APUNTES DE UN VIAJE
POR EL SUR DE LA NUEVA GRANADA, EN 1853

Por Santiago Pérez

 

Demora Anserma-nuevo al noroeste de Cartago; dista de él como una y media legua de camino llano, por el terreno del valle, encontrándose por medio el Cauca, el cual corre manso y turbio, sirviendo más abajo de lindero entre la provincia de su nombre y las de la antigua An­tioquia. Para atravesarlo nos echamos, revueltos con equipajes, en entregas de tres y de a cuatro bultos, por lo pequeño de la canoa. Hace como trescientos años que el capitán Velazco halló un puente de bejuco suspendido sobre el Cauca, en el punto de Negrerí; el puente desapa­reció luégo; y hoy, después de tanto tiempo, el Cauca, majestuoso y pintoresco, que corre por más de doscientas leguas, y que baña cinco provincias de las más ricas de la Nueva Granada, no tiene, con excepción del de Popayán, muy al principio de su curso, sino, como el de Velazco, otro puente de bejuco.

Anserma-nuevo viene a ser como el puerto de aquel océano pendiente de selvas y de montes. Situado al pie de la gran cordillera tendida casi de norte a sur, a la altura de 972 metros sobre el nivel del mar, fue el último pueblo del Cauca por donde pasamos. Se llama nuevo para distinguirlo del Anserma o Santana de los Caballeros, fundado por Robledo hacia 1540, y que está como doce leguas al norte. El nuevo es un montón de casas de pobre aspecto. Todo el cantón sólo tiene, oficialmente hablando, 1.069 almas. Se encuentra en un terreno llano, de mica esquisto.

Desde Anserma hasta el sitio llamado La Boca, distante como una legua, es posible, aunque muy incómodo, tran­sitar a bestia; pero lo enmarañado del monte y lo desigual del piso, lo hace desde allí de todo punto imposible. De­tenidos en un lugar, a la orilla de la quebrada Cabeceras, que cruza, murmuradora y cristalina, viéndose por entre los claros del bosque como una sierpe de plata, nos ser­vimos como de mesa de una piedra tamaña y desigual, y habilitamos de copas las de nuestros sombreros para beber del vino del desierto o sea el agua de la quebrada, la que, bajo las alas de innumerables mariposas, que allí sí que pudieran llamarse flores voladoras, corría como bajo un velo movible y tornasol.

En aquel punto, en el cual debíamos subir sobre nuestros respectivos cargueros, éstos nos aguardaban con el largo bordón en las manos, unos calzones que los cubrían desde la cintura hasta los muslos, por único vestido, y sin más apero que la silla de guadua sobre los lomos robustos.

Ibamos nosotros a estudiar el país por la senda misma por donde para devastarlo venían, antes de la Conquista los aborígenes del Chocó; y no sólo llevábamos la misma senda, sino que la encontrábamos en el mismo estado; como si apenas estuviera saliendo el salvaje del siglo XIV para que entrara el hombre civilizado del XIX.

La silla era una armazón a propósito para echárselo a ano a cuestas de cualquier modo. Se componía de dos tablillas como de una vara de largo y algo menos de ancho, formadas de fajas de guadua estrechamente unidas. Las dos se juntaban en un ángulo, uno de cuyos lados des­cansaba sobre la espalda del sustentante y el otro servía de base a la justa posición humana. Tres anchas cintas de un bejuco muy fuerte, una de las cuales ceñía las sienes y las otras dos se cruzaban en los hombros, servían para mantener la silla sujeta. En ésta, que salía del cuerpo inclinado del carguero a manera de espina, se instalaba cada cual, soltando las piernas cuan largas eran hasta alcanzar el estribo apendizado a la silla.

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La silla era una armazón a propósito para echárselo a ano a cuestas de cualquier modo...

Comenzamos a andar mirando más o menos hacia arri­ba, según que nuestro porta-persona se doblaba más o menos hacia abajo. Quedamos confundidos de mancomun et in solidum con nuestros cargueros, a cuya buena fe, o más bien, a cuyas buenas piernas teníamos que consig­narnos en cuerpo y alma. Verdad, es por otra parte, que nosotros ni de vista los conocíamos a ellos, y que aun cuando esos sitios no eran de los que más nos pudieran confortar, nosotros los veíamos por primera vez, y esto al revés; por cuanto que al fin cada uno no era sino la espalda mirona y pensativa de un animal, prójimo nuestro, que había asumido sobre la suya nuestra respectiva per­sonalidad

Pudiera creerse que desde el momento en que el hombre entraba a hacer el oficio de las bestias, abandonara virtualmente sus pretensiones a categorías o diferencias. Nada de eso. Entre los cargueros los hay de silla y los hay de carga. En esas recuas humanas sucede, pues, lo que en las otras. Nuestros compatriotas de silla nos llevaban a nosotros; nuestros conciudadanos de carga la llevaban y la llamaban líchigo.

