evolucionar.

Imbuído del universo verbal del antioqueño, inmerso y a la vez distanciado de los valores paisas, Carrasquilla es el escritor arquetípico de la montaña y el que repudia la codicia de su gente. El más excelso cronista y, por ello, el mejor testigo de esa cultura material que ya para su tiempo alcanzaba refinamientos en la culinaria, en la jardinería, en la arquitectura autóctona, signos materiales de una instancia establecida y próspera. Crítico acerbo de la "gente local, chata y roma", descendiente librepensador de un inmigrante sueco, también León de Greiff pertenece a ese territorio de disidentes que participan a la vez de las más perfiladas características del modo de ser del antioqueño. Pocas obras poéticas más laboriosas, eruditas y vastas en el contexto colombiano, y con esa verbalidad del que juega con las palabras o que se deleita en la ironía; o, que arriesgado, aventurero, pone a Stepansky a jugarse todo —hasta la vida— y a Beremundo el Lelo a surcar los mares.

Hay una especie de dinastía de herejes que reflejan los mismos valores e idénticas tradiciones que el universo por ellos criticado, como en "Los Teólogos" de Borges, que se pasan la vida disputando y resultan ser uno solo en la mente de Dios: herejes que forman parte de una tradición siempre vibrante, receptiva a los aires nuevos con la renovación que traen estos críticos. A dicha estirpe pertenecen los nadaístas, quienes comienzan también escandalizando, poniéndole el dedo en la llaga a una Antioquia que quedaba en los físicos cueros en textos como "Medellín, a solas contigo" de Gonzalo Arango, en los cuales rescataba la religiosidad más entrañable y más cristiana que pueda imaginarse en la puritana montaña. Igual puede decirse de la vida ascética de un creador como Jaime Jaramillo Escobar, X-504 para la poesía, autor de uno de los libros más memorables del decenio de los sesenta y el texto capital de la poesía nadaísta, Los poemas de la ofensa.

9. LOS EXTREMOS DE LA AXIOLOGÍA
Hasta ahora, mirando al trasluz de lo paradójico, hemos indagado por la trama que une los extremos de la axiología y del carácter antioqueños, con el modo de ser de su disidencia estética, laboriosa, perfeccionista, tan arriesgada e innovadora y con tanto sentido de la identidad como existe al frente del espejo, en la sociedad antioqueña.
Cuánto más claras se ven estas correspondencias en ese otro arquetipo que alimenta la acción con la contemplación, aquel abogado y senador campesino que dedicó sus insomnios a crear los poemas —entre ellos la "Memoria Científica del Cultivo del Maíz en Antioquia" 18—, que lo convirtieron en el más popular de los poetas colombianos del siglo pasado, Gregorio Gutiérrez González; quien, en mitad del federalismo consagrado por la Constitución de Rionegro en 1863, dice —con ingenua petulancia, según el P. Félix Restrepo— 19 que "como sólo para Antioquia escribo, yo no escribo español sino antioqueño".

Al poeta Epifanio Mejía le ganó la locura que lo sumergió en melancolía después de haberles cantado a los amores, las tórtolas y las montañas, en particular en el poema adoptado como "Himno Antioqueño", a cuyas cadencias el paisa se pone de pie con unción, lo canta y llora: "Oh libertad que perfumas/ las montañas de mi tierra/, deja que aspiren mis hijos/ tus olorosas esencias"! Cadencias del Maestro Gonzalo Vidal que hicieron decir a Luis López de Mesa: "Este Himno que Antioquia ha adoptado como insignia feliz de su índole, merece una nueva interpretación musical, que lo deje en la augusta sencillez de las dos estrofas fundamentales y tome para el coro dos versos apenas, asordinadamente acompañados contra todo lo usual en tal materia por un leve murmullo de tambores, por que así estallen como en actitud de decisión y no cual un altisonante reto vanidoso". 20

