El Prefacio de Francisco Vera

I

La señora forastera, de temporada en el poblacho, obtuvo apenas fué conocida la gran fama como narradora, no tanto por su repertorio, y su verba pintoresca, cuanto por la mímica y los remedos con que solía, por dar realce a sus anécdotas, transfigurar la fealdad caricaturesca de su vejez.

Una noche de tertulia, casa de uno de los caciques de más fuste, la instaron, de sobremesa, para que contara algo de lo bueno y divertido. No se hizo rogar la vivaracha abuela: sacó su silla al centro de la sala, y antes de sentarse declamó muy airosa y oratoria:

"Atención, nobles señores
Y las damas del decoro.
Que esta vez voy a contaros
Un cacho que no es de toro"

«Esto no es, realmente, cuento ni historias inventadas, sino un ejemplo que pasó tál y como lo aprendió una servidora de ustedes. Me lo enseñó taita Angarita, que era hombre de pluma y muchos conocimientos:

En la España del Rey nuestro señor -principia muy pausada- había... y hasta lo habrá todavía, un pueblo muy grande y muy bonito, llamado Villa de Rescatados.

En ese pueblo nació mi mamita María de la O. Santofimio, una señora de media y babucha, muy tonable y mandataria. Nos contaba ella que la iglesia mayor del pueblo ese, que es uno de los templos más hermosos y ricos de la cristiandad, se lo edificaron exprofeso a Nuestra Señora de las Mercedes, aparecida en un retablo muy perfecto y muy antiguo. Se lo encontraron unos cazadores en un peñasco sumamente alto, donde nadie había subido, por allá en tierra de moros. Por revelación que tuvo una señora muy santa vino a saberse que la Divina Señora quería que la trasladaran al lugar. Al momento fué por ella el gentío en una solemnidad nunca vista. El día que la colocaron en su templo se retocó muy patente y más hermosa que antes, y siguió retocándose cada doscientos años. Fueron tantísimos sus milagros, que miles de cristianos, que tenían cautivos los indinos moros, volvieron a su tierra buenos y sanos, sin faltar tan siquiera uno solo. Por eso llamaron al pueblo Villa de Rescatados. Nos contaba mi mamacita que todo el templo está cubierto con imágenes de  milagros, pintadas y de bulto, y con ofrendas muy ricas; y que vive siempre lleno de peregrinos que llegan constantemente de toda parte del mundo.

Pues bueno:

Vivía en el pueblo un taitón muy macizo, muy acuerpado y de mucha fortaleza, que se llamaba Francisco Vera. Era tan buscarruidos y altanerote, que le armaba camorra al que lo volteaba a ver. ¡Qué tal sería de caudillo y de ventajoso, que en vez de sacar la muñeca que Dios le había dado y tumbar cristianos a cada zuque, pelaba, muy sí señor, una  guasparria tamaña de grande, que manejaba siempre en la cintura! Cada rato había en el pueblo trifulcas y garroteras asuntadas a las contiendas del tal Francisco Vera. A más de esto era tan tramposo y malostratos, que nadie le fiaba un cuartillo de perro; y tan fabuloso, que por más que jurara y perjurara, no le creían una palabra. Pero eso sí: devoto como él solo de la Virgen de las Mercedes. Cada día 25 de septiembre, aunque no se confesara ni se enmendara cosa, le llevaba su buena ofrenda y asistía a toditas las funciones. Tal vez por eso el alcalde mayor  y los alguaciles le disimulaban sus fechorías.

Era cura del lugar el vicario Bobadilla, un sacerdote muy virtuoso y algo pariente de mi mamita María de la O. Aunque ya estaba vejancón y padecía de la gota, tenía una voz tan linda y tan sumamente alta, que cuando cantaba en la iglesia retumbaba por toda la plaza. Tanta fama tenía su habilidad, que venían gentes de otras poblaciones nada más que para oírlo cantar misa.

Era hombre de mucho secreto, y muy querido de todos sus feligreses por lo servicial y lo parejo; lo mismo era con los señores acaudalados que con los probrecitos limosneros. Su única diversión era cuidar una mulita baya, que contemplaba como a las niñas de sus ojos.

Se me olvidaba decirles que en sus mocedades había sido soldado, y que en una pelea muy tremenda que hubo con los moros se portó con tanto valor, que el  Rey nuestro Señor lo premió con una bolsa de onzas, lo puso en la guardia real y se lo llevó a su palacio.

