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CAPÍTULO IV
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EL LENGUAJE COMO EXPRESIÓN DE LA
HISTORIA EN ANTIOQUIA
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Discurso de posesión como Individuo
Honorario de la Academia Colombiana de la Lengua: octubre 11 de 1991, en Santafé de
Bogotá.
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El lenguaje es la casa del ser; en ella ha
establecido su morada.
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HEIDEGGER.
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Adiós, compadre...
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Adiós, compadre, fue la respuesta
con la melancolía del alabao.
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Compadre, preguntó nuestro boga al
otro, ¿pa'onde va con esa gente?
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La respuesta fue:
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No compadre, si ésta no es gente,
¡estos son unos paisas...!
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(Diálogo entre bogas en el río San Juan,
Chocó) 1
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1. INTRODUCCIÓN. LA DOCTA ACADEMIA
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El saber desinteresado de la Academia y de
la Universidad, hizo siempre amigos pero ganó también enemigos: es explicable que el
campo se partiera y que se despertaran sentimientos encontrados sobre un saber que, al
buscar el conocimiento y deleitarse en él sin censura, reemplaza el dogmatismo cerrado
por la duda abierta y convierte la enseñanza magistral en debate libre. Seguidores y
contradictores se medían así en la misma contienda del pensamiento, los unos a veces en
la fortaleza apodíctica del magister dixit; los otros en ocasiones en la
irreverencia a priori, surgida más de jactancia que de discernimiento, que tal era
mi situación.
Fue grande, por eso, mi perplejidad en la
mañana del 12 de febrero de 1991: el Padre Manuel Briceño Jáuregui, director de la
Academia Colombiana de la Lengua; el académico Ignacio Chaves Cuevas, director del
"Instituto Caro y Cuervo"; y el académico Horacio Bejarano Díaz, secretario,
me informaron que la víspera, en la primera junta ordinaria de 1991, la corporación
había tenido a bien elegirme unánimemente como Académico Honorario, "habida cuenta
de sus méritos como periodista y ensayista de pluma ágil y estilo correcto, lo mismo que
del mecenazgo que para las letras ejerció durante su período presidencial". En
forma solemne, el Padre Briceño leyó una breve recordación de Manuel Fernández
Pacheco, Marqués de Villena; quien, en el Madrid de comienzos del siglo XVIII, tuvo la
primera idea de fundar la Real Academia Española; cómo se discurrió en convocar
personas que compusieran este cuerpo y cómo la grandeza, autoridad y respeto del
Marqués, halló quien se ofreciese al trabajo, "por honra propia y lustre de la
Patria". Como si fueran pocos los motivos para mi estupor, leyó el artículo 9o.
de los Estatutos acerca de los miembros honorarios, los cuales "en este supremo grado
de la Institución gozarán de todos los derechos de los académicos de número y no
estarán obligados a aceptar comisiones o encargos onerosos". No habían sido
obstáculo mis irreverencias adolescentes, ni mis jactancias sin discernimiento, ni el
desaliño de mis escritos, para otorgarme honor tan señalado; de donde las perplejidades
y los asombros, aliviados por lo que dice don Alfonso Reyes en un ensayo sobre Elio
Antonio de Nebrija, considerado el verdadero artífice de la lengua castellana, y quien
publicó en 1492 la primera Gramática Española, dedicada a Isabel la Católica.
Indica Don Alfonso:
...y como a cada edad toca su verdad,
Gracián propone la repartición de la vida de modo que a una época corresponda hablar
con los muertos, los libros y el estudio, los años de aprendizaje; a otra toque hablar
con los vivos: la experiencia de las cosas del mundo, el trato, los años de viaje; a
otra, finalmente, el hablar a solas consigo mismo, los años de meditación y recuerdo, la
época de escribir de los griegos...
En un añejo volumen de discursos
académicos di con los orígenes de la Academia Colombiana, en 1872, por iniciativa de don
José María Vergara y Vergara, narrados de mano maestra por don Antonio Gómez Restrepo y
don José Caycedo Rojas. Quien recuerda que se declaró como fecha clásica de la
institución el 6 de agosto, aniversario de la fundación de Santafé por el Adelantado
don Gonzalo Jiménez de Quesada en la tercera década del siglo XVI; y que se fijó en
doce el número de sus miembros (ahora son 29 de número y 80 correspondientes), en
memoria de las doce edificaciones pajizas levantadas en la ciudad primigenia, de
"casas de paredes sólidas, templos y edificios públicos, con los cuales se formaban
calles bastantemente rectas aunque no muy anchas" 2.
Héme ahora recogiendo las expresiones de
mi reluctancia juvenil frente a las academias y a los académicos. Y héme, asimismo,
expresando a la docta institución y a sus miembros mi reconocimiento por haber querido
exaltar en la persona de quien sólo ha usado el lenguaje escrito para expresarse con
defectos en la actividad pública, a los libros que ha amado y al periodismo que ha
ejercicio desde los días estudiantiles. En aquel entonces la tolerancia de los maestros
del oficio autorizaba licencias que más de una vez me llevaron sin fortuna a la lírica y
al relato costumbrista. Cada tarde habían de ser llenados espacios en un periódico
ortodoxo que vivía en la inopia, e improvisarse en temas y estilos al conjuro de la
necesidad, lo que condujo a que hiciera de cronista de policía, editorialista, armador de
titulares y, aun de "señorita redactora de la información social". Confío en
que de aquellas enseñanzas y de las hablas de mi tierra que recogieron tantos como don
Tomás Carrasquilla, don Efe Gómez y Manuel Mejía Vallejo; que enalteciera Suárez, y
estudiaran el Padre Félix Restrepo, Emilio Robledo, Ñito Restrepo, Julio César García
y Luis Flórez, entre otros, algo haya quedado para discurrir en torno al lenguaje y modos
de ser del antioqueño. Sobre el cual, me cuenta Kurt Levy, especialista si los
hay en Carrasquilla, que le oyó decir al Maestro Baldomero Sanín Cano: "En
Bogotá hay casi más antioqueños que gente".
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2. LA DUDA SOBRE EL ORIGEN JUDÍO DE
LOS ANTIOQUEÑOS
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Nada he encontrado en mis andanzas, tan
semejante como el castellano levantino y el castellano hablado por los campesinos de
Antioquia, los de Caldas, Risaralda, el Quindío, el norte del Valle del Cauca, el norte
del Tolima y el oriente del Chocó. En pláticas con ancianos humildes de Jerusalén, en
Israel, entre ellos un vendedor ambulante de empaques de papel que contenían tierra, Tierra
Santa para que los peregrinos la trajéramos como recuerdo, no sabía si mi
interlocutor era un montañero de Sonsón o un mendigo de la corte de los milagros. Son
los descendientes de los judíos desterrados de España en el siglo XV por Fernando e
Isabel. Pregunté al fachendoso traficante con objeto tan sagrado como la tierra que
Cristo pisara, dónde había aprendido castellano, y me respondió que no conocía tal
lengua. De nuevo lo interrogué sobre el idioma español y me contestó que tampoco lo
conocía. "Solamente hablo el ladino, que es la lengua de mis mayores: lo aprendí en
Salónica". Era el mismo hablar terso de Jacobo García, el conductor de taxi en
Estambul, que para él seguía siendo Constantinopla. Cuando en el muelle nos avisaron que
el barco tardaría cuatro horas, me dijo: "Esta demora va por cuenta mía. Quiero
convidarlo a merendar en mi casa, para que sepan mis nietos que también en América
hablan ladino". En su hogar me leyó noticias y chascarrillos escritos en el lenguaje
vulgar del cierre de la edad media, no ya el del vulgo sino el de Mingo Revulgo: Jacobo y
yo sabíamos de memoria aquello de "non vale el açor menos/ porque en vil nido siga/
nin los ensiemplos buenos/ porque judío los diga". Al zarpar el barco, alborozado
por este tope y agradecido con mis anfitriones, alguno de los cuales vistió por la cabeza
una prenda no tan ancha como la ruana ni tan angosta como la mulera, percibí que no
hacían falta más probanzas sobre el origen hebraico del pueblo antioqueño.