Colocar en una misma lista a Berrío, Rafael Uribe Uribe, Carlos E. Restrepo, Suárez, el General Pedro Nel Ospina, Luis López de Mesa, Antonio José Restrepo, Alejandro López, Don Fidel Cano, Gonzalo Restrepo Jaramillo y Fernando González —el disidente por antonomasia—, significa hallar en estos espíritus disímiles el rasero común de que, a la vez, fueron hombres de acción y contemplativos, individuos esforzados que dedicaron sus vigilias a la administración publica o privada, al periodismo, a la política o al foro; y que —persistentes—, robaron horas a la oscuridad del sueño para dejar el testimonio escrito de las luces que encontraron. Orientadores por excelencia de su sociedad, encarnación de sus valores más íntimos, estos próceres aúnan las posibilidades de la laboriosidad, de la constancia, del riesgo, de la austeridad y su mezcla fructífera con la imaginación y el espíritu.

10. LOS PRÍNCIPES DEL ESPÍRITU
He hablado de los disidentes, pero sin desfigurar su propio contexto, ni menos presentar al pensador, a quien se mueve en el medio de las ideas, como un cuerpo extraño en la vida de Antioquia. Ya me he referido a esa supuesta contradicción entre el ideal de lo práctico y la contemplación intelectual, como algo que no resiste el menor análisis. A los nombres ya mencionados, habría que agregar, en visión somera, otros no menos ilustres: el Padre Félix Restrepo, Sanín Cano, Gerardo Molina, Carlos Mazo, Alberto Gil Sánchez, Emiro Kastos, el Indio Uribe, Rendón, Fernando Gómez Martínez, Castro Saavedra, Alberto Jaramillo Sánchez, Pedro Nel Gómez, Francisco Cano, Tartarín Moreira, Carlos Vieco, Mario Rivero, Jorge Robledo Ortiz, Graciliano Arcila, en fin, me haría interminable.

La conjunción con los valores antioqueños y la virtual distancia crítica, se hacen verbo y carne en los más connotados poetas del presente. Acreedor del premio reconocimiento otorgado por la Universidad de Antioquia, admirado por los poetas jóvenes, el discreto José Manuel Arango ha producido en los últimos 20 años una de las obras iluminantes de la poesía colombiana. Igual austeridad y constancia, idéntica lucidez, pueden predicarse de otro hombre que, atendiendo más de cinco lustros la cátedra, ha escrito entretanto una obra poética rigurosa, Elkin Restrepo. Ambos laboriosos y anónimos profesores, habitantes de la clase media, han dejado el cálido testimonio poético de una nueva sociedad sacudida por bruscas olas de violencia, sociedad ya urbana que encuentra, en palabras de José Manuel Arango, que "la ciudad es un texto": una ciudad donde "la sombra del soldado se refleja sobre los adoquines". Y mientras Arango ha creado con sus poemas breves una obra lúcida, Elkin Restrepo ha edificado la mitología de la infancia feliz del niño citadino, rescatando héroes entrañables del cine y realizando algo que expresa hermosamente en uno de sus versos: "esta vida reclama lo que el sueño hace silencio".

Otro tanto puede decirse de Darío Jaramillo Agudelo, testimonio de lealtad a la poesía, "esa batalla de palabras cansadas; nombre de cosas que el ruido escamotea", según describe el oficio de poeta al cual da pruebas manifiestas de fidelidad. Para el escogimiento de ese oficio, sucumbieron en él compromisos y tentaciones familiares de carácter mercantil, a las voces que lo llamaban desde las esferas de la creatividad, tal como De Greiff prefiriera en su momento la belleza "de ver fugarse los crepúsculos", al frenesí febril de las chimeneas manufactureras. Y de Juan Manuel Roca, cuyo esotérico lirismo pinta con pincel impresionista las situaciones amorosas de cada instancia: "tal vez el misterio de la poesía consista en convertir flores en fuego, fundar el mito, atrapar el imposible".