Y era el líchigo un cesto cónico echo con lianas y por ambos lados cubierto con las hojas anchas y dobles del vihao. Los lichigueros rompían la marcha, sacrificando en este caso la etiqueta a la seguridad; y en pos desfilába­mos nosotros de dos en dos, o de uno en uno, según el modo de apreciar lo dividuo o individuo de cada grupo de aquella humana o inhumana procesión.

Una vez instalada la persona en la angosta silla y dada la señal de prevención, hay que entregarse, en lo corporal al más completo quietismo; porque en esas veredas, si lo son, desiguales y breñosas, en donde cada paso es un peligro, y peligro cuya solidaridad no admite dudas, cual­quier movimiento de la individualidad superpuesta pro­duce una conmoción, un terremoto, que trastornando al conviador efectivo todos sus cálculos de equilibrio, no le permite dominar la situación y lo puede hacer dar en tierra con entrambas humanidades.

Antes de corridas dos leguas y caminando de Anserma-­nuevo hacia el Occidente, primero por la llanura despejada de los ángulos del Valle del Cauca, al pie de los cortos estribos que la gran cadena occidental arroja hacia el Este, y pasando y repasando después otra quebrada que parece como que se enreda a los pies del viajero, pues se llega a perder la esperanza de encontrarla por última vez, el bosque se va haciendo más tupido y se comienza a subir la montaña.

Esta pertenece a los terrenos de transición; tiene su eje principal en la dirección N-N-E. A su costado oriental se dilatan, por el norte, las tres riquísimas provincias de Antioquia, cuyos criaderos de oro están en la misma cor­dillera. Por el sur se extiende el hermoso y fecundo Valle del Cauca, de terreno sedimentoso. Por el costado occi­dental van las dos hoyas, la del San Juan hacia el Pacífico y la del Atrato hacia el Atlántico, separadas en valles de diferente nivel, más bajos el del uno y el del otro que el del Cauca, por el corto istmo de San Pablo, que tiene una legua y mil metros de anchura. Por este mismo costado bajan perpendicularmente al eje principal de la cordi­llera cinco largos estribos, que separan los lechos de cuatro ríos pequeños, tributarios del San Juan.

El punto más elevado de esta dilatada cordillera está en los farallones del Citará, a los 3.300 metros sobre el nivel del mar, y aquel por el cual la íbamos nosotros a trasmontar, alcanza, en Palo Gordo, a 2.465 metros.

Desde el momento en que se penetra en la montaña, el horizonte se estrecha y no va encontrando a su rededor el viandante sino un cerco de bosques impenetrables, conjunto de una vegetación vigorosa, que se ha desarrollado virgen durante siglos y siglos.

En la aparente unidad de perspectiva, siempre de árbo­les, de palmas, de arbustos, de hojas y de flores, a las miradas del viajero estudioso debe presentarse la más extraordinaria variedad, como en el seno opulento de la naturaleza. Allí se ven, las gesnereáceas con su brillante corola de formas diversas y de variados matices, con sus hojas cubiertas de vello finísimo, verdes las unas como esmeraldas, sembradas las otras de líneas negras y con el reverso morado en éstas, rojo en aquellas, y del color de la candela en las demás. Hay un grupo de esta fami­lia notable por lo salpicadas que están sus hojas de pintas como goterones de sangre. Ni son menos hermosas las aroideas, las que, agavilladas por el viento, cuando las columpia, forman un ramillete con sus negras hojas de terciopelo, ahorquilladas más o menos profundamente en su limbo, y con listas blanquecinas que las cruzan.

Basta haber observado una sola de estas plantas para comprender que se clasifican con las que los naturales llaman contras, por su virtud específica contra el veneno de las culebras, puesto que es muy notable la semejanza caractetrística entre todas ellas.

