XI

¿Qué diremos de los otros personajes de esta historia?

Poco:  nada, en una palabra.

De ninguno de ellos, la vida estaba constituida en excepción. Los seres humanos son como las hojas de un árbol. Tomadas en conjunto, por su forma, por su color, por la savia de que están llenas, por su adherencia a las ramas y al tronco, forman un ser. Separadamente no son nada, ni valen nada. Son átomos, no cuerpos.

Así es el árbol de la humanidad, por lozano que crezca y se muestre en todos los climas del mundo. Sólo lucen en él las flores y los frutos; pero por cada uno de éstos hay cien mil hojas, que nacen, crecen y se secan en una esterilidad intrínseca completa. Necesarias para el todo, son inútiles para sí mismas.

Mortimer continué siendo frívolo. Primero fue un joven insustancial y luego un viejo insustancial. Cuando terminé sus días, condujeron sus restos al cementerio media docena de solterones descreídos y aburridos. . . . algo lustrosos, como la ropa de paño viejo que se acepilla mucho, pero no mas.

De un modo semejante acabaron Cortés y Paquito. El primero fue reservado hasta su último instante. Dejé de frecuentar la sociedad, de mostrarse al público y luego no se volvió a saber de él. Filósofo o misántropo, murió en alguna aldea retirada o en algún país distante; murió a escondidas. Paquito alcanzó muchos años, siempre limpio y siempre entrometido. Murió en su puesto, y su muerte fue lo que en el gran mundo se llama |una novedad. Las gentes exclamaron: -"Ha muerto Paquito! Pobre Paquito!"y fueron a su entierro como se va a cualquiera parte: hablando de todo, menos del difunto, riendo y charlando, como en un paseo. Los periódicos sólo dijeron: "El estimable don Francisco Sota Gutiérrez y Alba ha pasado a mejor vida".

Don Rodrigo de Navas vivió largo tiempo estimado de todos y siendo el modelo del hombre |cumplido, del caballero sin reproche. Si no estamos mal informados, alcanzó la cruz de la orden sin par del |Fénix. |

El capitán Hércules perdió el brazo que le hirió Man, y como no abandonó la carrera de las armas, en su vejez, se le llamaba el |león del ejército. Se le concedió una fuerte pensión del tesoro, y era tenido por artículo de fé, que había sido mutilado peleando bravamente contra los enemigos de la patria. Unos decían que en Lepanto y otros que en las Navas de Tolosa. Era una |reliquia sagrada.

De la señora casada nada nuevo tenemos que decir.

La tumba de Eva, durante mucho tiempo, fue un ramillete de flores, humedecido con las lágrimas de los crepúsculos. Bien estaban sus cenizas entre ese cerco de colores y perfumes, que refrescaban las brisas de la tarde y que las aves de la mañana venían a saludar con sus cantos. Muchas de ellas incubaban en sus rosales. En medio de la muerte, todo anunciaba en ella vida, alegría y algo que, a falta de otra frase para expresarlo, llamaremos la |pompa del sentimiento, que tanto comprenden los que aman y los que creen.

Junto de ella fueron sepultados los restos de Lais, en una tumba de mármol y hierro, fría y dura como el carácter de esa infortunada.

El señor de Rauzán mandó graban en letras de oro el nombre de su esposa y la fecha de la muerte de ésta; pero nunca le envié una corona ni fue a visitar el soberbio túmulo. Solfa, sí, suspiran, pero en sus suspiros iba envuelto el nombre de Sulina. Era a ésta a quien había amado, y sus recuerdos eran para ésta sola. . . . El corazón puede ser el libro de muchas historias, pero lo único que hay inmortal en él es el poema del primer amor.

 

FIN

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