TERCERA PARTE
EDDA
I
El hermano Moravo condujo al barón a la presencia de Edda, llamada entonces |sor María, y le dijo: -Aquí teneis al señor de Rauzan.
El barón y la canonesa se contemplaron un instante. Sor maría era una hermosa y gallarda joven de veinte y tres años de edad, blanca, rubia y serena. Ese instante resumió toda la vida de aquellas dos personas: Edda vio en el barón al joven del retrato, pero al joven hecho hombre, y palideció.
El barón vio en la canonesa la imagen viva de una mujer a quien había amado hacía mucho tiempo, y palideció también.
-¿Sois el barón José Hugo de Rauzan? le preguntó Edda, casi sin saber lo que le preguntaba.
-Para vos, soy simplemente |Orm, dijo éste.
Edda dio un grito y se desmayó: estaba en presencia de su padre. Un momento después volvió en sí, y padre e hija se confundieron en un abrazo. Aquel dijo:
-Sé ya cómo os salvásteis del naufragio. Decidme ahora cómo me habeis encontrado; el hecho es muy singular.
-De un modo sencillo. . . . todo ha sido obra de vuestro casamiento, señor. Como debeis saberlo, él hizo mucho ruido; tanto que su noticia llegó hasta el Capítulo y el nombre |José Hugo de Rauzan quedó impreso en mi memoria. Contemplando un día vuestro retrato, pues siempre gustaba de hacerlo, quise, por la centésima vez, descifrar el nombre borrado que hay en él y trabajé mucho. Cuando ya empezaba a fastidiarme de la inutilidad de mi trabajo, comprendí que una de las letras mayúsculas que había en medio del renglón borrado, era una H y la otra una R, y me dije riéndome: "Acabáramos! es el retrato del señor de Rauzan". Ya con esta idea, continué trabajando y vi que en el renglón borrado cabían perfectamente las diez y seis letras de vuestro nombre. Lo que empezó por ser una burla, pasó pues a ser una idea seria. Seguí trabajando y descubrí que ha octava letra era una |e acentuada y la última una |n. Entonces me dije: "Este retrato puede ser el del barón. Si no es el de él, el barón puede, quizá, decir de quién es".
-Bien pensado.
-Escribí en seguida al hermano Miguel, mi protector, mi angel guardián, para que viniese. El vino; le dije mi parecer, lo encontró fundado y se encargó de ir a buscaros.
-Mas, ¿por qué habeis tardado tanto tiempo?
-Porque el hermano Miguel no estaba en este país. Cuando hablamos, convinimos en que el retrato era el vuesto; pero diferimos en que vos fuerais mi padre. Yo no opinaba así.
-¿Por qué?
-No se. . . . me parecías demasiado joven. . . . computaba mal el tiempo. . . .
Al hablar así, Edda estaba preocupada y se manifestaba fría. Las palabras |soy simplemente Orm, la habían echado en un abismo. Todas sus dudas habían cesado.
- Oidme ahora, dijo el barón. Como lo habeis visto en las líneas que encontrasteis en la cartera de vuestra madre, yo la esperaba para desposarme con ella; mas, lo que me llego fue la noticia del naufragio. Grande fue mi dolor, pues el amor a vuestra madre es el único que he tenido en mi vida. Para mitigarlo, me puse a recorrer el mundo. Sabela que yo era pobre y que los padres de vuestra madre me rechazaron por eso; la suerte empero había cambiado para mi.
-Basta de entrevista, dijo el hermano Miguel al reparar en la palidez mortal de Edda, Necesitais descansar y reflexionar sobre los medios de que se vale el Todopoderoso para fijar el destino de sus criaturas. Señor barón, permitidme que os acompañe a vuestra casa; tu, hija mía, reposa algunas horas. . . . volveremos a vernos mañana... . ya le he dicho al barón todo lo que tu pudieras decirle.
-Una palabra, dijo el caballero, ¿habeis pronunciado los votos, Edda?
-No. Llevo el nombre de |sor María por gracia del Capítulo, pero soy novicia. . . .
El barón dio a su hija un beso en la frente y se aparté de ella lleno de alegría y de esperanza. Se sentía muy feliz en esos momentos. Por el contrario, Edda se quedó triste y turbada; y cuando su padre salió de su celda, cogió el retrato de éste y lo partió con dos líneas anchas y negras. Esas líneas formaban una cruz.
