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EL PUENTE DE ICONONZOPor José M. Angel Gaitán
Dejando a nuestra espalda un pequeña y miserable grupo de chozas pajizas, caminábamos una tarde, tres compañeros, no bajo el rigor de ese sol de los climas ardientes que postra las fuerzas y rinde el espíritu, sino protegidos por la influencia de ese sol de la luz y de la vida que extendiendo sobre la naturaleza un colorido encantador y gracioso, dota a los seres de una animación tan pura y grata, que hace las ideas y la imagen de la muerte del todo ajenas al pensamiento del hombre. Así influía por lo menos sobre mí en aquella vez, a pesar de que andábamos por una soledad, cuyo silencio no era interrumpido sino por el graznido que lanzaban en el aire alternativamente dos guacamayas que volaban juntas en la misma dirección; y a ratos también por las palabras breves pero joviales que de cuando en cuando articulaba alguno de nosotros. No se oia más ruido; el aire estaba quieto; las pisadas de nuestros caballos sólo sonaban en uno que otro paso pedregoso; y fuera de los tres viajeros y de los pájaros que pronto perdimos de vista, el cielo y la tierra parecían inhabitados. La senda que seguíamos iba tortuosa por un terreno irregular y quebradizo, en el que ya se veían enormes piedras cubiertas de lama negra y ya se gozaba la fresca sombra de árboles frondosos o de arbustos delicados. Poco a poco el bosque iba haciéndose más espeso y la soledad y el silencio tomaban un carácter más grave y profundo, como si alejándonos de la creación animada, penetrásemos más a cada paso en el dilatado recinto de una creación vegetal, en que cuanto más nos internábamos, más nuestra vida se vigorizaba y extendía, así como se extiende y vigoriza más la copa de un árbol cuanto más se aleja del suelo en que están sus raíces. De repente se ofreció a nuestro paso un pequeño puente, al mismo nivel del camino, y que sólo se diferenciaba de él en estar cubierto cuidadosamente de arena y piedras menudas, y en que en lugar de los matorrales que había a uno y otro lado de la senda y que lo invadían algunos pasos, el puente tenía dos balaustradas de madera ordinaria y sin labrar, semejantes a las que forman esos atajadizos que sirven en el campo para guardar los ganados durante la noche, aunque tan débiles que la sola inclinación del cuerpo puede echarlos a tierra. Este puente de dos o tres varas de ancho y diez o doce de largo, no es al verlo de lejos, sino una leve interrupción del camino que sigue lo mismo que antes. La naturaleza nada ofrece allí a primera vista interesante ni pintoresco, admirable ni sublime, terrible ni vaporoso: no se ve siquiera el curso de las aguas o la fértil vega que de ordinario halaga la vista del que pasa un puente lejos de las ciudades. Este más bien parece hecho para atravesar un foso seco, que para pasar el Sumapaz; pero al acercarse a una u otra barandilla de las que tiene a los lados, se ofrecen a un tiempo el embeleso del interés, la belleza del pincel, el asombro de la admiración, el pasmo de la sublimidad, la consternación del espanto y el sobresalto del pavor. La naturaleza, al formar este puente, quiso disimular la grandeza y la arrogancia de las dimensiones de una arquitectura suntuosa y soberbia que desdeña con dignidad y orgullo la inútil admiración de los humanos. Este puede pasarse sin percibir que hay allí tanto que cautive la atención del observador, tanto que haga sentir al poeta, tanto que pueda embelezar al curioso, pues para todos se encuentra aquí espectáculo y belleza. Nosotros, a quienes la fama conducía a tal sitio, nos desmontamos al ver el puente, dejamos los caballos y corrimos ansiosos a llenar el objeto de nuestro paseo. Nuestra primera mirada se dirigió al lado izquierdo, donde vimos entonces una honda abertura amurallada por dos rocas formidables, tajadas perpendicularmente, cual si en un tiempo remoto e ignorado se hubiera tratado de separar allí los dos hemisferios de la tierra. Apoyándonos luego con zozobra en la baranda que quedaba del mismo lado, descendieron nuestras miradas al abismo que estaba abierto bajo nuestras plantas, y en cuyo fondo se veía allá a lo lejos deslizarse hacia el occidente, un arroyo cuya anchura parecía desde arriba de una vara. Era el Sumapaz, río de exótica poesía, de tétrica existencia y de misterioso cauce que consagrado a genios avernosos, nunca la planta del hombre podrá profanar pisando ese lecho inmune e inviolable cuyas arenas, si las tiene, jamás dorará el sol ni herirán la vista de los mortales.