La "antioqueñóloga"
tremendo neologismo, llama a este término el gran historiador Jaime Jaramillo
Uribe, nacido en Abejorral 3, Ann Twinam trae la
siguiente anécdota del médico Eduardo Zuleta:
Un día al llegar a Bayona entró al tren
en que iba yo hacia Madrid una señora de un parecido extraordinario a una amiga mía de
Medellín. Como la señora notó mi sorpresa, me miró con atención y al cabo de algunos
minutos me dijo: "Creo que nosotros somos hermanos en religión, pues me parece que
usted es israelita". Díjele que había nacido en un pueblo de Colombia cuyos
habitantes se creía que eran de origen judío, pero que nada había podido demostrarse de
cierto a este respecto. "Cuando usted regrese de Madrid, éntre a Bayona y visite el
barrio judío que quizá puede interesarle". Así lo hice y cuál sería mi sorpresa
cuando noté la increíble semejanza de estos judíos con los antioqueños y cuando supe
que muchos de ellos tenían los mismos apellidos que hay en Antioquia. 4
Más tarde he ponderado tales pruebas
indiciarias y no las hallo concluyentes por sí solas. Ni las hallaron concluyentes don
Marco Fidel Suárez en los "Sueños de Luciano Pulgar", aunque el señor Suárez
no fuera un científico en estas materias; ni don Emilio Robledo, ni otros estudiosos de
profundo calado intelectual. En todo caso y con lo que se ha visto y se está viendo por
estas calendas en Europa, Asia, África y Norteamérica, que sugiere amagos de retorno al
tribalismo, nos hallamos ante un tema cuyos ingredientes pueden desencadenar dañinos
condicionantes; tema que no tendría sentido en países que apenas se forman, como
Colombia.
Pero quiero reconocer que no había
fenecido la generación de los Reyes Católicos cuando ya, en nombre de su nieto Carlos I
de Castilla y V del Imperio, en mi tierra se habían fundado y prosperaban Santafé de
Antioquia, Santiago de Arma, Santa Ana de los Caballeros, Zaragoza y Cáceres, sin contar
con los reales de mina y los hatos de vaquerías que con celeridad fueron asentándose por
los extremos de aquellas montañas grandes y esos valles pequeños, cañones que
llamamos en el habla de cada momento. Los vocablos y giros que trujeron como se dice
en Antioquia, en Jerusalén y en las coplas de pie quebrado de don Jorge Manrique,
eran los mismos que la judería desterrada llevó hasta los confines de la diáspora. No
encontraron aquellos fundadores, poblaciones indígenas abundantes que hicieran el
mestizaje de sus dialectos con la lengua imperial. Quedaron alejados de la corte
virreinal, del mar de Cartagena de Indias y de la gobernación de Popayán; y así,
encerrados en sus cordilleras y en sus quehaceres mineros, conservaron como en una alacena
bien cerrada, las voces y su trama sintáctica, tal como las habían recibido de Castilla
y Andalucía, un poco agrias por los vascuenses que las habían aprendido, pero también
dulcificadas en sus formas y tonalidades por los gallegos.
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3. LA LENGUA ES EL TESORO
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Si se aplica el rigor de la metodología a
nuestro lenguaje, se halla doctrina bastante en los estudios de dialectología de Luis
Flórez y en el Atlas lingüístico de Colombia publicado en buena hora por el
Instituto Caro y Cuervo: en 1952, 1953 y 1954, de pueblo en pueblo por veredas de
Antioquia, fueron elaborando papeletas lexicográficas los expedicionarios, pacienzudos
como benedictinos, de estas investigaciones. Y se valieron ya de nuevos instrumentos como
la grabación magnética para la fonología, el cinematógrafo y la fotografía para los
elementos folclóricos del contorno, y la cinta fonóptica para el tono y el gesto, que
pertenecen también al idioma.
Ocurre, con todo, que los mapas y los
diccionarios, la televisión y el cine, los millares de apuntes y la memoria de las
computadoras aportan acopios gigantescos de datos, pero no recogen la armonía estética
del panorama. Los horizontes son fotografiables con dificultad. No hay cámaras
fotográficas que abarquen como la retina, aunque sean enfocadas al infinito. Los pintores
capaces de sugerencia llegan adonde las técnicas no alcanzan, como en el óleo memorable
del Maestro Cano, "Horizontes". Pero el paisaje, lo mismo el físico que el
lingüístico, es para ser vivido, contemplado e interiorizado, hasta convertirlo en
sangre, más que para ser retratado, filmado o descrito.
Lo anterior da pie para reflexionar sobre
lengua y habla, conceptos dicotómicos que tienen como base según Saussure 5 la naturaleza multiforme y heteróclita del lenguaje, la
cual a primera vista se revela como realidad inclasificable, al mismo tiempo física,
fisiológica, síquica, individual y social. El habla representa, entonces, la
parte puramente individual del lenguaje (fonación, realización de reglas y combinaciones
contingentes de signos). La lengua es el lenguaje menos el habla: una institución
social y un sistema de valores. La lengua es la parte social del lenguaje. El habla es
esencialmente un acto individual de selección y de actualización. Pero no hay lengua sin
habla y no hay habla que esté fuera de la lengua; en este intercambio estriba la
auténtica praxis lingüística, como ha indicado Merleau-Ponty 6.
La lengua es un conjunto de tipos esenciales que el habla realiza en modos infinitamente
variables. La lengua es el tesoro depositado por la práctica del habla en los sujetos
que pertenecen a una misma comunidad; y dado que es suma colectiva de huellas
individuales a nivel del individuo aislado, no puede por menos que estar incompleta: la lengua
no existe perfectamente sino en la "masa hablante"; y es posible tan solo a
partir del habla, pues históricamente los hechos del habla preceden siempre a los hechos
de la lengua (el habla es lo que hace evolucionar la lengua). En definitiva: la lengua es
a la vez el producto y el instrumento del habla.
Detengámonos primero en el modo de ser,
para llegar después al modo de hablar.
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4. EL MODO DE SER DEL
ANTIOQUEÑO
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Porque hay un modo de ser del
antioqueño: con él tuvo que ver en gran manera la minería para darle paciencia en
la concepción, persistencia en la acción, constancia en la asociación, certeza en la
acumulación. Fueron primero la pereza y la desgana: así lo advirtió en las últimas
décadas del siglo XVIII el gobernador Francisco Silvestre en su Relación sobre
Antioquia y métodos para mejorarla
7. Y lo convirtió en
pedagogía el moralizante Oidor Mon y Velarde, quien informaba a la Corona sobre "el
concierto de mujeres libertinas" en el Medellín de entonces; sobre "la vida de
las mujeres estragadas", de las "mujeres mal entretenidas", de las
"mujeres que hayan dado mala nota", o "mujeres perdidas", a todas las
cuales se deberá "intruir en la doctrina cristiana, enseñándoles todos aquellos
ministerios propios del sexo mujeril, manteniéndolas con honestidad y recato". Era
grande la obstinación del Oidor en la misa dominical, ya que no querían salir del monte
para nada; su preocupación por la compostura durante los oficios religiosos, al punto de
establecer penas de dos meses de cárcel a los de color humilde, libres o esclavos, y de
diez pesos de oro a los nobles que concurran al atrio de la iglesia "a las horas en
que se celebran los oficios divinos y están abiertas las puertas del templo, formando
corrillos, haciendo tertulia, manteniéndose con el sombrero puesto en escandalosa
irreverencia en la casa del Señor" 8.
Lo que Silvestre y Mon encontraron fueron
pobreza, pereza, falta de educación, desocupación, vagancia, desgreño administrativo.
En 1729 don Antonio Manso y Maldonado informaba a la Corona "que la Provincia de
Antioquia estaba en los últimos términos de aniquilarse". En 1783 decía Silvestre
"que estaba en las últimas agonías de su vida"; y Mon: "de aquí resulta
que ni para sí ni para el Rey son útiles estos vasallos y muy perniciosos a la sociedad
común, pues siendo ellos unos vagabundos, sin destino ni ocupación, no cuidan darle a
sus hijos y dentro de poco tiempo será un enjambre de gente sin Dios, sin rey ni
religión". Silvestre empezó el cambio de rumbo. Mon, destinado el 2 de agosto de
1782 por el Arzobispo-Virrey Antonio Caballero y Góngora a hacer una visita que se
prolongó por más de dos años, enderezó más aún las costumbres con medidas para dar
la tierra a quienes sí la explotaran: "No parece irregular que habiendo muchos
pobres que quieren cultivar estas tierras", escribía, "haciéndoseles
oposición por alguno que hace años las tiene abandonadas y acaso jamás se acordó de
que las tenía, se le obligue a éste a que a lo menos manifieste el título en que funda
su intención, para saber lo que comprende y remediar al miserable en lo restante".