Al saber la baronesa que su marido había salido de Túsculo en compañía de un sacerdote y que había pasado con éste la mayor parte del día, creyó que el barón se ocupaba en estudiar algún punto canónico, y tuvo miedo, en cuanto pudiera estarse tratando de alguna informalidad sustancial de su matrimonio. Como se ve, Lais estaba muy distante de la verdad. . . . sin embargo, ¿sería Edda para ella una estrella de bendición o un astro malo?
El barón volvió al día siguiente al Capítulo sin esperar al hermano Miguel. Tenía que hablar con su hija acerca de los votos de ésta y le parecía que le faltaba tiempo para ello. Edda lo recibió con respeto pero con frialdad, y esperé a que su padre le hablase primero. Este le dijo:
-Edda, disponeos a salir hoy mismo del Capítulo. . . . ¿os parece bien?
-Si y no, señor. Si a primera vista; no a la luz de la reflexión. He pensado en ella toda la noche.
-Explicaos.
-Si vos, señor, estuviérais soltero, mi deber era ir a vivir con vos, en este país o en otro cualquiera; pero estando casado, no creo prudente hacerlo. Tampoco, aunque tengo ha edad, sería aceptable que saliese del Capítulo para llevar vida de persona libre.
El barón no replicó; y no replicó con tanto mas razón cuanto que en las aflicciones que padecía su hogar, Edda habría sido en él una manzana mas de discordia. Pero si el barón no replicó, si suspiré y se arrepintió una vez mas de haberse casado con Laja. Eva habría amado a Edda. Esta agregó:
-No se, tampoco, hasta dónde convenga que se sepa en ha ciudad nuestro encuentro. . . . mi existencia siquiera.
-Ese obstáculo no es grave. Cuando me casé con la baronesa era yo viudo.
-Viudo!
-Si, hija mía. Mas, no os sorprenda esto, no os pongais celosa. Cuando conozcais las causas de mi primer matrimonio, vereis que fueron insuperables. . . . Mi primera mujer murió loca en un manicomio. Como nosotros no tenemos que dar cuenta de nuestra vida, todo el mundo os tomará por hija de aquella infortunada señora.
-Así podría allanarse eso; lo que si no puede allanarse es lo de la señora baronesa. A mi edad y después del modo cómo ha vivido, me parece imposible que nos aviniésemos. Tranquila, pues, se quedará ha baronesa en su casa y tranquila yo en el Capítulo . . . . lo otro sería una cadena de turbaciones. ¿Me garantizais lo contrario?
-De ningún modo.
-Bien; está resuelto el punto de dejar el Capítulo para ir a vivir con vosotros. Pasemos a otro: ¿debo dejar el Capítulo para habitar una casa distinta de la vuestra? No.
-Eso depende. . . . quizá sería bueno que tomarais estado casándoos.
-No lo creo conveniente. Yo no me casare nunca. . . . Debo pues quedarme aquí.
-Bien, quedaos en |interinidad; desistid de pronunciar los votos sagrados.
-Si, me quedaré para pedirle al cielo por vos, y ahora como antes, para cuidar los huesos de mi madre....
-Edda!
-Los tengo conmigo. Esa ceniza sagrada no podía quedar en el polo.
Al decir esto, la canonesa se puso de pie y mostró al barón la urna en que estaban los restos de su madre. El barón abrió la urna y estuvo contemplando aquellos fríos restos. Algunas lágrimas se desprendieron de sus ojos; pero eran tranquilas, semejantes a las gotas de agua que resbalan por las mejillas de una estatua después de la lluvia.
-Eso es lo único que queda en este mundo, dijo Edda, de la joven que se sacrifico por vos.
Edda no daba al barón el nombre de |padre. |
-Si, hija mía; pero de nada me acusa mi conciencia. Sus padres no me la quisieron dar por esposa; yo tuve que huir de su lado, y cuando ya fuimos libres e íbamos a ser dichosos, el mar me la arrebaté para siempre. . . . Después. . . . después yo os creía muertas a ambas, y una promesa solemne. . . .
-Y ahora? dijo Edda con acento acusador y visible amargura
-Ahora? ahora yo quería separarme del mundo, y creí conseguirlo poniendo entre él y yo el valladar del matrimonio. . . . Vuestro encuentro, a tiempo, nos habría salvado a los tres; hoy es demasiado tarde.
-¿Os habeis separado del mundo?
-Si; pero no soy feliz. . . . mas tarde hablaremos de esto. No debemos juzgar de los procederes de las personas sin tener a la vista las circunstancias de modo, tiempo, lugar, causas, etc, que las han compelido a obrar de esta o de otra manera; y por lo común, la razón mas fuertes la que no podemos divulgar.
