-Sin embargo, hay en vuestro acento cierta amargura y cierta frialdad en vuestras maneras, que os contradicen.
-Esa amargura y esa frialdad, si existen, es conmigo misma, pues me dejé llevar en nuestra primera entrevista de un enojo pueril. Me había dicho primero: ¿por qué el señor de Rauzan no me envía una carta de que se hizo portador voluntario? y después: ¿por qué no ha venido personalmente a traerme esa carta, como era de su deber y como se lo había prometido a mi amiga? No se trata inconvenientemente a nadie sin causa, y a una señorita en ningún caso. En esto hay premeditación o prevención.
-No, Eva, dijo el señor de Rauzan.
Al oirse llamar |Eva, ésta se extremeció como si una chispa eléctrica hubiera cruzado su seno. Le agradaba oirse llamar Eva, pero nadie tenía derecho de llamarla así, excepto su padre. Dejó pues caer el sobrecejo y dijo:
-Señor, soy la señorita de San Luz. ...
- No lo he olvidado y quizá no lo olvidaré jamás; pero al daros ese nombre, que en fin de fines es el vuestro, no he pensado en tomarme con vos una libertad pueril ni vana. He obedecido a un impulso inocente. Veo que sois orgullosa, y me gusta, no os volveré a llamar así, y es mejor. . . . iba a haceros un vaticinio; pero no os lo haré ya, porque tengo la desgracia de ver el porvenir, y viéndolo, acierto en mis pronósticos. Ya os he dicho que, al detener la carta, sabía que obraba mal, pero la deve como obligado por una fuerza mayor... bien veía yo lo que iba a suceder. En un momento de disgusto del mundo, casi de cólera con el mundo, porque se me provocaba a combatir, os envié esa carta; y si vuestro padre no se hubiera presentado en mi casa, yo habría permanecido tranquilo en ella.
-¿Qué era lo que veíais que iba a suceder?
-La comprobación de lo que os he dicho respecto de |la fatalidad en los afectos.
-Señor de Rauzan!...
-No os equivoqueis al juzgar mis palabras. Cuando yo leí vuestro nombre en el sobre de la carta de vuestra amiga, sentí que el hado revoloteaba al rededor de mi; y como estoy tan cansado, tan mortalmente cansado; como tengo un gran deseo de romper conmigo mismo; esto es, con mi modo de ser, pensé no enviaros esa carta, ni preguntar por vos, ni....
-Señor de Rauzán, ¿a dónde quereis ir a parar?... |
-A ninguna parte, señorita.. y como habeis desconfiado de mi, y como me tomais en este momento por un hacedor de romances al natural, o por lo menos de frases de doble sentido, tened la bondad de oir lo que voy a deciros y de no olvidarlo.
Eva se turbé; el caballero tomé un aire solemne y agregó:
-Nadie me ha hablado de vos, ni yo os he visto más que las dos veces que he tenido el honor de visitaros y esta mañana en el paseo público. Pues bien, para que veais que no me ocupo en lo que vos pensais y que mis simpatías por vos son tan puras como íntimas, voy a contaros en dos palabras vuestra propia historia. Sois hija única y heredera opulenta. Hace ya muchos años que amasteis a un hombre, que no habeis olvidado ni habeis aborrecido, porque está muerto y murió amándoos. El luto que llevais es, parte por vuestra madre y parte por él. Hace un momento, cuando os di el nombre que teneis, ese nombre os hizo estremecer, porque os recordó al que tenía derecho de déroslo. . . . y porque visteis en mi un falso pretendiente y un profanador de vuestro afecto, aunque no soy una cosa ni otra. . . .pero como una tumba no es una muralla para nuevos amores, ha llegado ya el momento de ponerle término a ese sacrificio. Se aproximan para vos nuevos tiempos; vuestro padre es de una edad avanzada y os vais a quedar sola en el mundo. Yo he llegado en el momento en que debeis tomar un partido. . . . Agregad a esto lo que os he dicho de la fatalidad en los afectos, y tened presente que al hablar así me refiero a vos y no a mi.
A medida que el caballero hablaba, Eva inclinaba la cabeza y meditaba. El señor de Rauzan continué de esta suerte:
-Tuve el honor de deciros en mi primera visita, que la carta de vuestra amiga nos haría daño, y eso ya esta probado.
-¿Por qué?
