Modernidad sin revolución: las mudanzas sociales de López de Mesa
Gonzalo Cataño

 

 

Un libro


En un boceto autobiográfico redactado en tercera persona, Luis López de Mesa escribió: “[en 1916] viaja a los Estados Unidos, se matricula en Harvard, y a su regreso inicia en Colombia los estudios de psicología experimental... Luego permanece algunos años en Europa —Inglaterra y Francia sobre todo— con dilatadas excursiones por Alemania, España, Italia [y] Grecia... En París edita entonces La civilización contemporánea, comienzo de la serie de estudios sociológicos que tanto habrían de preocupar después su atención” [1] .

El mencionado libro salió a la luz pública en 1926 bajo el sello de la Agencia Mundial de Librería de la capital francesa [2] . En sus páginas se ofrecía a los colombianos un balance de la crisis que asediaba al mundo “civilizado”. Eran los tiempos de la Norteamérica de Woodrow Wilson y de la Europa de posguerra, esto es, de los años del primer gobierno laborista en Inglaterra, de la frágil República de Weimar en Alemania, del ascenso de Mussolini en Italia, de la dictadura de Primo de Rivera en España, de la proclamación de la República griega y de la afirmación de los bolcheviques en la exótica y lejana Rusia. Las secuelas de la primera guerra mundial parecían gobernar el viejo mundo y sus tensiones sin término brindaban un ejemplo poco alentador y francamente desconcertante a los demás países que buscaban seguir su patrón de bienestar y desarrollo.

La civilización contemporánea no era una obra de juventud. Cuando el volumen salió a la calle López de Mesa tenía 42 años y ya había publicado varios textos científicos, un conjunto de meditaciones bajo el título de Apólogos y un discutido ensayo sobre la raza. El libro estaba redactado en una prosa huidiza, alucinante y rebuscada, donde el literato competía con ventaja frente al sociólogo. Allí la digresión era un asunto corriente y el autor se dejaba llevar con frecuencia por las florituras del lenguaje y por el uso de arcaísmos que obligaban al lector a volver una y otra vez sobre el diccionario. “Hombre de estilo confuso pero de ideas claras” lo llamó en una ocasión Gerardo Molina [3] . A lo largo de los capítulos no se cita fuente alguna y su contenido parece el fruto de una inspiración repentina —el resultado de una súbita iluminación cerebral que busca apresuradamente la letra impresa para fijar su mensaje.

 

Diagnóstico de nuestro tiempo: la modernidad

El objetivo de La civilización contemporánea era la descripción de la crisis de los “pueblos cultos” y el diseño de estrategias para mitigar su influencia en los países de la América española. López de Mesa encuentra que la cultura occidental está en apuros y que el siglo XX posee “instituciones, costumbres y tendencias en vía de revaluación”. Encuentra que estamos marcados por el signo de la modernidad, por la inquietud y el cambio permanentes. A diferencia del mundo antiguo que se desarrollaba con prodigiosa lentitud —de repetición en repetición—, el espíritu de los tiempos actuales se halla sujeto a un movimiento acelerado. Todo es efímero y nada logra fijarse para orientar la conducta. Además, los modos de vida, las instituciones, las ideologías y las formas de conocimiento han perdido estabilidad y armonía. Los valores más preciados se han hecho móviles e inasibles y los principios que anteriormente conferían sentido a la existencia hoy son fuente de discusiones sin término. Se ha perdido, asimismo, la fe en la idea de progreso y la confianza en las nociones de ascenso y mejora de la naturaleza humana que en el pasado nutrían la acción de grupos enteros de la sociedad. A ello se suma la angustia que agita el ánimo de los pensadores ante el colapso del racionalismo y la quiebra de la ciencia orientada por el ayer dominante esquema de la mecánica clásica.

