Declaración de amor
Del modo de ser del antioqueño
Belisario Betancur Cuartas
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DECLARACIÓN DE AMOR
Del modo de ser del antioqueño
Por: Belisario Betancur Cuartas
 
CAPÍTULO VII 
DOS CUENTOS

 

AGUALINDA
¿Y creen que me va echando enainas no más? No sian pendejos que a yo nián mi taita púo bregáme pa quiusté, desgraciao, vaya agarráme. Naide miarranca deste lugar, manque miarranquen la desistencia.

Y por los ojos de Crisanto se devolvían todos los paisajes que había vivido, las peripecias de su existencia martillada sobre el filo de las pendientes que bordean los pies de Fredonia. Para negros, Crisanto Sánchez. Y para negros buenos, Sánchez Crisanto que era como todos lo llamaban, imitando las corridas de lista en la hacienda, los sábados por la tarde.

Hay momentos de este tránsito por el mundo en que en cualquier lote del rostro se nos lee nuestra historia, porque las arrugas, las sinuosidades, las escarpadas lomas de la piel van entregando uno a uno los rasgos o residuos de cuanto hemos sido; así podía leerse ahora en los ojos del negro. Fue minero, fue carbonero, fue de los mejores chapoleros de "Agualinda" y de los más bravos macheteros de la región. Desde Sinifaná hasta el Poblanco, lo veían los lunes y los domingos, y los sábados amansando espantos, potros y gente brava. Le era igual trepar en una potranca recién destetada que aferrarse al cuello de cualquier bandolero y dejarlo en punto menos que la muerte. Ahora, para eso de esperar espantos, de tocar fantasmas o de varijonar aparecidos, no había quién le llevara la delantera. Baste decir que Crisanto no era ningún marrano en artes de oraciones a los santos, y con eso se dice todo. Una vez le contaron que en el canelón de "El Plan", llegando a "Llanogrande"y a inmediaciones de Fredonia, había un espanto cebado. Pues el mismo que se fue a esperar ocho noches seguidas, sin que esos desvelos fueran parte a hacerle olvidar las labores del día, es decir, el azadoneo sudoroso y jadeante de las doce horas de un sol, loma adelante, surco adelante, en las rozas y en los cafetales o entre el bullicio de la pelusa de los cañaduzales. Se llevó un paquete de tabacos hechos por ña Zoila con rama de contrabando y no se le quitó al espanto hasta que lo agarró y le agarró la plata. Que no era poca, según dicen las malas lenguas.

Desde entonces parece que Crisanto comenzó a llevar una vida sosegada, aunque tampoco abandonó sus trabajos ni se echó a dormir con las petacas. Pero se sacó su orito. "Un orito viejo, del tiempo de los endígenas", según decía él. Crisanto no negaba que se había sacado el entierro, pero tampoco confesaba cuánto había sacado. Qué iba a confesar, con esa marrulla que se gastaba. Lo que si decía era que todo se lo debía a la Manífica que rezó en viendo llegar el espanto.

En fin que Crisanto Sánchez era un machazo. No es porque algo me toque yo con él, por allá en los rastrojos de la sangre, sino porque todos me lo han dicho ahora cuando he vuelto a "Agualinda" a averiguar por el cruce de unos naranjos que Crisanto me enseñó. En los ojos tenía la virtud de los hombres buenos: saber vivir como buenos. Uno lo miraba de cerca y de continuo, sin despegarle la mirada, y a poco entendía que de los ojos negros le destilaba miel de bondad. Era un viejo bravo, pero bueno. Mejor dicho, era de los buenos que no por buenos se dejan irrespetar. Campesino de los que se clavaron a su predio mucho antes de que las ciudades los tentaran, Crisanto no abandonaba sus plantíos, ni aun cuando le provocaba enfermarse.

Porque, eso sí, a Crisanto Sánchez no lo conoció nadie enfermo de una enfermedad que él no conociera y que no hubiera anunciado. Con quince días de anticipación le decía a Tiodor —que era el Teodoro de la mitad de la prole— que iba a enfermarse y que por tanto debía tomar las medidas necesarias para que la roza del lindero de los Gavidias no fuera a pasarse o para que las yucas no fueran a perderse en la loma de los Holguines. Así de macho era Crisanto Sánchez, que aun estando enfermo, por no dejar perder un ternero, se trepaba sobre cualquier zurrón de macho viejo y, ojos que te vuelvan a ver, se iba a buscarlo y lo traía, agarrado del pescuezo con la cabuya con que se amarraba esos pantalones suyos que nunca necesitaron otras amarras porque los tenía muy bien puestos.

