-Es muy sencillo explicároslo: media hora nos había bastado para alcanzar la libertad de Balsina y para librarnos del monstruo que le había dado el ser. Conduje a Balsina a mi casa, la instalé allí como la prometida de mi hermano, y yo me fui a otra parte. Así se cumplió un año. A mediados de otro, Balsina que pasaba llorando los días y las noches y aguardando a su amante, empezó a perder la esperanza y cayó en una melancolía de grave carácter. La hice ver de los mejores médicos del país y éstos declararon que la joven tenía perdida la razón y no habría modo de devolvérsela.

-¿Qué hicisteis entonces?

-La saqué del país en que estábamos y la llevé a otro, donde la presenté como mi esposa y la coloqué en un manicomio. En él la visitaba de tiempo en tiempo.

-¿Cuál era su manía?

-Ninguna, pues, no hablaba, y cuando iba a visitarla me cogía las manos, me miraba fijamente con sus hermosos ojos, y me decía: "Si no vuelve, mi padre me matará. Silencio! silencio!" En los últimos tiempos ya no me conocía.

-Y ¿cuánto tiempo duró así?

-Hasta su muerte, acaecida hace poco. Yo mismo la deposité en la tumba. He ahí, hija mía, la historia de mi primer matrimonio y por qué el mundo me llama |libertino y me acusa de haber vuelto, con mi trato, loca a mi primera mujer! En su deseo de preferir lo malo a lo bueno, el mundo acepta las cosas sin examen y las divulga sin piedad. Para mi, Balsina fue siempre la esposa de mi hermano.

-Señor, teneis un gran corazón!.

-No, Edda, hice por Alcides lo que él hubiera hecho por mi, ¿creeis vos que él se habría parado delante de algún obstáculo para traer a vuestra madre a donde yo estaba y arrojarla en mis brazos?

--¿Habeis vuelto a saber de vuestro hermano?

-Si: os hablaré de él en otra ocasión.

-¿Y vuestro segundo matrimonio?

--Ya hablaremos de él también. La muerte de vuestra madre, la desaparición de Alcides y la muerte de Balsina cambiaron el curso de mis ideas y por consiguiente el de mis acciones. Abandoné las lecturas frívolas y leí a Bacon y a Bálmes. El primero me enseñó una regla, que es la guía de mi vida y me ha dado muy grandes resultados. El segundo me enseñó a |creer y a |esperar. Cuando los hombres no creemos ni esperamos, vivimos como los hotentotes.

-¿Cuál regla, señor?

-Bacon me enseñó que, por medio de una observación atenta de los hechos y de las cosas, se pueden conocer y separar las circunstancias y las causas esenciales de las que no lo son; y que, una vez hecha esta separación, se pueden dominar y dirigir esas causas y circunstancias. Que muchas veces el obstáculo, real o no, es el mejor agente de nuestras obras, si sabemos apoderamos de él, combinarlo y dirigirlo.

En este punto cortó el barón su historia y se puso a cazar peces. Decimos a |cazar y no a pescar, porque los mataba con tiros de pistola en lugar de cogerlos con redes o anzuelos. Cuando Edda vio que su padre no erraba ningún tiro le dijo:

-Con el pulso que teneis, matareis a todos vuestros contrarios en los duelos.

-Es cierto que siempre doy en el blanco, pero también lo es que no me bato nunca.

--Es particular.... con la vida que habeis llevado.

--No, Edda; y para que conozcais mis doctrinas respecto de desafíos, voy a referimos lo que me sucedió una vez. Por un lance cualquiera, fui citado a un combate singular. Yo no creo en estos |Juicos de Dios, porque no creo que la destreza y la fuerza sean las leyes del mundo moral, ni que los débiles, sólo por ser débiles, no tengan razón. . . . pasé este absurdo entre las naciones, pero no entre los hombres. No hay una ley para los pueblos, pues estos tienen por juez el cañón, y las responsabilidades colectivas no son de nadie; pero si la hay para los individuos. Yo recibí los testigos del que se decía agraviado por mi y en lugar de enviarle los míos, escogí cinco personas de las mas distinguidas de la ciudad, las constituí en jurado de honor, les puse de manifiesto el caso y las circunstancias de el, y les declaró que si me encontraban culpado, le daría al ofendido una pública y cordial satisfacción. Que eso era mucho mejor que sembrarle una bala en el pecho. Que, para mi, el có­digo del honor tiene dos artículos: uno que declara fuera del gremio de los caballeros al ofensor de otro caballero; y otro que manda dar por incorporado en ese gremio al ofensor que satisface realmente a su ofendido. Mi doctrina fue aceptada, y el jurado declaró que yo era culpado. Di en consecuencia la satisfacción ofrecida; no hubo |víctima ni |héroe, y yo fuí en adelante mas cauto en mis palabras y en mis obras. Creo que así se debe proceder siempre.