En la esfera política ocurre algo semejante. Los partidos han abandonado la bandera de los principios eternos, aquellos que hacían “hervir la sangre de los pueblos para incendiar el mundo”. Ahora los guía un pragmatismo y un escepticismo respecto de las grandes empresas. Lejos han quedado las ideas liberales que desencadenaron los dolorosos y fecundos procesos de los cuales surgió la democracia y sus compañeras de viaje, la tolerancia, la libertad y la igualdad. Ante aquellas luchas heroicas, la política se ha refugiado en una acción técnica, en una labor “severa y fría”, carente de alma, donde el fervor de los ideales “se rinde ante los cuadros estadísticos, las leyes de la economía política y la balanza del comercio”. El individuo ha conocido la soledad y se ha hecho distante y poco comunicativo: una mera unidad “matemáticamente cotizable en una compañía de seguros”. Al lado de estas transformaciones ha ido cobrando fuerza un ente social apenas conocido en el pasado: la tecnocracia. Hija de la universidad, “su madre legítima y fecunda”, se ha volcado con admirable eficacia sobre la industria y la administración del Estado, arrasando consigo a las aristocracias guerrera, clerical, cortesana y de los negocios. Su autoridad reside en el conocimiento y en la capacidad de aplicarlo a los más diversos campos de la actividad humana. Y dado que la elección de sus miembros se afinca en un terreno neutral, en el saber hacer —en la habilidad técnica—, su poder trasciende los tipos de organización política y social del mundo moderno. De allí que “al enfrentarse socialismo y capitalismo se debilitarán mutuamente y ganará en fuerza la tecnocracia”.

Estos cambios vienen acompañados de mutaciones igualmente significativas en el medio ambiente de las naciones cultas. El campo ha dejado de ser el núcleo de la vida de los pueblos desarrollados; ahora Europa y los Estados Unidos viven bajo el imperio de la metrópoli. Desde la revolución industrial las grandes urbes se han apoderado del hombre, hasta el punto de observar países que tienen ya urbanizada la tercera parte de su población. El mundo rural se ha hecho pura naturaleza: mera fuente de bienes económicos y asiento de lo fijo e inmutable. La ciudad, por el contrario, es el reino de la novedad y de la variedad; el emplazamiento de la comodidad, la seguridad y la sociabilidad. Es el foco de las relaciones personales, de la posibilidad de acceder a los servicios de educación, salud y trabajo y de alcanzar la independencia personal. Por eso “ni los más pobres quieren abandonarla”. Sus instituciones y sus medios de comunicación —las bibliotecas, los museos, el cinematógrafo y los periódicos— han democratizado la cultura y tras ella los estilos de vida. La imprenta aceleró las habilidades de la lectura y la escritura, y los museos entregaron a las muchedumbres los bienes que ayer atesoraban las mansiones de los gobernantes y de las clases privilegiadas. Además, los consumos masivos y la uniformidad del vestido, de la apariencia, el trato y las maneras, han nivelado la población creando una sensación de libertad e igualdad de oportunidades.

Pero si la ciudad es la fascinación de los tiempos contemporáneos, ella no está exenta de sombras. Frente al tradicional señorío del campo, la metrópoli es el escenario de la relajación y del desorden mental, el símbolo de la desconfianza y de las conductas mezquinas y egoístas; de “esa falta de pudor moral que caracteriza al hombre moderno”. Su atmósfera es la del “encarcelamiento sensorial”, de la impresión de ahogo, hastío y aire viciado. En sus calzadas el obrero está uncido a “la esclavitud de la buhardilla y a la oscuridad y estrechez irritantes de la callejuela cavernosa”. El crecimiento exagerado de algunas de ellas las ha hecho por lo demás humanamente imposibles, convirtiéndolas en peligrosos medios de descomposición y en fuente corrosiva de toda noción de orden y control sociales. No en vano la esencia espiritual de su población es la de ser “escéptica en opiniones y creencias”.