De consiguiente, también hay en Antioquia sitio acogedor para los peregrinos del intelecto, príncipes del espíritu, sin sede permanente. Lo pondera, además, el hecho hermoso de que quizá el poeta de más prestigio y popularidad en el torbellino industrial, sea Raúl Gómez Jattin, llegado de la Costa Atlántica, y quien canta así: "Va Catalina/ Viene Catalina/ Llegó Catalina/ Junto a mi pecho como un gorrión/ Como una hermana, una abuela o una amiga/ su melena calienta mi corazón/ No quiero que se vaya/ Si es tan tierna/ Si parece que tuviera en vez de huesos/ plumas/ en vez de voz puro aliento/ En vez de amistad un pleno amor/. Catalina vale un millón de besos en poemas/ Catalina es un corazón de viento/ y el viento quisiera serlo yo".

11. EL ROMANCERO
En el prólogo a la primera edición de las obras completas de don Tomás Carrasquilla, advierte el español don Federico de Onís 21 que la lengua de Antioquia, la lengua y el estilo de Carrasquilla (el gran Carrasco, como coloquialmente se le decía) es sin duda el castellano, como lo es de toda la América Española, y aun podríamos añadir que es uno de los sitios (incluyendo a España) donde mejor se habla; agrega que esto no quiere decir, como ha pensado Cejador, que dicha mejoría se deba a que en esa región se haya conservado el español más puro a causa del aislamiento y el apego a la tradición. Y que si es verdad que el español de Carrasquilla y de Antioquia sorprende y maravilla por su riqueza en palabras y giros que fueron clásicos y ahora sobreviven, también entre los campesinos de Castilla y Andalucía se destaca por su capacidad de innovación, de lo cual hace su encanto. Años antes lo observaron así Caro y Cuervo, y lo hizo más de una vez el señor Suárez en varios de los "Sueños". Todos, con Bello a la cabeza, trabajaban aquende el mar por la unidad de la lengua, como allende el mar los Reyes Católicos lo hicieron por la unidad de la península, donde ni entonces ni ahora se alcanza la mismidad del idioma de que gozamos en nuestra América. En contraste con Alberdi en la Argentina, quien habría querido varios españoles individualizados, en el resto de América la constante ha sido la lucha esforzada por el mantenimiento de la unidad de la lengua, con las innovaciones refrescantes y las modulaciones de cada región. Así en Antioquia, donde afirma Flórez que "por el apego a formas y significados antiguos las hablas antioqueñas tienen un sello muy español, y por la tendencia renovadora son al mismo tiempo muy americanas". 22

El puente de transferencia del romancero del siglo de oro a América, fue el romancero de las Islas Canarias, recurso esencial para explicar la más antigua tradición al mundo recién descubierto, según don Ramón Menéndez Pidal, citado por la hispanista alemana Gisela Beutler 23, quien durante tres años de estudios en Colombia recogió textos religiosos y novelescos en la Costa Atlántica, en el interior, en Nariño, en el Chocó, en la Catedral Primada de Bogotá, y en Antioquia, con similitudes con el romancero español. Del gongorista Hernando Domínguez Camargo es éste:

En dos cruzados maderos,
nudosos monstruos del bosque,
que aún para leños son rudos,
si para troncos disformes;
con más heridas que miembros,
vinculado miro a un hombre,
víctima que si pénsil muere
porque vivan Absalones.

De Cáceres, población del norte de Antioquia, trascribe éste:

—Barquero, ¿quieres cruzarme
a la otra orilla de la mar?
—Si te paso, niña hermosa,
si te paso, ¿qué me das?
—Te doy mil alhajas de oro,
mi pulsera y mi collar.
—Eso no, niñita hermosa,
lo que pido, vale más.
La niña le dio el besito
y el barquero la cruzó.
—¡Adiós, niña pasajera!
—¡Adiós, barquerito, adiós!

Y de Cocorná, al oriente de Antioquia, viene este romance:

La Virgen se está peinando
debajo de una palmera,
sus peines eran de plata,
su cinta de primavera.
Por aquí pasó José,
me dijo de esta manera:
—Por qué no canta la Virgen,
por qué no canta la reina?
 