El Vicario se mantenía sancochado con las perrerías de Francisco Vera; pero en vista de aquella devoción a la Virgen, determinó mandarle la novena para que le alumbrara lo que debía hacer con su devoto; porque como era tan bueno y quería la salvación de todos los cristianos, no podía convenir que se fuera a perder un alma redimida con la sangre de nuestro Señor Jesucristo. Así lo hizo, y en acabando la novena llamó a su casa al tal Francisco, un sábado por la noche. Se encerró con él y le dio unos consejos tan lindos y religiosos, que el caimán le prometió cambiar de vida si lo entablaba en algún trabajo. El Vicario convino en todo con tal que se confesara y cambiara de vida. Dicho y hecho: al otro día se quedaron en el pueblo tamañitos cuando, en misa mayor vieron a Francisco Vera arrimar al comulgatorio y recibir la Santísima Forma con muchísimo recogimiento. Dando y dando: después de misa le entregó al cura cien patacones, patacón sobre patacón, para que pusiera una venta en un paraje muy aparente, por allá en los ejidos del lugar.

Principió el negocio con mucho auge y la gente estaba muy admirada con la enmienda del dichoso Francisco Vera, de las caridades tan lindas del vicario, y del poder tan grande de la Virgen.

¡Pues, señor!... ¡Se perdió chicha, calabazo y miel! Y la cosa hedió a cacho: resultó que aquel taita del enemigo malo hizo en la venta lo que nunca se le había ocurrido en su perra vida;  aprendió a beber. ¡Pero de qué manera! ¡Entonces sí fué cierto que se puso bien canónigo y bien alzado! Tanto que las mismas autoridades le cogieron recelo. Lo metían a la cárcel, pero como era tan ladino y tan endiablado, se les escabullía mientras espabilaban, y la gente se ponía en un hilo, sabiendo que andaba por ahí suelto. El vicario se dejó entonces de bullas, y en mucho secreto le puso un posta al Rey nuestro Señor, con una carta muy bien relatada, en que le pedía los librara de semejante peligro.

Nadie sospechaba ni lo negro de la uña, cuando un día... ¡Muñeco al hombro! Comparecieron en el pueblo diez alguaciles reales, como diez torres; me le echaron mano a mi señor don Francisco; jalaron con él hasta la propia  orilla del mar y me lo embarcaron en una navío. Ya se podrá suponer cómo quedarían de descansados en el pueblo.

Entonces principiaron las cavilaciones sobre la suerte que había corrido. Unos aseguraban que había perecido en el mar; otros, que lo habían puesto en galeras; otros, que se había brincado del barco, y que nadando, nadando, como perro terranova, había alcanzado a una orilla y que allí vivía en una caverna como si fuera un ermitaño.

A éstas y las otras llegó el día de Nuestra Señora de las Mercedes y cuál sería el pasmo de los fieles cuando lo vieron entrar a  la salve, como si lo brotara la tierra. Se arrodilló muy devoto ante el Retablo y presentó a la Virgen una ofrenda muy cuantiosa de oro en polvo.

Al otro día asistió a todas las funciones, pero no alzó a ver a nadie ni pronunció una palabra. No bien terminaron las solemnidades se volvió ojo de hormiga. Nadie pudo averiguar por más que se volviera mico y mono, dónde había posado ni qué camino había cogido. Esto los puso a todos en el último punto de la curiosidad. Pero el vicario, como tenía  una fe tan grande en la Virgen decía simpre: "Ahí no hay ningún misterio: Francisco Vera está de ermitaño, haciendo penitencia. Nuestra Señora no va a descuidar el alma de un devoto suyo".

Al poco tiempo principió el runrún de que había salteadores por ahí en los caminos, y que en las casas de campo estaban haciendo muchos daños;  pero como nadie se quejaba a la justicia ni ninguno mostraba los atentados, determinaron, al fin, que todo era invenciones y habladurías de gente ociosa.

Pasaron unos meses, y un día allá por cuasimodo, llamaron al vicario con mucha urgencia para que fuera a auxiliar un moribundo, por allá a unos guaicos algo retirados del pueblo. Ensilló su mulita, y a propio golpe de las doce emprendió marcha, rezando el avemaría. Llegó la oración, llegaron las ocho y las nueve... y el vicario sin parecer. La criada que le servía salió entonces de casa en casa, y puso en movimiento a todo el vecindario. Salieron a buscarlo a pie y a caballo; anduvieron mucho rato por unos y otros caminos... ¡y ni un alma por esas soledades! En el colmo de la alarma se juntaron en un alto, para ver qué sacaban en limpio, cuando por allá a las mil y quinientas vieron venir una lucecita, falda arriba. Fueron a ver, y casi no conocen al vicario; venía a pie, alumbrándose con una cabito de vela, sin sombrero, con la sotana rota, y todo él tan desempajado y tan mustio, que parecía un limosnero.

