IX

Edda tenía un gran remordimiento: durante diez año no había vuelto a acordarse de la tumba de su madre. Primero había tenido miedo de ella. . . . después la había olvidado.

Además, la tumba de su madre estaba muy lejos de la gruta. Estaba en la orilla del mar; del mar, que ella temía como a la muerte. Al no haber sido así, Edda habría cubierto esa tumba de flores y de cruces.

Edda se acusé: se encontró culpada porque se encontró ingrata.

Por fin, una noche fue a visitar la tumba de su madre y a pedirle perdón por su ausencia de diez años. Fue sola, porque Odín no podía acompañarla y porque Erico habría sido un estorbo para ella.

Las tumbas están solas y uno debe ir solo a visitarlas.

La noche estaba fría y era pálida la luz de la luna.

La calma era completa.

Como la naturaleza no cambia ni se envejece, Edda encontró el sitio de la tumba de su madre lo mismo que lo había visto la primera vez. Todo estaba allí en el mismo estado: has mismas piedras, los mismos matorrales y los mismos alamos. Estos estaban un poco mas crecidos, pero no mucho, pues los árboles no alcanzan una Corpulencia notable en las latitudes boreales. El tronco del sauce polar, árbol que crece hasta mas allá del paralelo 65, no tiene sino dos pies de diámetro.

Algunas plantas rastreras habían brotado sobre la tumba de la amante de Orm, pero esa tumba no tenía ninguna forma entre aquellos dos árboles y en aquella hondonada se hallaban los huesos de un ser humano. Como se recordará, Erico no había puesto sobre esa tumba inscripción ni cruz. Esa tumba debía ser un secreto en la isla, tan hondo, tan escondido como el de las existencias de su tesoro y de Edda. Toda señal puesta en la tumba hubiera servido de indicio. Todo indicio habría sido denunciante. La madre de Edda, y ésta misma, debían estar para todos en el seno del mar.

Edda cayó de rodillas sobre la tumba de su madre, se inclinó y besó la tierra, lanzó ayes lastimeros y cubrió sus hermosos cabellos con la arena que el viento del mar había amontonado al pie de los alamos.

Durante diez años no había vuelto a recordar a su madre. . . . durante ese tiempo, su madre no había sido para ella sino una sombra vaga, lejana, medrosa. . . . algo así como una loca que había querido abogarla en sus brazos, algo así como un cadáver húmedo, mas lívido y mas rígido que los otros cadáveres, con facciones de espanto, con cabellos desgreñados, con dureza de mármol....

Durante esos diez años el recuerdo de su madre, recuerdo destacado de sus últimas impresiones, no había sido una fruición sino un fantasma.

Empero, ahora que la niña había dejado de serlo y era ya una joven; ahora que Edda tenía formado su cerebro y su corazón; ahora que Edda |sentía bien y por lo mismo |conocía bien, su madre volvió a ser para ella lo que, para sus hijos, son todas las madres muertes: un ángel sin alas; una providencia sin el poder infinito, pero con el amor infinito. El vaso que contiene las aguas del mar es mas pequeño que el corazón de una madre, vaso que contiene todos los afectos posibles.

El espacio se puede colmar.

El alma de una madre nunca se coima.

Judas se ahorcó no porque se sintió criminal, sino porque se vio ingrato. Un brazo puede herir y encontrar disculpa. Una pasión puede extraviarse y conseguir misericorida. Un ingrato no puede hallar perdón delante de sí mismo ni de los demás.

La ingratitud es un traición moral

La traición moral hiere lo mas íntimo del alma, no causa cólera, ni odio, ni deseos de venganza ni de justicia. Lo que causa es un dolor que no se mitiga, un desengaño que no se repara.

Edda conocía esto y por eso se desesperaba delante de la tumba de su madre.

-"Infeliz de mí se dijo. ¿Qué he hecho en tantos millares de días y de noches, que no he tenido una oración para el alma de mi madre, una flor ni una lágrima para sus cenizas?

