III

Las condiciones homogéneas son las únicas que guardan el equilibrio de la vida. Este equilibrio es la base de la felicidad humana.

Un hombre de gran talento sin teatro y sin medios de exhibirse, es un desgraciado vencido por el peso de su fuerza. Un estúpido en condiciones distintas es un mártir ridículo. Un pobre lleno de necesidades sufre lo mismo que un rico lleno de dolencias. Al uno le sobra la salud, al otro el dinero. Esas desigualdades han recibido el nombre de |compensaciones. Otros las llaman |sarcasmnos. |

El ruiseñor, que es el ave de mas dulce canto, es una ave sin belleza. El pavón, grazna y tiene unas patas horribles. Si consultamos a un filósofo sobre esto, nos dice que no fue que al autor del universo le faltaran dones para todos los seres, sino que quiso, según su sabiduría infinita, abatir de hecho la soberbia de los favorecidos y exaltar la humildad de los desgraciados, porque no puede haber nada ni nadie perfecto.

Hay mujeres que son princesas por la corona y otras que lo son por la hermosura. Juanilla llora mucho porque es pobre, pero no se haría tuerta por una buena dote. Al fin, ella espera algo de sus dos ojos, que parecen dos soles.

Erico había perdido el equilibrio. Esto lo entristecía, aunque él no sabía lo que le pasaba. Como otros muchos, había hecho de su deformidad su caudal. Este era su pasaporte. Su extrema fealdad lo hacía simpático.

El enano, pobre, era el amigo de todos: los hombres lo invitaban a beber cerveza; las mujeres lo ocupaban en mil pequeñeces; los niños le hacían regalos y jugaban con él. Muchas veces sirvió de correo y llevó misivas importantes. Muchas veces fue fiel confidente. Cuando Erico fumaba su pipa, era el primer potentado de la tierra. ¿Qué sería ahora de Erico millonario? Pobre Erico!

Erico entré en la ciudad preocupado. Anduvo las calles a paso corto, no habló con nadie y aquella noche no tuvo apetito, ni sueño. Aquella noche no encendió su pipa. Al día siguiente tuvo pereza de ir a la caza de zorras y por la primera vez, después de muchos años, no limpié su escopeta ni su percha. Tampoco desollé las zorras de su última cacería, y al pasar por la calle unos muchachos los llamé y les dijo: -Amiguitos, llevaos eso.

Los muchachos creyeron que Eríco se chanceaba. Tuvo pues que decírselo dos veces. Los que lo vieron después de aquel día, creyeron que Erico estaba enfermo y que iba a morirse. Otros vaticinaron que se volvería loco muy pronto. En efecto, el enano estaba pálido y se había enflaquecido, No faltaron personas que creyesen que se había enamorado. Esta suposición hizo gran ruido.

Un día el enano desapareció. Nadie lo volvió a ver en Reikiavik. Este lugar, que es la capital de la isla, está en el golfo de Fole, sobre la costa occidental de la isla, tiene un puerto seguro y unos mil habitantes.

Cuando los habitantes de Reikiavik echaron de menos al enano, hicieron muchas suposiciones y conjeturas, algunas absurdas. No falté quien creyera que se lo había llevado el Diablo, pues por su fealdad, se le creía pariente cercano de este príncipe misterioso, o por lo menos su camarada. Mas tarde se supo que lo habían visto en las faldas del Hecla, trepado sobre los peñascos, mirando al mar o sentado sobre las piedras, tomando el sol. Era claro que el infeliz habla perdido el juicio. Alguien lo vio acompañado de un perro enorme, cuyos ojos parecían dos brasas. Esto dio en qué pensar a los espíritus supersticiosos. El enano de Reikiavik dejó de ser un personaje real y pasó a ser un personaje fantástico, de quien se contaban mil cosas increíbles. Se habló de raptos de doncellas, de brujas que vivían con él y de espíritus infernales con quienes se comunicaba por el interior del Hecla. Se afirmó también que se le había visto pasar una noche, montado en una ráfaga del huracán, en dirección del polo. Luego se olvidaron todos de él. La fama fatiga.