Y eso que a Crisanto Sánchez no tenía por qué dolerle en su propia carne nada de la hacienda. ¿Qué le importaba a él, por ejemplo, que el cafetal de la "Loma" se perdiera? ¿Qué le importaba que el de la "Cañada" se dañara con el invierno si él, con trabajar con toda su manada doméstica, cumplía su deber? La hacienda al fin y al cabo no le pertenecía. Entonces, a ver ¿por qué no se rodaba todo eso, a ver por qué no se iban todos embarcados para el Cauca abajo? Pero lo que es la maldita tierra: estaba amarrado, como ala al vuelo, a ese lote donde había crecido con el amor de un grillo en la grama.

Sin esfuerzos, sin violencias, con la plenitud y la placidez de quien ama sencillamente a una mujer, Crisanto Sánchez había amasado su centena familiar en "Agualinda", de forma que sus hijos crecieron unos guapetones, todos unos machos de hombres, no solamente por la savia vital que viajaba por las venas del negro Crisanto sino también por el aire claro y cristalino, como de pupila enamorada, de "Agualinda"; por el sabor del aguacate, por la color de las flores, por esa azúcar guarapienta de la caña morada, por la humedad de la tierra que en las mañanas se subía hasta los palos cruzados que habían recibido ocho o nueve horas antes el cuerpo salvaje del campesino.

Los Sánchez eran Sánchez por Crisanto; y machos por "Agualinda". Eso era lo que reflexionaba en aquel momento el viejo Crisanto. Lo reflexionaba y en las mejillas se le iban formando unos huecos coléricos que miedo me da con sólo imaginarlos. Delante del rostro del machetero y chapolero, se le formaron nubes de odio y de la garganta para arriba le subían las palabras rabiosas, que no llegaban a salir al aire de "Agualinda" porque chocaban contra los dientes, apretados desde la llegada del alcalde, en gesto de enojo. Allí lo tendrían que matar. Y allí mataría. El mismo Crisanto que treinta años antes había matado al que faltó a la Purísima. Dentro de la vaina, el machete recitaba una letanía de agravios y los ramales que había trenzado la niña Conceción para su homenaje, iban y venían en un bravo vaivén que ya los viejos estaban olvidando y los mozos apenas conocían de oídas. Por fortuna nadie osó arrimar hasta Crisanto Sánchez en aquel momento en que su sangre se levantaba de la vena para pregonar su amor a la tierra. Esos amores nadie sabía respetarlos como no fueran los mismos habitantes de "Agualinda". (Y a propósito, este era el único reparo que siempre tenían los agualindeños: Agualinda debiera llamarse más bien Tierralinda. Porque la belleza del agua ni se equiparaba con la de los terrones de cada tramo de aquellos lugares).

—Lubiera atisbao vusté, pa que viera macho. Nuabía naides capaz de obstaculizársele en los ojos.

Así me hablaba Tocayo, el hijo mayor, en "Agualinda". Por todas partes policías armados hasta los dientes, que ya se decidían a sacar los yataganes, si Crisanto no accedía a retirarse; el último, porque todos habían cedido a la autoridad en "Agualinda"! Los nuevos dueños de la hacienda no consentían que aquellos negros en cuyas manos estaban las cosechas y las plantaciones y los platanales y los cañaduzales y los cafetales y —lo que no sabían—la existencia misma de "Agualinda", continuaran con el timón en la mano. El grano de café nunca dejaría de ser grano de café porque Crisanto Sánchez y sus hijos no anduvieran de tonga en tonga, de surco en surco, en procesión que sólo concluía debajo del guamo grande, a la hora del almuerzo y, por la tarde, en las inminencias de la puerta del "Aguacatillo", donde se hacía el resumen de los tarros colectados.

