La serenidad del barón y lo acertado de sus palabras, irritaban mas y mas a la baronesa, quien dijo:

-Con todo eso lo que quieres es insultarme. . . . me llamas |viuda en el sentido odioso de la palabra. Pues bien, barón de Rauzan, vamos de viudo a viuda. Si mi amor es de segunda edición y por lo mismo de dudoso linaje, quisiera saber ¿de qué edición es el tuyo? ¿No has pasado tu vida seduciendo mujeres? ¿En dónde está tu primera esposa, esa que hiciste encerrar en un manicomio, con el pretexto de que estaba loca?

Al oír esto, el caballero soltó una carcajada, pero una carcajada que helaba. Lais se estremeció, pero Continué así:

-Ay de mi! que no preví lo que me iba a suceder. Dame con el pie, señor irresistible! arrójame a la cloaca en que has arrojado a todas tus víctimas!

Esas terribles palabras fueron el último esfuerzo de la baronesa. Al acabar de pronunciarlas, tuvo un violento ataque de nervios y se desmayé. El caballero halé el cordón de la campanilla. Un momento después entró Man en la cámara de su amo. Este le dijo con aire tranquilo.

-Levante usted a la baronesa, llévela a su estancia y avlseles a sus sirvientas que le ha dado un síncope.

Man levantó a la señora como si fuera una chiquilla y salió.

Dos horas después, Man anuncié al barón una visita del doctor Remusat. El barón mandó que el doctor pasase adelante.

Los dos amigos se estrecharon las manos con cariño y el doctor dijo:

-La baronesa no ha tenido sino un ataque de nervios. He estado media hora en la cabecera de su lecho y he logrado que tome una tisana. Estará buena esta tarde, pero dice que permanecerá acostada dos días. . . . que quiere morirse. No os alarmeis, barón, no es nada.

El barón se sonrió con esa sonrisa desdeñosa que le era peculiar, que punzaba como un dardo.

-Ahora que ya sabeis lo que ocurre, agregó el doctor, permitidme que me retire.

-No, doctor. Hacedme el favor de quedaros; y, a propósito de la enfermedad de la baronesa, hablemos de la fisiología del matrimonio

-El tema es oscuro, barón.

-Si, pero lo oscuro se aclara a fuerza de mirarlo. Me decíais que la baronesa....

-Estaba fuera de todo cuidado.

-Eso es verdad respecto de sus nervios; tener los nervios un poco dispuestos a la excitación, es cosa convenida entre mujeres bonitas y mimadas, pero la baronesa tiene algo mas malo que los nervios.

-¿Lo crees?

-Lo se; son los caprichos, las suceptibilidades, las dudas, la dureza de su carácter, su falta de reflexión, el deseo de hacer ruido.

--Barón, vuestra esposa os adora.

-Ella, al menos, lo dice así; pero su adoración es parecida a la de ciertos orientales, quienes apalean y enlodan a sus dioses antes de ponerlo sobre el altar.

-Sois terrible, barón.

-No, procuro ser gráfico. Pues bien, ya que sois vos su médico de cabecera, os agradecería que atendiéseis mas a sus defectos que a sus males. Es en sus defectos donde está el peligro.

-¿Es para eso que quereis que hablemos de la fisiología del matrimonio? Yo se de vísceras, pero de defectos. . . .

-Ciertamente. Conoceis a la baronesa, me conoceis a mi también, y conoceis las circunstancias en que se efectuó nuestro enlace, y el por qué. Pues bien, doctor, se que sois un hombre leal y de consejo; oidme: todo va mal en Túsculo, ¿qué debo hacer?

---¿Sois vos quien me pregunta eso, barón?

-Si, soy yo, porque mi honra y mi tranquilidad embarazan mi acción, y eso me hace cobarde. Es casi imposible ser uno juez recto en causa propia. Pienso, en ocasiones, que debo resignarme como un vil esclavo y apurar, hasta el fin, una copa que yo mismo he llevado a mis labios.