12. LOS LENGUAJES
Queda claro que la coyuntura tradicional de clases, que bien pudiera entenderse como clase única campesina, palpable hasta bien avanzado el siglo XX, desde mediados del siglo pasado tuvo su repercusión literaria. En pocas partes dentro de los amplios dominios de la lengua, puede advertirse tanta cercanía entre la lengua escrita por sus mejores cultores y la lengua hablada por el común en los hogares y mercados, en los cafetales y en los socavones.

Si algo identifica al antioqueño en cualquier lugar, es su expresión lingüística. Luis Flórez destaca como características suyas una "entonación de giros altos, de eses sibilantes, voseo corriente, con un uso frecuente de pues, hopa, querida, ave maría, conversación rápida, empleo de muchos y frecuentes diminutivos signo de afectividad, exageraciones gráficas, ingeniosas y expresivas junto al uso del misiá y el don" 24. Al lado de esto, se debe destacar el ingenio del paisa que brota en todas las situaciones y espacios, a través de refranes trabados y juegos verbales: Emilio Robledo recogió en mil papeletas lexicográficas 25 otras tantas expresiones que iremos dejando a la vera del camino de este trabajo. En seguimiento de una lógica del lenguaje que no siempre prevalece, en la Antioquia del golfo de Urabá, transida de costeñismos, se oyen adverbios de modo terminados en mente, como la respuesta que se da a quien pregunta por la circunstancia del interlocutor: "graciasadiosmente bien, dotor; sindudamente, dotor". O testimonio de lógica inusitada, en una fonda campesina: "Ni se fía, ni se presta plata, ni se me suba al mostrador".

Hay estudios bien acabados sobre el voseo familiar de los antioqueños, similar al de los argentinos. Muy distinto del vos mayestático, este trato a la segunda persona del singular, remplazando el por el respetuoso usted, y ustedes (se usa aún el vusté, vustedes), tiene su conjugación propia en todos los verbos con prescindencia de la i del plural vosotros y del solemne vos en la última sílaba 26 .   Vos sos, vos amás, vos sabés, vos fuistes, vos influís. En la confidencia del amor entre antioqueño y antioqueña, resulta artificial y postizo el , lejano y frío el usted, y profundamente tierno el vos. Y es frecuente que el lustrabotas o el vecino ocasional en el estadio lo trate de vos con la espontaneidad surgida del hecho de sentirse igual.

Se usa todavía el mi amo y el ño y ña, como en esta copla:

Buenas noches, ña María,
celebro que esté alentada,
y después de haberla visto,
vengo a que me dé posada.
(Restrepo, Cancionero, CCXXXVIII).
 
13. MÚSICA Y FOLCLOR
El folclor antioqueño es producto de un largo proceso de transculturación, en el que tuvieron parte activa y creativa tanto las comunidades indígenas que habitaron la región antes del descubrimiento, como los españoles y los esclavos negros, cada uno de estos grupos con una visión del mundo y con una cultura diferente. Esta mezcla originó una música, una coreografía, unos usos y costumbres determinados y un habla popular que incluye mitos y narraciones.

Sobre la evolución de la música y el baile popular en Antioquia, poco se sabe. A través de La marquesa de Yolombó, don Tomás Carrasquilla ofrece datos expresivos sobre este rasgo esencial en la vida de los pueblos. Merece mencionarse la guabina, nacida en Antioquia hacia el siglo XVIII como una danza popular que se realizaba en parejas. El bambuco llega a la región por el año de 1852, y a pesar de no ser parte de la tradición se convirtió en uno de los aires más populares, al igual que el pasillo, en general melancólico: este hecho implica el predominio de la música de cuerda sobre los instrumentos de viento y percusión.