-¿Y si el sentenciado en estos casos de honor no se somete a cumplir la pena?

-Eso querrá decir que es contumaz y que desprecia la sanción social. La persona que desprecia la sanción social no tiene por qué imponer la suya. No hará lo que se le dice, pero todo el mundo dirá que ha debido hacerlo, y quedará mal con todo el mundo. Hará lo que los reos rematados, quienes se fugan de los presidios para no cumplir su condena; esto es, se hará un |reo prófugo de la buena Sociedad. Estamos muy lejos de que se proceda así; pero no importa. Hemos llegado ya a extremos mas distantes, viniendo de puntos mas lejanos, Hemos apagado las hogueras con que se imponía la fe, le hemos quitado a la justicia legal el carácter de simple venganza, le hemos dado su libertad a los esclavos, hemos dejado de despojar a los náufragos y los hemos socorrido, hemos dejado de infamar y de empobrecer a los hijos por las faltas y los errores de sus padres, hemos igualado la condición del hombre y la de la mujer, etc. El duelo es un dios antiguo, falso, un ídolo que está aún sobre el altar; pero el duelo caerá como cayó la horca y el cuchillo de las manos de los señores feudales, como cae la divinidad de los reyes de las páginas de la historia. Es imposible convenir en que el honor de todos los hombres esté en la punta del florete de los espadachines y en las cápsulas de los revólveres.

-Pero se les da el nombre de |cobardes a los que no se baten

-Yo llamo cobardes a los que se baten; y son cobardes, porque no tienen el valor de sobreponerse a las preocupaciones vulgares. Además el valor es una gran cualidad, pero no debe compararse con la sangre de nuestros semejantes y la orfandad de las familias. Las leyes no deben permitir que los hombres se hagan justicia por Su mano, como lo permite la barbarie, y las costumbres deben venir en apoyo de las leyes. Una estocada o un balazo bien dado, no prueba nada. La moral pide otra sanción.

 

III

El día en que se habló de su segundo matrimonio, el caballero le dijo a Edda:

--Yo deseaba apartarme del mundo y pasar el resto de mis días en la tranquilidad de un hogar sereno. Sabía por observación propia, que los hombres de cierta edad no deben casarse con mujeres jóvenes, quienes, por lo común, son amigas de la moda, de las fiestas y de los placeres, no saben llevar el yugo de la familia y son incapaces de dirigirse en caso de viudez. Además, siempre he preferido los Corazones formados ya, firme base de los afectos serios. Yo no habría podido vivir al lado de una niña, frívola como son todas las niñas, ni hacerme maestro de ninguna educanda, pues lo que necesitaba era de una |compañera, formada como yoy capaz de amoldarse, por convicción, a mi modo de ser. Por eso preferi a Lais y me alejé de Eva. Eva era un bello tipo, pero era sensible en extremo y adecuada solo a un amor positivo, sin iniciativa, sin arranques e incapaz de todo lo que no fuera sumisión y lágrimas. Eva me habría fastidiado con su abnegación ilimitada, con su inercia. . . . habría sido mi esclava y no mi |alter ego. Preferí la rosa a la sensitiva.

Cansado de viajar, cansado de amar, cansado de vencer, las tempestades y las calmas sociales ya no tenían halagos para mi. Mi ambición había sido coronada en todos los caminos. No creía en la sinceridad ni en las virtudes de nuestra pobre especie, ni hallaba nada que llenase los vacíos que habían dejado en mi corazón el estudio del mundo y los pesares. Además, ¿qué podía hacer yo del resto de mis días? A todas partes me seguía el fastidio, como sigue la sombra al cuerpo; la vida del |solterón galante me infundía asco y necesitaba, no de un norte para fijar mi rumbo, sino de un centro amable para gravitar alrededor de él. Me casé pues. Si hubiera sabido que vos existíais no me habría casado y habría ido a buscaros. Vos me habrías dado el hogar que me faltaba y habríais sido la luz y el centro de ese hogar; pero no lo sabía, no podía suponerlo siquiera. . . . os creía muerta con vuestra madre.