Erico no quería vivir solo en el Hecla; tampoco quena apartarse del Hecla. Mas, ¿de quién se acompañaría?  

Pensó primero en una mujer; pero pronto se persuadió de que ninguna mujer querría vivir con el |enano Erico, convertido en un semidiablo. Además, ¿podía él confiar en la discreción de una mujer? ¿La haría partícipe de su secreto? Se lo ocultaría?. . . . |    ¿Cómo se lo ocultaría? Luego pensó en un hombre. Nuevos y mayores inconvenientes. Un muchacho sería un buen compañero. . . .  pero los muchachos son traviesos y tendría que pasar la vida cuidándolo a él y a su tesoro. Erico desechó pues sexos, condiciones y edades y se decidió por un perro. Un perro no sospecha, no busca, no traiciona; un perro no habla. Sin ser un hombre sabio, Erico prefirió un animal a todos los individuos de su propia especie. Eso no hace la apología de Erico. Hemos dicho ya que el enano tenía pocas pero buenas ideas.

Había, empero, una dificultad: ¿cómo conseguir al perro? Erico pensó que si sacaba una moneda de su tesoro e iba a comprar con ella un perro, infundiría Sospechas; que esas sospechas lo harían espiar y que el espionaje podía costarle la vida. El sorites de Erico no era redondo, pero era lógico.

Volvió, pues, a la caza, mató zorras, junté pieles y, cuando tuvo bastantes, no se fue a venderlas a Reikiavik, en donde hubiera causado gran sorpresa su presencia, sino a Runkirik, población que queda a 60 kilómetros de aquella, cerca del surtidor llamado Gran Geyser.

Allí encontró Erico una familia cocinando en las aguas termales y se acercó a ella con el pretexto de informarse del estado del comercio de pieles. La familia de que hablamos lo recibió con un cariño mezclado de curiosidad, y desde el primer momento supuso que seria el |enano de Reikiavik, de fama extendida en el país. Con esta familia permaneció Erico hasta que vendió sus pieles y compró el perro que buscaba. Luego se volvió a su cueva.

Mas tarde tuvo Erico otra idea: quiso hacerse pastor. Los peces que cogía en las costas y que salaba para comer, empezaron a cansarlo. Quiso comer carne, como la comía en sus buenos tiempos, cuando era |pobre y |libre, cuando |era feliz, pues ahora era rico, esclavo y desgraciado. -Es bien desagradable, solía decirse: desde que soy millonario, soy el mas infeliz de los hombres. ¿Para qué me sirven estas riquezas, si no es para contemplarlas en las altas horas de la noche y para ver su inutilidad? . . . . ¿Qué puede hacer un enano como yo con este caudal? . . . . | Daría el mas grande de estos diamantes por ún pequeño saco lleno de nuestra moneda.

Para hacerse pastor, Erico tuvo que matar zorras como en sus buenos tiempos, vender sus pieles y comprar una pequeña manada de ovejas. Las ovejas de Islandia tienen un rico vellón.

Una vez Erico propietario de ganado, construyó un aprisco cerca de la gruta. La construcción del aprisco le dio una idea: -haré, se dijo, una cabaña para cuidar mi corral, y por el interior de ésta entraré en la gruta. Esto alejará toda sospecha.

Erico era hombre de trabajo así como era hombre de razón, y pronto estuvo construida la cabaña.

0din (este fue el nombre que el enano le dio a su perro) ayudaba a cuidar la manada. Las lanas de ésta le daban a su dueño una pequeña renta, y la carne de los machos, convenientemente conservada, le servía de alimento.

Erico mejoraba de vida, pero su tesoro le servía de nada. Le imponía cargas y no le daba satisfacciones. Su verdadera despensa era su rebaño. Sin embargo, guardaba su tesoro con mas interés que su vida. ¿Tenía alguna esperanza? no. ¿Tenía algún proyecto? no. Erico se habla aturdido con su hallazgo.