-Exagerais, señor barón.

-No; yo no puedo amoldar mi modo de ser al de la baronesa, ni ella al mío, y estamos a punto de acabar. Yo la estimo y ella dice que me adora; pero no es verdad, siquiera, que me ame. Una de las pruebas inequívocas del verdadero amor, es la conformidad de nuestra voluntad con la de la persona amada. Pues bien, la baronesa tiene un carácter de hierro, y se quiebra antes que doblarse. Su ternura es fría y, después de todo, su espíritu es frívolo. Conoce que con una palabra dulce cambiaría por completo una situación mala por otra buena, pero no la pronuncia. . . . está muy pagada de sus cualidades y esto la extravía. Como no reflexiona no tiene sentido íntimo y sus procederes carecen de acierto.

-Señor!

-Estoy desesperado, porque veo que no puedo hacer nada. Ella no cambia ella me desafía y me combate. Si le resisto, me llamará |tirano; si la abandono, me llamará |libertino, y si cedo, me pondrá un |sambenito. Doctor, cuando el matrimonio se exhibe tan desastroso así, ¿qué pueden o qué deben hacer las gentes honradas? Ved que no se trata de dos chicuelos de veinte años.

-Qué las leyes! qué la sociedad?

-Entre el martirio y el divorcio el dilema es falso, pues hay una puerta; pero no salgais por ella, señor barón.

-No saldré, porque le daría aureola de una mártir.

-Salvo que sea ella quien pida el divorcio.

-Estoy de acuerdo, doctor. El divorcio pedido por el hombre infunde graves sospechas respecto de la mujer. El divorcio pedido por la mujer ofende el carácter o la conducta del hombre, pero no su honra. Empero, como mientras llegamos a un término es necesario vivir de un modo aceptable, quiero valerme de vos, doctor, para que negocieis con mi mujer la paz doméstica.

-¿Sobre qué bases? preguntó el doctor riéndose.

-No os riais, doctor; estamos hablando de una cosa muy grave, y me hubiera dirigido al confesor de la baronesa y no a vos, si supiera quién es él, si es que lo tiene, He aquí las bases: la. Queda suspendido, de hecho, nuestro matrimonio y, por lo mismo, quedamos descargados de obligaciones, previa renuncia de derechos. 2a. Cada uno de nosotros puede hacer lo que quiera, pero sin comprometer su propio decoro, ni la honra común del hogar.. 3a. En público nos conduciremos como dos esposos que se respetan, y en privado seremos dos desconocidos, dos sordomudos, dos piedras. 4a. El secreto de este arreglo será inviolable.

-¿Creeis que la baronesa acceda?

-A algún término hemos de llegar. Sería un gran disparate dejar las cosas como están, pues ellas pueden arrastrarnos a un acto ridículo.

-Sabeis persuadir, barón; pero la cólera, el orgullo y el amor propio no escuchan razones. ¿Es ese vuestro |ultimatum? |

-Ese, doctor.

-Probaré, barón, aunque Hipócrates y Galeno no fueron nunca diplomáticos. ¿Cúando quereis que le hable a la baronesa?

-Cuando os parezca, pero como va pasar dos días en sus habitaciones, podeis aprovecharos de ellos.

El doctor Remusat se despidió, y como era un hombre leal y estaba impuesto de lo que pasaba en la quinta de Túsculo, por las quejas y confidencias de la baronesa; y como ésta misma le había suplicado que fuese a ver ese día al barón y le informase qué decía él de ella, guardó muy bien su secreto y su puesto.