-Es verdad, nos hemos encontrado demasiado tarde.

-No, Edda, eso nunca. Recordad que os estoy hablando de las condiciones personales y sociales en que me hallaba cuando resolví casarme de veras. La primera vez fue un juego. . . .

-¿No sois feliz, señor?

-No lo soy, pero vos me haréis feliz.

Edda calló; después de un rato dijo:

-Quién sabe!.

-¿Por qué dudais?

-Porque nos hemos encontrado estando ambos en condiciones equívocas. Vos teneis un dueño; y yo. . . . yo no se lo que tengo, ni lo que me falta; no amo el mundo.

-¿Amareis a la baronesa?

-No se, pero no olvidaré que ella fue la causa de haberos encontrado.

-¿Ella por qué?

-Porque sin el ruido de vuestro casamiento, no habría llegado vuestro nombre hasta mi y no me habría puesto otra vez a adivinar lo que estaba escrito en vuestro retrato. Hacía mucho tiempo que había abandonado esa tarea.

El señor de Rauzún se quedó pensativo. Edda suspiró.

-Es bien singular, dijo el caballero como reflexionando; es bien singular lo que me decís, por mas sencillo que parezca. . . . Si me hubiera desposado con Eva de San Luz o si hubiera permanecido soltero, no nos habríamos encontrado, y de habernos encontrado, no nos habríamos reconocido. Veo en esto la mano de Dios. Doy pues por bueno todo lo acontecido. . . . para obtener a Edda hube de aceptar a Lais. . . . Por otra parte, yo debía casarme con esa señora.

-¿Por qué, señor?

-La baronesa había hecho por mí lo que no hace nadie por otra persona: había sacrificado su amor propio, su presente, su porvenir, su dignidad. Se había alismado para salvarme de los tiros de mis enemigos. Silo había hecho por amor, no hay duda que su amor era grande; y si lo había hecho por virtud, ¿cuál virtud podrá compararse con la suya? Lais estaba no sólo deshonrada por ligera sino en ridículo.    |Deshonrada y en |ridículo, ¿sabeis lo que es eso para una joven hermosa y brillante, llena de ilusiones y de esperanzas, orgullosa de si misma y de sus riquezas? Después del incidente del bosque, ¿que podía ser Lais en la sociedad? qué en el mundo? Una persona débil se habría suicidado. Todos la veían culpada, todos la veían despreciada, todos la acusaban. ¿Quiénes buscarían ya su amistad o su compañía? ¿quiénes la respetarían en adelante? Lais estaba perdida. Si se quedaba en la ciudad, viviría en las lágrimas y en la humillación. Si se iba de ella, la maledicencia y el sarcasmo la seguirían como dos bacantes implacables. En medio de las pasiones sociales -la rivalidad y la envidia- ¿quién habría tenido piedad de ella? Quizá la habrían olvidado; pero el olvido en estos casos es una sentencia de infamia.

-Vos, señor, tuvisteis piedad de ella.

Si, Edda, tuve piedad de Lais; era yo quien debía tenerla. Yo, el autor involuntario de su caída. Ella se había levantado con el aliento de una heroína y les había gritado a los que se estaban echando sobre mi como una jauría: -"Atrás! caníbales! el caballero de Rauzán es inocente; si hay un reo, ese reo soy yo! Si necesitais de una víctima, escupidme; tomad mi nombre y despedazadlo. Teneis sed y hambre de contumelia, saciaos en mi!" ¿Qué debía yo hacer, entre tanto? ¿Permanecer impasible? aplaudirla con los labios? levantarla en el santuario de mi razón? No, Edda. Eso hubiera hecho un egoísta, eso hubiera hecho un ingrato. Aunque inocentemente, yo la había arrojado al mar proceloso en que se ahogaba. Mi deber era lanzarme a ese mar, salvarla o perecer con ella.

-La salvasteis: sois noble, señor

-Sí, le di mi mano y mi nombre. Si mas hubiera tenido, mas le hubiera dado.  Le quitaba al mundo su presa.

-Teníais además vuestro corazón.