Lo único que había era que Erico era hombre y, como tal, tenía un corazón de hombres; esto es, tenía dentro de si un abismo de oscuridad y de misterio. Erico era esclavo de un tesoro que solo le daba penas y mortificaciones, pero no se resolvía abandonarlo. Otros hombres son también esclavos de un |deseo, de un |vicio, de una |pasión y no se resuelven a abandonarlos. No los abandonan aunque detrás de la esclavitud que ellos imponen, vengan el martirio y la muerte.

 

IV

Cuando Erico le dio a su perro el nombre de |0d |intuvo en ello un objeto. Erico era supersticioso y, aunque ignorante, conocía algunas de las viejas leyendas escandinavas y solía cantar los hermosos versos en que están escritas. Esto lo hacía en los días de primavera, cuando el Hecla estaba despejado, la isla aparecía risueña y el sol besaba con sus rayos de oro el escaso follaje de los sauces polares.

Era entonces, también, cuando al través de las nieves derretidas y orladas de tierna verdura, brotaban algunas florecillas campestres, semejantes a los inestables pensamientos de un niño. Era entonces, también, cuando los gansos y los patos salvajes, emigrados durante el invierno, volvían por millares a bañarse en los lagos de Islancia y a reconstruír sus nidos.

He aquí algunas de las baladas que cantaba Erico:

Una joven quiere unirse con su amante ausente y un cuervo ofrece llevarla a donde él está, si la joven le entrega el primer fruto de su amor. A la joven enamorada todo sacrificio le parece pequeño, en cambio de estar junto del que ama. Acepta, y cuando llega el tiempo, el cuervo pide al niño. La joven, que ya no es amante sino |madre, vacila en entregarlo y le ofrece al cuervo oro y honores en lugar de su hijo. El cuervo se enfurece, mata al niño y le saca los ojos. La madre va a morir de dolor, cuando el cuervo se trasforma en un hermoso caballero y | le vuelve la vida al niño. Enseñanza: |las imprudencias de los jóvenes enamoradas las corrigen las madres buenas. |

Dos mujeres han perdido a sus esposos. Una de ellas sepulta al suyo; la otra Carga Con el cadáver y va a bañarlo en la fuente encantada de Mariboe. Este último marido vuelve a la vida. Enseñanza: |para la mujer que ama a su marido, éste no muere.

Erico creía, además, que los ruiseñores anunciaban a los amantes la muerte de sus amadas; que los marineros tenían palacios de cristal debajo de las aguas; que los doce magos hacían prodigios de todas clases; que los muertos evocados volvían al mundo; que las mujeres que no bailaban con los duendes eran castigadas por éstos, etc. Empero, la conseja que mas le gustaba a Erico era la del Enano de la Montana. Fue éste un enano que persiguió a la mujer de un campesino hasta que le dio un beso. Recibido el beso, el enano se convirtió en un príncipe joven y hermoso. Este príncipe estaba encantado y sólo podían desencantarlo los labios de una mujer. -Enseñanza: |el amor saciado suele causar desencantos. |

Erico no alcanzaba a comprender la intención de estas baladas. El, como otros muchos, prefería el cuero al meollo; y si gustaba del cuento del Enano de la Montaña, era porque él era enano y porque el hallazgo del tesoro del pirata le habla vuelto la mollera hacia lo sobrenatural.

Para Erico, había en aquello algo y hasta mucho de |encantamiento, y esperaba nuevos y mejores acontecimientos. Esperaba el beso que le debía volver su forma verdadera, que, creía él, sería la de un joven deslumbrador.

El nombre de |0din, dado a su perro, era una especie de tributo al dios escandinavo; y al perro mismo lo consideraba ligado íntimamente, no a su vida de pastor y de ermitaño, sino a su destino de hombre supersticioso. Por eso, cuando 0dm batía la cola y le presentaba su enorme cabeza para que lo acariciase, el enano solía decirle: -Habla, 0din, habla. . . . rompe el misterio de nuestra existencia.

Volvamos a los palacios de donde hemos salido. ... cese ya este hechizo.