El contacto con el mundo que había más allá de las montañas, suscitó cambios: los bailes populares, como el mapalé y el currulao, propios de las zonas de influencia negra, en el golfo de Urabá, empiezan a perder fuerza y el bambuco deja de ser una danza para convertirse en la canción de serenata, siempre con doloridas declaraciones de amor y con añoranzas. A pesar de los cambios impuestos con el paso del tiempo, subsisten pueblos y veredas que conservan estas danzas con las cuales se mantienen unidos a un pasado de esfuerzo y de lucha. Entre las más expresivas están "Tierra Labrantía" que exalta la parcela y la esperanza, pero al tiempo la nostalgia de la ausencia; y "Las Acacias", en la cual se establece el gobierno de la ausencia y la tristeza por la soledad en la vieja casa familiar. La que se conoce como música guasca o de carrilera (por su predominio en las estaciones del ferrocarril), tiene igual acopio de nostalgia o despecho para el reclamo del paisa, que los tangos y milongas que se oyen en Medellín quizá más que en Buenos Aires.

La riqueza lingüística y el ingenio se manifiestan en la poesía popular, unida a la música y la danza, cuya más pura materialización es la copla, que se convierte en la voz del pueblo, en el espacio por donde rezuman sus anhelos, esperanzas y congojas. La copla toma la forma de seguidillas o de corridos. En cuanto a la temática, toca desde las guerras civiles, la politiquería, los enfrentamientos entre clases sociales, hasta los amores fáciles, el amor hondo, el amor a la madre, a la casa paterna y al pueblo natal. En las coplas es palpable la herencia española: en ellas están presentes el tono satírico y el jocoso de la picaresca, al lado del tema anticlerical.

En el "Cancionero Antioqueño" de Antonio (Ñito) José Restrepo 27, el autor recoge esta copla que le trae el recuerdo de un epígrafe en "El Doncel de don Enrique", de Larra:

¿Cúyo es aquel caballo
que allá abajo relinchó?
Cúyas son aquellas armas
que están en el corredor?

Y ésta, considerada por Restrepo como "de estirpe calderoniana", y que él oyó "a un negro zahorí" en los socavones de las minas de "El Zancudo" en Titiribí:

Precipitado me siento
a aborrecer lo que adoro,
pero al mismo instante lloro
mi propio aborrecimiento.

En "La puerta de Mantible" de Calderón de la Barca se inspira esta:

Soy la puerta de Mantible
y los brazos de Monroy,
los Siete Infantes de Lara
y lo que te digo soy.

Dice Ñito que la copla que sigue debió escribirla algún seductor jactancioso, escapado por milagro al puñal y al revólver de las seguras vendetas:

Una niña me dijo
en Salamina:
¿Cuándo va por el niño
que ya camina?
Y ésta inequívocamente antioqueña:
De las peñas sale el agua,
de la leche los quesitos,
de los caratejos grandes
salen los caratejitos.
Dos más del Cancionero:
Del limón cogí la flor,
del naranjo los azahares;
de tu corazón y el mío
lo que cojo son pesares.
Decís que te vas mañana,
yo también me voy, lleváme;
si no me querés llevar,
sacá cuchillo y matáme.
Y sobre la extensión de la copla:
Ningún autor la escribió,
mas cuando alguien lo está oyendo
el corazón va diciendo:
"Eso lo compuse yo".

En el sur de Antioquia era legendario el patriarca colonizador don Lorenzo Jaramillo. De él se decía:

Por do pasa don Lorenzo
todo es regocijo y canto.
Ángeles y Jaramillos
dicen Santo, Santo, Santo.

Y esta, de la cosecha de Manuel Mejía Vallejo, quizá advertida por el novelista en el "Cancionero" de Restrepo:

Pertenece a la realidad o a la leyenda que Ñito Restrepo salía los viernes del Senado en Bogotá, de enfrentarse con el Maestro Guillermo Valencia en debates sobre la pena de muerte, viajaba a Antioquia y, sin detenerse en Medellín, seguía a Titiribí a cumplirles la cita semanal al aguardiente, a la tertulia de los funcionarios de las minas de oro de "El Zancudo", y al legendario trovero campesino Salvo Ruiz. Un día Ñito le espetó esta:

Oigame Usté, Salvo Ruiz,
yo le vengo a preguntar,
¿cómo pariendo la Virgen,
doncella pudo quedar?