-Porque nos ha puesto en relación en momentos en que vos vals a alzaros sobre las nubes, y en que yo quiero descender de ellas y abismarme. Yo nada quiero de vos, pero comprendo que podría amaros. Yo leo en vuestro semblante como en un libro.
-Si, como en un libro, aunque mi historia no está escrita.
-Pero es la que os he dicho.
-Si, lo es. Más, ¿cómo sabeis que lloro muerto a un ser querido, lo que ignora mi padre mismo? ¿Conoceis mi pasado?
-Lo he adivinado. . . . además, vos no podríais llorar a un ser ingrato o fugitivo. Vuestro dolor es sosegado, y esa conformidad con la desgracia solo la dan los muertos. El amor al muerto es un culto tranquilo; el amor contrariado al vivo es un |ay perenne.
-Señor de Rauzan, me infundís miedo
-Lo siento: quisiera sólo infudiros confianza. A mi edad, señorita, los hombres de mi temperamento no juegan al amor como los niños a las escondidas. Pasados los treinta años, así el amor del hombre como el de la mujer, no son una fiebre ni una borrasca: son un rayo del sol, que baña el corazón como un rayo de fortuna y de vida. A su amparo, si no se halla la felicidad, se halla una cosa que se le parece mucho a la Señorita de San Luz, yo pido al cielo que vista ese rayo de su mejor brillo y de sus más bellos colores, para que alumbre y caliente vuestra vida! Mañana sabreis lo que deseais del joven Luis, y como vuestro padre acaba de entrar en la casa, mandad que nos sirvan el té.
Eva miró al señor de Rauzan, suspiré e hizo lo que éste le mandaba. Los |enigmas de aquel hombre la subyugaban, como la subyugaba él mismo.
Ya hacía tres meses que el señor de Rauzan había llegado a la ciudad de *** Ese tiempo habla sido bastante para que se hiciese el hombre a la moda. Convites, paseos, partidas de caza, saraos, reuniones literarias, todo se hacía en su obsequio. Sus amigos estaban cada día mas entusiasmados con él, y sus enemigos mas furiosos. Los primeros querían exaltarlo hasta los cielos, los segundos sumirlo en el fango. Se soñaban fiestas para agradarlo y se inventaban trampas para cogerlo. Era un |héroe o un |bribón; los que discutían sobre él no salían de esos extremos.
Una señora casada, "de cuyo nombre no queremos acordarnos", algo vanidosa y más mundana que vanidosa, queriendo insinuarse con el caballero, le preguntó un día como madame Staél a Napoleón, cuál era la mujer más interesante. El caballero le contestó: "la que llena mejor sus deberes". Esta respuesta hizo mucho ruido, no sólo por su verdad intrínseca sino por la lección que envolvía. La señora quedé muy irritada y juré al señor de Rauzan una enemistad eterna.
Un día que dicha señora se ocupaba con otra amiga en motejar al prójimo, preguntó a ésta:
-¿Qué decís del señor de Rauzan?
-Yo no se qué decir, pues es tanto lo que lo adulan unos y lo vituperan otros, que es imposible formar un juicio acertado.
-Lo mismo digo yo, menos respecto de un punto.
-¿De cuál?
-Respecto de su apodo. ¿No sabeis que lo llaman el |irresistible? |
-¿Y qué os parece que eso huele a buque de guerra? Las dos amigas soltaron la risa.
La señora casada agregó:
-Os recomiendo averigüeis cuántos cañones tiene por banda, y si son o no de nueva invención.
- ¿Por qué no lo averiguais vos?
-Porque no me importa.
Este chiste de la señora se lo refirió Paquito al ministro ruso y luego lo recogió |El Mundo Frívolo, no sólo para darle publicidad sino para decir |piadosamente que era de mal gusto poner en ridículo a las personas respetables. Sin embargo, el chiste lo celebró todo el mundo, y nadie se cuidó del mal gusto de que hablaba el periódico. Así somos.
Un lunes por la noche, después de una comida que había dado a sus amigos el embajador ruso, se trajo como por acaso la conversación hacia el eterno tema: |el señor de Rauzan. No tenemos para qué decir que casi no había en la embajada esa noche sino enemigos de aquel caballero.