La baronesa aguardaba llena de inquietud el regreso del doctor Remusat, y cuando supo las bases del caballero y vio que el ave se le escapaba de la jaula, lloro, rabió, suspiró, lo increpó, lo apellidé hombre relajado, verdugo del bello sexo, impío, que se gozaba en mortificarla, marido cruel, egoísta, libertino, impudente, etc. El doctor dejó pasar este chubasco, y tuvo una prueba más de que la baronesa no quería sino una entrega a discreción, una adhesión absoluta. . . . así entendía ella el amor que le tenía a su marido. Por último, le dijo al doctor:

-Dígale usted que no, que mil veces no! Quiere inventar una fábula como la de don Juan, su modelo, y tener, no un convidado de piedra en la mesa, sino una |mujer de piedra en su casa. No, jamás! Prefiero el escándalo, y si él lo evita, me matare.

Cuando el doctor puso la respuesta de la baronesa en conocimiento del barón, no le habló de los desahogos de aquella; el barón le dijo:

-Lo sabía; ella quiere que yo me le rinda como se le rinde el recluta al sargento: a golpes y a denuestos. Está bien. . .. Eva no habría obrado así. . .. No tengo nada que hacer: Lais se pierde por sí misma.

-¿Soponeis que Eva si habría aceptado vuestras bases?

-No, aunque ellas no tienen nada de nuevas: eso es lo que, sin acuerdo expreso, se practica en mas de un matrimonio del gran mundo. Lo que quiero decir es que ella no me habría traído a tal extremidad, muy desagradable por cierto.

-Barón, el matrimonio es un problema muy difícil de resolver.

-No; es un problema sencillo, doctor, siempre que los cónyuges pongan algo de su parte para acordar sus voluntades. Así lo exigen sus intereses, los intereses de las familias y la moral pública y privada. Pero acontece, en lo general, que pasa con | los cónyuges lo que con el borrico de la fábula, y es que debajo de los oropeles de la albarda están las mataduras incurables. Excusadme por el símil. pero es adecuado. El descubrimiento de los defectos, y hasta de los vicios, no se hace sino con el tiempo.

-Es cierto eso, pero si se vieran las lupias en tiempo oportuno, no se harían los matrimonios.

-Yo, doctor, no me casé con la baronesa por aturdimiento, ni por capricho de amor. Me casé para corta el hilo de mi pasado, para colocarme en el centro de un | círculo sin salida, y me veo burlado porque la baronesa me arroja de ese centro y de ese círculo. Siento que no podais comprender todo el valor de mis palabras, pues desconoceis mi vida... . Hay que dar fondo y no empeñarse en salir al mar . . . . quiero ser un hombre como los demás y no lo consigo.

-La baronesa os acusa de no tener confianza en ella, puesto que no le habeis contado vuestra historia.

-Contársela habría sido una falta, doctor.

-¿Por qué?

-Porque, además de que curiosidad no es amor, al saberla, haría pie en algunos pasajes de ella para mortificarme. Lais ha debido tomarme como a un hombre cualquiera y contentarse con mi presente. La curiosidad suele ser funesta a los curiosos.

-Me contraría, barón, no poder serviros de algo en vuestras dificultades.

-Esperemos, doctor. No sabemos lo que nos reserva el porvenir. He navegado por mucho tiempo en un mar proceloso, y quiero no sólo llegar a un puerto seguro sino desembarcar en él. Acabo de ser burlado en materia grave: entré por segunda vez en el sendero matrimonial para cerrar definitivamente el libro de mi vida anterior, y ya veis lo que me sucede. La baronesa, haciendo de mi hogar un campo de combate, me arroja de nuevo al mundo. Un hombre como yo no puede dejarse abofetear en su propia casa y menos por la mano que él ha honrado uniéndola con la suya. Está bien, partiré, dejaré este país, para que mi esposa viva a su acomodo. Ella se arrepentirá.

El doctor no se atrevió a observarle nada al barón; tampoco tenía qué. Sabía que el señor de Rauzan no era un hombre que hablase por hablar, y conocía demasiado a la baronesa para esperar que cambiase de conducta. El lema de ésta era:   "imponerse o morir ".