Dicen que Salvo apuró un inmenso aguardiente de contrabando, "tapetusa" como se le llama, rasgó el tiple de doce cuerdas y respondió:

Oiga Usté, doctor Restrepo,
yo le vengo a contestar:
tire Usté una piedra al agua,
abre aquí, vuelve a cerrar.
Así, pariendo la Virgen,
doncella pudo quedar.

Otra manifestación del alma colectiva la constituyen las narraciones a través de mitos y leyendas, producto del enfrentamiento y fusión parcial de las tradiciones españolas con las creencias indígenas y africanas.

Parte de la tradición narrativa antioqueña se encuentra en los cuentos de Pedro Rimales, Sebastián de las Gracias y Tío Conejo, junto a los cuales crecieron también la Patasola, el Patetarro, la Madremonte, el Gritón, el Mohán, el Hojarasquín, el Ánima Sola, el Diablo, todos provocadores de males y tragedias, frente a los cuales el pueblo ha creado sus conjuros, contras y ensoñaciones, como la certeza, cuando rumba la candela en el fogón de tres piedras, de que viene visita que trae regalos: Agustín Jaramillo Londoño ha recogido en "El testamento del paisa", un tesoro de instancias populares como rezos, exorcismos, cuentos, exageraciones.

14. EL REFRANERO
Si la música, la danza y la expresión lingüística constituyen la manifestación del pueblo, el refranero se erige en la materialización más elemental y franca de la posición que el hombre asume frente a la vida.

Los refraneros representan rasgos locales típicos, ya que la experiencia que los sustenta cambia, de acuerdo con las circunstancias geográficas, raciales y psicológicas peculiares de cada época y región. Antioquia es un territorio particularmente rico en dichos y refranes que manifiestan las experiencias y sufrimientos de sus gentes, al igual que su siempre optimista sentido de la vida. En conjunto, esta cultura popular muestra la historia del colonizador y sus peones, del arriero que abrió los caminos por el fragoroso y vasto territorio, del minero y las personas que hoy —como antes— se muestran capaces de darle a su historia un rumbo marcado por el coraje, que don Benicio Restrepo, hermano de Ñito, ponía en boca de los colonizadores, así: "A un lado serpientes, alacranes y avispas, tarántulas, cientopiés y hormigas rondadoras, trasgos y fantasmas, diablos y demonios, que aquí va un hombre con hambre" 28.

Hay una teoría del refrán como simbiosis de vivencias y síntesis de modos de ser. Se dice que sus orígenes se remontan a los del ser humano. Sus huellas aparecen en los clásicos griegos, en filósofos como Sócrates, Aristóteles y Platón, en cuyo diálogo sobre Protágoras se explica que contienen la más antigua filosofía. Emilio Robledo 29 recuerda que fue tal la autoridad que dieron los griegos al refrán, que para dirimir un litigio entre Atenas y Megara sobre la isla de Salamina, se alegó en favor de los atenienses un refrán extraído de los poemas de Homero. Es rico manantial El Libro de Buen Amor del Arcipestre de Hita con 221 refranes o retráeres de fines del siglo XIV; lo son el Marqués de Santillana, Juan de Mena, y el Diálogo de la Lengua de Juan de Valdés. Pero sobre todo, Don Quijote con 3.500 refranes y una filosofía paremiológica inagotable. Gonzalo Correas 30 fue el primero en acometer en 1627 la tarea de un Vocabulario de refranes y frases proverbiales; y Sbardi, a fines del siglo XIX, compiló diez volúmenes de refranes españoles de referencia obligada. Para el señor Suárez "las frases hechas, modismos, refranes, cantares y cuentos, todo lo que forma lo que ahora se dice folk-lore, o vida nacional reflejada en el lenguaje, es en Antioquia caudal cristalino de amalgamiento español".31

