MOTIVO POR EL CUAL...

Por Juan Francisco Ortiz

 

CUENTECILLO AL GALOPE Y AL PASO

Al saberse por ahí que vivo soltero, en un país en que los hombres y las mujeres están en proporción como de uno a siete, pensará cualquiera que soy un hombre sin corazón y sin pasiones, un misántropo aburrido de la existencia, o un para-poco, que no he tenido valor de declararle a alguna beldad mi atrevido pensamiento; pero, ¡voto a bríos!, el que lo piense se equivoca de medio a medio.

Verdad es que dejé pasar mis mocedades sin pensar en el matrimonio, como lo hacen muchos; pero luego, ha­biendo sentado los cascos, volví a mirar a mi alrededor, y púseme a escoger la mujer que pudiera convenirme, teniendo en cuenta mi posición social, mi genio y sobre todo, mi gusto.

Ofrecióse desde luego a mi vista la romántica Julia; pero Julia, la de breve y donosa cintura, sabía más que yo. ¡Tate!, dije, ¿cómo podré sufrir a mi lado una mujer­cita bachillera? Eso no en mis días, y salté con la música a otra parte.

En pos de Julia, vino Delfina; Delfina, la encantadora Delfina, la de los brazos de nieve, la del mirar atrevido, la de la boca de rosa; pero Delfina era muy rica, y lo que para otro hubiera sido un atractivo para mí era un incon­veniente; Delfina hubiera podido comprarme, al no estarya rendido mi corazón a sus mimos y a sus caricias. Esta mujer me hechiza, dije, pero no me conviene, porque me dominaría completamente, y lo que yo apetezco es mandar en mis calzones, en mi casa, en mi mujer, y

Non bene pro toto libertas venditur auro.


Pasaron mis amoríos con Delfina, cual dorada nubeci­lla por encima del horizonte. En pos de la tarde vino la noche. No sé si me explico: en pos de Delfina vino una morena con un lunar asombroso, y con ella la pasé ma­lísimamente. No me podía ver, me aborrecía de muerte, y yo seguía porfiando, cuando salió a la palestra un tercero en discordia, un jayanazo de la Sabana de Bogotá. ¡Me insultó, púsome de vuelta y media, y al fin y al cabo me desafió! Admití el duelo, porque no supiera Paulita que me había corrido, lo cual hubiera sido dar un nuevo triunfo a mi rival.

El desafío que me propuso el sabanero era en esta forma: ¡vea usted qué bárbaro!, dijo que tanto él como yo y nuestros segundos montaríamos en los mejores caba­llos que tuviéramos; que saldríamos al llano de Fucha; que a la primera señal, desatando nuestros rejos de enla­zar, le echaría yo a él y él a mí bonitamente una lazada al pescuezo; que a la segunda señal amarraríamos los rejos a las cabezas de las sillas; y a la tercera meteríamos las espuelas a los caballos, y echaríamos una carrera abierta que diera punto a nuestro combate. Y debo declarar aquí, para descargo de mi conciencia, que admití tan bárbaro duelo con la dañada intención de desnucar al sabanero. No se me ocultaba que yo moriría sin remedio; pero ¿qué le importa morir al hombre que se ve despreciado de su bella, y que está devorado por la rabia de los celos?

Los padrinos que habíamos nombrado se opusieron a lo que ellos apellidaban un doble asesinato, y viéndonos firmes en el propósito de llevarlo a efecto, dieron parte a la autoridad. Temiendo las persecuciones de la justicia, el sabanero se fue para el Perú, y yo para San Francisco de California. Al cabo de tres años regresé a la Nueva Granada con algunas águilas americanas en mis baules, con no poca experiencia y tan soltero como me había embarcado en Panamá.