Estanislao Zuleta observa que en la posición anterior está la clave de la tarea regeneradora
de Mon y de los ataques de que se le hizo víctima 9.
Y se regeneró la Provincia: las
costumbres se tornaron austeras alrededor del hogar que mantenía su unidad mediante la
dirección de la madre, quien con astucia discreta hacía que pareciera como que todo se
movía bajo la férula del patriarca, entre sobriedad y conflictos, virtudes y rigor. Ha
sido ésta del hogar, constante de aquella historia, de su dinamismo; y no es para
sorprenderse de que ahora, con tantas reconstrucciones como se emprenden, por ejemplo en
Europa, los censos para medir las posibilidades de éxito sean formulados no sobre
individuos sino sobre familias.
La conformación geográfica de
Antioquia, su lento desarrollo y su aislamiento de las demás regiones de Colombia, fueron
determinando un particular crecimiento y una singular forma de vida. Su visión del mundo
se fue estructurando a partir de la lucha de gentes que, obligadas por el medio, se
abrieron paso a través de la maraña de una región inhóspita. Tales condiciones se
convirtieron en el terreno apropiado para que se configuraran los rasgos característicos
del pueblo antioqueño: el amor a la libertad e independencia, el sentido práctico y
positivo, los hábitos de ahorro y previsión, que han estimulado el sentimiento de
altivez propio de las gentes de la montaña, resueltas a vivir sólo de sí mismas.
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5. EL PRAGMATISMO NATURALISTA
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La muralla que la naturaleza impuso entre
el pueblo antioqueño y las demás regiones de Colombia, le atenuó los efectos
devastadores de las guerras civiles y los levantamientos de nuestro sigo XIX; dio perfiles
menos duros a la lucha política y suministró base a una visión afanosa del desarrollo
económico, sin que ello permita hablar de un nuevo paraíso terrenal: no por nada se
produjeron las grandes migraciones originadas en la pobreza y en la presión demográfica;
y por algo, más que todo como referencia a la epopeya de la colonización, habló don
Alejandro López de la batalla entre el hacha y el papel sellado.
El padre en la aventura de climas
cálidos malsanos pero la prole en las alturas a cargo de mujeres virtuosas,
emprendedoras, fecundas y sanas, así se hizo, hace 200 años, la colonización. Roger
Brew pone los movimientos demográficos como catalizadores de la riqueza minera 10. Octavio Arismendi Posada advierte que el crecimiento de la
población y la insuficiencia de la economía minera para brindar subsistencia a las
familias numerosas, estuvieron en las raíces de las motivaciones migratorias 11, porque la familia era siempre un reto a la creatividad a fin
de "sacarla adelante", como se decía. Para Álvaro López Toro, en cambio, la
familia numerosa fue más que causa, efecto, consecuencia de la colonización 12. Y sobre esta última formula la novedosa hipótesis, según
Jaramillo Uribe, "del desarrollo desequilibrado entre sector agrícola y sector
minero, fenómeno que crea un verdadero `cuello de botella' en el desarrollo económico de
la región y que el grupo resuelve con la expansión colonizadora del occidente
colombiano..."13 . A tiempo que Eugene Havens, en un
riguroso trabajo sobre la estructura de la sociedad en Támesis, sostiene que las
corrientes inmigratorias tuvieron como causaciones los excedentes poblacionales.14
En Antioquia se desarrolló un
pragmatismo naturalista que asumió un carácter seudo-étnico, visible no sólo en las
características del industrial, sino también en sus manifestaciones culturales, entre
ellas, el comportamiento rutinario. La razón de ser de esta gente es palpable en su
historia y su folclor, en el alma de los campesinos, en las leyendas que estructuran sus
mitos y en la cultura ancestral que cuentan sus trovadores.
El antioqueño es romántico por
naturaleza, pero su romanticismo no está hecho de sueños y melancolía; es el
sentimental que se aferra a sus tradiciones, elevando un exaltado canto a su tierra.
En este momento del discurso,
permítaseme precisar que esta ojeada sobre Antioquia no constituye alarde provinciano.
Inclusive con manifestaciones aterradoras como en los Balcanes, las regiones se han vuelto
a expresar en el mundo entero. Y no me refiero a los caminos que abrió la reforma
constitucional de 1991. Dondequiera se oye la pregunta sobre el futuro del Estado-Nación,
sea a la luz de bloques como el de la Comunidad Económica Europea y los esfuerzos que se
hacen en las tres Américas, o por consideraciones culturales y económicas más
localizadas, que buscan rectificar caprichosas fronteras políticas de tiempos lejanos o
recientes. Lo que quiero destacar es la grata sorpresa que se experimenta al ver cómo, a
propósito de un tema que en 1991 es de actualidad prioritaria, ya en 1979, es decir, hace
doce años, el universal historiador Jaramillo Uribe escribía:
...Uno de los rasgos sorprendentes del
momento histórico contemporáneo parece ser el renacimiento de la idea de región. De
región como concepto histórico, político y cultural. Tras el siglo del nacionalismo y
de la nación como objetivo de la historia, parece resurgir en numerosos países la idea
de identificar el patriotismo con la defensa de las regiones y con la lealtad hacia ellas:
escoceses y galeses en Gran Bretaña; bretones y occitanos en Francia; vascos, catalanes y
andaluces en España. Para la historia y para el historiador el fenómeno no puede pasar
desapercibido. Parece como si, aparte de la constelación de intereses políticos y
económicos que pueden estar operando para producirlo, el hombre contemporáneo fatigado
de abstracciones sociales como la nación, el Estado, la clase, el partido, buscara su
identificación con algo existencialmente más inmediato y este algo parece ser la
región. Ahora bien, sin que podamos decir que la historiografía moderna ha sido
indiferente ante las realidades regionales, sin embargo, es evidente que según las
alternancias del interés real o de la moda, el foco de su atención ha estado en las
naciones, los estados, las épocas, las generaciones, las clases, los partidos y las
culturas en un sentido muy amplio y relativamente abstracto... 15
Tal es el centro alrededor del cual se
estructuran estas páginas, que pretenden esclarecer la relación existente entre el
pueblo antioqueño y su creación cultural: así como el medio agreste de las montañas
forjó un tipo humano diferente al que habita en el resto del país, de igual modo dicho
pueblo fue moldeando una literatura, una música, una danza, unas costumbres, unas
leyendas con vida propia, con matices singulares y con una identidad que no le impide
integrarse en el gran óleo de la cultura colombiana.
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6. LA LECTURA UNIDIMENSIONAL
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Siempre que se ha hablado o escrito del
modo de ser del antioqueño en favor, o en contra, el énfasis se pone con
sesgo en el homo oeconomicus, que trataba de no depender de nadie distinto de sí
mismo. En aquellas descripciones parecería que al antioqueño no pudiera
caracterizársele más que en función del dinero. En unas ocasiones, las más
pretenciosas puesto que se figuran a sí mismas como conclusiones objetivas y
científicas, la observación se presume neutral: ahí está este pueblo, que por su
aislamiento durante siglos se convierte en conejo de laboratorio perfecto. Otras veces,
las descripciones se insuflan de pasión, ya el entusiasmo por la "raza"
emprendedora y arriesgada, ya el recelo de los propios pobladores frente a lo que ven como
envidia o como instinto de defensa, y que llevó a decir al ingenio popular que la vida
es la lucha del hombre contra el antioqueño.
Naturales o sesgadas por un sentimiento,
hemos visto cómo desde los informes coloniales son abundantes estas corografías,
diseñadas con los lenguajes de cada época. Acaso demasiado abundantes porque, en
definitiva, ciertos modos de vida, ciertas migraciones hacia afuera y hacia adentro, y ese
aislamiento inicial privilegiado para el investigador, confirieron a este
pueblo características marcadas y diferenciadas. Condiciones de laboratorio, se diría,
que eliminan variables y se enuncian para explicar el misterio aparente de por qué una
provincia atrasada en el siglo XVIII, se convierte desde comienzos del siglo XIX en poder
financiero y desde los inicios del siglo XX en epicentro de la industria colombiana.