De ese caudal de amalgamiento español hay numerosos ejemplos, algunos desaparecidos, como la "Autobiografía de un antioqueño rico" sobre un paisa de apellido Córdoba, que empezó a publicarse en Medellín en 1898; pero su familia entró en pánico por las confidencias audaces, y la suspendió. El profesor Jaime Sierra García trae, en las setecientas páginas de El refrán antioqueño en los clásicos 32 , refranes y expresiones de Don Quijote que se oyen en Antioquia. Por ejemplo, "cada uno es como Dios lo hizo y a veces peor"; "cuando una puerta se cierra cientos se abren"; "el buey solo bien se lame"; "el muerto al hoyo y el vivo a la olla". Y las expresiones ultimadamente ("oh mi señora Dulcinea del Toboso, extremo de toda hermosura, fin y remate de la discreción, archivo del mejor donaire, depósito de la honestidad, y, ultimadamente, idea de todo lo provechoso, honesto y deleitable que hay en el mundo" (Don Quijote, Parte Primera, capítulo XLIII, página 258), que aparece de continuo en Carrasquilla; suplicar con lágrimas en los ojos; no llega a la suela de mi zapato; llorar lágrimas de sangre el corazón; hacer pucheros; estar enamorado hasta los hígados; comprar el bastimento; acosar más que mula bastimentera; madurarse biche; así se estrega pa' que blanquié; paga más un retrato en el fondo de un baúl; no te puchés; no me dejo marraniar; calláte esos ojos, querida.

Y estos refranes de circulación cotidiana, recogidos también en el Diccionario jilosófico del paisa por Luis Lalinde Botero 33:

Según el marrano es la horqueta; en cojera de perro y en llanto de mujer no hay que creer; meter chucha por guagua; las cosas valen lo que den por ellas; gozar más que un boquineto chupando caña; el día de la quema se ve el humo; el primer maíz es de los pájaros; en la peluquería, como pagás quedás; cada hijo al nacer trae su arepa debajo del brazo; antioqueño no se vara; tiene más costuras que un carriel envigadeño; la cáscara guarda al palo y el mico come chumbimba en caso de necesidad; perro viejo late sentado; a un bagazo poco caso, a un cagajón poca atención.

Y este, de obvio parentesco:

Más vale ponerse colorado una vez,
que descolorido toda la vida.
El Arcipreste de Hita dice:
Más vale vergüenza en faz,
que en corazón mancilla.
 
15. REFLEXIONES ÚLTIMAS
Ya al final de este recorrido por los escenarios espirituales básicos de lo que sigue siendo "Antioquia, la grande" aún para los miembros de la joven generación actual dispersos por el mundo y con un lejano antepasado paisa en la historia familiar, ya al final quiero rendir homenaje a quienes, propios y extraños, con sus investigaciones nos enseñaron a definir los rasgos de nuestra identidad cultural. Gracias a ellos podemos concluir que el pueblo antioqueño forjó sus características en un proceso lento, con esfuerzos, sudores y lágrimas. La población inmigrante peninsular se asentó en los núcleos urbanos de Santafé, Rionegro, Marinilla, La Ceja del Tambo, Sonsón, Abejorral y las poblaciones del Valle de Aburrá, como en los campos circunvecinos. Los forjadores se consagraron al cultivo de una tierra empobrecida y casi inhóspita, para hacer de ella el hábitat familiar, hermoseado por el culto comunitario y el trajín colectivo. El laboreo de las minas introdujo, asimismo, el trabajo del indio y la inmigración de origen africano, concentrada en las zonas bajas del río Nechí, Remedios, Segovia y Zaragoza. El aislamiento durante más de trescientos años, confinado entre sus riscos y hondonadas, contribuyó a acendrar las singularidades étnicas que distinguen al antioqueño de los habitantes de las otras provincias, y a vincularlo emocionalmente al terruño. De ahí que la cultura tenga allí tan arraigado sabor telúrico, y que las costumbres patriarcales hayan trascendido de generación en generación, como nota específica del montañés.