Pasados algunos días después de mi llegada a Bogotá, y así que hube contado cien veces a mis amigos cuan hermosa es la bahía de San Francisco, en la que estaban anclados a mi arribo más de ochocientos buques; después de haberles pintado la Laguna de Pájaro, en el centro de la cual se eleva una gran pirámide de granito, que parece obra de los genios, y en cuyo alrededor vuelan grandes bandadas de alcatraces; después de haberles descrito las costumbres y los placeres del Sacramento y del San Joa­quín, etc., volví al cuento empezado, volví a pensar en la mujer que pudiera acompañarme en la difícil senda de la vida. Vi cien jóvenes bogotanas a cual más donosa, a cual más apuesta; pero la una, que era muy linda, sabía más que yo, la otra era muy rica, la de más allá un ber­besí, y la que manifestaba buen genio tenía una parentela con la cual sólo Satanás se hubiera atrevido a emparentar; en fin, todas tenían sus gracias, y sin embargo, todas tenían sus peros, y peros de más de la marca. Así fue que al encontrar una niña gorda, blanca, colorada, en la flor de su edad, sin pizca de coquetería, pues era el mismo candor y la inocencia misma, me figuré que había encon­trado un grano de oro, más precioso que el que vi en San Francisco, que pesaba ciento sesenta libras, ¡cosa asom­brosa!

Mi corazón se había fijado en la hija de un labrador de la Sabana, que tiene una hacienda inmediata a Zipacón. Mi futura no sabía sino leer y medio escribir. Por ese lado no podía dominarme. Era pobre, porque aunque su padre tenía unos veinte mil fuertes, ¿qué podría to­carle a Rosa, que era la penúltima de los veintidós hijos que alegraban el hogar de don Braulio Ramírez? Por ese lado tampoco podía darme la ley. Rosa no era modista, ni romántica, ni coqueta; era la que me convenía, era mujer de mi gusto por todos cuatro costados. Su cuerpo era bellísimo, sus carnes firmes como el mármol, sus dientes blancos como la leche, sus cabellos lustrosos del color del carey y sus ojos, ¡ay!, hablaban al alma.

Yendo días y viniendo días enloquecí de amor por aquella serrana; no pensaba sino en Rosa, no hablaba, no soñaba sino con la linda sabanera; y el fuego que me devoraba el alma, crecía en proporción a las dificultades que se me presentaban para verla, porque su padre era un hombre adusto que no le permitía hablar con alma viviente, ni me dejaba llegar a su casa. Don Braulio era un sabanero recachamudo, capaz de hacerle perder la paciencia al santo Job, y por fin me sacó de mis casillas.

Una vieja fue la tabla de mi salvación en tan apuradas circunstancias. La primera misiva que llevó a Rosa me costó cuatro duros. ¡Oh, pesos de California bien emplea­dos! La respuesta que me trajo valía un millón. Largas horas gasté en descifrar las patitas de mosca de que se valía la hermosa sabanera para decirme, en sustancia, que ya había reparado en mi persona, tanto en el mercado de Funza como en la puerta de la iglesia de Zipacón; y que si, como de un caballero debía esperarlo, eran hon­rados mis intentos, no perdiera las esperanzas.

Nuestra correspondencia se hizo periódica, y no obs­tante el trabajo que me costaba traducir o adivinar las dos terceras partes de lo que Rosa me escribía, experimen­taba sumo placer al descifrar aquel guirigay, aquellos palitos, aquellas patitas de mosca, aquellas barrabasadas que usaba la infeliz en vez de la escritura castellana. En una de mis cartas me atreví a decirle que pasaría a hablar con don Braulio; pero me contestó que no hiciera tal; que no fuera a precipitarme; que era preciso aprovechar un momento favorable en que don Braulio estuviera de buen humor, y que ella me avisaría.

El tiempo volaba entretanto y mis ansias crecían, cuando he aquí que una mañana me trajo la buena vieja carta de Rosa, en que me decía que ya era tiempo de hablar con don Braulio; pero que antes deseaba tener una entre­vista conmigo, y me indicaba el sitio en que podría verla, sin más testigo que su tía Catalina.

Esto fue el 16 de diciembre, día de la primera misa de aguinaldo.