El libreto del tema está compuesto por
el encadenamiento entre la minería del oro, el comercio, el café y la industria
manufacturera; y el protagonista resulta creando aquella riqueza gracias a su espíritu de
competencia para superar su marginamiento, a su laboriosidad, a su hábil manejo de las
transacciones, a la persistencia ante condiciones hostiles, a su perfeccionismo; y a unos
valores éticos que conferían a la religión, mientras fue una sociedad campesina, el
poder de controlar las conductas. Y también, gracias a su amor al dinero como
compensación calvinista y puritana para el esfuerzo si se le quiere ver como
virtud o gracias a su codicia, si se lee el fenómeno con la óptica desde la cual
lo vieron Carrasquilla y Fernando González, León de Greiff y Gonzalo Arango. Esta
lectura corresponde al peso específico del determinismo económico inherente a la teoría
marxista que no se aplicó a la evolución histórica del pueblo antioqueño y se aplica a
su naturaleza, como si el paisa, por el hecho de participar de un conjunto de
características y valores, tan sólo poseyera una visión crematística del mundo.
Una de las peculiaridades de Antioquia ha
sido la comunicación positiva y descomplicada entre las clases altas y la gente llana. La
verdad es que al formarse la idiosincrasia de ese pueblo, el dueño de la hacienda o de la
mina era tan campesino como el peón, con quien compartía madrugadas y fatigas, sin
contemplaciones ni privilegios, como un jornalero más con responsabilidades diferentes.
Sus inflexiones dialectales eran las mismas. El labrador de aparcería logró hacerse
dueño de la hacienda, como el cañero o metelagómez 16 o
fanfarrón en "Que pase el aserrador", el cuento de Jesús del Corral. Y el
"mazamorrero" o "baharequero", en un golpe de suerte había sacado tal
"oral" que compró varias veinticuatravas de la mina. La ruptura que está
padeciendo Antioquia, vino más tarde cuando se estableció el ausentismo y los señores
empezaron a vivir en la ciudad: se crearon entonces dos subculturas, la citadina y la
campesina, que en tanto que no se hermanen, producen violencia. Pero durante muchos años
la gente de la llamada buena sociedad se ufanaba de ser descendiente de los arrieros y
tenía a honor su raigambre campesina, la casa siempre abierta y el "bien pueda
proseguir" que oían los caminantes al entrar y el "bueno, que mi Dios la tenga
aliviadita, pues, ¿oye?" que también se lee en Calderón de la Barca 17. Un arriero en su juventud, don Alejandro Ángel, llegó a ser
el primer magnate del café. El carpintero de la mina del "Zancudo" en
Titiribí, don Alejandro Echavarría, fue el fundador y primer propietario de Coltejer; y
su sobrino don Ramón fundó a Fabricato en Hatoviejo, más tarde llamada Bello en memoria
de don Andrés, estudiado con profundidad por don Marco Fidel Suárez, nacido allí en el
hogar de una lavandera. A don Pepe Sierra le convenía en el sentido
ambivalente de fatalidad y de ventura comprar haciendas en la carrera séptima de
Bogotá que, según él, empezaba en la Plaza de Bolívar y terminaba en la del mismo
nombre en Tunja.
El origen agrario, artesano, arrieril y
minero de los modernos empresarios industriales de Antioquia, es indudable. Y el telón de
fondo de su creatividad es el modo de ser del antioqueño, estudiado por propios y ajenos.
Sin embargo, si se examina el repertorio
de artistas que han nacido en esa región pintores, novelistas, poetas, escultores,
humanistas, los nombres refutan la lectura unidimensional. Se diría, en beneficio
de aquella tesis, que este grupo ateniense fue siempre la disidencia en su medio fenicio,
a la cabeza su filósofo Fernando González y su poeta Gonzalo Arango. La interpretación
que propongo, es bien distinta: consiste en que, en el fondo, polos positivo y negativo,
blanco y negro, tanto ese espíritu perfeccionista y emprendedor como aquella disposición
para emigrar o asimilar novedades, esa persistencia y sobre todo el sentido de identidad
con su origen, han servido para estimular una creación de valor estético significativo.
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7. LA ASPÉRRIMA ANTIOQUIA
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Acaso Porfirio Barba Jacob con su imagen
de bohemio, perdido y marihuano, con su auto-fomentada máscara de amoral, observado por
la superficie pueda mirarse como antítesis de la austeridad y la religiosidad de sus
mayores. La antítesis comienza a disolverse cuando Barba se identifica con el espíritu
antioqueño, que llevó a los paisas a colonizar más al sur de las selvas del Quindío; a
las llanuras vírgenes circundantes de sus montañas hacia el Magdalena, el Cauca y
Urabá; y aún más al norte, desde los cincuenta, a colonizar el Queens en Nueva York.
Con la diferencia de que el paisa coloniza y se instala, y Barba Jacob transhumaba con el
sino del prófugo más que con la esperanza del peregrino. Esa antítesis que la
superficie señalaba, se disuelve cuando se examina la manera como Barba Jacob asumió su
vocación poética, su oficio con las palabras, más allá de la fachada escandalizante.
Entonces, cuando, cual fantasma que viaja a través del tiempo, alguien penetra en el
cuarto solitario del poeta, en La Habana o en Barranquilla, en México o en Lima, en ese
momento en que Barba trabaja sus poemas, se podrá reunir una obra breve, pulida por el
paso de los años y los insomnios. Se cuenta que el poeta fijaba en la pared sus poemas
para vigilarlos durante sus encierros y, en iluminaciones sucesivas, cambiar una palabra
hoy, otra cuando pasen los años, siempre con persis-tencia vigilante, fuera del
escenario, en el taller artesanal de un obsesivo perfeccionista.
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Existe otro ángulo por donde se concretan
las cualidades del comerciante, del vendedor y el perfil del poeta, más allá de la
habilidad con las palabras que a los primeros les sirve como medio de persuasión y al
poeta como instrumento para el éxtasis. Es el modo de vida vagabundo; el vivir del cuento
a costa de viejos o nuevos conocidos, protagonizando, más que al poeta maldito que
pretendía, al pícaro, el "vivo" que llaman, arquetipo de una
sociedad semirrural, subproducto del ingenio y del arte laborioso de vivir sin trabajar,
en disfrute de los dividendos o de la quimera. En el fondo, recogiendo con su huída un
repertorio de antivalores que tienen la utilidad de producir escándalo es decir,
resonancia y de exhibirse lejos del escenario donde el poeta creció, "la
aspérrima Antioquia"; y guardando en su corazón el temor que sintió cuando
casi adolescente, maestro en Angostura el padre Mariano le quemó rugosos
manuscritos; y cuando, a la hora de la muerte en México, el sacerdote académico Méndez
Placarte lo invitó a confesión.
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8. LOS DISIDENTES
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En algún trayecto de su vida, Barba Jacob
se encontró en La Habana con un paisano suyo, el escultor Marco Tobón Mejía. Es el
momento de abandonar al poeta de "Acuarimántima" para saludar al escultor que
aprendió en Francia el oficio de fundir bronces y medallas, y perfeccionó la maestría
en el tallado de la piedra. Al contrario del poeta que no puede vivir de sus versos, el
escultor era un artesano que derivaba la subsistencia de su quehacer. Tobón Mejía es el
primer ejemplo, el fundador de una tradición entre los artistas antioqueños que salen a
asimilar las sutiles perfecciones del oficio en el lugar donde más saben de él. Y en
esto no existe distancia con los que, al principio por el comercio del oro, salieron a
asimilar técnicas que fueron aplicando de manera gradual y sabia con la colaboración
inteligente de técnicos ingleses, suecos y alemanes, afincados en sus montañas. Así
viajaron a estudiar ingeniería de minas en California los primeros empresarios paisas de
la minería moderna, los mismos que al regreso fundarían la brillante Escuela de Minas de
Medellín, como continuación de la obra visionaria del gobernador Berrío. Y así fueron
a estudiar la metodología del beneficio del café en Centroamérica, bajo los auspicios
de don Mariano Ospina, lo que les ayudó a inventos ingeniosos como la despulpadora, que
impulsaron aún más dicha industria.
Como Tobón Mejía, más tarde Fernando
Botero saldría del escenario local en persecución de las formas de Uccello: entre los
artistas antioqueños, es el arquetipo de valores como persistencia y perfeccionismo.
Después de la emoción pictórica, primera percepción ante un cuadro de Botero, lo que
sigue es el estupor ante la ejecución técnica de sus obras: son cuadros realizados por
un maestro que domina, a fuerza de investigación y de trabajo, los secretos del quehacer.