Por esas circunstancias y por el continuado hacerse a lo largo del tiempo, el pueblo antioqueño se distingue en la historia de Colombia como conglomerado diferente de los demás pobladores del territorio, aislado y desconocido en los primeros siglos del itinerario nacional, para ser luego admirado por sus valores específicos. Sus costumbres, su desarrollo progresivo y su quehacer histórico, le fueron tejiendo los rasgos de esa fisonomía propia, fundida en buena parte en la forja en la cual se mezclaron etnias diferentes y aportes culturales varios; y en el confinamiento geográfico que registró durante tres siglos. Lo han reconocido así los analistas que se han asomado a ese modo de ser y a su lenguaje: el lingüista general Rafael Uribe Uribe recogió en 1887 en el prólogo de su fascinante Diccionario abreviado de galicismos, provincialismos y correcciones del lenguaje, el pensamiento de Bello, Cuervo y Caro sobre el significado dinámico de estas hablas regionales 34. Su religiosidad y la vivencia de la familia han permanecido en la base de la población, a pesar del influjo cambiante del tiempo, del imperio distorsionador de muchas violencias y del apremio exigente de la modernidad. Tanto es así, que aun en el mundo del delito los protagonistas tratan con afecto esos valores, acomodándolos desde luego a sus propias nociones de la vida y de la muerte. Su amor por las costumbres populares y por el folclor se conserva y enriquece con los aportes que brotan de continuo del alma popular; y cada vez se hace mayor el número de sus poetas, pintores, músicos y narradores. El pueblo antioqueño tiene hondo sentimiento romántico, por lo cual sigue siendo gente de trovas y canciones, de himnos y esperanzas, enraizadas en la tierra y en la tradición.

Después de cuatrocientos años de actividad rural, de guardería y laboreo de minas y de arriería, la industrialización le abrió nuevos horizontes para la evolución y el desarrollo. La industria antioqueña compite en los mercados internacionales sin perder su identidad.

La realidad sociocultural de Antioquia tiene caracteres propios. La axiología de la gente, entendida por tal la que le da fisonomía al pueblo antioqueño, exalta a quienes fueron forjadores de esa sociedad, cuyos valores humanos sobreviven como nervio de las generaciones actuales. Entre esas características acaso sobresalga una, como la de mayor fuerza cohesiva: la del amor entrañable a la tierra, que lleva a la desmesura en su ponderación. Así, la catedral más grande del mundo es la de Villanueva en Medellín; el túnel más largo del planeta, el de "La Quiebra" en el ferrocarril Medellín-Puerto Berrío que construyera el cubano Cisneros; el puente colgante más largo, el de "Occidente" sobre el río Cauca, construído por don José María Villa. Sobre este rasgo tan representativo del modo de ser del antioqueño, versa el hermoso discurso de ingreso a la Academia Colombiana de la Lengua, de la antioqueña Rocío Vélez de Piedrahita 35. Y versan los relatos de los culebreros en los mercados pueblerinos 36. "Las exageraciones frecuentes, gráficas, ingeniosas y expresivas —dice Flórez— 37 referentes a la inteligencia, la malicia, la audacia, la fuerza, el valor, el poder, el amor, la riqueza, etc. (para los antioqueños las cosas mejores y las más grandes están en Antioquia, real o imaginariamente"). El adjetivo enorme es sinónimo de grande en Carrasquilla: "... eso era un laberinto de casa lo más grande, lo más asiao, lo más precioso y más enorme". El superlativo en ísimo se usa así, también en Carrasquilla: "... Una arboleda muy grandísima". Y los comparativos mejor, peor, superior, inferior, se toman como positivos: "allá se trabaja más mejor", "mientras más pior, mejor, mi don".

Entre los campesinos el diminutivo constante es testimonio de afecto y de ternura, como en esta despedida que trae Flórez: "Adiosito, pues, y que la Virgen me los lleve con bien". Hago mío este "adiosito", agradeciéndoles, una vez más, el que me hayan dispensado uno de los honores más gratos de mi vida, honor que recibo con la modestia de quien sabe que sus reales destinatarios son los libros que ha amado y amará hasta el fin de sus días.

 


Regreso al índice general