Debía hallarme, pues, en la quebrada de Los Arrayanes, cerca de los grandes sauces que sombrean el lavadero de la ropa, el 17 de diciembre de 1855, entre dos y tres de la tarde; precisamente a la hora en que don Braulio echaba su siesta acostumbrada.

El que no haya estado enamorado debe suspender aquí la lectura de esta relación, que no podrá interesarle; el que lo haya estado alguna vez, puede continuar.

Mi primera diligencia fue buscar desde la víspera una cabalgadura, y don Timoteo me alquiló un macho retinto, grande, gordo, fuerte, asegurándome que era alhaja de príncipe. Apenas aclaró emprendí mi viaje por la plazuela de San Victorino abajo, con mi ruana pintada, sombrero enfundado, zamarros de león, grandes espuelas y la zu­rriaga de ordenanza. A la cabeza de la silla llevaba el caucho y en los cojinetes una pistola, un paquete de ciga­rros y media botella de brandy, por si se ofreciera hacer algunas libaciones a los buenos genios que acompañarían mi marcha solitaria.

El macho tenía buen paso ciertamente, y el garbo con que empezó a andar prometía que llegaríamos yo y él a la fuente de Los Arrayanes, antes de la hora señalada. ¡Ah!, ¡no hay que fiar en las apariencias

Hasta Fontibón no hubo novedad. Más allá de Fontibón el macho metió la cabeza, y se fue derecho a una casa, y no valieron a contenerlo ni el freno, ni las espuelas, ni la zurriaga. En el patio de la casa había una cuerda con ropa que estaba secándose al sol; me hizo pasar por allí; la cuerda se reventó, cayó la ropa al suelo, mi sombrero también, el gallo y las gallinas se espantaron, salió una manada de perros que quería tragarme, y yo me defendí con la zurriaga; la ventera y su hija se presentaron a in­sultarme, los indios que bebían chicha en la tienda se reían a carcajadas, y el macho de la trampa a todas estas se había arrimado a la pared, y se estaba quieto, mientras caía sobre mí aquella granizada de insultos, en parte me­recidos. Yo callaba y sufría. Así que hubo pasado el chu­basco, metí espuelas al retinto para coger el camino; ¡pero qué!, mientras más lo espoleaba, más se fruncía y más se arrimaba a la pared.

Tuve que desmontarme, que desatar el cabestro y pa­garle a un indio de los que había en la venta, para que me arreara el macho. A fuerza de látigo lo sacamos al camino. Monté y seguí sin mayor novedad. Paradas como aquella hizo el bendito macho unas cuantas, antes de llegar a las puertas de Facatativá. Esa fue la más consi­derable. Dos calentanos de Anolaima acudieron a favo­recerme: el uno cabestreó al macho, en tanto que el otro descargaba sobre éste una docena de zurriagazos que le hicieron muy buen provecho, porque tomó un trotecillo muy suave, tal que yo me prometía que aquella sería su última parada; cuando de repente sin más ni más, se paró de redondo, el perverso animal en medio del camino.

Se quedó plantado allí como una columna, y no hubo fuerzas humanas que le hicieran cambiar de resolución. Desastillóse la vara de la zurriaga, se volvió pedazos de tantos palos como le dí, le gritaba con todo mi aliento, ¡arriba so gran demonio!¡ ¡arriba so macho!, ¡so diablo!, rasgándole los ijares con las espuelas; pero el macho no se movía, cuando mucho reculaba, como queriendo echar­se para atrás; y fue tanta la brega, tanta la ira que me infundió el perverso animal que, habiéndome acordado de que venía cargada la pistola, lo condené a muerte, resolví hacer con la alimaña un Linch law, a semejanza de los que vi ejecutar a los yanquis en California. Allá, cuando en despoblado se comete un robo o un asesinato, los circunstantes, en nombre del pueblo, improvisan un jurado, cuya sentencia es ejecutada sin tardanza, irremi­siblemente. ¿Qué otra cosa era el macho en mis circuns­tancias, sino el ladrón de mi dicha y el asesino de mi felicidad? Yo seré el juez que te condene, dije, y el verdugo que ejecute la sentencia.