No hay para qué decir que 0din callaba --al buen callar llaman Sancho- pero como miraba atentamente a su amo con sus ojos color de brasa, y lo miraba por largo rato, Erico le añadía esta frase a su discurso: -Comprende: aún no es tiempo.. tendrá paciencia.

Otras veces, Erico no se echaba por el lado de lo sobrenatural y buscaba el modo de aprovechar siquiera una parte de su riqueza. Entonces solía decirse: -Si escojo unas cuantas monedas de mi tesoro, me las pongo en el bolsillo y me voy a viajar, no sólo cambiará de vida y gozará un poco del mundo, sino que encontrará los medios de volver por el resto y de sacarlo de la isla.

Y al pensar así, casi se decidía a hacerlo. Interrumpía la ocupación que tenía entre manos por el momento, entraba en la gruta, escogía las monedas que le parecían mas a propósito para su objeto, apartaba algunos diamantes de los mas pequeños, ponía todo esto a un lado, y luego se preparaba para enterrar el resto en el rincón mas oscuro de la cueva. Ese era el instante supremo, pues en él le parecía muy poco lo que se llevaba y mucho, inmenso, lo que iba a dejar, y se detenía ante tal sacrificio. Sentábase entonces en la puerta de su cabaña, contemplaba las partes bajas de la isla, que hallaba insignificantes, para caminarlas, comparadas con la extensión del océano, desierto y brumoso por lo común. La inmensidad de éste lo acobardaba.

Cuando, por casualidad, alcanzaba a divisar alguna vela, Erico la seguía primero con la vista hasta que desaparecía en el horizonte, y después con el pensamiento, pues soñaba que iba embarcado en ella, que llevaba consigo su tesoro y que se encaminaba a un país donde podía disfrutar de él sin zozobra. Al llegar aquí, una carcajada nerviosa cortaba el hilo de sus ideas y se decía: -Gozar sin zozobra? imbécil! ¿Cómo puede gozar de sus millones en medio del mundo civilizado, un animal inmundo como yo? |. . . .   En donde quiera que me presente seré la burla de la sociedad. . . . Si al menos fuera yo un enano de 0din, sería un enano divino; pero soy un enano de los hombres, un ser excepcional, ridículo, desgraciado, sin educación, sin conocimientos, sin familia.

Volvía, pues, a la gruta, arrojaba al suelo, con desprecio, la parte que había tomado de su tesoro y seguía llevando su vida de pastor.

 

V

Algunas veces, cuando la luna se mostraba en el horizonte, Erico salía de su cabaña y erraba por los picachos de los montes con la esperanza de encontrarse con las brujas o con alguno de los doce magos, a quienes quería pedirles que lo desencantasen, esto es, que lo volvieran a su estado natural -de hombre común o de príncipe- aunque el desencanto alcanzase a su tesoro, y este se trocara en una madriguera de víboras.

-Si yo fuera un hombre como todos, tendría libertad y nadie se fijaría en mi persona. . . . No es mi tesoro el que me hace desgraciado: es mi figura. Enantes yo no me había visto, no me conocía: mi tesoro me ha servido de espejo.

Al reflexionar así, Erico se preguntaba:

-¿Sería yo capaz de dar mi tesoro, todo mi tesoro, por ser un hombre como cualquier otro, por feo y viejo que fuera? Esta pregunta lo llenaba de perplejidad, y con razón, porque añadía: -Sin dinero, ¿para qué quiero ser yo un hombre joven y bien formado? . . . |  Sería uno de tantos infelices. ¿Y de qué me sirve el dinero, siendo deforme? ¿Puedo yo casarme? ¿puedo yo amar? ¿puedo yo fundar una familia? Lo que necesito, pues, es mi tesoro y una figura distinta de la que tengo, figura en que nunca pensé cuando era pobre. Cuando |era pobre, digo, ¿qué soy pues actualmente? Soy un sediento junto de una fuente envenenada. ...

Este círculo vicioso en que Erico giraba de noche y de día, habría acabado por arrebatarle el juicio, si la superstición no hubiera venido en su auxilio. El pobre enano acabó por tener completa fe en su encantamiento, y se puso a esperar el fin de él. Se puso a esperar el beso de la hermosa doncella que le devolvería su juventud, su arrogante figura y sus Estados.