-Esa conquista le correspondía a ella. Mi nombre y mi mano la purificaban y levantaban hasta mí. A ella le tocaba levantarse a su vez. Cuando se quiere, se puede ascender mucho. . . . la escala del amor, Edda, es la escala de Jacob: va de la tierra al cielo. En mi matrimonio con Lais no ha habido capricho, ni aturdimiento: ha habido simplemente |deber. Eva me amaba, pero yo no podía matar a Lais dos veces. Yo había arrojado la sombra sobre su nombre y me apresuré a arrojar la claridad. Ese es mi modo de ver las cosas; esa ha sido siempre mi línea de conducta. Sin embargo, vereis que por todas partes me sigue la calumnia; vereis que, respecto de mi, se inventan las mas negras historias, que se me hacen las imputaciones mas infames, ¿todo por qué? Porque Dios me dio inteligencia y unas prendas poco comunes, prendas que yo he cultivado en lo posible por medio del estudio, de la laboriosidad y la austeridad. Se me adula, es cierto, pero también se me escarnece. ¿Qué habríais hecho vos en mi caso, Edda?

-Me habría casado con Lais en la plaza pública. El sacrifico obliga y Lais era acreedora por su conducta a esa reparación.

-Os reconozco en esas palabras, hija mía. Eso fue lo que hizo vuestro padre. Si no sirve para esposa la mujer que se entrega sin reserva y que desprecia al mundo por un hombre, ¿cuál podría servir? Sin embargo. . . .

-Qué? señor.

-Hay que distinguir los arrebatos sinceros de los que no lo son, y no olvidarse de que el fuego pierde con el tiempo sus llamas y su intensidad. Cuántas personas hay que darían su vida, su fortuna, tal vez su honra por otras, y que no le sacrifican un atomo de su |vanidad, de su |terquedad, ni el más leve de sus c |aprichos Hija mía, el corazón es un piélago insondable y el género humano el peor de los géneros conocidos. Lais lo arrostró todo y por mi en una hora, y lo arrostró sin esperanza. Si yo hubiera pagado con desdenes u olvido su mérito, ella me amaría cada día mas y lloraría por mi con las lágrimas de un amor desgraciado, lágrimas que no tienen igual; pero como volví generosidad por generosidad y atrevimiento por atrevimiento; como la preferí al mundo entero, quizá la posesión la haya saciado y crea que ella no me debe a mí nada y que yo se lo debo todo a ella. . . . Hacemos siempre lo que nos parece mejor, pero casi siempre nos equivocamos, y la causa de nuestros errores son las personas mismas a quienes queremos agradar, en quienes confiamos.

-¿La baronesa acaso?. . . .

---Dos veces me he casado y en ninguna de ellas han entrado en ello mi voluntad y mi amor. Tampoco ha entrado mi conveniencia. Las circunstancias, sólo las circunstancias me han llevado al pie del altar. La única vez que quise casarme, no pude conseguirlo; y fuera de la única mujer que he amado, ninguna ha hecho palpitar de veras mi corazón. He desfilado por en medio de ellas como por entre una doble o triple línea de estatuas, admirando en una las formas, en otras la belleza, en otras la gracia y les he pagado a todas la ternura, el cariño o el favor pasajero que me han dispensado; pero ninguna de ellas ha satisfecho mis sentimientos, ni colmado íntegramente las aspiraciones de mi espíritu. Necesito junto de mi una |alma, porque ésta a diferencia de la hermosura (que cansa al fin porque no cambia), no cansa nunca, pues se renueva constantemente como la faz de un cielo afortunado. El amor se enfría, la belleza se acaba, solo el espíritu no se envejece, solo él es inmortal, solo él es múltiplo. Dos corazones que se aman son dos llamas que juegan; dos almas que se avienen, son dos ángeles que se encuentran. . . . y, como después de todo, la vida no es sino un viaje de la cuna al sepulcro, es preferible tener por compañera en ese viaje una deidad de la altura a una peregrina del suelo.

Yo no he gozado nunca de esa dicha suprema, pues cuando amé a vuestra madre y fui amado de ella, para mi el amor era un |Ímpetu |. . . . | mi corazón desbordaba en lugar de recoger su savia y acendrarla. Tampoco podía ser de otro modo: los veinte años no son los cuarenta, y la sazón de los frutos jóvenes carece de fuerza.

El barón calló. Se conocía que no le decía a su hija todo lo concerniente a su vida. . . . el decoro de padre se lo vedaba.

-¿Y Eva? preguntó la canonesa    habladme de Eva.

-Eva era un angel, y si yo me hubiera casado con ella la habría engañado. Yo llevo conmigo la muerte. . . . la muerte súbita, horrible, casi pudiera decir la muerte del maldito.

-Vos?