Eché pie a tierra, le quité la silla, y habiéndole zafado el freno, lo dejé solo con el ronzal para sujetarlo. Saqué la pistola, le apunté al ojo, a boca de jarro, y... izas! La pistola negó, porque el fósforo se había humedecido. Ciego de cólera, le tiré el arma a los hocicos, y entonces el macho se espantó y echó a correr; me cargué al rejo de la jáquima, pero no pude contenerlo; me arrastró, me revolcó en el polvo y siguió corriendo al galope; y el camino estaba desierto, sin alma viviente que lo pudiera atajar.

11cost.jpg (23080 bytes)
...Tenía buen paso ciertamente...

Renegando de mi suerte, del macho, del mulero y de todo el género humano, saqué el reloj y vi... ¡la una y veintisiete! Era imposible llegar a Zipacón oportunamente.

Cargué a las espaldas la silla, que me pareció que pesaba quintales, y me volví triste, sudando, y dado a todos los santos del cielo por no decir otra cosa. Al primer indio con quien encontré le endosé la carga y seguí con él a pie, hasta que un labriego, compadecido de mi desdicha, me alquiló una yegua de cargar leña, en la cual regresé a Bogotá. El indio quedó encargado de buscar el macho, que al cabo de tres días apareció, y fue devuelto a don Timoteo con un millón de gracias.

El 18 recibí una carta de Rosa, en que ponía en duda mi amor, por haber faltado a la cita. La contesté al ins­tante pintándole el suceso, y pidiéndole por quien ella era, que me disculpara, puesto que la falta no había con­sistido en mí, sino en el macho de don Timoteo. Sin embargo, la sabanera me castigó privándome por ocho días del gusto de ver sus patitas de mosca, pues en aquella temporada recibía, pero no contestaba mis cartas.

El domingo de pascua la vieja me trajo carta de la enojada sabanera, en que me decía: «Creo que ya estará usted un poco castigado, y pongo esta deseándoselas muy felices» y terminaba así: «Si puede usted conseguir una bestia que no se le canse en el camino, lo espero mañana a la misma hora y en el sitio que le indiqué, para tratar de cosas que quizá le interesen».

¡Bendito sea Dios!, exclamé, ¿puede darme mejores pascuas la linda sabanera?

Un amigo tenía un macho pardo famoso. Contra mi propósito de no pedir prestado nada a nadie, lo quebranté esa vez, me humillé, y se lo pedí. Inmediatamente estuvo en casa un muchacho trayendo aquel soberbio animal, apellidado El Tragaleguas por buen caminador.

El lunes de pascua, muy temprano, me puse en marcha para concurrir a la segunda cita.

En el mes de diciembre sonríen los cielos con la her­mosísima Sabana de Bogotá; entonces el color del firma­mento es del más puro azul turquí; la dilatada llanura presenta a la vista el encendido verde de la esmeralda; el aire fresco y perfumado restaura las perdidas fuerzas; se siente la vida y se respira el aura del placer y de la felicidad. ¿Cuál sería el contento del que, en una de esas mañanas, iba caballero en un arrogante macho a una cita amorosa? Ese era yo que tarareaba unos versos y formaba castillos en el aire; mi corazón estaba de pascua de gaudeamus, al ver ese cielo tan puro y esas verdes dehesas llenas de innumerables vacadas.

El tiempo corría sin dejarse sentir el fastidio, y cuando menos lo pensé, el reloj señalaba las dos de la tarde, y El Tragaleguas estaba muy cerca de la quebrada de Los Arrayanes.

Al torcer un recodo del camino vi a lo lejos en la falda del monte la casa de don Braulio.