"Aves desconocidas le han levantado cantos fúnebres entre estos álamos sombríos. . . .  céfiros piadosos han traído hasta ella el aroma de las montañas. . . . el mar ha salmodiado para ella sus himnos terribles y misteriosos en el silencio y en la oscuridad de la noche'    sólo yo no he tenido para ella una voz ni un recuerdo!

"Madre mía! no merezco tu perdón, pero acepta mi arrepentimiento ¡"

La luna ascendía lentamente en los cielos.

Los sauces y las peñas despedían sombras medrosas.

Oíase a los gamos hambrientos morder y desgarrar la corteza de los árboles.

Las olas gemían en la ribera y las gaviotas volaban describiendo grandes círculos sobre la espuma.

El Hecha se asemejaba a una torre ciclópea, calcinada por un incendio.

Edda tenía miedo, pero se dominaba en el dolor.

Cuando se cansó de llorar y de acusarse, de llamar a su madre y de evocar todos y cada uno de los recuerdos de su niñez, sentóse al pie de los álamos y se quedé allí, donde sus sentidos fueron embargados, parte por el sueño, parte por la alucinación.

Entonces le pareció que su madre le hablaba desde el fondo del sepulcro y le decía, como la maga de la tradición danesa: -"Quién turba el descanso de mi alma? Estaba cubierta de nieve, salpicada de rocío y bañada de lluvia.. . . hace mucho tiempo que he muerto".

Edda le contesté:

-Soy yo, madre mía. Yo, Edda, la ingrata, que quiere morir y mezclar sus cenizas con las tuyas.

-Calla! ¿Para qué me hablas, hija de Orm, guerrero valeroso, a quien rechazaron mis padres porque no era noble ni opulento?. . . . |   Yo no quiero escucharte.

-Madre mía!

-Me has abandonado hace tanto tiempo, que ya no conozco tu voz, ni te conozco a ti misma. Yo te alzaba en mis brazos y ahora te veo grande y esbelta como una ondina del lado Melar, como una virgen de las montañas heladas. Los dedos de tus manos reclaman el anillo nupcial. . . . hay en tus labios ósculos distintos de los que yo sembré en ellos.. . . tu pecho es un pimpollo núbil, que solo espera para abrirse Una leve caricia del viento. . . . Aléjate de esta tumba. Mis huesos están separados; mis cabellos han caído de mis sienes y se han vuelto polvo. . . . aléjate! ve a danzar y a reír en el torbellino del mundo, y no turbes la tranquilidad de mis cenizas. Niña amada, yo te arrebaté a la tempestad para que murieras conmigo. . . . doncella ingrata, te he olvidado. Déjame en paz. . . . Busca a tu padre, él me abandonó viva como tu me has abandonado muerta. . . . bien eres tu la hija de Orm. Bien es él tu padre!

-Madre mía! no aspiro a que me perdones, pero dame un pedazo de tu sepulcro para quedarme a tu lado por la eternidad de los siglos.

-No! jamás! tu te arrancaste de mis brazos para quedarte en el mundo. ¿qué tenías en él? ¿A tu padre? No: él, que había abandonado y traicionado a la madre, ¿por qué no había de abandonar y traicionar a la hija?

Edda, dé jame en paz. ...

-Piedad!

La madre de Edda no habló mas.

 

X

Desde la visita a la tumba de su madre, Edda cayó en una honda melancolía. Guardóse en la gruta y no salió sino de tiempo en tiempo.

En la gruta Edda leía o meditaba.

Su mas dulce ocupación era llorar.

A veces contemplaba el retrato del desconocido y pensaba en que sería feliz si ese joven estuviese a su lado en lugar de Erico. ... A veces oraba; mas, siempre era presa de grandes terrores, y se decía: -¿Qué va a ser de mi, sepultada vida en esta isla y en poder de este hombre, que es bueno pero que puede ser malo? |   Esto no debe continuar. Erico se ha vuelto taciturno. . . . Erico me lanza miradas escudriñadoras, miradas voraces, cual si fuera yo una paloma y él fuese un milano. . . . Ya no había concierto. . . . Erico me huye. . . . Tengo miedo de Erico.