Son notables también las rubiáceas, sobre todo las me­lástomas, en que se admira así las bellísimas flores como el muy útil tejido leñoso. En estas regiones las palmas no descuellan por la elevación ni por el grosor de su astil; pero, en compensación, parecen más gallardas; hay un cierto donaire adicional en sus copas redondeadas como por la mano de un artista, no menos que en sus hojas de un verde brillante y de formas caprichosas, hojas de las cuales la más central y levantada se pudiera tomar por la extremidad caudal de un pájaro que estuviera escondido entre las otras. ¡Cuántos vegetales desconoci­dos, especies distintas, familias nuevas, crecerán en los senos jamás explorados de esas selvas que, fuera de la línea sesga y profunda de los llamados caminos, sólo son conocidas de las aves que en ellas se anidan y de las serpientes que por allí se arrastran! ¡Cuántos tesoros ocul­tos, que algún día habrán de utilizar las ciencias y las artes!

Entretenido en estas consideraciones veía pasar ante mis ojos las ondas majestuosas de aquel mar de verdura, sintiendo, sin verlos, los accidentes del camino. Este es una zanja tortuosa y profunda, encajonada de ordinario entre las paredes que le han formado las aguas, única cosa que, al decir de alguno de nuestros antiguos virreyes, no va nunca, en nuestro país, fuera del camino. La ruta es casi siempre tan estrecha que no cabe de frente sino un sólo carguero; en ocasiones desciende a mayor pro­fundidad, mientras que sus lados escurren agua constan­temente. Hay puntos en donde la luz penetra con dificultad por entre las ramas que se enlazan las de la una con las de la otra orilla, formando como un bosque flotante. Por las quiebras retumban las pisadas del viajero (del de de­bajo, por supuesto), el cual va sondeando con su larga vara lo profundo de los fangales que pisa, o de la corriente enturbiada que, en la misma dirección o en la opuesta, le acompaña sin falta.

De la meditación a que me había entregado ante la sublime originalidad de aquel espectáculo, en que sólo era ridículo el modo como se me iba presentando, pues yo le veía como caminando de para atrás, de tal medita­ción vino a despertarme un recio golpe que sentí en la cabeza, el que me obligó, contra ordenanza y faltando abiertamente a mis instrucciones, o más bien a las del que conmigo cargaba, a estremecerme con perfecto sobre­salto. El carguero improbó el movimiento y vacilando sobre sus tres pies me dijo:

-Cuidao con rebuyirseme, patroncito.

-¿Aunque me mate usted?

-¡Ya por esta vez no, blanco! Es que topamos con un agachadero.

-Me parece que fue con un desnucadero.

Dejó el carguero pasar como desapercibida mi apa­sionada moción, en tanto que, arqueándose suficiente­mente, pasó bajo esa horca caudina; y pude ya entonces ver que el agachadero era un grueso tronco cruzado sobre las murallas del camino. El mismo estorbo habría hecho ya de las mismas y las habrá seguido haciendo, lo mismo que sus no pocos numerosos compañeros, derrumbados por los años o por las tempestades, y que, examinados siempre a posteriori por sus víctimas, continúan ejerciendo en pleno desierto el derecho que pudiera llamarse de cerviz, sobre los viajeros encumbrados.

Dos o tres horas antes de morir el día, que, en aquellas alturas, más que día tropical parece un dilatado crepúsculo, nuestra caravana hacía alto. En el momento, las más de las veces a toda la fuerza de la lluvia, se principiaba el levantamiento del rancho que había de protegernos hasta la mañana siguiente. Había que comenzar esta operación por quitar el fango y la maleza del sitio que merecía de nosotros la atención de ser elegido por lecho para aquella noche. Se cortaba del vecino monte las varas y se traía las hojas y los helechos con que decorábamos nuestra posada en el desierto.

Los cargueros tienen establecida una legislación que determina el trabajo personal subsidiario de cada uno de ellos en la ranchería, según sean silleros, lichigueros u hojeros. El hojero es el que a cuestas carga, durante el día, el lecho de la casa nocturna. Este se hace con las hojas del bihao (Maranta luthea), planta de tallo ramoso y lleno de nudos, cuyas hojas nacen de la raíz. Son de forma oval y de gran tamaño, alcanzando por lo regular más de un metro de longitud y como la mitad de anchura. Su faz inferior está cubierta de una materia blanca y cretácea que las hace impenetrables al agua.

Sobre la cima de la alta peña, en el declive del monte, o en el corto valle que entre sí dejan las quiebras de la montaña, se encuentran más o menos espaciosos trechos, donde no es tan tupida la selva, que se llaman contaderos, y que, por cierto son contados, a cada uno de los cuales tienen su nombre los baquianos. Uno de esos cortaderos se señalaba siempre por término de la jornada.