Desde otro ángulo, el reconocimiento universal del arte de Botero, cuya apoteosis está
constituída por sus esculturas en Florencia y Montecarlo, ha contado de parte del artista
además de la maestría, la laboriosidad y perfeccionismo, con la sensatez del
antioqueño para gobernar el éxito. Es lo que ha hecho también Rodrigo Arenas Betancur,
desde cuando, sólo con el fuego de su talento, partió hacia México en 1945, a estudiar
con los muralistas.
Es aconsejable volver a los disidentes
para observar en sus comportamientos, como en un espejo, la proyección de valores que
tienen en ellos la virtud de hacer evolucionar.
Imbuído del universo verbal del
antioqueño, inmerso y a la vez distanciado de los valores paisas, Carrasquilla es el
escritor arquetípico de la montaña y el que repudia la codicia de su gente. El más
excelso cronista y, por ello, el mejor testigo de esa cultura material que ya para su
tiempo alcanzaba refinamientos en la culinaria, en la jardinería, en la arquitectura
autóctona, signos materiales de una instancia establecida y próspera. Crítico acerbo de
la "gente local, chata y roma", descendiente librepensador de un inmigrante
sueco, también León de Greiff pertenece a ese territorio de disidentes que participan a
la vez de las más perfiladas características del modo de ser del antioqueño. Pocas
obras poéticas más laboriosas, eruditas y vastas en el contexto colombiano, y con esa
verbalidad del que juega con las palabras o que se deleita en la ironía; o, que
arriesgado, aventurero, pone a Stepansky a jugarse todo hasta la vida y a
Beremundo el Lelo a surcar los mares.
Hay una especie de dinastía de herejes
que reflejan los mismos valores e idénticas tradiciones que el universo por ellos
criticado, como en "Los Teólogos" de Borges, que se pasan la vida disputando y
resultan ser uno solo en la mente de Dios: herejes que forman parte de una tradición
siempre vibrante, receptiva a los aires nuevos con la renovación que traen estos
críticos. A dicha estirpe pertenecen los nadaístas, quienes comienzan también
escandalizando, poniéndole el dedo en la llaga a una Antioquia que quedaba en los
físicos cueros en textos como "Medellín, a solas contigo" de Gonzalo Arango,
en los cuales rescataba la religiosidad más entrañable y más cristiana que pueda
imaginarse en la puritana montaña. Igual puede decirse de la vida ascética de un creador
como Jaime Jaramillo Escobar, X-504 para la poesía, autor de uno de los libros más
memorables del decenio de los sesenta y el texto capital de la poesía nadaísta, Los
poemas de la ofensa.
-
9. LOS EXTREMOS DE LA AXIOLOGÍA
-
Hasta ahora, mirando al trasluz de lo
paradójico, hemos indagado por la trama que une los extremos de la axiología y del
carácter antioqueños, con el modo de ser de su disidencia estética, laboriosa,
perfeccionista, tan arriesgada e innovadora y con tanto sentido de la identidad como
existe al frente del espejo, en la sociedad antioqueña.
-
Cuánto más claras se ven estas
correspondencias en ese otro arquetipo que alimenta la acción con la contemplación,
aquel abogado y senador campesino que dedicó sus insomnios a crear los poemas entre
ellos la "Memoria Científica del Cultivo del Maíz en Antioquia" 18, que lo convirtieron en el más popular de los poetas
colombianos del siglo pasado, Gregorio Gutiérrez González; quien, en mitad del
federalismo consagrado por la Constitución de Rionegro en 1863, dice con ingenua
petulancia, según el P. Félix Restrepo 19 que
"como sólo para Antioquia escribo, yo no escribo español sino antioqueño".
Al poeta Epifanio Mejía le ganó la
locura que lo sumergió en melancolía después de haberles cantado a los amores, las
tórtolas y las montañas, en particular en el poema adoptado como "Himno
Antioqueño", a cuyas cadencias el paisa se pone de pie con unción, lo canta y
llora: "Oh libertad que perfumas/ las montañas de mi tierra/, deja que aspiren mis
hijos/ tus olorosas esencias"! Cadencias del Maestro Gonzalo Vidal que hicieron decir
a Luis López de Mesa: "Este Himno que Antioquia ha adoptado como insignia feliz de
su índole, merece una nueva interpretación musical, que lo deje en la augusta sencillez
de las dos estrofas fundamentales y tome para el coro dos versos apenas, asordinadamente
acompañados contra todo lo usual en tal materia por un leve murmullo de tambores, por que
así estallen como en actitud de decisión y no cual un altisonante reto vanidoso". 20
Colocar en una misma lista a Berrío,
Rafael Uribe Uribe, Carlos E. Restrepo, Suárez, el General Pedro Nel Ospina, Luis López
de Mesa, Antonio José Restrepo, Alejandro López, Don Fidel Cano, Gonzalo Restrepo
Jaramillo y Fernando González el disidente por antonomasia, significa hallar
en estos espíritus disímiles el rasero común de que, a la vez, fueron hombres de
acción y contemplativos, individuos esforzados que dedicaron sus vigilias a la
administración publica o privada, al periodismo, a la política o al foro; y que
persistentes, robaron horas a la oscuridad del sueño para dejar el testimonio
escrito de las luces que encontraron. Orientadores por excelencia de su sociedad,
encarnación de sus valores más íntimos, estos próceres aúnan las posibilidades de la
laboriosidad, de la constancia, del riesgo, de la austeridad y su mezcla fructífera con
la imaginación y el espíritu.
-
10. LOS PRÍNCIPES DEL ESPÍRITU
-
He hablado de los disidentes, pero sin
desfigurar su propio contexto, ni menos presentar al pensador, a quien se mueve en el
medio de las ideas, como un cuerpo extraño en la vida de Antioquia. Ya me he referido a
esa supuesta contradicción entre el ideal de lo práctico y la contemplación
intelectual, como algo que no resiste el menor análisis. A los nombres ya mencionados,
habría que agregar, en visión somera, otros no menos ilustres: el Padre Félix Restrepo,
Sanín Cano, Gerardo Molina, Carlos Mazo, Alberto Gil Sánchez, Emiro Kastos, el Indio
Uribe, Rendón, Fernando Gómez Martínez, Castro Saavedra, Alberto Jaramillo Sánchez,
Pedro Nel Gómez, Francisco Cano, Tartarín Moreira, Carlos Vieco, Mario Rivero, Jorge
Robledo Ortiz, Graciliano Arcila, en fin, me haría interminable.
La conjunción con los valores
antioqueños y la virtual distancia crítica, se hacen verbo y carne en los más
connotados poetas del presente. Acreedor del premio reconocimiento otorgado por la
Universidad de Antioquia, admirado por los poetas jóvenes, el discreto José Manuel
Arango ha producido en los últimos 20 años una de las obras iluminantes de la poesía
colombiana. Igual austeridad y constancia, idéntica lucidez, pueden predicarse de otro
hombre que, atendiendo más de cinco lustros la cátedra, ha escrito entretanto una obra
poética rigurosa, Elkin Restrepo. Ambos laboriosos y anónimos profesores, habitantes de
la clase media, han dejado el cálido testimonio poético de una nueva sociedad sacudida
por bruscas olas de violencia, sociedad ya urbana que encuentra, en palabras de José
Manuel Arango, que "la ciudad es un texto": una ciudad donde "la sombra del
soldado se refleja sobre los adoquines". Y mientras Arango ha creado con sus poemas
breves una obra lúcida, Elkin Restrepo ha edificado la mitología de la infancia feliz
del niño citadino, rescatando héroes entrañables del cine y realizando algo que expresa
hermosamente en uno de sus versos: "esta vida reclama lo que el sueño hace
silencio".
Otro tanto puede decirse de Darío
Jaramillo Agudelo, testimonio de lealtad a la poesía, "esa batalla de palabras
cansadas; nombre de cosas que el ruido escamotea", según describe el oficio de poeta
al cual da pruebas manifiestas de fidelidad. Para el escogimiento de ese oficio,
sucumbieron en él compromisos y tentaciones familiares de carácter mercantil, a las
voces que lo llamaban desde las esferas de la creatividad, tal como De Greiff prefiriera
en su momento la belleza "de ver fugarse los crepúsculos", al frenesí febril
de las chimeneas manufactureras. Y de Juan Manuel Roca, cuyo esotérico lirismo pinta con
pincel impresionista las situaciones amorosas de cada instancia: "tal vez el misterio
de la poesía consista en convertir flores en fuego, fundar el mito, atrapar el
imposible".