Ay! la desgraciada no sabía que en las mujeres hay triunfos que son caídas, que su fuerza es su sumisión.

El valladar que el barón quería ponerle a su vida no estaba en Túsculo sino en otro lugar, y la imaginación mas fecunda no habría podido construirlo. Otra era el áncora destinada para él.

 

XXI

Cierto día se detuvo un coche en la puerta de Túsculo. Un anciano salió de él y preguntó por el barón de Rauzan.

Este recibió al anciano, y quedó sorprendido al ver que era un individuo de la comunión de los |Hermanos Moravos. ¿Qué tendría que ver con el ésta persona?. . . . ¿qué podía venir a decirle? El barón trató al hermano con amabilidad y cortesia, y le preguntó en qué podía servirle. Este le dijo:

--Veo, señor barón, que extrañais mi visita; no es para menos. Aunque tenemos establecimientos en Alemania, Holanda, Inglaterra, Irlanda y en otros países del Viejo y del Nuevo Mundo, no tenemos ninguno en este país.

-Es verdad, hermano, he oído hablar de vuestros establecimientos en los Estados Unidos, en las Antillas, en el Labrador, en la Groenlandia y en algunos puntos de Africa, y aun he visitado algunos de ellos 

-¿Vos, señor?

--Sí, en Egipto y en el Indostán.

-Gracias a la pureza de nuestras doctrinas, nuestra comunión crece de día en día. Hoy estamos extendidos hasta la Hotentocia; es decir, nos estamos aproximando hacia ambos polos.

-¿En cuál de esos asientos teneis vuestra residencia?

-Ah! señor, muy lejos de aquí; estuvo algún tiempo en la Groenlandia; ahora estoy en el Labrador

-¿Habeis venido a este país para evacuar algún asunto de importancia?

-Si, señor, de muy grande importancia, que se relaciona íntimamente con vos.

--Conmigo! exclamó sorprendido el barón.

-Si, señor. Al efecto, antes de pasar adelante, espero de vuestra bondad me digais si conoceis a la persona que representa este retrato.

El hermano moravo puso en las manos del barón un retrato antiguo y maltratado. Este lo contemplé asombrado; después dijo:

-Para dar respuesta a la pregunta que me haceis, necesito saber cómo ha llegado este retrato a vuestro poder.

-Os lo diré todo, señor, todo -que es muy singular por cierto- pero servios decirme si conoceis a la persona que representa ese retrato. Ese será nuestro punto de partida.

-Pues bien, ese retrato es el mío, cuando era yo muy joven. . . . Lo he reconocido al verlo, a pesar de los años y de lo deteriorado que esta. . . . ¿Cómo ha podido llegar a vuestras manos?

-Loado sea Dios! ¿Ese retrato es el vuestro?

-Si, señor; y como ya sabeis lo que deseábais , satisfaced ahora mi curiosidad.

-Un momento, señor barón; un momento mas y una pregunta mas.

-Hacedla.

-¿Os acordais haber dado ese retrato a alguien?

-Si, perfectamente.

-Entonces todo está aclarado. Todo; bendito sea Dios!

-Explicaos.

-Es imposible. No soy yo quien debe hablar: es ella.

-Ella   ¿qué historia es esa?

-Una muy singular, señor.

-Pero quién |es ella? |

---La persona que me ha enviado aquí. . . . la que me ha hecho venir desde el polo. Vamos! vamos! El coche en que he venido está en la puerta. . . . partamos, señor!

-¿Teneis mucha prisa?

-Si, mucha. Venid!

-¿A dónde quereis llevarme?

-A donde sor Maria, canonesa del Capítulo de.

-No comprendo, pero estoy a vuestras órdenes.  

El caballero y el hermano Miguel (este era el nombre del moravo) se encaminaron hacia el Capítulo, y, mientras llegaban, el hermano le contó al caballero, a grandes rasgos, cierta maravillosa historia.

FIN DE LA PARTE PRIMERA

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