Más lejos, dos colinas cubiertas de arboleda formaban la rambla, por donde baja murmurando la fuentecilla de Los Arrayanes, que discurre de un bello prado a otro más bello todavía, cruzando el camino parroquial. Vi por fin los sauces, y sentadas sobre la grama, a veinte varas del camino, dos mujeres: una de ellas era Rosa, que se paró al verme pasar.

Estaba vestida de blanco; sus trenzas hermosísimas caían por sus espaldas y casi rozaban el césped de la pra­dera. Llevaba puesto un sombrero de anchas alas, ajustado con dos cintas de color de fuego, que flotaban al aire como los gallardetes de las naves ancladas en la bahía de San Francisco. ¡Qué embeleso!, ¡qué bella aparición! El corazón se me salía del pecho de puro regocijo.

Sofrené el macho para hacer a Rosita una cortesía con mi sombrero, pero el animal siguió sin hacer caso de la brida ni del bocado. ¡Adiós, caballero!, me gritó la muchacha. Al ir a responderle, piqué al macho con las es­puelas. ¡No hiciera tal en mi vida! El soberbio animal arrancó a corcovear. Me tuve en la silla como jinete de la Sabana; de modo que no consiguió sembrarme en el suelo, pero no pude contenerlo, porque metiendo la cabeza siguió caminando a un pasitrote que igualaba a la carrera tendida. El viento unas veces levantaba y otras aplastaba contra mi rostro el ala de mi sombrero, que hubiera volado sin duda al no tener tan apretado el barboquejo.

El Tragaleguas bufaba y seguía caminando como un desesperado; de modo que cuando volví la cabeza y miré atrás había traspuesto un montecillo, y no vi ni el humo de la casa de don Braulio.

No tenía a mano la consabida pistola, que al tenerla, hubiera dejado en el sitio al macho de Satanás. No me atreví a arrojarme al suelo, temiendo que hiciera conmigo alguna diablura, y me resigné a esperar que llegaran al­gunos pasajeros que me ayudasen a detenerlo; pero el camino estaba desierto y el macho me alejaba más y más de la casa de Ramírez.

Con todo, debo confesar aquí que la vista de la sabanera me había confortado, y aunque iba hecho una furia contra el perverso macho, mi cólera se templó reflexionando que tantas dificultades para vernos aumentarían el incendio en el pecho de Rosa, y que hablando inmediatamente con su padre acerca de nuestro enlace no dilataría en poner remedio a nuestros males.

Cualquiera pensará que el macho se paró rendido de la jornada: no, siguió incansable hasta dar con mi persona en mitad de la plaza de Anolaima a las cinco de la tarde. Allí me contaron primores del animal, asegurándome que si no tuviera el resabio de ser volvedor, no habría dinero con que pagarlo.

Torné a Bogotá, de donde escribí a Rosa con la india­correo, explicándole extensamente que me había sido im­posible contener el macho; motivo por el cual había faltado a la segunda cita. La respuesta no se hizo esperar, vino al día siguiente concebida en estos términos:

«Si ha creído usted, caballero, que soy alguna de esas que parecen nacidas para ser juguete de los hombres, usted se ha equivocado.

¿Con que unas veces su macho no alcanza a rendir la jornada, y otras no puede contenerlo? ¡Vaya!, ¡me río de sus disculpas!

Confieso que usted tiene muy buenos modales, y sabe escribir cartas muy bellas y capaces de alucinar a una campesina.

No me enojo, y en prueba de mi estimación, le remito con la portadora esas flores de mi jardín».

-A ver ¿dónde están las flores que venían con esta carta?, pregunté a la india.

-Aquí, señor amo, me contestó, sacándolas de debajo de su mantilla.

¡Eran unas flores de calabaza!

Desde aquella época Rosa no ha vuelto a saludarme; si la encuentro en alguna parte clava los ojos en el suelo por no verme, motivo por el cual...

He aquí el relato que me hizo el señor W. W. W. en abono de su soltería, no hace muchas tardes.

Comentarios (0) | Comente | Comparta c