El enano se creyó un príncipe vencido y transformado por algún demonio o por algún guerrero poderoso, y se tranquilizó. Tendría paciencia; esperaría uno, dos o tres siglos, pues sabido es que los príncipes encantados permanecen hasta millares de años bajo el poder de sus enemigos

Cuando esto que vamos relatando acontecía en Islandia, Erico no era un niño.

No: tenía cuarenta años, y a estos hay que agregar otros muchos, durante los cuales el enano y su perro envejecieron a ojos vistas.

0din empezaba a perder sus fuerzas, y Erico sus esperanzas.

Sin embargo, una noche Erico y 0dm despertaron súbitamente a los ruidos dé una borrasca. El agua caía a torrentes, estallaba el rayo, zumbaba el trueno y el Hecla se movía como sacudido por un titán furioso.

Erico tuvo miedo, no porque creyese que iba a perecer tragado por el volcán-él no tenía cuidado de su vida- sino porque la gruta amenazaba hundirse y con ella se hundiría su tesoro. El tesoro de Juto de nada le servía al enano; ese tesoro le había impuesto la mortificante tarea de custodiarlo; a su lado pasaba Erico no solo los días y las noches, las semanas y los meses, sino los años. Especie irónica de Prometeo, estaba encadenado en una roca; y en ella ese tesoro, bajo la forma del constante deseo de aprovecharlo, le devoraba las entrañas, como el buitre de Júpiter. Sin embargo, lo prefería a todo en la vida y estaba resuelto a perecer custodiándolo.

Erico no sabía hacer cuentas, pero comprendía que su tesoro valía muchos millones de pesos; y como el avaro al suyo, lo amaba por lo que valía intrínsecamente, no por los goces que pudiera causarle. Cada sacudida del Hecla lo hacía temblar pues, y mas de una vez creyó que la gruta iba a sumergirse. Erico era cristiano, pero en lugar de orar y de pedirle a Dios por su alma en aquel momento, se puso a llorar. La tempestad duró toda la noche y toda la noche duraron los terrores del enano. Al amanecer cambió el tiempo y al brillar el primer rayo de luz, salid Erico de su cueva, subió sobre un peñasco y se puso a mirar hacia el mar. A poco no mas divisé un buque, al que las olas, todavía agitadas, le daba terribles sacudidas contra las agrias costas del cabo Portland, un poco hacia el Oriente.

Nadie, al parecer, había visto al buque náufrago, nadie había ido en su socorro. La playa estaba desierta. Esto era natural, porque desde Reikiavik no se veía el lugar del siniestro. Erico llamó a Odín, tomó su percha y se encaminé rápidamente hacia la playa. El trecho era largo y el suelo poco cómodo para andar en él. Erico gasté, pues, algún tiempo en llegar a la orilla del mar.

Cuando llegó, ya el buque había desaparecido, tragado por las aguas, y sólo hallé algunos despojos y dos personas desmayadas o muertas: una señora y una niña. La señora tenía el cráneo roto y apretaba tan fuertemente con sus brazos a la niña. que mas parecía haberla ahogado ella que las olas.

Erico contemplé los dos cadáveres con dolor. 0dm hizo algo menos sentimental pero mas provechoso: se acercó a los náufragos, los olfateé y se puso a lamer el rostro y las manos de la niña; 0din era un perro groelandés, acostumbrado a ayudar a sus amos en el deshelamiento de los viajeros. Erico tuvo una idea: penso que la niña podía estar viva, cómo lo hubiera estado, quizá, la señora, si no se hubiera roto la cabeza contra las rocas. Inclinóse, puso el oído sobre uno de los costados de la niña y le pareció que ésta respiraba, aunque muy débilmente.