En ocasiones, Edda se retiraba a los sitios mas ásperos del monte y allí hablaba de esta suerte: -"Cielo cristalino, insondable océano, montañas de fuego que temblais debajo de mis pies! Yo os invoco, yo os imploro turbada!

"Víctima de un destino inexorable, la tempestad me arrojó sobre estas playas salvajes en brazos de mi madre muerta, y me ha entregado a un monstruo de la naturaleza.... ¿ qué quieren los hados de mf?

¿A qué ley misteriosa está unida mi suerte?

¿Por qué no perecí hace diez años como tantos otros seres felices, mis compañeros, que desde entonces son rayos de luz en la altura y polvo impalpable en la tierra?

¿Cuál es mi herencia? ¿Cuál es la parte de labor que me corresponde en este mundo? ¿Viviré siempre idiota, prisionera de un semibruto y amada de un perro ciego?

Espíritus errantes del aire! deidades de las rocas y de los hielos! genios feroces del Hecha! compadeceos de mi, o dadme la muerte!

Ya mi pecho no tiene suspiros ni mis ojos lágrimas. Pronto se acabarán las palabras de mis labios. . . . ¿que será entonces de mi? ¿Seré la loca de estos sitios?

He llamado en la tumba de mi madre, y ésta me ha dicho: |déjame en paz! Mi madre, pues, me ha maldecido y me ha maldecido desde el cielo!

Estoy réproba!

¡Monstruos del mar, pájaros de la altura, insectos del bosque, oidme vosotros! vosotros compadecedme! Calmad vosotros el furor de mis malos genios. . . .    Helados huracanes del polo, vosotros sereis mas piadosos, levantadme en vuestras alas y llevadme a una tierra en donde haya flores en donde calienten los rayos del sol, en donde haya semejantes míos o estrelladme contra las rocas!. . . . 

Hecha poderoso, tus entrañas de fuego serán mas piadosas que las entrañas de mi mala fortuna! Hecha horrible, trágame! . . . .  

Orm! ingrato seductor, verdugo de mi madre, si es cierto que me diste el ser, sácame de esta isla desgraciada. . . . prefiero el horror del infierno a los martirios de esta soledad interminable!

Qué silencio! qué inmutabilidad!

¿Por qué no estoy loca?. . . . mi locura sería mi compañera. Más, ¿quién dice que no estoy loca?

Al hablar así, Edda saltaba sobre las peñas y gesticulaba sobre has cumbres, iba, volvía, derramaba lágrimas y soltaba risas convulsivas y estrepitosas. A veces, rendida de fatiga, desfallecida de alma y de cuerpo, se sentaba sobre una piedra, dejaba caer su frente entre sus manos y sumergía sus pensamientos en la oscuridad de su dolor.

Así permanecía mucho tiempo. Luego se ponía de pie, ya mas serena, resumía sus reflexiones en estas palabras: el suicidio o la fuga.

Edda era alta, esbelta, de una blancura transparente, de cabellos castaños oscuros y de ojos dulces. La forma de su frente y el recorte de sus labios, revelaban profundidad en sus concepciones y energía en sus procedimientos.

Sus manos eran muy bellas, muy femeninas, pero también muy capaces de empuñar el puñal de Lucrecia o la copa de Atala. Le faltaban, sí, a quellas gracias seductoras, los encantos de la educación.

El alma del pobre Erico, a su vez, era el juguete de fuertes tempestades. En más de una ocasión el enano se había sentido hombre en presencia de la huérfana.

La había visto crecer, la había visto hermosear y hacía mucho tiempo que sentía el vértigo del que está en presencia de un abismo. Cualquiera mujer le habría producido a la larga los mismos ímpetus, las mismas sensaciones. . . . Además de esto, la belleza de Edda lo deslumbraba.

