LAS GUACHARACAS

Por Vicente Lombana

 

VINDICADAS Y RESTABLECIDAS A SU TRONO POR EL EX-CAPUCHINO BARCOCHEVAS, CALAVERA DE ESTOS  TIEMPOS Y MIEMBRO DE VARIAS SOCIEDADES SABIAS.

Invidia comes est virtutum.
La virtud siempre es perseguida.

Así exclamaba un insigne criminal a quien iban a des­cabezar por sus grandes fechorías. Todo en el mundo ¡Dios mío!, es ironía. Y los que quieran una prueba de esta triste verdad, vengan y recorran, si les place, las columnas de este singular periódico, teatro y arena de tantas y tan contradictorias polémicas, y encontrarán que todos en esta tierra tienen enemigos personales y gratuitos que para saciar innobles pasiones se atreven a cebarse en reputacio­nes sin mancilla, y a tiznar la conducta sin tacha, de tantos patriotas esclarecidos y desinteresados que se agitan, se muerden y se barajan en la gran feria de los empleos, por supuesto que por el bien del país en cuyas arcas están siempre dispuestos a ofrecer en holocausto. ¡Loado sea Dios para siempre!

Hasta las guacharacas tienen sus enemigos gratuitos y lampiños que las zahieren, calumnian y maltratan bajo el velo del anónimo, como lo habrá visto el público en el artículo que con el título, «La Guacharaca o las barbas largas», se insertó en «El Día», número 284, llamando orangutanes, capuchinos y cabrones a los hombres de pelo en pecho y barbas en la cara. Cabronada fuera, y de marca, consentir el que así los llamasen los pelones; pero callen barbas y hablen cartas.

Materia es esta que aunque a primera vista parezca de poca importancia, ha merecido sin embargo que en diver­sas épocas se ocupen de ella con seriedad los más altos poderes de la tierra; y no deberá por tanto parecer extraño que pongamos en juego toda la erudición ajena que por lo pronto hemos podido haber a las manos, para demos­trar la antigüedad, excelencias, honores y virtudes de las guacharacas. En efecto, si la antigüedad fuera razón (que sí debe serlo, puesto que un judío de la familia de los Esquiveles sostiene lo contrario), si la antigüedad, decimos, de una cosa formara un argumento en favor suyo, fuera sin duda alguna la guacharaca la mayor y la más noble cosa del mundo; pues si hemos de creer a las tradiciones, nuestro padre Adán fue el primer capuchino de la tierra, y quien dio ocasión con su afición a frutas a que más tarde lloviesen sobre el género humano, en castigo de su pecado, las siete plagas más que egipcias, de barberos, médicos, boticarios, sastres, escribanos, usureros y agiotis­tas. ¿Quién ignora, por otra parte, que en 1596 años antes de Jesucristo prohibió Moisés a los judíos por un artículo expreso de Levítico cortase los cabellos y las barbas? ¿Quién no sabe, además, que el quitárselas era entre los israelitas una señal de duelo y de tristeza? Acaso es en este sentido que el articulista quiere que nos afeitemos, y si ello es así, fíat voluntas sua, y que vengan sobre nos­otros más barberos que gentes sobre Roma con Borbón por Carlos V, pues bien merecemos que nos rapen como a cerdos en señal del malestar que nos aqueja, del tedio que nos devora y de la pobreza franciscana que nos con­sume en los negros y profundos abismos de la melancolía.

Tal y tan alta era la estima que los Lacedemonios hacían de sus bigotes, símbolo entre ellos del valor y de la fuerza, que cuando alguno era convencido de cobardía se le con­denaba a perder por vía de confiscación medio mostacho, y a cargar, como la Nueva Granada, con las otras 50 uni­dades bajo la nariz como una marca de vergüenza y de ignominia. Entre los moabitas, los ammonitas, los asirios y babilonios teníase como un castigo afrentoso el afeitar a un hombre; así fue que el rey de los ammonitas para insultar a los embajadores de David les hizo rapar de una manera diferente de la que les prescribía su ley. Los árabes tienen por sus barbas una veneración tan supersti­ciosa, que para saludarse se las besan con el más profundo acatamiento, cual si en ellas se cifrase toda la dignidad del hombre; ¿por qué, pues, nosotros, descendientes suyos según lo revela el ardimiento de nuestro carácter rencoroso y vengativo, no contentos con devorarnos unos a otros reputación y bienes, amagamos ya también a destrozarnos nuestras propias barbas cual furiosos gallos? ¡Permita el cielo que haya quien descreste al escritor descomedido que se ha atrevido a insultar las venerandas guacharacas de sus contemporáneos!