-Es bien singular, dijo la señora del chiste relativo al buque de guerra, que este hombre se haya adueñado de nuestra sociedad en tan poco tiempo y haga en ella todo lo que le place. Ya está padeciendo la reputación de mas de una matrona y de mas de una doncella, y nadie quiere darse por notificado. Se habla de citas escandalosas, de obsequios de príncipe, de embozados de media noche, de escalares de seda pendientes de los balcones, qué se yo de qué mas. ¿Qué decís de nuestros maridos y hermanos, señor Olga?
-¿Qué voy a decir sino cosas muy honrosas para ellos? Pero me parece que vos, señora, equivocais la cuestión: todas las sociedades del mundo tienen sus momentos de vértigo, y hay que esperar a que vuelvan a su estado normal. La ciudad tiene un huésped querido, y se le entrega; he ahí todo.
-Pero es que el color de la cosa está pasando de castaño oscuro, dijo Mortimer -jefe dela moda antes de la llegada del señor Rauzan, por lo elegante de sus vestidos, por la raza de sus caballos, por los perfumes de su |tualet, por los ramilletes que enviaba a sus cortejos, por sus partidas de billar -y ya todos debemos sentimos humillados, pues estamos indefinidamente a la sombra. Vos mismo, Señor ministro,' no sois ya el rey de la ciudad.
-Todo cenit tiene un ocaso, dijo el ruso riéndose.
-Pues no será por mucho tiempo, observé don Rodrigo de Navas, persona que pasaba por la mas culta de la ciudad, porque era exacto en citas y en negocios, en concurrir a entierros, en hacer visitas de pésame, de pláceme y de año nuevo, en contestar cartas, en informarse de la salud de los enfermos, en concurrir a las fiestas de iglesia y en ejecutar todas aquellas cosas que nadie agradece, cuando se hacen, y que todos cobran con usura cuando se dejan de hacer.
Hemos leído en una biografía de un mariscal de Napoleón, que dicho mariscal (que fue ministro de Estado y embajador en Londres después de la caída de su amo) había debido su popularidad a no haber dejado sin contestar las cartas que le fueron dirigidas.
-¿Qué esperanza os queda entonces? preguntó un oficial de ejército, muy acepillado y bizarro, que creía que era de mal tono no mostrar interés por el gran mundo, aunque él solo gustaba del pequeño. ¿Creeis que el caballero se fastidie al fin y se marche? Yo no veo otro remedio. Es más fácil contener a un ejército en derrota, que a las mujeres cuando dicen |marchemos de frente.
Este oficial se llamaba Hércules, y su talla correspondía a su nombre. Lo mismo decimos de su entendimiento.
-Confío en lo imprevisto, que es también lo natural, dijo don Rodrigo.
-Pensemos seriamente en algo, dijo la señora casada. Es vergonzoso lo que sucede.
Olga se salió en ese momento, como para dar una orden. Cortés, que era también uno de los invitados, pretexté una diligencia urgente y se despidió. Paquito, que hacía rato tenía cerrado un ojo, cerró el otro, y estuvo por ponerse a roncar. . . .creemos que al fin roncó.
-Bien, dijo la señora casada: parece que nos liquidamos. Liquidarse es purificarse... es mejor estar solos que mal acompañados. Tomemos consejo; y creed que os hablo así por estar ausente mi marido, que de no, no os molestaría. Vosotros sabeis que él no aguanta pulgas en asuntos de honor.
Hércules al oir esto miré a Mortimer; luego dijo:
-Lo mas completo y lo mas pronto es buscarle un pleito, llevarlo detrás del convento de Capuchinos y mandárselo al diablo con dos estocadas en el cuerpo. Si quereis, yo me encargo de eso. .. casualmente no tengo ahora qué hacer.
-El tunante es astuto como un zorro, y no se bate en duelo, dijo Mortimer.
-Veremos si se bate o no, dijo Hércules con fanfarronería
-Quizá, dijo don Rodrigo de Navas, sería mejor evitar el derramamiento de sangre: propongo un lance científico, en que salga desairado.
-Vaya! un lance científico! qué nos importan las ciencias?
-Nada, pero sí nos importa arruinar a ese |innovador orgulloso.