En muchas de esas horas terribles, horas de soledad, pasadas el uno enfrente de la otra, junto de la hoguera que encendían para calentarse en las noches de invierno; en muchas de esas horas, Erico estuvo a punto de estrechar a la huérfana en sus brazos.

Edda era suya, Edda era su |presa; y aunque no, él era fuerte, él era el rey y el señor de aquella comarca salvaje. . . . tenía pues derecho a esa mujer. ¿Cuál derecho? el de la posesión, el de las circunstancias, el de la naturaleza.

Edda veía esas impresiones en el rostro y en las miradas siniestras del enano, y temblaba. Temblaba, no porque las comprendiese sino porque le infundían miedo.

Los ojos inflamados y sanguinosos del enano, los estertores que se escapaban de su pecho de gigante y la agitación de sus músculos, la aterraban. Por fortuna Erico, que tenía miedo de su propia temeridad, estaba acostumbrado a obedecer ala joven.

Esta, en esos momentos de peligros se ponía de pie y le decía con imperio:  ¡salid!

El enano salía de la gruta y Edda se encerraba en ella y se ponía en oración.

A veces también se ponía a contemplar el retrato del desconocido y le sonreía como pidiéndole ayuda.

Cual un oso herido, Erico pasaba entonces la noche en un rincón de su cabaña, sintiendo correr la sangre de su herida y sin hacer nada por estancarla.

Erico era bueno, pero se había enamorado de la huérfana con toda la intensidad de un amor salvaje. Si Erico no hubiera sido bueno, no habría sido sino una bestia en presencia de Edda.

Erico era también humilde. Sin embargo, ¿quién podía adivinar cuál sería el curso de aquella pasión, dadas las circunstancias de ella? Si en lugar de amor, y de un intenso amor, Erico hubiera sentido simplemente un deseo, la catástrofe no se habría hecho esperar mucho tiempo. El deseo es aguijón que punza. El dolor de la punzada enfurece. El hombre enfurecido es como la fiera. El deseo es brutal, es irresistible.

No así el amor. Este tiene mas limpios y mas amplios cielos. El amor del alma es sumiso, es dulce y quiere triunfar esclavizándose. El amor del alma se hace el mismo mártir, pero no da martirio.

Erico amaba a Edda con el corazón, no con los sentidos. Por eso le tenía miedo, por eso le obedecía. Una mirada de Edda lo dejaba estático. Una palabra de Edda era una orden.

Erico no tenía conocimiento cabal de lo que sentía, pues pudiendo ser un león o un gorila al lado de la huérfana, no era sino un lebrel. La belleza de Edda lo subyugaba mas.

A pesar de su rusticidad, el enano comprendía que Edda no podía amarlo, y que él no podía ser para ella sino un monstruo, algo menos que un hombre. Esta persuasión lo hacía completamente infeliz, y dejaba correr su vida como un arroyo cuyas aguas fangosas nunca se aclarasen. Suerte bien singular era la del pobre Erico! Era dueño de una mujer capaz de ser el mas bello adorno del palacio de un príncipe, y era dueño del mayor tesoro conocido en el mundo -el tesoro del pirata-; gozaba de una salud de bisonte y era rey del Hecha; sin embargo, Erico era, por eso mismo, el mas infortunado de los hombres.

Tántalo solo había padecido hambre y sed. El hambre y la sed son dos mortificaciones físicas. Toda mortificación física cesa con la muerte o muere ella misma. Pasa pues. Lo que no pasa es el dolor de los sufrimientos morales. Estos, como los trapistas, cavan la tumba del desgraciado, pero la cavan lentamente. Cada día dan un barrazo... cada año sacan una puñada de tierra removida....

La cuchilla visible es benigna. La cuchilla invisible es cruel.