-Pues bien, yo me quedaré aquí, cuidando las cenizas de mi madre, y no pronunciaré los votos sagrados sino después de algún tiempo. Esto da espera. Hay otra cosa que no da.
-¿Cuál, Edda?
Para responder a esta pregunta, Edda le habló al caballero del tesoro de Erico y de lo que, respecto de ese tesoro, ella les había dicho a los Hermanos Moravos. Cuando Edda acabó de hablar, dijo el caballero:
-Ese tesoro debe ser del tiempo de los escandinavos y debe ascender a muchos millones. ¿Qué compromiso teneis con los Hermanos?
--Todos y ninguno. Todos, porque les he comunicado mi secreto, y ninguno porque a nada me he obligado con ellos. Sin embargo, los creo acreedores a él por los muchos beneficios que me han hecho.
-Es verdad; ese tesoro en sus manos quedará mejor que en las de un rey.
-Si, ellos lo emplearán en el servicio de la humanidad.
-Mas, ¿Erico habrá sabido ser prudente hasta el fin?. ¿no habrá hablado?
-Si. Eh pobre habrá muerto de pesar y para cumplir su testamento. El me dijo:
"Todo esto es tuyo. Permita el cielo que ese tesoro disculpe a tus ojos la falta que cometía arrancándote de los brazos de la muerte".
-¿Lo creeis?
-Erico se habrá encerrado en la cueva y habrá perecido en ella. ¿Qué debemos hacer?
-Debemos sacar ese tesoro de donde está.
-¿Y después?
---Después tomaremos consejo de las circunstancias y de los tiempos.
El barón y el hermano Miguel, después de conferenciar, llegaron a éstas conclusiones: la. que seria difícil dar con el sitio donde estaba eh tesoro, si Edda misma no iba a mostrar ese sitio; 2o. que Edda no podría ir sin su padre; y 3o. que debían tomarse muchas precauciones, porque la empresa no estaba exenta de peligros.
El barón continué visitando a su hija todos los días por espacio de un mes y preparando en secreto lo necesario para hacer su viaje a Islandia. Lais, que hacía expiar a su marido, estaba muy sorprendida de los frecuentes viajes de éste al Capítulo; pero todo se lo explicó cuando supo que había en ella una canonesa extranjera, de mucha hermosura, joven, llamada |sor Maria, quien no había aún pronunciado los votos. Pensó entonces que el barón estaba empeñado en una aventura galante, o como ella decía, "vuelto a sus antiguos libertinajes". 'Esto la enfureció.
Pero fue mayor su cólera cuando, supo por sus espías, que el barón había salido de la ciudad y embarcándose con la canonesa. Entonces lo apellidó |raptor sacrílego, esposo adúltero. verdugo ¡orado del bello sexo, y lloró, se hirió el rostro, maldijo el día de sus bodas y envidié a Eva, quien estaba tranquila en su tumba. Antes de ese día, Lais no había vuelto a acordarse de su amiga.
En medio de sus arrebatos, le llegó a la baronesa una carta del barón, carta que primero, arrojé lejos de sí y después leyó con avidez. La carta decía así:
"Señora baronesa. Como habeis perdido mi confianza, no quise participaros a la voz ni antes de ahora, que me veía obligado a emprender un viaje, que es de sumo interés, y del que no regresaré antes de algunos meses. En ese viaje correrá peligros pero cuento con el fervor de vuestras oraciones. Os dejo a Man para que os acompañe. Es un hombre leal y prudente. Ojalá que mientras yo cruzo los mares, vos mediteis sobre vuestro modo de ser conmigo y os decidais a dirigir mejor de lo que lo habeis hecho la barca conyugal. Eso depende únicamente de vos; basta un soplo del viento para disipar una tempestad, pero es necesario que ese soplo sea generoso. Por lo común somos desgraciados, porque no sabemos ceder; esto es, porque no sabemos ser amigos de nosotros mismos: ceder, en el mayor número de casos, es |alcanzar. |
"Confío en vuestro propio decoro para que no empeceis a gritar que |me he fugado. |
"Vuestro. RAUZAN".
Lais leyó esta carta tres veces y se llenó de perplejidad. Indudablemente había misterio en la conducta de su esposo.