De consiguiente, también hay en
Antioquia sitio acogedor para los peregrinos del intelecto, príncipes del espíritu, sin
sede permanente. Lo pondera, además, el hecho hermoso de que quizá el poeta de más
prestigio y popularidad en el torbellino industrial, sea Raúl Gómez Jattin, llegado de
la Costa Atlántica, y quien canta así: "Va Catalina/ Viene Catalina/ Llegó
Catalina/ Junto a mi pecho como un gorrión/ Como una hermana, una abuela o una amiga/ su
melena calienta mi corazón/ No quiero que se vaya/ Si es tan tierna/ Si parece que
tuviera en vez de huesos/ plumas/ en vez de voz puro aliento/ En vez de amistad un pleno
amor/. Catalina vale un millón de besos en poemas/ Catalina es un corazón de viento/ y
el viento quisiera serlo yo".
-
11. EL ROMANCERO
-
En el prólogo a la primera edición de
las obras completas de don Tomás Carrasquilla, advierte el español don Federico de Onís
21 que la lengua de Antioquia, la lengua y el estilo de
Carrasquilla (el gran Carrasco, como coloquialmente se le decía) es sin duda el
castellano, como lo es de toda la América Española, y aun podríamos añadir que es uno
de los sitios (incluyendo a España) donde mejor se habla; agrega que esto no quiere
decir, como ha pensado Cejador, que dicha mejoría se deba a que en esa región se haya
conservado el español más puro a causa del aislamiento y el apego a la tradición. Y que
si es verdad que el español de Carrasquilla y de Antioquia sorprende y maravilla por su
riqueza en palabras y giros que fueron clásicos y ahora sobreviven, también entre los
campesinos de Castilla y Andalucía se destaca por su capacidad de innovación, de lo cual
hace su encanto. Años antes lo observaron así Caro y Cuervo, y lo hizo más de una vez
el señor Suárez en varios de los "Sueños". Todos, con Bello a la cabeza,
trabajaban aquende el mar por la unidad de la lengua, como allende el mar los Reyes
Católicos lo hicieron por la unidad de la península, donde ni entonces ni ahora se
alcanza la mismidad del idioma de que gozamos en nuestra América. En contraste con
Alberdi en la Argentina, quien habría querido varios españoles individualizados,
en el resto de América la constante ha sido la lucha esforzada por el mantenimiento de la
unidad de la lengua, con las innovaciones refrescantes y las modulaciones de cada región.
Así en Antioquia, donde afirma Flórez que "por el apego a formas y significados
antiguos las hablas antioqueñas tienen un sello muy español, y por la tendencia
renovadora son al mismo tiempo muy americanas". 22
El puente de transferencia del romancero
del siglo de oro a América, fue el romancero de las Islas Canarias, recurso esencial para
explicar la más antigua tradición al mundo recién descubierto, según don Ramón
Menéndez Pidal, citado por la hispanista alemana Gisela Beutler 23,
quien durante tres años de estudios en Colombia recogió textos religiosos y novelescos
en la Costa Atlántica, en el interior, en Nariño, en el Chocó, en la Catedral Primada
de Bogotá, y en Antioquia, con similitudes con el romancero español. Del gongorista
Hernando Domínguez Camargo es éste:
-
En dos cruzados maderos,
-
nudosos monstruos del bosque,
-
que aún para leños son rudos,
-
si para troncos disformes;
-
con más heridas que miembros,
-
vinculado miro a un hombre,
-
víctima que si pénsil muere
-
porque vivan Absalones.
De Cáceres, población del norte de
Antioquia, trascribe éste:
-
Barquero, ¿quieres cruzarme
-
a la otra orilla de la mar?
-
Si te paso, niña hermosa,
-
si te paso, ¿qué me das?
-
Te doy mil alhajas de oro,
-
mi pulsera y mi collar.
-
Eso no, niñita hermosa,
-
lo que pido, vale más.
-
La niña le dio el besito
-
y el barquero la cruzó.
-
¡Adiós, niña pasajera!
-
¡Adiós, barquerito, adiós!
Y de Cocorná, al oriente de Antioquia,
viene este romance:
-
La Virgen se está peinando
-
debajo de una palmera,
-
sus peines eran de plata,
-
su cinta de primavera.
-
Por aquí pasó José,
-
me dijo de esta manera:
-
Por qué no canta la Virgen,
-
por qué no canta la reina?
-
-
12. LOS LENGUAJES
-
Queda claro que la coyuntura tradicional
de clases, que bien pudiera entenderse como clase única campesina, palpable hasta bien
avanzado el siglo XX, desde mediados del siglo pasado tuvo su repercusión literaria. En
pocas partes dentro de los amplios dominios de la lengua, puede advertirse tanta cercanía
entre la lengua escrita por sus mejores cultores y la lengua hablada por el común en los
hogares y mercados, en los cafetales y en los socavones.
Si algo identifica al antioqueño en
cualquier lugar, es su expresión lingüística. Luis Flórez destaca como
características suyas una "entonación de giros altos, de eses sibilantes, voseo
corriente, con un uso frecuente de pues, hopa, querida, ave maría,
conversación rápida, empleo de muchos y frecuentes diminutivos signo de afectividad,
exageraciones gráficas, ingeniosas y expresivas junto al uso del misiá y el don"
24. Al lado de esto, se debe destacar el ingenio del paisa
que brota en todas las situaciones y espacios, a través de refranes trabados y juegos
verbales: Emilio Robledo recogió en mil papeletas lexicográficas
25 otras tantas expresiones que iremos dejando a la vera del camino de este trabajo.
En seguimiento de una lógica del lenguaje que no siempre prevalece, en la Antioquia del
golfo de Urabá, transida de costeñismos, se oyen adverbios de modo terminados en mente,
como la respuesta que se da a quien pregunta por la circunstancia del interlocutor:
"graciasadiosmente bien, dotor; sindudamente, dotor". O testimonio de lógica
inusitada, en una fonda campesina: "Ni se fía, ni se presta plata, ni se me suba al
mostrador".
Hay estudios bien acabados sobre el voseo
familiar de los antioqueños, similar al de los argentinos. Muy distinto del vos
mayestático, este trato a la segunda persona del singular, remplazando el tú por
el respetuoso usted, y ustedes (se usa aún el vusté, vustedes),
tiene su conjugación propia en todos los verbos con prescindencia de la i del
plural vosotros y del solemne vos en la última sílaba 26
. Vos sos, vos amás, vos sabés, vos fuistes, vos
influís. En la confidencia del amor entre antioqueño y antioqueña, resulta
artificial y postizo el tú, lejano y frío el usted, y profundamente tierno
el vos. Y es frecuente que el lustrabotas o el vecino ocasional en el estadio lo
trate de vos con la espontaneidad surgida del hecho de sentirse igual.
Se usa todavía el mi amo y el ño
y ña, como en esta copla:
-
Buenas noches, ña María,
-
celebro que esté alentada,
-
y después de haberla visto,
-
vengo a que me dé posada.
-
(Restrepo, Cancionero, CCXXXVIII).
-
-
13. MÚSICA Y FOLCLOR
-
El folclor antioqueño es producto de un
largo proceso de transculturación, en el que tuvieron parte activa y creativa tanto las
comunidades indígenas que habitaron la región antes del descubrimiento, como los
españoles y los esclavos negros, cada uno de estos grupos con una visión del mundo y con
una cultura diferente. Esta mezcla originó una música, una coreografía, unos usos y
costumbres determinados y un habla popular que incluye mitos y narraciones.
Sobre la evolución de la música y el
baile popular en Antioquia, poco se sabe. A través de La marquesa de Yolombó, don
Tomás Carrasquilla ofrece datos expresivos sobre este rasgo esencial en la vida de los
pueblos. Merece mencionarse la guabina, nacida en Antioquia hacia el siglo XVIII como una
danza popular que se realizaba en parejas. El bambuco llega a la región por el año de
1852, y a pesar de no ser parte de la tradición se convirtió en uno de los aires más
populares, al igual que el pasillo, en general melancólico: este hecho implica el
predominio de la música de cuerda sobre los instrumentos de viento y percusión.