Treinta casas formadas con sudor y con llanto, erigidas, pared a pared, con migajas de vida de cada uno de los Sánchez, mucho le dolían el viejo cuando ya los dueños decidieron llamar a la policía para sacar a Crisanto por la fuerza. ¿Qué crimen habían cometido, en qué habían pecado, si las peinillas no habían brillado al aire de "Agualinda" para otra cosa que para bailar la cartagena a la vera de los piñones, si el trabajo había seguido siendo el mismo intenso de siempre? ¿Por qué tenían que salir los Sánchez de "Agualinda", de una tierra que si era lo que era mucho debía a los chorros de sudor de los Sánchez que la habían regado desde más allá de Crisanto? El viejo no podía comprender, no entendía que los dueños de ahora tuvieran sus agregados distintos, porque toda su vida había discurrido al rumor de los agualindeños, o al borde de sus canciones y en la cercanía de sus milagros. Estaba bien que vinieran nuevos mayordomos. Pero ¿quién había dicho que los Sánchez querían seguir siendo los únicos administradores? Que vinieran otros trabajadores si "Agualinda" se iba a convertir en el centro agrícola de la región, nunca igualado desde "Gualanday" hasta las fincas del Cauca; que trajeran herramientas nuevas, tractores, molinos, motores, válvulas de contención que los detuvieran a ellos en su sed de tierra. Los Sánchez no exigían nada de aquello. Ni siquiera participación en los nuevos plantíos, ni que los dejaran intervenir en el manejo de esas máquinas que nunca habían imaginado.

¿Qué pedían, pues, Crisanto Sánchez y sus hijos? ¿Qué solicitaban, hincado el brazo sobre la tierra de "Agualinda" que los vio en casi un siglo de permanencia?

Pedían una cosa humilde, como un poco de tierra humildísima: pedían que los dejaran seguir trabajando, viviendo, soñando, muriendo en "Agualinda". Pedían estar morando, muriendo sobre aquellos canelones, asomarse a la salida del sol a la loma para escarbarla. !Qué deseo tan elemental!

Crisanto Sánchez repasaba ante los ojos de la policía montada, la vida de sus hijos, sus amores con Carmela, sus tropiezos con Nicomedes Grisales, aquel compadre que quiso quitarle su mujer en una noche de aguardientes. Y sentía que por debajo de los pies abruptos iban creciendo más tendones, iban creciendo músculos, que eran como nuevas raíces que lo ataban a "Agualinda".

Me imagino a Crisanto Sánchez, a quien yo apenas conocí decidor. ¡Me lo imagino en aquella posición de espera, en el rancho que oyó nacer a todos sus hijos! Nunca lo conocí en uno de esos momentos en que su faz se demudaba, sus facciones se descomponían en terribles gestos y su cuerpo se curvaba como al peso de un gran dolor. Y era la cólera que lo inflamaba, que trepaba desde sus pies ayuntados a la tierra por las piernas heridas, hasta el corazón y los ojos.

Me lo contaron y casi que no podía yo retener otra vez la escena: Crisanto en el centro de la salita; y afuera de la puerta, para atrás y por los corredores, los policías en espera de que el viejo tomara una resolución. Y más atrás el alcalde. Y mucho más atrás, la mano sobre la peinilla ¡y en la mano el corazón, los hijos y nietos y sobrinos y biznietos de Crisanto Sánchez! !Qué carnicería! A Tocayo se le chorreaba la saliva por el pecho cuando me lo contaba. Todos tenían ganas de matar. De matar a alguien. Y en ese instante querían matar policías que los arrojaban de "Agualinda" en nombre de una ley que ni conocían ni existía, o existía contra ellos, no más que para ellos. Al menos eso me repetía, gritando, Tocayo Sánchez cuando me vio llegar a "Agualinda" a buscar los cruces de naranjos que Crisanto me había enseñado alguna vez.

Los policías comenzaron a desentejar media casa que había sido derrotada de la paja y cubierta con tejas traídas desde Marsella. Sacaron de los cuartos adyacentes a los cuales se podía entrar sin tocar para nada con Crisanto, todos los baúles, garabatos, horquetas con carriles, vainas viudas y viudos estuches de revólver. Echaron todo eso, en un altísimo montón, en medio patio, a vista de los Sánchez. Y luego, también a vista de los hijos del viejo Crisanto, prendieron candela a la casa. De la mata de paja que habían plantado al lado izquierdo de la fortaleza campesina, trajeron los haces para rodear la vivienda. Una inmensa llamarada abrió los brazos al cielo. El techo se vino abajo y el humo se acostó en los lechos, en ausencia de los cuerpos trémulos de los Sánchez. Crisanto seguía firme, en media sala. Y sus hijos se iban acercando lentamente, con mil deprecaciones en la boca y echando por aquellos ojos más fuego que la casa por los ojos del techo.