La dinámica de las grandes urbes condensa por lo tanto las tensiones de nuestro tiempo, la crisis de la civilización contemporánea de López de Mesa. Sus dificultades se manifiestan con especial vigor en la evolución más reciente de la institución familiar, el núcleo socializador por excelencia. Allí el hombre ha perdido su ancestral hegemonía y la mujer ha comenzado a ganar terreno en los ámbitos del trabajo, la política y la cultura. Ha conocido además el divorcio y la posibilidad de establecer nuevas relaciones afines a sus aspiraciones y a su realización personal. El matrimonio ha dejado de ser la única senda para la vida sexual de los adultos, y una de sus antiguas y más queridas funciones —la educación de los hijos— ha pasado a manos de escuelas y colegios sufragados por el Estado o por la iniciativa privada [4] . La vida conyugal ha perdido igualmente el monopolio del amor —de la regulación de aquella pasión que en el pasado tendía a identificarse con la procreación—, y nuevos vínculos han surgido para substituir el tedio de la existencia rutinizada del enlace matrimonial. En otras palabras, a la tolerancia política y religiosa se ha unido ahora la tolerancia sexual. Estos cambios han traído una emancipación de la vida personal y una autonomía de la voluntad en las relaciones de intimidad. Pero no sólo se ha abierto el camino entre los sexos; también se ha dado mayor libertad al homosexualismo, a la afirmación de la esfera erótica entre individuos de un mismo sexo. Como en la vieja Lesbos, algunas mujeres “se estiman unas a otras”, y como en la Grecia clásica, algunos hombres —“anarquistas del mundo moral”— consideran la ternura heterosexual “como artículo de consumo inferior”. En ambos casos el amor ha superado los tradicionales marcos hogareños y ha comenzado a buscar su feliz realización en el “intercambio de gratas emociones sin consecuencias para la generación”.

Por consiguiente, la civilización contemporánea, aquella “inestabilidad de la vida que nos lleva de un punto a otro”, ha destruido todo lo que se hallaba a su alrededor. Estamos asistiendo a una época “maltusiana y libidinosa”, a una cultura “que va rompiendo los lazos de la moralidad tradicional sin darse ninguna nueva orientación ética”. Las normas consideradas eternas e imperecederas han perdido credibilidad y en su lugar se ha creado un malestar con dinámicas extrañas a las nociones de prudencia, equilibrio y moderación. “El peligro de nuestros días —concluye López de Mesa con inquietud— es el de la disolución de la personalidad en mero movimiento, el reemplazo de la meditación por la agitación”. ¿Qué ofrecer frente a esta situación? No cabe duda de que se hace urgente diseñar estrategias para proteger a las nuevas generaciones ante el “confuso turbión de hirviente actualidad” que ahora nos llega de las naciones cultas.

 

Reformas o revolución

El interés real de López de Mesa no era solucionar las dificultades de Francia, Inglaterra o los Estados Unidos durante los años que siguieron a la primera guerra mundial. Su mirada estaba puesta en las naciones cultas, pero su afán se dirigía a otro lugar. Los propósitos que guiaban sus meditaciones eran los extravíos de la modernidad en América Latina y particularmente en Colombia, un país “que no tiene problemas de castas y permite el triunfo del mérito sin oligarquías ni esquiveces sociales”. Y aunque en sentido estricto este país sólo ocupa diez páginas de las 246 que conforman La civilización contemporánea, el lector descubre al momento que todo el volumen había sido redactado pensando en la suerte de aquella joven nación del subcontinente sudamericano [5] .

El programa de López de Mesa está lejos de insinuar una actitud revolucionaria. Anhela llevar los avances de la civilización contemporánea a los países latinoamericanos, pero evitando las tragedias de los cambios bruscos, “pues la historia nos enseña que después de producir diez o veinte millones de mártires, cada revolución se resuelve en dos o tres pequeñas verdades”. Quiere afectar el curso de la historia de los pueblos de América sin la ilusión de las reformas instantáneas. Su mente acaricia las mutaciones lentas, las transformaciones que guardan el ritmo de la evolución social; aquellas que exceden la vida de una o varias generaciones. ¿“Para qué destruir el sistema actual de un solo golpe y darnos la pena de resolver a hachazos en nuestra pobre cabeza lo que las generaciones futuras irán resolviendo más hábilmente que nosotros”? Además, pretender destruir las instituciones asentadas por largos años mediante el asalto belicoso, es pura insensatez. Una derrota de la embestida revolucionaria sería un asunto grave —se cazaría a los alzados como a perdices—, y lo sería aún más si sus promotores triunfaran, pues las “cosas no se improvisan de la noche a la mañana”. El ejemplo que más le gustaba aducir al respecto era la caída de la “dictadura antipática” de Rafael Reyes el 13 de marzo de 1909; año, mes y día en el cual estalló “una revolución con absoluto predominio de la acción moral sin una gota de sangre” [6] .