-Si; y ella merecía no ser engañada. Pronto conocerás mi secreto. Entonces vereis lo miserable de la condición humana, su impotencia delante del mal. El invencible Aquiles llevaba la muerte en el talón. . . . la fábula es una grande enseñanza. Yo quiero que los que me envidian y los que me ensalzan, me vean cuando estoy solo, completamente solo, y me entrego al dolor íntimo que me consume. Si me vieran, me compadecerían o me despreciarían, como me compadezco y me desprecio yo mismo. Edda mía, el brillante barón de Rauzán es un. . . . miserable!

 

IV

Los viajeros llegaron sin contratiempo a Inglaterra y de allí pasaron a las islas de Shetland, en donde el barón compró un buque ballenero, lo tripuló con hombres escogidos y bien armados, y tomando el gobierno de él lo dirigió con firme mano hacia las costas, ya vecinas, de la Islandia. Era su intención ganar esta isla rebasan. do el cabo Portland y buscar una caleta desconocida entre este cabo y Reikiavik Allí desembarcarían y se encaminarían hacia las faldas del Hecla, procurando no ser vistos de nadie.

El barón dio a su buque el nombre de |Noddok, que fue el pirata noruego que descubrió la Islandia en el año 860 de nuestra era. El se mandó llamar |Olao, le dejó a su hija el nombre que ella tenía y dijo que era su mujer, y no admitió a bordo otro pasajero que el hermano Miguel, quien decía iba para Groenlandia.

El barón, quien cogió pronto el lenguaje y los modos de los pescadores de ballenas, vestía el traje de éstos como si hubiera sido el suyo propio. El objeto que lo llevaba a aquellos mares desiertos lo obligaba a tomar estas precauciones.

--Hay necesidad, le decía al hermano moravo, no solo de sacar el tesoro sino de no perderlo y de no perder nuestra vida con él.

En ocasiones desconfiaba de la misma tripulación (que había sido enganchada para algo desconocido), aunque se le había ofrecido una buena gratificación.

Cierto día un marinero le dijo a otro:

-¿De qué clase será la ballena que vamos a pescar?

El interrogado respondió:

-Una ballena blanca, para obsequiar a la reina.

- ¿De qué le serviría a la reina una ballena blanca?

-Será entonces para el príncipe heredero.

-No seas porfiado. ¿De qué le serviría al príncipe una ballena blanca?

-Será entonces para el patrón

-A él no le importa que la ballena sea negra o blanca, gris o verde sino que sea grande y le de mucho aceite.

-Quién sabe!, quién sabe!. si le importa también alguna otra cosa.

El barón supo luego esta conversación, como sabía todo lo que tenía lugar a bordo de |Noddok y para evitar que cundiesen las sospechas, escogió los hombres mas despiertos y mas atrevidos de su barco los hizo |camaradas de los otros. Estos camaradas o, mejor dicho |espías, recibían una paga doble.

Olao evitó en su rumbo las islas Feroe y después de recorrer las costas mas meridionales de la Islandia, desembarcó en una caleta salvaje de las mas próximas a las faldas del Hecla. Una vez allí, hizo llevar a tierra algunas armas y provisiones, levantó una tienda y le mandó a su segundo que fuese a pescar mar adentro mientras él descansaba con su esposa de las fatigas del viaje y se divertía cazando zorras. El segundo de Olao debía volver a la caleta cuando viese en cierta roca, que se designó, un trapo blanco, puesto en un palo.

Al hermano Miguel se le preguntó qué haría él, y él dijo, de modo de ser oído de todos, que iría a pie hasta Reikiavik. Quedóse, pues, también en tierra.

El |Noddok elevó anclas y como alguien sospechase de la quedada de Olao y de su mujer, uno de los espías le dijo:

-Cosas son éstas de gentes ricas. ... ¿no has sospechado que nuestro patrón es un lord ballenero?

El hermano Miguel encontró aventuradas las disposiciones del barón y le dijo:

-¿Señor, habeis puesto el barco en manos de esos hombres?

-Si, hermano.

-¿Y si se alzan con él y no vuelven?

-Eso no importaría nada; lo que importaba era que nos trajesen y ya estamos aquí. Digo mas: mejor sería que no volviesen. Si encontramos el tesoro, no dejará de haber su peligro en confiárselo a estos cuasi-piratas.

En los días siguientes, el barón, Edda y el hermano Miguel recorrieron las faldas del Hecla en diferentes direcciones, pero Edda no pudo encontrar el sitio que buscaba; y al no ser por los rasgos generales de la isla, habría creído que no era la misma en donde había pasado su infancia. Cabaña, aprisco, rebaño, todo había desaparecido.

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