Los policías tuvieron miedo y entraron a la sala a tiempo que Crisanto era destituído de su coraje por las llamas, y lo sacaron. Por el suelo se arrastraban culebras enojadas que le lamían los últimos residuos de animación. Y le cubrían el rostro con sangre fresca. Sangre de policías por el suelo de "Agualinda".

1944

 

MEDIA VUELTA A LA DERECHA
Era un patojo, un patojo no más. Nunca fue más que eso: un patojo en la casa, en una casa de agricultores que madrugaban con el agua a abrir brechas en las tierras duras hasta que el sueño se descolgaba como un acróbata por entre las ramazones, se metía en las jíqueras maltrechas, enarcaba los azadones y los brazos, y agarraba a los trabajadores de las nalgas para echarlos hacia la casa, sombreada en la distancia y desdibujada en el silencio. Claro que también manejaba el azadón con destreza, pero nunca fue lo que llamábamos un azadonero de verdad. Tenía sus arrestos para desgranar las gajeras de café. Pero eso era sólo cuando ya la cosecha estaba en la fina. Que en los graneos, cuando apenas comenzaban los rojos en los cafetales, no aparecía o aparecía a llevar el almuerzo de los más, de sus primos y de su viejo. La tremolina que armaban en las ollas los plátanos a medio cocer y los troncos de carne cocida, no la digo yo. La gritaba del hoyo del cafetal, Toño el grande, cuando adivinaba la hora del almuerzo.

Todos, en "El Morro", lo conocíamos como un patojo. Bueno, todos lo éramos, medio niguateros, medio enamorados, no montañeros del todo pero tampoco unas espadas para el habla con las mujeres. En el patio de la casa de mi abuelo, nos reuníamos todas las tardes a bailar la cartagena y a oír viejas canciones, que desde entonces habitan mi memoria. Mi abuelo había comprado una victrola la mar de sonora. Con las agujas que hacían el recorrido sobre el disco negro de sello verde, escribíamos las ilusiones que después hemos ido realizando o simplemente clausurando. Aquel asistía con fervor a esas tardes, tal vez persiguiendo una muchacha que nunca pudo encontrar o que si encontró, no supo ligar a su vida.

A la cuadra, poco más o menos, de donde vivíamos, demora el "Filo de la Paila", desde donde nos vigilaban los espíritus de los indios sinifanaes. En cada ojo nuestro crecía un fantasma que nadie conocía. En el ojo de Toñito Vásquez no crecía nada, absolutamente nada. Era un hombre que nunca había cometido ninguna aspiración. Sencillote, buenote, apenas había transpuesto la linde de los veinte años cuando el bozo comenzaba a despuntarle entre tímido y malicioso, como diciéndole que ya era todo un hombre para que tomara las del Cauca arriba o se quitara esos calzones que su padre le había amarrado con tanta tenacidad. Un hombre así, un hombre tan poco hombre, en quien veíamos la rémora de una altiva familia de buenos campesinos, tenía por fuerza que morirse cualquier día, en cualquier barranco, contra cualquier palo seco, como se mueren quienes no significan nada para nadie. Toño el grande nos decía que no se explicaba cómo había crecido en aquel semejante empendejamiento, cuando de chiquito era la travesura personificada, con unos ojazos vivos como de quien va a hacer sufrir lo indecible a la madre y a las mujeres. Cuando iba a la escuela todavía era vivísimo, hasta el punto de que la maestra se veía continuamente en calzas prietas para contestar sus preguntas llenas de picardía.