En el extremo superior de dos estantillos clavados en tierra, a dos o tres metros de separación uno de otro, se sujetaba una vara, sobre la cual se apoyaban de distancia en distancia otras que se traían desde el suelo con la inclinación suficiente. Las varas se aseguraban con cintas de un bejuco fuerte llevadas de unas a otras para ir colo­cando, engarzadas en el bejuco, a manera de tejas, las hojas en cuyo raquis se hacía al efecto la debida incisión o broche.

No era otra nuestra casa, literalmente de vara en tierra. Por comodidad y resabios de sibaritismo la alfombrába­mos, como queda dicho, con hojas y helechos húmedos y no, sino más blandos y mullidos por lo mismo. El frente y los costados conservaban la franqueza natural del sitio y la que demandaba la plaga, más natural todavía, del mismo tan escampado sitio.

Al pie del rancho se encendía la hoguera, a cuyo rededor quién enjugaba sus ropas, quién ahumaba más bien que asaba el maduro, y quién, casi sobre las llamas, se esfor­zaba por aumentar el calor vital que sentía a medias extinguido en sus miembros tras el largo encogimiento de la silla.

Como lo que se camina en definitiva sólo es cosa de una legua o legua y media por jornada, hasta la cuarta de éstas no llegamos al Zancudo, lugar de nombre siniestro para todos los justos apreciadores de la plaga. Por primera vez, montaña adentro, encontramos allí casa. Estaba edi­ficada sobre horcones a un metro de altura sobre el suelo; también encontramos allí plátanos.

Una legua adelante corre la quebrada de las Cuevas que separa por ese lado la provincia del Chocó de la del Cauca. Allí el clima es ya cálido; como que la quebrada tiene apenas 1.454 metros sobre el nivel del mar.

El río Ingará nace de la rama principal de los Andes occidentales, al sur de las fuentes del Tamaná, e inclinán­dose entrambos al S-O, en su curso torrentoso, van a unirse en el punto llamado Las Juntas, siete leguas al Este de Nóvita. Cuatro leguas antes de dicha confluencia, se pasa el Ingará por un puente de guaduas; allí es todavía correntoso por lo pendiente de su cauce de piedras que está en los estribos de la alta cordillera, estribos de que baja para hundirse en los valles hondos del San Juan.

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Vista de Las Juntas

El puente sobre el Ingará merece la atención del viajero. Atados fuertemente a los troncos de gruesos árboles, como a un metro de altura sobre las barrancas laterales, atra­viesan el espacio, encima del río estrepitoso, dos cuerdas o cables hechos de bejuco retorcido, que están separados de otra cuerda como media vara y que van paralelas deorilla a orilla. Esos cables son además sostenidos por otros que los sujetan al ramo corpulento lanzado casi horizontalmente por un árbol tamaño, puesto como a propósito en el borde del abismo. Sentado en el estribo natural que le brinda una gran piedra, sobresaliente en una de las márgenes, se extiende por la parte interior, y paralela también a las cuerdas de bejuco, una barbacoa formada de guaduas, la que se apoya en un alto horcón. Desde éste se continúa hasta el lado opuesto por medio de otras cañas de la misma especie, que se unen para medir toda la anchura del cauce. Las guaduas están tra­badas por la parte inferior, mediante algunos travesaños poco separados entre sí y estrechamente sujetos a ellas por dobles ataduras. En cada extremidad de estas sólidas fajas trasversales, viene a juntarse, por uno y por otro costado, una vara que baja derecha del respectivo bejuco, al que abraza con la horqueta de su cabo superior. Estas varas, que forman como una baranda en uno y otro lado del puente, lo sujetan a los bejucos que sostienen su peso y le dan el aspecto de un balcón sobre las aguas, el que se arquea más bien que se cimbra a los pasos vacilantes del viajero. En el paso del Ingará el calor es ya muy fuerte. La altura del puente es de sólo 243 metros sobre el nivel del mar.

El punto llamado Juntas del Tamaná viene a ser el centro hidrográfico a que convergen las aguas de una superficie como de sesenta leguas cuadradas, reunidas al S-E por el río Havita, al S-O por el Turama, que desaguan ambos en el Ingará, y al N-O por el Tamaná, que concluye en Las Juntas, sin contar el Irabubú, cuya reunión tiene lugar más adelante, también por el N-E.

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