El contacto con el mundo que había más
allá de las montañas, suscitó cambios: los bailes populares, como el mapalé y el
currulao, propios de las zonas de influencia negra, en el golfo de Urabá, empiezan a
perder fuerza y el bambuco deja de ser una danza para convertirse en la canción de
serenata, siempre con doloridas declaraciones de amor y con añoranzas. A pesar de los
cambios impuestos con el paso del tiempo, subsisten pueblos y veredas que conservan estas
danzas con las cuales se mantienen unidos a un pasado de esfuerzo y de lucha. Entre las
más expresivas están "Tierra Labrantía" que exalta la parcela y la esperanza,
pero al tiempo la nostalgia de la ausencia; y "Las Acacias", en la cual se
establece el gobierno de la ausencia y la tristeza por la soledad en la vieja casa
familiar. La que se conoce como música guasca o de carrilera (por su
predominio en las estaciones del ferrocarril), tiene igual acopio de nostalgia o despecho
para el reclamo del paisa, que los tangos y milongas que se oyen en Medellín quizá más
que en Buenos Aires.
La riqueza lingüística y el ingenio se
manifiestan en la poesía popular, unida a la música y la danza, cuya más pura
materialización es la copla, que se convierte en la voz del pueblo, en el espacio por
donde rezuman sus anhelos, esperanzas y congojas. La copla toma la forma de seguidillas o
de corridos. En cuanto a la temática, toca desde las guerras civiles, la politiquería,
los enfrentamientos entre clases sociales, hasta los amores fáciles, el amor hondo, el
amor a la madre, a la casa paterna y al pueblo natal. En las coplas es palpable la
herencia española: en ellas están presentes el tono satírico y el jocoso de la
picaresca, al lado del tema anticlerical.
En el "Cancionero Antioqueño"
de Antonio (Ñito) José Restrepo 27, el autor recoge esta
copla que le trae el recuerdo de un epígrafe en "El Doncel de don Enrique", de
Larra:
-
¿Cúyo es aquel caballo
-
que allá abajo relinchó?
-
Cúyas son aquellas armas
-
que están en el corredor?
Y ésta, considerada por Restrepo como
"de estirpe calderoniana", y que él oyó "a un negro zahorí" en los
socavones de las minas de "El Zancudo" en Titiribí:
-
Precipitado me siento
-
a aborrecer lo que adoro,
-
pero al mismo instante lloro
-
mi propio aborrecimiento.
En "La puerta de Mantible" de
Calderón de la Barca se inspira esta:
-
Soy la puerta de Mantible
-
y los brazos de Monroy,
-
los Siete Infantes de Lara
-
y lo que te digo soy.
Dice Ñito que la copla que sigue debió
escribirla algún seductor jactancioso, escapado por milagro al puñal y al revólver de
las seguras vendetas:
-
Una niña me dijo
-
en Salamina:
-
¿Cuándo va por el niño
-
que ya camina?
-
Y ésta inequívocamente antioqueña:
-
De las peñas sale el agua,
-
de la leche los quesitos,
-
de los caratejos grandes
-
salen los caratejitos.
-
Dos más del Cancionero:
-
Del limón cogí la flor,
-
del naranjo los azahares;
-
de tu corazón y el mío
-
lo que cojo son pesares.
-
Decís que te vas mañana,
-
yo también me voy, lleváme;
-
si no me querés llevar,
-
sacá cuchillo y matáme.
-
Y sobre la extensión de la copla:
-
Ningún autor la escribió,
-
mas cuando alguien lo está oyendo
-
el corazón va diciendo:
-
"Eso lo compuse yo".
En el sur de Antioquia era legendario el
patriarca colonizador don Lorenzo Jaramillo. De él se decía:
-
Por do pasa don Lorenzo
-
todo es regocijo y canto.
-
Ángeles y Jaramillos
-
dicen Santo, Santo, Santo.
Y esta, de la cosecha de Manuel Mejía
Vallejo, quizá advertida por el novelista en el "Cancionero" de Restrepo:
Pertenece a la realidad o a la leyenda
que Ñito Restrepo salía los viernes del Senado en Bogotá, de enfrentarse con el Maestro
Guillermo Valencia en debates sobre la pena de muerte, viajaba a Antioquia y, sin
detenerse en Medellín, seguía a Titiribí a cumplirles la cita semanal al aguardiente, a
la tertulia de los funcionarios de las minas de oro de "El Zancudo", y al
legendario trovero campesino Salvo Ruiz. Un día Ñito le espetó esta:
-
Oigame Usté, Salvo Ruiz,
-
yo le vengo a preguntar,
-
¿cómo pariendo la Virgen,
-
doncella pudo quedar?
Dicen que Salvo apuró un inmenso
aguardiente de contrabando, "tapetusa" como se le llama, rasgó el tiple de doce
cuerdas y respondió:
-
Oiga Usté, doctor Restrepo,
-
yo le vengo a contestar:
-
tire Usté una piedra al agua,
-
abre aquí, vuelve a cerrar.
-
Así, pariendo la Virgen,
-
doncella pudo quedar.
Otra manifestación del alma colectiva la
constituyen las narraciones a través de mitos y leyendas, producto del enfrentamiento y
fusión parcial de las tradiciones españolas con las creencias indígenas y africanas.
Parte de la tradición narrativa
antioqueña se encuentra en los cuentos de Pedro Rimales, Sebastián de las Gracias y Tío
Conejo, junto a los cuales crecieron también la Patasola, el Patetarro, la Madremonte, el
Gritón, el Mohán, el Hojarasquín, el Ánima Sola, el Diablo, todos provocadores de
males y tragedias, frente a los cuales el pueblo ha creado sus conjuros, contras y
ensoñaciones, como la certeza, cuando rumba la candela en el fogón de tres piedras, de
que viene visita que trae regalos: Agustín Jaramillo Londoño ha recogido en "El
testamento del paisa", un tesoro de instancias populares como rezos, exorcismos,
cuentos, exageraciones.
-
14. EL REFRANERO
-
Si la música, la danza y la expresión
lingüística constituyen la manifestación del pueblo, el refranero se erige en la
materialización más elemental y franca de la posición que el hombre asume frente a la
vida.
Los refraneros representan rasgos locales
típicos, ya que la experiencia que los sustenta cambia, de acuerdo con las circunstancias
geográficas, raciales y psicológicas peculiares de cada época y región. Antioquia es
un territorio particularmente rico en dichos y refranes que manifiestan las experiencias y
sufrimientos de sus gentes, al igual que su siempre optimista sentido de la vida. En
conjunto, esta cultura popular muestra la historia del colonizador y sus peones, del
arriero que abrió los caminos por el fragoroso y vasto territorio, del minero y las
personas que hoy como antes se muestran capaces de darle a su historia un
rumbo marcado por el coraje, que don Benicio Restrepo, hermano de Ñito, ponía en boca de
los colonizadores, así: "A un lado serpientes, alacranes y avispas, tarántulas,
cientopiés y hormigas rondadoras, trasgos y fantasmas, diablos y demonios, que aquí va
un hombre con hambre" 28.