No sé si de bajar la pendiente de Palonegro, resbalado como una naranja —porque así de gordo era entonces—, o si de ascender a cada tarde con ese peso de los útiles escolares sobre sí y el peso de aquel interminable camino encima, se volvió como se volvió. Las piernas se le curvaron bajo el vientre: daban la sensación de las líneas de un tiple. Claro, los calzones no tenían adónde ajustar, de suerte que lo mismo se colgaban del lado derecho que del lado izquierdo, como sota de copas. Si nos reíamos a carcajadas de sus flojezas, si persistíamos en hacer de él el hazmerreír de la comarca, de todo el Morro, de todo Cocosucio, de todo Yarumal, de todo el Pedrero, era porque entonces andábamos bastante escasos de bobo. Es que ese pecho y esa sonrisa y el dedo en la boca y la gorra de fieltro que nunca conoció otra horma que la natural, todo era el exacto ingrediente de un bobo. Con que, era nuestro bobo. El bobo patojo de la vereda en que crecimos.

Y fue que nosotros emigramos, con las canciones a las espaldas y adoloridos de tanta nostalgia campesina. Mis padres me decían que era irremediable ese viaje al pueblo y como irremediable hubimos de aceptar la claudicación quienes —como yo— habíamos crecido a la sombra de las montañas, bajo la mirada vegetal de Dios. Y no volvimos a saber del bobo. Crecimos. Nos multiplicamos. Nos fugamos. Las palabras de los campesinos se fueron apagando. El brazo se hizo a otras disciplinas. El estómago a otros brebajes. El ojo a otros paisajes. Y Toñito por ninguna parte volvió a aparecer.

¡Las cosas de este mundo! Quién creía que sería lo que es. ¡Que iba a ser lo que es! ¡Es que hay que ver que llegar a conseguir diez mil pesos, con una persona como la suya! Diez Mil pesos, una plata que nunca aprendimos a contar por aquellas tierras, porque si comenzábamos ni siquiera divisábamos la posibilidad remota de llegar a adquirirlos algún día de Dios. Para más fue él. Una desaparición de quince o veinte años y vuelve hecho todo un general, con carrieles llenos de plata; y compra la tienda de los Gavidias por la cual tantos y tanto suspirábamos. Setecientos papeles, bendito sea Dios, setecientos del lapo le costó la tienda de los Gavidias. Compró el local, ¡que hay que darle la vuelta para saber la capacidad que tiene! Lo compró al contado, con billetes viejos pero que valen lo mismo que los nuevos. Una cosa fue verlo, otra proponer y la misma aventar los billetes sobre el viejo mostrador.

Consiguió plata el muchacho, no hay que negarlo. Levantó centavos. Con todo y su marranada, se hizo a un poco de papeles que ya le aseguran la vida, si no es carajo. Porque si es cualquier marrangatanga, los mismos que se le vuelan, con las espadas que hay en el pueblo y con las fieras que lo persiguen por todas partes.

-Hombre, ¿y vos cómo levantates esa plata? Porque no te la robates; vos no sos capaz de esos tratos, ¿no es cierto?

-La mitá me la prestó Desiderio Gómez en Mocatán, departamento de Caldas. El viejo paró las patas y no topé a quién restituíle. Y la otra mitá, esto. Y es que desto no se inyeta, ¿oítes?

Y se llevaba el índice de la mano derecha a la frente, del lado de las sienes, en ademán de inteligencia.

Buen aguardiente el que vendía, valga la verdad. Le ponía mezclas que el difunto Ramón Uñas había recetado a los tenderos del lado de Yarumal y que yo recordaba exactamente, con todos los pelos que el yerbatero establecía y con todas las uñas que prescribía. Buen aguardiente. Lo digo porque debajo del racimo de bananos que irremediablemente cuelga del techo en el centro de toda tienda paisa, muchas veces me corrí los vidrios con mis primos que salían a conversar con los paisanos y vecinos y forasteros, con todo el mundo, sobre las excelencias de la última cosecha de tabaco, los precios de Medellín y los precios del contrabando. (Por supuesto que todo no pasaba de ser charla en amistad de amigos o, cuando más, insinuaciones y topes en la trasnoche). Buen aguardiente, me lo repiten mis primos. Uno de ellos me decía, además, qué fue lo que sucedió y cuáles las señales y los pelos de la travesía que hizo del bobo del Morro y del pendejo de una modesta familia de campesinos un hombre de empresa, de capital, de colgante racimo de bananos y, en fin, hombre de crédito en Medellín, vale decir, de capital.