¿Cómo promover el cambio? ¿Cómo corregir las instituciones que impiden el progreso? Por medio de la persuasión, advierte López de Mesa. A una convicción personal habrá que añadir otra hasta lograr la conciencia social de los problemas que se desean resolver. El día en que se dejen de lado las reservas ante los males que aquejan la sociedad, “habremos adquirido la energía espiritual necesaria para su revocación sin grave trastorno, sin la enconía detestable del odio ni el espectáculo cruel e inútil del dolor humano”. Esta persuasión no sería una labor tête à tête, se podría emprender a través de la prensa, el parlamento, la universidad y el cinematógrafo, el arte que a su juicio más suscitaba el instinto de imitación del ciudadano de la era moderna.

Para entrar de lleno a la civilización contemporánea, los países latinoamericanos en general y Colombia en particular deberán desarrollar sus riquezas, fusionar sus razas y asimilar la técnica occidental. Los elementos de esta triple estrategia están íntimamente unidos. Para explotar las riquezas se debe contar con una población instruida favorable a la innovación y el cambio, hecho que se vería facilitado por una migración europea a tierras americanas. La noción de raza nunca fue un concepto claro en López de Mesa, como tampoco lo ha sido en los demás pensadores que lo han utilizado para explicar la conducta humana. Con ella aludía indistintamente y sin mayor rigor analítico, a grupos que comparten un mismo origen étnico, a las formas de vida dominantes de una población —su cultura— y a las nociones vacilantes de pueblo y nación.

Nuestro autor pone especial cuidado en el aprovechamiento de la técnica moderna para el progreso. Como en Europa y en los Estados Unidos, los países de América Latina deben desarrollar la industria, modernizar la explotación del campo, multiplicar las comunicaciones y expandir sus sistemas educativos. Siguiendo el ejemplo de las naciones cultas, deben promover la formación de una tecnocracia, de expertos que atiendan los más variados asuntos de la sociedad, y no sólo en los campos útiles y aplicados, sino también y muy especialmente en las esferas del gobierno y de la ejecución de los programas. Resultado de “la disciplina racional que han creado las ciencias”, estos técnicos guiarán al pueblo en su misión histórica hacia una sociedad más justa. La frialdad que le es connatural se verá mitigada por el fervor de su mandato, y su origen —la democracia del talento— evitará el regreso a las dictaduras y el peligro de “lanzarnos al despotismo de la masa amorfa” predicada por el socialismo. Su labor idónea y capaz no sólo le ahorrará tiempo, espacio y fuerza a los latinoamericanos, sino que al final les permitirá vivir y pensar mejor “para ensanchar los ideales del espíritu y subir, en sagrado clímax, hacia una humanidad conjuntamente más armónica y vigorosa”.

Pero si la técnica conlleva el peligro del empobrecimiento espiritual, los países latinoamericanos se encuentran en una situación privilegiada. Todos ellos son tributarios de las experiencias de Oriente y Occidente. “Es un hecho interesante —escribe— que nuestros pueblos de Iberoamérica tienen algo de estas dos civilizaciones. Hay en nosotros cultura europea e ideales europeos al lado de una tendencia a la ensoñación oriental”. La universalidad de la América española se nutre tanto del Viejo Mundo como de los Estados Unidos y de la remota Asia. ¿Por qué no unir, por ejemplo, la acción y efectividad occidentales con la meditación y equilibrio orientales? Los primeros énfasis mitigarían a los segundos y estos últimos pondrían en su lugar la bajeza de una competencia sin freno y la ruindad espiritual del éxito como valor absoluto. En este proceso de asimilación desecharíamos el enfermizo frenesí de los países ricos y el despotismo, la enfermedad y miseria de la India, la China y Arabia.

A pesar de que López de Mesa desea salvaguardar el alma de los pueblos latinoamericanos —sus tradiciones, su idealismo y su capacidad de ensoñación—, tiene en poca estima las cualidades de la población nativa. A su juicio, buena parte de ella carece del sentido de la industria, de la previsión y del trabajo especializado, los requisitos de todo programa de creación de riqueza. Para llenar estos vacíos, pide abrir las puertas a la inmigración, pero no ya de pueblos “bárbaros”, sino de comunidades cultas y experimentadas. Sueña con plantar en suelo americano escandinavos, franceses, ingleses y alemanes. Estos agentes de cambio se encargarían de difundir el conocimiento y la prosperidad, y de corregir los defectos de nuestro carácter asociados con la improvisación, el diletantismo y la superficialidad. Lo que más necesita el Nuevo Mundo es ciencia y espíritu sajón, los ingredientes básicos para regular la ruinosa imaginación del habitante del trópico.