Tres cosas se reunen allí para formar un cuadro digno y fecundo: la originalidad, la grandeza y el misterio. La originalidad se nota no sólo en el capricho con que la naturaleza formó para el viajero un paso cómodo, cuya construcción dejó en otras partes a la industria del hombre, sino también en la novedad de esas pinceladas tan finas y elegantes con que adornados aquellos muros, presentan a una distancia a que la mano no puede llegar, la ilusión de un cuadro que no se sabe si es original o la copia de otra naturaleza de orden desconocido y superior; la elevación de las rocas inmóviles y pesadas que cercan esa caverna sombría, engrandecen el alma ante las ideas sublimes que inspira siempre la magnificencia con que un átomo de la creación en cada uno de sus puntos, causa y confunde la mente del filósofo; y la presencia de ese abismo, contemplado con aquel deleite que lleva consigo la presencia del riesgo, cuando se ve en seguridad, cubre no obstante de terror al que pasea sus ojos sobre aquellas bóvedas oscuras donde parecen escondidos los arcanos pavorosos del misterio. La poesía del Sumapaz es un contraste con toda poesía. Dondequiera los arroyos tienen un margen; dondequiera los arroyos murmuran; este es un arroyo sin margen ni murmullo. Dondequiera los arroyos fertilizan la campiña; éste no hace sino lamer en vano la dura y estéril base de las rocas colosales que lo aprisionan; dondequiera el arbusto cubre con su sombra la plácida corriente; a éste sólo lo cubre la tiniebla que causan las enormes murallas que se elevan a su lado, desdeñosas como el poderoso, serias como el verdugo, pero respetables como los siglos de su incontrastable existencia. Las ondas del Sumapaz no son aquellas aguas cristalinas, donde calma su sed el caminante fatigado, donde se baña el pajarillo, donde las gotas sutiles saltan a posarse, imitando el rocío, sobre la fresca rosa o el morado lirio, donde se mira gozosa la beldad campestre y retratan su verde ramaje los sauces y los alisos: son las negras ondas de la Estigia, cuyo aspecto lúgubre turba la alegría del viajero; sobre las que vela respetuosa el ave sacerdotisa de ese templo siniestro; donde no se mira otra imagen que la de los conserjes feroces que guardan sus Náyades proscritas y que como estatuas de la tiranía se elevan con frente erguida y gesto arrogante señalando con el dedo la víctima que pisan. A la vista del Sumapaz bajo el puente de Pandi, es imposible no concebir las ideas del Averno y de Plutón, de las Parcas y las Furias. El corazón se cubre allí de una bruma letal, como quien colocado en esa barca creada por la Providencia para suspender en ella al caminante por un momento sobre la honda gruta del pavor, siente bajo sus pies la atmósfera del abismo y de la muerte. Nada hay aquí risueño; nada que no sea serio y grave como aquella realidad del Aqueronte. Parece verse allí un río criminal y maldecido, condenado por el Omnipotente a un destierro solitario e inmutable; se le compadece, se le ve sufrir y suspirar; desenvuelve en el espíritu el modo de ser que conciben los entes compasivos ala vista de la desgracia, y el espectador se siente tentado a exclamar con la voz o con el pensamiento solo: ¡Pobre y desventurado río, imagen del ostracismo, templo helado de muda soledad! Si el llanto de la humanidad formase siquiera un arroyo en el valle de las lágrimas, él escogería tus aguas para que mezclado con ellas, lo llevases por aquí a la región del olvido, al rescate de la eternidad. Emblema de un infeliz a quien se le ha prohibido quejarse, expresa su pena con su grave movimiento; cual levantando con lentitud el melancólico sus ojos a los cielos, expresa con su silenciosa inacción el dolor que lo agobia. No pudimos prescindir, como no podrá prescindir nadie en semejante sitio, de la puerilidad de arrojar algunos guijarros de diversas magnitudes, y el sonido que causaba el golpe que jamás supimos dónde daba, llegaba a nuestro oído después de un largo rato, como la sorda y lejana queja de una naturaleza enojada contra un niño que violaba atrevido el respeto que creía imponérsele; o como la seria reconvención que aquella especie de crueldad arrancaba al infeliz confinado. Luego bajamos hacia el lado del poniente, por un desfiladero inmediato, difícil y peligroso. Al llegar al banco de tierra que debía recibirnos, se presentó repentinamente a mis ojos la roca opuesta del lado de abajo: viéndola tan enfrente de mí cual si me fuese a hablar con una voz de trueno, retrocedí súbitamente con un movimiento involuntario que no fui dueño de reprimir. No podía familiarizarme con tan enorme masa, que me inspiraba una impresión semejante a la que uno cree que sentiría cuando se imagina ver un planeta a diez pasos de distancia. Sin embargo, poseído como estaba de una impresión tan enérgica, en aquel momento, sólo consideraba que ese objeto tan grande y espantoso que ofrecía la tierra, era con todo inferior a algo que hay todavía mucho más grande y espantoso en el corazón del hombre; era inferior a la desesperación, pues que ésta había bastado a precipitar por allí doce años antes a un mísero desgraciado. Me era preciso no pensar en esto para dar un paso adelante e inclinarme un poco con el objeto de ver los estribos de ese puente misterioso: ¡inútil esfuerzo!, nada podía ver, y me entretenía en discurrir, sin ánimo de ponerlos en planta, los diversos medios que podían emplearse y se dice se han empleado para descender al fondo, rodeados todos, si no de un riesgo inminente, sí de un terror eficaz para detener un arrojo, que no alcanzaría a justificar ni la satisfacción, acaso demasiado costosa, de ver cuanto allí se encierra; ni la gloria de lanzarse con impávida curiosidad para mecerse al favor de una débil cuerda sobre esa boca abierta de la muerte, o pasear serenamente ese vestíbulo material de la eternidad, decorado con todo lo que puede hacer su entrada más lóbrega y triste. Por último, arrastrándonos por debajo de una piedra grande, como cuanto es vecino de este paraje de grandeza, y la cual dejaba una abertura de media vara en un tránsito de cuatro o seis pasos, salimos al lado de arriba, donde continuó la misma escena de naturaleza y admiración, de hombres y de rocas, de atonía y de pensamientos. El sudor nos bañaba en abundancia, resultado del esfuerzo y del calor. Descansamos largo rato en medio de aquella naturaleza recién conocida, y satisfechos de nuestro paseo, regresamos cuando ya el sol se aproximaba al crepúsculo para que tiñese el campo por donde habíamos venido, de un color nuevo más en armonía con las sombras que creaba nuestra imaginación en el teatro que todavía traía delante de sí, y que durante algún tiempo debía ser objeto de nuestras contemplaciones. |