Se fue cualquier día para la estación de "El Pedrero", cercana a mi casa. Pasó un tren de carga y se subió, dizque para hacer una carrerita, que era lo que todos ensayábamos en las estaciones. Pero resulta que el tren cobró fuerza y no le dio tiempo de tirarse. Y resultó embarcado. Por allá, más allá de Bolombolo, lo pillaron, metido en un carro de carbón. Lo pillaron y lo echaron. El se quedó allí hasta que amaneció. Andrajoso, desmantelado, vuelto una nada, sintió de pronto unas locas ganas de correr. Sobre el cielo veía el viaje insinuante de las nubes, el paso de los pájaros emigrantes y el tránsito reposado y sinuoso del humo del tren, y se decidió a seguir adelante hasta donde Dios le ayudara. Pensó en varios caminos, en el Chocó y en el Cauca abajo. Veía descender las aguas como arqueados espejos extendidos y recordaba entonces los trozos de historia patria que aprendió en lo que no fue sacarse las niguas, de los ratos que asistió a la escuela. Al fin triunfó el viejo camino de los antioqueños de todos los tiempos, y echó Cauca arriba, con el coraje de un hombre nuevo que estaba naciendo en él.

Cauca arriba, Cauca arriba con desviaciones para Támesis, Caramanta, Valparaíso y demás pueblos del suroeste de Antioquia y del noroeste de Caldas como Supía, Marmato, Riosucio. Hasta que, a Dios rogando, llegó un día a Mocatán. Y allí se levantó. Lo demás es secreto profesional que no confía a nadie. Pero, ¿qué más importante que saber que levantó plata que nosotros, con nuestros años, todavía no hemos conocido? ¡Porque allí todo era rezar, enamorar, jugar y conseguir plata!

Cauca arriba, más Cauca arriba, tragando kilómetros, como un desesperado, se aprendió todos los paisajes hasta llegar a copiarlos de memoria en el vitral del ojo. Pero un día, ¡qué carajos!

-Yo sentía puallá en la barriga o en el estómago unos retorcijones como que me tuvieran hurgando el menudo. Miacordaba de la vieja y miagarraba a berriar asina mesmo que cuando taba barrigón. Y me ije: ésta nués con vos. Te vas pa tu casa aonde tus viejos. Ual menos, te vas a güeler tierra de tu tierra. Y aquí toy otra vez, manque vusté le presente dudas. Taba yo en Sevilla, Valle, con este mesmo pañuelo rabuegallo que miabía regalao la novia. De golpe sentí el retorcijón más fuerte de muchas semanas, y plún. Di media vuelta a la derecha, mesmamente como miabían enseñao en las melicias. Y pa Antioquia, se dijo. ¡No hay como la tierra, mijo!

Y puso el chuzo. Lo repletó de confites, galletas, cominos, cebollas de huevo y de legumbres que es un víver que nadie vende pero que le queda fácil de comprar al paso del tren. Y allí va a conseguir más plata. Porque ya va a haber que comprar la tierrita que el viejo tenía en Yarumal y que hubo de vender un día de los de Dios cuando decidió irse a probar fortuna y a hacerla en tierras del departamento de Caldas, precisamente en Mocatán, adonde llegó poco después de haber partido Toñito para el Valle. Pues que habiéndole éste escrito varias cartas en que le participa que consiguió otra vez los pedazos de tierra y que tiene un poco de centavos para ponerlos a comer sin necesidad de maltratarse, él le ha respondido que allá, en Mocatán, están viviendo bueno, viviendo del jornal de Toño el grande, y en forma más o menos pasajera. Y que, en cambio, si dejan esos trabajos de allá, se tienen que venir a aguantar hambre porque Toñito no es capaz de darles la lata.

¿Y cómo va a ser capaz, el niguatero, el patojo de la casa, de conseguir mercado cada ocho días para los viejos? Nadie lo cree. Le sobran ganas de mantener a sus viejos, pero va a tener que ir a traerlos, con todo y el aire de Mocatán que dizque ya se les ha pegado bastante, según decían en una carta que leí. En cambio a Toñito nunca se le despegó el aire familiar en que sufrió y creció en las infancias que vivió, que fueron varias porque hasta los veinte y más en que yo lo conocí, todavía estaba de niño. Se le pegó ese olor y ese sabor se le trepó a las narices que hurgaba a todo momento. Y allí están, olor, color y sabor de la tierra, clavados en el cuerpo del patojo.

1944

 

 


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