Pero las dificultades del cambio no provienen solamente de conflictos de mentalidad y de escasez de recursos humanos con habilidades técnicas. También hay agentes organizados que obstaculizan el progreso. La Iglesia es uno de ellos. Un clero politizado como el colombiano, adherido al partido conservador y muy dado a coartar el desarrollo autónomo del saber, frena las transformaciones educativas y pone a las nuevas generaciones en franca inferioridad ante la juventud de los demás pueblos. Esta pertinaz barrera puede inclusive promover situaciones explosivas nada fáciles de prever y controlar. Al impedir las reformas y abusar del poder sacro en la población, contribuirá a que las fuerzas de oposición “caigan en manos de gentes incapaces, es decir, meramente diletantes en ideas y demagógicamente revolucionarias en la acción”. Así, a un mal se unirá otro mayor, y lo que ayer era sólo un reclamo, mañana puede convertirse en una batalla que anuncia el erial de la barbarie y la desolación. En esta lucha el gran perdedor no serían los representantes efímeros de un clero que se resiste a las demandas de la vida moderna, sino la Iglesia toda como institución y fundamento del tejido social.

 

Modernismo reaccionario

Como se desprende de lo anterior, las meditaciones de López de Mesa consignadas en La civilización contemporánea ofrecen una pintura de la dinámica de la sociedad moderna durante las primeras décadas del siglo XX. Con agudeza describe los rasgos esenciales de las sociedades salidas de la primera guerra mundial y las tensiones sociopsicológicas que acompañaban la vida de sus moradores. Y si todavía para aquellos años la mayoría de los países latinoamericanos estaban lejos de las tensiones de la vida europea, la experiencia del Viejo Mundo anunciaba en muchos aspectos el futuro de América Latina. Es verdad que la mayoría de las ciudades de la región eran todavía pequeñas y poco desarrolladas, pero algunas de ellas ya dejaban ver los gérmenes de la industrialización y la urbanización. El campo comenzaba a perder su ancestral poder y su población se dirigía a las capitales para respirar el aire enrarecido pero socialmente más libre de sus arrabales.

La perspectiva de López de Mesa es un buen ejemplo de lo que algunos analistas han llamado “modernismo reaccionario”, el deseo de cambiar la sociedad sin subvertir las estructuras de poder y los valores más preciados de la tradición [7]. En su libro se busca persuadir a sociedades tradicionales, agrícolas y tecnológicamente atrasadas a tomar la vía de las sociedades urbanas e industriales, cuidándose siempre de salvar las formas de autoridad establecidas. Se espera expandir la educación, difundir la ciencia y sus aplicaciones, abrir las fábricas y multiplicar los trabajadores especializados sin mayores alteraciones y sacudimientos sociales. Se quiere cambiar para conservar. Se tiene conciencia de que el cambio es un hecho inminente, y que todos aquellos que intenten dilatarlo se verán irremediablemente arrastrados por él. Se debe movilizar a la población, pero sin traumatismos; sin desgarrar la sociedad mediante “revoluciones disolventes”. Un aplazamiento indefinido de los cambios requeridos puede ser fatal para la existencia de valores, grupos e instituciones claves del orden social. La masa amorfa del pasado asentada en el número busca ahora bajo el signo del tropel una presencia en la dirección de la sociedad. “El poeta del superhombre —escribe López de Mesa aludiendo a Nietzsche—, no previó que los esclavos pudieran, a su vez, proclamar una nueva aristocracia, que viniese del número o de la fuerza y no del genio”. Y con temor concluye: en nuestro tiempo “los débiles mentales quisieran, también, ser superhombres y, no pudiendo conducirse en acción, se hacen agitadores e inmorales”. Contra todo esto se debe buscar una “democracia culta, antidemagógica y antidictatorial”, una “democracia [que parta de] la selección del mérito”.