Cuenta la historia que Alejandro se hizo rapar cara y cabeza antes de la batalla de Arbela, y que lo mismo man­dó hacer a sus soldados para no dejar asidero al enemigo. ¿No sería conveniente que usasen de la misma contra­cautela los jefes de los bandos y parcialidades en que está dividida Sur-América, en donde la mayor parte de las peleas son a pico y a uña? Materia es esta que merece fijar la atención de un gran congreso diplomático.

Era costumbre entre los antiguos tocar la barba, en señal de acatamiento y agasajo, a aquellos a quienes se suplicaba o se pedía alguna gracia; y Cicerón habla a propósito de esto de un Hércules cuya barba estaba toda gastada por el manoseo de los adoradores de aquella es­tatua. ¿Qué fuera de nuestros presidentes si cada vez que nos acercamos a pedirles, con hambrientas y corteses ra­zones, algún empleo de que ganar el pan cotidiano, hubié­ramos de requerirles la barba? Considérelo el discreto y piadoso lector. En cuanto a nosotros, creemos que si tal sucediera, podría decirse de ellos lo que fray Gerundio dijo del gran filisteo:

Sin fuerzas queda Sansón:
Una mujer le ha pelado;
No es el solo enamorado
Que se ha quedado pelón.


Mas, volviendo a nuestro propósito de poner en evidencia el valor y mérito de las guacharacas, polacas o favoritas,haciendo para ello uso de la gran copia de autoridad y doctrinas que nos sugiere la erudición (se entiende la ajena, porque nosotros no tenemos nada propio y libre de todo gravamen, sino es la guacharaca), séanos permitido hacer notar en este lugar para escarmiento y confusión de escritorcillos lampiños y envidiosos, que los más famosos poetas de la antigüedad cantaron a héroes muy barbudos en valientísimas epopeyas. Homero habla frecuentemente de las largas, espesas, undosas y respetables barbas de Ulises, de Diomedes, de Héctor y de Príamo, y Virgilio representa a Mecenas cubierto con una larga barba. De la misma suerte y manera fueron siempre representados los más grandes héroes y semidioses de los llamados tiem­pos heroicos. Dígalo si no Baco el conquistador de la India,

Y aquel Hércules tebano
Que desgarraba leones
Como quien raja melones,
Con solo echarles la mano.

Que trinchaba jabalíes
Y toros estrangulaba
Y gigantes destrozaba
Como quien troncha alelíes.

Los montes rajaba en piezas,
Las montafias en mitades,
Y otras mil barbaridades
De esas que llaman proezas.


Causa por lo tanto irritación y extrañeza que los poetas de estos tiempos de estrachez y de penuria, en vez de can­tar, denosten las guacharacas de la época, en bronca y descompasada prosa. Dícese que una peluca habría sal­vado a Absalón de la muerte que le dio Joab cuando lo alcanzó con motivo de haberse quedado enredado por los cabellos en un árbol, y nosotros decimos que más de un coplista habría salvado la chaveta, si hubiera tenido siquiera unas barbas de chivato, de donde asegurar la cabeza cuando amagaba a írsele en pos de los consonantes. De aquí depende, sin duda, que los poetas románticos de la nueva escuela se dejan crecer barbas, uñas y cuanto tienen, a semejanza de Nabuco, para asirse a guisa de jimios de lo que y con lo que pueden. Parécense en esto los román­ticos a los letrados que para alcanzar justicia conmoviendo fuertemente al juez, sacrifican muchas veces con las leyes las tres unidades de tiempo, de lugar y de acción.

Cuando los gaulos tomaron a Roma, 387 años antes de Jesucristo, les impuso de tal manera el venerable as­pecto de los senadores sentados en sus sillas curules y cubiertos por sus largas barbas, que vacilaron algún tiempo en degollarlos; hasta que uno de aquellos bárbaros, con motivo de haber recibido un bastonazo de un senador a quien tocó la barba, dio la señal de la carnicería; porque, como lo observa Horacio, entre los romanos como en todos los otros pueblos de la tierra, el más grave ultraje que podía hacerse a un ciudadano era tirarle de la barba. ¿Cómo, pues, hay hoy un escritor más bárbaro que los bárbaros del norte, que se atreva a insultarnos las nuestras ocultando la cara bajo el velo del anónimo?

 

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