-¿Y eso qué contiene, mi padre? -le preguntó el alcalde.

-Después se sabrá -contestó él.

-¿Y la mulita?

-Después se sabrá.

Y de aquí no lo sacaron. En el pueblo sucedió lo propio, nadie pudo desentresijarle lo más mínimo.

Pasaban días y más días, pero el "Después" del vicario no llegaba y a los feligreses se les reventaba la hiel con el ansia de descubrir aquel misterio.

II

La criada del vicario, que era una zamba muy conversona y un puro empalago, estaba trastornada con el papel que estaba desempeñando en esos días. Todo el mundo la llamaba para averiguarle. Contaba, entre otras cosas, que su amo desde ese día era otro. Que, aunque tan siquiera le había amagado la gota, estaba tristón y desganado; que suspiraba cada rato, y que en ocasiones parecía fatuo o distraído. Que a ella no le quitaban de la cabeza que a su amo, aunque fuera sacerdote y tan sabido y tan católico, le habían hecho un maleficio muy terrible. Que a lo mejor echaba a cantar con la tonada del prefacio unas bobadas, como los ciegos que pedían limosna; que se ponía a escribir en cualquier papel, y que después lo rasgaba; que a una imagen del Retablo, que tenía en su cabecera, le decía de presto unas cosas que no eran oraciones ni décimas religiosas.

Nadie le creía a la zamburria, porque el manejo del vicario en la calle y en el templo era tan bueno y tan bonito como siempre.

A ésas, otra vez la festividad de la Virgen. Llegaban y llegaban peregrinos y forásticos, y todo el pueblo estaba en atisba por ver si volvía Francisco Vera. Pasaron visperas, salve y procesión, y el hombre no resultaba por ninguna parte. Pero dejan para misa mayor... ¡y cátamelo en la iglesia! Venía muy fanfarrón, con un traje muy rico de caballero, y una capa de grana terciada con mucho orgullo. Llevaba colgada en una mano una gargantilla de uchuvas y de perlas, de lo más precioso, para ofrendarle a la Virgen. Pero como el templo estaba ya retaqueado, no pudo por más que empujaba y metía codo, llegar hasta el trono de plata donde ponían el Retablo. Tuvo que quedarse muy abajo, junto a una pila. La misa principió con la pompa y la solemnidad de todos los años;  y, como Francisco Vera era tan altote y la capa tan vistosa, lo divisó el vicario bien divisado, cuando volteó a decir el "orate fratres".

Llegó el momento del prefacio, y todos tosieron y se prepararon a no perder una nota de aquel canto tan maravilloso. Abrió el vicario esa boca -la narradora imita con propiedad ademanes y canto rituales- y entona:

Ahí está Francisco Vera,
Robador de las haciendas,
Que despluma a caminantes
por atajos y por sendas.

Una tarde en que viajaba
Me asaltó el perdonavidas
y me robó mi mulita
Que anda cien leguas seguidas.

Me robó mi silla turca
Toda de plata chapada,
Y mis espuelas moriscas
De labor sobredorada.

Me robó dos mil ducados
Que el Rey mi Señor me diera
Y llevé siempre conmigo
En oculta faltriquera.

Por evitar sacrilegios
Y otros horribles delitos,
Tuve que hacer vil remedo
Del más grande de los ritos;

Me hizo cantar una misa
Al pie de frondosa higuera;
Me hizo elevar por hostia
Un trozo de calavera;

Me hizo alzar como cáliz
El zancarrón de una yegua;
Me hizo beber por vino
La sangre de una culebra.

Mando pues, a los presentes,
Aunque el lugar sea sagrado,
Qué cojan al bandolero
Y a la cárcel sea llevado.

-¡Qué susto aquél! Pero no hubo necesidad de nada, porque Francisco Vera se puso en pie y dijo con voz muy rara: "No hay que tocarme: ¡me doy por preso en nombre de la Virgen! ¡Ella responde de que no quiero escaparme!" Todos miraron al Retablo y vieron muy patente que la Divina Señora movía el rostro, en señal de otorgamiento. El hombre siguió clavado de rodillas y llorando como un niño.