La Colombia de los años veinte estaba muy lejos de esta aspiración. Su perfil estaba asociado con la pobreza y el atraso. Era una nación eminentemente rural que vivía en condiciones precarias de salud y educación. En alguna parte del libro López de Mesa describe la situación con trazos únicos. Al tornar la mirada sobre los recursos humanos, la “riqueza mental” del país, apuntó que el 70% de la población colombiana era analfabeta, y que del 30% restante, la mitad no contaba dado el aislamiento intelectual de la mujer. Y si a lo que quedaba, que ya era poco, se sustraían los efectivos del partido de oposición, el liberal —que bien podía contar con una segunda mitad de los recursos disponibles—, se comprendía que la intelligentsia que alcanzaba a participar en la dirección espiritual de la nación era muy reducida. Eran los años de la hegemonía conservadora en los cuales un partido con la ayuda manifiesta de la Iglesia, dirigía el país a voluntad con exclusión de las demás fuerzas políticas. Aquel reducido grupo directivo no parecía darse cuenta de que el país estaba cambiando y que el mundo rural comenzaba a mirar la ciudad como fuente de seguridad, comodidad y oportunidades laborales y educativas. Y aunque en el texto no se mencionan expresamente los conflictos de clase, López de Mesa sabía que la incipiente clase obrera comenzaba a conocer la huelga, que las tensiones entre campesinos y terratenientes se multiplicaban, que los trabajadores de las empresas extranjeras del petróleo y el banano se organizaban, y que sus dirigentes hablaban cada vez más un lenguaje tomado del socialismo y de las experiencias revolucionarias europeas.

El diseño modernizante de López de Mesa recuerda la organización patriarcal de la familia extensa. Quiere cambiar el país por medio de la persuasión, mediante la buena voluntad de los actores lejos de cualquier disensión que recuerde las iras francesas de 1789 o los asaltos rusos de 1917. Como el patriarca que dirige sin mayores tensiones la unidad doméstica integrada por sirvientes, jóvenes, mujeres e hijos casados y su descendencia, el programa de López de Mesa viene desde arriba, de los grupos ilustrados que comprenden la situación y buscan el bien de la comunidad. Su visión de la sociedad es la de un grupo orgánico unido por tradiciones, modos de ser y formas de autoridad enraizadas en el pasado, y no de una asociación compuesta por intereses en lucha con negociaciones permanentes. Los conflictos de clase apenas existen para nuestro sociólogo, no obstante que siempre sospecha que se debe educar al pueblo para no dejar lugar a “los partidos extremistas [que] proclaman un nuevo avatar humano, un regreso a la vida elemental de la tribu, sin nacionalidad ni propiedad, con la implacable tiranía de la masa común” [8] .

Esta organización patriarcal se expresa con claridad en sus reformas penales y en el tipo de corrección a la cual deben estar sometidos los delincuentes. Los criminales de López de Mesa son hombres decentes y de buena voluntad que parecen haber transgredido las normas sin premeditación. Para nuestro autor, “el castigo, es decir, el sufrimiento que la prisión acarrea al delincuente es un sufrimiento del cual no se saca provecho alguno y, por lo tanto, una necia y fría crueldad”. El énfasis de la pena debe ponerse, por el contrario, en la reparación, en la restauración del daño causado. Así, por ejemplo, el que haya traicionado a la patria no paga con multa ni con presidio su falta, “lo más proporcionado a su delito es el destierro perpetuo”. El que haya defraudado a una mujer en su honor, asumirá las consecuencias de su conducta, pues “en nada se compensa una mujer deshonrada con los cinco años de prisión del seductor”. Y todavía más, “el que haya hurtado quedará en libertad condicional mientras restituye, o trabajará bajo vigilancia en el taller de la penitenciaría, si no lo quiere hacer libremente”. Igual cosa sucederá con el homicida, a quien se le dará la “oportunidad de subsanar el desorden económico que el occiso haya dejado en su familia”.

El clima paternal, idílico y majestuoso del delincuente de López de Mesa —sus “pillos honrados” [9] —, recuerda al condenado de Kafka En la colonia penitenciaria, aquel hombre que “tenía un aspecto tan caninamente sumiso, que al parecer hubieran podido permitirle correr en libertad por los riscos circundantes, para llamarle con un simple silbido cuando llegara el momento de su ejecución”.