Entretanto el barón, Edda y el hermano Miguel navegaban a todo vapor hacia Islandia; y cosa singular! aunque iban en busca de un gran tesoro, ninguno de ellos tenía ansia de encontrarle, ni hacía depender de él su felicidad en este mundo. El barón estaba saciado, el hermano Miguel vestía un sayal y Edda había dormido diez años sobre ese tesoro como sobre un montón de heno. Además, ¿para qué quería Edda unas riquezas que no podían darle el calor que le faltaba a su corazón? Mal nacida, mal educada y mal curada de la enfermedad que le había acometido después de su naufragio y por causa de él, Edda era una joven casi rústica, casi desengañada, casi loca. No tenía recuerdos gratos, ni esperanzas, no sabía hacerse ilusiones y estaba tan desagradada de su presente, que sol(a pensar en el Hecla y echar de menos a Odín y al enano!
II
Nuestros argonautas - el barón, su hija y el hermano Miguel- embarcados para ir en busca de un vellocino de oro verdadero, se acercaban rápidamente a las costas de Islandia; y aunque no iba con ellos Tiflis para gobernar el timón, ni Linceo para descubrir los escollos, ni Orfeo para matar el fastidio del viaje con los sonidos de su lira, su barca marchaba bien y los días se deslizaban para ellos como si fueran horas.
El barón se sentía feliz con el encuentro de su hija; pero ésta se sentía mortificada, contrariada, aturdida. El retrato que había encontrado en la cartera de su madre, había llamado su atención y había despertado en su pecho una simpatía extraña, que no tenía nada que ver con el afecto que les tienen las hijas a sus padres. Edda estaba muy lejos de sentirse feliz.
Es opinión común que el poeta nace y el orador se hace. Algo parecido sucede con los padres. Los padres también se hacen. Queremos decir que no basta que nos los de la naturaleza: se necesita que ellos puedan y sepan cumplir su misión de
afecto, de cuidados y de trato con sus hijos. Cuando esto no sucede, sea por lo que fuere, los padres no son para sus hijos, ni éstos son para sus padres, sino una |relación, pues lo que no ha hecho el tiempo no lo hace el instante. He ahí por qué Edda se sentía |hila al lado del barón.
No estaba éste en el mismo caso, porque veía a la que había amado representada en Edda; y como ésta era el fruto de su cariño, las unía y confundía a las dos en un mismo afecto.
El barón amaba, pues, a su hija sin reserva; pero ésta gastaba con él todas las reservas posibles, lo que el barón atribuía a las condiciones especiales del sexo femenino y a la vida salvaje de la huérfana.
Durante la travesía y en las ocasiones mas a propósito para ello, el barón contaba su historia a Edda. Daremos el extracto de sus conversaciones. Helo aquí.
--No tenía veinte años cumplidos cuando me enamoré de vuestra madre, quien me correspondió a pesar de no ser yo noble y rico, como ella. Sus padres me negaron su mano; mas, nosotros no tomamos consejo de esta negativa, y como ella era también muy joven, nos dejamos arrebatar de la locura y fuisteis vos el fruto desgraciado de nuestra experiencia. Yo me hubiera desposado de todos modos con vuestra madre, pero ella fue encerrada en la casa paterna y yo tuve que huir. Vuestra madre aprobó mi conducta.
Pasé a otro país con mi hermano Alcides, quien generosamente me había acompañado en mis amores y quiso acompañarme en mi expatriación. Alcides y yo éramos gemelos y nuestra semejanza era grande.
Como éramos jóvenes, robustos, de algún talento y diligentes, y como ambos habíamos sido soldados, pronto nos abrimos paso y coronamos una carrera. Ademas, yo leía a Lavater y a Mesmer, magnetizaba y decía la |buena ventura a los jóvenes. Alcides tocaba la vihuela y cantaba con primor. Esto nos trajo la compañía de los caballeros ricos y elegantes, y esta compañía nos abrió las puertas de la buena sociedad.
Aunque yo no conocía los secretos de las estrellas, ni en ese tiempo conocía aún a Simón el Mago, al conde Saint-German, a Apolonio de Tiane, etc, deliraba con los |iluminados y me esforzaba para imitar a Cagliostro. Mas tarde estudié a Gall y a Jorge Combe, y como tenía una penetración muy grande, fui por algún tiempo el rey de los salones y el encanto de las gentes frívolas, quienes llegaron a creer que, con solo quererlo yo, adivinaba sus secretos y pasiones y veía el porvenir. De esta fama usó y abusé para hacerme querer y para hacerme el héroe de mil aventuras galantes, de mayor o menor interés.
-Entretanto mi madre, dijo Edda, lloraba por vos, sufría el rigor de sus padres y el desprecio social.
-Si, Edda; pero yo no la había olvidado, y si no había ido a buscarla, era porque no tenía aún los recursos bastantes para ello. Yo tenía fe en ella y ella la tenía en mi, pero debíamos esperar. Cuando creí llegado el tiempo, le escribí como lo sabeis pero el mar puso término a su existencia.