Hay una teoría del refrán como
simbiosis de vivencias y síntesis de modos de ser. Se dice que sus orígenes se remontan
a los del ser humano. Sus huellas aparecen en los clásicos griegos, en filósofos como
Sócrates, Aristóteles y Platón, en cuyo diálogo sobre Protágoras se explica que
contienen la más antigua filosofía. Emilio Robledo 29
recuerda que fue tal la autoridad que dieron los griegos al refrán, que para dirimir un
litigio entre Atenas y Megara sobre la isla de Salamina, se alegó en favor de los
atenienses un refrán extraído de los poemas de Homero. Es rico manantial El Libro de
Buen Amor del Arcipestre de Hita con 221 refranes o retráeres de fines del
siglo XIV; lo son el Marqués de Santillana, Juan de Mena, y el Diálogo de la Lengua
de Juan de Valdés. Pero sobre todo, Don Quijote con 3.500 refranes y una
filosofía paremiológica inagotable. Gonzalo Correas 30 fue el
primero en acometer en 1627 la tarea de un Vocabulario de refranes y frases
proverbiales; y Sbardi, a fines del siglo XIX, compiló diez volúmenes de refranes
españoles de referencia obligada. Para el señor Suárez "las frases hechas,
modismos, refranes, cantares y cuentos, todo lo que forma lo que ahora se dice folk-lore,
o vida nacional reflejada en el lenguaje, es en Antioquia caudal cristalino de
amalgamiento español".31
De ese caudal de amalgamiento español
hay numerosos ejemplos, algunos desaparecidos, como la "Autobiografía de un
antioqueño rico" sobre un paisa de apellido Córdoba, que empezó a publicarse en
Medellín en 1898; pero su familia entró en pánico por las confidencias audaces, y la
suspendió. El profesor Jaime Sierra García trae, en las setecientas páginas de El
refrán antioqueño en los clásicos
32
, refranes y
expresiones de Don Quijote que se oyen en Antioquia. Por ejemplo, "cada uno es
como Dios lo hizo y a veces peor"; "cuando una puerta se cierra cientos se
abren"; "el buey solo bien se lame"; "el muerto al hoyo y el vivo a la
olla". Y las expresiones ultimadamente ("oh mi señora Dulcinea del
Toboso, extremo de toda hermosura, fin y remate de la discreción, archivo del mejor
donaire, depósito de la honestidad, y, ultimadamente, idea de todo lo provechoso, honesto
y deleitable que hay en el mundo" (Don Quijote, Parte Primera, capítulo
XLIII, página 258), que aparece de continuo en Carrasquilla; suplicar con lágrimas en
los ojos; no llega a la suela de mi zapato; llorar lágrimas de sangre el corazón; hacer
pucheros; estar enamorado hasta los hígados; comprar el bastimento; acosar más que mula
bastimentera; madurarse biche; así se estrega pa' que blanquié; paga más un retrato en
el fondo de un baúl; no te puchés; no me dejo marraniar; calláte esos ojos, querida.
Y estos refranes de circulación
cotidiana, recogidos también en el Diccionario jilosófico del paisa por Luis
Lalinde Botero 33:
Según el marrano es la horqueta; en
cojera de perro y en llanto de mujer no hay que creer; meter chucha por guagua; las cosas
valen lo que den por ellas; gozar más que un boquineto chupando caña; el día de la
quema se ve el humo; el primer maíz es de los pájaros; en la peluquería, como pagás
quedás; cada hijo al nacer trae su arepa debajo del brazo; antioqueño no se vara; tiene
más costuras que un carriel envigadeño; la cáscara guarda al palo y el mico come
chumbimba en caso de necesidad; perro viejo late sentado; a un bagazo poco caso, a un
cagajón poca atención.
Y este, de obvio parentesco:
-
Más vale ponerse colorado una vez,
-
que descolorido toda la vida.
-
El Arcipreste de Hita dice:
-
Más vale vergüenza en faz,
-
que en corazón mancilla.
-
-
15. REFLEXIONES ÚLTIMAS
-
Ya al final de este recorrido por los
escenarios espirituales básicos de lo que sigue siendo "Antioquia, la grande"
aún para los miembros de la joven generación actual dispersos por el mundo y con un
lejano antepasado paisa en la historia familiar, ya al final quiero rendir homenaje a
quienes, propios y extraños, con sus investigaciones nos enseñaron a definir los rasgos
de nuestra identidad cultural. Gracias a ellos podemos concluir que el pueblo antioqueño
forjó sus características en un proceso lento, con esfuerzos, sudores y lágrimas. La
población inmigrante peninsular se asentó en los núcleos urbanos de Santafé, Rionegro,
Marinilla, La Ceja del Tambo, Sonsón, Abejorral y las poblaciones del Valle de Aburrá,
como en los campos circunvecinos. Los forjadores se consagraron al cultivo de una tierra
empobrecida y casi inhóspita, para hacer de ella el hábitat familiar, hermoseado por el
culto comunitario y el trajín colectivo. El laboreo de las minas introdujo, asimismo, el
trabajo del indio y la inmigración de origen africano, concentrada en las zonas bajas del
río Nechí, Remedios, Segovia y Zaragoza. El aislamiento durante más de trescientos
años, confinado entre sus riscos y hondonadas, contribuyó a acendrar las singularidades
étnicas que distinguen al antioqueño de los habitantes de las otras provincias, y a
vincularlo emocionalmente al terruño. De ahí que la cultura tenga allí tan arraigado
sabor telúrico, y que las costumbres patriarcales hayan trascendido de generación en
generación, como nota específica del montañés.
Por esas circunstancias y por el
continuado hacerse a lo largo del tiempo, el pueblo antioqueño se distingue en la
historia de Colombia como conglomerado diferente de los demás pobladores del territorio,
aislado y desconocido en los primeros siglos del itinerario nacional, para ser luego
admirado por sus valores específicos. Sus costumbres, su desarrollo progresivo y su
quehacer histórico, le fueron tejiendo los rasgos de esa fisonomía propia, fundida en
buena parte en la forja en la cual se mezclaron etnias diferentes y aportes culturales
varios; y en el confinamiento geográfico que registró durante tres siglos. Lo han
reconocido así los analistas que se han asomado a ese modo de ser y a su lenguaje: el
lingüista general Rafael Uribe Uribe recogió en 1887 en el prólogo de su fascinante Diccionario
abreviado de galicismos, provincialismos y correcciones del lenguaje, el pensamiento
de Bello, Cuervo y Caro sobre el significado dinámico de estas hablas regionales 34. Su religiosidad y la vivencia de la familia han permanecido en
la base de la población, a pesar del influjo cambiante del tiempo, del imperio
distorsionador de muchas violencias y del apremio exigente de la modernidad. Tanto es
así, que aun en el mundo del delito los protagonistas tratan con afecto esos valores,
acomodándolos desde luego a sus propias nociones de la vida y de la muerte. Su amor por
las costumbres populares y por el folclor se conserva y enriquece con los aportes que
brotan de continuo del alma popular; y cada vez se hace mayor el número de sus poetas,
pintores, músicos y narradores. El pueblo antioqueño tiene hondo sentimiento romántico,
por lo cual sigue siendo gente de trovas y canciones, de himnos y esperanzas,
enraizadas en la tierra y en la tradición.
Después de cuatrocientos años de
actividad rural, de guardería y laboreo de minas y de arriería, la
industrialización le abrió nuevos horizontes para la evolución y el desarrollo. La
industria antioqueña compite en los mercados internacionales sin perder su identidad.
La realidad sociocultural de Antioquia
tiene caracteres propios. La axiología de la gente, entendida por tal la que le da
fisonomía al pueblo antioqueño, exalta a quienes fueron forjadores de esa sociedad,
cuyos valores humanos sobreviven como nervio de las generaciones actuales. Entre esas
características acaso sobresalga una, como la de mayor fuerza cohesiva: la del amor
entrañable a la tierra, que lleva a la desmesura en su ponderación. Así, la catedral
más grande del mundo es la de Villanueva en Medellín; el túnel más largo del planeta,
el de "La Quiebra" en el ferrocarril Medellín-Puerto Berrío que construyera el
cubano Cisneros; el puente colgante más largo, el de "Occidente" sobre el río
Cauca, construído por don José María Villa. Sobre este rasgo tan representativo del
modo de ser del antioqueño, versa el hermoso discurso de ingreso a la Academia Colombiana
de la Lengua, de la antioqueña Rocío Vélez de Piedrahita 35.
Y versan los relatos de los culebreros en los mercados pueblerinos 36. "Las exageraciones frecuentes, gráficas, ingeniosas y
expresivas dice Flórez 37 referentes a la
inteligencia, la malicia, la audacia, la fuerza, el valor, el poder, el amor, la riqueza,
etc. (para los antioqueños las cosas mejores y las más grandes están en Antioquia, real
o imaginariamente"). El adjetivo enorme es sinónimo de grande en
Carrasquilla: "... eso era un laberinto de casa lo más grande, lo más asiao, lo
más precioso y más enorme". El superlativo en ísimo se usa así, también
en Carrasquilla: "... Una arboleda muy grandísima". Y los comparativos mejor,
peor, superior, inferior, se toman como positivos: "allá se trabaja más
mejor", "mientras más pior, mejor, mi don".
Entre los campesinos el diminutivo
constante es testimonio de afecto y de ternura, como en esta despedida que trae Flórez:
"Adiosito, pues, y que la Virgen me los lleve con bien". Hago mío este
"adiosito", agradeciéndoles, una vez más, el que me hayan dispensado uno de
los honores más gratos de mi vida, honor que recibo con la modestia de quien sabe que sus
reales destinatarios son los libros que ha amado y amará hasta el fin de sus días.
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