Rompió entonces con la punta de su percha, punta que era de acero, algunas tablas o pedazos de madera del buque, que las olas y el viento habían arrojado sobre  la orilla, hizo una hoguera e intentó poner delante o cerca de ella a la niña; pero no pudo, porque los brazos de la señora se habían convertido en tenazas. El enano tomó el cadáver de la señora por los hombros y lo arrastró hasta junto de la hoguera. El fuego de ésta hizo pronto efecto: los brazos de la muerta se aflojaron, la niña volvió en si.

Estuvo ésta al principio como aturdida. Llevó su mirada a todas partes, como si nada viese o nada comprendiese, luego, deteniéndola sobre el cadáver de la señora, lo mostró con el dedo, solté una carcajada y exclamó: -" ¡Es mi madre!" La niña había recobrado sus sentidos, pero no su razón.

El enano se estremeció.

0din volvió a acercarse a la niña y volvió a lamerle las manos. Afortunadamente ésta no le tuvo miedo. Por el contrario, lo acarició y viendo que 0din la miraba con ternura, le dijo:

    -Ve a lamer a mi madre; vuélvela a la vida,

-Señorita, dijo Erico, vuestra madre se ha roto la cabeza y está muerta.

La niña, que no se había fijado en el enano, se fijé entonces en él y tuvo miedo: quiso huír, pero luego se arrimé al perro, como para que éste la defendiera.

-No me temas, niña, dijo Erico con humildad. Yo soy un hombre bueno y acabo de salvarte la vida.

-Si eres bueno, vuélvele la vida a mi madre.

Erico no contestó, pero levantó la cabeza de la señora y se la mostró a la niña. La cabeza de la señora estaba horriblemente despedazada. La niña se acercó a la señora, la estuvo contemplando un rato y luego le dijo al enano, con una frialdad de loca: -Es mi madre!

-Si, dijo Erico; y como yo soy un hombre bueno voy a sepultarla. ¿Consientes?

La niña alzó los hombros. Luego dijo:

-Tengo hambre, si eres bueno, dame de comer.

Erico sacó de su mochila una botella con licor, dio a beber a la niña y le ofreció un pedazo de carnero fiambre. La niña comió al principio con disgusto, luego Con ansia.

Erico fue a buscar un sitio a propósito para sepultar el cadáver de la señora. Hallé uno aparente en una hondonada, no lejos de la plaza, al pie de dos álamos blancos. Allí hizo con su percha una fosa; la tierra removida la sacó con las manos.

La niña no quiso ver enterrar a su madre y el enano extendió su capote de pieles de carnero para que se sentara en él. Así lo hizo la niña; 0din se echó a sus pies. Los perros aman a los niños.

El licor, el alimento y el calor le trajeron el sueño a la niña, quien seguía atónita. Erico le quitó a la señora un relicario que tenía al cuello, un anillo que tenía en uno de los dedos de la mano izquierda, y una cartera, que encontró en uno de sus bolsillos. Como la cartera estaba mojada, el enano la puso a secar al sol de la mañana, que era un poco fuerte.

Erico vio que en la cartera había escrito algo, pero no supo qué, porque no sabía leer. Luego puso a la señora en la fosa, le cubrió el rostro con una parte de su vestido, y devolviendo al hoyo la tierra que había sacado de él, lo pisó fuertemente. En seguida cubrió la sepultura con arena y líquenes, para quitar todo vestigio de ella; fue luego al lugar de la hoguera, esparció sus cenizas y despertando a la niña le dijo: -Vámonos de aquí.

La niña inconscientemente se puso de pie. Pero como estaba muy débil y el suelo estaba muy húmedo, el enano le dijo:

-Si me lo permites, te llevaré en mis brazos.

-¿A dónde?

-A mi cabaña.

La niña consintió. Parecía haberse olvidado de todo. El enano, seguido de 0din, tomó el camino del volcán.

Erico había ido a la playa oriental de la isla el día del naufragio, no por simple curiosidad sino porque pensó, y pensó bien, que en ella podía prestarles algunos servicios a los náufragos y hacerse de algún amigo que lo ayudase a salir del embarazo en que estaba. Sin embargo, lo que menos esperé fue tener que recoger una niña de ocho o diez años y en estado de locura. Mas, como Erico era supersticioso, creyó que en eso se encerraba algún misterio, quizá un nuevo encantamiento, y no se desagradó por ello.