Tenemos que hacer aquí un paréntesis, para informar al lector de la, causa del enojo de don Rodrigo de Navas con el caballero de Rauzan. Hacía pocas semanas que el prelado de la ciudad había caído enfermo, y el caballero, en lugar de hacerle visitas, siempre importunas en casa de un doliente, iba de cuando en cuando en persona a la puerta de la casa a informarse de la salud del enfermo y a dejar su tarjeta. Esto había disgustado mucho a don Rodrigo, quien sostenía que debía entrarse hasta las alcobas a visitar a los enfermos y hacer de la casa de éstos, en esos momentos, el centro de sus verdaderos amigos. La cólera de don Rodrigo subió de punto, cuando, acaecida la muerte de una persona de calidad, el caballero, vestido de riguroso luto, llevé personalmente su tarjeta de duelo a la casa del finado, y no entró en ella para estarse callado como un mudo o para hablar con los deudos cosas inoportunas. Todo eso lo llamaba don Rodrigo |innovaciones audaces Y peligrosas.
-Estoy por un lance de salón, dijo Mortimer.
En aquel momento Olga reprendía a sus criados y Paquito roncaba como un lego.
-Estoy por las tres cosas, dijo la señora: un lance de |espada, un lance de |ciencia y un lance de |salón. De alguno de ellos ha de salir mal librado.
-O en todos, dijo Hércules; tanto mejor! . . . .me carga el hombrecito.
Los interlocutores se aproximaron y hablaron en voz baja. Un momento después entró el embajador, que era hombre muy amable, trayendo él mismo un ponche soberbio.
En cuanto a Paquito, hubo que ponerlo de pie y sacudirlo muchas veces para que se despertara. Ni él, ni Olga sabían nada de lo que se había acordado. La ignorancia es ciega como la inocencia.
VIII
Habíamos olvidado decir que el caballero le había escrito a Eva el siguiente bule te:
"Señorita de San Luz. Hace diez y ocho meses que el joven que sabeis se casó con una graciosa morena y está consagrado a cuidar de ella y de su primer hijo.
"Vuestro servidor, RAUZAN".
Esta noticia mortificó a Eva, pues conservaba algunas esperanzas en favor de su amiga. También la mortificó el laconismo, por no decir la |frialdad, del billete.
Como Hugo no habla vuelto a su casa, quiso escribirle dándole las gracias por el informe que le daba, e hizo para ello muchos borradores. Por último, le escribió de esta manera:
"Señor de Rauzán. Gracias, mil gracias por vuestra noticia, que creo verdadera. Es desgarradora para mi pobre amiga; pero es mejor el dardo de la verdad que el bálsamo de la duda. ... Ahora si creo concluido el incidente de la carta.
"Vuestra servidora, EVA DE SAN LUZ"
No era el caballero una persona a quien hubiera que decirle las cosas. El las veía al través del tiempo y del espacio. Interpretó, pues, el billete de Eva así: en primer lugar, laconismo por laconismo, frialdad por frialdad: no la llamé |mi amiga, no me llamó |su amigo. En segundo lugar, lo del dardo y el bálsamo, aunque muy bien aplicado a la señorita burlada, no se refiere a aquella sino a Eva, quien me dice con eso que está padeciendo incertidumbres mortificantes por causa mía. Por último, eso de que |ahora si cree concluido el incidente de la carta, equivale a esta pregunta: ¿será cierto que todo ha concluido entre los dos? Eva se habrá dicho: si todo ha concluido entre los dos, Rauzan se callará; si no ha concluído y quiere ser amable conmigo, me escribirá o vendrá para decirme: "Lo de la carta concluyó, pero nuestra amistad empieza ahora no mas".
Pues bien, agregó el caballero, ni le escribiré ni iré a verla. Yo no amo a Eva, pero la estimo en alto grado; siento que su desgracia la arrastra hacia mi, y para salvarla, la trataré como a todas las mujeres.
Algunos días después, el señor de San Luz fue personalmente a invitar a comer al señor de Rauzan. En el primer momento, éste creyó ver en esa invitación la mano de Eva y quiso excusarse; pero luego pensó que esa sería una crueldad, injusta como son todas las crueldades, y aceptó el convite.
No se trataba de una simple comida sino de un banquete en debida forma; y ¡cosa singular! este convite puso en grades apuros a Paquito, quien corrió a casa de Eva a informarse de si el ministro ruso estaba invitado a él; y habiendo sabido que si, le dijo a aquella.
--Haga usted todo lo posible, señorita, para que su papá no presente al señor de Rauzan al embajador. Hay alguna cosa entre ellos, que no les permite mirarse bien.
-Pero eso es casi imposible: mi padre tiene que poner en relación a sus convidados, y mas si son personas de alto carácter.
