IX.
DE ROBERTO A CAROLINA
Bogotá, 28 de diciembre de 1851.
(A la media noche.)
INGRATA!-Llegamos a las siete de la noche i hemos posado en casa de Teodomiro: escelente señorito que sabe pagar con lealtad la hospitalidad que ha recibido en Chiquinquirá. Salimos de Ubaté esta mañana: no lo hemos hecho tan mal.
Estando en la víspera de un duelo a muerte a quién mejor puedo dirijir esta carta, que a la que lo motiva con su veleidoso proceder?
¡Quién me hubiera dicho cuando estuvimos en Simijaca, Carolina, i dábamos aquel paseo por los jardines, (tú apoyada en mi brazo) que aquella sonrisa, ocultaba una perfidia. Mujer! oh Mujer! Cómo es que podias sonreirte, si estabas jugando con un corazon que tenias a tus pies? Ese coraron era el mio! ¿ No temias que se trasluciera alguna vez el secreto de tu conducta? Eres honrada, eres hermosa, tienes diez i ocho años: si te casabas con Teodomiro, no podias engañarme; i si me preferias, tampoco debías burlarte de Teodomiro. ¡Qué! ¿No veías abierto ya un sepulcro para uno de tus primos, casándote con él o conmigo? Conmigo……no! ya he levantado del polvo mi corazon, i lo sabré guardar para una que lo merezca, porque sepa apreciarlo.
Hubo un tiempo en que ese corazon nadaba en un piélago de amor i de delicias; en ese tiempo soñaba con tu hermosura, deliraba con tus en cantos i pretendia con furor tu mano como la suprema felicidad, que podia apetecer en la tierra; pues mi amor era noble como la sangre de mi padre i limpio de intereses mundanos como la verdadera virtud.
Sé que tienes más de cien mil pesos de dote, niña, pero yo tambien soi rico, i no necesitaba de tu dinero para nada: te habria dotado en una gran suma, sin aceptarla que me trajeras en dote. Tú sola, pura, vírjen, inocente, como saliste del seno de tu madre, Carolina, i nada mas que Carolina, eso era lo que yo queria, i si hubieras sido pobre, mejor! Pregúntale ahora a tu primo si es capaz de tanto desinteres? Yo te amaba por tí, solo por tí, no por lo que tenias, ni por lo que esperabas tener. Grande i bello era mi primer amor que se levantaba en el alma como un templo magnífico donde era adorado un ídolo: ese ídolo eras tú. Un soplo de tus lábios ha desbaratado el templo, el ídolo no parece, el templo está desierto, reina allí una espantosa soledad, porque todas las pasiones han hecho silencio para que se oiga la voz de la venganza. Oh! Venganza terrible!! I faltan ya pocas horas! Cuando esta llegue a tus manos estará completamente satisfecha.
Mis pistolas son magníficas, i tengo la mano mui certera i mui ejercitada. ¿No ves como escribo ahora sin notable alteracion en el pulso? pues mañana sabre disparar con sangre fría para no errar el golpe. ¿Cómo lo habla de errar si lo dirijo a tu pecho, i tengo la vista acostumbrada porque la he fijado tantas veces en el lugar que ocupa tu corazon? No es a Teodomiro a quien buscará la bala de mi pistola, es ese blanco pecho, es ese corazon traidor el que deseo atravesar. Teodomiro, visto a luz de su mal proceder, es un ente insignificante que no merece sino mi desprecio; pero tú no alcanzas a pagar, con el tesoro de tus lágrimas, la desolacion en que quisiste poner el corazon que te amaba con tanta ternura, i jenerosidad.
Al que se muere lo entierran: he aqui la historia de Teodomiro. Yo pienso quedarme por una temporada en Bogotá, para tener el gusto de verte algunas veces, o de que oigas el galope de mi Cisne, cuando pase por enfrente de los balcones de tu casa. Sabré si te has desmayado al oir la triste nueva, i si al volver de tu desmayo han corrido tus lágrimas, como perlas sobre las flores de tus mejillas; si te has rasgado el blanco pecho enfurecida, o si loca de sentimiento has invocado cien veces un nombre, sin que nadie te haya respondido, porque el sepulcro de un amigo traidor, aunque esté bañado por un rio de lágrimas, está rodeado siempre de sombras misteriosas i de profundo silencio. Es preciso que te pongas luto: un traje de terciopelo negro que dibuje perfectamente los contornos de tu cintura i de tu pecho puede convenirte, con una pequeña gola de batista. Creo que no me negaras el inocente placer de verte así, mas linda que la casta luna, cuando se asoma por el oriente, encima del Monserrate, derramando por los estendidos horizontes a la sabana su benigna claridad. Eras adorable cuando me correspondias, interesante cuando me traicionabas; qué encantadora te pondrás en tu duelo!!
Tranquilizado el coraron de esa manera, pienso vender algunas fincas de las que me dejó mi padre, i reducirlas a dinero para ponerlo en un banco de Europa: con una renta de veinte mil pesos se puede vivir bien en esas ciudades que abundan en placeres. Tal vez fije mi residencia en Nápoles; pero pasaré algunas temporadas en Lóndres i en Paris; i es probable que en aquellos círculos encuentre algunas bellezas que me finjan amor; mas no pienso encontrar una que se porte como tú, porque no es posible que exista.
Tengo que escribir aun otras varias cartas, i por eso no sigo hablando contigo; tambien por que me voi enterneciendo, al pensar cuan poco duró mi felicidad i como volaron las preciosas horas de un amor tan puro i tan ardiente. Yo me engolfé en la pasion, i no sabia que tu me ibas a ahogar en ella, que, al saberlo, habria hecho todo o posible para no agotar la capa de la esperanza. Ahora que se acaba el convite que me habias ofrecido, la arrojo al suelo, para que se derrame el licor, pero brindando a tu salud.
Se oye un ruido Ah! es el huracan, es un trueno lejano. Oyes! la descarga de una pistola! el huracan vuelve a zumbar como remedando la voz de una mujer que jime.
Oh! Carolina! oh Carolina! quién no te hubiera conocido!
Roberto.