No sin mucha fatiga, llegó Erico a su cabaña ya cerca de la noche. El camino era malo o mejor dicho, no había camino. Además, Erico quiso dar muchos rodeos para ocultarse de cualquiera persona que pudiera verlo. Precaución inútil, porque aquella parte de la isla era salvaje y estaba desierta.

Cuando llegó a la cabaña, le preparó a la niña una cama de hermosas pieles de carnero (ya hemos dicho que las pieles de estos animales son muy ricas en Islandia) |y como la niña estaba fatigada, le hizo tomar algún alimento y la hizo acostarse. El calor vivificante de las pieles y el estropeo del naufragio, causaron en la huérfana un sueño profundo. Erico velé ese sueño con un cuidado paternal. Mas de una vez, durante la noche, se levantó y fue a ver sí la niña estaba dormida o despierta, y a darle lo que pudiera necesitar. La niña no se desperté en toda la noche

El sol estaba ya bastante alzado en el horizonte cuando la niña se despertó y saltó, como espantada, de su lecho, pues desconoció el lugar en donde se hallaba. Dos o tres veces se pasó las manos por los ojos, como para disipar una nube que los cubriese, luego prorrumpió en llanto y llamó con dolor a su madre.

Erico, que en aquel momento observaba desde una roca la ribera del mar, corrió hacia la niña. Esta, al vedo, dejé de llorar y lo miró fijamente desde la cabeza hasta los pies.

En seguida se calmé: acababa de recordado todo. Su naufragio, la muerte de su madre, el encuentro con el enano salvaje. Nada de eso era un sueño; todo eso era una realidad. Lo recordé y volvió a perder el sentido. Dejó de llorar y fue a sentarse sobre un peñasco y a recibir los rayos del sol. Este estaba muy vivo. De todos los puntos de la isla se levantaban vapores mas o menos tenues. Las montañas, abrillantadas por la luz de la mañana, se veían muy inmediatas.

El océano estaba azuloso y tranquilo.

Algunos gamos silvestres pacían con afán en las vegas distantes, y grupos de patos cruzaban el aire. Las cabras de almizcle saltaban en los riscos.

El Laxaa, el Thiorsaa y el Skaptaa, como otras tantas cintas de plata, corrían en diferentes direcciones y despedían luz de sus linfas, como los lagos la despedían de sus faces inmóviles. En torno del Hecla la soledad era absoluta.

La niña permaneció un largo rato como extasiada, parte quizá por los pensamientos o recuerdos que la agitaban, parte por la contemplación del panorama que tenía delante. Pero no: la niña no vela nada, no pensaba en nada, no recordaba nada. Si no estaba loca del todo, por lo menos estaba aturdida. Tenía espasmos y no sensaciones; sus ideas eran confusas. La fijeza de su mirada era alarmante.

Se pasé una hora e iba a pasarse otra, cuando la niña le dijo al enano, que la seguía y cuidaba:

-¿Cómo te llamas, enano?

-Erico, dijo éste, y como la ocasión se le había venido encima, agregó:

-¿Y tu, niña mía, cómo te llamas?

-Edda, dijo ésta; pero en el instante se arrepintió de haber respondido y guardó silencio.

Después dijo Erico:

-¿Quieres algo, niña mía?

-Si; quiero ir a la ciudad. ... ¿hay en esta tierra una ciudad?

-Si, hay algunas ciudades. ¿A cuál quieres ir, Edda?

-No; a ninguna..., yo no quiero ir. Tengo hambre, enano.

-¿Por qué no me dices Erico?

-Erico tu?. . . . . tu te llamas Erico? mentira! Erico es nombre de príncipe y tu eres un enano.

-Bien, Edda, dime como quieras; pero sabe que soy un hombre bueno y deseo servirte.

-Servirme!. . . .  ¿servirme de qué?

-De lo que quieras. Si quieres te llevaré a tu patria,

-A mi patria? al mar? No! no! exclamé la niña horrorizada.

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