Herid todos los órganos, todos los músculos, todos los huesos del hombre; pero no le hirais el alma.

El alma herida nunca se cura.

El alma del enano estaba herida, horriblemente herida por la fortuna. Su caudal y la huérfana le hablan sumido en abismos de pesares. El no podía explicarse lo que sentía, pero sí lo sabía sentir. El no tenía palabras ni pensamientos, pero si tenía corazón.

¡Qué compensanciones tan caprichosas las que le habían tocado en la lotería de la vida! Tenía lo que codician los hombres: tenía el dinero y la belleza, pero él no era hombre.

Habría dado su caudal por no ser enano.

Habría dado su vida por ser igual a Edda.

Habría sacrificado todo por Edda; pero a ésta no la habría sacrificado por nada He ahí la salvaguardia de Edda.

Aquiles, el mayor de los héroes, tenía por compensación negativa la muerte, que llevaba en el pie. Venus la mas hermosa de las mujeres, tenía por compensasión negativa, ha licencia, que llevaba en el pecho. Erico, el enano, Erico, el salvaje Erico tenía por |compensaciones positivas dos tesoros, y la posesión de éstos lo hacía doblemente desgraciado!

Eso suelen ser las compensaciones. El equilibrio roto no es piedad!

Edda, al lado de Erico, padecía los terrores del miedo. Erico, al lado de Edda, padecía las angustias del amor. La vida del enano y la de la huérfana se habían hecho insoportables.

Su unión era imposible. Había que romperla, pero ambos comprendían que esa ruptura sería una catástrofe.

Debía morir uno de los dos.... ¿cuál?

Debía huir uno de los dos.... ¿cuál? ¿cómo?

Una noche, mientras la tempestad azotaba el océano y la isla, como azota un capataz a dos niños indefensos; en los momentos en que el rayo incendiaba los cielos y las convulsiones del Hecha amenazaban hundir la gruta, Erico tomé valor de los elementos enfurecidos y quiso echarse a los pies de Edda. Esta se armó con el cuchillo de monte del enano. Su instinto de mujer y de virgen le decían que debía defenderse. . . . que un peligro inminente la amenazaba, aunque no sabía cuál. Su valor, su sobresalto, su cólera y la cárdena tea de los relámpagos realzaban su belleza.

Parecía una Juno irritada.

En esta vez Erico no se acobardé.

-Salid! dijo Edda.

El enano no obedeció.

Edda se encaminé hacia la boca dela gruta.

El enano le cerró el paso.

Edda llevó el cuchillo a su pecho.

Erico cayó de rodillas y rompió en llanto.

Edda se serené y lo contemplé con sorpresa.

-Perdón! dijo el enano; perdón, Edda! No vengo a luchar contigo, ni esa lucha sería posible. . . . te rompería como rompe un huevo la foca. Además, soy tu esclavo, mas sumiso que el viejo y ciego Odín, pero mas infeliz que él, porque no tengo derecho a tus caricias. Odín ha entrado en tu corazón, yo no. . . . comprendo la causa y me quejo solo del cielo.

Aunque monstruo salvaje, me duele tener por rival a un perro . . . .! 

Cuando tu lo acaricias, yo gimo; cuando tu lo llamas, yo me aparto y voy a golpear mi frente contra las peñas.

Edda, yo te amo!

Al oir estas últimas palabras, la huérfana se estremeció y apreté mas con sus dedos el mango del puñal.

Erico continuó así:

-Edda, yo te amo. ... hace largo tiempo que te amo, y por lo mismo que te amo, te respeto. No temas nada. Hoy, como ayer, soy tu guardián y te defendería de cualquier peligro con el valor de un guerrero, con la abnegación de una madre; pero he reflexionado....

Edda no interrumpió al enano; éste continué así:

-He reflexionado y he tomado una determinación. ...

Erico calló por un momento. Edda no le hizo ninguna pregunta. El enano continuo así:

-He resuelto morir.

-Morir! tu, Erico?

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