-Evite usted eso, señorita; evite usted eso a todo trance.
-Pensaré lo que puede hacerse. ¿Tiene usted mucha intimidad con el señor de Rauzan?
-Me honro con ella.
¿Es cierto que estar enamorado de Lais?
- No crea usted eso.
-No me lo oculte, Paquito: usted sabe la verdad.
Tal vez algún capricho pasajero . . . .tal vez ella. . . .
-¿Y a quiénes mas ama el señor de Rauzan?
-Cómo a quiénes mas! ¿Se puede amar a mas de una mujer?
-Estando él de tránsito en una ciudad, en donde nadie ni nada le importa, ¿por qué no y más si se tiene por nombre |el irresistible ...? él sí puede amar a mas de una, agregó Eva con algo de despecho.
Paquito se rió maliciosamente.
-Vamos, Paquito, dígamelo usted todo. ¿A quiénes más ama el señor de Rauzán?
-El ama a todas las mujeres y no ama a ninguna. El señor de Rauzan es casado.
-Casado! ¿Se chancea usted?
-Hablo seriamente.
-¿Quién se lo ha dicho a usted?
-El mismo.
-¿Y no le ha encargado el secreto?
-Todo lo contrario: me ha dicho que lo haga decir así en |El Mundo Frívolo, que es el periódico que mas se ocupa de él.
-Ese periódico no es amable Con el señor de Rauzan.
-El se ríe de eso.
-¿Qué le ha dicho a usted el señor de Rauzan de las señoras y señoritas de la ciudad?
-El?
-Si, él.
-Muchas cosas.
-Buenas, por supuesto.
-Buenas y malas, según el caso.
-¿Qué le ha dicho a usted de mi?
-Aunque me habla frecuentemente del padre de usted, nunca la menciona a usted.
-¿Me aborrecerá?
-¿Por qué?
-¿Me despreciará?
-¿Por qué? | ¿Por qué no dice usted me |respetará? |
Eva lanzó un suspiro; luego dijo:
-Estamos hablando tonterías.
-Estamos hablando cosas muy sedas.
-¿Muy serias? | ¿Le parece a usted cosa muy seria que el señor de Rauzan no hable nunca de mi?
-Si, porque pareceis nacidos la una para el otro.
-¿Le adula usted a él o cree adularme a mi, Paquito?
-Hago a ambos justicia, simplemente.
-Pero el señor de Rauzan es casado. . . . y yo casi soy viuda.
-¿Quiere usted que le traiga el retrato de la mujer del señor de Rauzan?
-Si, siempre que él lo ignore; pero no, no hay para qué.
-Está bien; no olvide usted lo de la presentación.
Eva tuvo dos impresiones distintas al saber que el caballero de Rauzan era casado. La primera y la más fuerte, le fue agradable, porque así encontraba ella una egida con que no había contado. La otra le fue desagradable, pues hubiera querido vencer aquella naturaleza poderosa y hacerse amar hasta el punto de que el caballero la hubiera conducido al altar. Hay mujeres para quienes |amor e himeneo son cosas iguales, y Eva era una de ellas. Respiré pues con fuerza y se sintió aliviada. Ella era, ahora, quien iba a dominar. Un hombre casado es un hombre muerto en asuntos de galantería efectiva. La noticia le había llegado a Eva muy oportunamente, y estaba resuelta a no descubrir lo que era ya, para ella, su |pasada debilidad. En adelante solo dispensaría al caballero de Rauzan una indiferencia cortés. Eso al menos creía ella.
La fatalidad disponía otra cosa: la fatalidad seguía arrastrándola inexorablemente hacia el caballero de Rauzan, esto es, hacia el abismo, porque Rauzan era un abismo; y en él se hundiría como se hunde una débil barquilla en un mar proceloso. Luchar con ese hombre, que no combatía, era perderse, y no luchar era perderse también. La mayor parte de las mujeres eran en presencia de ese hombre singular, lo que las agujas enfrente del imán: la que no podía adherirse a él se enloquecía. Y no era el señor de Rauzan quien tenía la culpa, pues nunca ponía nada de su parte. Por el contrario, cuando tenía simpatías por alguna hermosura, huía de ella y procuraba hacerse aborrecer. No era aquel un capricho extravagante: era un acto de virtud. El señor de Rauzan sabía por qué.