Coda

En síntesis, el programa de reforma de López de Mesa estaba asistido por un conservadurismo que buscaba “una rectificación política ordenada, consciente y eficaz” [10] . Difundía una democracia restringida, meritocrática, temerosa del ascenso de las masas y de la afirmación sofocante del número que a su juicio anunciaba la tiranía de la mayoría. Recelaba de las tensiones sociales y de los cambios bruscos asociados con “los sacrificios estériles de [toda] resistencia armada” [11] . Aquel fue por lo demás el ideario dominante de su generación —la del Centenario— que tanto festejó en sus escritos por su ecuanimidad y mesura de criterio, generación que a su vez se había inspirado en la incolora, ni roja ni azul, administración republicana de Carlos E. Restrepo (1910-14), “régimen que perdura en la memoria de los colombianos como un valor paradigmático de elevadas intenciones” [12] .

Esta generación llegaría a la presidencia de la República con Olaya Herrera, antiguo colaborador de Restrepo y diligente funcionario de la hegemonía conservadora. Olaya era un hombre de transición, de “concentración nacional”, que abriría una nueva etapa en la evolución política del país después de cincuenta años de gobierno conservador. Su estilo, muy emparentado con el acuerdo y la transacción, presentaba muchas afinidades con las ideas difundidas en La civilización contemporánea por el “muy fino, muy pulido, muy discreto y muy enjundioso” Luis López de Mesa [13] .

TOMADO DE: Gonzalo Cataño, Historia sociología y política (Bogotá: Plaza y Janés, 1999).


[1] Luis López de Mesa, “Pequeña autobiografía”, en Vicente Pérez Silva, La autobiografía en Colombia (Bogotá: Biblioteca Familiar Presidencia de la República, 1996), p. 73.

[2] Luis López de Mesa, La civilización contemporánea (París: Agencia Mundial de Librería, 1926).

[3] Gerardo Molina, Las ideas liberales en Colombia (Bogotá: Tercer Mundo), vol. III, p. 314.

[4] Estos cambios planteaban nuevos problemas de orden psicológico y moral. “Si tomáramos el máximo de modernidad —escribe López de Mesa—, un niño criado por el ama, llevado al jardín de infancia a los tres años, luego a la escuela pública, al liceo y a la universidad o al taller, se comprende que su formación sentimental sea un poco fría, además de uniforme, con un tipo común, anodino, quizá, para el bien y para el mal”. (El énfasis es nuestro).

[5] Este aparente descuido fue llenado cuatro años después con la publicación de la Introducción a la historia de la cultura en Colombia (Bogotá, 1930), donde expone con mayor amplitud las ideas y estrategias sugeridas en La civilización contemporánea.

[6] L. López de Mesa, Introducción a la historia ..., pp. 96 y 99.

[7] J effrey Herf, El modernismo reaccionario (México: Fondo de Cultura Económica, 1990) .

[8] Aunque el socialismo y su versión rusa eran los principales “enemigos” del momento, López de Mesa no se hacía al final muchas ilusiones sobre su futuro. Sabía que en asuntos de utopía y de diseños de organización política todo era perecedero y que a los tiempos de euforia seguían los de crisis. Ayer la idea de democracia recibía todos los aplausos y hoy —en los años veinte— se encontraba en apuros. “Es posible —escribió con pesimismo— que la psicología de los pueblos se adapte poco a poco a una actividad tan diferente de la nuestra como es la que presupone un verdadero régimen socialista... [Pero] dentro de cincuenta años habremos recorrido todos los ensayos de socialismo posibles y estaremos preocupados con la ‘crisis’ del socialismo, como hoy lo estamos con la crisis de esta democracia que nos ha costado un buen mar de sangre”.

[9] Shakespeare, Timón de Atenas, I, i, 185.

[10] L. López de Mesa, Introducción a la historia ..., p. 115.

[11] Ibid, pp. 94 y 102.

[12] Ibid, p. 103.

[13] Encomio de Alcides Arguedas en La danza de las sombras (Barcelona: López Robert Impresores, 1934), primera parte, p. 249. El renombrado historiador, novelista y diplomático boliviano había conocido a López de Mesa en París, y luego fueron asiduos contertulios en el Bogotá de los años 1929 y 1930, cuando Arguedas se desempeñaba como embajador en Colombia.

 


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