A la salida de misa hizo confesión pública en media plaza, llorando a lágrima viva y pidiendo tormentos y muerte ignominiosa. Divulgó a sus compañeros y el subterráneo donde se escondían y guardaban los dineros, las alhajas y demás cosas robadas. Contó que sólo habían vendido las bestias y que las otras riquezas no las habían repartido todavía. Que podían restituir el valor de todos los robos y pagar perjuicios, porque él y otros dos de la pandilla habían recorrido muchos pueblos disfrazados de caballeros principales, y que en todos habían puesto banca, por cuenta de la compañía, con una suerte tan grande, que con toda limpieza y legalidad aumentaron su caudal en más del triple. Contó que su confesión y comunión cuando el llamado del vicario, fueron sacrílegas, porque calló pecados muy horribles; que ese mismo día, mientras él le contaba los dineros del entable, le robó el cuaderno de los Santos Evangelios; que desde entonces lo llevaba pegado al pecho con una faja, para librarse de bala, de puñal, de picadura de culebra y de maleficios de toda laya.

Contó que los alguaciles reales lo llevaron a una isla del mar, donde vivía gente muy pirata; que allí topó compañeros de robo y se volvió con ellos a la España del Rey Nuestro Señor, donde emprendieron vida de salteadores. Que a los infelices que caían en sus garras los obligaban, después de despojarlos, a jurar sobre los Santos Evangelios no divulgarlos ni en artículo de muerte; que a los que se resistían los llevaban a paraje secreto, los abaleaban, y ahí mismo los enterraban sin ponerles tan siquiera una triste cruz de chamiza.

Y, como jurar en falso sobre los Santos Evangelios no tiene perdón de Dios, ni en esta vida ni en la otra, nadie chistaba una palabra por no perder su alma. ¡Por eso andaban esos malignos tan despensionados!

El vicario se ranchó a jurar; pero, ¿cómo hacían para matarlo? El que asesina sacerdote o le saca sangre por mal, está condenado en vida: queda, ahí mismo, poseído del demonio, y echa a morder que ni perro rabioso, hasta que muere de la  rabia.

Por eso inventaron los herejes, ya que no podían asesinar al vicario, el embeleco de la misa. Se resistió también; ¡seguro que no! En la sofoquina se le cayó al pobrecito el cinto con los dos mil ducados, ¡pero ni por esas se aplacaron esos diablos! Lo amenazaron con secuestrarlo en el subterráneo y robarle, mientras estuviera preso, el tesoro de la Virgen. Ahí sí se rindió el vicario y cantó la misa, a moco tendido, tál y como lo relató en el prefacio.

Dijo también que él tenía su corazonada de que el vicario lo divulgaría apenas lo viera en el pueblo; pero que no pudo resistir a unas ansias muy grandes que le acometieron  de presentar él mismo la ofrenda. Por lo cual se vio patente que ya la Virgen le había tocado el corazón.

Era tanta y tan conmovedora la contrición de Francisco Vera, que todo el mundo lloraba. Ahí mismo lo condenó el justicia mayor a muerte de horca. Pero mientras se hacían las diligencias para la repartija de todo lo robado a sus debidos dueños y se cogían los otros criminales, le puso el vicario, en el secreto de siempre, otro posta al Rey Nuestro Señor, para implorarle el indulto del reo. Su Sacra Real lo concedió al momento.

Entonces lo condenaron a galeras por muchos años; pero, como se portó en ellas como el más humilde de los santos, le rebajaron la condena. Se fue entonces de criado a un convento de capuchinos. Hizo tanta penitencia, que se volvio un esqueleto: se le salieron los ojos a fuerza de llorar, y la lengua se le convirtió en una llaga.

Un día de las Mercedes, al amanecer, sintieron los frailes una fragancia que trascendía por todo el convento, y unas músicas y unos cánticos, de la cosa más preciosa. Fueron a la celda de Francisco Vera y lo toparon muerto. Lo llevaron a la iglesia, y a medida que lo velaban se iba poniendo tan lindo y tan perfecto, que cuando fueron a darle sepultura parecía mismamente un ángel del Señor.

¡Así como se los cuento! Y todo el que es devoto de Nuestra Señora de las Mercedes, aunque sea el pecador más empedernido, tendrá muerte santa: porque la Divina Señora no sólo redime los cautivos de infieles, sino que le arranca al Diablo las almas que ya tiene entre sus garras.

A mayor gloria de la Virgen María. Amén».

NOTA. -Este cuento localizado en Antioquia y muy en boga hace sesenta años entre las gentes del pueblo, no es otra cosa que una variante de "El Romance del Cura", recogido por Rodríguez Marín no hace muchos años. Probablemente esta narración la trajo a Antioquia algún valenciano.

 

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