-Continuad.
-Después de muerta vuestra madre y en los momentos en que yo me creía sin misión en el mundo, tuvo lugar el hecho siguiente. Mi hermano Alcides tenía relaciones con una joven a quien amaba tiernamente, y se había comprometido a casarse con ella. Era ésta la hija única de un hombre terrible y muy mal reputado, circunstancias que hacía que mi hermano fuese aplazando de día a día el cumplimiento de su promesa; mas, como todo tiene un término, el padre de la joven le notificó a ésta que si Alcides no se casaba en |tal día y a |tal hora, los mataría a ambos. Como era capaz de ejecutar su amenaza, mi hermano huyó del lugar y no se volvió a saber de él en mucho tiempo. Figuraos, hija mía, cuáles serían el dolor y el miedo de la pobre Balsina (este era el nombre de la joven); no sólo se veía engallada por su amante, sino que se veía muerta, pues conocía el genial feroz de su padre. En su tribulación, apeló a m(aunque no nos conocíamos sino de nombre, pues Alcides me hablaba a mi de ella, así como le hablaba a ella de mí. Me buscó y cuando estuve en su presencia se echó a mis pies, me abrazó las rodillas y me bañó con sus lagrimas. Su belleza, su juventud y sus desgracias me tocaron el corazón; mas, ¿qué podía yo hacer?
-A la verdad, su situación era deplorable.
-Me dijo que su padre la mataría si Alcides no iba a casarse con ella el día fijado; que ya había matado a una sobrina suya, de quien era tutor, por algo menos grave; que la salvara, que sería mi esclava, mi perro, lo que yo quisiera. Que no dudaba de la sinceridad de Alcides y que creía que volvería a buscada, cuando desaparecieran las causas que lo habían hecho salir repentinamente del lugar, causas muy poderosas sin duda. Por último, me propuso que la sacara de la casa de su padre y que la ocultara en la mía, hasta que Alcides volviera, porque no veía otro medio de librarse de la muerte; y al decirme esto, se asía de mis vestidos y declaraba que no me soltaría, salvo que le cortase las manos. La pobre muchacha estaba llena de terror.
-No era para menos.
-Yo no podía ejecutar aquel rapto, que me exponía a mil dificultades y peligros, si, como era probable, mi hermano Alcides no volvía; pero no tenía valor para abandonar a la infeliz que me besaba los pies y me miraba, pendiendo de los míos, con unos ojos que me partían el alma. Tuve entonces una idea singular. Como Alcides y yo nos parecíamos tanto que era imposible distinguimos, le dije a Balsina que si mi hermano no venía a casarse a la hora convenida, me pondría yo uno de sus vestidos, imitaría sus modos e iría a casarme con ella. Que nos quedaríamos en la casa de su padre y aguardaríamos a que Alcides volviera. La joven estaba tan aturdida y tan espantada, que le pareció el plan excelente y me apellidó su |amigo. su |hermano, su |salvador, su |dios. Arreglado así el plan, yo me volví a mi casa Y Balsina entró en la suya, llena de una dulce alegría. Había olvidado deciros que la amante de mi hermano vivía en las afueras de la ciudad.
-Permitid, señor, dijo Edda, que os manifieste el asombro que me causa un plan tan descabellado.
-Lo era y no lo era, hija mía. Lo era en cuanto a las responsabilidades que me imponía su ejecución; pero no en cuanto a que no había otro modo de libertar a aquella infeliz de la muerte. Además, yo quería mucho a mi hermano y tenía confianza en que volvería. No obraba así, pues, sino por benevolencia respecto a Balsina y por cariño respecto de Alcides. Mal habría cumplido mis deberes para con mi hermano, si hubiera dejado sacrificar a su novia y me hubiera limitado a lamentar mi impotencia, a llorar su desgracia. Yo soy hombre de acción.
Al fin llegó el día fijado. Esperé hasta el último momento y viendo que Alcides no aparecía fui resueltamente a la casa de Balsina y me casé con ella.
-Os casasteis!
-Lo habla ofrecido. Hoy mismo volverla hacerlo así por ella, que era un angel, y por Alcides, a quien tanto he amado! Pobre Alcides.
Edda miró de un modo singular a su padre: hallaba loco y poético lo que había hecho, y lo admiraba.
El barón continuó:
-Nos casamos, y cuando hubo terminado la ceremonia, el padre de Balsina nos echó de su casa como a los perros dañinos.
-Qué hombre!
-Nos echó y con esto sucedió lo mejor que podía sucedemos.
-No comprendo.
